martes, 15 de septiembre de 2020

Sobre lo mismo

No acepto que tengamos una comprensión imperfecta de la infinitud, pues eso sería suponer una semicomprensión o una cuasicomprensión que en realidad no se dan y no considero siquiera que sean posibles. Nuestra noción de infinitud es tan perfecta como la que tenemos de finitud; tan completa es la noción de imparidad como la de paridad. No caben diferencias de grado: o se comprenden absolutamente la imparidad y la infinitud o no se comprenden en absoluto.

Concedo que no nos representamos un infinito actual en nuestra mente, pero no que no lo concibamos. Concebir es entender el valor de verdad de una proposición. Entendemos la proposición “Lo que no es finito es infinito”. Por tanto, concebimos la infinitud al mismo nivel que la finitud. Diré más: no es concebible la finitud sin una comprensión simultánea de la infinitud.

La cuestión, pues, es si la noción de infinitud es finita o infinita. Para resolverla debemos preguntarnos si hay algo en el infinito que no esté en su noción. Cuando afirmamos que hay infinitos números impares, vemos que la imparidad no añade nada a la infinitud ni ésta depende de aquélla, puesto que también hay infinitos números pares. La infinitud no es más que una negación de la finitud. No es, como podría creerse, la negación de la finitud y su repetición “ad infinitum”.  Dado que esta repetición infinita no es concebible por nuestro intelecto finito, resulta evidente que no tiene cabida en el concepto de infinitud, que sin embargo poseemos, dado que sin él la finitud sería incomprensible. Asimismo, tal repetición es por completo superflua, como lo sería contar hasta mil para comprender el número mil.

El caso de la infinitud es realmente particular, ya que de ordinario una noción no contiene en sí misma todo lo que implica. Así, la noción de calor no es caliente ni se calienta el espíritu por concebirla. La noción de inmortalidad tampoco es inmortal, porque carece de vida, ni hace inmortal al que la comprende. Ni, en fin, es extensa o nos extiende la noción de extensión. Pero la noción de infinitud sí es infinita e infinitante. No es más infinita en la mente de Dios que en la nuestra, por la misma razón que nos lleva a concluir que en el sublime entendimiento divino el concepto de triángulo no es más triangular ni el de tres más impar de lo que lo son en nuestras pobres luces. Que Dios pueda representarse en acto todos los triángulos y todos los números impares o infinidad de series infinitas no le da la menor ventaja sobre nosotros en este punto.


Sobre la infinitud por participación

Sabemos que todos los números impares son impares, aun siendo infinitos. Este conocimiento es una concepción positiva legítima, ajena al hecho de que no podamos representarnos todos los números de esta clase. No necesitamos representaciones de ningún tipo para alcanzar una conclusión semejante. ¿Hemos comprendido la imparidad sin abarcar todos los números impares? Sí. ¿Comprendemos la infinitud sin abarcar el conocimiento actual de un ente o serie que carezca de límites? Sí, por el mismo motivo. 

Ahora bien, si comprendemos la infinitud nos hacemos iguales a ella por participación. Si mi mente comprende la infinitud, la infinitud objetiva es idéntica a la infinitud en mi mente, como el número nueve objetivo es idéntico al que pienso. ¿O acaso creeré que la infinitud en mi mente es una infinitud finita o que el nueve en mi mente no es divisible entre tres como el verdadero nueve?


domingo, 13 de septiembre de 2020

Que el alma es inmortal por naturaleza

De Campanella:

El efecto nunca es superior a la causa principal, esto es, el rayo nunca es superior al sol, la escultura al escultor, etc.

El cuerpo humano es finito, en tanto que participa de un número finito de elementos que lo componen.

La mente humana es infinita, en tanto que participa de la noción de infinito, comprendiéndola.

Por tanto, la mente es superior al cuerpo.

Por tanto, el cuerpo del hombre no es la causa principal de su mente, ni ambos pueden confundirse.

De ahí se sigue que la mente o alma humana no sea mortal por naturaleza, ya que si el cuerpo no es su causa creadora tampoco es su causa conservadora.

