lunes, 31 de agosto de 2009

Posibilidad del lenguaje adámico




Ya sé que entre las escuelas y en otros muchos lugares se tiene la costumbre de decir que las significaciones de las palabras son arbitrarias (ex instituto), y es verdad que no vienen determinadas por una necesidad natural, mas, sin embargo, no dejan de estarlo por razones naturales, en las que el azar tiene su parte, o morales, en las que interviene la elección. Acaso algunas lenguas artificiales son plenamente arbitrarias y dependen sólo de la elección, como se cree que lo fue la china, o como lo son las de Georgius Dalgarno y el señor Wilkins, obispo de Chester. Pero aquellas que han llegado a constituirse a partir de lenguas ya conocidas, se deben a la elección, pero también a cuanto haya de natural y azaroso en las lenguas que las fundamentan. Así es como la jerga de los ladrones ha sido elaborada para ser entendida sólo por los de la propia banda, trátese del Rothwelsch alemán, como de la lingua zerga italiana, como del francés narquois, y sin embargo, ha sido formada tomando a las lenguas corrientes como punto de partida, bien sea cambiando la significación usual de las palabras mediante metáforas, bien sea formando nuevas palabras por medio de una composición o derivación por gusto de ellos. Las lenguas se forman asimismo por medio del intercambio entre los diferentes pueblos, bien sea entremezclando libremente lenguas vecinas, o bien, como sucede mucho más frecuentemente, tomando una por base, y a continuación desfigurándola, alterándola, mezclándola y corrompiéndola, al desdeñar y cambiar aquello a lo que alude, e incluso al introducir nuevas palabras.

(...)

En lo que respecta a las lenguas que existen desde hace mucho tiempo, apenas hay alguna que no esté muy alterada en la actualidad. Esto resulta evidente si se la compara con los libros antiguos y con los testimonios que quedan de ella. (...) En cuanto al antiguo galo, si juzgamos a partir de la lengua que más se le parece, que es la del País de Gales, Cornualles y la baja Bretaña, era todavía más diferente; pero todavía lo es más el hibernés [lengua de Irlanda], el cual nos muestra huellas de un idioma británico, galo y germánico que es más antiguo. Todas esas lenguas provienen de una misma fuente, y pueden ser consideradas como alteraciones de una misma lengua, que podríamos llamar céltica; los antiguos denominaban celtas tanto a los germanos como a los galos. Y si continuamos más allá para investigar los orígenes del céltico, así como del latín y del griego, podemos llegar a conjeturar que todo eso depende del origen común a todos esos pueblos: los escitas, que llegaron del Mar Negro, pasaron el Danubio y el Vístula, instalándose una parte en Grecia y la otra en la Germania y la Galia; lo cual no es sino una derivación de la hipótesis que hace provenir a los europeos de Asia. Dando por supuesto que el sarmático coincide con el esclavón [eslavo], resulta que por lo menos en su mitad tiene un origen germánico o común con el germánico. Y parece ser que también sucede algo similar incluso con el idioma finés, que es el de los más antiguos escandinavos, antes de que los pueblos germánicos, es decir, los daneses, suecos y noruegos, ocupasen la zona mejor de su territorio, la más cercana al mar; en cuanto al lenguaje de los fineses, o del nordeste de nuestro continente, que sigue siendo hablado por los lapones, se extiende desde el océano germánico, o mejor noruego, hasta casi el mar Caspio (aunque esté interrumpido por los esclavones, que se han intercalado entre ellos), y tiene parecido con el húngaro, el cual proviene de las tierras dominadas actualmente por los moscovitas. La lengua tártara, que, con todas sus variantes, ha llenado todo el nordeste de Asia, parece que fue la lengua de los hunos y los cumanos, como asimismo lo es de los uzbecos o turcos, de los calmucos y de los mugales [mongoles]. Ahora bien, todas esas lenguas escitas tienen muchas raíces comunes entre sí y con las nuestras, y sucede incluso que el árabe (bajo el cual se debe incluir el hebreo, el antiguo púnico, el caldeo, el siríaco y el etiópico que hablan los abisinios) tiene raíces tan numerosas y tan emparentadas con nuestras lenguas que todo ello no puede deberse únicamente al azar, ni tampoco al comercio por sí solo, sino a las migraciones de los pueblos. De manera que en todo esto no existe nada que contradiga, sino más bien cosas favorables, a la hipótesis del origen común de todas las naciones, y de una lengua radical y primitiva. Aun cuando el hebreo o el árabe se aproximen a ella más que ninguna otra lengua, no obstante, debe de haber sido muy alterada; y parece que el teutón es el idioma que ha conservado más de lo natural y, por hablar el lenguaje de Jacobo Boheme, de lo adámico. En efecto, si llegásemos a poseer la lengua primitiva en toda su pureza, o al menos conservada suficientemente como para poder ser reconocida, entonces tendrían que mostrarse todas las conexiones, bien físicas, bien debidas a la institución arbitraria, sabia y digna del primer Hacedor. Y aun suponiendo que nuestras lenguas sean derivadas, de todos modos en el fondo tienen en sí mismas algo primitivo, que proviene de su relación con ciertas palabras que son raíces nuevas formadas posteriormente por azar, pero respondiendo a motivaciones físicas.

