jueves, 23 de febrero de 2023

El Argumento de la Verdad Rebasante

 

"Ninguna verdad es necesaria" no puede ser una verdad necesaria, ya que forma parte del conjunto de las verdades de las que se predica la no necesidad. Tampoco puede ser una verdad contingente, toda vez que ello conllevaría que "Alguna verdad es necesaria" es asimismo una verdad contingente. Sin embargo, si hay verdades necesarias no pueden depender de una verdad contingente. Por tanto, debe concluirse que "Ninguna verdad es necesaria" no es ni una verdad necesaria ni una verdad contingente, sino una falsedad.

Si "Ninguna verdad es necesaria" es una afirmación falsa y consiguientemente "Alguna verdad es necesaria" es una afirmación verdadera, supongamos que "La realidad existe" es una verdad necesaria. En este caso, alguna verdad y la realidad serán necesarias. Lo que dará lugar a que las verdades a las que llamamos necesarias podrán existir por sí mismas sin la realidad y a que, por otro lado, la realidad a la que llamamos necesaria podrá existir por sí misma sin las verdades necesarias. Ahora bien, ambos escenarios son incomposibles y mutuamente excluyentes, pues en el escenario en el que la verdad puede existir sin la realidad asumimos que la realidad puede no existir y es por ello contingente, mientras que en el escenario en el que la realidad puede existir sin la verdad asumimos que la verdad puede no existir y es por ello contingente. Y dado que es imposible que algo sea necesario y contingente, se sigue que la verdad sólo puede ser necesaria si no lo es la realidad, y que la realidad sólo puede ser necesaria si no lo es la verdad. Con todo, hemos concedido que "Alguna verdad es necesaria" es una afirmación verdadera. Por tanto, "La realidad existe" no es una verdad necesaria.


martes, 21 de febrero de 2023

 

Cuando decimos que se da una verdad lógica o matemática, como un teorema o la proposición "el todo es mayor que cualquiera de sus partes", y una verdad fáctica o empírica, como un relato histórico o la proposición "hoy es jueves", ¿qué razón nos mueve a llamar verdad a ambas? Si el adjetivo de una es ser "a priori" y el de otra ser "a posteriori", ¿acaso sabemos qué representa el sustantivo que les es común? 

Esta incógnita no puede ser despejada desde un paradigma empírico, pues ambas verdades no tienen nada que las haga semejantes. Y, dado que el reino de la verdad no es susceptible de ser dividido, ya que ésta nunca es contra sí misma ni extraña a sí misma, es necesario concluir que una de las llamadas verdades no es verdad.

El materialista cree que todo emana de la realidad y es en última instancia reductible a ella. Cualquier verdad abstracta no es más que una destilación de un sustrato fenoménico y, como tal, una fantasía. No hay, entonces, auténticas formas segregadas, ya que la naturaleza es solo una, sin nada por encima o por debajo de su propia noción. 

Quien estima que la verdad es la adecuación del lenguaje a la realidad concibe a una verdad finita como subconjunto de una realidad infinita. La verdad no es para él más que el espacio que trabajosamente ha conquistado la razón humana. Frente a ella, la realidad, anterior a la inteligencia, sume en una penumbra impenetrable todo lo que escapa a nuestra mirada.

Esta formulación de la verdad como excrecencia de lo que acontece encierra la luz expansiva de las ideas eternas en la estrecha provincia de nuestro entendimiento. Si la verdad no es lo más antiguo, tampoco es lo primero. Si no es lo primero, no es lo más fuerte. Si no es lo más fuerte, puede ceder. Y si la verdad cede, la verdad no es ni ha sido nunca nada.

Lo verdadero sólo hará valer su derecho, que es el derecho absoluto de un imperio indestructible, si se define como aquello que puede expresarse sin contradicción. Esto corta el nudo gordiano, habida cuenta que la propiedad de no ser autocontradictorio se predica tanto de las verdades lógicas como de las fácticas.

