sábado 5 de diciembre de 2009

El derecho de lo alto




El Trasímaco platónico objeta a Sócrates en La República su actitud idealista, servil en su opinión a las apariencias, e ignorante de la realidad (physis):


lo justo no es otra cosa que lo que conviene al más fuerte.


Éste ha sido el caballo de batalla de los sofistas de todos los tiempos. Ahora bien, el iusnaturalismo suele profesarse en situaciones de inferioridad, más que en mentalidades y pueblos despóticos y expansionistas. Antígona es víctima de las leyes y por ello invoca a los dioses; los profetas claman a Dios porque la sociedad -esto es, la costumbre, la norma positiva- se ha corrompido; Cristo promueve una nueva moral frente a los guardianes de la ley. Las recompensas celestiales, en fin, ofrecen a los débiles lo que los fuertes les han arrebatado injustamente en la tierra.

Así, Aristóteles llama a los bárbaros "esclavos por naturaleza" en la medida en que sirven a hombres y no a leyes ("tal es la condición de todos aquellos en quienes el empleo de las fuerzas corporales es el mejor y único partido que puede sacarse de su ser"). El poder sabe que todo límite supranormativo es un límite a sí mismo, por lo que tiende a evitarlos. En la Edad Media, cuando el Papado viene a encarnar la moral universal e inmutable, los monarcas lo son "por la gracia de Dios" (título de modestia) y se teoriza sobre el regicidio y el tiranicidio como derechos del pueblo. En cambio, en el Imperio romano, donde la moral y la religión son difusas, el emperador es dios, Pontifex Maximus o ambas cosas. La fuerza bruta no necesita ni a la divinidad ni a la justicia. No los necesitaron los mongoles ni los turcos. Tampoco Danton ("no queremos juzgar al Rey, queremos matarlo"), ni el comunismo ni el nazismo, que se contemplaban como necesidades históricas.

Francisco de Vitoria dio a los indios la condición de hombres, mientras que las leyes de Nuremberg se la quitaron a los judíos. Hugo Grocio temía el poder de los españoles tanto como Maquiavelo anhelaba la hegemonía de los Borgia. Francisco Suárez escribe el Defensor fidei porque Jacobo I promulga la Trew Law. Los ejemplos van al infinito. Por otro lado, el nacionalista apela a la autodeterminación, que es un movimiento de la voluntad; el racista se sirve de la biología; el totalitario de la incuestionable autoridad. A todos ellos estorban la razón y el precedente, que no pueden improvisarse. El propio derecho positivo halla fundamento en un mandato de derecho natural, esto es, la “lex praevia, scripta, certa et stricta”.

Por último, el gobierno democrático se opone por principio al gobierno de los mejores. Esto conlleva que "lo mejor" es bajo este régimen una variable cultural en lugar de un fin más o menos estático al que avala el general consenso. La democracia pura es la anarquía. Conviene meditar sobre un producto que sólo es bueno cuando está adulterado.

viernes 4 de diciembre de 2009

El paganismo como un monoteísmo corrupto




Los enemigos del nombre de Cristo creyeron que buena parte del arsenal con el que abastecían sus argumentos contra la religión consistía en la antigüedad de sus dioses y en la muy reciente aparición de la Cristiandad, por lo que emplearon tal argumento con insolencia. Escritores de extraordinaria piedad e instrucción surgieron a su vez, los cuales no sólo utilizaron los comentarios de los griegos para aseverar la antigüedad de la Ley de Moisés, sino que también mostraron que los más añosos dioses de los paganos provenían de un tiempo posterior a Moisés. Tan lejos llevaron el asunto que forzaron a los enemigos de la Cristiandad a confesar una de estas dos cosas: o bien que Moisés fue más viejo que cualquiera de los dioses paganos, o bien que las pruebas empleadas por los griegos eran falsas. Así, sajaron los gaznates de los paganos con su propia espada. En esta materia fue espléndido el trabajo de Justino Mártir, Taciano, Clemente de Alejandría, Atenágoras, Teófilo y otros cuyos escritos nos han llegado. Todos ellos mostraron, mediante el gramático Apión y otros, que Moisés fue contemporáneo de Ínaco, con lo que -por usar las palabras de Tertuliano- el solo archivo de Moisés, que contiene entero el tesoro del sacramento judío, y desde luego también el cristiano, vence a los dioses de los paganos, sus templos y oráculos, y sus ritos, por siglos. Incluso el impío Porfirio dice que Semiramis es posterior a Moisés. Otros dijeron que fue 493 años anterior a Dánao. Pero Dánao fue posterior en algunos siglos a Ínaco, cuyo contemporáneo fue Moisés. Puesto que la antigüedad mayor obtiene su autoridad de las pruebas, y las pruebas no las surtieron los cristianos sino los paganos, al no tener éstos nada con que oponerse a ellas, de ello pareció resultar que se verían obligados a confesar con franqueza, o que el silencio pondría fin a su contumacia. Los esfuerzos de los cristianos triunfaron sin duda, tanto que también en este punto Porfirio admitió la derrota. Pero a Eusebio no le pareció apropiado que los paganos fueran derrotados por sus propias pruebas, salvo que también sucumbieran a las nuestras. Nuestros argumentos -esto es, los de nuestras Escrituras-, una vez computados con diligencia, indican una gran antigüedad en Moisés, mayor que la del más vetusto de los dioses paganos, mas todavía no tanta como para hacer de él un contemporáneo de Ínaco. Así, Eusebio fue el primero en tratar de mostrar que el Éxodo de los judíos sucede más de 340 años más tarde del comienzo de Ínaco. Ésta fue la sola razón, o la principal, por la que Eusebio se dispuso a componer dicha obra. Respecto a aquellos que escribieron sobre este particular antes que él, satisfechos con probar la edad de Moisés con los testimonios propios de los paganos, y por ende con tapar la boca a los contumaces entre ellos, se contentaron con detenerse aquí. Eusebio no quedó satisfecho hasta que pudo apoyar su cronología con el mismo cómputo de Moisés, si bien la propia cronología mosaica hacía a aquél posterior al tiempo de Ínaco. Por consiguiente, Eusebio creyó que ésta era la primera enmienda que debía hacerse en cronología.


San Jerónimo

miércoles 2 de diciembre de 2009

Antijudaísmo mesiánico y poética del holocausto


Copio mi último turno hasta el momento en un debate en otra parte con M. Gozalbo. Soy consciente de que la réplica no se entiende bien por sí misma, por lo que remito a las actas de la discusión.

