viernes, 14 de noviembre de 2014
Armonías disonantes
lunes, 13 de junio de 2011
Lo unitario

Concibo el que podamos comprender algo parcialmente, pero no el que algo sea parcialmente comprensible. Puedo yuxtaponer una proposición absurda a otra con sentido y seguir hablando de dos proposiciones distintas con características opuestas, a saber, la ininteligibilidad y la inteligibilidad. No hay, pues, ningún término de la proposición compleja que sea parcialmente inteligible o parcialmente absurdo, porque estas cualidades no admiten grados. Luego, salvo que imaginemos una yuxtaposición semejante en el ámbito de lo real, por la que un universo empiece donde el otro acaba (y esto es multiplicar los entes más de lo necesario y demostrable), ha de haber algún tipo de solidaridad o correspondencia entre todas las partes del cosmos por la que, dada una relación racional entre fenómenos, debamos postular que todas lo son, despreciando como aparentes los casos en que se nos muestre lo contrario.
La coexistencia de las partes de un todo, a la que podríamos llamar unidad de estructura, es puramente nominal si no se traduce en una unidad en el tiempo, esto es, en causalidad. Leibniz formuló a Arnauld el ejemplo de dos diamantes separados por muchas millas, el diamante del Gran Mogol y el del Gran Duque. Pues bien, no por el hecho de acercarlos hasta que se toquen, o de engastarlos incluso en una sola joya, se convertirán en substancia única. La proximidad, que es una consecuencia de la extensión, no hace que lo múltiple devenga uno, salvo para nuestras convenciones lingüísticas, que el filósofo no ha de considerar. Por el mismo motivo, el universo sería poco más que una fantasmagoría si, al carecer de un común origen al que retrotraerse, tuviera que ser definido sólo en términos espaciales o geométricos. Así, no hay más substancia que aquella a la que pueden atribuirse congruentemente todos sus predicados pasados, presentes y futuros.
miércoles, 22 de septiembre de 2010
Metafísica y ciencia
Definición
Eterno es lo infinito en el tiempo.
Axioma 1
Cualquier atributo infinito predicado de lo real no admite prueba empírica, ya que requeriría infinitas pruebas. Por tanto, o se demuestra mediante razones intrínsecas o no debe suponerse.
Axioma 2
Del conocimiento completo de algo real no se sigue el conocimiento de su origen, pues tal implicaría conocer plenamente su causa y, por derivación, conocerlo todo, lo que exige una prueba infinita o más allá de la humana capacidad.
Axioma 3
Del conocimiento aun incompleto de algo ideal se sigue el conocimiento de su origen, o lo que es lo mismo, la intuición de su fundamento o noción primitiva. De este modo, una forma geométrica nos traslada a la idea de extensión, ésta a la de número, y de ahí se alcanza la noción de unidad, que no nos permite retroceder más.
Axioma 4
Todo lo real es pensable aun cuando se conozca imperfectamente.
Proposición 1
No puede conocerse por la experiencia si el universo es eterno (ingénito) y, por tanto, no se supone.
Demostración
Por el axioma 1.
Proposición 2
No puede conocerse por la experiencia si la materia es increada y, por tanto, no se supone.
Demostración
Por el axioma 2.
Corolario
Afirmar que la materia no se crea equivale a declarar que no está entre sus posibilidades, y por tanto tampoco en su definición, la facultad de generar nueva materia. Pero ello no excluye que Dios, que no es materia, pueda hacerlo, pues lo anterior nada nos dice de la facultad de la materia de ser eterna (por la proposición 1).
Proposición 3
Puede conocerse por la razón que la materia tiene un fundamento común.
Demostración
Por los axiomas 3 y 4.
Corolario
Si la materia ha existido siempre, existe sin razón, como hecho bruto. Si existe sin razón, ¿por qué la razón parece regir el universo? Y, en fin, si la ciencia fuera sólo un instrumento racional con el que aprehender una realidad irracional, ¿de qué nos serviría más que para engañarnos? La razón informa todos los parámetros no dependientes del azar: aquellos que son fijos, inmutables y en tanto tales inteligibles. Así, la apariencia no concierne al saber, sino a la opinión, si no se la contrasta con la certeza de la realidad tal y como es, es decir, según razones intrínsecas.