Todo lo posible es verdad. La realidad no es sino el subconjunto de una verdad infinita, que no hace que lo verdadero sea más verdadero, sino real. Puesto que, si referimos el epíteto a un solo sujeto, o se es verdadero o no se es, pero no se puede ser más verdadero, toda vez que la verdad no está supeditada al devenir ni a los vaivenes del crecimiento y el decrecimiento. 

Realidad y verdad quedan de este modo conciliadas. Lo real es verdadero porque pertenece a la verdad y gracias a ella es sin ser contra sí mismo ni extraño a sí mismo, dada la trabazón inalterable de todas las cosas. Mientras que la verdad es real porque nada hay más real que lo que es siempre.


domingo, 19 de febrero de 2023

 

Si "la verdad es una relación entre una proposición y la realidad" fuera verdad, entonces "la verdad es una relación entre una proposición y la realidad" expresaría una relación entre una proposición y la realidad, lo que es evidentemente falso.

Asimismo, si no existiera la realidad, sería verdad que no existe la realidad. Por lo que no es cierto que la verdad sea una relación entre una proposición y la realidad.

Asimismo, si la necesaria existencia de la realidad no puede ser probada y la verdad depende de la realidad, entonces la necesidad de la verdad no puede ser probada. Por tanto, la verdad es siempre contingente. Lo que es tanto como afirmar que "la verdad es contingente" es una verdad necesaria. Queda, pues, reducido al absurdo. 

Incluso si resultara admisible que la verdad es contingente, ello conllevaría que "la verdad es una relación entre una proposición y la realidad" no sería una verdad necesaria, lo que a su vez implica que su opuesto, "la verdad no es una relación entre una proposición y la realidad", sería posiblemente verdadero. Por consiguiente, no sería siempre falso que la verdad es independiente de la realidad.

Además, si la verdad fuera la relación entre una proposición y la realidad, la verdad no estaría ni en la realidad ni en la proposición. Del mismo modo que, si el matrimonio es la relación entre un hombre y una mujer, el matrimonio no está ni en el concepto de hombre ni en el de mujer. Debería, pues, aclararse si "la verdad es una relación" es un aserto que establece una relación entre el lenguaje y la realidad o entre el lenguaje y el lenguaje mismo. Si establece una relación entre el lenguaje y la realidad, debería haber algo común entre ambos para que la relación fuera válida, esto es, algo distinto de la realidad y el lenguaje que esté presente en ambos. Si, por el contrario, establece una relación entre el lenguaje y el lenguaje mismo, la verdad no es más que una norma gramatical sin valor extrínseco. Luego, si la verdad es la relación entre una proposición y la realidad y tiene un valor extrínseco y no meramente gramatical, debe ser algo distinto de la realidad y del lenguaje que esté presente en ambos. 

Si dos entes son distintos entre sí, o bien uno es anterior al otro o bien ambos existen simultáneamente. Está fuera de duda que la realidad es anterior al lenguaje. Por tanto, si algo es común a la realidad y al lenguaje pero distinto de ambos, deberá ser anterior al lenguaje o posterior a la realidad. Dado que, si es simultáneo a la realidad o anterior a ella, será anterior al lenguaje. Si, en cambio, es posterior a la realidad, la verdad empezará a existir y no será necesaria, por lo que tampoco será una verdad necesaria que la verdad empiece a existir. O lo que es lo mismo: o bien la verdad empezará a existir o bien no empezará a existir y será siempre o no será nunca. Pero esto carece de sentido, ya que, si la verdad es siempre o no es siempre, es posible que sea necesaria, cuando la necesidad excluye la posibilidad; y si la verdad nunca es, entonces nunca es verdad que la verdad nunca es. En consecuencia, la verdad no empieza a existir y no es posterior a la realidad.

Sentado que el lenguaje es posterior a la realidad, si fuera cierto que la verdad es común a la realidad y al lenguaje, resultado de la correspondencia entre ambos, y que, por ello, no hay verdad sin lenguaje, se seguiría que la verdad no podría ser simultánea a la realidad, ya que ésta es anterior al lenguaje. Pero hemos visto que tampoco puede ser posterior a la realidad. Por tanto, es fuerza admitir que la verdad es anterior a la realidad y al lenguaje, y que la verdad no es una relación entre una proposición y la realidad. 


sábado, 18 de febrero de 2023

 

¿Cuál es el valor más alto en la jerarquía moral? Cualquiera que sea el que propongamos podrá ser cuestionado, excepto uno.

