sábado, 26 de julio de 2014

Mortalis homo





Porque nos rodea siempre en todo lugar y puede entrar en la ciudadela por mil caminos, la muerte, dice Séneca, es compañera inseparable de la vida y no debe temerse. No es un accidente en nuestro existir, pues forma parte de su sustancia; más que su contrario es su reverso.

Séneca lo plantea en términos puramente naturales: puede matarnos el César, pero también un resfriado, la picadura de un insecto o una piedra en el riñón. No debemos temer ninguno de los males capaces de acabar con nosotros, porque forzosamente sucumbiremos a alguno, y no ha de temerse más que lo evitable.

Se prueba además que la muerte no es un mal por las siguientes razones:

Sólo existen los males morales. La muerte afecta por igual a buenos y malos, y los buenos, mientras lo sean, no pueden padecer algo indigno por lo que desmerezcan de su nombre. Pero padecen la muerte. Luego la muerte no es, por sí misma, indigna o moralmente mala. Ergo no es mala en absoluto.

La muerte tampoco es un mal por ser un castigo, ya que con él se busca el ejemplo o la enmienda.  Con más razón si es un castigo justo y divino.
  
Por último, no es un mal por privarnos de la existencia terrena, incluso obviando que pueda haber otra. El bueno no deja de serlo por morir, y el malo al menos ya no puede seguir siéndolo.

Así, no debe temerse la muerte, sino la injusticia. 


 

martes, 15 de julio de 2014

Fons virtutis




I.

La soberanía es la facultad de crear, suspender y abolir el derecho (Schmitt). De este principio se sigue que sólo puede ejercerla quien está desprovisto de cualquier derecho, toda vez que su prerrogativa no emana de un reconocimiento o de un acuerdo, sino de un hecho bruto que es para la multitud la razón misma de la obediencia. Por ello, afirmar que el pueblo tiene derechos supone reconocer que no es soberano.

Nadie puede crearse a sí mismo. Cabe que un derecho nazca de otro, y sin embargo el derecho en que se fundan todos los derechos no puede autoconstituirse como una tautología. Nace de las cosas mismas, de la realidad incontestable.

Cuando el soberano suspende o deroga el ordenamiento, él subsiste porque no depende de su creación. Es superior a todo lo promulgado e inferior sólo a la justicia natural, a la que debe someterse. Pero el pueblo sin ley ni siquiera es pueblo: es manada o es horda.

II.

En contra de lo asentado, constituye la ideología democrática dominante sostener que lo más plural, heterogéneo, contingente e inarmonioso que existe, el pueblo, sea ya no sólo el soberano actual, sino el único soberano legitimado concebible.

Pretender que el sujeto principal de la política, el soberano, sea al mismo tiempo su propio objeto, el súbdito, también forma parte del credo.

Estos actos de fe no se promueven en beneficio del pueblo, sino para su engaño y ruina, puesto que el verdadero soberano no tiene que rendir cuentas por sus actos. Permanece en la sombra mientras otros, soberanos nominales, asumen sus responsabilidades.

III.

El poder originario corresponde siempre a uno y sólo a uno, porque es indivisible y no puede entrar en contradicción consigo mismo. Pero eventualmente cabe cederlo o delegarlo. Así, en la Antigua Roma el poder de los primeros reyes se hizo derivar de los mismos dioses, que a su vez lo obtenían de Zeus. La monarquía cesó por la impiedad de Tarquinio el Soberbio, arrogándose el Senado la autoridad suprema ex Deo. El Senado delegó el poder en los cónsules, recuperándolo más tarde para sí al limitar las atribuciones de éstos. Finalmente, César recobró el cetro de los monarcas, que es el de Dios, motivo por el cual los césares eran monarcas y dioses al mismo tiempo.

Pues bien, la soberanía en todos estos casos es una y la misma: la capacidad efectiva de dirigir al pueblo en nombre del supremo bien. La democracia sería sólo un modo en el que el poder absoluto se ramifica hacia los estratos inferiores, sin que por ello su raíz se vea afectada. La raíz se pudre cuando el pueblo se proclama soberano, proclamación que equivale a la negación radical del verdadero soberano, esto es, a la anarquía. 

Por el contrario, el pueblo vota porque hay un censo de votantes y una ley electoral. Estos dos elementos -censo y ley- preexisten al pueblo y a su pretendido poder constituyente, que no es tal, y que se reduce a ser un mero filtro de los aspirantes a ocupar cargos electos. Que vote cuanto quiera: no es soberano. Soberano es quien decidió quién, cuándo y cómo podía votar; y no fue el pueblo.

Que el poder sólo puede ser unitario no es, por cierto, una afirmación gratuita, sino un hecho que puede verificarse siempre y en cualquier régimen. En democracia dirige la mayoría a través de un partido, o una coalición con un programa común, habida cuenta de que es imposible satisfacer a la mayoría y a la minoría al mismo tiempo cuando tienen intereses opuestos. La voz del legislador es una sola, consistente en todo el ordenamiento, aunque sean muchos quienes redactan las leyes. En el gobierno es el jefe del ejecutivo quien nombra a los ministros como cargos de su confianza. En la administración de justicia los jueces son o bien únicos o bien impares y con un presidente a la cabeza. Así pues, aunque muchos ejerzan el poder, siempre se excluye a la pluralidad en beneficio de la unidad, porque es la esencia del poder ser uno consigo mismo. 

IV.

Cuando decimos que el pueblo tiene derecho a no ser tratado injustamente, implicamos en el aserto que el soberano tiene el deber de tratar al pueblo justamente. Puesto que, si el pueblo fuera realmente el alfa y omega de la república, sólo habría que invocar su deber para consigo mismo de no ultrajarse. Un poder solipsista, que no sólo nace de sí mismo, sino que también recae en sí mismo no puede considerarse un poder social. Es el poder natural que todo hombre tiene sobre su cuerpo, que no puede extrapolarse -salvo por metáfora- al cuerpo social, caracterizado por la discontinuidad y cuyos intereses son dispares y opuestos.