(...)

He aquí un ejemplo revelador, y que incluye otros muchos: se trata de la palabra ojo, y de las que se le parecen. Para hacerlo claro, empezaré desde un poco arriba. La primera letra, A, seguida de una pequeña aspiración, hace Ah, y como eso es una emisión de aire, que al principio provoca un sonido bastante claro, que después se va desvaneciendo, cuando la "a" y la "h" no son muy fuertes, ese sonido significa naturalmente un soplo pequeño (spiritum lenem). De ahí han surgido αω, aer, aura, haugh, balare, haleine, ατμος, athem, odem. Pero como el agua también es un fluido, y también hace ruido, parece ser que se ha tomado Ah para designar el agua, haciéndolo más fuerte por medio de la reduplicación, es decir aha o ahha. Los teutones, y otros pueblos celtas, han puesto como prefijo a uno y otro una W, para indicar mejor el movimiento; y así es como wehen, wind, viento, indican el movimiento del aire, y waten, vadum, water el movimiento del agua o el movimiento en el agua. Pero volviendo a Aha, según acabo de decir, parece ser una especie de raíz que significa el agua. Los islandeses, que todavía conservan algo del teutonismo escandinavo, han hecho menos fuerte esta aspiración, y dicen aa; otros la han aumentado y dicen Aken (entendiendo Aix, Aquas grani), al igual que hacen los latinos con su aqua, y los alemanes en algunas ocasiones, en las cuales dicen ach para indicar el agua en las palabras compuestas, como cuando dicen Schwarzach para significar agua negra, y Biberach para agua de los castores. En los títulos antiguos se decía Wiseraha en lugar de Wiser o Weser, y los habitantes antiguos decían Wisurach, lo cual fue transformado por los latinos en Visurgis, al igual que de Iler e Ilerach hicieron Ilargus. Los franceses han convertido aqua aigues, auue en eau, lo cual pronuncian oo, sin que apenas se note ya nada de su origen. Entre los germanos, Auwe y Auge significan hoy en día un lugar que el agua inunda con frecuencia, y que es propio para pastos, locus irrigus, pascuus; pero más específicamente significa isla, como en el caso del monasterio de Reichenau (Augia dives), y en otros muchos. Otro tanto debe suceder en muchos pueblos teutónicos y célticos, pues de ellos procede el que se denomine Auge u Ooge, oculus, a todo lo que esté aislado en una especie de llanura. Así se les designa a las manchas de aceite sobre el agua entre los alemanes; y para los españoles, ojo es un agujero. Pero Auge, ooge, oculus, occhio, etcétera, ha sido aplicado más específicamente al ojo por excelencia, que constituye ese agujero aislado y llamativo de la cara; y no hay duda de que el francés oeil proviene de lo mismo, aunque su origen no es tan inmediatamente recognoscible, a no ser por medio de la concatenación que acabo de describir; y parece que el ομμα y οψις de los griegos surge de la misma fuente. Oe o Oeland para los septentrionales es una isla, y en el hebreo existe una huella de lo mismo, pues "Ai" es una isla. Bochart creyó que los hebreos sacaron de ahí el nombre que dieron al mar Egeo, que está lleno de islas. Augere, aumento, también viene de auue o auge, es decir, de la efusión de las aguas; en el antiguo sajón, asimismo, ooken y auken era aumentar, y cuando se hablaba del emperador se traducía augustus por ooker. El río que pasa por Brunswick, que proviene de las montañas del Hartz, y que por consiguiente está sometido a súbitas crecidas, se llama Ocker, y en ocasiones Ouacra. Y diré de pasada que los nombres de los ríos merecerían una investigación particular, pues al proceder ordinariamente de la más lejana antigüedad conocida, indican lo mejor que podemos conocer: cuál era el viejo lenguaje y cómo eran los antiguos habitantes. En general, como las lenguas constituyen el monumento más antiguo de los pueblos, anterior a la escritura y a las artes, nos permiten conocer mejor el origen de las cognaciones y de las migraciones. Si llegásemos a conocer bien las etimologías sería muy curioso y de gran importancia, pero es necesario comparar lenguas de muy diversos pueblos, y no dar saltos demasiado grandes de una nación a otra que esté excesivamente alejada de ella sin que hayan sido verificados con cuidado, para lo cual debemos servirnos de aquellos pueblos intermedios que tengamos como testimonio de ellas. Por lo general no hay que otorgar a las etimologías ninguna credibilidad hasta que concurran en lo mismo multitud de indicios; lo contrario sería goropizar.


