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miércoles, 16 de enero de 2013

La mancha




Es evidente que nos encontramos en un estado de corrupción. Basta con admitir que existe una ley natural para valorar hasta qué punto el hombre la cumple sin coacción -miedo o esperanza- en términos generales. Podemos encontrarla en el denominador común de las religiones preponderantes. Mi mujer, exbudista, hoy cristiana, me habló de los cinco preceptos básicos que todo hombre medio debe cumplir en su antiguo credo: no matar la vida, no robar, no cometer estupros, no mentir y no embriagarse. Los cuatro primeros, según se encargó de explicarme, dependen del último en sentido amplio, que representa el mantenimiento de la conciencia frente al ataque de las pasiones. Cada uno de ellos e infinitos más se resumen en el amor cristiano.

Ahora bien, si restringimos el primer principio a no matar sin razón justa, es decir, para proteger un bien equivalente que no es posible conservar de otra manera, ninguno de ellos cae fuera de la observancia de los brutos animales en su práctica totalidad. Eso es admirable y debería movernos a reflexión: aunque no sean racionales cumplen con una ley racional. Mientras que en el hombre sucede justo lo contrario, ya que continuamente son traspasados, y lo serían en mayor medida si no hubiera leyes o costumbres que obligasen a refrenar el deseo de perturbar el orden.

En efecto, las criaturas asociales sobre las que nos ha sido dado dominar y disponer a nuestro antojo jamás guerrean, y por cierto casi nunca a muerte, si no es por defenderse de peligros inminentes, disputarse la supervivencia con otros depredadores o rivalizar por una hembra con elementos de su misma especie. Tampoco estiman de ordinario ninguna comida o bien que no proceda de su trabajo. Carecen de la doblez de las personas. No contemplan el sexo vago, sino que lo restringen a la búsqueda de descendencia, evitando el derroche de energía. Desprecian, en fin, los placeres superfluos.

De lo que se deduce que, existiendo esa ley eterna de la que hasta las bestias son peritas, y que el hombre, la más racional de las criaturas que deambulan por la tierra, infringe como si desconociera (aunque el error resulte inexcusable), en base a esa norma grabada en nuestras entrañas y perfectamente comprensible incluso por el más ignorante, digo, podemos inferir que algo ofusca nuestra inteligencia de forma permanente como para no cumplirla con la fidelidad debida.

Encontramos, es cierto, animales cuyo comportamiento -regular o esporádico- parece ir contra los principios naturales. Pero son la excepción que confirma la regla, al revés de lo que sucede con el hombre. Si los crímenes fuesen algo marginal y extraordinario, no se precisarían las leyes que los previenen, pues, como dice el brocardo, la ley no se ocupa de lo insignificante.

¿Qué es, en definitiva, lo que embota nuestros sentidos y discernimiento hasta colocarnos por debajo de las fieras salvajes? ¿Se trata del albedrío, del que nosotros disponemos y ellas no? Sería como culpar al cuchillo del acuchillamiento. No es por la conciencia que caemos, sino a pesar de ella. No por la inteligencia, que tiende a lo razonable, ni por el deseo, que desea lo inteligible. Lo que nos oprime, entonces, no está en la voluntad, como creyeron los budistas; más bien es previo a sus estímulos. Los teólogos se referían al pecado original para designar esta postración vergonzosa. El Islam lo niega, lo que habría de valer como prueba de falsedad de dicha religión. Pero no es el asunto que corresponde tratar aquí.

No ha visto jamás la luz una generación de hombres ajena a la ira, a la envidia, a la mentira, a la vanidad y a la vileza. Aceptado el axioma según el cual el mayor bien para un animal sociable es cooperar socialmente, ¿cómo justificar una violación constante de esa regla en las criaturas inteligentes, que en sí constituiría la frustración voluntaria de los fines de la humanidad?

El hombre es el único animal dañino para su especie, capaz de destruirse si no se somete a principios superiores. Sin duda, como ser finito, nada hay en él que sea óptimo o infalible. Pero si comparamos la suma perfección de sus órganos y lo robusto de su salud física con la debilidad de su alma, asombra ver que su sentido moral, pese a resultar innato y por ende natural, pese a ser el rasgo más característico y determinante de su especie y condición necesaria de su índole sociable, sea tan endeble, vacilante y propenso a recaídas como para precisar de los continuos estímulos o amenazas de la ley y la religión, y aun con todo ser deficitario y capaz de las mayores aberraciones. Es impensable que el hombre yerre más donde menos debería y encuentre en el error moral un placer y una condescendencia que no halla en ningún otro error cognitivo.

No es más placentero hacer el mal que el bien: ambos proporcionan cierta satisfacción, que el malo juzga mayor en el primer caso y el bueno en el segundo. Luego la supuesta razón de inclinarse por lo peor en lugar de por lo mejor -cuando no hay excusa de ignorancia o fuerza mayor- es, bien mirado, una ausencia de razón, una carencia de fin y un sinsentido completo tanto en términos naturales como morales.

martes, 18 de diciembre de 2012

Teodicea escatológica-II




"Dios es malo por permitir que muramos" equivale a "Dios es malo por hacernos mortales". Esto, a su vez, nos enseña que "ser mortal es malo", y puesto que en la naturaleza todo está muerto o es mortal, nos fuerza a inferir que "la naturaleza es mala" o, más bien, pésima.

Justifíquese este extraordinario aserto desde el naturalismo. Pues el que un ateo blasfeme contra Dios nada tiene de raro, pero que lo haga contra la naturaleza bien merece una explicación.

Morir y vivir son fenómenos moralmente indiferentes mientras no se sepa qué objeto tienen las existencias a las que dichos fenómenos se refieren. A un idiota le aprovecha más el día si lo pasa durmiendo que si sale a la calle. A un malvado más le vale no nacer, o morir pronto. La vida o la muerte no son bienes morales intrínsecos, como no lo es el tiempo.

Asombrarse por la muerte es una locura, y preferir una a otra resulta una frivolidad, mientras se haya vivido bien. No hay hombre bueno que viva demasiado, y tanto más lamentable es que muera quien es ya bueno que el que lo haga el que es sólo una promesa de serlo.