***

Escalígero,

Por más que bromees y te entretengas en chanzas y cuchufletas, resulta evidente que no sabes distinguir entre historia y teología. Dentro de la historia sagrada hay hechos esenciales para el cristianismo, como la revelación de Moisés en el Monte Sinaí o la formulación de las profecías, y otros por completo prescindibles en su lectura literal. Un texto que en parte dicta Dios conforme a su plan de salvación no puede juzgarse de la misma manera que el relato presencial de un Tucídides, subordinado a lo factual inmediato, o cualquier otra narración profana. Y aun así: ¿Fue Herodoto, el padre de los historiadores, un modelo de exactitud y corrección en las fuentes? Yo seré un teólogo alucinado (pleonasmo para el ateo), pero tú eres un pedante comediante con exigencias fuera de lugar.

La interpretación alegórica no ha ido improvisándose conforme los eruditos de turno enmendaban la plana al saber tradicional, cosa naturalísima en la medida en que no hay saber estático, ni siquiera el saber teológico. Lejos de eso, este método hermenéutico se encuentra ya en los primeros Padres y, antes que ellos, en Filón (cómplice de Auschwitz de rebote), que lo adoptaron por razones teológicas. ¿Qué sentido tiene, entonces, desautorizarlo en base a los descubrimientos históricos, la fijación del día juliano y esas grandes revoluciones tuyas que se remontan al siglo XVI, mil quinientos años más tarde? Ningún sentido. Sólo pretendes aturdir a los ignorantes.

Es el colmo de la grosería intelectual que menciones los tratados contra los judíos como si fueran versiones prematuras del Mein Kampf. De nuevo la indistinción entre teología, ideología e historia, que tan fecunda te resulta. Las eclesiologías dispensacionalistas, trátese de la de Joaquín de Fiore o de las protestantes, son típicamente heréticas por lo menos desde San Agustín, que identifica en su Ciudad de Dios el Reino mesiánico con la Iglesia, contra los quiliastas. Para los cristianos el judaísmo carecía de sentido tras Cristo, como la vaina tras el fruto, y la destrucción del Templo y la diáspora eran justo pago por su pecado colectivo de deicidio. “Hijos del diablo” es una calificación teológica, una vez más, y equivale a mentirosos. Hasta aquí lo teológico.

Respecto a la historia, los judíos fueron marginados por su fe dispar, no menos que los protestantes en tierras católicas o los católicos en tierras protestantes. Hasta Westfalia así se concebía la soberanía, como una fidelidad cuasi religiosa y totalizante, ya que incluso el poder mundano procedía de lo alto (sana doctrina, si se entendiese con caridad). El particular ensañamiento con el pueblo hebreo, que considero vergonzoso, se debe a su condición doble de infiel y apátrida, no a un siroco del legislador cristiano, embebido de alegorías y visiones proféticas para preparar el reino de los mil años y eliminar la cizaña. Fue una aberración política -una más de entre todas las que caben en veinte siglos-, no una aberración teológica determinada por la ortodoxia, ya que de ser así se habría plasmado antes, y con tanta mayor virulencia cuando la fe en la parusía era general, o al renacer ésta en los últimos estertores del Imperio. Nada de esto sucedió. Por el contrario, aflora muchas decenas de generaciones más tarde y de forma localizada. “Ex post” pudo justificarse teológicamente, si bien no de un modo pacífico en lo doctrinal, como he mostrado ya.

lunes 30 de noviembre de 2009

El paganismo cristiano -y III




¡Oh amigos! No conviene que sean únicamente uno o dos quienes conozcan los vaticinios que me reveló Circe, la divina entre las diosas; y os los voy a referir para que, sabedores de ellos, o muramos o nos salvemos, librándonos de la muerte y de la Moira. Nos ordena lo primero rehuir la voz de las divinales sirenas y el florido prado en que éstas moran. Manifestóme que tan solo yo debo oírlas; pero atadme con fuertes lazos, de pie y arrimado a la parte inferior del mástil -para que me esté allí sin moverme-, y las sogas láguense al mismo. Y en el caso de que os ruegue o mande que me soltéis, atadme con mas lazos todavía.

(...)

Hicimos andar la nave muy rápidamente. Y, al hallarnos tan cerca de la orilla que allá pudieran llegar nuestras voces, no se les encubrió a las sirenas que la ligera embarcación navegaba a poca distancia y empezaron un sonoro canto:

¡Ea, célebre Odiseo, gloria insigne de los aqueos! Acércate y detén la nave para que oigas nuestra voz. Nadie ha pasado en su negro bajel sin que oyera la suave voz que fluye de nuestra boca; sino que se van todos después de recrearse con ella, sabiendo más que antes; pues sabemos cuántas fatigas padecieron en la vasta Troya argivos y teucros, por la voluntad de los dioses, y conocemos también todo cuanto ocurre en la fértil tierra.

Esto dijeron con su hermosa voz. Sintióse mi corazón con ganas de oírlas, y moví las cejas, mandando a los compañeros que me desatasen; pero todos se inclinaron y se pusieron a remar. Y, levantándose al punto Perimedes y Euríloco, atáronme con nuevos lazos, que me sujetaban más reciamente. Cuando dejamos atrás las sirenas y ni su voz ni su canto se oían ya, quitáronse mis fieles compañeros la cera con que había yo tapado sus oídos y me soltaron las ligaduras.


Homero

***




Pero el demonio, que odia y envidia lo bueno, no podía ver tal resolución en un hombre joven, sino que se puso a emplear sus viejas tácticas contra él. Primero trató de hacerlo desertar de la vida ascética recordándole su propiedad, el cuidado de su hermana, los apegos de su parentela, el amor al dinero, el amor a la gloria, los innumerables placeres de la mesa y de todas las cosas agradables de la vida. Finalmente le hizo presente la austeridad de todo lo que va junto con esta virtud, despertó en su mente toda una nube de argumentos, tratando de hacerlo abandonar su firme propósito.