* * *

Se aclara la tercera premisa, sobre la infinitud del alma:

El concepto de esfera no es esférico, ni es alto el concepto de alto, pero quien posee la noción de lo esférico o de lo alto comprende todo lo que es esférico y todo lo que es alto en tanto que tales. Por el mismo motivo, quien posee la noción de infinito comprende lo infinito. Y dado que lo finito no puede comprender lo infinito, así como dos litros no caben en un recipiente de un litro, debe concederse que el alma es infinita.

Un concepto negativo no es de peor condición que uno positivo. Entendemos la noción de lo oscuro tan bien como la de lo luminoso, la de lo imperecedero tan bien como la de lo perecedero, etc. 

Si aceptamos que concebir y representar no son equivalentes, ya que podemos concebir un chiliedro pero no imaginarlo, no es correcto concluir que la incapacidad de representación conlleva una incapacidad de concepción. Pues bien, hasta la mente del hombre más estúpido concibe lo infinito. A esta noción no le falta nada. No se la perfecciona ni se la dota de mayor claridad engordándola con añadidos o representaciones de ninguna clase. Y es tan cierto decir que en el concepto de infinito está la esencia de lo infinito, la cual se da en todo infinito posible, como que en el concepto de impar está la esencia de lo impar. Los números impares son infinitos, pero su concepto no lo es, y podemos concebirlos distintamente sin representárnoslos en su conjunto.

Podría replicarse que comprender lo infinito no conduce necesariamente a ser infinito. Ahora bien, si por comprender algo entendemos participar de ello, no hay duda de que comprender es una especie del ser. El que comprende toma lo comprendido y se iguala a él, pues si no hubiera identidad entre el concepto objetivo y el concepto que se da en mi mente, todas mis nociones serían falsas. 

Abundando en lo anterior, debe distinguirse entre lo que es más que su noción y lo que no. Lo pesado o lo caliente son más que su noción, toda vez que presuponen estados de hecho y sucesiones causales. No es, sin embargo, el caso del infinito, que puede referirse a lo inmaterial. Luego si en mi mente se da en verdad la noción de infinito, mi mente es infinita, ya que lo infinito en tanto que tal no es más que su noción.

domingo, 30 de agosto de 2020

Que de la contingencia de la nada se sigue la necesidad de Dios


I.

La nada, entendida como ausencia de materia o energía, es o necesaria o contingente o imposible. 

La nada no es necesaria puesto que no tiene el ser en sí misma, sino que halla su causa en la finitud del mundo. La finitud temporal, esto es, el no llegar a ser o el dejar de ser del mundo, causa que la nada sea antes y después del mundo. A su vez, la finitud espacial causa que la nada sea más allá del mundo. Por tanto, si el mundo es finito en lo temporal o en lo espacial, la nada no sólo será posible, sino que será efectiva.

Ahora bien, la finitud espacial del mundo debe afirmarse, como demostraremos. 

Las partículas de materia en cualquier espacio finito mantienen un número finito de interacciones entre ellas. Ello implica que, si el universo es infinito, estas interacciones se repetirán en modelos idénticos a medida que avancemos en el espacio, por lo que existirán simultáneamente infinitos hombres idénticos, infinitas Tierras e infinitas galaxias idénticas dentro del mismo universo. Otro tanto sucederá si, partiendo de un alfabeto finito, no permitimos libros de más de cien páginas: llegados a cierto punto, los libros empezarán a repetirse y será imposible generar obras literarias nuevas, como ya notó Leibniz. 

La repetición infinita de lo idéntico es una consecuencia inevitable de la postulación de un mundo infinito. Sin embargo, debe rechazarse en virtud del principio de la identidad de los indiscernibles. En efecto, dos o más entes que sólo puedan distinguirse entre sí por su ubicación son en realidad el mismo ente, toda vez que el espacio vacío nada añade a la materia y carece de virtualidad diferenciadora. Luego, de la imposibilidad metafísica de lo idéntico se sigue la imposibilidad lógica de un universo de extensión infinita y la efectividad de la nada allende los límites del universo.

II.

Lo opuesto de un ente contingente no es necesario (si A es contingente, no A no es necesario; o lo que es lo mismo, no A es contingente).

Cualquier mundo es lo opuesto a la nada.

La nada es contingente, como se ha probado en el punto anterior.