1. No es la máxima felicidad del máximo número de personas. 

Si la justicia debe cumplirse, los criminales deben ser castigados. La justicia debe cumplirse. Por tanto, los criminales deben ser castigados. De donde se sigue que es falso que siempre tengamos que procurar la máxima felicidad del máximo número de personas.

2. No es la búsqueda de la virtud por la virtud misma.

Todos deben buscar la felicidad. La virtud sólo hace felices a los virtuosos, mientras que hace a los no virtuosos infelices. Por tanto, no todos deben buscar la virtud por la virtud misma.

3. No es la consideración del hombre como un fin en sí mismo.

Emplear algo como medio para lograr un bien mayor es racional y moralmente correcto. El hombre no es el mayor bien concebible. Por tanto, el hombre puede ser utilizado como medio para conseguir un bien mayor. De lo contrario, todo sacrificio virtuoso sería inmoral.

Sin embargo:

1. La verdad es el mayor bien concebible. Por tanto, la mayor felicidad del máximo número de personas consiste en ser fiel a la verdad y adorarla, en lo que también estriba la mayor bondad.

2. Todos deben buscar la felicidad. La virtud hace felices a los virtuosos y a los no virtuosos infelices, ya que sólo los primeros conocen la razón que los mueve a seguirla. Sin embargo, la verdad hace a todos veraces y, como ya se ha dicho, felices y buenos en grado sumo. Luego todos deben buscar la verdad por sí misma, y la virtud por la verdad.

3. Emplear algo como medio para lograr un bien mayor es racional y moralmente correcto. No hay mayor bien que la verdad. Por tanto, sólo la verdad es un fin en sí misma.

En consecuencia, la verdad es el valor más alto en la jerarquía moral. No es difícil probarlo. Si afirmamos que "X es el valor moral más alto", estamos aseverando que "X es el valor moral más alto" es verdad, lo que conlleva que depende  de la verdad para ser válido. En este sentido, si un valor debe ser validado por otro valor se sigue que no puede ser el valor más alto, esto es, aquel que se valida a sí mismo. Por consiguiente, "X es el valor moral más alto" no puede ser una proposición verdadera a no ser que por X se entienda la verdad.

La verdad sólo depende de sí misma, pues no es el resultado de nada distinto a ella. Por ello, la verdad es eterna e inmutable. Sin embargo, nada en el universo ni el mismo universo es eterno o inmutable. Por tanto, la verdad no es el mismo universo ni nada material contenido en el universo.

Podría argumentarse que la verdad es sólo un nombre que empleamos para referirnos a todo lo que es verdadero. Pero, como ya hemos probado, la verdad debe ser reconocida como el valor más alto para que cualquier otro valor pueda ser valioso. Tal no sería posible si la verdad fuera sólo un nombre o si no existiera por sí misma. En consecuencia, la verdad es real y existe por sí misma.

Así, si la verdad existe por sí misma y no es el universo ni nada material contenido en el universo, debemos decir que  la verdad es o bien Dios o bien nada en absoluto. Habiendo acordado que la verdad es real (ya que de lo contrario nada sería verdad, ni siquiera la afirmación "la verdad no es real"), ha de concederse que la verdad absoluta y autosubsistente es Dios.

Dado que la definición de la verdad y la de Dios son idénticas, es correcto sostener que la verdad es Dios y que Dios es la verdad. Vemos, pues, que la verdad es una realidad autosubsistente e inmaterial que constituye el valor moral más alto en la jerarquía y se valida a sí mismo. Por otro lado, Dios es una realidad autosubsistente e inmaterial que constituye el valor moral más alto en la jerarquía y se valida a sí mismo. No siendo admisible que existan dos valores máximos, resulta evidente que la verdad es Dios y Dios es la verdad.