Pese a lo limitado de nuestro conocimiento, las leyes físicas nos proporcionan una determinada certeza aproximativa, por lo que pensamos que es mejor y más veraz conocerlas que no conocerlas. El mínimo de verdad que admitimos tras nuestras experiencias es de carácter analítico. Esto es, la realidad tiene algo de verdad aprehensible por nosotros, inteligible en tanto que "a priori" y, por tanto, racional de un modo intrínseco, no simulado. Negar esto es negar la posibilidad misma de la ciencia.
Proposición 4
La materia es racional y creada.
Demostración
Por reducción al absurdo. O la materia es racional y creada, o es irracional y creada, o es racional e increada, o es irracional e increada.
Si es racional y creada, apela (por la proposición 3) a una causa inteligente a la que llamamos Dios, la cual, al ser causa única y última en todos los sentidos, carece de límites y es infinita en acto.
Si es irracional y creada, no podemos penetrar en absoluto en la razón de su causa, por lo que ésta no es ideal ni por ende verdadera, pues toda verdad relativa al mundo debe ser ideal al menos en parte (por el axioma 4).
Si es racional e increada, es razón de sí misma y eterna. Sin embargo, en la medida en que ello debe probarse por una razón intrínseca (por el axioma 1), no existiendo por hipótesis tal razón, tampoco es postulable dicha racionalidad (por la proposición 2).
Si es irracional e increada, no se conoce ni por sí ni por otros, por lo que sólo puede ser objeto de la opinión.
domingo, 11 de julio de 2010
Nuevas reflexiones sobre la "adaequatio"
Un enunciado de confirmación posee un carácter lógico, esto es, contiene "a priori" la implicación de un hecho observable confirmatorio en una proposición de tipo teórico o hipotético. Afirmar que, según "C", "E confirma H", donde "E" es una experiencia, "H" una hipótesis y "C" el enunciado que las vincula implicativamente, no requiere experiencia ulterior y se sigue de la propia inteligibilidad del enunciado. Es "C" en este sentido una tautología, ya que de la descripción de lo que se afirma sobre el mundo se sigue que, cuando tal se da en la realidad, la proposición afirmativa es verdadera. Si quiero probar que "A ciertas cosas de la naturaleza, como las celdas de las colmenas de abejas o el cristal de roca, convienen los predicados que concebimos contenidos en la noción de hexágono", el enunciado de confirmación se limitará a constatar el vínculo necesario, de identidad lógica, entre lo afirmado "ex hypothesi" y lo verificado de hecho, es decir, entre lo hexagonal en la proposición teórica y lo hexagonal en el mundo. Luego, en tanto que un enunciado tautológico "C" puede contener la descripción de un hecho empírico "E" y llevarnos a la conclusión de ser verdadero un enunciado no tautológico teórico "H", no es cierto que las verdades analíticas o de razón no puedan generar verdades sintéticas o de hecho. Por el contrario, las presuponen a todas, si bien exigen condiciones externas o razones suficientes para que lo hipotético devenga efectivo. Ahora bien, el mundo es al mismo tiempo el conjunto de todos los enunciados no tautológicos y de todos los hechos empíricos sobre los que puedan pronunciarse dichos enunciados. Por consiguiente, la verdad de los mismos no se encuentra en el mundo, ya que nada en él puede confirmar "a priori" la concordancia de lo razonable con lo razonado salvo en base a puras apariencias. La proposición "Toda descripción lógicamente idéntica a lo descrito es verdadera" no es más que una perífrasis de "A = A", y sólo en este sentido la adaequatio puede reconciliarse con las primeras nociones lógicas.