El pueblo, como cualquier otra fuerza de la naturaleza, puede canalizarse y reconducirse. El hombre es la materia más dúctil, porque tiene algún grado de racionalidad y obedece al miedo o a la esperanza. Se le adula, se le distrae, puede inducírsele obrar en su propia contra, dividiéndolo, e incluso cabe confiar en que no recordará muchos de los agravios padecidos al cabo de poco tiempo.

Si el pueblo fuera la mayor fuerza y la más organizada, las mejores obras deberían fluir de la creación colectiva, pertenecerían al folklore y el genio colectivo sería incomparablemente superior al sujeto aislado. Sin embargo, las obras más colosales del espíritu pertenecen a individuos; y así, el mayor sujeto creador es el individuo frente a la colectividad, no ésta frente aquél.

Incluso es discutible que haya en el pueblo un conato real. No cabe hablar de verdadera fuerza cuando está dispersa y, por así decirlo, en potencia. Un cuchillo corta porque toda la presión se concentra en su filo; pero el pueblo no tiene filo: su único filo son los líderes, que no son pueblo. El pueblo ni siquiera es una unidad en el tiempo, se olvida de sí mismo. Nietzsche escribió que la plebe no extiende el conocimiento de su estirpe más allá de su abuelo.

Los ancestros eran para los romanos lo que los santos y los Papas para los cristianos: anclajes venerables, guías intemporales. Se los invocaba porque el pueblo no tiene memoria, "no va más allá de su abuelo". Esta memoria pertenece a la autoridad, que debe custodiarla y mantenerla en vigor. En ella funda la legitimidad de su poder, análogamente a como un Papa romano lo funda en la sucesión apostólica. De Maistre sostuvo la tesis de que los pueblos salvajes no se corresponden con los primitivos, sino que son aquellos pueblos corrompidos que, desgajándose de la tradición, han olvidado su pasado y los límites que les imponía. Aquellos que, por decirlo así, han sido amputados de un cuerpo más antiguo y mejor.

He abandonado todo ideal respecto a la multitud, pues sólo el individuo merece enaltecimiento. Las masas son despreciables per se, así como los grupos y los géneros. Los derechos del pueblo nacen de su carencia de virtud y de su necesidad de protección. Por el contrario, los héroes no tienen derechos, en tanto que crean el derecho: suya es la carga del deber.

V.

La democracia es una mentira vil con la que el poder de facto pretende desvincularse del límite que para él suponían las inveteradas buenas costumbres y anegarlo en el torrente incesante de la opinión y la moda. Proclamando soberano al que debe obedecer se lo hace cómplice de su propia desgracia y se ofrece al que debe mandar una excusa para que adultere en su cometido, que es velar por la justicia siempre y pese a quien pese.

La monarquía es el sistema más próximo a la verdad. El poder, que es uno y tiende a lo unitario, se encarna en un individuo que es capaz de gobernar. No niego que esta teoría admite mil prácticas tiránicas. En este sentido, sólo estoy evaluando la consistencia filosófica de cada alternativa, su validez a priori. La democracia puede ser buena (en el sentido de conveniente en un tiempo y lugar), pero nunca será justa, porque es absurda y está basada en el engaño de muchos.

Respetar la pluralidad de intereses, de ideas o de credos no equivale a fundar la república en el magma fragmentario del pueblo, el cual continuamente se deja zarandear por las corrientes de opinión y carece de profundidad de análisis o de una visión a largo plazo. Es plausible una división virtuosa del poder, no así su atomización. Nadie está en disposición de creer seriamente que la soberanía ha estallado en millones de pedazos para que toque una parte alícuota a cada ciudadano, del mismo modo que nadie creería que su dignidad humana está repartida por sus órganos, tejidos y vasos sanguíneos. Los conceptos absolutos no pueden dividirse.

No hay mayor esclavo que aquel que no conoce su condición. El pueblo no es ni puede ser soberano, y cuanto antes se desengañe sobre este punto mejor le resultará. Llamar fuerte al que es débil y sabio al que es estúpido no sólo no ayuda al que así es adulado, sino que además se degrada la dignidad de estas cualidades, al otorgárselas a cualquiera. Nos lamentamos por la corrupción política y no vemos que la misma fuente de su poder, la supuesta legitimidad electoral, está corrompida y no obedece a ninguna lógica jurídica aceptable. Son usurpadores avalados por otros usurpadores.


martes, 24 de junio de 2014

Sacrum sacrorum



 
Salvo la razón, nada es suficientemente poderoso como para cambiar mi voluntad sin mi consentimiento. No existe deseo tan ardiente que no pueda resistirse, ni circunstancia tan apremiante que no quepa subordinar a un fin superior.

Puede emplearse el engaño para doblegarnos, pero éste es una suerte de razón pervertida; o el miedo, que no es más que una razón violenta. Ninguno de los dos es invencible, a diferencia de lo que sucede con la razón recta.

No hay causa externa capaz de conmover el fundamento de la voluntad. Alterando mi memoria o mi percepción se modificará el objeto de mi voluntad, no mi voluntad misma, que se asienta en mi capacidad de juzgar según fines. Si esta facultad desaparece, me extingo yo con ella.

lunes, 10 de marzo de 2014

Dolere aude


El dolor es moralmente más revelador que el placer. Nos muestra nuestros límites, mientras que el placer los desdibuja. La Cristiandad, tal vez, contempla el placer y el dolor desde esta perspectiva gnóstica, como vías de error y de conocimiento respectivamente.

Son, por lo demás, accidentes de la acción moral. No tocan su sustancia, que es el fin moral en sí mismo; por lo que, si algo es bueno, lo es aunque entrañe dolor, y si malo, lo es aunque conlleve placer.