Leibniz

Más sobre la hipótesis aquí.

viernes, 28 de agosto de 2009

Lo irreductible en la substancia




Creo haber encontrado un criterio de diferenciación entre organismos y máquinas: si pueden no seguir el principio de lo mejor, por el que siempre elegimos lo que consideramos más conveniente, son máquinas artificiales.

Remito al lector a la siguiente discusión metafísica, de la que dicha reflexión procede, aunque de modo tangencial.

Magnificat




Fundación


Es preciso que el hombre se dote de un remedo de demiurgo para devenir hombre. La sociedad es un conjunto de individuos que originariamente se reúne en torno a algo, sea un tótem o una hoguera. Hay en el hecho mismo de la reunión un elemento de suprapersonalidad implícito, se reconozca o no. No es concebible que la legitimación del poder político provenga de un poder menor, de un poder apolítico e inorgánico, así como la causa jamás es inferior al efecto que produce. Son zarandajas democráticas y narcisistas las que nos inclinan a creer lo contrario.

La propia noción de individuo libre e igual es abstracta, creada por una entidad institucional, mientras que el hombre natural se identifica por sus atributos efectivos: estirpe, lugar de nacimiento, ámbito de acción, etc. La libertad y la igualdad son potencias que se plasmarán según el poder disponga. Un hombre solo, fuera del recinto social, no es más que un bruto; y lo mismo vale para miles o millones de ellos, mera manada si no se organizan y someten en función de una idea que los supere.

Fundamentar el poder en la libertad (Rousseau) es contradictorio, ya que el primero es negación o límite de la segunda; fundarlo en la autoridad legitimada o en la norma suprema (Kelsen) es tautológico, dado que es el poder mismo quien, materializándose en ellos, los legitima; debe fundarse en la sumisión a la razón y a la verdad admitidas por todos los hombres de recto juicio.

Hitos




En Oriente el sabio es quien no hace más de lo que conviene, el que es capaz de abstenerse de lo innecesario y de contemplar su propio vacío. En Occidente ser sabio se relaciona con la unión de conocimientos antitéticos, con atravesar el mundo de una mirada mediante la armonía de lo inteligible.

Dos teologías, pagana y judeo-platónica, prestan sus gérmenes en el origen de ambos modelos de excelencia. No se creería en el valor de la renuncia sin el ideal del Supremo Abandono. No se aspiraría a una ciencia infinita sin la noción del Ser Omnisciente.

Así, hasta que el hombre supo despreciarse y recelar de sus pasiones fue el más perverso de los animales, la más inservible de las bestias. "Conócete a ti mismo" significa: conoce tu debilidad; conoce que no te conoces, y que un dios posee tu destino, pues todavía estás vivo.

Por otro lado, los presocráticos fueron especialistas de sus disciplinas, hombres de talento eventualmente entregados a especulaciones curiosas. No hay, sin embargo, una ciencia presocrática, y cada pensador es un nuevo comienzo. Platón es el auténtico inicio de la Ilustración europea en la comprensión del universo como un todo.

Tales son los antecedentes de las civilizaciones y de su esplendor, que no es casual ni forzoso, como postula la insensata fe en el progreso. Al reducir la teología a ficción y la moral al consenso, el ateo edifica en el erial de la torpeza y la melancolía.

Certero




La filosofía de mi tiempo se complacía particularmente en concebirlo todo como obra de expansión y ensanche. Herbert Spencer hubiera pasado un mal rato si alguien se hubiera atrevido a llamarle imperialista, y es lástima que nadie lo haya hecho; sin embargo, lo era, y del más bajo tipo. Fue él quien popularizó esa despreciable teoría de que la enormidad de nuestro sistema solar debía imponerse a los dogmas espirituales del hombre. ¿Por qué ha de someter un hombre su dignidad al sistema solar mejor, por ejemplo, que a una ballena? Si el argumento de magnitud prueba que el hombre no es la imagen de Dios, entonces la ballena puede ser la imagen de Dios: una imagen algo disforme, y que pudiéramos considerar como un retrato impresionista.

