martes, 2 de junio de 2020
Divinae leges natura, humanae moribus constant
lunes, 12 de septiembre de 2011
Un estoicismo espurio

Los ateos, que tanto deben a Spinoza, han heredado de él su concepción moral, si es que puede atribuírseles alguna en particular. El filósofo de Amsterdam entendió la autocracia del sabio no sólo como una liberación de las convenciones humanas, sino también de las divinas, a las que en su Tratado teológico-político califica despectivamente de historias y ceremonias con las que se persuade al vulgo de aquello que el iluminado puede constatar gracias al entendimiento puro. Semejantemente, el ateo que aspire a la felicidad sabrá prescindir de la religión positiva y de Dios mismo para erigir y sostener su virtud en función de su cabal comprensión del mundo.
Los estoicos clásicos, sin embargo, no eran ateos ni panteístas: creían en el sumo bien. La definición que da Spinoza de lo bueno y lo malo, según aumente o disminuya mi capacidad de obrar y de pensar, no guarda el menor parecido con la definición estoica, que estima bueno todo lo que se opera con rectitud de juicio en vistas a un fin noble, acorde con la sociabilidad, y malo aquello que se le opone. Spinoza, por su parte, niega los fines, pues todo lo deriva de una necesidad geométrica en la que incluye indistintamente las acciones heroicas y las villanas.
Para estoicos como Séneca o Marco Aurelio lo que está sujeto a la fortuna y no se corresponde con la naturaleza humana no es ni bueno ni malo, y no puede dañarnos mientras nosotros no se lo consintamos con nuestra opinión. Para Spinoza, el pensamiento conducente a la beatitud es el amor intelectual hacia Dios-Naturaleza, el cual se alcanza mediante la purificación del entendimiento y la conversión de las pasiones en acciones. Es decir, el amor hacia lo que para Séneca y Marco Aurelio es despreciable e indiferente.
Vemos, pues, que la estima de la virtud por sí misma es en los genuinos estoicos un fin en sí sólo y en tanto que depende del bien supremo. Tal virtud está reservada a los buenos, que la buscan con su razón y con sus obras, ya que es justo que lo bueno, el sabio, se una a lo óptimo, Dios. Con todo, los bienes de la fortuna, al estar distribuidos entre los buenos y los malos por igual, no dependen del bien supremo -que distribuye siempre con justicia- y, por tanto, no son un verdadero bien.
El bien o es absoluto o es relativo. Si es relativo, lo es en función de un valor absoluto; y puesto que nada que no sea el bien puede sustentar al bien, el bien es absoluto. Mas ¿dónde se encuentra este bien absoluto? ¿En qué hombre, en qué pensamiento o en qué rincón del universo? Si la moral reside en la intención, ¿a dónde hemos de dirigirla? Es falso que en la virtud radica la felicidad, dado que hay hombres perversos que son felices y otros excelentes que son desdichados. Procede decir, más bien, que el hombre bueno, si quiere ser perfecto, debe ser feliz por mor de su bondad. Pero este deber ¿de dónde mana?
El absurdo de una virtud buena en sí misma sin un bien supremo y objetivo que la avale es tan ajena al pensamiento estoico que se diría que es su opuesto. No soy bueno por hacer un bien a mi prójimo, sino que hago un bien a mi prójimo porque soy bueno. Mi bondad radica en desear el bien antes de hacerlo y con independencia de que obrar así me sea favorable; un bien, por consiguiente, inmaterial, intemporal e infinitamente superior a mí mismo.