Veamos ahora brevemente las consecuencias ontológicas de esto. Si la verdad del mundo está fuera del mundo, y la verdad de la existencia del mundo no es distinta de la verdad del mundo (pues, con Kant, la existencia no es un predicado), entonces la verdad de la existencia del mundo está fuera del mundo. Con todo, de "A = A" no se sigue que el mundo es verdadero, excepto si el mundo existe. Es, por ello, razón de su existencia, mas no causa de la misma, ya que como razón es necesaria y como causa sería contingente. Así, la razón del mundo -en tanto que razón de todo mundo- es una evidencia lógica, y su causa -en tanto que causa de este mundo- una oscuridad metafísica. No obstante, hay en toda causa razón de ser, puesto que, si no la hubiera, no se distinguiría la causalidad de la concomitancia. Ergo, procede afirmar que toda causa, luego también la causa del mundo, participa de la razón del mundo; que cuanto más general es la causa, más próxima está a tal razón; y que, en fin, la causa primera es indistinguible de la razón primera, en la medida en que nada puede explicarlas fuera de su propia noción apriorística. Por ende, habida cuenta de que el mundo es verdadero, Dios existe.
martes, 5 de enero de 2010
El destino de Fausto

Si la filosofía ha de servir a algún fin más allá de sus lúdicas especulaciones, es al de cuestionar la solidez y universalidad del sentido común. Nada es lo que parece, y de la apariencia es imposible obtener el ser, como se verá.
Los impugnadores de la metafísica tradicional, de Kant para abajo, o de toda metafísica, de Wittgenstein para abajo, tienen a la realidad por "la verdad misma". La genealogía de esta extendida opinión puede perseguirse sin excesivos quebraderos de cabeza. Se distingue en ella entre la doxa de las meras palabras, o esencias, y la episteme de lo testificable por los sentidos, las existencias. Esta subordinación de la primera a la segunda -en contra del parecer de Platón, que las conjugaba a la inversa- tiene un único fundamento que podríamos llamar intuitivo, a saber, que las palabras "provienen de dentro" y los objetos de los sentidos "de fuera". Dentro están los ídolos y fuera los dioses; dentro las representaciones y fuera los arquetipos; dentro los significantes sin significado, las quimeras, y fuera los significados sin significante, la Esfinge.
Esta visión, tenida hoy por supremamente racional, es en gran medida deudora del irracionalismo. La razón es menesterosa, se nos dice; es una voluble prostituta que engaña y mercadea con sus encantos. Es, sobre todo, mujer: debe ser sometida por un principio que la domine y determine, ya que de lo contrario se adecuará a cualquier dueño. Librémonos, en fin, de la razón y de su voz interior, pues ambas están corrompidas por lo fatuo del hombre, absurdo y mudable como él, así como por la tradición de los pueblos, que es vanidad sobre vanidad. Bacon no habría existido sin Lutero.
Pero ¿qué es la verdad? La verdad es un concepto definible o nada es. Ahora bien, la realidad empíricamente considerada, al depender de la pura observación según el positivismo, no se obtiene por derivación de ningún principio lógico superior que la comprenda. Éste es el motivo por el que no se la puede definir, sino, a lo sumo, describir. La palabra "realidad" es un término tan vacío como "ozingobru" si no se refiere a esta o aquella realidad contemplada. Por ello no puede emplearse como fundamento de ningún sistema, ya que ella misma, dada su inconsistencia ontológica, requiere de él.
Somos capaces de abstraer las características generales de los objetos para aplicarlas a una pluralidad de ellos. Con todo, como no hay muchas realidades, sino sólo una solidaria en todas sus partes, no es pensable siquiera una definición de realidad que pueda extrapolarse a varias de ellas. "Perro" viene a ser un vocablo apto a los efectos de una definición a priori; "realidad" no. No hay nada común con carácter necesario en dos situaciones reales distintas, pues las variables tiempo y espacio también son relativas a los estados de cosas; y nadie, salvo tal vez un metafísico, puede pretender que las leyes de la naturaleza sean algo más que una abstracción de nuestra mente. Pues esto es lo que se nos ha asegurado: que la realidad está por encima de cualquier metafísica.
Los duros materialistas han esgrimido ese espantajo, la realidad fenoménica, frente a cualquier conceptualización que escapase de ella. Sin embargo, a pesar de existir en cuanto tal ("real" y "existente" son indudablemente sinónimos), la realidad carece de significación propia. No puede oponerse a "lo irreal", porque no hay impedimento absoluto para que lo que hoy no existe sí exista mañana. Ergo, no hay "realidad" ni "irrealidad" a priori, sólo convenciones descriptivas.
