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jueves, 28 de agosto de 2014

Dionisio o el deseo




Narran que Sémele, la concubina de Júpiter, después de haberlo obligado mediante un juramento inviolable a cumplir el voto que ella quisiera, le pidió que se acercara a abrazarla tal como acostumbraba a hacerlo con Juno. Y así fue que ella murió como consecuencia del incendio generado por el abrazo. Pero el niño que se gestaba en su seno fue extraído por su padre, quien lo introdujo en su fémur hasta que se cumplieran los meses necesarios para su nacimiento. A causa del peso, Júpiter renqueaba considerablemente. De tal manera, el niño recibió el nombre de Dionisio*, ya que había oprimido y punzado a Júpiter mientras éste lo llevaba en su fémur. Después  de nacer, el niño fue alimentado por Proserpina durante algunos años. Cuando llegó a la edad adulta, su rostro tenía un aspecto que parecía femenino, al punto que su sexo resultaba ambiguo. Una vez muerto y sepultado desde hacía un tiempo, revivió poco después. En su primera juventud fue el primero en descubrir y enseñar el cultivo de la vid, la elaboración y el uso del vino. Por ello, fue celebrado y glorificado, subyugó a toda la Tierra y llegó hasta los confines de India.

Era transportado en un carro tirado por tigres. A su alrededor saltaban unos demonios deformes llamados Cobalos, Acratos, y otros más. También las musas se sumaron a su comitiva. Tomó por esposa a Ariadna, que había sido dejada y abandonada por Teseo. Su planta sagrada era la hiedra. También se lo tenía por inventor y fundador de rituales y ceremonias, pero sólo de la clase de los que son fanáticos, están llenos de depravaciones y de los que, además, son crueles. También tenía el poder de incitar furores. Cuentan que en sus orgías, dos hombres ilustres, Penteo y Orfeo, fueron despedazados por ciertas mujeres excitadas por el furor: Penteo, cuando, montado en un árbol, quería observar lo que estaban haciendo; Orfeo, mientras estaba tocando su lira. Además, las acciones de este dios por lo general son confundidas con las de Júpiter.

La fábula parece referirse a las costumbres de una manera tal que no se encuentra nada mejor en la filosofía moral. A través del personaje de Baco se describe la naturaleza del deseo, o de la pasión y de la perturbación. Pues la madre de todo deseo, incluso del más nocivo, no es otra que el apetito y el anhelo de un bien aparente. El deseo, en efecto, siempre se concibe a través de un voto ilícito, consentido ciegamente antes de ser comprendido y juzgado. Una vez que la pasión ha comenzado a calentarse, su madre (es decir, la naturaleza del bien) se destruye y muere a causa del fuego excesivo. Mientras el deseo todavía es inmaduro, se nutre y se oculta en el alma humana (que es su progenitora y está representada por Júpiter), especialmente en la parte inferior del alma, como en su fémur. Punza el ánimo, lo presiona y lo reprime, al punto que las decisiones y las acciones del alma son impedidas y renquean por su causa. Y luego, cuando ya ha sido confirmado por el consenso y por el hábito, y prorrumpe en acciones, sin embargo, todavía durante un tiempo es educado por Proserpina. Esto quiere decir que busca subterfugios, es clandestino y como si fuera subterráneo, hasta que una vez que fueron removidos los frenos del pudor y del miedo y que su audacia ha sido fortalecida, o bien asume la apariencia de alguna virtud, o bien desprecia la infamia misma.

Y es muy verdadero que las pasiones más vehementes son como de un sexo ambiguo, pues tienen tanto el impulso viril como la impotencia femenina. También es brillante que Baco reviva. Porque a veces las pasiones parecen estar dormidas ye xtinguidas, pero no hay que creerles ni siquiera cuando están sepultadas, ya que resurgen cuando se presentan la ocasión y el objeto. La parábola también es sabia cuando trata sobre la invención de la vid. Pues toda pasión es ingeniosa y sagaz para buscar sus alimentos. De todas las cosas que los hombres conocen, el vino es la más potente y eficaz para encender y excitar perturbaciones de toda clase, y es como el alimento común de todos ellos. Con gran delicadeza se presenta a la pasión como algo que subyuga territorios y emprende expediciones infinitas, ya que nunca está satisfecha con su parte sino que, con un apetito infinito e insaciable, busca más allá y codicia algo nuevo. Además, los tigres residen junto a las pasiones y están atados a su carro, pues una vez que la pasión de alguien comienza a andar en carro y ya no se transporta a pie, como vencedora de la razón y triunfadora, es cruel, indómita y ruda con todo lo que se le enfrenta y se le opone. También es sutil que alrededor del carro salten aquellos demonios ridículos. En efecto, toda pasión produce movimientos indecorosos, desordenados, saltarines y deformes en los ojos, en la cara misma y en los gestos, a tal punto que quien es presa de alguna pasión como la ira, la arrogancia o el amor, se ve a sí mismo como magnífico y grande, pero para los demás es torpe y ridículo.