jueves, 23 de agosto de 2012

Si debe combatirse al injusto con injusticia







Dado que no son acciones de la misma persona, sino de personas distintas, y el bueno no es igual que el malvado, ¿cuál asignaremos a cada cuál? ¿Cometer injusticia al malvado y sufrirla al bueno? ¿O cometerla al malvado y sufrirla no está claro a quién de los dos? Veámoslo así. La injusticia es la sustracción del bien, y el bien, ¿qué puede ser sino la virtud? Pero la virtud es algo inalienable. Así pues, no sufrirá injusticia quien esté en posesión de la virtud, o bien la injusticia no era la sustracción del bien. Nada que sea un bien puede sustraerse, arrebatarse, quitarse o saquearse. Sea: el hombre bueno no sufre injusticia ni a manos del bueno ni a manos del malvado, pues no se le puede quitar su virtud. Queda, pues, que o bien nadie sufre injusticia en absoluto o bien el malvado la sufre de un semejante. Pero el malvado en nada participa del bien, y la injusticia era la sustracción del bien: quien no posee nada que se le pueda sustraer tampoco tiene nada en lo que sufrir injusticia. 
En consecuencia, tal vez no se define la injusticia en función de la sustracción de quien la sufre, sino de la intención de quien la comete. Y el malvado sufre injusticia del malvado, por más que carezca del bien, y el bueno del malvado, por más que su bien sea inalienable. Acepto el argumento que asigna la injusticia al que tiene una intención equivocada más que al éxito de la acción; pues, ciertamente, la ley castiga como adúltero no sólo al que lo comete, sino también al que lo pretende, y como ladrón perforador de muros al que lo intenta, aunque no lo consiga, y como traidor al que va a hacerlo, aunque finalmente no lo lleve a cabo. Y de este modo llegará el argumento en su totalidad donde debe: el bueno ni comete injusticia ni la sufre: no la comete por voluntad propia y no la sufre por su virtud. El hombre malvado comete injusticia, pero no la sufre: la comete por vileza, pero no la sufre por ausencia del bien. Más aún, si sólo la virtud es un bien y no otra cosa, el hombre malvado, que no posee la virtud, tampoco tiene en qué sufrir injusticia. Pero si, además de la virtud, también son bienes los del cuerpo, la fortuna externa y sus adláteres, en ausencia de la virtud es preferible que falten también éstos a que no. De modo que ni siquiera así sufriría injusticia el malvado, privado de algo de lo que hace mal uso. Por lo tanto, comete injusticia, pero no la sufre, desde el momento en que hemos asignado lo injusto a la intención. 
Así hablaré ahora de los perversos. El malvado quiere cometer injusticia, pero no es capaz. Pero, como quiere, la proyecta hacia un semejante o hacia alguien mejor. ¿Y qué habrá de hacer quien es mejor? ¿Responder al malvado con otra injusticia? Pero éste no tiene en qué sufrir injusticia, pues es malvado por la ausencia de bien. De modo que el hombre inteligente no devolverá la injusticia al malvado ni de hecho, pues no tiene en qué sufrir injusticia, ni en su intención, pues, como es bueno, no quiere cometer injusticia, no más que el flautista tocar la flauta desafinadamente.

Máximo de Tiro

domingo, 23 de octubre de 2011

Un mal problema


El problema del mal es la más poderosa objeción formulada contra Dios, una objeción puramente metafísica. Que ésta sea la principal da una idea de cómo son las demás.

Tomemos el menor de los males que podamos concebir: un granito en la barbilla, o el desprenderse suavemente unos pocos cabellos de nuestra cabeza. ¿Cuántos cambios debería haber llevado a cabo Dios en el universo y sus leyes para que estos dos acontecimientos fueran imposibles? Con todo, después de realizar tales alteraciones, ¿quién nos garantiza que otros muchos efectos naturales que tenemos por buenos no serían también imposibles, o que en lugar de los suprimidos no surgirían multitud de peores?

Se parte del principio metafísico según el cual toda obra es infinitamente mejorable, lo que implica que Dios siempre podría haber creado algo mejor que lo que acabó creando. Tras esto se concluye que no hay un Dios máximamente bueno, por más poder que se le presuponga. Mediante esta falsa premisa -que el ateo procura silenciar, dándola por incontrovertida- se cree haber herido de muerte al teísmo, condenándolo al absurdo lógico. Pero esta premisa es falsa y fruto de una burda filosofía, pues descuida una distinción fundamental que conocen los párvulos. Así, la diferencia entre las proposiciones cuantitativas y las cualitativas es que aquéllas son reducibles a número y éstas sólo pueden reducirse a un fin. De modo que no hay fin para la pesadez o la altitud, susceptibles de remitirnos a un número infinito, mientras que sí lo hay para la justicia. Es por ello que de un juez que mande castigar al criminal y liberar al inocente, si lo hace según las reglas de su ciencia, diremos que es perfectamente justo, sin pretender que su justicia aumenta a cada nuevo criminal que condena o a cada inocente que absuelve.

Por tanto, si no es cierto que toda obra goce de infinita perfectibilidad, sino más bien que posee un fin óptimo al que naturalmente se dirige en el mejor de los mundos, ¿con qué argumentos rebatirá el ateo que esto es realmente así en nuestro mundo? ¿No tendrá que impugnar en bloque la naturaleza y reemplazarla en su imaginación por una quimera o por una interminable y arbitraria sucesión de milagros que anularían tanto la sabiduría divina como la razón y la libertad humanas? ¿Y no es esto todavía más absurdo en alguien que cree hallar en el naturalismo su más formidable aliado y en lo milagroso la más risible de las características de la religión?

martes, 23 de noviembre de 2010

IOM




Los antiguos llamaron a Júpiter el Óptimo Máximo. Estas dos palabras contienen el germen de una revelación y, en tanto que poseedoras de la esencia del Ser Supremo, pueden considerarse expresivas de su naturaleza íntima.

Así, Dios amabilísimo sería el único fundamento de lo amable. Llégase a esta verdad por la siguiente reducción al absurdo. El principio que colma todas las virtudes ha de ser necesariamente lo más grande concebible. Si aquello que es fuente y origen de lo mejor pudiera ser circunscrito por lo peor, el mismo orden universal se transtornaría. Pues aceptado que hay el sumo bien limitación, tanto es esto como decir que no hay tal bien sumo. Y si no hay sumo bien, dase el sumo mal, que predomina sobre aquél y lo domeña.

Quienes han imaginado bien y mal como dos círculos en intersección, rehuyendo la pregunta sobre cuál sea el mayor o continente y cuál el menor o contenido, han supuesto en ambos una autonomía e independencia recíprocas, a semejanza de lo que se predica del área no común de los círculos intersectos. Es éste un subterfugio dualista que, a fuerza de negar a Dios su condición, escinde y duplica al mundo, alienándolo de la suya.

Luego, salvo que atribuyamos a una alucinación el valor probatorio de los razonamientos sanos, concluiremos que si el bien no es absoluto en último extremo, no hay ningún modo de acotar el mal, quedando todo apresado en el caos primigenio o en la nada indiferente.

La fe en Dios ha sido en base a estas premisas la tesis necesaria, aunque incomprensible, derivada de la constatación de la bondad de la creación. Lo bueno, si no lo es sólo en apariencia, conduce a lo infinitamente mejor. E converso, sin la idea viva de lo óptimo nuestra alma no sabe instalarse en regiones templadas y se precipita en la sima de lo pésimo. En ausencia de la noción acuciante de lo máximo todo a nuestro alrededor decae y recula, viéndose el horizonte obligado a replegarse en los estrechos márgenes del yo.