El enemigo vio, sin embargo, que era impotente ante la determinación de Antonio, y que más bien era él que estaba siendo vencido por la firmeza del hombre, derrotado por su sólida fe y su constante oración. Puso entonces toda su confianza en las armas que están "en los músculos de su vientre" (Job 40,16). Jactándose de ellas, pues son su artimaña preferida contra los jóvenes, atacó al joven molestándolo de noche y hostigándolo de día, de tal modo que hasta los que lo veían a Antonio podían darse cuenta de la lucha que se libraba entre los dos. El enemigo quería sugerirle pensamientos inmundos, pero él los disipaba con sus oraciones; trataba de incitarlo al placer, pero Antonio, sintiendo vergüenza, ceñía su cuerpo con su fe, con sus oraciones y su ayuno. El perverso demonio entonces se atrevió a disfrazarse de mujer y hacerse pasar por ella en todas sus formas posibles durante la noche, sólo para engañar a Antonio. Pero él llenó sus pensamientos de Cristo, reflexionó sobre la nobleza del alma creada por El, y sobre la espiritualidad, y así apagó el carbón ardiente de la tentación. Y cuando de nuevo el enemigo le sugirió el encanto seductor del placer, Antonio, enfadado, con razón, y apesadumbrado, mantuvo sus propósitos con la amenaza del fuego y del tormento de los gusanos (Js 16,21; Sir 7,19; Is 66,24; Mc 9,48). Sosteniendo esto en alto como escudo, pasó a través de todo sin ser doblegado.


Vida de San Antonio Abad

Purcell, Orpheus Britannicus




El paganismo cristiano-II




Pintan a Hércules desnudo o vestido una sola piel, con una maza en la mano derecha y tres manzanas de oro en la izquierda.

Fue tenido por la excelencia de sus virtudes en vida como héroe, y después de muerto, como dios, y en tanta veneración, que juraban por él para ser creídos, diciendo: "Hercle, Hercules." "Me Hercule. Me Hercules." Que son adverbios de jurar, que quiere decir: Por Hércules, que es verdad.

Decir que Iúpiter para engendrar a Hércules tomó forma de Amphitrión es porque el hombre es para engendrar como instrumento; empero la voluntad divina, entendida por Iúpiter, y la fuerza de las estrellas, como causa segunda, son como instrumento para procrear varones claros.

Ser Hércules hijo de Iúpiter y de Alcmena no es otra cosa sino la bondad y fortaleza y excelencia de las fuerzas del ánima y del cuerpo, que alanza y desbarata la batalla de todos los vicios del ánima, como se da a entender por sus nombres, porque primero fue llamado Alcides, de alce en griego, que significa fuerza; luego Hércules, que quiere decir fortaleza y prudencia, y la razón que está en el hombre, y constancia, sin la divina bondad, y sin buen subjeto de ánimo no acontece.

Algunos dicen que la fortaleza de Hércules fue del ánimo y no del cuerpo, con la cual venció todos aquellos apetitos desordenados, los cuales siendo rebeldes a la razón, como ferocísimos monstruos turban al hombre de contino, y le molestan y fatigan. Escribe a este propósito Suidas que por demostrar los antiguos que Hércules fue grande amador de la virtud le pusieron vestido de una piel de león; y por significar la grandeza y generosidad del ánimo, la maza en la mano derecha, que denota el deseo de la prudencia y del saber, por lo cual fingieron la fábula que amansó el fiero dragón y sacó las tres pomas de oro que guardaba, porque sobrepujó el apetito sensual, en lo cual libró las tres potencias del ánima, ornándolas de virtud y de justas y honestas obras. O las tres manzanas son la virtud y la fama en esta vida y la inmortalidad de la gloria en la otra, o denotan tres virtudes que Hércules tuvo. La primera, nunca enojarse; la segunda, no ser avaro; la tercera, ser enemigo de regalos. Éstas son las tres manzanas excelentes de oro finísimo de inestimable valor y admirable hermosura; mas hay un dragón que trabaja por no dejar a ninguno cogerlas, y ésta es la tentación de la engañosa blandura y pestífera vanidad con que el demonio trabaja de engañarnos para impedirnos el llegar a estas tres cosas, significadas por las tres manzanas de oro; píntanle desnudo, para denotar su virtud, porque la virtud la pintan desnuda, sin ningún cuidado de riquezas.

Macrobio quiere entender que Hércules sea el Sol y que las doce hazañas más celebradas suyas sean los doce signos del Zodíaco, sobrepujados del Sol, pasando por ellos en un año. Otros quisieron que por Hércules se entienda el tiempo, el cual vence y doma y consume todas las cosas. Coronábanlo con ramos de olmo blanco, y a esta corona la llamaban los poetas Hercúlea Fronde, y denotaban por las dos colores que tienen las hojas deste árbol dos partes del tiempo: el uno, blanco, que denota el día; y el otro obscuro, que denota la noche. Y fingen ser la causa destas dos colores destas dos hojas, que cuando Hércules descendió al infierno a sacar el Cancerbero se rodeó la cabeza con hojas deste árbol, y que por la parte que les daba el humo infernal en las hojas quedaron pardas o escuras, y la parte que tocaba a la cabeza de Hércules quedaron blancas. El descender Hércules al infierno denota el poner del Sol. El perseguir Iuno a Hércules denota que en naturaleza todo es contrariedad, o que los buenos siempre son atribulados y perseguidos.

(...)

Andando Hércules por diversas partes del mundo, vino a tierra de Libia, donde moraba Antheo, hijo de la Tierra, nacido sin padre; era gran luchador, que con cuantos probaba sus fuerzas derribaba; y tenía tal propiedad que si caía alguna vez o se dejaba de industria caer en la tierra se levantaba con dos tanta fuerza, y así al fin no podía quedar vencido; y a los que vencía, tomaba él, como era Gigante, y bajaba los grandes árboles, y poníalos allí, y luego dejaba el árbol, y lanzábalos muy lejos. Con éste quiso Hércules probarse; y venidos a la lucha, como Hércules fuese más valiente, derribábalo en tierra, y el Antheo luego más fuerte que primero se levantaba, porque la Tierra su madre le daba nuevas y dobladas fuerzas, lo cual tantas veces hizo que ya Hércules enflaquecía, y sintió que no podía mucho sufrirlo, y advirtiendo el engaño de Antheo, en que fuerzas de la tierra recobraba, levantólo en alto de tierra y tanto así en el aire lo apretó con los brazos que lo mató; y éste fue el vencimiento de la lucha y uno de los trabajos o hazañas de Hércules.

(...)

Hércules significa el varón virtuoso que desea vencer el deseo de su carne, con quien tiene gran combate y lucha de ordinario. La cobdicia o deseo carnal se dice ser hija de la tierra, entendida por Antheo, porque esta cobdicia no nace del espíritu, sino de la carne, como dice el Apóstol, y cuando el varón virtuoso, que es Hércules, pelea con el deseo carnal, véncelo algunas veces, mas como Antheo, cayendo en tierra, recobraba fuerzas, así la carnal cobdicia ya mortificada o pacificada, una vez se suele levantar más recia con la ocasión; y así para que Hércules venza a Antheo es necesario apartarle de su tierra. Quiere decir, apartar ocasiones y conversaciones, y viandas cálidas, y del vino, y camas regaladas, y otras muchas cosas que incitan a lujuria.