Todo ser autosubsistente e inmaterial no puede ser limitado por nada, al ser superior a todos los demás seres y no estar constreñido por el espacio o el tiempo. Por el contrario, todo ser defectuoso es limitado de algún modo. Así, todo ser autosubsistente e inmaterial, al no ser defectuoso en modo alguno, es omnisciente, omnipotente y perfectamente bueno, esto es, bueno sin ningún límite o máximamente bueno. Ahora bien, la verdad es una realidad autosubsistente e inmaterial. Por tanto, la verdad es omnisciente, omnipotente y perfectamente buena.

Asimismo, la verdad existe necesariamente. Luego, una vez se ha mostrado que Dios y la verdad son idénticos, síguese que Dios existe necesariamente.

lunes, 13 de febrero de 2023

Todo derecho natural es absoluto


No existe un derecho natural que no sea absoluto. Si se establece que un derecho es natural y, no obstante, limitado por otro derecho, ha de concluirse -en contra de la premisa- que ambos derechos no son naturales, pues al limitarse mutuamente dependen de la autoridad de un tercero, el cual debe reconocerlos no según criterios de verdad sino de mera oportunidad o conveniencia. Así, si la libertad deambulatoria encuentra su límite en el derecho a la propiedad, y el derecho al matrimonio en el derecho a la indemnidad sexual, es evidente que ninguno de los dos derechos tiene fuerza suficiente para subsistir a pesar del otro. Luego, dado que ambos presuponen la existencia de la sociedad, que entraña siempre una pluralidad de intereses en conflicto, ambos se subordinan al Estado, que puede cercenarlos o redefinirlos y, dado el caso, suspenderlos o eliminarlos.

No hay límite en la facultad limitativa del Estado. Éste no puede decidir sobre la verdad, al ser anterior a todo cuerpo social y superior a toda opinión o deseo, pero sí tiene el deber de determinar qué es oportuno o conveniente. De manera que el Estado jamás ostentará el poder de abrogar la verdad, que es el único derecho natural y absoluto, si bien podrá hacer cuanto le plazca con los demás derechos en tanto esté en posesión efectiva de sus facultades. Por lo que es necesario confesar que el único derecho que el Estado no puede otorgarnos es el derecho a errar o a prescindir de la verdad, y que por ello no está en su mano claudicar en el deber absoluto de imponerla.

No existen ni el deber ni el derecho de tolerar el error, ni hay tal cosa como un derecho a errar


El contexto del debate es el siguiente: He preguntado a la IA si era moralmente correcto derogar el derecho a errar en favor del derecho a sostener la verdad, o si por el contrario tal derecho debía mantenerse siempre, a pesar de cualquier argumento racional o acuerdo universal, esto es, a pesar de que se demostrara que tal acción es socialmente eficiente y toda la humanidad la validara. La respuesta ha sido que el derecho a errar es inherente e inalienable y, dado que es intangible y trasciende toda voluntad humana, siempre ha de ser sostenido. A ello he contestado que, si no podemos errar respecto a la intangibilidad del derecho a errar (pues todo "debes" conlleva un "no debes" que afecta a la proposición contraria), se sigue que no es un derecho universal, ya que no aplica en todos los casos. Y si podemos errar, con más razón ha de negarse su naturaleza necesaria, pues el mismo derecho a errar nos permitiría conculcar este derecho de forma legítima. De donde debemos concluir que la premisa de su intangibilidad es falsa, por lo que sí sería moralmente correcto abrogar por mor de la verdad y la virtud el derecho a errar.







La tolerancia como ideología política descansa en un engaño. Pruébase:

Obrar moralmente es mejor que obrar inmoralmente.

Si existiera un derecho a ser peor, tendríamos el derecho a obrar inmoralmente. Lo que es absurdo, ya que el derecho no puede ser el fundamento manifiesto de la inmoralidad.

Por tanto, no existe un derecho a ser peor.

Ahora bien, errar es peor que no errar.
 
En consecuencia, no existe un derecho a errar.

Si no existe un derecho a errar, no existe un deber de tolerar el error.

Ahora bien, no existe un derecho a errar.

Por tanto, no existe un deber de tolerar el error.