"Así es, Lucilio: un espíritu sagrado, que vigila y conserva el bien y el mal que hay en nosotros, mora en nuestro interior; el cual, como le hemos tratado, así nos trata a su vez. Hombre bueno nadie lo es ciertamente sin la ayuda de Dios." - Séneca
jueves, 18 de agosto de 2011
Confórmate
Al ojo sano le cumple ver todo lo que es posible ver, y no decir: "Quiero el verde". Pues esto es propio del que padece oftalmía. Y el oído y el olfato sanos deben estar preparados para todo lo que sea posible oír u oler; el estómago sano, estarlo finalmente para todo lo que se pueda comer, como la muela para todo cuanto por constitución es susceptible de ser molido. Por consiguiente, la inteligencia sana debe estar preparada para todo lo que acontezca, y la que dice "que se salven mis hijos" o "que alaben todos lo que haga", es el ojo que busca el verde, o los dientes que buscan lo blando.
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También el que persigue los placeres como un bien y rehuye las fatigas como un mal es impío, pues es obligado que uno así haga muchos reproches a la naturaleza común por haber distribuido contra el merecimiento entre malvados y buenos, dado que muchas veces los malvados encuentran el placer y consiguen aquello que lo produce, y en cambio los buenos caen en el dolor y aquello que lo produce.
Todavía, el que teme las fatigas temerá un día lo que haya de ocurrir en el mundo, y esto ya es impío. Y el que persigue los placeres no se librará de cometer injusticia, y esto es claramente impío. Es preciso, frente a aquello ante lo que la naturaleza común se muestra indiferente (pues no habría creado a uno y otro si no se mostrase indiferente frente a uno y otro) que, frente a esto, los que quieran seguir a la naturaleza y estar de acuerdo con ella permanezcan indiferentes. Así pues, quienquiera que frente al dolor y el placer, la muerte y la vida, la gloria y la infamia, de las cuales la naturaleza universal hace un uso indiferente, no se comporta indiferentemente por su parte, está claro que es impío.
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Cada cosa ha nacido para algo: el caballo, la vid... ¿De qué te extrañas? También el sol dirá: "He nacido para determinada tarea", y los restantes dioses. Y tú ¿para qué? ¿Para gozar? Mira si esta idea se sostiene.
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El dolor, o es un mal para el cuerpo, en cuyo caso que lo manifieste él, o lo es para el alma. Ahora bien, a ella le cabe velar por su serenidad y su calma propias, y no imaginar que es un mal. Pues todo juicio, impulso, deseo y rechazo están dentro, y ahí no asciende ningún mal.
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La inteligencia libre de pasiones es una fortaleza. Pues nada más firme posee el hombre en lo cual refugiarse y continuar inexpugnable. El que no ha visto esto es un ignorante. El que lo ha visto y no busca su cobijo es un desdichado.
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Es vergonzoso que en una vida en que el cuerpo no se rinde tu alma se rinda la primera.
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No merezco causarme pena a mí mismo, pues jamás la he causado a otro voluntariamente.
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Hazte cuenta de que todo el que se aflige o muestra su desagrado con lo que sea es semejante a un cerdo al ser sacrificado, que patalea y gruñe. (...) Sólo al ser racional le ha sido dado seguir voluntariamente los acontecimientos, pues seguirlos sin más es obligatorio para todos.
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Para la piedra que se arroja hacia arriba no es ningún mal bajar ni ningún bien subir.
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¿Quién te ha dicho que los dioses no nos ayudan también en lo que depende de nosotros? Comienza, pues, a rogar sobre estas cosas, y verás. Ése pide: "¿Cómo me acostaré con aquélla?". Tú: "¿Cómo dejaré de desear acostarme con aquélla?". Otro: "¿Cómo me desharé de aquél?". Tú: "¿Cómo no necesitaré deshacerme?". Otro: "¿Cómo no perderé a mi hijo?". Tú: "¿Cómo no temer perderlo?". En una palabra, dirige en este sentido tus plegarias y mira a ver qué pasa.
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Toma sin orgullo, abandona sin esfuerzo.
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Total, si existe la divinidad, todo está bien; si se trata del Azar, no seas tú también azar.
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O vives aquí y ya te has acostumbrado, o te sustraes fuera y eso querías, o mueres y terminaste tu misión: fuera de esto no hay nada. Por lo tanto, ten buen ánimo.