Juan Pérez de Moya

domingo 29 de noviembre de 2009

El paganismo cristiano-I




Hay que compartir, pues, los bienes con todos los hombres, pero con los buenos de forma más liberal, y con los faltos de recursos y los pobres lo que baste para su necesidad; yo afirmaría incluso, aunque diga una paradoja, que sería santo hacer partícipes de vestidos y alimentos también a los enemigos, porque damos al ser humano y no a un carácter determinado.

(...)

El que quiere sacrificar a Zeus hospitalario, ¿cómo va a su templo, con qué conciencia, si se olvida de que

"en efecto, de Zeus son todos los mendigos y extranjeros, ración pequeña, pero querida" (Od. XIV, 57)?

¿Cómo el que venera al Zeus de la Camaradería, viendo a sus vecinos necesitados de dinero y sin hacerles partícipes siquiera de una dracma, cree que venera rectamente a Zeus?

(...)

Porque todo hombre es para el hombre, quiera o no quiera, un familiar, ya sea, como dicen algunos, porque todos venimos de un solo hombre y una sola mujer, ya sea que de cualquier otra forma nos hayan colocado los dioses a un tiempo junto con el mundo desde el origen, no a un solo hombre y a una sola mujer, sino a muchos hombres y mujeres a un tiempo. (...)

(...)

Partiendo cada uno de nosotros de tales costumbres y disposiciones, la piedad hacia los dioses, la bondad hacia los hombres, la pureza del cuerpo, cúmplanse los actos de piedad intentando siempre pensar piadosamente acerca de los dioses y mirando sus templos e imágenes con cierta consideración y santidad, venerándolos como si viese a los dioses presentes.

(...)

Conviene adorar no sólo las imágenes de los dioses, sino también sus templos, recintos y altares. Es lógico también honrar a los sacerdotes, como ministros y servidores de los dioses, que cumplen para nosotros los oficios de los dioses ayudando a la dosis de bienes que los dioses nos otorgan, pues sacrifican y suplican en nombre de todos. Es justo, pues, retribuir a todos ellos honores no menores, si es que no mayores, que los magistrados civiles.

(...)

Debemos comenzar por la piedad hacia los dioses. Así, conviene que oficiemos a los dioses en la idea de que están presentes y nos ven sin ser vistos por nosotros y de que extienden su vista, más poderosa que cualquier resplandor, hasta nuestros más ocultos pensamientos.

(...)

En todo caso, ¿no levantará también nuestras almas de las tinieblas y del Tártaro si nos acercamos a él con piedad? Porque también conoce a los que están encerrados en el Tártaro, pues ni siquiera eso cae fuera del poder de los dioses, y promete a los piadosos el Olimpo en lugar del Tártaro. Por ello, es preciso atenerse sobre todo a las obras de la piedad, acercándonos a los dioses con veneración, sin decir ni oír nada vergonzoso.

Es preciso que los sacerdotes estén limpios no sólo de obras impuras y de impúdicas acciones, sino también de decir o escuchar palabras semejantes. Debemos rechazar en consecuencia todas las bromas pesadas, toda conversación impúdica. Y para que puedas saber lo que quiero decir, que cualquier persona dedicada al sacerdocio no lea ni a Arquíloco, ni a Hiponacte, ni a ningún otro de los escritores semejantes. Declínese también todo aquello de la antigua comedia, que es del mismo género, y mejor, toda ella. La filosofía es lo único que puede convenirnos (...), los que ponen al frente de su educación a los dioses como guías, como Pitágoras, Platón, Aristóteles y los de la escuela de Crisipo y Zenón. No hay que prestar atención ni a todos ni a las doctrinas de todos, sino sólo a aquéllos y a aquellas doctrinas creadoras de piedad y que sobre los dioses enseñan, en primer lugar, que existen y, después, que atienden con su providencia los asuntos de aquí (...).

Nos convendría leer obras de historia, cuantas fueron escritas sobre hechos reales, pero aquellas que son ficciones narradas en forma de historia por los antiguos debemos rechazarlas, como las de temática erótica y, en una palabra, todas las semejantes. Pues de la misma manera que no todo camino se adapta a los consagrados al sacerdocio, sino que también hay que clasificarlos, así tampoco cualquier lectura conviene al consagrado al sacerdocio, porque los discursos producen en el alma una cierta disposición y poco a poco despiertan las pasiones y luego, de repente, encienden una llama terrible de la que pienso que es necesario mantenerse a distancia. No se permita la entrada ni a los tratados de Epicuro ni a los de Pirrón, aunque ya los dioses, obrando rectamente, los han destruido hasta el punto de que faltan la mayoría de sus libros (...).

Hay que aprender de memoria los himnos de los dioses: hay muchos bellamente compuestos por los antiguos y por los modernos, pero al menos hay que intentar saber los que se cantan en los templos, pues la mayoría fueron dados por los propios dioses al recibir nuestras súplicas, mientras que unos pocos fueron compuestos también por los hombres, imaginados en honor de los dioses por un espíritu inspirado por la divinidad y un alma inaccesible al mal.

Esto es lo que debe hacerse, y hay que orar a menudo a los dioses en privado y en público, mejor tres veces al día, pero si no, en todo caso, por la mañana y por la tarde, pues no es lógico que el sacerdote pase el día o la noche sin sacrificar.

(...)

Creo que es necesario que el sacerdote... permanezca todos esos días [de purificación] filosofando en los templos, y que ni vaya a su casa, ni al ágora, ni vea a un magistrado excepto en los templos, que se ocupe del servicio a la divinidad supervisando y ordenando personalmente todo y, cuando se hayan cumplido los días, ceda luego a otro el servicio. (...)

(...)

Que ninguno de los sacerdotes, de ninguna manera, asista a esos espectáculos indecentes ni los introduzca en su propia casa: no es en absoluto inconveniente. Si hubiera sido capaz de desterrar absolutamente de los teatros esos espectáculos, de forma que se le devolviesen a Dionisio purificados, lo hubiera intentado con todas mis fuerzas, pero creo que esto no es hoy posible y, por otra parte, aunque pareciese posible, no sería conveniente, por lo que me aparté totalmente de esta ambición; pero los sacerdotes deben apartarse y dejar al pueblo la indecencia de los teatros. Ningún sacerdote, pues, penetre en un teatro ni se haga amigo de un hombre de teatro, ni de un conductor de carros, y que ni un bailarín ni un actor de mimos se acerque a su puerta. Sólo les permito que quien quiera asista a los juegos sagrados, cuya participación está prohibida a las mujeres no sólo en la competición, sino también en el espectáculo. (...)