El razonamiento que he presentado es concluyente salvo que se nieguen sus premisas, a saber: 1) que obrar moralmente es mejor que obrar inmoralmente; y 2) que errar es peor que no errar. Sentadas las mismas, no hay alternativa: se tiene derecho a errar o no se tiene. Si se tiene, se tiene para todo error, ya que si el derecho a ser peor sólo pudiera hacerse valer en algunos casos no sería universal. Por ejemplo, si tengo derecho a errar y a hacerme peor respecto a lo que establece la religión pero no respecto a lo que prevé el código penal, sólo tengo un derecho a hacerme peor en el ámbito religioso. Semejantemente, si tuviera un derecho a vivir que sólo pudiera hacerse efectivo en determinado territorio, no sería un derecho omnímodo e inalienable. Por tanto, si existe un derecho a errar con limitaciones no puede ser nunca un derecho natural oponible al Estado, sino a lo sumo un derecho que éste concede graciosamente por mera conveniencia social. Y si existe un derecho a errar sin limitaciones, entonces no existe el Estado.

La tolerancia como ideología política por la que se impone a los poderes públicos y a todos los que les están sujetos un deber ineludible de tolerar el error, en lugar de un mero derecho a hacerlo si tal les conviene, sólo puede sustentarse en el escepticismo y el relativismo.

Tampoco es posible, sin embargo, contemplar un hipotético derecho del Estado a tolerar el error, ya que ello supondría admitir que el Estado y no la verdad es el fundamento de la moral. Derecho absoluto es aquel que no puede ser limitado ni condicionado por nada distinto a sí mismo. El Estado no tiene un derecho absoluto sobre la verdad, pues si se aparta de ella deviene tiránico; luego está limitado por ella. El único derecho que no admite excepciones, al estar en la base de todo obrar moral, es el derecho a profesar la verdad, por lo que nunca es legítimo abandonarla y seguir el error. Un derecho de esta índole es intemporal y anterior al Estado. Por consiguiente, el Estado no puede negarlo o limitarlo, sino que ha de garantizar siempre su observancia. Es decir, tiene el deber de imponerlo.

sábado, 21 de enero de 2023


Si el universo es causado, no es necesario; si no es necesario, hay otros universos posibles; si hay otros universos posibles, la causa del universo debe determinarse a crear un universo entre todos los posibles, lo que conlleva que posee entendimiento y voluntad (debe entender todos los universos posibles y ha de querer que uno de ellos pase a ser en acto). Y esto con más razón si consideramos que el creador del universo es causa ejemplar y causa eficiente de todo entendimiento y toda voluntad creados. En consecuencia, Dios tiene una naturaleza personal, por lo que no es arbitrario afirmar, como se hace en las Escrituras, que nos ha hecho a su imagen y semejanza.
 
Si es cierto que somos semejantes a Dios y que éste es el Óptimo Máximo, pues como verdad de verdades, acto puro y causa primera es más eminente que cualquier bien actual o posible, aun admitiendo que no se da proporción entre nuestro ser finito y su ser infinito no carece de sentido amarlo y tener amistad con Él, toda vez que es racional buscar el propio bien, y la amistad y el amor consisten en la unión del semejante con el semejante.

Ésta me parece una buena base para estimar que la causa primera es religiosamente significativa.

miércoles, 18 de enero de 2023


Supongamos por hipótesis que el principio de causalidad es una mera ficción humana. Ello conlleva que en algún momento o en todo momento algo empiece a ser sin causa o cese de ser sin razón. Pues, dado el caso de que nada empiece a ser sin causa ni cese de ser sin razón, deberá concluirse que el principio de causalidad es universal, no una ficción de los hombres.

Si un ente deja de ser, o bien se transforma en otro o bien es aniquilado. Si se transforma en otro, no cesa de ser absolutamente, sino sólo en cuanto a su organización. Por tanto, si lo que está en devenir pasa de una forma a otra sin que nunca carezca por completo de ella, es siempre con razón, ya que su razón es su forma y el vínculo entre sus distintas formas.