También se observa la compañía de las Musas alrededor de la pasión, puesto que no se encuentra en general ninguna pasión que no sea alentada por ninguna teoría. En ello la indulgencia de los ingenios rebaja la majestad de las Musas al presentarlas como lacayas de las pasiones, cuando en verdad deberían ser las guías de la vida. Más noble que ninguna es la alegoría según la cual Baco entregó su amor a quien había sido abandonada por otro, pues es muy cierto que la pasión busca y corteja lo que fue repudiado por la experiencia. Todos los que, por servir y condescender a sus pasiones, están dispuestos a pagar un altísimo precio para poseer lo que apetecen (sea fortuna, amor, gloria, conocimiento o cualquier otra cosa) han de saber que buscan para ellos cosas abandonadas que, después de haber sido probadas, fueron desdeñadas y rechazadas por muchos hombres durante casi todas las épocas.

El hecho de que la hiedra fuera consagrada a Baco no está exento de misterio, pues esto le corresponde en dos sentidos. Primero, dado que la hiedra reverdece en invierno. Luego, porque se desliza, se extiende y se eleva alrededor de todo: árboles, paredes y edificios. En lo que respecta a lo primero, toda pasión adquiere vigor y reverdece a causa de la resistencia y la prohibición, como por antiperístasis (al igual que la hiedra lo hace a causa del frío invernal). Con respecto a lo segundo, la pasión, al predominar por sobre todas las acciones y las decisiones humanas, se esparce del mismo modo que la hiedra, y se aplica, se adhiere y se mezcla con ellas. No es sorprendente que se atribuyan ritos supersticiosos a Baco, ya que por lo general todas las pasiones malsanas prosperan en las religiones depravadas. Tampoco sorprende que se diga que incitaba furores, dado que toda pasión es ella misma un furor breve, que si se precipita y asedia con más vehemencia termina en la locura. El episodio de la laceración de Penteo y Orfeo contiene una parábola evidente: que la pasión muy intensa es completamente hostil y dura con respecto a la investigación curiosa y el consejo saludable y franco. Finalmente, aquella confusión de los personajes de Júpiter y Baco puede traducirse correctamente en una parábola, ya que las acciones nobles y famosas y los méritos ilustres y gloriosos, en ocasiones provienen de la virtud, de la recta razón y de la magnanimidad, pero a veces provienen de una pasión latente y de un deseo oculto (que de cualquier manera se exasperan por la fama y por la celebridad de la gloria), de modo que no resulta fácil distinguir entre los actos de Baco y los de Júpiter.

Francis Bacon


* Διόνυσος, del griego Διος (dios, Zeus) y νύσσειν (punzar), según la etimología que traza Bacon.

jueves, 23 de agosto de 2012

Si debe combatirse al injusto con injusticia







Dado que no son acciones de la misma persona, sino de personas distintas, y el bueno no es igual que el malvado, ¿cuál asignaremos a cada cuál? ¿Cometer injusticia al malvado y sufrirla al bueno? ¿O cometerla al malvado y sufrirla no está claro a quién de los dos? Veámoslo así. La injusticia es la sustracción del bien, y el bien, ¿qué puede ser sino la virtud? Pero la virtud es algo inalienable. Así pues, no sufrirá injusticia quien esté en posesión de la virtud, o bien la injusticia no era la sustracción del bien. Nada que sea un bien puede sustraerse, arrebatarse, quitarse o saquearse. Sea: el hombre bueno no sufre injusticia ni a manos del bueno ni a manos del malvado, pues no se le puede quitar su virtud. Queda, pues, que o bien nadie sufre injusticia en absoluto o bien el malvado la sufre de un semejante. Pero el malvado en nada participa del bien, y la injusticia era la sustracción del bien: quien no posee nada que se le pueda sustraer tampoco tiene nada en lo que sufrir injusticia. 
En consecuencia, tal vez no se define la injusticia en función de la sustracción de quien la sufre, sino de la intención de quien la comete. Y el malvado sufre injusticia del malvado, por más que carezca del bien, y el bueno del malvado, por más que su bien sea inalienable. Acepto el argumento que asigna la injusticia al que tiene una intención equivocada más que al éxito de la acción; pues, ciertamente, la ley castiga como adúltero no sólo al que lo comete, sino también al que lo pretende, y como ladrón perforador de muros al que lo intenta, aunque no lo consiga, y como traidor al que va a hacerlo, aunque finalmente no lo lleve a cabo. Y de este modo llegará el argumento en su totalidad donde debe: el bueno ni comete injusticia ni la sufre: no la comete por voluntad propia y no la sufre por su virtud. El hombre malvado comete injusticia, pero no la sufre: la comete por vileza, pero no la sufre por ausencia del bien. Más aún, si sólo la virtud es un bien y no otra cosa, el hombre malvado, que no posee la virtud, tampoco tiene en qué sufrir injusticia. Pero si, además de la virtud, también son bienes los del cuerpo, la fortuna externa y sus adláteres, en ausencia de la virtud es preferible que falten también éstos a que no. De modo que ni siquiera así sufriría injusticia el malvado, privado de algo de lo que hace mal uso. Por lo tanto, comete injusticia, pero no la sufre, desde el momento en que hemos asignado lo injusto a la intención. 
Así hablaré ahora de los perversos. El malvado quiere cometer injusticia, pero no es capaz. Pero, como quiere, la proyecta hacia un semejante o hacia alguien mejor. ¿Y qué habrá de hacer quien es mejor? ¿Responder al malvado con otra injusticia? Pero éste no tiene en qué sufrir injusticia, pues es malvado por la ausencia de bien. De modo que el hombre inteligente no devolverá la injusticia al malvado ni de hecho, pues no tiene en qué sufrir injusticia, ni en su intención, pues, como es bueno, no quiere cometer injusticia, no más que el flautista tocar la flauta desafinadamente.