Puesto que ambos carecen de límites, no son deseables por sí mismos, porque nadie puede representarse ni desear lo ilimitado. El placer nos recuerda que algo distinto al placer debe desearse; el dolor, que algo diferente al dolor debe evitarse.

Una ética basada en la búsqueda del placer y en el rechazo del dolor es forzosamente errónea.
 

sábado, 8 de marzo de 2014

Dictum


Que toda la verdad, toda la realidad, toda la bondad y toda la belleza se concentran en un solo punto: tal es Dios en pocas palabras.

No hay nada que pueda basarse en el ateísmo: ninguna verdad, ningún principio moral o estético. Como no pueden ser la raíz de nada, los ateos presumen de ser el fruto de todo: de la ciencia, de la historia, de la ética. No ven que lo que no está en la raíz tampoco puede estar en el fruto.
 

martes, 31 de diciembre de 2013

Plutarco. Sobre la tardanza de la divinidad en castigar.




Por ejemplo, ¿Por qué se aconseja a los hijos de los fallecidos de tisis o hidropesía sentarse con los pies en el agua hasta que el cadáver queda reducido a cenizas? Porque se cree que así la enfermedad no se transmite ni se les contagia. O con otro caso, ¿por qué, cuando una cabra coge un cardo borriquero en la boca, se queda quieto el rebaño entero hasta que llega el cabrero y se lo quita?. Otras fuerzas con capacidad de contagio y de transmisión increíble pasan por su rapidez y amplitud de unos a otros. Pero nosotros nos asombramos de los intervalos de tiempo, no de los de espacio. Y sin embargo, ¿es más asombroso que la peste originada en Etiopía invadiera Atenas y Pericles muriese y Tucídides enfermara o que el castigo diferido de los delfios y sibaritas culpables alcanzase a sus hijos? Pues estas fuerzas poseen ciertas recurrencias y conexiones desde el final hasta el principio y sus causas, aunque nosotros las desconozcamos, cumplen en silencio su misión. 
Sin embargo la cólera divina contra las ciudades en su totalidad se justifica fácilmente. La ciudad, en efecto, como un ser vivo, es una sola cosa, dotada de continuidad y no se transforma con los cambios de la edad ni con el tiempo se hace otra, sino que guarda en sí iguales sentimientos y propiedades. Asume toda acusación o gratitud por lo que hace o hizo en comunidad, mientras esa comunidad, que la hace y la ata con sus lazos, mantiene su unidad. El hacer muchas ciudades, o más bien infinitas, por su división a lo largo del tiempo se parece al hacer de un solo hombre muchos porque ahora es anciano, antes fue joven y antes todavía un muchachito. Más bien se asemeja enteramente a los versos del Epicarmo, de los que surgió el 'argumento del crecimiento' de los sofistas. De este modo, quien contrajo una deuda hace tiempo ahora no debe nada, porque se ha vuelto otro y el que ayer fue invitado a una cena llega hoy sin invitación, pues es una persona diferente. 
Con todo, el paso de la edad genera mayores cambios en cada uno de nosotros que en las ciudades colectivamente. Quien hubiera visto Atenas hace treinta años podría reconocerla ahora. Sus costumbres actuales, su movimiento, sus diversiones, sus preocupaciones, los favores y las cóleras del pueblo se parecen muchísimo a las antiguas. En cambio, cualquier familiar o amigo, al encontrar a otro al cabo del tiempo, con dificultad podría reconocerlo por su aspecto, y las mudanzas de carácter, ocurridas fácilmente por cualquier razón, por un sufrimiento, pasión o costumbre, provocan extrañeza y asombro incluso en el que convive permanentemente. Sin embargo, se dice que un hombre es uno solo desde su nacimiento a su muerte. Y también creemos que una ciudad, que permanece idéntica del mismo modo, debe estar sometida a las faltas de sus antepasados con la misma justicia por la cual participa de su gloria y poder. O nos olvidaremos arrojando todo al río de Heráclito, donde, según afirmaba, no se entra dos veces, porque la naturaleza con sus transformaciones todo lo mueve y altera. 
Pero si una ciudad es una sola cosa, dotada de continuidad, lo es también, sin duda, la familia, ligada a un único origen por la transmisión de una cierta fuerza y comunidad renovada a lo largo del tiempo. Y al ser engendrado no puede, como la obra del artesano, separarse de su engendrador. Pues ha nacido de él, no por él, de modo que posee y lleva consigo una parte suya, bien sea castigado justamente bien reciba honores. Pero si no pareciera bromear, yo afirmaría que la estatua de Casandro, fundida en bronce por los atenienses, ha padecido mayores injurias, y el cuerpo de Dionisio [el Viejo] después de su muerte, al ser expulsado por los siracusanos de sus fronteras, que sus descendientes cuando pagaron sus culpas. Pues en la estatua nada hay de la naturaleza de Casandro y el alma de Dionisio había abandonado su cadáver. Pero en Niseo, en Apolócrates, en Antípatro, en Filipo e igualmente en los demás hijos de hombres culpables se ha desarrollado y permanece la parte dominante de sus padres, ni inactiva ni ociosa. Al contrario, viven de ella y con ella se alimentan, habitan y piensan. Y nada tremendo o extraño es que, si son sus hijos, tengan su mismo destino. Por decirlo de un modo general, en medicina, por ejemplo, lo útil es también justo y resulta ridículo quien afirma que es injusto cauterizar el dedo gordo de los enfermos de la cadera, o cortar el epigastrio cuando el hígado supura, o si se trata de los bueyes, untar con aceite el extremo de los cuernos cuando se les reblandecen las pezuñas. De igual modo, quien, respecto a los castigos, considera justo algo diferente de curar la maldad y se irrita si alguien por medio de unos procura la curación de otros, como los que seccionan la vena para aliviar la oftalmía, no parecen ver más allá de sus sentidos. Tampoco se acuerda de que un maestro, al pegar a uno solo de sus alumnos, reprende a los otros, o que un general, al diezmar su ejército, contiene a todos. Así no solo de un miembro mediante otro, sino de un alma mediante otra alma se transmiten ciertas disposiciones, corrupciones y rectificaciones más que de un cuerpo a otro. Pues allí, al parecer, deben producirse necesariamente el mismo padecimiento y la misma transformación. En cambio, el alma, llevada por su imaginación a sentir confianza o temor, se hace peor o mejor gracias a una fuerza innata.