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Aguarda, pues, hasta que te familiarices tú mismo con estas cosas, como un estómago fuerte asimila todos los alimentos, como el fuego brillante convierte en llama y resplandor propios lo que le echas.
Marco Aurelio
domingo, 10 de julio de 2011
De alguna parte
Si la capacidad intelectiva nos es común, también la razón, por la que somos racionales, nos es común. Si es así, también es común la razón que prescribe lo que debemos hacer o no. Si es así, también la ley es común. Si es así, somos ciudadanos. Si es así, participamos de alguna clase de constitución política. Si es así, el mundo es como una ciudad. Porque ¿de qué otra constitución común se dirá que participa todo el género humano? Y de allí, de esa ciudad común, nos viene también la capacidad intelectiva, la racional y la legal. ¿O de dónde? Pues igual que lo terreno se me ha dado como una parte de alguna clase de tierra, lo líquido, de otro elemento, el hálito vital, de alguna fuente, lo cálido e ígneo de alguna fuente propia (pues nada procede de la nada, como tampoco retorna a la nada), así también la capacidad intelectiva viene de alguna parte.
Marco Aurelio
domingo, 20 de marzo de 2011
Ex Deo

Es el hombre un animal vil y degenerado, aborto de la naturaleza, más digno de la soga que del abrazo. Un tal Timón de Atenas, filósofo misántropo, vivía apartado de la sociedad, rechazando la comunicación con todo semejante. Se dice que hizo poner entre los árboles de su huerta muchas horcas para que allí se quitaran la vida los hartos y cansados de vivir. Estuvo justificado su odio, pues no hay bestia más innoble y traicionera que el ser humano, salvo que se lo crea del linaje de Dios y objeto privilegiado de su providencia.
Marco Aurelio, tenido por un hombre sabio, moderado y justo, escribió lo siguiente de sí mismo:
En cincuenta años que he vivido he querido probar todos los vicios y pecados de esta vida, por ver si la malicia de los hombres tiene algunos límites y términos. Y hallo por mi cuenta después de bien considerado y contado todo, que cuanto más como, más muero de hambre; cuanto más bebo, mayor sed tengo; si mucho duermo, más querría dormir; mientras más descanso, más quebrantado me hallo; cuanto más tengo, más deseo; y harto de buscar, menos hallo guardado; y finalmente ninguna cosa alcanzo que no me embarace, harte y luego no la aborrezca y desee otra.
Dedúcese de esto que no hay méritos objetivos en nuestra especie, ni aun en sus más conspicuos individuos, para ser tributaria de simpatía o piedad de ninguna clase; o acaso no mayores que los que dispensamos a los cuadrúpedos de cuyo trabajo forzado nos servimos y cuya carne gustamos devorar. Por nuestras obras seremos, en palabras de Inocencio III:
Alimento para el fuego, comida para los gusanos y masa de podredumbre.
Por tanto, todo el favor que pueda concedérsenos viene de Dios, de nuestra semejanza con Él y de su misericordia hacia nosotros.
Spinoza, burlándose del pesimismo de los teólogos, cifraba la moral en que "el hombre es lo más útil para el hombre". Mas tal es sólo cierto para con los hombres ordinarios, que sirven y son servidos, pero no respecto a los que todos están obligados a servir, a saber, los príncipes y máximas potestades. Quien ostenta la suprema magistratura no precisa ser justo, sino hábil y cauto, como supo Maquiavelo. Luego, la moral de los hombres no puede aplicarse por igual a todos ellos por razón de la utilidad, ya que no es en absoluto claro que siempre sea útil obrar honorablemente, si no he de temer consecuencias adversas tras mis actos. La moral debe sancionarse, pues, en virtud de la autoridad; y no por cierto de la humana, que es de la que más debemos defendernos, sino de la divina.