Máximo de Tiro

lunes, 1 de agosto de 2011

La Antigüedad y el ateísmo




Conocerás cómo tierra, sol y luna
y éter común y celestial Vía Láctea y Olimpo
extremo y fuerza ardiente de los astros, fueron impelidos
a llegar a ser


Parménides



No hay necesidad ni eternidad en todo lo que existe o deviene: las más de las cosas no existen sino frecuentemente; es preciso, pues, que haya un ser accidental. Y así, lo blanco no es músico, ni siempre ni ordinariamente. Esto se verifica algunas veces, y esto es un accidente, porque de otro modo todo sería necesario. De suerte que la causa de lo accidental es la materia, en tanto que es susceptible de ser otra de lo que es ordinariamente.


Aristóteles



Por lo demás, ¿puede haber algo de una mayor ignorancia que no reconocer que esta naturaleza, que ha llegado a abarcar todas las cosas, es la mejor, o que no reconocer, siendo la mejor, que está, en primer lugar, dotada de espíritu, en segundo lugar que es poseedora de razón y de consejo, y, finalmente, que es sabia? (...) El mundo, si durante la eterna extensión del pasado ha sido un insensato, nunca, ciertamente, conseguirá la sabiduría; será, en consecuencia, peor que el hombre. Ya que esto es absurdo, ha de considerarse que el mundo es sabio -así como de naturaleza divina- desde un principio.


Cicerón



¿Por qué almas lerdas e ignorantes perturban al que tiene conocimiento y sabe? ¿Y qué es un alma con conocimiento y sabiduría? La que conoce el principio y el fin, y la razón que recorre toda la sustancia, y gobierna el Todo a lo largo de toda la eternidad, de acuerdo con periodos determinados.


Marco Aurelio



Todas las cosas imitan al mismo Uno, pero sucede que unas lo imitan de lejos y otras en mayor grado, y donde la unidad es ya más verdadera es en la Inteligencia; porque el alma es una, mas la Inteligencia es más una todavía, como lo es también el Ser.


Plotino



Lo que no es perpetuo debe ser así de uno de estos dos modos, ya sea siendo compuesto, ya existiendo en otro. Pero el ser autoconstituido es simple, no compuesto, y existe en sí mismo, no en otro. Es, por consiguiente, perpetuo.


Proclo



Las ideas de ser, de cosa, de lo necesario se presentan en el alma primariamente. Su impresión no es de esas que tienen necesidad de ser deducidas por otras cosas más conocidas. Antes al contrario, todo aquello que por sí mismo es concebido como primero es lo común a todas las cosas, como el ser, la cosa, lo uno, etc. Por esta razón no es posible explicarlos sin caer en un círculo vicioso o servirse de alguna otra cosa más conocida.

Avicena

sábado, 15 de enero de 2011

Apostilla


La transición del paganismo al cristianismo, aun siendo traumática en la lenta agonía de los últimos siglos del Imperio, no conllevó una mudanza absoluta de las concepciones sobre la divinidad y la vida futura. Muchos paganos pudieron sentir que abrazando la fe cristiana purificaban sus anteriores creencias, emancipándolas del lastre pueril de la poesía y librándose ellos mismos, fieles, de la sujeción a las imágenes vulgares para abstraerlas hasta la dureza del concepto y reconducirlas de este modo a la sobriedad del nuevo culto, de misterios más amables, conversiones más íntimas y sacrificios incruentos.

Lo que sigue refiere a los emblemas de las lámparas funerarias romanas de la anterior entrada.