Así, el sumo bien no puede pensarse, pero puede desearse; no puede afirmarse, pero debe suponerse. Nexo entre la realidad y la suprarrealidad, entre la moral y la supramoral, es síntesis y sustento de arquetipos sin los cuales el mundo no acierta a ser igual a sí.

jueves, 11 de noviembre de 2010

Ahumanismo




Dawkins atina muy a pesar suyo al desvincular el ateísmo de la moral, sosteniendo que aunque Hitler o los mayores tiranos de la tierra no hubieran creído en Dios, tal no habría conllevado mácula alguna para la condición atea. Demos esto por cierto y reparemos en sus implicaciones lógicas. La primera y muy obvia es que la inversa ha de ser verdadera en idéntico grado. Así, cualquier hombre bueno, y con más razón cualquier héroe, lo es independientemente de su ateísmo. El ateísmo no toca al ser humano más de lo que toca al ser canino o al ser porcino, y por tanto no puede declararse nunca humanista sin mentir contra su propia conciencia. Ateo es quien cree en un determinado cosmos (ingénito) y en una determinada naturaleza (autosubsistente), no en un determinado hombre.

La segunda implicación es que nuestra especie carece de una bondad innata, grabada en sus genes fruto de la ventaja que la selección natural otorgaría a la perpetuación de las pulsiones empáticas. El buen salvaje ajeno a la religión y el ateo homicida están desconectados por igual de las premisas del creyente, siendo así que tienen móviles perfectamente naturales para actuar de modos por completo opuestos. Uno ayudará a su prójimo para satisfacer su instinto, y el otro lo aniquilará para dar gusto al suyo. No se apelará en ningún caso a realidades extraempíricas ni éstas tendrán influencia, siquiera imaginaria, en las mentes de quienes prescinden de unas tales nociones. Por ello, no a lo humano o a lo divino, sino sólo a lo natural cabrá atribuir tanto lo bueno como lo malo derivados de nuestro obrar.

Podría decirse, recordando a Laplace, que el ateísmo descarta al hombre, convertido en hipótesis innecesaria.

jueves, 4 de noviembre de 2010

La navaja contra Mill




No puede haber un discurso científico sobre el mal.

Hablar del bien o el mal del hombre, esto es, del bien o el mal relativos a la especie humana o a cualquier otro concepto universal, que suponga una multiplicidad de seres, conlleva pronunciarse sobre los fines comunes a todos los elementos implicados. Pues, si no hay comunidad de fines, bien y mal no son sino palabras vacías más allá de las singularidades subjetivas que denotan, como quiere el psicologismo. Bajo estas coordenadas, nos está vetado el juicio sobre lo bueno y lo malo en términos colectivos, ya que de una relación de semejanza no se deduce una de identidad. Así será mientras no sepamos discernir los deberes -idénticos para quienes están sujetos a ellos- de las meras pulsiones.

Con más razón, por cierto, nos abstendremos de calificar la bondad o maldad del universo, siendo éste la mayor colectividad existente y el conjunto más amplio de todas las cosas conocidas. Por tanto, queda Dios absuelto de responsabilidad y se torna inmune a las extravagantes críticas que, emulando a los maniqueos, los ateos formulan cuando pretenden ocuparse del problema del mal.

Mas, si se quisiera sobrepasar los propios límites metodológicos y establecer una definición del bien como general happiness o el máximo bienestar del mayor número de individuos, al modo de Stuart Mill, sería fácil mostrar que jamás se dan ni este máximo ni esta mayoría, salvo tal vez en la imaginación de utilitaristas y socialistas. En efecto, la felicidad así entendida -a la que con más finura cabría llamar simplemente alegría, como hicieron algunos estoicos- no tiene un objeto fijo, al carecer de fin estable, y por tanto tampoco una medida. De suerte que, mientras que la felicidad strictu sensu se realiza e incrementa cuando alcanza su meta, la alegría, que es sucedáneo de aquélla para las bestias y los estúpidos, se extingue y revierte en su opuesto tras la náusea que experimentamos al saciarnos.

Por otro lado, tampoco procede hablar de una sola mayoría de bienaventurados a la que dirigir lo bueno, sea lo que sea esto. Hay, por el contrario, infinitas combinaciones concebibles en las que el mayor número de hombres esté satisfecho en detrimento de la menor parte de ellos. Sin embargo, sólo unas pocas resultan compatibles entre sí. Verbigracia, casi todos aprecian los honores recibidos, muy particularmente cuando se consideran dignos de los mismos. Sin embargo, también la mayoría suele ceder, si se sabe impune, a placeres poco honorables y peligrosos para su reputación. ¿Cuál es, pues, la mayoría universal de hombres felices a la que se refiere Mill: la primera o la segunda? Ambas son posibles y se excluyen mutuamente.

No cabe, entonces, que haya moral sin una idea de deber válida objetivamente considerada. Ésta no dependerá ni de nuestro placer ni, en ocasiones, de nuestra conveniencia o conservación; por tanto, tampoco de nuestro cerebro ni del azar genético. Lo bueno y lo malo se establecerán en función de los fines asignados a determinadas colectividades, puesto que, haciendo abstracción del mundo, es tan imposible cometer una inmoralidad contra uno mismo como robarse la cartera. Estos fines se valorarán a su vez en atención a fines supremos, estimados buenos por su propia virtud, a saber: ser benéfico, evitar la ingratitud, no perjudicar a nadie y dar a cada cual lo suyo.

sábado, 23 de octubre de 2010

Epicurus confutatus




El ateísmo ha contemplado desde Epicuro el problema del mal como la más formidable objeción a la fe en un Dios providente y benevolente en función de nuestros estándares morales. Así, se arguye que la sola muerte de inocentes, que no es excepcional sino estadísticamente constante, prueba mejor la providencia de un mal Dios, o su desinterés, que el cuidado y protección que un Dios bueno debería prestar a la especie humana.

Ahora bien, lo primero que habría de desacreditar a Dios, según este razonamiento, no es que el hombre muera de uno u otro modo, sino el hecho mismo de que sea mortal, ya que indefectiblemente hay entre todos los hombres un gran número de inocentes. Luego, el ateo está obligado a postular a contrario que sólo un Dios creador de criaturas inmortales es moralmente irreprochable, avalando con ello que no hay moral perfecta salvo que presupongamos la inmortalidad. Llegado a este punto viene el ateo a respaldar, por confesión propia, la necesidad ética de la creencia en la inmortalidad del alma.

Por lo demás se contesta a la objeción como sigue. Puede entenderse el mal en dos sentidos: como el acto perfectamente dirigido a un fin imperfecto, o como el acto imperfectamente dirigido a un fin perfecto. En el primer sentido decimos que el criminal es malo porque obra mal, aunque lo haga perfectamente bien según las reglas del crimen, esto es, según la pericia que se espera de sus artífices. En el segundo sentido decimos que el santo es bueno a pesar de sus debilidades y tentaciones, que siendo un demérito en sí mismas constituyen no obstante la condición necesaria para alcanzar merecimiento. Pues bien, el mundo sólo es malo en el segundo de los sentidos, es decir, por el hecho de perseguir fines perfectos por medios muy defectuosos, pero que son por lo demás los únicos que pueden coadyuvar a una tan gran perfección final.