Exigir que una proposición verdadera se ajuste, para serlo, a un estado de hecho constituye lo que viene conociéndose como la teoría escolástica de la adaequatio, la cual rechazo con los argumentos que siguen:
a) Es insuficiente, puesto que una teoría tal no podría dar razón de dos fenómenos aparentemente contradictorios.
b) Es dogmática, ya que anticipa como verdadera aquella realidad a la que el enunciado debe amoldarse. Esto es, presupone la verdad como previa la adaequatio y, por consiguiente, como condición de la adaequatio misma.
c) Es reduccionista, dado que limita lo verdadero a lo real-efectivo, negando la virtualidad de lo posible, esto es, aquello cuyo contrario no entraña contradicción.
A no ser que establezcamos principios previos a lo real e independientes de lo fenoménico, todas las predicciones empíricas serán o bien actos de fe, o bien profecías autocumplidas.
Hume establece como principio general el carácter a posteriori e injustificable de la relación causa-efecto. Si el orden de las ideas se deriva del de las impresiones, y las verdades apodícticas son, al cabo, tautologías, deducimos que éstas no son capaces de reflejar la realidad objetivamente, ni aquéllas pueden lograr el valor de verdad más que de un modo convencional o intersubjetivo. Las causas y los efectos son, para Hume, simples divisiones imaginarias que el hombre traza sobre el mundo, a modo de meridianos y paralelos, con el fin de lograr en él cierta capacidad de acción. No es, entonces, la causa la que genera el efecto, como nos enseña la razón práctica, sino que es el mismo efecto el que, retrotrayéndose por la fuerza de la Costumbre, se convierte en causa abstracta. Su realidad es puramente subjetiva, construida siempre de nuevo y sin más fines que serle útil al sujeto en cada momento.
La crítica de Hume no sólo apunta a la metafísica, sino a la misma ciencia, que basa la certeza de los enunciados en su verificación empírica (esto es, en el grado de repetición de lo previsto por ellos), sin reparar en que es la experiencia la que sostiene al razonamiento y no a la inversa. No es que los hechos confirmen una teoría, sino que la conforman efectivamente desde el momento en que son tomados como reglas para otros hechos, hechos cuya regularidad nadie (excepto la misma vacilante regla) nos asegura. El sustrato de la racionalidad es la irracionalidad, lo inarmónico, lo caótico. Todo lo que no sea un hecho perece en su propio discurso. Siendo el nudo hecho inaprehensible, la única escapatoria que la modernidad ofrece al hombre es la ataraxia y la resignación, trágica o irónica, ante la fatalidad de los acontecimientos.
sábado, 1 de agosto de 2009
Diseño y causalidad

Leo este sugerente artículo, del que destaco la mención a Fibonacci y a la proporción áurea. Espero la segunda parte, puesto que en ésta todo se ha quedado en una especie de prólogo impreciso.
La tesis principal que se defiende, a saber, que es posible un diseño sin diseñador, me resulta algo inquietante. Se nos dice que estas replicaciones racionales que tendemos a atribuir a inteligencias de tipo personal son fruto del azar, entendido como ausencia de propósito coherente. Pero poco más tarde se añade que dicho azar consiste en perseguir un fin como la "búsqueda de estados de mínima energía", "ocupar el menor espacio posible", etc. ¿Qué tiene esto de azaroso? ¿Por qué la naturaleza, toda ella un derroche, debería ser tan ahorrativa? ¿Por qué sus partes tienden a perseverar en un determinado estado en lugar de fluctuar continuamente?
Desde un prisma evolucionista podría argumentarse que los universos que no siguen unas pautas estables que los autocontengan se subordinan de modo gradual a formas y estructuras más propicias a la permanencia. Por tanto, no vemos lo que hay, sino lo que dichos procesos de selección nos dejan ver, creándonos el sesgo del orden y de unidad (la idea misma de universo) donde sólo se da una ciega competición de la que naturalmente triunfan los elementos más persistentes frente a los más volátiles. Es decir, hablamos en este supuesto de una victoria pírrica y aparente del orden, bajo el que subyacería el caos.