Juliano el Apóstata

jueves 26 de noviembre de 2009

Felix mutatio




El cristianismo fue la vanguardia monoteísta que reformó el paganismo, despojándolo de su corrupta exterioridad poética y de su vinculación al poder político. No supuso una total desnaturalización del sustrato grecolatino, sino su purificación de toda suerte de supersticiones y su emancipación de la tiranía sacerdotal. Concebida la Iglesia como pueblo elegido, en vez de como casta de religiosos, destruye el poder omnímodo de éstos. El misterio impenetrable de los arúspices se objetiva en el texto inteligible, la revelación cerrada. En contrapartida, una tal liberación genera disensiones, proliferando como nunca hasta aquel momento los herejes, esto es, los que se apartan de la comunidad por su particular comprensión de lo revelado. Ahora bien, quienes contemplan la persecución de la herejía como una facultad despótica desconocida por aquel pueblo ignoran que sólo puede emerger lo herético donde existe la posibilidad de cuestionamiento de la tradición. Al carecer la Antigüedad clásica de ortodoxia, no había apenas límites a la fe y los supuestos de impiedad eran escasos y tasados. Pero tampoco se daba una auténtica elección en consciencia. Del mismo modo en que los esclavos no se someten a la ley, que rige para los hombres libres, sino que son dichos hombres quienes los someten a ellos según su voluntad, estaban a salvo los paganos de censura por su conducta religiosa, pero debían obediencia ciega a innúmeros maestros de la religión. Los cuales, a su vez, prescindían de la razón y daban rienda suelta a crueles arbitrariedades, al haberse divorciado el logos de los mitos y supercherías en que creía la plebe.

No hay, fuera de esto, fuera de la libertad, novedad esencial en el cristianismo ni término fundamental de esta creencia que los paganos no conocieran y aceptaran ya de un modo u otro.

1. La noción de Dios todopoderoso está en Homero. Zeus en la Ilíada sostiene la cadena áurea que atraviesa el universo:


Y si queréis, haced esta prueba, oh dioses, para que os convenzáis. Suspended del cielo áurea cadena, asíos todos, dioses y diosas, de la misma, y no os será posible arrastrar del cielo a la tierra a Zeus, árbitro supremo, por mucho que os fatiguéis. Mas si yo me resolviese a tirar de aquella, os levantaría con la tierra y el mar; ataría un cabo de la cadena en la cumbre del Olimpo y todo quedaría en el aire. Tan superior soy a los dioses y a los hombres.


2. Existen, además, conexiones entre el mito hesiódico de Perséfone y el relato de Adán y Eva: la caída en lo femenino, la subordinación de la fuerza a la materia, la maldición de la tierra y el advenimiento de la muerte. Lo que prueba que al menos aquél proviene de una tradición muy anterior.

3. Por otro lado, filósofos de todas las épocas, sin contarse entre los escépticos, rechazan el craso antropomorfismo teológico y se burlan de las creencias populares: Jenófanes, Heráclito, Parménides, Sócrates, Epicuro y Evémero.

4. La doctrina platónica, continuadora de la pitagórica, introduce la consideración ontológica de la verdad (como ser y no sólo como saber), la creación racional del mundo, la inmortalidad del alma, la superioridad de la virtud respecto al placer, la encarnación del espíritu (el descenso de las almas a los cuerpos en el Fedro) e incluso vestigios de la Trinidad y el pecado original. La relación entre Dios y sus criaturas es, como en el Génesis, de semejanza relativa, según leemos en el Timeo:

Digamos ahora por qué causa el Hacedor hizo el devenir y este universo. Es bueno y el bueno nunca anida ninguna mezquindad acerca de nada. Al carecer de ésta, quería que todo llegara a ser lo más semejante posible a él mismo.


5. La resurrección de los muertos figura en los mitos de Esculapio, Alceste y Orfeo, por lo que no es cierto que los griegos la tuvieran por imposible, como alguien ha querido deducir del discurso de Pablo en el Areópago.

6. El infierno aparece vivamente retratado en la Eneida de Virgilio, no sólo como un Hades sombrío, última morada del olvido y la disolución, sino como un lugar de males eternos:

En el mismo vestíbulo y en las primeras gargantas del Orco tienen sus guaridas el Dolor y los vengadores Afanes; allí moran también las pálidas Enfermedades, y la triste Vejez, y el Miedo, y el Hambre, mala consejera, y la horrible Pobreza, figuras espantosas de ver, y la Muerte, y su hermano el Sueño, y el Trabajo, los malos Goces del alma. Vense en el fondo del zaguán la mortífera Guerra, los férreos Tálamos de las Euménides y la insensata Discordia, ceñida de sangrientas ínfulas la serpentina cabellera.


7. El derecho romano contempla desde Augusto la figura del Pontifex Maximus, cuya potestad ordenatoria presupone una cierta unidad doctrinal, aunque vaga y sincrética.

8. La unión entre religión y ética, y por tanto las ideas de derecho natural, Providencia y salvación se imponen progresivamente por influencia del platonismo medio, el neoplatonismo y el estoicismo: Plutarco, Máximo de Tiro, Séneca, Filón de Alejandría, el Corpus Hermeticum, los Oráculos Caldeos, Plotino, etc.

9. Los mismos emperadores paganos adoptan cultos monoteístas: Marco Aurelio, Juliano. Se abandona al fin la literalidad de los mitos, ya meros envoltorios de una realidad más profunda y una moral más alta.

Por tanto, no vino Cristo a atosigar las almas con doctrinas bárbaras, mas las desembarazó de sus ataduras a los hombres y, desbrozándolas de sus errores, sujetólas a Dios solo (Mt. 11:30):


Porque mi yugo es suave y mi carga ligera.


Cimentó la autoridad en el amor antes que en la obediencia (Mt. 10:35):

Porque he venido para enfrentar al hombre contra su padre, a la hija contra su madre, y a la nuera contra su suegra.