Es completamente pueril argumentar que el hombre es más pequeño que el cosmos, porque el hombre siempre ha sido pequeño, aun comparado con un árbol cualquiera. Pero Herbert Spencer, en su imperialismo desconsiderado, todavía insistirá en que, por algún extraño modo, el universo astronómico nos ha conquistado y anexionado. La verdad es que ha hablado de los hombres y de sus ideales en el tono en que se expresa el más insolente unionista respecto a los irlandeses y sus ideales. Hizo de la mente humana algo como una pequeña nacionalidad.


Chesterton

¿Sive Natura?




Cualquier cosa natural puede ser concebida adecuadamente, tanto si existe como si no existe. De ahí que, así como no se puede deducir de la definición de las cosas naturales que comiencen a existir, tampoco se puede deducir que continúen existiendo, puesto que su esencia natural es la misma después que comenzaron a existir que antes. Por consiguiente, así como de su esencia no se puede derivar el comienzo de su existencia, tampoco se puede derivar la perseverancia en la misma, sino que el mismo poder que necesitan para comenzar a existir, lo necesitan también para continuar existiendo. De donde se sigue que el poder por el que existen y, por tanto, actúan las cosas naturales, no es distinto del mismo poder eterno de Dios. Pues, si fuera algún otro poder creado, no podría conservarse a sí mismo ni tampoco, por tanto, a las cosas naturales, sino que el mismo poder que necesitaría para ser creado él mismo, lo necesitaría también para continuar existiendo.

A partir del hecho de que el poder por el que existen y actúan las cosas naturales, es el mismísimo poder de Dios, comprendemos, pues, con facilidad qué es el derecho natural. Pues, como Dios tiene derecho a todo y el derecho de Dios no es otra cosa que su mismo poder, considerado en cuanto absolutamente libre, se sigue que cada cosa natural tiene por naturaleza tanto derecho como poder para existir y para actuar. Ya que el poder por el que existe y actúa cada cosa natural, no es sino el mismo poder de Dios, el cual es absolutamente libre.


Spinoza, al que no leen las juventudes socialistas. Si bien no faltará ateo lo bastante tonto, superficial e ignorante como para invocarlo en su favor.

Sobre la soberanía y el pueblo, me remito a un comentario pasado.

martes, 25 de agosto de 2009

El que quiera salvar su vida


Marx, influenciado por Hegel, teorizó sobre la lucha de clases como el auténtico motor de la Historia. Ello se compadece bien con la doctrina del pecado original, rechazando de plano lo utópico de una sociedad sin conflicto en el estado actual de nuestra especie.

La sociedad nace como agregado de familias y se subdivide naturalmente en clases. Es el hombre quien, a diferencia de otros animales, posibilita que existan jerarquías más allá de los roles biológicos de apareamiento y supervivencia. Así como el fin de la familia es la perpetuación de la raza, el fin de la sociedad -suerte de superorganismo- es su propia conservación en tanto que sistema.

Desde el marxismo fundacional nunca se ha sostenido que la división del mundo en clases, en la medida en que el comercio otorga cierta transversalidad a las sociedades, sea fruto de decisiones puntuales y arbitrarias en lugar de fenómenos antropológicamente bien fundados, esto es, universales en la práctica. Sólo el marxismo vulgarizado y brechtiano tiende a contemplar la lucha de clases como conspiración grupuscular antes que como necesidad interna.

Ahora bien, la noción socialista de Humanidad es la de gran familia. Sin embargo, se ha dicho ya, sociedad y familia poseen fines dispares. La cultura es un fin en sí, el único capaz de dar una salida a la animalidad y refinarla desde fuera. Una sociedad que se rija al modo de una familia, excluyendo o minimizando la competición, rehuirá todo sacrificio no destinado a obtener el jornal, asociará el compromiso a la opresión, escarnecerá lo inmaterial y, al cabo, despreciará como algo ajeno y superfluo el progreso de las artes y las ciencias, por lo que sólo podrá mantenerse en los parámetros de la civilización bajo la forma de una tiranía.

La teoría marxista ha comprendido la dinámica social, pero ha errado al localizar su origen en causas materiales y de organización de la propiedad, las cuales proporcionan sólo una explicación del mecanismo de selección artificial de las colmenas humanas, no de su función o razón de ser. Ha otorgado tal importancia a la visión familiar de la sociedad que ha tenido por clase más poderosa a la proletaria, dado el volumen de su descendencia, al tiempo que minusvaloraba a moralistas y ascetas -líderes de facto de cualquier movimiento de masas- como falaces sublimadores de una realidad excremental.