Ahora bien, si un ente deja de ser por aniquilación pasará de tener una forma a no tener ninguna. Ni la forma tendrá a su formado, por lo que no será forma, ni el formado tendrá a su forma, por lo que no será formado ni formable y no habrá nada en absoluto. De modo que se generará una discontinuidad y, por así decirlo, un desdoblamiento entre el mundo y la nada, dándose en aquél disminución sin incremento correlativo en ninguna parte. Dicha disminución será o bien limitada, circunscribiéndose a cierto ente, o bien ilimitada, ocasionando la aniquilación de todo ser. De ser limitada, será limitada por una razón o no lo será. Si es limitada sin razón, será limitada sin límite, lo que es una contradicción, toda vez que todo límite es número y todo número es razón; y si es limitada por una razón, el ser no carecerá de razón ni siquiera cuando es aniquilado.

Por consiguiente, el ser sólo puede aniquilarse sin razón si se aniquila sin límite, disolviendo el conjunto del universo. Basta, pues, una sola fisura en la causalidad para que el mundo pierda el ser. Sin embargo, esta posibilidad de extinción total de lo existente debe descartarse, ya que la nada nunca está en potencia ni llega a ser, sino que es siempre causa deficiente en grado idéntico, sin aumento ni menoscabo. Luego, si el mundo posee y mantiene el ser, debe postularse que no hay fisuras en la causalidad y que ésta es verdaderamente universal, no ficticia.

Sentado que la causalidad es una ley sin excepciones, se sigue que nada empieza a ser sin causa ni cesa de ser sin razón. Y esta ley, al no depender de ninguno de sus sujetos y comprenderlos a todos, es superior a todo lo causado y a todo lo que empieza a ser, siendo evidente que nada causa a la causalidad, que es por tanto necesaria. Ya hemos visto que no hay en el universo partes causadas y partes incausadas, sino sólo partes causadas, habida cuenta de que la causalidad en él jamás decae. En consecuencia, no hay en el universo partes necesarias. De lo anterior es preciso concluir que la ley que impone al universo ser causado y serlo siempre no mana del mismo universo. Ha de atribuirse a su causa, que es Dios.


Los números no tienen absolutamente ningún sustrato o fundamento material, y ello por la sencilla razón de que una materia anumérica es una materia carente de estructura, desmesurada e impensable. Siendo evidente que lo irracional no puede ser ni es nunca fundamento de lo racional, se sigue:

- Que la materia per se no es fundamento de nada racional.

- Que, en tanto sólo lo racional puede ser fundado (ya que fundar es dar razón), la materia per se no es fundamento de nada.
 
- Que lo racional debe fundarse a sí mismo.

sábado, 10 de diciembre de 2022


La misericordia o paciencia de Dios es la armonización de la justicia divina, que exige el castigo del malvado, y el derecho natural, que permite a todo hombre vivir y actuar según sus fuerzas. La muerte es necesaria porque el mal moral es ubicuo y toda paciencia frente a él, si es justa, debe tener un límite. Con la muerte se pone coto a las fuerzas del hombre y se da jurisdicción plena a las de Dios.

martes, 6 de diciembre de 2022


Según Berthold de Chiemsee, la primera nada es la nada absoluta a partir de la cual Dios crea el universo. La segunda nada es el mal inmenso plasmado en un anti-ser del que el diablo es epítome, aunque no sea idéntico a él. La tercera nada es el pecado o mal por participación.

La primera nada es más antigua y más fuerte que la criatura, por lo que ésta precisa de la creación continua de Dios para mantenerse en su esencia y no ser aniquilada.

La segunda nada, aunque ilimitada por naturaleza, es limitada por Dios mediante su providencia para que no destruya el mundo.

La tercera nada es combatida por el poder divino a través de la recreación y salvación del hombre en Cristo, que dan lugar a la gracia y los sacramentos.

Es interesante la dialéctica establecida por el autor entre Dios, el hombre y las tres nadas:

- La primera nada es la ausencia total de ser, ya que Dios crea el universo sin materia preexistente. Es finita al quedar comprendida en el poder de Dios, el cual crea mezclando la causa eficiente con la causa deficiente, el ser con la nada.