Un universo en el que no cupiera el mal debería ser ajeno al cambio y al movimiento, ya que toda alteración de los cuerpos delata una carencia en ellos. Sería también extraño a la multiplicidad, y no pudiendo dar lugar a fenómenos (ya que no se da lo fenoménico sin lo plural), resultaría un puro noúmeno accesible sólo al pensamiento puro. En suma, sería un universo inmaterial e indivisible, semejante a su hacedor, en el que Dios gozaría contemplándose, aunque sin posteridad ni fruto; un universo, pues, muy superior en perfección al que conocemos, pero incomparablemente inferior en lo que se refiere a sus fines.

Hasta aquí lo relativo al mal metafísico. Paralelamente, el mal moral surge, como es sabido, gracias a la libertad. Pero no es la libertad la que inclina a la mala elección, sino la que la permite. El sentirse atraído por lo malo antes que por lo bueno es un error del entendimiento en primer lugar (culpa), y una delectación en el error en segundo lugar (dolo).

Edipo, por desconocer la verdadera identidad de su madre, se deshonra desposándola. Sin embargo, Ixión insulta a los dioses a sabiendas. El crimen del primero es la ceguera, y el del segundo la obstinación. De uno puede decirse que es enemigo de sí mismo, al tiempo que del otro se sostiene que es enemigo de todos; uno no conoce y el otro no ama; uno se aproxima a las bestias, el otro a los demonios. En el hombre se mezclan ambas desviaciones, pues nace débil e ignorante primero, y crece vicioso y rebelde después. El origen del mal es la lejanía respecto a Dios, causada por el excesivo amor propio.

Ser libre conlleva poder elegir entre un sí y un no, y entre un más y un menos. Así, cuanto más interesado está nuestro deseo en un objeto, menos repara nuestro espíritu en sí mismo y en lo que lo rodea, de modo que el interés deviene la medida del olvido y la ingratitud. Sin embargo, un hombre por completo desinteresado sería igualmente incapaz del bien y hasta de la propia autoconservación. Por tanto, la libertad no puede por sí sola encontrar el justo medio entre extraviarse en el mundo y abandonarse a la nada. Ha de conocer y desear el único bien que lo es por su propia naturaleza y de manera plena, a saber, Dios.

Por otro lado, un mundo en el que las almas sólo pudieran obrar bien privaría a éstas de todo interés y las sujetaría a Dios únicamente, lo que desposeería al mundo de sentido moral. Más aun: la propia existencia de unas tales almas sería superflua, ya que carecerían de fines propios y, por consiguiente, de auténtica individualidad.

Puede que estas razones hubieran confundido a Epicuro.

domingo, 3 de octubre de 2010

La libertad, el amor y el castigo




Entiendo las reservas filosóficas contra el dogma de la eternidad de las penas. Yo mismo las he compartido en algún momento, por lo que creo conveniente explicar a qué solución llegué para abandonarlas.

Desde una perspectiva humana es difícil entender que seres que gozan de albedrío, como los demonios y el resto de criaturas condenadas, se mantengan durante toda la eternidad en una obstinación que es irrazonable y que los perjudica. Además, si Dios nos profesa un amor infinito, ¿por qué no ama a los condenados del mismo modo que nos pide a nosotros que amemos al pecador?

Se responde a la primera duda del siguiente modo. La libertad puede entenderse en dos sentidos, extensivo e intensivo. La libertad en sentido extensivo es aquella que aumenta en proporción al número de posibilidades de elección contempladas por el individuo. Por el contrario, la libertad en sentido intensivo es mayor en la medida en que sus fines son perfeccionados por la actividad que les es propia. Así, un magistrado, sujeto a determinadas funciones y actos debidos según su dignidad, tiene menos libertad extensiva que un simple ciudadano, ya que deberá guardarse de ciertas actitudes en su vida pública; no obstante, su libertad intensiva es mayor, puesto que posee un poder del que el común de hombres carece. Del mismo modo, un bachiller dispone antes de elegir licenciatura de infinidad de opciones de futuro, pero conforme avanza por una de ellas decrece la probabilidad de que pueda completar las demás alternativas.

Luego, cuanto mayor es la libertad intensiva, menor es la extensiva, y viceversa. La libertad en sentido extensivo se vincula a la indeterminación y a la condición menesterosa de un ser en germen y sin atributos concretos. Ahora bien, la libertad en sentido intensivo consiste en llevar hasta las últimas consecuencias la propia naturaleza, plasmada en actos libres realizados desde un comienzo. En Dios, el ser más libre y más perfecto, sólo hay un acto posible: Él mismo, el acto puro. Análogamente, lo que una naturaleza angélica o demoniaca decida puede comprometerla para siempre, dado que la intensidad del decidir restringe la amplitud de la decisión; y hay que pensar de manera semejante para con la naturalezas resucitadas.

A la segunda duda se responde así. El amor, no menos que la libertad, puede entenderse extensiva o intensivamente. Es amor extensivo en grado máximo o infinito aquel que se despliega sobre el mayor número de criaturas en un mayor número de casos. Es intensivo en grado sumo, en cambio, el que sacia por completo la aspiración de amor en la criatura, no dejándole nada que desear. El amor intensivo, a diferencia del extensivo, no puede ser infinito, ya que se mide según la capacidad de quien lo recibe, que es siempre finita en las criaturas. Cuenta además con límites lógicos, pues no es posible amar a la vez la virtud y el vicio, esto es, una cosa y su contraria. Por ello, ni Dios puede amar a los seres viciosos en tanto que viciosos, ni éstos poseen la capacidad de recibir su amor, habida cuenta de que no lo desean. De donde se infiere que, mientras se mantengan en la maldad, las criaturas son extrañas a la gracia y al perdón de Dios. Se ama al malvado por lo que puede llegar a ser, no por lo que es. Ahora bien, si éste ya ha llegado a ser todo lo que es, pues no hay en ningún individuo finito una potencia de ser infinita, no es posible amarlo jamás.

miércoles, 18 de agosto de 2010

Infierno




Reproduzco una suma sintetizada de mis intervenciones en un breve debate con un amigo teólogo sobre la clásica cuestión de la justicia en la eternidad de las penas. El suyo no es un posicionamiento católico, sino origenista, aunque algún santo como Gregorio de Nisa lo compartiera con él. Se argumenta que si Dios es infinitamente justo y misericordioso, no puede recompensar pecados finitos con castigos infinitos. Ésta es la idea central y en torno a ella giran todas las defensas que se pueden articular para guarnecerla. Pese a que los teólogos cristianos han tenido no pocas dificultades intentando refutar a quienes de tal modo hablaban, creo que no es ésta la solución correcta ni la que más conviene a la dignidad de Dios. Juzgo que ello es así en atención a tres puntos:

1. En primer lugar, porque el hombre permanece en estado de caída y su tendencia es al mal, salvo que medie la gracia. Ahora bien, una vez muerto, cesa la posibilidad misma de recibirla. De lo contrario, si todos tuvieran que salvarse, habría que prorrogar el Juicio de Dios por siempre -pues cabe pensar que alguien podría resistirse a la gracia y merecer por tanto condenación- o sería preciso concluir que tal Juicio -concebido antes de los tiempos y revelado al final de ellos- adolece de provisionalidad.