Plutarco

viernes, 6 de diciembre de 2013

Senda de dolor



La hija espiritual preguntó: "Me gustaría saber cuáles, entre todos los sufrimientos, son más útiles al ser humano y más agradables a Dios". Él le respondió así: "Has de saber que se encuentran diversos tipos de sufrimiento que preparan a la persona y la llevan por el buen camino hacia su bienaventuranza, si los usa correctamente. 
A veces Dios hace que le sobrevengan a una persona duros sufrimientos sin que ésta se haya hecho merecedora de ellos. A través de las aflicciones, Dios quiere unas veces probar su firmeza o lo que tiene en sí misma, tal vez como se lee en muchos ejemplos del Antiguo Testamento, o bien otras veces pretende simplemente con ello su gloria y alabanza, como narra el Evangelio del ciego de nacimiento del que Cristo dijo que era inocente e hizo que viera. 
Algunos sufrimientos son también merecidos, como el sufrimiento del ladrón crucificado con Cristo y a quien Cristo concedió la bienaventuranza por la conversión sincera experimentada en su sufrimiento. 
Otros sufrimientos no son el resultado de una culpa directamente relacionada con el sufrimiento que padece actualmente una persona; pero como no está libre de otras culpas, Dios hace que le sobrevenga el sufrimiento. Y sucede a menudo que Dios rebaja la soberbia excesiva y muestra a la persona su lugar a través de una terrible humillación de su orgullo, con algo de lo que quizás es totalmente inocente. 
Otros sufrimientos son enviados por Dios en su bondad a la gente para que gracias a ellos eviten sufrimientos aún mayores. Es el caso de aquellos a quienes Dios hace sufrir aquí su purgatorio mediante enfermedades, la pobreza o cosas semejantes, a fin de evitarles sufrimientos ulteriores; o bien permite que caigan en manos de gentes diabólicas para ahorrarles a la hora de su muerte el rostro del diablo.
Algunas personas sufren a causa de su ardiente amor, como los mártires, que a través de las múltiples muertes de su cuerpo o de su espíritu muestran su amor a su amado Dios. 
Se encuentra también en este mundo mucho sufrimiento vano y sin consuelo, como les pasa a aquellos que viven totalmente para el mundo a través de cosas mundanas. Estos han de ganarse el infierno con amargo esfuerzo, mientras que la persona que sufre por Dios se puede ayudar a sí misma con su sufrimiento. 
También hay algunas personas a las que Dios apremia a menudo interiormente para que se conviertan a él, pues querría tenerlas en su intimidad, pero se resisten por negligencia. A estos los atrae a veces Dios mediante el sufrimiento. A donde se vuelven para escapar de Dios, allí está Dios con una desgracia temporal de este mundo agarrándolos por los cabellos para que no puedan escapar. 
También se encuentran personas que no padecen más sufrimientos que los que se fabrican ellos mismos, dándole una gran importancia a lo que no la tiene. Como en una ocasión en que un hombre, agobiado por el sufrimiento, pasó ante una casa en la que oyó cómo una mujer se lamentaba. Pensó: "Ve y consuela a esta persona en su sufrimiento". Entró y le dijo: "Oh, buena mujer, ¿qué os sucede para que gimáis así?". Ella le contestó: "Se me ha caído una aguja y no la puedo encontrar". Dando media vuelta, salió de allí pensando: ¡Oh, mujer necia, si tuvieras que cargar con uno de mis fardos no llorarías por una aguja!". Así, algunas personas débiles sufren por muchas cosas que no comportan sufrimiento alguno. 
Pero el más noble y mejor de los sufrimientos es el sufrimiento cristiforme, quiero decir: el sufrimiento que el Padre celestial envió a su Hijo unigénito y envía aún hoy a sus amigos más queridos. Y no hay que entender con esto que exista nadie completamente exento de culpa, salvo Cristo que jamás pecó, sino más bien que así como Cristo se mostró paciente y se comportó en su sufrimiento como un dulce cordero entre los lobos, así envía a veces también grandes sufrimientos a algunos de sus más queridos amigos, para que nosotros, tan poco capaces de sufrir, aprendamos de las personas santas a ser pacientes y, con un corazón lleno de dulzura, a vencer en todo momento el mal con el bien".

Enrique Suso

martes, 19 de noviembre de 2013

El defecto en lo perfecto




Sólo podía crearse un universo con leyes generales si se permitía en él cierta cantidad de mal y de imperfección, entre la que se incluye la de la enfermedad y la muerte. Un mundo en el que esta clase de accidentes sea imposible en cualquier caso es un mundo sin flexibilidad en los fenómenos y, a la postre, sin libertad en las mentes, inhabitable para criaturas racionales. En cambio, en un diseño sabio y meditado el mal es siempre un medio para un bien mayor.

Un universo donde el mal es imposible es un universo sumamente restringido en términos lógicos. Imaginad un juego en el que perder fuera imposible, o una relación amorosa donde el fracaso estuviera inmediatamente excluido del espectro de posibilidades. No consideraríamos que se diera una verdadera libertad en ninguno de los dos escenarios, sino una suerte de espectáculo al que asistiríamos pasivamente. Éste es el mundo de los débiles, y la vuestra es la perfección de los débiles: una falsa perfección. Dios ha querido sacrificar la seguridad de los bienes materiales para obtener bienes mayores, fundamentalmente bienes morales en cuya consecución quepa errar y fracasar. Prueba de que Dios es un ser moral y nos ha creado a su semejanza.

sábado, 9 de noviembre de 2013

Noli altum sapere





Insertis oleae ramis, oleaster aberrat
Enasci fructus si putat inde suos.
Tu cave contemnas, cui nondum gratia Christi
Influxit: subitò nam quod es esse potest.