Por tanto, cualquier mundo no es necesario; o lo que es lo mismo, cualquier mundo es contingente.

III.

Lo opuesto de un ente imposible es necesario (si A es imposible, no A es necesario).

Un mundo necesario es lo opuesto a un dios creador.

Un mundo necesario es imposible, como se ha probado en el punto anterior.

Por tanto, un dios creador es necesario.

lunes, 24 de agosto de 2020

La fuente de todo orden


Todo compuesto tiene partes. De ordinario estas partes deben ser anteriores al compuesto no sólo en la naturaleza, sino también en el tiempo. En efecto, partes y compuesto sólo podrían darse al mismo tiempo si no existiese resistencia en la materia y los contrarios se unieran inmediatamente, o si estuvieran unidos por una potencia infinita. Ahora bien, habida cuenta de que se da resistencia en la materia, lo que impide que los contrarios se unan naturalmente de manera inmediata, debe concluirse que el universo o bien ha alcanzado determinada composición en el transcurso del tiempo, o bien ha sido creado inmediatamente de la nada por una potencia infinita.

Si el universo ha alcanzado determinada composición en el transcurso del tiempo, el universo no fue un compuesto hasta que dicha medida de tiempo transcurrió, lo que equivale a decir que hasta entonces sus partes no formaron un todo y el universo no fue universo, esto es, fue un caos o amalgama. 

Habiendo concedido bajo la hipótesis anterior que el orden no estuvo siempre presente en el universo, se sigue que dicho orden no es necesario; por tanto, es un orden contingente y, en cuanto tal, no tiene el ser en sí, sino por otro, que es su causa. Así, al no darse dicho orden de manera intrínseca en ninguna de las partes, debe darse en el todo intrínseca o extrínsecamente. Pues bien, ya que admitimos que el orden natural no es eterno sino que surge a partir de cierto momento, es forzoso concluir que tal orden se da en el todo de forma extrínseca, esto es, por virtud de una causa extraña a la mole del universo. En efecto, si el universo fuera intrínsecamente ordenado, sería por la misma razón necesariamente ordenado y nunca podría llegar a serlo ni dejar de serlo, como sin embargo sucede.

Por tanto, o el universo no ha sido creado por una causa sobrenatural pero sí ordenado por ella, o ésta lo ha creado y ordenado.

sábado, 22 de agosto de 2020

Universo hilo, universo bloque


El universo puede concebirse como una sucesión de momentos en la que el momento posterior sustituye al anterior, que queda extinguido, o como una acumulación creciente de momentos, conservándose simultáneamente todos ellos. Nos referiremos a la primera concepción como universo hilo y a la segunda como universo bloque.

El universo hilo implica la destrucción de todos los momentos excepto el momento presente. El pasado sería un presente que ha perdido el ser actual y que ya no es en sí, por lo que sólo puede ser en otro, a saber, en el nuevo presente. Un universo de esta índole no puede reputarse eterno, toda vez que sus partes se destruyen de continuo y sólo son en sí momentáneamente.

En vano se objetará que si cada momento contiene todos los anteriores y posteriores a él, porque es causa de éstos y es causado por aquéllos, se sigue que cada momento es eterno y el universo tiene el ser en sí en cualquiera de sus sucesiones temporales. A ello contestamos que lo que tiene el ser en sí nunca puede perderlo ni depender de otros, mientras que el universo hilo pierde y adquiere el ser en cada sucesión, y depende de que un eslabón lo pierda para que el siguiente lo adquiera.

Por otro lado, el universo bloque aumenta a medida que va agregándosele la sucesión de momentos. Puesto que aumenta, caben dos opciones:

- Que experimente crecimiento como resultado de una adición externa, de modo que no tendría todo su ser en sí, sino que sería por otro, que le permite crecer.

- Que su crecimiento resulte de un desarrollo interno, según el cual todo momento posterior estaría incluido en el anterior. Por tanto, habría un primer momento que contendría todos los momentos.

Si la primera opción es verdadera, el universo bloque no tiene el ser en sí, por cuanto presupone una causa distinta de sí, esto es, una causa sobrenatural.