2. En segundo lugar, porque lo temporal no guarda proporción con lo eterno, y así las penas y recompensas del otro mundo tampoco pueden guardarla con nuestras obras en éste.

3. En tercer lugar, porque la Escritura rechaza esta doctrina.

* * *


1. Vemos a diario que el plan de Dios para el hombre se frustra y que el mal sobreabunda al bien, no por accidente, sino por voluntad plena de quienes los causan, aunque tengan luego tal vez materia para arrepentirse. Así, no hay que dar por hecho que el castigo eterno lo recibamos en contra de nuestra voluntad. Puesto que pecamos porque queremos, ¿por qué no suponer que también en la eternidad seremos castigados asintiendo a ello?

Asimismo, es repelente desde un punto de vista moral el que todos deban salvarse, porque implica que Dios hace fuerza a los malos para que se conviertan, aun resistiéndose éstos con toda su alma. Con tal de operar algo semejante habría que anular el entendimiento de los que odian a Dios, insuflando un nuevo espíritu en lugar de transformar el viejo.

Varados en el error opuesto, algunos sueñan ser cosa sencilla el anular la voluntad. Sócrates pensó que enseñándose al hombre la virtud se lo haría bueno. Esto es algo que la experiencia niega, pues no pecan más los ignorantes que los avisados, y Dios se complace en humillar a los que se glorian de su ciencia. Si creemos en la ley eterna inscrita en nuestros corazones, no hay ignorancia posible en materia de moral, por desfigurados que estén nuestras almas y los códigos humanos. Antígona supo que no tenía excusa para con los dioses, aunque las leyes tebanas favoreciesen la impiedad.

Admito que el pecado es alienación, pero no lo igualo a la ignorancia. De este modo Ovidio: Veo lo mejor y lo apruebo, pero sigo lo peor. Y con él Pablo: Hago el mal que no quiero y el bien que quiero no lo hago. De esta manera actúan los pecadores, es decir, todos los hombres.

Es más, si la ignorancia excusa el pecado y éste es sólo ignorancia, ¿acaso está excusado siempre? ¿Se trata de una ignorancia plena o sólo parcial? Si fuera plena, no cabría hablar de mala fe, ni siquiera de mentira, pues Dios es la verdad y no miente quien no conoce qué sea ésta. El que así se encontrase estaría tan lejos de Dios como cualquier animal, ajeno al bien, a la vergüenza y al arrepentimiento, y no merecería más que él la salvación de su alma. Se repite a menudo que es imposible conocer a Dios por completo, pero no escuchamos con tanta asiduidad el reverso: que tampoco nadie, siendo racional, puede ignorarlo absolutamente.

2. Tocante a la proporción de las penas eternas, surge la duda de si pueden imputarse sin injusticia castigos eternos a pecadores finitos que en nada pueden perjudicar a Dios y que en vida ya sufren la miseria de una existencia carente de virtud.

Es cierto que una pena desproporcionada así entendida sería injusta, pero se niega la menor, esto es, que el daño de los individuos finitos sea finito. Séneca estableció que el mal no se detiene, pues carece de fines, al contrario que las acciones morales. Ahora bien, si un acto se juzga por su intención, según Pedro Abelardo, entonces quien quiere dañar en grado infinito debe ser castigado en grado infinito, si no se enmienda antes.

Más todavía. Quien no se enmienda aprueba el mal en él y debe aprobarlo también en los otros tantas veces como suceda. Luego, en cierto modo, aprueba un mal infinito.

3. Aquel que protesta a Dios impugna su vida misma, reniega de su ser, de su nacimiento, abomina de su destino y levanta el puño contra la propia verdad. ¿Cómo va a ser capaz de alzarse si no media la gracia o, cuando menos, la penitencia sincera? ¿Puede Dios restituir los dones a quien los desprecia airadamente? No lo ha hecho jamás. Disculpa el pecado contra el Hijo, pero no aquel contra el Espíritu.

No creo que una interpretación del Evangelio donde todos deban ser salvos sea adecuada. El Bautista anuncia amenazadoramente que "está puesta el hacha a la raíz del árbol, y todo árbol que no dé buen fruto será cortado y arrojado al fuego". Si la analogía del santo precursor no es sumamente imperfecta, esto significa que el pecador que no se convierte muere de forma definitiva, como muere el árbol talado y envuelto en llamas. Jesús subraya también la premura de la conversión con estas palabras: "¡Necio! Esta misma noche te reclamarán el alma". Pero, si como se cree, siempre fuera posible purificarse una vez muerto sin que la salud del alma se viera definitivamente afectada, ¿a qué esa urgencia que Jesús intenta transmitir?

Se dice bien que hasta el mínimo mal tendremos que purgarlo. Sin embargo la Iglesia distingue entre el pecado mortal y el venial. Luego, salvo que creamos como los estoicos que todos los pecados pesan lo mismo, convendremos en que no todos merecen la condenación eterna. De ahí la institución del Purgatorio, que la Iglesia Católica sostiene -en parte en base a un célebre pasaje de Pablo- y los protestantes niegan.

Por último, nadie postula que en el infierno sólo pueda haber odio. El mal absoluto no existe, ya que, a diferencia del bien, el mal tiende a cero y no puede gozar de plenitud alguna. De ahí que sea un estado de imperfección e inarmonía, una lucha ganada contra el bien claudicante, un "gusano que no muere" porque encuentra razones para justificarse y perpetuar su ira. En el infierno, pues, existirán el remordimiento y el temor de Dios, pero serán la consecuencia de una fe de diablos que "creen y tiemblan", según las palabras de Santiago. No habrá reconciliación posible con Dios, y no figura ejemplo en la Biblia con el que pueda demostrarse lo contrario.

viernes, 2 de julio de 2010

Todo está bien si no hay Bien




Ya expuse en otra parte cuál era, según mi interpretación, la deducción metafísica de la tesis del mejor de los mundos a partir del PRS:

1) Todo existe por una razón (según el axioma: ex nihilo nihil fit).

2) Todo lo que existe tiene más razones para existir que para no existir (según 1).

3) No hay diferencia alguna entre existir y seguir existiendo. Ergo, cuantas más razones se necesiten para existir, más se precisarán para continuar existiendo. E converso, cuantas menos razones se necesiten para existir, menos harán falta para seguir existiendo.

4) Los estados de cosas ordenados, siendo racionales en sí, necesitan menos razones externas para seguir existiendo (según 3).

5) Existir es mejor que no existir.

6) Los estados de cosas ordenados tienen más razones para existir (según 2) y para seguir existiendo (según 4) que los desordenados y, por tanto, un mundo regido por el PRS es el mejor de todos los mundos posibles (según 5).