- La segunda nada parte del presupuesto de que toda afirmación, si puede ser negada por completo, se corresponde con una negación simétrica ("Si A no es X, no-A es X"). No procede de Dios dado que no es Dios ni criatura, ni es -como la primera nada- el medio con el que Dios crea, pero es infinita al ser la negación simétrica de los atributos divinos. Es, por tanto, infinita maldad, infinita parvedad, infinita impotencia, infinita imprudencia, infinita falsedad, etc. El razonamiento es como sigue: Dios, al no poder crear a su igual, crea las criaturas. Éstas son buenas en tanto participan de la esencia divina, mas no son el bien absoluto puesto que no se identifican con ella. Por consiguiente, el bien absoluto puede ser negado y es negado en las criaturas. Sin embargo, las criaturas son finitas y el bien absoluto es infinito, de modo que las criaturas no pueden negar absolutamente al bien absoluto, ya que no se oponen a él simétricamente en tanto criaturas. Pero pueden negarlo absolutamente en tanto obren el mal, toda vez que el mal se opone simétricamente al bien. Luego la negación de Dios no es una criatura finita, sino una no criatura no finita. O lo que es lo mismo: Si el bien absoluto no es causa de la maldad, el mal absoluto es causa de la maldad. 

- La tercera nada, el pecado o deficiencia moral, depende de la primera nada, es decir, del mal metafísico que penetra todo lo finito, y de la segunda nada, esto es, del mal absoluto como causa del mal. Por ello el hombre cae en el pecado: porque puede ser tentado por razón de la primera nada y es tentado en virtud de la segunda nada. Su corruptibilidad sería una potencia nunca actualizada si no hubiera una causa activa de corrupción capaz de resistir a la gracia de Dios. Esta causa es el mal absoluto, el cual no puede ser percibido directamente por el hombre, al estar desligado de todo bien. De donde cabe inferir que, así como la primera nada es el medio por el que el mal metafísico entra en el mundo (el ser debe mezclarse con el no-ser para que lo finito exista), la segunda nada, auxiliada por una criatura más perfecta que el hombre capaz de percibirla directamente, es el medio por el que el mal moral entra en el hombre.


La primera nada, la nada finita, era nada antes que todas las criaturas. Por consiguiente, es más antigua y fuerte que la criatura: porque mis días nada son. Así, la criatura hecha de la nada con una esencia contraria a ella podría ser vencida por la nada y devuelta a ella, pues nada permanece bajo el sol (...).

La segunda nada es infinita y dirigida contra Dios, como el no ser eterno contra la esencia eterna. Esta inmensa nada es el peor de todos los seres y una suerte de no ser. De ahí el dicho común de que nada es peor, como está escrito, que aquel que es mezquino consigo mismo. (...) Ciertamente Dios no ha creado de sí esta inmensa nada, pues de lo contrario podría crearse un nuevo dios o un ente inmenso, igual al verdadero Dios en detrimento y desdoro de su loor y dignidad (...). Por tanto, esta inmensa nada es tan mala que Dios no debe crear nada de ella. Con todo, una criatura perversa abusa a voluntad de la antedicha nada infinita. Tal fue el abuso de Lucifer cuando ascendió y quiso ser semejante al Altísimo. 

La misma pésima nada está unida a la humanidad malévola a causa de la naturaleza de la primera nada a partir de la cual ha sido hecha. De ahí que nosotros, mortales, no nos inclinemos al bien, que está más lejos del hombre, sino al mal, es decir, al pecado y a la destrucción, el cual está más cerca y mora en nosotros. Y aunque el espíritu humano debe impulsarse a sí mismo y a su cuerpo hacia el bien, sin embargo el cuerpo ha quedado envejecido y corrompido por su propia malicia, de modo que por él el espíritu está enormemente cargado y es arrastrado hacia la región inferior, hacia el mal, pues la habitación terrenal deprime al alma. Así lo estableció San Agustín: Más puede el mal arraigado que el bien inusitado (Malum inolutum plus valet quam bonum insolitum).

Berthold de Chiemsee

sábado, 3 de diciembre de 2022


El amor erótico es el éxtasis o salida de uno mismo por el que el individuo quiere perpetuarse mediante otro. Tiene, pues, un fin carnal y está condicionado a él, razón por la cual exige la reciprocidad y fidelidad de quienes lo profesan y reciben. De aquí resulta la prohibición del adulterio como contrario a la pureza de la descendencia, al introducir en ella sangre ajena.