Y rechazó la compulsión sobre los increyentes (Jn. 8:32):

Si vosotros permaneciereis en mi palabra, seréis verdaderamente mis discípulos; conoceréis la verdad, y la verdad os hará libres.

miércoles 25 de noviembre de 2009

La verdad o el contagio de la religión




S'il était facile de renverser l'idolâtrie, porquoi tous ces philosophes, que la Grèce a nourris dans son sein pendant tant de siècles, et qui étaient dans une si haute considération parmi leurs concitoyens, n'ont-ils jamais tenté de le faire? D'où vient qu'au contraire, ils ont lâchement encensé avec le peuple ces dieux qu'ils méprisaient dans leur coeur? Pourquoi Socrate, que l'oracle de Delphes avait declaré le plus sage des hommes, fut-il puni de mort pour avoir dit quelques mots contre les divinités d'Athènes, quoiqu'il les eût publiquement honorées pendant tout le cours de sa vie?

(...)

Si les hommes étaient lassés des chimères et des extravagances de l'idolâtrie, ils devaient applaudir aux apôtres et à leurs disciples; il n'en a pas été ainsi. On s'est déchaîné universellement contre eux; on les a regardés comme des impies; on les a persécutés pendant trois cents ans avec fureur; et leur attentat a paru si attroce, qu'on a inventé des nouveaux supplices pour les punir.

Dans l'établissement du christianisme, il ne s'agissait pas seulement de montrer le ridicule de l'idolâtrie, et de faire adorer un seul Dieu; mais il fallait faire adorer un homme crucifié, persuader une doctrine incomprehensible, faire pratiquer une morale révoltante, déraciner des habitudes vicieuses, non-seulement inveterés dans l'homme, mais aussi anciennes, pour ainsi dire, que les nations mêmes; il fallait changer tout l'homme, il fallait changer tous les hommes. Si l'on trouve cela aisé, que l'on me dise ce qui peut être difficile.

Selon nos adversaires, on a engagé les hommes à faire les sacrifices que le christianisme demandait d'eux, par la trompeuse espérance d'une felicité éternelle après leur mort. Ne voit-on pas tous les jours, disent-ils, des marchands exposer les biens dont ils jouissent, et essuyer des travaux sans nombre, pour courir, a travers mille hasards et mille dangers, à une fortune incertaine?

Il est vrai; mais l'esperance des commerçants est appuyée sur les succès de ceux qui les ont précedés dans ce même dessein, succès dont ils sont les témoins, succès qu'ils envient; et les hommes ne voient point ces couronnes immortelles que les chrétiens achetaient par tant de supplices. D'ailleurs la religion païenne promettait aussi après la mort, dans les Champs Elysées, un bonheur éternel, formé par la réunion de tous les plaisirs dont on avait fait sa félicité pendant la vie; elle promettait ce bonheur aux gens de bien; et, selon ses maximes, il en coûtat très-peu pour l'être. Le christianisme ne faisait espérer qu'un bonheur tout spirituel, et il exigeait pour cela les plus grands sacrifices. Promesse pour promesse, le bonheur que proposait le paganisme était bien plus propre à se faire désirer des hommes dont il était connu, qu'une felicité spirituelle qu'ils ne pouvaient se figurer. Promesse pour promesse, il était bien plus naturel de choisir celle qui coûtait peu, que celle qui coûtait tout. Que nos adversaires nous donnent, s'ils le peuvent, le dénoûment du choix incompréhensible des chrétiens.

(...)

Sous le règne de Lysimachus, les habitants de la ville d'Abdère furent tourmentés d'une fièvre chaude très-violente, qui finissait le septième jour par une perte de sang o une sueur. Ce qu'il y avait de singulier dans cette maladie, c'est que tous ceux qui en étaient atteints déclamaient avec véhémence des tragédies, et particulièrement l'Andromède d'Euripide. Toute la ville était pleine de ces acteurs d'une semaine, qui tous, pâles et décharnés, s'écriaient à haute voix: O Amour, tyran des dieux et des hommes! et continuaient ce qui suit dans le rôle de Persée. Cela dura jusqu'à la venue de l'hiver, dont le grand froid fit cesser cette maladie. Elle venait, à ce que croit Lucien, de qui nous tenons cette histoire, de ce qu'Archélaus, acteur très célèbre, avait représenté, au milieu d'un été fort chaud, cette tragédie d'Euripide d'una manière si véhémente, que plusieurs sortirent du théâtre avec la fièvre, et tout hors d'eux-mêmes se mirent à déclamer la tragédie dont ils venaient d'être les spectateurs.

(...)

Ne pourrait-on pas, diront nos adversaires, se servir de ce dénoûment pour expliquer le progrès de l'Evangile? Les apôtres ayant l'imagination échauffée des prodiges qu'ils croyaient avoir vu faire à leur maître, les auront racontés avec enthousiasme, et auront ainsi communiqué leurs sentiments à des cerveaux faibles, qui les ont transmis à d'autres par la même voie; ainsi le christianisme ne serait qu'un fanatisme ou une manie contagieuse, qui se serait étendue de proche en proche, et perpetuée d'âge en âge.

Accordons qu'il est des maladies épidémiques sur les esprits comme sur les corps: pourra-t-on nous montrer dans l'histoire quelque peste qui ait constamment ravagé l'univers pendant trois cents ans, et qui n'ait pas encore été éteinte après dix-sept siècles. La manie des Abdéritains, qui ne sortit point de l'enceinte de leur ville, et que l'hiver suivant fit cesser, peut-elle établir la possibilité d'une frénésie universelle, qui dure depuis si longtemps? (...) Les païens n'ont pas regardé les chrétiens comme des fous; ils tâchaient, à force de tortures, de leur faire abandonner leur religion. Punit-on les insensés? on les plaint. Cherche-t-on par la violence des tourments à leur faire quitter leur manie? en sont-ils les mâitres? Ajoutons que les ont reconnu la régularité des moeurs des chrétiens: bien plus, ils se sont proposé leur conduite pour modèle. Voilà ceux que nos adversaires voudraient nous donner pour des insensés.

On n'oserait supposer assez d'ignorance dans nos adversaires pour leur faire opposer les progrès du mahométisme à celui du christianisme; car chacun sait que la première de ces religions s'est répandue par les armes, et qu'elle ne doit ses succès qu'aux victoires de Mahomet et des califes ses successeurs.


Jean-Baptiste Bullet

lunes 23 de noviembre de 2009

Naturaleza de las persecuciones antipaganas




En el Bajo Imperio los obispos cedieron al poder temporal para ver afianzados sus privilegios. Todos los Padres, de San Agustín a San Isidoro, se lamentan por lo mismo: tras transformarse el cristianismo en una religión de masas, la Iglesia se ha corrompido y está llena de cizaña, de falsos fieles con la sola voluntad de medrar. No es aventurado pensar que si Roma no hubiera caído, su evolución natural la habría conducido al césaro-papismo y al despotismo de tipo asiático, no a la anarquía alejandrina con reminiscencias jomeinianas que algunos se ven en la necesidad de inventar y convertir en paradigma, expresándose en el lenguaje histérico y falsario que su indocto público mejor comprende.