Injertadas las ramas de olivo, yerra el acebuche
Si piensa que los frutos nacidos son suyos.
Guárdate de despreciar a quien todavía la gracia de Cristo
No ha llenado, pues en un instante puede ser lo que tú.

sábado, 2 de noviembre de 2013

El mundo por de dentro




Es nuestro deseo siempre peregrino en las cosas de esta vida, y así con vana solicitud anda de unas en otras sin saber hallar patria, ni descanso. Aliméntase de la variedad y diviértese con ella, tiene por ejercicio el apetito, y éste nace de la ignorancia de las cosas, pues si las conociera cuando codicioso y desalentado las busca, así las aborreciera, como cuando arrepentido las desprecia; y es de considerar la fuerza grande que tiene, pues promete y persuade tanta hermosura en los deleites y gustos, lo cual dura sólo en la pretensión de ellos, porque en llegado cualquiera a ser poseedor, es juntamente descontento. El mundo, que a nuestro deseo sabe la condición, para lisonjearla, pónese delante mudable y vario; porque la novedad y diferencia es el afeite con que más nos atrae: con esto acaricia nuestros deseos, llévalos tras sí y ellos a nosotros.  
Sea por todas las experiencias mi suceso, pues cuando más apurado me había de tener el conocimiento de estas cosas, me hallé todo en poder de la confusión, poseído de la vanidad de tal manera que en la gran población del mundo, perdido ya, corría donde tras la hermosura me llevaban los ojos, y a donde tras la conversación los amigos, de una calle en otra, hecho fábula de todos; y en lugar de desear salida al laberinto, procuraba que se me alargase el engaño. Ya por la calle de la ira descompuesto seguía las pendencias pisando sangre y heridas, ya por la de la gula veía responder los brindis turbados. Al fin, de una calle en otra andaba (siendo infinitas) de tal manera confuso, que la admiración aun no dejaba sentido para el cansancio, cuando llamado de voces descompuestas y tirado porfiadamente del manteo, volví la cabeza. Era un viejo venerable en sus canas, maltratado, roto por mil partes el vestido y pisado; no por eso ridículo, antes severo y digno de respeto.  
- ¿Quién eres, dije, que así te confiesas envidioso de mis gustos? Déjame, que siempre los ancianos aborrecéis en los mozos y placeres los deleites, no que dejáis de vuestra voluntad, sino que por fuerza os quita el tiempo. Tú vas, yo vengo; déjame gozar y ver el mundo. 
Desmintiendo sus sentimientos, riéndose, dijo: 
- Ni te estorbo ni te envidio lo que deseo, antes te tengo lástima. ¿Tú por ventura sabes lo que vale un día? ¿Entiendes de cuánto precio es una hora? ¿Has examinado el valor del tiempo? Cierto es que no, pues así alegre le dejas pasar, hurtado de la hora, que fugitiva y secreta te lleva preciosísimo robo. ¿Quién te ha dicho que lo que ya fue volverá cuando lo hayas menester, si le llamares? Dime, ¿has visto algunas pisadas de los días? No por cierto, que ellos sólo vuelven la cabeza a reírse y burlarse de los que así los dejaron pasar. Sábete que la muerte y ellos están eslabonados, y en una cadena, y que cuando más caminan los días que van delante de ti, tiran hacia ti y te acercan a la muerte, que quizá la aguardas, y es ya llegada; y según vives, antes será pasada que creída. Por necio tengo al que toda la vida se muere de miedo que se ha de morir, y por malo al que vive tan sin miedo de ella como si no la hubiese; que éste lo viene a temer cuando lo padece, y embarazado con el temor, ni halla remedio a la vida ni consuelo a su fin. Cuerdo es sólo el que vive cada día como quien cada día y cada hora puede morir. 
- Eficaces palabras tienes, buen viejo, traído me has el alma a mí, que me la llevaban embelesada vanos deseos. ¿Quién eres, de dónde y qué haces por aquí?  
- Mi hábito y traje dice que soy hombre de bien y amigo de decir verdades en lo roto y poco medrado. Y lo peor que tu vida tiene es no haberme visto la cara hasta ahora. Yo soy el Desengaño, estos rasgones de la ropa son de los tirones que dan de mí los que dicen en el mundo que me quieren; y estos cardenales de rostro, estos golpes y coces me dan en llegando, porque vine y porque me vaya; que en el mundo todos decís que queréis desengaño, y en teniéndole unos os desesperáis, otros maldecís a quien os lo dio, y los más corteses no le creéis. Si tú quieres, hijo, ver el mundo, ven conmigo, que yo te llevaré a la calle mayor, que es adonde salen todas las figuras, y allí verás juntos los que por aquí van divididos sin cansarte. Yo te enseñaré el mundo como es, que tú no alcanzas a ver sino lo que parece. 
- ¿Y cómo se llama, dije yo, la calle mayor del mundo donde hemos de ir? 
- Llámase, respondió, Hipocresía, calle que empieza con el mundo y se acabará con él, y no hay nadie casi que no tenga, si no una casa, un cuarto o un aposento en ella. Unos son vecinos y otros paseantes, que hay muchas diferencias de hipócritas, y todos cuantos ves por ahí lo son.

Francisco de Quevedo

viernes, 18 de octubre de 2013

Ciencia platónica




Definiciones

I.

Ciencia es todo conocimiento metódico basado en principios generales por el que pueda alcanzarse la verdad.

II.

Proposición verdadera es aquella cuya negación es contradictoria o conduce a una contradicción.

III.

Contradictoria es la proposición que no se adecua al sistema al que pertenece o a los hechos que describe.

Et contra:

"Ciencia es todo conocimiento basado en hechos reales y comprobables". 