Pues bien, esta teoría es falsa o inútil.
Es falsa porque si el caos y el orden fueran elementos contrapuestos y no enmarcados en un orden más general, estaríamos admitiendo el cosmos dualista de los maniqueos, cuyas dos mitades irreconciliables coinciden inexplicablemente en el tiempo y el espacio. Dicha conclusión es anticientífica y el sano juicio la descarta.
Es inútil porque si todo es caos y el orden sólo una aproximación infinitesimal motivada por el sesgo evolutivo comentado, que también influiría en el organismo del perceptor, la realidad y la verdad son incompatibles, lo que nos condena al escepticismo. Si nada puede saberse, la propia especulación sobre nuestro conocimiento resulta ociosa.
Vemos, entonces, que las mismas fuerzas que niegan el diseño (las causas finales) se oponen al mero orden (las causas eficientes) debido a su no reconocimiento de lo sobrenatural u objetivo (las causas formales).
viernes, 31 de julio de 2009
Una refutación de Hume antes de Hume
Las proposiciones universales son los fundamentos de la demostración filosófica
Ahora bien, este error de Nizolio no es despreciable porque lleva en el fondo algo de gran importancia. Pues, si los universales no son otra cosa que colecciones de singulares, se seguirá que no existe la ciencia por demostración (cosa que dice también Nizolio más adelante), sino colección de singulares o inducción. Mas por este procedimiento desaparecerán absolutamente las ciencias y los escépticos habrán conseguido la victoria. En efecto, por este procedimiento no pueden formarse nunca proposiciones perfectamente universales, porque por inducción nunca se puede estar seguro de que se han experimentado todos los individuos, sino que siempre nos moveremos en el ámbito de la proposición "todo lo que he experimentado es tal cosa". Pero, como no puede darse ninguna verdadera razón universal, siempre permanecerá la posibilidad de que innumerables cosas que tú no has experimentado sean distintas. Pero dirás que el fuego (es decir, el cuerpo luminoso, fluido y sutil) que brota de la leña de modo ordinario, quema; decimos, de modo universal, aunque nadie haya experimentado todos los fuegos de tal tipo, sino porque esto ya ha quedado claro en aquellos que hemos experimentado. Así que inferimos de esto y creemos con certeza moral que todos estos fuegos queman y nos quemarán si acercamos la mano.
Pero esta certeza moral no está fundada en la inducción solamente, ya que no se consigue sólo por la inducción, sino con la ayuda y el apoyo de las siguientes proposiciones universales que dependen no de la inducción de los singulares, sino de la idea universal o definición de los términos: 1.ª Si la causa es la misma o semejante en todos los casos, el efecto será el mismo o semejante en todos los casos. 2.ª No se presupone la existencia de una cosa que no es percibida. Y, finalmente, 3.ª Todo lo que no se presupone, en la práctica hay que tenerlo por nada, antes de que se pruebe.
De estas proposiciones surge la certeza moral de la proposición "todo aquel fuego quema". Pues supongamos que el fuego que ahora se me presenta sea de tal clase, digo, que sea en todos los aspectos (en lo referente a nuestra cuestión) semejante a los anteriores, porque, por hipótesis, no percibo diferencia alguna que afecte a la cuestión; y lo que no se percibe no se presupone, por la proposición de apoyo 2.ª Por la proposición 3.ª, lo que no se presupone, en la práctica, hay que tenerlo por nada. Luego hay que mantener, en la práctica, que es igual en todos los aspectos (en lo referente a nuestra cuestión). Ahora bien, por la proposición 1.ª, el efecto, es decir, la combustión, por hipótesis, será semejante en todos los aspectos. Luego hay que admitir, en la práctica, que cualquier fuego dado de tal clase, o todo aquel fuego, quemará. Cosa que se pretendía demostrar.