El mito de Prometeo cincelando a su criatura humana en el primer emblema guarda estrecha relación con el relato en el libro del Génesis de la creación del hombre a imagen y semejanza de Dios, esto es, unido a Él por su vínculo con la razón y su conocimiento del bien moral. Es hecho así dominador de lo animal y, en menor medida, de la propia animalidad, que permanece en el cañamazo de su alma como doloroso estigma, del que los suplicios prometeicos en la roca del Cáucaso podrían ser reflejo. Al escapar el neonato de las manos de su Hacedor, a su diestra, se enfrenta con la muerte y con la eternidad, a su siniestra. Minerva, a la que asciende el homúnculo de Prometeo, representa la sabiduría en sí misma que se obtiene como galardón de la pureza; nace también puramente esta diosa de la testa de Júpiter, lo que recuerda a la concepción virginal de Cristo y a la generación eterna del Verbo en el dogma de la Trinidad.

En el segundo emblema la nereida se abraza al hipocampo, simbolizando la esperanza del alma de renacer en su elemento primigenio, el agua, según era opinión común, respaldada por la filosofía del de Mileto. Con agua es bautizado el cristiano; al agua es comparado Dios en los salmos, y a un ciervo sediento el alma. Orfeo canta que es Océano padre de los dioses inmortales y de los hombres mortales. Y Sócrates en el Fedón cree que acaso exista una armonía entre las almas que nacen y las que mueren, procediendo todas del mismo lugar y retornando a él. Así pensaba también Pitágoras.

Psique, el alma, es presentada en el tercer emblema con alas de mariposa, pues como la larva ha de mutar a una vida nueva, a la que espera mientras se pudre su primer cuerpo para dar lugar a un cuerpo etéreo o glorioso. Pero ahora decaen sus sentidos y se sume en la oscuridad. Abandona su existencia presente entre lamentos, llorando su suerte, según nos cuenta Homero que hizo la de Héctor muerto por Aquiles.

Júpiter, Óptimo Máximo, es en el cuarto emblema guardián de la Providencia y vínculo eterno de las edades.

Vesta, el quinto emblema, porta la tea con la que fertilizar el suelo nutricio, del que es ella misma alegoría. Todo ha de renovarse al morir, puesto que nada sucede en vano. Y están las palabras de Cristo: "Si el grano de trigo no cae en tierra y muere, queda él solo; pero si muere, da mucho fruto”.

En fin, son todas las demás imágenes de la vanidad de la vida y mementos de la tutela de los dioses, estampadas en la efigie de la muerte. Sale el hombre del teatro del mundo como entró en él, desnudo, sepultando con su cuerpo su dicha y su infortunio.

Emblemas funerarios romanos























































































viernes, 17 de diciembre de 2010

Pensamientos




Aunque no hubiera creyentes, todo ser racional está obligado a preguntarse si Dios existe y a dudar de ello hasta que el peso de las razones lo incline más de un lado que del otro. La posición natural es la ignorancia escéptica, no la afirmación o la negación, que conllevan algún tipo de conocimiento concluyente o presunción bien fundada sobre el todo. Afirmar que Dios no existe es tan teológico como asegurar lo contrario. Lo único verdaderamente ateológico es evitar pronunciarse. Por ende, sólo el escéptico es un verdadero ateo, mientras que el ateo es un teísta invertido.

Se engaña quien crea que por negar algo no está afirmando nada, o quien suponga que hay afirmaciones sobre el mundo que no requieren prueba. Para afirmar la existencia de un objeto físico, al alcance de los sentidos, basta con mostrarlo y cerciorarse de que no se trata de una ilusión. Pero para hacer lo propio con un objeto intelectual, como Dios o un ente del que se predique la infinitud, hay que razonar. Así obra el principio de razón suficiente: todo tiene una razón de ser, visible o invisible, y es indiferente el modo en que lo expresemos, ya sea afirmando, ya negando. Ahora bien, todo lo relativo a Dios y a la causa primera remite a un infinito potencial. Por tanto, quienquiera que trate sobre estas cuestiones no está exento de presentar prueba.

Lo dicho es aplicable a toda entidad que o bien no sea física y guarde alguna relación racional con el mundo, o bien sea física y remita a un infinito potencial, el cual conlleva forzosamente una suposición del intelecto. Una tetera que orbite a una distancia tal que resulte indetectable para nosotros es completamente superflua y no guarda una relación racional con el mundo, pues nada explica, como sí lo hace un Dios del que se afirma es causa primera del mismo. Por otro lado, universo es sólo una palabra con la que nos referimos al fragmento del universo que vemos y nos esforzamos por entender, del que podemos establecer algunas leyes y regularidades, pero también a todo lo que no vemos en él y estamos obligados a presuponer en un sentido u otro; por ejemplo, su eternidad o su origen en el tiempo. Luego, siendo estrictos, ni Dios ni el universo son objetos físicos, el uno por su propia definición y el otro por la limitación de nuestros sentidos. Es por ello absurdo tratar cuestiones metafísicas como si fueran físicas.