Si la segunda opción es verdadera, el universo bloque tiene un exceso de ser, pues el primer momento contiene todos los momentos, pero lo mismo sucede con los momentos posteriores, de manera que todos los momentos están infinitamente repetidos en copias idénticas. Ahora bien, si el momento C contenido en el momento A es idéntico al momento C contenido en el momento B, no hay razón para distinguir ambos momentos C (por el principio de la identidad de los indiscernibles), lo que nos conduce a concluir que sólo hay un momento C en su ser presente, y a rechazar por ello la hipótesis del universo bloque.
 
Todavía podría estipularse una variante del universo bloque no sujeta al crecimiento, en la que todos los momentos se dieran a la vez en una simultaneidad perfecta.
 
Ahora bien, llamamos universo a un conjunto de elementos que guardan una relación real entre ellos, señaladamente la causalidad. ¿Qué relación guardarían los distintos momentos que se dan simultáneamente en el universo bloque? No puede ser una relación causal en la que el momento A causa el momento B y éste al C, ya que la causalidad que afecta al movimiento requiere tiempo para su producción, lo que excluiría el carácter instantáneo de todos los sucesos. Por tanto, si las partes del universo carecen de trabazón causal, va de suyo que no están en un mismo lugar ni son un universo más que nominalmente; y si carecen de movimiento, no son el universo que conocemos.

En el mismo sentido: O las partes del universo bloque no mantienen relación causal entre sí, por lo que no son un universo, o guardan relación causal y, al ser un momento superior a otro como la causa es superior al efecto, no son un verdadero bloque. Pues, del mismo modo que el efecto no tiene el ser en sí, sino que lo tiene en su causa, una parte del universo tendría su ser en otra y ésta no lo tendría en aquélla; el conjunto llamado “bloque” no sería causa de sí mismo, dado que una parte sería causa de otra, y en definitiva serían de mejor condición ontológica unos estados que otros pese a darse de una sola vez y no sucederse entre ellos, lo que es absurdo.
 

jueves, 20 de agosto de 2020

El gran salto


Hay dos condiciones de existencia mutuamente excluyentes: empezar a ser o ser eterno. Empezar a ser es ser por otro, mientras que ser eterno es ser en sí.
 
De lo anterior se desprende que si algo no empieza a ser ni es eterno no puede existir.
 
Por otro lado, la condición que permite existir debe tenerse en todo momento, so pena de dejar de existir desde el momento en que se carece de ella.
 
De este modo, vemos que lo que empieza a ser conserva siempre esta condición, ya que en ningún momento de su existencia es enajenado del hecho de que ha empezado a ser.
 
Asimismo, lo que es eterno debe conservar siempre dicha condición, es decir, debe ser eterno en cada momento en que existe y no mediante la suma de todos los momentos que componen la eternidad. Si lo eterno lo fuera por adición de momentos y no de un modo inherente, tendría el ser en otro, a saber, en la suma de los momentos, y no en sí mismo. De donde se sigue que, al no empezar a ser ni ser sempiterno, no existiría en absoluto.
 
Por consiguiente, si el universo carece de comienzo, debe ser sempiterno, puesto que existe. Esto es, debe estar más allá de la sucesión de momentos que constituye el tiempo y, por el mismo motivo, más allá de la extensión, que permite que se introduzca el cambio de un momento respecto al anterior. En otras palabras, un universo sempiterno debe ser un átomo infinitamente pequeño, intemporal e inextenso.
 
Ahora bien, dado que el universo que conocemos no es un átomo infinitamente pequeño, el naturalista ha de estar en disposición de demostrar la transición de lo intemporal a lo temporal y de lo inextenso a lo extenso. Esta transición es un gran salto metafísico y no puede fundamentarse racionalmente desde el propio universo, como ya hemos explicado. Por tanto, la misma es contra razón si asumimos que nada existe salvo el universo, o bien está más allá de la razón si la vinculamos a un ente distinto del universo, ya sea un dios o un demiurgo.
 

Aporías en el naturalismo. El universo punto.


El universo puede ser infinito en duración ex nunc sin ser infinito en todos los demás extremos, es decir, sin ser absolutamente infinito: existente ex tunc, con una energía ilimitada, una complejidad máxima, etc. Sin embargo, si no hay Dios, ¿qué impide al universo ser absolutamente infinito como la sustancia de Spinoza?