Es falso, puesto que -como se probará- no son los hechos los que hacen a la ciencia, sino la ciencia la que hace a los hechos. Aquélla fundamente a éstos, no a la inversa.

"Verdad es la adecuación de la proposición a los hechos que describe". 

Esta afirmación es autocontradictoria, ya que si la verdad exige esta adequatio, la proposición anterior no la cumple, toda vez que no describe hechos. Por tanto, es falsa y no es científica.

Axiomas

I.

La verdad es una e inmutable.

II.

Los hechos no son contradictorios con la verdad.

III.

Los hechos son múltiples y mutables.

Proposiciones

Primera.- La verdad existe.

Demostración: Si la verdad no existe, entonces "la verdad existe" debe tenerse por una proposición contradictoria (por la definición II). Sin embargo, "la verdad existe" no se contradice con ninguna otra verdad que conozcamos. Además, si la verdad es una o reducible a una (por el axioma I), todos los hechos deben estar incluidos en la noción de verdad, puesto que, de no estarlo, o bien habría dos verdades, lo que se niega, o bien los hechos no serían verdaderos, lo que es imposible (por el axioma II). Luego, estando necesariamente los hechos en la verdad, es cierto e converso que necesariamente está la verdad en los hechos. Y los hechos existen. Por consiguiente, la verdad existe.

Segunda.- Sólo la verdad puede ser conocida.

Demostración: Los hechos son múltiples y mutables (por el axioma III), mientras que la ciencia sólo puede llegar a conocer la verdad (por la definición I). Ahora bien, la verdad es una e inmutable (por el axioma I). Por tanto, sólo la verdad puede ser conocida.

Tercera.- La verdad no procede de los hechos.

Demostración: Los hechos sólo se conocen en la medida en que participan de la verdad, ya que sólo la verdad puede conocerse (por la proposición segunda). Por tanto, la verdad no procede de los hechos.

Cuarta.- Los hechos proceden de la verdad.

Demostración: Se concede que la verdad y los hechos existen (por la proposición primera) y que los hechos son verdaderos. Se sigue que no hay hechos sin verdad. Entonces, o bien los hechos y la verdad mantienen una relación lógica y necesaria, o bien una relación causal y contingente. No se aprecia tal relación lógica, con lo que, por la ley del tercio excluso, sólo puede tratarse de una relación causal. Por tanto, los hechos proceden de la verdad.

Quinta.- La verdad es eterna.

Demostración: Dado que los hechos existen en el tiempo, y la verdad no procede de los hechos (por la proposición tercera), la verdad no procede del tiempo. Por tanto, la verdad es eterna.

Sexta.- La verdad es Dios.

Demostración: La verdad existe (por la proposición primera), no procede de los hechos (por la proposición tercera) y es eterna (por la proposición cuarta). Es, por añadidura, causa primera de todos los hechos (por la proposición cuarta). Por tanto, la verdad es Dios.

Séptima.- Sólo Dios puede ser conocido.

Demostración: Sólo la verdad puede ser conocida (por la proposición segunda), y la verdad es Dios (por la proposición sexta). Por tanto, sólo Dios puede ser conocido.

Octava.- Sólo la teología es propiamente una ciencia.

Demostración: Sólo Dios, que es la verdad, puede ser conocido (por las proposiciones sexta y séptima). La ciencia sólo se ocupa de la verdad (por la definición I). Por tanto, sólo la teología es propiamente una ciencia.

lunes, 14 de octubre de 2013

En torno a Suárez


Si hay ley, hay autoridad que la respalde.
La naturaleza carece de autoridad.
Todo lo que no es naturaleza es o Dios o nada.
La nada carece de autoridad.
Por tanto, si hay ley en la naturaleza, procede de Dios.

Hay ley en la naturaleza.
Por tanto, procede de Dios.

El ateo rechaza la primera premisa (que la ley requiera de autoridad) y la tesis de que hay ley en la naturaleza.

Respecto a lo primero, no veo cómo puede negarse. Toda ley moral, que presupone la libertad de los sujetos a quienes va dirigida, ha de estar instrumentada mediante algún tipo de compulsión promovida por un superior. Si no hay superior, no hay obligación ni castigo legítimos, dejándose el cumplimiento a la voluntad de cada uno, con lo que no puede hablarse de ley.

Tocante a lo segundo, cabe negar o afirmar que hay ley moral en la naturaleza. La negación, a su vez, puede ir dirigida al carácter de ley de las constantes que hallamos en la naturaleza, a la condición de natural predicada de tal ley, o a ambos. Así, si no se concede que haya ley, se admitirá que la moral es puramente consuetudinaria, cambiante, opinable y, a la postre, circunstancial y subjetiva. Por otro lado, si no se concede que dicha ley sea natural, se admitirá que es sobrenatural o antinatural.

En el caso de que se opte por la asunción inmoralista, no tengo nada más que alegar. Con inmoralistas no se discute de moral, ni con apolíticos de política, ni con analfabetos de gramática. Si, por el contrario, se prefiere la opción antinaturalista, excluyendo a Dios, habrá que explicar de dónde procede el carácter relativamente homogéneo del comportamiento humano y de los códigos que lo regulan, toda vez que la naturaleza parece predisponernos tanto al bien como al mal. Y, sobre todo, de dónde el que debamos preferir siempre obrar justa antes que injustamente.

Tal vez quedaría una última salida fuera de este esquema, consistente en pretender que junto a la naturaleza y a Dios se da una tercera posibilidad: la razón. Pero a ésta aplican las mismas objeciones que formulábamos contra la naturaleza: no es unívoca y, de serlo, ningún mandato absoluto me obliga a seguirla.

sábado, 12 de octubre de 2013

Las riendas sagradas del poder




La tesis de que el mundo secular y la modernidad arrinconaron a la Iglesia, obligándola a aceptar nolens volens la libertad de conciencia como un derecho humano, es uno de los muchos cuentos históricos que el ateo necesita creer y hacer creer para promocionar las bondades de su causa.