La termodinámica, según la cual la materia ni se crea ni se destruye, nos induce a pensar que nada de lo que existe posee en sí mismo la razón para empezar a ser o dejar de ser; señala la contingencia de todos los fenómenos. En consecuencia resulta impensable, en base a la misma termodinámica, que el universo sea por sí mismo, es decir, sin comienzo y sin causa fuera de sí. Si la materia no es creada, preexiste. Si preexiste, o es por su propia virtud -puede autocrearse- o es por la de otro ente -es causada. Si el ente es inmaterial, diremos que no sólo hay causación, sino también creación. La tercera alternativa es que materia y energía surjan de la nada. Ahora bien, en ese caso también Dios puede surgir de la nada y no cabrá pedirme prueba alguna de su existencia.

Pero la divinidad no es menos capaz de acceder al corazón del hombre sin demostraciones, intuitivamente. El rechazo hacia el Dios personal es un capricho del sentimiento y no una conclusión asentada en razones. ¿Acaso creer en un Dios que ignora las plegarias es más razonable que creer en uno que las atiende? ¿Es más creíble para un ateo un Hefesto cojo que un Hermes alado? Homero invocaba a la Musa para que sostuviese su debilidad; Pitágoras escuchaba la inaudible sinfonía de las esferas; Sófocles, por boca de su Antígona, se estremecía ante el enojo de los dioses; y Sócrates juraba tener un demonio personal del que recibía admoniciones y consejos. Si Epicuro se creyó libre de toda tutela sobrenatural no fue por estimarlo más plausible, sino más soportable.

martes, 23 de noviembre de 2010

IOM




Los antiguos llamaron a Júpiter el Óptimo Máximo. Estas dos palabras contienen el germen de una revelación y, en tanto que poseedoras de la esencia del Ser Supremo, pueden considerarse expresivas de su naturaleza íntima.

Así, Dios amabilísimo sería el único fundamento de lo amable. Llégase a esta verdad por la siguiente reducción al absurdo. El principio que colma todas las virtudes ha de ser necesariamente lo más grande concebible. Si aquello que es fuente y origen de lo mejor pudiera ser circunscrito por lo peor, el mismo orden universal se transtornaría. Pues aceptado que hay el sumo bien limitación, tanto es esto como decir que no hay tal bien sumo. Y si no hay sumo bien, dase el sumo mal, que predomina sobre aquél y lo domeña.

Quienes han imaginado bien y mal como dos círculos en intersección, rehuyendo la pregunta sobre cuál sea el mayor o continente y cuál el menor o contenido, han supuesto en ambos una autonomía e independencia recíprocas, a semejanza de lo que se predica del área no común de los círculos intersectos. Es éste un subterfugio dualista que, a fuerza de negar a Dios su condición, escinde y duplica al mundo, alienándolo de la suya.

Luego, salvo que atribuyamos a una alucinación el valor probatorio de los razonamientos sanos, concluiremos que si el bien no es absoluto en último extremo, no hay ningún modo de acotar el mal, quedando todo apresado en el caos primigenio o en la nada indiferente.

La fe en Dios ha sido en base a estas premisas la tesis necesaria, aunque incomprensible, derivada de la constatación de la bondad de la creación. Lo bueno, si no lo es sólo en apariencia, conduce a lo infinitamente mejor. E converso, sin la idea viva de lo óptimo nuestra alma no sabe instalarse en regiones templadas y se precipita en la sima de lo pésimo. En ausencia de la noción acuciante de lo máximo todo a nuestro alrededor decae y recula, viéndose el horizonte obligado a replegarse en los estrechos márgenes del yo.

Así, el sumo bien no puede pensarse, pero puede desearse; no puede afirmarse, pero debe suponerse. Nexo entre la realidad y la suprarrealidad, entre la moral y la supramoral, es síntesis y sustento de arquetipos sin los cuales el mundo no acierta a ser igual a sí.

miércoles, 14 de julio de 2010

Contra Calvino




Cuando la religión destruye la libertad de conciencia se convierte en enemiga del género humano, al que esclaviza en lugar de enseñar y servir. Una revelación pura en la que nuestra razón no tome parte y a la que debamos someternos como un pueblo vencido es contraria al espíritu, pues despoja al alma del deber de perseverar y de la búsqueda diligente de lo bueno.

Calvino y sus secuaces, para quienes la sola fe anula la eficacia moral de las obras, muestran el rostro descarnado y espantable del exclusivismo religioso, de la Iglesia invisible de predestinados, enervando el vigor ético de la convicción religiosa y reduciéndolo a su fantasma solipsista. No lo entendió así la sublime civilidad de los romanos, los cuales

Hicieron antiguamente el templo de la Virtud de frente del de la Honra, que no tenía más de una puerta, para mostrar que no se podía ni había más de una puerta abierta para ganar honra que era la de la Virtud.

Por el contrario, ¿qué significa ser salvo por fe y de una vez para siempre? O bien que, al recibir el don de Dios, será imposible que peques ulteriormente; o bien que por más que peques serás agradable a Dios y digno de ser tenido por salvo.