Jesús Zamora (que vuelve sobre el mismo tema) contestó a este argumento atacando su eslabón más débil o menos obvio, esto es, el punto 5. Para él lo mejor es un concepto relativo, vinculado al placer o a la opinión del individuo, mientras que para mí es absoluto, vinculado al número y orden de los fenómenos. El dilema de "o bien el ser es lo mejor, o bien la nada" es rechazado por Jesús al prescindir de una noción unitaria de lo mejor. Mi objeción sería que, en este caso, no cabe hablar de problema del mal. Pues, si el bien pende de las apariencias y del sentir de cada uno, otro tanto habrá que afirmar del mal, que ya no será un problema ontológico, sino cultural o epistemológico. Destruyendo los fundamentos de la solución, pues, decae la seriedad del propio obstáculo y se pierde su fuerza subversiva, por lo que el teólogo ya no se siente interpelado por él. Así, un Dios sabio y bueno no está obligado a crear un universo tal que todos sus seres se sientan felices en él (lo cual sería obrar como un adulador), sino uno en el que deban sentirse felices si son virtuosos.

viernes, 5 de septiembre de 2008

Dedos rápidos-II


Hay dos falacias más en la disertación de Eduardo Robredo que comentaba brevemente ayer. La primera consiste en crearse un hombre de paja y afirmar por boca suya lo que (casi) ninguna religión afirma, a saber, que el resto de religiones también son buenas. El ateísmo militante no descubre nada cuando proclama que "la religión es mala" e invoca a Lucrecio, quien, por supuesto, pensaba en la religión de los paganos al escribir su famoso verso. Pero olvida el ateo fijar de una manera lógica las causas o acicates de la maldad que observa en la fe, limitándose en cambio a extender el hecho a la universalidad del fenómeno creyente, lo cual constituye uno de los núcleos de su ideología antiteísta.

La segunda falacia, quizá más grave, es la llamada del auténtico escocés. Más grave por el plus sectario que conlleva. Así, Robredo no ve ateos por ninguna parte, cuando es obvio que ha habido una gran cantidad de ellos en la historia (y muchos más en la historia reciente). Paso a desarrollar en qué radica el engaño:

1) El ateo puede ser una rareza filosófica. Sin embargo, el ateísmo no es una negación intelectual de Dios sin más, sino que ante todo es su negación moral, que suele resumirse en las siguientes proposiciones explícitas o implícitas: a) Dios no es bueno (o es impotente); y b) el alma es mortal (o pierde la memoria tras la muerte del cuerpo).

2) El significado de las palabras lo determina su uso, no siempre unívoco. El término ateo fue acuñado por los paganos contra los cristianos, y empleado luego por éstos contra paganizantes y deístas. Sócrates no lo sufrió menos que Epicuro.

3) Como características globales del sentido amplio del término podríamos señalar que ningún ateo defiende ni la bondad intrínseca del mundo ni la necesidad absoluta de obrar según patrones morales de carácter universal.

4) Hago notar que el ateísmo moderno es ante todo un fenómeno histórico al que se llega por la degradación dogmática de las religiones tradicionales. Es sabido que muchos ateos puros se identifican con el teísta Spinoza, lo cual sería muy misterioso si no tuviéramos en cuenta esto y todo lo anterior.

5) Pero incluso los propios ateos establecen múltiples escalafones en su no-creencia, por lo que se ha dicho -aunque es otra falacia- que el ateísmo como tendencia contemporánea no es dogmático. Sin embargo, no existe tal movimiento aglutinador, sólo un nombre para designar la amalgama.

6) Obsérvese además que el cristiano dará al pecador impenitente una calificación semejante a la que le merece el ateo, pues aquél actúa como si no existiera Dios y lo niega de facto.

7) El ateo tipo, a su vez, suele calcar los estándares éticos de su entorno y dar una explicación naturalista y a posteriori de los mismos. Con todo, no es capaz de crear una moral propia, por lo que habitualmente sostiene posiciones relativistas.

miércoles, 16 de julio de 2008

Juicio a Dios


Por ultimo (1), parece ser que eres teista, una pregunta que me viene siempre a la cabeza ante la version teista de los creyentes, es, por que Dios ha permitido el tsunami del oceano indico en 2004, el huracan Katrina o los terremotos recientes de China con miles de muertos.

Es una pregunta capciosa, porque insinúa que Dios podría haber hecho mejor este universo, y ni se dice qué se entiende por mejor ni se explica cómo podría haberlo hecho sin alterar sus leyes primordiales, o cuáles las sustituirían en caso de que dicha alteración fuese necesaria.

Yo tengo otra duda más modesta, semejante a la tuya: ¿Por qué Dios permite que nos salgan granos en la cara de vez en cuando? No pretendo resultar frívolo, pues hay quien se acompleja mucho por este tema y lo considera un gran mal con el que cargar. Mi pregunta, sin embargo, se antoja mucho menos sólida que la anterior, aunque la objeción recogida en ella sea idéntica, variando sólo el grado del mal o, si se prefiere, su valoración psicológica (no hay "males en sí").

¿No será, pues, que el tener cuerpo nos fuerza a ser vulnerables en un sentido u otro? En apoyo de esto se aduce lo siguiente: a) Dios no podía crear espíritus separados sin dotarlos de cuerpo (ya que crear implica crear el tiempo y, con él, el espacio, por la propia definición de tiempo como sucesión de momentos), y b) está en la naturaleza de lo corporal el llenarlo todo con entidades extensas distintas, susceptibles de causarse mutuo menoscabo. La propia finitud del cuerpo lo condena a una disolución relativa. Ahora bien, el teísmo compensa este destino con la vida de ultratumba y la justicia más allá de la muerte.

Si se responde que Dios podía obrar milagros de índole salvadora, replico:

1) Demostraría con ello haber creado mal el mundo, reparándolo chapuceramente con posterioridad.

2) Iba a necesitar un milagro sin fin para evitar todo mal, lo cual dejaría a la creación sin efectos.

Si se vuelve a contestar alegando que Dios, al menos, puede evitarnos los llamados de ordinario males mayores, como guerras y desastres naturales, replico que el mal mayor es la muerte (que, aunque se esquive, siempre sobreviene a la postre), y que su causa no es, según la Biblia, la voluntad de Dios de hacernos mortales, sino la nuestra de desobedecerlo. Esto abre cuestiones más enjundiosas que, por alejarse del tema y tratarse ya en otros apartados del blog, no desarrollaré aquí.

(1) Al hilo del debate iniciado en el post anterior y que se está llevando a cabo en la bitácora de Aníbal.

viernes, 11 de julio de 2008

Convicciones retóricas


Puede que la humanidad se divida psicológicamente en seres paradójicos y contradictorios. Creo que es mi afición a las paradojas la que me lleva a descubrir contradicciones reales en las argumentaciones de los demás. Por ejemplo, cuando el ateo intenta fundar la moral en el solo amor por la virtud, acepta como una prueba de fuego para ésta el que no tenga que esperar recompensas de ninguna clase, en particular las de un ser sobrenatural que se haya comprometido a darlas y sea, por tanto, deudor nuestro. Pero aprecio dos contrasentidos en esta forma de discurrir.

En primer lugar, se pretende mantener la idea de deber al tiempo que se suprime el concepto de deuda. En efecto, si no he sido creado expresamente, no debo nada a nadie por el hecho de existir y está en mi mano aniquilar al mundo si así me favorezco. Pues, salvo que se introduzca la noción de deuda, el vicio es en principio tan amable como la virtud.