A propósito de todo esto, no resulta difícil elaborar un friso verosímil con los estadios de la Humanidad en atención al odio o antagonismo entre las clases. Así, del odio de la clase alta a la baja surgiría el esclavismo, odio que extendido a la clase media revertiría en el absolutismo. La primera inversión histórica, llamada revolución, la propició un cambio en el vector de dicho odio, es decir, de la clase media o burguesía a la clase alta o nobleza; el cual, a su vez, daría pie a las revoluciones de tipo comunista ampliando la base del mismo a la clase baja. Por último, desaparecida la clase sacerdotal y privilegiada, la contienda hubo de mantenerse entre las clases media y baja, de cuyo odio recíproco surgen el fascismo y el estalinismo.

El riesgo al que se enfrenta el sistema de las democracias liberales, hasta hace poco visto como el modelo triunfante, consiste en aceptar implícitamente la posibilidad de una civilización reconciliada, sin ideales pero ideal en sí misma, sin mal teórico pero mala en la práctica, haciendo buena la escatología marxista en cualquiera de sus variantes culturales, del darwinismo al ateísmo hedonista, y entregándose, ante su imposibilidad efectiva, a la decadencia que encuentra en el fascismo y el odio ideológico su expresión más acabada. Sólo una nueva aristocracia espiritual puede salvarnos de semejante horizonte autodestructivo.

lunes, 24 de agosto de 2009

Misoginia humanista




Herculeis manibus dant lyda pensa puellae
imperium dominae feri deus ille sua
sic capit ingentis animos damnosa voluptas
fortiaque enervat pectora mollis amor


Atarean las manos de Hércules las doncellas de Lidia
El divino queda sujeto a la ley de su dama
Placer ruinoso que se apodera de los grandes espíritus
Y hasta de las almas más capaces, lastradas por el amor muelle.

sábado, 22 de agosto de 2009

sábado, 1 de agosto de 2009

No siempre ser soldado




Antes de que el tedio haga estragos en este blog, su editor ha decidido darse un respiro vacacional. Mañana a estas horas estaré rumbo a Tailandia. Nos vemos en tres semanas.

Iré publicando algo aquí -y en FB- si tengo tiempo.


Diseño y causalidad




Leo este sugerente artículo, del que destaco la mención a Fibonacci y a la proporción áurea. Espero la segunda parte, puesto que en ésta todo se ha quedado en una especie de prólogo impreciso.

La tesis principal que se defiende, a saber, que es posible un diseño sin diseñador, me resulta algo inquietante. Se nos dice que estas replicaciones racionales que tendemos a atribuir a inteligencias de tipo personal son fruto del azar, entendido como ausencia de propósito coherente. Pero poco más tarde se añade que dicho azar consiste en perseguir un fin como la "búsqueda de estados de mínima energía", "ocupar el menor espacio posible", etc. ¿Qué tiene esto de azaroso? ¿Por qué la naturaleza, toda ella un derroche, debería ser tan ahorrativa? ¿Por qué sus partes tienden a perseverar en un determinado estado en lugar de fluctuar continuamente?

Desde un prisma evolucionista podría argumentarse que los universos que no siguen unas pautas estables que los autocontengan se subordinan de modo gradual a formas y estructuras más propicias a la permanencia. Por tanto, no vemos lo que hay, sino lo que dichos procesos de selección nos dejan ver, creándonos el sesgo del orden y de unidad (la idea misma de universo) donde sólo se da una ciega competición de la que naturalmente triunfan los elementos más persistentes frente a los más volátiles. Es decir, hablamos en este supuesto de una victoria pírrica y aparente del orden, bajo el que subyacería el caos.

Pues bien, esta teoría es falsa o inútil.

Es falsa porque si el caos y el orden fueran elementos contrapuestos y no enmarcados en un orden más general, estaríamos admitiendo el cosmos dualista de los maniqueos, cuyas dos mitades irreconciliables coinciden inexplicablemente en el tiempo y el espacio. Dicha conclusión es anticientífica y el sano juicio la descarta.

Es inútil porque si todo es caos y el orden sólo una aproximación infinitesimal motivada por el sesgo evolutivo comentado, que también influiría en el organismo del perceptor, la realidad y la verdad son incompatibles, lo que nos condena al escepticismo. Si nada puede saberse, la propia especulación sobre nuestro conocimiento resulta ociosa.

Vemos, entonces, que las mismas fuerzas que niegan el diseño (las causas finales) se oponen al mero orden (las causas eficientes) debido a su no reconocimiento de lo sobrenatural u objetivo (las causas formales).