lunes, 1 de enero de 2007

Aporías en el naturalismo moral


¿Qué es el mal moral? La voluntad de destrucción, el aniquilar como un fin en sí.

¿Qué es la voluntad? Lo que me hace tener ideas en acto.

¿Y qué es la destrucción? Un cambio a menos.

Ahora bien, las ideas fueron definidas por Platón para solventar el problema del cambio, que es el mismo que torturaba a Parménides. Éstas son lo contrario de la mutabilidad universal. Pues, porque hay ideas, no hay cambio real, sólo apariencias y fenómenos. Como no hay verdadero movimiento –sino superposición de estados- en una proyección cinematográfica. Luego no existe una idea de cambio.

Si no existe una idea del cambio, y en consecuencia tampoco una idea de destrucción (o de crecimiento), ¿cómo podemos desear el mal? ¿Cómo puede mi voluntad actualizar en mi consciencia una idea que no es tal, que no es verdadera ni, por tanto, representable? Por engaño. ¿Y quién es el padre del engaño? Satanás.

Satanás es la anti-idea: no puede ser entendida, pero sí obedecida; no puede persuadir a la inteligencia, por lo que acecha a la voluntad. La voluntad me hace tener ideas en acto, mas la voluntad de destrucción –tanto como la voluntad de poder, de la que a menudo se acompaña- es la voluntad de carecer de ellas, de superarlas. Se comprende que muchos trances místicos de “vaciamiento espiritual” pasen por posesiones satánicas. Así, la inteligencia del mal es una pseudointeligencia guiada por una pseudoidea que, en lugar de dejarse participar, participa en nosotros como si de un parásito se tratara.

El mal es multiforme porque depende del bien y a él se amolda. Difiere por completo de la participación platónica, que es idéntica en cada individuo (todos tenemos la misma idea del proceder de una suma aritmética), porque depende del mal. Es decir, del mal metafísico: de nuestras limitaciones, de la incapacidad de pensar distintamente en acto (somos distintos porque somos imperfectos).

No hay ideas rectoras, ni siquiera confusas, en la voluntad destructiva. Todo el contingente de pensamientos es un medio para llegar al fin ininteligible. La voluntad sin ideas es voluntad teledirigida. ¿Quién dirige? Bien el instinto, bien la sugestión de un tercero. Pero el instinto no suele realizar actos superfluos, y el mal en estado puro es eminentemente superfluo, gratuito. Tampoco puede tratarse de un instinto pervertido por la inteligencia, ya que ésta es teleológica; ni de una inteligencia pervertida por el instinto, puesto que éste es mesurado. En resumen, no se concibe que ninguno de los dos, por ser demasiado débil, rija sobre el otro, o que alternen el mando en el tiempo. Luego el director es un tercero. Y, dado que toda la humanidad está sujeta al mal en cualquier circunstancia, y que ha de haber siempre un inicio en la cadena de manipulaciones, sólo un no humano puede hostigarnos de esta guisa: Satanás.

¿Es el hombre más cruel que las bestias, sí o no? Y, sin embargo, ¿no es más racional? Entonces, dime, evolucionista secular, qué nos hace ser peores y más crueles que las bestias si no es la racionalidad. Porque espero que no insinúes que, como especie, somos más irracionales que ellas.

No, no entiendo que el hombre pueda ser el más cruel y el más bondadoso; el más racional y el más inconsecuente. Acláramelo, descreído. A mí me parece una contradicción. Los ateos seguís atorados en el Edén de la ignorancia moral, al atribuir a la racionalidad los frutos sazonados del desacato a la razón: la inconsciencia, el furor, la muerte.

Pero el bien y el mal son sobrenaturales: el primero por no depender de la esfera del ente o de las leyes de la causalidad, sino de la lógica en vistas a un fin, cuyo fin final está fuera de este mundo; el segundo por no deberse ni a las características superiores del hombre -que tendrían que hacerlo mejor- ni a las inferiores -que comparte con los animales, a los que no obstante supera en malicia.