En segundo lugar, puesto que no se espera nada de la muerte y no se maldice por ello, sino que se acepta virilmente el destino, "a fortiori" no debería exigírsele a la vida -esto es, al universo- una perfección superior a la que contiene, ya que dicha mejora adulteraría las motivaciones del obrar virtuoso, tanto mayores cuanto más insignificantes son sus estímulos externos (una tierra sin enfermedades es una tierra sin caridad); ni tampoco una perfección inferior, que pondría en apuros a la vida. Ahora bien, postular un mundo inmejorable no creado por nadie es algo que excede al sentido común.

En suma, no se puede aumentar la propia felicidad sin disminuir el mérito de uno, que según el ateo no sólo no depende de la primera y de sus expectativas, sino que además compite con ella. Con lo que cualquier cambio dirigido a hacernos menos menesterosos que se introdujera en el diseño inicial de nuestro entorno sería para peor, redundando en perjuicio de nuestra dignidad.

El absurdo del ateo es, entonces, doble:

1. Ignora un mal subjetivo (mal moral) al confiar las buenas obras a la voluntad irrestricta del hombre.

2. Sostiene un mal objetivo en la naturaleza (mal metafísico) que carece de definición y de demostración.

sábado, 5 de julio de 2008

Problemáticas


Por descontado que aquello a lo que nosotros consideramos mal -el dolor, el peligro, las molestias- es motivo de satisfacción en Dios. El único mal del que cabe avergonzarse racionalmente (aunque la vergüenza sea fruto de nuestra semiirracionalidad) es el mal moral, el pecado.

El ateo con la diestra carga las tintas en el mal metafísico, que no es capaz de fundar (de ahí que lo llame "problema", sin duda), al tiempo que borra con la zurda los rastros de una posible moral objetiva desde la que señalar de manera inapelable en qué consiste lo bueno y dónde radica lo malo.

domingo, 15 de junio de 2008

Pensamientos con pasos de paloma




Ya he sintetizado mi parecer sobre el pecado original en el escrito que antecede a éste, asunto que me interesa especialmente y en el que me ocupo desde hace años. Mi tesis es muy simple: si el mal existe de un modo absoluto, no como mera imperfección, tiene que ser un mal moral; si el mal moral existe, existe la libertad; si la libertad y el mal existen, existen también sus reversos, el bien y el error voluntario; si el bien y el error existen, el darwinismo es falso, ya que éste no tolera ni los fines generales (la evolución es ateleológica y casuística) ni que por principio y de forma innata, por el carácter irreductible del individuo, se atente contra la propia integridad sin razón superior que lo justifique. En pocas palabras: el hombre es, en parte, intrínsecamente irracional, luego el darwinismo es falso.

Por supuesto, queda la opción de negar el mal, que es lo que vulgarmente llamamos cinismo; sostener que en cualquier acto altruísta late un imperativo egoísta, como pretenden los charlatanes al desvirtuar las palabras. O resta también, tal vez, la derivación de esta solución cínica en un optimismo panglosiano con la máxima de que todo lo que el hombre intenta es por el bien de los genes y de la especie definida en ellos, y que todo lo que yerra resulta negativamente seleccionado. Con lo cual, salvo que las circunstancias obliguen a un nuevo comienzo, se progresa siempre hacia lo mejor tanto en la naturaleza como en la cultura.

La refutación del darwinismo, de su suficiencia y completud como teoría (la de su parsimonia exigiría algo más), empieza por cuestionar las asunciones metafísicas que lo sustentan en la sombra. Aunque es cierto que un presupuesto básico no se refuta propiamente, sino que se sustituye por otro que muestre una consistencia mayor con su ámbito explicativo.

viernes, 13 de junio de 2008

Conócete a ti mismo




El hombre, a diferencia del animal, es un ser histórico y por ello capaz de obrar contra natura a voluntad. Este rebelarse y enfrentarse a la naturaleza es lo que el relato del pecado original señala como algo eminentemente malo, doloroso y estéril. Nuestro existir es poco más que la consciencia de un fracaso. No porque todo pasado fuera mejor, sino porque sin pecaminosidad y forcejeo con Dios no hay vida ni epopeya humanas. No hay muerte, no hay reproducción, pero tampoco hay moral ni auténtico devenir. ¿Tuvo lugar ese estado paradisiaco? Sólo como promesa. Y como promesa permanece, pues fue en dos ocasiones formulada y rota en una.

El gnóstico y el darwinista creen que la maldad en el hombre se debe a lo que en él hay de animal y de natural. Encerrado en la tenebrosa prisión de la carne, o en el determinismo de los genes, el hombre no podría más que comportarse de manera "egoísta" y antisocial, lo que nos conduce al fatalismo típicamente maniqueo. El universo -se nos dice- es indiferente al bien y al mal, dado que carece de fines. La cultura y la política serían las encargadas de dar fines superiores a la especie, generando la segunda naturaleza de los sofistas, que en realidad es la imitación torticera de la originaria, trocada la brutalidad en astucia. El amor fati exige también el olvido de sí, la disolución en una fuerza genérica como la comunidad o el Estado.

Ahora bien, tan falso es decir que el hombre fue o es un simio como afirmar que fue o es un ángel. Un hombre es un hombre: una singularidad, un individuo; si acaso, una textura abierta. La animalidad y su opuesto son en él tendencias, no realidades. Así, los animales tienen anima pero carecen de identidad, aunque los menos logren reconocer su cuerpo y atribuírselo. Sea como fuere, están en el mundo como el agua en el agua (Bataille) y se limitan a reproducir los patrones de sus antepasados. Sólo el hombre se avergonzó por primera vez, cortando el nexo que lo unía al común de la creación perfecta y autosatisfecha.

No echaríamos en falta la plenitud si no la hubiéramos experimentado. Seríamos felices en nuestra miseria, como el puerco lo es en el lodo. La esencia del hombre es ser racional y libre. Su carácter de excepción no radica sólo en lo sobrenatural de su psique (no más extraordinaria ni más divina en virtud de su causa que la de cualquier bruto), sino en lo infranatural de la misma, esto es, el fenómeno incomprensible, la inarmonia preestablecida por la que sus facultades principales -la de elegir y la de perseverar- luchan entre sí y se aniquilan recíprocamente.

El hombre no ha de despojarse de su animalidad, ha de llevarla a la perfección. Él es el animal por excelencia, en el que Dios se complacía. No hay que añorar un pasado mítico, pero es preciso conquistar un futuro dilapidado. A este futuro, sin embargo, no se llegará natural y necesariamente, al modo de la teología progresista, mas graciosa y libremente, y no lo alcanzarán todos. No será un triunfo de la especie, del pueblo o de la clase: lo será del sujeto.

martes, 4 de marzo de 2008

Por qué no hay misioneros budistas-II


Mi amiga Pamela me escribe esto, y yo no tengo más que añadir:

A los monjes budistas no les está permitido tocar cosas impuras. Ni siquiera tocar mujeres, es decir, ni rozarlas con un dedo. Por descontado no irán a predicar a barrios de prostitución porque con ello quedarían mancillados espiritualmente.