Hubo dos motivos principales para perseguir eventualmente a los paganos: excluirlos de las elites gobernantes (desde Teodosio) y lo que podríamos llamar razón de Estado, por identificarse la obediencia a la autoridad política con determinada fidelidad religiosa (Justiniano y su obsesión antipersa). Ninguno de ellos proviene de una exigencia eclesiástica. En especial si por persecución entendemos asesinato y conversión forzosa, no las políticas generales de prohibición de las prácticas adivinatorias, sacrificios y similares. Así, por ejemplo, Joviano, Valentiniano y Valente fueron muy tolerantes, mientras que Graciano, bajo la influencia de San Ambrosio, tuvo que enfrentarse a la elite pagana y al usurpador Máximo por la cuestión del altar de la Victoria, lo que prueba sobradamente que la cuestión no era sólo religiosa, sino política y de primer orden.

La destrucción de templos y su sustitución por iglesias fue una práctica generalizada, no así la conversión forzosa de gentiles. Todo indica en Sócrates Escolástico y otros historiadores que el bautismo era voluntario y no se concedía fácilmente, sino tras instrucción y ayunos. Por otro lado, el paganismo ya agonizaba en tiempos del emperador Juliano, pese a sus muchos esfuerzos por restaurarlo. La eliminación de sus símbolos por parte del cristianismo condujo a su total desprestigio, pues para el pueblo idólatra era difícilmente concebible que el dios que moraba en la estatua o templo no se vengara de los ofensores (los neoplatónicos, que intentaron refinar estas creencias crasas, llegaron tarde y tuvieron escaso predicamento). La prohibición de la magia y del sacrificio público hicieron el resto.

Niego, pues, que haya conexión ideológica o dogmática entre la destrucción de templos, que fue exhaustiva y a instancias de la religión cristiana, y la eliminación de los paganos, selectiva y perpetrada en interés del poder temporal de los emperadores, no siempre con la misma intensidad. Ahora bien, puesto que el paralelismo que Ágora, Piñero y otros productos de la propaganda establecen es entre la persecución de cristianos antes de Constantino y la de paganos en torno a Teodosio, como si ésta fuera una revancha sectaria por aquélla, digo que se equivocan o que gustan de engañarse a sí mismos.

Antes del 313 bastaba con una denuncia anónima para procesar a un cristiano, que irremediablemente moría si no injuriaba a Cristo y quemaba incienso en honor de los dioses. Las pesquisas y presiones en esta clase de interrogatorios violaban a menudo el derecho procesal romano y condenaban un crimen inexistente, pues se ofrecía la absolución al apóstata. Nada de esto sucede con los paganos perseguidos. No hay un "rescripto de Teodosio" en términos equiparables al de Trajano. Teodosio II se expresaba así mediante una de sus leyes sobre la unidad religiosa del Imperio:


Si ni los mil terrores ya promulgados en las leyes ni la pena de exilio pronunciada contra ellos disuaden a estos hombres, si no pueden reformarse, al menos deberían abstenerse de su misa criminal y de la multitud de sus sacrificios.


Esto implica que por aquel entonces todavía se celebraban a la vista de todos ritos teóricamente prohibidos, situación que se asemeja bastante poco a la de unas catacumbas ("pero su loca audacia transgrede nuestra voluntad continuamente", se queja el legislador). Por tanto, se les da a esos hombres la posibilidad de ser paganos, con tal de que no causen escándalo público. Obsérvese el contraste: El cristiano simplemente no tenía derecho a existir como tal, ya que era acusado de "odio al género humano" y desafección hacia el emperador. Podía ser denunciado por cualquiera y en cualquier momento, y ni siquiera las garantías formales ordinarias regían para él. Salvo que se convirtiese a la fe sincrética oficial, perecería sin lugar a dudas.

Es muy poco probable que el paganismo hubiera mantenido su influencia hasta tan tarde en las altas esferas de la política romana de aplicarse contra la idolatría una suerte de venganza cainita, o si se pudiese hablar de una agenda para borrar de la faz de la tierra a sus seguidores, como existió en el lado anticristiano de la Historia. Se censuró el culto y sus signos externos, por ser incompatibles con la nueva religión y reputarse supersticiosos y dañinos (esto último con excelente criterio en mi opinión). Es cierto que se promovieron eventualmente en algunos lugares y de manera crepuscular conversiones masivas de dudosa sinceridad -y constan en alguna Crónica porque son excepcionales-, si bien respondían a desórdenes de tipo puntual o a intereses políticos fácilmente detectables y que van más allá del mero celo religioso y el odio programático.

domingo 22 de noviembre de 2009

Patrullas de la fe




Antonio Piñero, con la erudición a la que nos tiene acostumbrados, escribe en su blog:


La existencia de “patrullas de la fe” a principios del siglo V en Alejandría -en defensa de la fe cristiana y para hostigamiento de paganos que aún no se habían convertido- eran cosa corriente en la ciudad desde el momento en el que el cristianismo fue de facto declarado religión oficial del Imperio en el 380 por Teodosio I en su famoso decreto en el se prohibían además los sacrificios paganos. E incluso existían antes; el decreto de Teodosio I hizo que tales patrullas cobraran fuerza. Los miembros de tales grupos se reclutaban entre cristianos fanáticos coptos (indígenas egipcios cristianos) y sobre todo entre los monjes, poco helenizados. No dudaría en compararlas con las patrullas de “guardianes de la revolución (de la fe islámica)” que circulan hoy por Irán.


Párrafo que requiere el aval de las fuentes para alcanzar alguna credibilidad. ¿Durante cuánto tiempo y en cuántos lugares del Imperio existió una policía de estas características? Sócrates escribe en la Historia Eclesiástica:

Algunos monjes que habitaban las montañas de Nitria, de muy fiera disposición, y a los cuales Teófilo algún tiempo antes armó injustamente contra Dioscoro y sus hermanos, transportados de nuevo por un celo ardiente, resolvieron luchar en nombre de Cirilo. Unos quinientos de ellos, pues, abandonando sus monasterios, llegaron a la ciudad.


Que quinientos monjes pudieran ser policía suficiente para una ciudad que rondaba, según creo, el medio millón de habitantes se me antoja bastante improbable, por fieros que resultasen. La intepretación correcta es que vinieron a ser una especie de guardia personal de Cirilo en un momento de tensión y abusos contra los cristianos.

