Cuando las pasiones originales de la persona principalmente afectada están en perfecta consonancia con las emociones simpatizadoras del espectador, necesariamente le parecen a este último justas y apropiadas, y en armonía con sus objetos respectivos; en cambio, cuando comprueba, poniéndose en el caso, que no coinciden con lo que siente, entonces necesariamente le parecerán injustas e inapropiadas, y en contradicción con las causas que las excitan. En consecuencia, aprobar las pasiones de otro como adecuadas a sus objetos es lo mismo que observar que nos identificamos completamente con ellas; y no aprobarlas es lo mismo que observar que no simpatizamos totalmente con ellas. El hombre que resiente el daño que me ha sido causado y observa que mi enojo es igual al suyo, necesariamente aprobará mi resentimiento. La persona cuya simpatía late junto a mi pena no puede sino admitir la razonabilidad de mi pesar. Quien admira el mismo poema o el mismo cuadro igual que los admiro yo, ciertamente calificará de justa mi admiración. Quien ríe el mismo chiste igual que yo, no podrá negar la corrección de mi risa. Por el contrario, la persona que en todas esas diferentes ocasiones no siente la emoción que siento yo, o no la siente en la misma proporción, no podrá evitar desaprobar mis sentimientos debido a la discordancia de éstos con los suyos. Si mi animosidad va más allá de la correspondiente con la indignación de mi amigo; si mi aflicción excede la que puede acompañar su más tierna compasión; si mi admiración es demasiado grande o demasiado pequeña con respecto a la suya; si yo río a carcajadas y dando grandes voces cuando él apenas sonríe o, por el contrario, yo sólo esbozo una sonrisa cuando él ríe ruidosamente; en todos estos casos, tan pronto como él pase de considerar el objeto a observar cómo me afecta, en la medida en la que haya una desproporción mayor o menor entre sus sentimientos y los míos, debo incurrir en mayor o menor medida en su reprobación: y en todas las circunstancias sus sentimientos son el patrón y medida a través de los cuales juzga los míos.
Adam Smith
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Hay algo más en la caridad, que es fundamento y pilar de toda ella, y es el amor de Dios, por el cual amamos a nuestro prójimo. Por ello concibo la caridad como el amor a Dios por Sí mismo, y a nuestro prójimo por Dios. Todo lo que es verdaderamente amable lo es por Dios, como si fuese un fragmento de Él, que retiene un reflejo o una sombra de Sí mismo. No sorprende que debamos poner nuestro afecto en lo invisible: todo lo que amamos de veras es esto; lo que adoramos bajo el afecto de nuestros sentidos no merece el honor de un título tan puro. Así, adoramos la virtud, aunque sea invisible a los ojos de los sentidos. Por ello, la parte que amamos en nuestros nobles amigos no es la que abrazamos, sino una parte insensible que escapa a nuestro abrazo. Dios, siendo la suma bondad, no puede amar otra cosa que a Sí mismo; ni nos ama más que por aquella parte que es como si fuera Él mismo, y la traducción de Su Santo Espíritu. Calibremos el amor hacia nuestros padres, el afecto de nuestras esposas e hijos, que no son sino bobos espectáculos y ensueños, carentes de realidad, verdad o constancia. En primer lugar existe un poderoso vínculo afectivo entre nosotros y nuestros padres; sin embargo, ¡con qué facilidad se disuelve! Nos entregamos a una mujer, olvidamos a nuestra madre en una esposa, y el vientre que nos contuvo, en aquel que contendrá nuestra imagen. Una vez esta mujer nos ha bendecido con hijos, nuestro afecto desciende del nivel al que hace un momento había llegado, y se hunde del lecho conyugal hasta el motivo y retrato de nuestra posteridad, donde el afecto tampoco encuentra una mansión segura. Estos mismos, conforme crecen en años, desean nuestro fin; o volviéndose solícitos hacia una mujer, encuentran el cauce legal para amar a otros antes que a nosotros. Por lo que me parece que un hombre bien podría ser enterrado en vida y contemplar él solo su tumba.
Sir Thomas Browne