Ahora bien, los cristianos sabemos que todo espíritu está envilecido, y que nadie puede permanecer con Dios sin Jesús. Sabemos que tanto prostitutas como banqueros nacen pecadores por igual, dado que cada uno de nosotros lo es. Sabemos, en fin, que nadie puede abrirse por sí mismo el camino hacia la perfección, mientras que los budistas creen transitar por el sendero espiritual que ha sido vedado al vulgo.

Los mentores y genuinos creyentes budistas, pues, están aislados. Sueñan que la compasión sólo existe en forma de buena voluntad -mas puramente pasiva- hacia el lejano prójimo. No se da en ellos acción o sacrificio de ninguna clase.

Una vez estuve ayudando a un amigo monje a instruir en el templo a los novicios. El contenido de la doctrina me llamó la atención. Había una historia sobre una mujer que, al fallecer su hijo, estaba lamentando su muerte. A lo que Buda le manifestó: "Quiero que visites toda casa en esta aldea y recaudes un grano de mostaza de cada persona que no haya sentido la pérdida de la muerte". La mujer hizo lo mandado y no encontró a ninguna, por lo que se convirtió en discípula.

Siempre he pensado que esta historia es absurda y despiadada. Por supuesto que todos hemos sufrido alguna pérdida personal. Pero ¿significa eso que un Dios compasivo se conformaría con decir "es normal, hazte cargo"?

jueves, 28 de febrero de 2008

Incondicional


Pamela Sciantarelli

El mejor modo de entender de veras la milagrosa naturaleza del amor de Dios es encontrar a alguien con el corazón más duro que una piedra y amarlo con todas tus fuerzas. Sólo cuando el amor sea por completo unilateral –prodigado en abundancia y rechazado con vehemencia- se empezará a comprender la índole de un Dios que nos amó mientras todavía éramos pecadores.

Recientemente me he visto involucrada en las vidas de siete chicos nepalíes, de seis a catorce años de edad, que con anterioridad moraban en la calle. Productos de la vida callejera y de todo lo que ella implica, mis niños se drogaron, mintieron, robaron, estafaron y entraron en pendencias de manera habitual. La mayoría de niños de la calle se convierten en pordioseros antes de los seis años, fumadores de marihuana antes de los ocho y consumidores de drogas más duras –principalmente heroína- antes de los diez. A lo largo del itinerario que había de arrancar a mis chicos de las calles, apuntarlos a la escuela y darles otra oportunidad, he tenido mis dudas. ¿Iban a ser capaces de cambiar realmente alguna vez?

El auténtico amor no está motivado por los resultados potenciales. El amor no elige actuar cuando los riesgos son bajos y los beneficios elevados. El amor se ve obligado a amar, no tiene más opción que darlo todo a pesar de todo.

Pese a que el amor tiene el poder de suscitar un cambio en quien lo recibe, no depende de ese cambio. El amor medra sobre sí mismo, sin importarle las reacciones a las que da lugar.

La resistencia no lastra al verdadero amor. El carácter definitorio de éste es su virtud para permanecer solo, imperturbable, firme y resoluto. El amor se mantiene constante en la prueba e invariable frente a la rebeldía. Aunque el objeto de nuestro afecto llegue a retirarse, el verdadero amor no se rinde.

Tuve un conflicto con Rashon, de doce años, como jamás he observado en otra persona. Cuando está de buen humor es el chico más cariñoso y considerado de todos. Se aplica en la escuela, y sus ojos brillan con la bondad de los niños. Sin embargo, de súbito, la cólera incontenible de un corazón perverso eclipsa su bondad.

“No quererte – ¡Te odio! Tú no buenos. ¡Tú no darme de fumar! No gusta leer escuela. ¡Quiero dormir todas las noches! Mi vida no buena. Yo no importa”, me grita Rashon al cabo de uno de sus muchos arrebatos pendulares de tristeza. “¡Quiero fumar cada día! Dormir calle y cada día estar loco y tomar drogas”.

Rashon ahueca sus manos alrededor de la boca imitando el modo en que los niños de la calle inhalan pegamento, para a continuación agacharse y tomar un trozo del linóleo que pavimenta su habitación. En señal de desafío, Rashon se saca una bolsita de marihuana que ha escondido hasta ahora y sonríe mientras la sostiene enfrente de mí. Casi retándome, empieza a liarla.

Mi corazón desearía increparle: “¿Después de sacrificar tanto en mi vida por ti? ¿Después de todo lo que hecho por ti? ¿Después de recogerte, hacerte una casa, darte una cama, ofrecerte una vida – esto? ¿De este modo me recompensas?

Pero Dios hace que me apacigüe y me obliga a mirar más de cerca.

"¿Te involucraste en las vidas de estos chicos a la espera de una recompensa suya o por obediencia hacia Mí? ¿Qué no has entendido respecto a la naturaleza incondicional del amor? Antes de que Yo Te importase, Te amaba. Incluso cuando Me desafías –y vuelves tu espalda a Mi amor- Mi amor por ti sigue intacto. Si dependiera de tu respuesta, sin duda Te habría abandonado ya hace mucho tiempo”.

Ante mí aguarda el mismo chico colérico, pero visto con los ojos de Dios. Ahora veo a un chiquillo al corriente de la maldad del hombre, que a pesar de ello no ha experimentado nada de la bondad divina.

De repente mi enfado es sucedido por un amor que no me pertenece, y, aunque momentos antes no quise más que reprobar a mi niño rebelde, las únicas palabras que se escuchan son “Te quiero, Rashon”.

“No quererte”, Rashon sigue fumando y tira su baúl de metal por la habitación. Su ropa y sus libros se desparraman al golpear la pared. “Te quiero. Si fumas cada día, te querré”.

Rashon corre hacia mí y empieza a golpearme con los puños en un intento de zafarse de esa cosa extraña llamada amor. “No quererte. No querer que me quieras”. “Rashon, pase lo que pase, te querré. Rómpelo todo en la habitación y aun así te querré. Si tú no me quieres, no pasa nada. Aun así te querré siempre. Si huyes, te querré. Si dejas de ir a la escuela, te querré. Nada de lo que puedas hacer impedirá que te quiera”.

“Tú hablas, yo no escucharte. Tú me quieres, yo no importa. Yo no quererte”, al tiempo que lanza sus zapatos por los aires y arranca los pósters de las paredes. Antes de conocer el amor de Dios, me pregunto cuántas veces mis actos significaron exactamente lo mismo para Él.

Y con todo… “Mas Dios aumenta su caridad para con nosotros, porque siendo aún pecadores, Cristo murió por nosotros” (Rom. 5:8).


sábado, 27 de octubre de 2007

Pasen y vean




Leibniz hablaba de la intensa y placentera emoción que nos producen los espectáculos de los funámbulos, donde el riesgo de error es evidente por sus trágicas proporciones. El filósofo, en un arrebato cómico no exento de cinismo, comparaba una vida sin mal a una vida sin circo.