Lo primero no sólo no es una verdad de razón o imposibilidad lógica, sino que es algo negado por la experiencia y hasta por las propias Escrituras:

Porque el justo, aunque caiga siete veces, se levantará, mientras que los malvados se hunden en la desgracia.

Lo refutan las apostasías formales de Aarón y de Pedro, la dormición de los apóstoles, la pérdida del don de profecía en el Bautista, la desobediencia de Jonás.

Lo segundo es impío, al atribuir a Dios comunión necesaria con los malvados, aserto tan mostruoso como falto de toda base, pues el mismo David -el amado del Señor- se ve obligado a hacer penitencia mientras implora el perdón.

La sola fe sin el conocimiento adecuado de su objeto no vale nada, y aunque la gracia es capaz de mover el ánimo a la aceptación de Dios, con carácter ordinario no le infunde la ciencia debida para creer en el Dios verdadero. Por consiguiente, no hay garantía de estar exento de error por el hecho de creer por gracia, siendo la prueba el que no todos los patriarcas o profetas han percibido a Dios de la misma manera ni han conocido con pareja claridad sus atributos. Luego, no habiendo creído conforme a la ortodoxia, ¿qué los distinguió de los paganos si no el haber obedecido a Dios por su fe, esto es, el haber sido salvos por obras?

Así, desde el punto de vista de la soberana Providencia, la predestinación es un hecho del que no cabe dudar, aunque para el hombre resulte imposible saber si cree rectamente, si perseverará hasta el final o Dios lo abandonará. La ética sólo puede fundarse en la incertidumbre sobre nuestro destino, que es certeza de nuestra finitud.

viernes, 9 de julio de 2010

La utopía platónica




Si Platón viviera todavía y quisiera que yo le examinase, o si durante su vida le hubiera preguntado uno de sus discípulos sobre aquella parte tan elevada y sublime de su doctrina, en que enseña que la verdad es una cosa a donde no pueden alcanzar los ojos corporales, y que solamente se ve con un espíritu purificado; que la felicidad así como la perfección de nuestras almas consiste en adherirse a esta verdad eterna; que nada nos aparta más de ella que el amor de los deleites y las imágenes engañosas, que nos transmiten las cosas que hieren nuestros sentidos, y vienen a ser el manantial de infinitos errores e ilusiones; que es menester purificar nuestro espíritu para hacerle capaz de ver aquella forma primitiva y aquel modelo inimitable de todas las cosas, aquella belleza eterna que es siempre igual y siempre semejante a sí misma, que no tiene extensión en el espacio, ni está sujeta a las vicisitudes del tiempo, sino que siempre es la misma, y sin embargo es tan poco conocida de los hombres, que hasta creen que no es nada, aunque sólo ella existe verdadera y soberanamente, porque todas las demás cosas no hacen más que nacer y morir, pasar y deslizarse, y el poco ser que tienen lo han recibido de aquel ser eterno a quien llamamos DIOS que las ha producido por su verdad; que de todas las sustancias que ha criado, el alma racional e inteligente es la única que ha hecho capaz de gozar de la contemplación de su eternidad, y de recibir impresiones que hermoseándola y perfeccionándola la hacen merecer la vida eterna; pero que cuando el alma se deja llevar de las cosas pasajeras, y se entrega a sus sentidos y a todas las sujeciones inseparables de esta vida mortal, se ciega y debilita hasta creer que es una burla decir que hay una cosa muy real que no pueden alcanzar los ojos del cuerpo, ni los fantasmas de la imaginación, y que no puede verse sino por la pura inteligencia.

Si este discípulo de Platón, digo, le hubiera preguntado qué diría de un hombre que consiguiese establecer una doctrina tan elevada en todo el mundo, de suerte que aquellos mismos que no son capaces de comprender lo que ella nos propone, no dejasen de creerlo, y que los que tuviesen bastante energía de alma para desprenderse de los errores y opiniones falsas del vulgo, llegasen también a comprenderlo; si este hombre no le parecería infinitamente superior a los demás, y no le juzgaría digno de los honores que se tributan a la divinidad. Sin duda que Platón hubiera respondido que no era posible que un hombre hiciese tal mudanza en el mundo, a no ser que Dios mismo por un milagro de su sabiduría y omnipotencia le hubiese sacado de la condición ordinaria de los otros hombres para unírsele íntimamente, le hubiese iluminado desde la cuna no con instrucciones como las que los hombres son capaces de dar, sino con una efusión íntima de las luces más vivas de la verdad, y le hubiese enriquecido con tantas gracias, fortalecido con tanto vigor, y elevado a tan alto punto de majestad y excelencia, que despreciando todo lo que buscan los hombres en su depravación, exponiéndose a todo lo que les causa más horror, y haciendo a su vista lo que es más capaz de causarles admiración, los atrajese a aquella fe tan santa y saludable, tanto con el incentivo del amor como con el peso de la autoridad.