La verdad es justo la contraria. Fue el poder político, no el religioso, el más interesado en unir a sus súbditos bajo una sola religión. La Iglesia compartía obviamente este interés, pero no a cualquier precio, de donde surgieron los derechos individuales, derechos sagrados, como cortapisa a la potestad omnímoda del soberano, que también estaba sometida al juicio de Dios. Negar esto es negar la historia o travestirla, distorsionando la importancia relativa de los hechos y poniendo los efectos en lugar de las causas.

Cuanto más poderosa y hegemónica fue la Cristiandad menos necesitó de la coacción jurídica y las penas físicas, bastando el imperio de la fe y el natural discurrir de las buenas costumbres para garantizar la paz y el orden. La Inquisición fue un antídoto tardío contra herejías subversivas, fanatismos carismáticos y cismas virulentos que señalaron el inicio de la era moderna, amparados en una idea espuria y anárquica de la libertad religiosa.

No debe afirmarse, pues, que el cristianismo se desvinculó del poder político una vez perdida su hegemonía. Es así que la Iglesia nunca estuvo más apegada al Estado que cuando fue más débil y, dividida, se vio obligada a sobrellevar su decadencia con la ayuda de un apoyo externo. E converso, nunca fue más heroica, expansiva y gloriosa que en los tiempos de su persecución.

lunes, 30 de septiembre de 2013

Pensar a la moda




CRITÓN.- Si una debida reflexión sobre estas cosas no fuese suficiente para engendrar respeto a la fe cristiana en las mentes de los hombres, lo atribuiría más bien a otra causa que a una sabia y prudente incredulidad, cuando veo la facilidad con que los incrédulos creen en otros asuntos comunes de la vida, en los que no existe prejuicio o deseo que altere o perturbe su juicio natural; cuando veo a esos mismos hombres, que en la religión no dan un paso sin una evidencia y que exigen una demostración de cada punto, confiar su salud a un médico o su vida a un marinero, con una fe implícita, no puedo creer que merezcan el honor de ser considerados incrédulos más que otros hombres, o que estén más acostumbrados a conocer, y por esta razón menos inclinados a creer. Al contrario, uno se siente tentado a sospechar que la ignorancia tenga una mayor parte que la ciencia en nuestra moderna incredulidad, y que proceda más bien de una mente en el error o de una voluntad irregular, que de una profunda investigación. 
LISICLES.- No creemos, es preciso reconocerlo, que sean necesarios conocimientos o profundas investigaciones para juzgar correctamente las cosas. A veces pienso que la ciencia puede producir y justificar caprichos, y sinceramente creo que estaríamos mejor sin ella. Nuestra secta está dividida sobre este punto, pero la mayoría piensa como yo. He oído más de una vez a hombres muy observadores notar que la ciencia fue el verdadero medio humano para conservar la religión en el mundo, y que, si estuviera en nuestro poder preferir a los estúpidos en la iglesia, pronto estaría todo bien. 
CRITÓN.- Los hombres deben estar absurdamente enamorados de sus opiniones para preferir arrancarse los ojos a desprenderse de ellas. Pero frecuentemente han observado también hombres inteligentes que no hay mayores fanáticos que los incrédulos. 
LISICLES.- ¡Cómo! ¡Fanático un librepensador! ¡Imposible! 
CRITÓN.- No es tan imposible, sin embargo, que un incrédulo sea un fanático de su incredulidad. Considero fanático a cualquier hombre altanero y dogmático sin saber por qué, que concede la máxima importancia a las cosas más intrascendentes, precipitado en sus juicios sobre la conciencia, los pensamientos y las intenciones de los otros hombres, que no tolera los razonamientos contrarios a sus opiniones, optando por éstas por impulso más que por reflexión, enemigo de la ciencia y seguidor de autoridades insignificantes. Cómo convenga esta descripción a nuestros modernos incrédulos, dejo que lo examinen los que realmente reflexionan y piensan por sí mismos. 
LISICLES.- Nosotros no somos fanáticos; somos hombres que descubren dificultades en la religión, que atan cabos y suscitan dudas que perturban el descanso e interrumpen los sueños dorados de los fanáticos, los cuales lógicamente no pueden soportarlo. 
CRITÓN.- Los que buscan dificultades, seguramente las encontrarán o las inventarán sobre cualquier tema; pero el que, apoyado en la razón, quiera erigirse en juez para emitir un juicio acertado sobre un tema de esta naturaleza, no tendrá en cuenta solamente las partes dudosas y difíciles, sino que, con una visión comprensiva del todo, examinará todas sus partes y relaciones, rastreará sus orígenes y examinará sus principios, sus efectos y su tendencia, sus pruebas internas y externas. Distinguirá entre puntos claros y oscuros, ciertos e inciertos, esenciales y accidentales, entre lo que es genuino y lo que es extraño. Examinará las diferentes clases de pruebas que son propias de cada cosa: dónde se debe exigir la evidencia, dónde puede bastar la probabilidad y dónde es razonable suponer que existan dudas y escrúpulos. Dispondrá sus esfuerzos y su precisión en proporción a la importancia de la investigación, y vigilará la disposición de su mente a definir todas aquellas nociones, prejuicios sin fundamento, de los que estaba imbuido antes de conocer su razón. Hará callar sus pasiones y escuchará la verdad. Se esforzará por desatar nudos tanto como por atarlos y se detendrá más en las partes luminosas de las cosas que en las oscuras. Equilibrará la fuerza de su entendimiento con la dificultad del tema y, para asegurar la imparcialidad de su juicio, atenderá los testimonios de todas las partes y, cuando deba ser guiado por la autoridad, preferirá seguir la de los hombres más honestos y más sabios. Y es mi sincera opinión que la religión cristiana puede muy bien superar la prueba de una investigación semejante. 
LISICLES.- Pero tal investigación exigiría demasiados esfuerzos y excesivo tiempo. Nosotros hemos pensado en otro método: someter la religión a la prueba del ingenio y del humor. Este procedimiento lo consideramos más breve, más fácil y más eficaz. Y, como todos los enemigos gozan de la libertad de escoger sus armas, nosotros escogemos aquellas en las que somos más expertos y estamos muy contentos con nuestra elección, habiendo observado que nada odia más un teólogo serio que una broma. 
EUFRÁNOR.- Estudiar un tema en su totalidad, investigar y examinar todos sus aspectos, objetar con claridad y contestar certeramente, con el apoyo de pruebas y argumentos estrictos, sería una empresa muy tediosa e incómoda. Además, sería atacar a los pedantes con sus propias armas. ¡Cuánto más delicado e ingenioso es hacer una insinuación, ocultarse tras un enigma, dejar caer un "double entendre", mantener el poder de recuperarse, de escabullirse y dejar al adversario dando golpes al aire!