De esto ya queda claro que la inducción per se no produce nada, ni siquiera certeza moral, sin la ayuda de proposiciones dependientes no de la inducción, sino de la razón universal. Porque, si también estas proposiciones de apoyo tuvieran su valor por inducción, necesitarían de nuevas proposiciones de apoyo y así no tendríamos certeza moral en un proceso hasta el infinito. Pero la certeza perfecta no puede esperarse totalmente de la inducción con la ayuda de cualquier tipo de apoyo y, así, no conoceremos nunca perfectamente sólo por inducción la proposición "el todo es mayor que una de las partes". En efecto, aparecerá luego quien niegue, por cualquier razón peculiar, que sea verdadera en otros casos no experimentados, como sabemos, de hecho, que Gregorio de S. Vicente negó que el todo fuese mayor que una de sus partes, por lo menos en los ángulos de contacto; y que otros lo han negado a propósito del infinito; y que Thomas Hobbes (pero ¡hasta ese hombre!) comenzó a dudar de aquella proposición geométrica demostrada por Pitágoras y considerada digna de un sacrificio de hecatombe, cosa que yo he leído, no sin estupor.
Leibniz
miércoles, 16 de julio de 2008
De ojos e invidentes
Lo que sucede es que los del otro lado de la valla (los defensores del diseño inteligente) creen que lo que hay y existe es de una "complejidad irresoluble" tal, por utilizar la frase de Michael Behe, que no se dan cuenta de que hemos llegado a donde estamos en el jardin de la vida, por tanteo a ciegas (el "relojero ciego" por extender la analogia del reloj de Paley desde el conocimiento biologico moderno que Dawkins sintetiza).
Anibal Monasterio
Tanteo a ciegas es una contradicción en los términos. El ciego que tantea no es completamente ciego: "ve" con la mente, con su sentido de la orientación, con su oído, con su tacto. Preguntémonos por qué la naturaleza tantea de un modo y no de otro, y por qué tiende a ofrecernos productos exitosos en lugar de hacerse y deshacerse como la tela de Aracne. Brentano habla de "la teleología inconsciente que caracteriza a la vida vegetativa":
En una cierta oposición a las manifestaciones del instinto se muestra la otra clase de fenómenos que ya mencioné: la de los movimientos voluntarios. Queremos mover un miembro, y éste, al punto, se mueve. Tampoco puede dudarse que es nuestra voluntad lo que causa este movimiento. Mas no lo causa de una manera directa, sino, por el contrario, muy mediata. La voluntad produce directamente un efecto que escapa a nuestra conciencia, y éste, de igual manera, determina la aparición de otro, y así sucesivamente, hasta que por fin surge el movimiento que queríamos hacer, tras una larga serie de incidencias que en gran parte desconocemos y que no entraban en nuestras intenciones.
No hay ser vivo que no muestre una fuerte inercia hacia su supervivencia: existir es perseverar. En suma, la selección de los mejores no reduce a la nada a los menos favorecidos. La evolución explica el modo del cambio, pero no la razón profunda del cambio, y por ende tampoco su fin. No es, pues, que el diseño sea ciego, sino que la biología se venda los ojos por ceñirse, como dicta su objeto, a lo estrictamente empírico.
domingo, 22 de junio de 2008
Esse est percipiens
Razonando con Descartes, sólo la percepción actual es real, pues no puede fingirse que proviene de un auténtico sujeto perceptor. Leibniz iría más lejos: la realidad es sólo percepción, esto es, lo que percibe, siendo lo percibido un modo de aparecer (fenómeno bien fundado) de lo que realmente existe.
Cualquier observación sobre una figura admite múltiples puntos de vista. Puesto que éstos resultarán contradictorios o redundantes entre sí, habrá que concluir que o bien algunos de ellos no son reales, o bien que ninguno de ellos lo es en absoluto (en el sentido de que no hay objetos "en sí"). Para sostener lo primero y preferir unos a otros no se encuentra razón suficiente, de modo que se opta por lo segundo.
Así, el espejo no refleja la llamada realidad: es la realidad la que nos habla de los espejos. El orden que éstos expresan -y por el que podemos decir que expresan lo mismo- es previo a cualquier concreción empírica. Es el orden total, el cual, dado que es fundamento invariable e idéntico de lo que percibe, no puede ser ciego.