En vano sería consultarle en cuanto a los honores que deberían tributarse a tal hombre, porque cada cual sabe muy bien que deberían rendirse a la sabiduría misma de Dios; y que como ésta habitaría en aquel hombre, y obrando por él haría entrar a los mortales en el camino de la verdadera salud, es indudable que merecería honores particularísimos y superiores a todos los que puedan tributarse a los hombres.

Si todas estas maravillas se han realizado ya; si los escritos y demás monumentos que conservan su memoria las han hecho ya célebres en toda la tierra; (...) si para restituir la fuerza y la salud a nuestras almas y hacerlas capaces no solamente de sostener el brillo de estas grandes verdades, sino de comprenderlas, abrazarlas, amarlas y alimentarse con ellas se dice a los avaros: "No amontonéis tesoros sobre la tierra donde los consume el orín y los gusanos, y donde cavan los ladrones y los roban; amontonadlos en el cielo, donde ni los consumen el orín y los gusanos, ni cavan los ladrones y los roban"; a los voluptuosos: "El que siembra en la carne, recogerá la corrupción de la carne; el que siembra en el espíritu, recogerá del espíritu la vida eterna"; a los orgullosos: "El que se ensalza será humillado, y el que se humilla será ensalzado"; a los vengativos: "Si recibís un bofetón, presentad la otra mejila"; y a todos los que por su aspereza y animosidades rompen la unión que debe existir entre los hombres: "Amad a vuestros enemigos, etc."; si estas lecciones divinas se dan todos los días a los pueblos en toda la tierra; si las reciben con respeto y amor; si a pesar del esfuerzo de las potestades que han derramado la sangre de tantos mártires, y los hogueras y otros suplicios en que han perecido, se van multiplicando diariamente las iglesias hasta entre las naciones más bárbaras; (...) si en las ciudades, en el campo, en los pueblos, en las aldeas y en las casas particulares se ven infinitas personas que procuran apartar su corazón de todas las cosas pasajeras para convertirle enteramente hacia el solo Dios verdadero; y si los hombres de casi todas las partes del mundo responden hoy a una voz a los pastores que los exhortan, que tienen el corazón elevado hacia el Señor, ¿cómo se encuentran todavía hombres que pueden continuar inficionados del más leve residuo de la antigua levadura?


San Agustín

lunes, 21 de junio de 2010

Incipit tolerantia-I





FEDERICO: Si a los ediles sagrados de los romanos se les dio el encargo de que no se admitiese religión extranjera en la ciudad, ni que los dioses fuesen venerados sino al modo patrio, ¿con cuánta mayor diligencia conviene que tengan esto en cuenta los príncipes cristianos?

SENAMO: Y ni siquiera los romanos pudieron mantener sus propios edictos, cuando recibían en la urbe el culto de Isis, Osiris, Annubis, Apis, Esculapio, Cibeles, la madre de los dioses. Por último, M. Agripa llamó panteón al templo que construyó, porque lo había consagrado a las divinidades de todos los dioses. Vemos que es el único de todos los templos de los antiguos que quedó en Roma, consagrado por Bonifacio III, pontífice, a todos los dioses. Así también los atenienses tuvieron frecuentes aras de los dioses desconocidos, como pudo comprobar Pausanias en los Attica y Pablo mismo en su discurso al pueblo ateniense, para que de cualquier modo dieran culto al verdadero Dios que desconocían. Aquellos antiguos afirmaban que este mundo estaba totalmente abarrotado de dioses, pues en todo lugar observaban númenes admirables de la divinidad, hasta el punto de que no dudaban en exclamar: ¡Todo está lleno de Júpiter! En efecto, están llenos los cielos, llena está la tierra de la majestad de la gloria divina. Al preguntársele a Séneca qué es Dios: "Todo lo que ves -dice- y lo que no ves". Y Plinio llama al mismo mundo universo numen eterno. Por eso creo que aquellos antiguos hombres cuando dedicaban templos a las virtudes, por ejemplo, a la Justicia, a la Fortaleza, a la Paz, a la Esperanza, a la Fe, al Pudor, a la Concordia, a la Salud, a la Piedad, al Honor, a la Verdad, a la Providencia, a la Mente, a la Clemencia, a la Misericordia, a la Felicidad, a la Liberalidad, a la Fama, a la Eternidad, habían propuesto las virtudes del Dios inmortal a todos los mortales para verlas e imitarlas por doquier y para que se apartaran de los vicios.

CURCIO: Agudo es, Senamo. Pero ¿por qué tuvieron los vicios superiores por dioses? ¿Por qué el templo del Dinero, de la Edusa, de la Alimento (Edulia), de la Bebida (Potana), del Placer, del Libertinaje, de Venus, de Priapo, sino para abusar de francachelas, bebida, placer, estupros, licenciosidad, como si los dioses se lo concedieran? Omito la Fiebre, la Furia, la Laverna, la Risa, la Lujuria, el Impudor y la diosa Menfis de Hedor horripilante. Paso por alto los dioses establecidos en las partes y lugares de todos los edificios. Paso por alto también los trescientos Júpiter que obtenían por suerte sus nombres a voluntad de cualquiera y pueblos de innumerables dioses hasta de serpientes. Todos ellos, dioses y diosas, M. Agripa los encerró en un único y mismo edificio.