Berkeley

Demostración racional de la Trinidad


Recupero y rescato del olvido este texto, que escribí hace nueve años y que hoy habría escrito de otra manera.

* * *

Baso mi noción de la Trinidad en tres axiomas:

1) No hay pensamiento sin sujeto pensante, y viceversa, no hay sujeto pensante sin pensamiento.

2) Nadie puede ser su propio pensamiento, ya que ello conllevaría una contradicción entre el sujeto y el objeto. El sujeto debe ser siempre mayor que el objeto para comprenderlo.

3) Nada es sin una actividad.

E infiero lo siguiente:

a) Aceptando como autoevidente que "la verdad es la verdad" es la primera verdad, sabemos que no puede ser deducida a partir de otra; de donde se sigue que tiene el ser pleno por sí misma, lo cual implica la existencia.

b) Ahora bien, no puede existir sin una actividad, de modo que debe pensar y/o ser pensada por alguien.

c) Es pensada por el Padre, y dicha verdad es el Hijo.

d) El Padre es mayor que el Hijo. Sin embargo, son la misma realidad, puesto que no hay pensamiento sin sujeto pensante ni sujeto pensante sin pensamiento.

e) El acto mismo de pensar (distinto a lo pensado y al que piensa) es el Espíritu Santo.

f) El Hijo hace todo lo que el Padre hace. Luego entiendo la Trinidad como "El sujeto pensante (Padre) en el acto de pensar y dejarse pensar (Espíritu Santo) por el pensamiento (Hijo)".

I.

"'La verdad es la verdad' es verdad" forma parte del conjunto de verdades, en tanto que es verdad, pero sólo de un modo tangencial, pues no necesita ninguna otra verdad como fundamento y existe de forma necesaria.

Para que la existencia sea verdad, la verdad debe ser existente. Lo mismo vale para todas las cualidades. La verdad, entonces, es lo que es, la suma de lo pensable, concordantia oppositorum.

También debe ser eterna. La eternidad es la coherencia entre el pasado, el presente y el futuro. Dicha coherencia no es ni pretérita, ni actual, ni venidera: es eterna y es verdad.

Toda verdad debe cumplir tres propiedades: 1) no contradecirse consigo misma, 2) no contradecirse con las demás verdades y 3) inferirse de las demás verdades. Dios sólo cumple 1) y 2). De ahí que esté y no esté en el conjunto de las verdades.

Me inclino a pensar que Dios carece de fundamento. Si Dios tuviera un fundamento, habría algo lógicamente previo a Dios, más simple que él, más básico, y por consiguiente, mayor. La verdad es abstractiva, es decir, negativa. Lo más compuesto coincide con lo más contingente, con lo innecesario o superfluo.

II.

La Trinidad resuelve el problema de cómo es posible la creatio ex nihilo de lo material desde la plenitud divina, inmaterial.

Los gnósticos proponían una prolación o degradación de Dios hacia lo material. Antes de ésta, se habrían dado un Silencio y un Abismo insalvables entre el Creador y la criatura.

La ortodoxia católica objeta a esa concepción la coeternidad de la Palabra, engendrada de la misma substancia de Dios antes de todo tiempo. El Verbo divino es, antes de su encarnación, la Imagen invisible del Creador, pero también es la imagen invisible o racional de todas las criaturas. Ejerce de mediador entre ambas realidades.

La verdad sería inactiva y no podría crear si no fuese, al mismo tiempo, expansiva. La verdad autosuficiente, pues, también implica lo verdadero. En resumen, la Trinidad puede condensarse en el siguiente aserto: "Que la verdad (Padre) es la verdad (Hijo) es verdad (Espíritu Santo)". No existe una forma más simple de expresar la primera de las proposiciones verdaderas, fundamento infundado del resto.

Si el Islam niega que esa proposición sea cierta, entonces el Islam se equivoca e incurre en falsedad, lo cual sólo puede atribuirse a doctrinas de hombres, no a Dios. Si el Islam cree que hay un modo más simple de expresar esa primera proposición verdadera, muéstrelo sin demora.

III.

1) Dios no creó el mundo arbitrariamente, sino conforme a ideas sustentadas en la Verdad.

2) Dios Padre, sin embargo, no se identifica plenamente con las ideas coeternas, ya que éstas presuponen un fin creador y un orden vinculante. Pero el fin de la Creación es accidental con respecto a la potencia eterna de Dios, inengendrada y autosubsistente.

Asimismo, la providencia creadora de Dios depende de su voluntad, no su voluntad de la providencia.

Por último, las ideas son por naturaleza concebibles, mientras que Dios es absolutamente inconcebible.

3) Cristo es la suma de todas las ideas que tienden a la Creación, y es también su fundamento engendrado: el Bien, la Verdad, la Vida.

Dios, empero, es el fundamento de Cristo.

4) Dios, potencia totalmente indeterminada, engendra la Verdad, potencia absolutamente determinada. Ésta, a su vez, engendra al Espíritu, que es el acto infinito absolutamente determinado, en tanto es conforme con la Verdad.