Capítulos antes Sócrates explica cuáles fueron los antecedentes de este nuevo empleo de la violencia por parte de los monjes:

Habiéndose generado tal división, ambas facciones se acusaron de impías mutuamente. Y algunas, prestando oídos a Teófilo, llamaron a sus hermanos "origenistas" e "impíos" y los otros calificaron de "antropomorfitas" a los convencidos por Teófilo. A resultas de esto surgieron altercados violentos y una guerra inextinguible entre los monjes. Teófilo, al tener indicios del éxito de su estratagema, fue a Nitria donde se encuentran los monasterios, acompañado por una mutitud de personas, y armó a los monjes contra Dioscoro y sus hermanos, quienes viéndose en peligro de perder sus vidas escaparon con gran dificultad.


Es decir, los monjes actuaron en el desierto contra Dioscoro y los suyos, también monjes, en una situación excepcional. Por tanto, estaban muy lejos de ser una policía urbana permanente.

Por si hubiera alguna duda, sobre Nitria escribe el autor anónimo de la Historia Monachorum Aegypto:

Luego llegamos a Nitria, el más conocido de los monasterios de Egipto, a unas cuarenta millas de Alejandría. Toma su nombre de la ciudad próxima en la que se obtiene el nitro... En este lugar hay unas cincuenta moradas, o no muchas menos, situadas cerca y bajo un mismo padre. En algunas de ellas muchos viven juntos, en otras unos pocos y en algunas hay hermanos que viven solos.


Hablamos, pues, de un lugar desértico y prácticamente deshabitado a 60 kilómetros de Alejandría. Nada parecido a la gran urbe a la que los ascetas de Nitria acudieron en tiempos de Cirilo, no para luchar contra los paganos (que existían desde siempre), sino para apoyar a aquél frente a los judíos y el prefecto Orestes.

Piñero debería en consecuencia refutar mi argumentación o rectificar la suya.

*

ACTUALIZACIÓN:
Piñero me ha contestado de dos modos. En primer lugar borrando mis réplicas en su blog, cuyo contenido no era otro que el de este post. En segundo lugar, aludiendo al comienzo de su última entrega al pasaje citado por mí (los quinientos monjes de Nitria), y sin mencionarme por supuesto. Por toda respuesta, un fragmento de la Vida de San Antonio de San Atanasio, donde se nos explica cómo el ermitaño apoyaba moralmente a los cristianos condenados al martirio. Aquí el señor Piñero ve algo parecido a los "guardianes de la revolución" en Irán. Sobran comentarios.

La democracia en compendio




Si quieres contener algo, deja que se expanda;
Si quieres debilitar algo, déjalo crecer;
si quieres que algo sucumba, deja que ascienda;
si quieres expulsar algo, déjalo entrar.

Para reducir la influencia de alguien, auméntala antes;
Para menguar la fuerza de alguien, increméntala en primer lugar;
Para hacer caer a alguien, haz que se eleve;
Para tomar algo de alguien, dale algo primero.


Lao Tse

Sobre la fe en el Evangelio




El pagano quema la grasa de sus víctimas para obtener recompensas terrenas. Nosotros nos inmolamos en el altar de lo intangible para honrar lo bueno.

Morir por algo de lo que no se está seguro no sólo es correcto, sino un signo inequívoco de nobleza de espíritu. Quien muere por su patria no sabe qué eficacia alcanzará su sacrificio; quien entrega su vida por su hijo pequeño no tiene ni idea de la clase de ser que devendrá en el futuro. Si obramos así con lo porvenir, que se nos oculta irremediablemente, ¿por qué hacer otro tanto iba a ser erróneo respecto a lo pretérito, que el tiempo también ha hurtado a nuestros ojos?

Lo que es a todas luces insensato es morir por aquello que sabemos que es falso, pues o bien es de nuestra invención, o bien no hay ni un solo indicio que lo refrende de entre los que cabría esperar (por ejemplo, si hace sol y creemos que llueve). Pero que no haya datos concluyentes de un hecho sobrenatural pasado, revelado a unos pocos, entra dentro de lo creíble. Por tanto, aquí pesará exclusivamente la fiabilidad de los testimonios y la honestidad que transmita lo relatado. Y si los testimonios murieron por lo que dijeron ser verdadero, entonces son fiables.

Un mentiroso difícilmente muere para que su mentira parezca verosímil. Caso de no contemplar con sus ojos los primeros discípulos a Jesús resucitado, que estos se dejen matar por causa de Jesús resucitado no es fanatismo, sino simple y llana estupidez. El colegio apostólico, que pudo y debió ver, es el que menos fe necesitó.

sábado 21 de noviembre de 2009

Noli me tangere




Todo en el hombre es incompleto. Nuestras percepciones son completadas por nuestra razón, y nuestra razón por la fe. Nadie posee un sistema racional cerrado y demostrable como única norma de vida. La certeza y la verosimilitud se alternan en un edificio siempre cambiante cuyos fundamentos están ocultos.

Así, quien no lo sabe todo en máximo grado, no sabe nada en realidad, puesto que no ha logrado la coherencia absoluta entre las partes objeto de su entendimiento, y todo es en él provisional e inseguro. Sócrates se confesó ignorante al apercibirse de la infinidad de ideas y de su infinita altura y profundidad. Platón, desarrollando lo paradójico de esta ignorancia docta, infirió que todo lo sabemos, aunque imperfectamente.

Ahora bien, quien tiene idea de lo imperfecto la tiene también de lo perfecto. Toda decisión moral, o es irracional (la moral cartesiana de la línea recta sin dirección) o presupone la perfección de los fines. La cadena de razonamientos tiene que detenerse en algún momento en un lugar llamado "lo bueno". ¿Bueno por qué y para quién? ¿Bueno hasta cuándo? No importa: bueno. Por ello, sabiendo que nuestra razón no es perfecta, nos determinamos a obrar como si lo fuese, confiando en que algo inasible al otro extremo de la misma lo es.

miércoles 18 de noviembre de 2009

Maestros de la sospecha




Los dos principios fundamentales de la llamada crítica histórica son el postulado de la vulgaridad y el axioma de la mediocridad. Postulado de la vulgaridad: todo lo auténticamente grande, bueno y verdadero es improbable, pues es extraordinario y, como poco, sospechoso. Axioma de la mediocridad: tal y como son las cosas entre nosotros y alrededor de nosotros deben haber sido en todas partes, pues todo es así verdaderamente tan natural...


Schlegel