SALOMON: Hubiera sido más provechoso apartar totalmente al Dios eterno de aquella compañía de dioses inútiles que unirlo a aquéllos. Pues ¿qué es sino enlodar lo más sagrado con lo más profano? Por eso al pueblo de Dios enviado a la posesión de los bienes según las divinas tablas, se le mandó arrasar templos, estatuas, altares, bosques sagrados de dioses manes y ficticios. Y Dios ni siquiera toleró que el arca de la alianza se contaminara con el contagio de la estatua de Dagón; los sacerdotes de Palestina tras colocar el arca cerca, vieron la estatua partida en dos.

CURCIO: Ciertamente, tanto éstos como Agripa violaban los derechos sagrados, pues no era lícito consagrar un mismo templo a dos dioses. Una vez que M. Marcelo había consagrado el templo al Honor y a la Virtud al mismo tiempo, los pontífices de los romanos intercedieron para que no se confundiese el culto de ambos dioses. Por ello, mandaron dividir por medio aquel templo, pero de suerte que no se abriese la puerta al Honor antes de que se abriese la de la Virtud. ¡Cuánto menos hay que tolerar esto en el culto del Dios eterno!

OCTAVIO: Debemos aborrecer la confusión de lo sagrado. Pero los reyes de los turcos y de los persas y también del Asia Superior y de África fueron educados por Homar II, legado de Homar I, pontífice supremo entre los ismaelitas, y por Heltero, teólogo muy notable; educados para que todos los hombres pensaran que serían gratos al Dios inmortal, si cada uno veneraba a su divinidad con mente pura, aunque ignorasen absolutamente qué tipo de Dios conviene tener. Porque cree que conviene poner en el impulso de la voluntad y en la mente misma la fuente de todo lo que hay que hacer, cuya integridad y pureza Dios siempre la mira muy benévolo. De tal parecer veo que fueron los teólogos de los ismaelitas y también los de los cristianos. Así escribe Tomás de Aquino: "Cuando la razón -dice- aun errando establece algo como precepto de Dios, despreciar el dictamen de la razón es como despreciar los mandatos de Dios". Esto lo había afirmado anteriormente San Agustín.

CURCIO: Lo admito, tanta fuerza hay en la voluntad para juzgar las acciones de los hombres, que quien mata a quien no quiere matar, es inocente de la muerte de aquél, y quien no pudo matar al que intentó matar, téngase como sicario. Pero ¿acaso juzgaremos por lo mismo que son rectas todas las acciones que provienen de una voluntad recta y sincera? Ciertamente se seguiría la mayor confusión de piedad e impiedad.

SENAMO: ¿Acaso os parece que Scévola, que, tras intentar matar al rey Porsenna, mató a su legado, se debe tener como si hubiera matado al rey?

CURCIO: Nadie lo duda.

SENAMO: ¿Quién duda, pues, de que Scévola hubiera merecido el mismo premio si hubiera dado los honores regios de buena fe al legado como si fuera el rey y, por cierto, viéndolo el mismo rey, que si los hubiera tributado al rey mismo? Lo mismo sucede si uno actúa con los legados y mensajeros de Dios de la misma manera como debe con el Creador.

(...)

SALOMÓN: Una cosa es dar premio por lo bien hecho, y otra excusar los pecados cometidos por error. Pues quien da culto a Dios, recibe premio, aunque no porque lo merezca. Pero quien adora al sol se deja guiar por un error justo (si es que puede existir éste) y está en situación de no ser excusado, aunque también merezca premio, porque para con Dios basta el haber querido para que consigas premio, aunque no puedas hacer lo que quieres. Así, pues, Dios, todo bondad, remunera la voluntad y el temor divino; no por ello se dice que haya hecho bien quien da culto a una estatua, porque la piedad de los pueblos no es impiedad para con Dios, como escribe con sabiduría Salomón. Y los ismaelitas, que admiten en la ciudad todas las religiones de todos con diversos templos, no por ello dejan la suya, ni nadie sin impiedad puede hacer uso de religiones discrepantes.

SENAMO: Se dice de Alejandro Severo que era un emperador muy fuerte y religioso. Sin embargo, daba culto a Abraham, a Orfeo, a Hércules, a Cristo en el Lar como a dioses penates y, por cierto, de buena fe, pues todos los escritores le tributaron la mayor alabanza por su integridad. Al ver que judíos, paganos y cristianos no estaban de acuerdo sobre la religión, prefirió abrazar todas las religiones de todos antes que repudiar y despreciar una para no provocar a nadie al desprecio de su religión, y por esta razón unió uno a uno y a todos en la república con plena armonía de piedad y caridad.


Juan Bodino