La amistad, en cambio, sólo se subordina a un fin ideal del que ninguna consecución material depende, de modo que no precisa ser correspondida para alcanzar aquel fin. Puede y debe amarse al enemigo, pues el fin de la amistad no se cifra en la obtención de un resultado material, como la progenie en el amor erótico, sino en la aspiración de que todos los hombres se unan en Dios.

Partiendo de estas dos definiciones, sencillas y mutuamente excluyentes, queda establecido qué sea el amor y qué la amistad. En base a ellas pueden formularse las siguientes proposiciones morales:

1. Que no se da el amor sin la salida de uno mismo o éxtasis. El placer es signo de lo que ya está unido, mientras que el amor sólo nace en lo que ha de unirse.

2. Que la homosexualidad no participa del amor, al carecer quien lo experimenta de un fin carnal distinto a sí mismo.

3. Que ninguna relación homosexual ha de reputarse como amistad, toda vez que exige ser correspondida y busca una satisfacción.

4. Que toda ambición del hombre dirigida a aumentar su fama es contraria a la amistad, en tanto pertenece a ésta el preferir el bien común o universal al bien propio o exclusivo. Nulla ambitio sine vitio.

5. Que el bien común de los hombres ha de ser semejante y superior a todos ellos, ya que si no es semejante no es un bien, y si no es superior a todos no será deseable para todos.

6. Que ninguno de los bienes que el hombre puede poseer es superior a él. De donde se sigue que el bien superior a todos los hombres no puede ser poseído. Sin embargo, si no puede ser poseído por el hombre ni puede poseer al hombre, no tendrá nada que ver con él ni será semejante a él, por lo que no será un bien. Por tanto, el bien superior a todos los hombres debe poseerlos.

7. Que sólo Dios, que posee a los hombres, los excede en todo y guarda con ellos semejanza como su creador, es un bien de esta naturaleza.

8. Que así como la infidelidad carnal debilita o destruye el fin del amor erótico, la infidelidad espiritual debilita o destruye el fin de la amistad. En consecuencia, la infidelidad hacia Dios atenta contra la unión de los hombres. Es justo por ello considerar a quienes niegan o adulteran la religión enemigos del género humano.

sábado, 5 de noviembre de 2022


Si no hay nada después de la muerte tampoco hay nada de lo que avergonzarse en vida. Ningún mal en este mundo excede al de la propia destrucción. Las faltas del hombre, subsumidas en su finitud, se extinguirán con él. 

Alguien que creyera ser superior a sus culpas, a su tendencia al mal, y no estimara ser superior a su muerte, situaría a la muerte por encima del mal moral. Ahora bien, si la muerte es una magnitud mayor que cualquier mal, es preciso que se la conciba ya como la suma de todos ellos, ya como su opuesto. Siendo la muerte la suma de todos los males, quien la padezca saldará cualquier mal que haya causado en vida. De modo que el mortal tiene, por su propia condición, un derecho natural a hacer cuanto le plazca. Asimismo, si la muerte es el bien y el hombre tiende a ella más que a su contrario, será justo afirmar que el hombre, haga lo que haga, tiende al bien.

Sólo quien cree que el bien es superior a la muerte y que hay Dios inmortal puede aspirar al verdadero bien y tiene razón en avergonzarse si fracasa.


Enterrar a los muertos es una consecuencia de la vergüenza. El hombre quiere resarcirse de sus transgresiones porque considera que está por encima de ellas. La muerte es el compendio de todos los males terrenos y el epítome de lo vergonzoso.

Por tanto, lo que distingue al hombre de la bestia es la vergüenza, esto es, la certeza de estar por encima de nuestro propio mal y por encima de la misma muerte.

Quien no crea en la inmortalidad es un desvergonzado, más bestia que hombre, o un idiota inconsecuente. Hasta los niños y los paganos creen en ella.

El primer hombre no es sino el primer animal capaz de sentir vergüenza. La vergüenza es el reverso de la visión de Dios.