Supongamos que el universo es existente ex tunc. Si lo que genera al universo existe desde siempre y es parte del universo, entonces el universo existe desde siempre, nunca ha empezado a ser y por el mismo motivo nunca dejará de ser. Visto así, nada empieza a ser ex nihilo porque ya estaba en germen en su causa. Habría un átomo infinitamente pequeño que contendría todo el universo (el universo punto), el cual en algún momento y por alguna razón dejó de ser uno e inextenso para convertirse en el todo extenso que hoy conocemos.

Esta metafísica de cuento de hadas en la que acaba desembocando el naturalismo topa con escollos insalvables:
 
- En primer lugar, lo inextenso no puede devenir extenso salvo por vía de milagro, por la misma razón por la que lo absolutamente inexistente no ingresa a la existencia sin el concurso de Dios o lo sobrenatural.
 
Lo inextenso y lo extenso no pueden tener relación de causalidad, al no haber proporción entre ellos. Si la materia tuviera relaciones causales no basadas en la extensión, como ocurre con la telepatía, éstas no estarían sujetas a medida y aquélla no podría explicarse por sus propios efectos, sino que habría que referirla oscuramente a la fuerza arcana que ha provocado su movimiento.

- En segundo lugar, si el átomo inextenso pasó a ser extenso, dejó de ser en tanto que átomo inextenso. Por tanto, fue destruido o se autoaniquiló, y una vez que quedó reducido a la nada fue causa de todo lo que tiene extensión. Esto, además de ser absurdo, va contra la tesis naturalista que predica que el universo posee un ser indestructible.

Si, por el contrario, suponemos que el universo existente desde siempre no como un átomo infinitamente pequeño allende el espacio y el tiempo sino como una sucesión infinita de causas y efectos, Aristóteles nos muestra la imposibilidad de este razonamiento.

Así, todo cuanto existe tiene esta condición o bien porque empieza a ser o bien porque es eterno. Sin embargo, si se da una sucesión infinita de causas no habrá una causa primera y nada empezará a ser, por lo que o nada será en absoluto o todo será eterno. Ahora bien, si todo es eterno, el todo estará contenido en cada una de las infinitas sucesiones de causas y efectos o no lo estará. Si está contenido en ellas, no será eterno en todo momento, ya que ninguna de ellas lo es por sí sola; y si no está contenido en ellas, tampoco lo será, dado que lo que éstas comprenden empezará a ser respecto al estado anterior en que no era. Por tanto, no será eterno y no será en absoluto.

Finalmente, si hay una causa primera que opere en el tiempo, será y no será eterna. Esto es, existirá y carecerá de comienzo, por lo que será eterna, pero habrá transcurrido un tiempo finito entre la causa primera y el momento actual, por lo que no será eterna. Lo cual, al conculcar la lógica, también debe rechazarse.
 

Que el universo es creado por Dios

 
Campanella demuestra la creación del universo y la existencia de Dios de un modo tan sencillo que hasta puede resultarnos trivial.

1. El universo, nos dice, es de naturaleza finita, no infinita, en lo tocante a la potencia.

Alcanzamos esta tesis por inducción: nada de cuanto conocemos puede llegar a ser cualquier cosa, sino que, por el contrario, todo -incluido el universo en su conjunto- está circunscrito a límites cuantitativos y cualitativos.

2. Por tanto, el universo no podría ser siempre si no fuera conservado por la potencia infinita de un agente infinito.

3. Asimismo, la causa principal que conserva es idéntica a la que produce, lo que es de por sí evidente.

4. Ahora bien, el universo desde que empieza a ser existe siempre, en la medida en que todo se transforma y nada es aniquilado.

5. Por tanto, el universo es conservado por la potencia infinita de un agente infinito, que es Dios.

6. Por tanto, el universo es producido o creado por Dios.

* * *

La inducción del naturalista es distinta. Razona de la siguiente manera:

Puesto que nada en el universo puede extinguirse, el universo posee una potencia infinita”.

Pero esta conclusión es incorrecta. Una potencia infinita no se manifestaría sólo en el ámbito de la existencia temporal, sino también en el de los demás modos de la existencia. Así, un universo sin límites cuantitativos ni cualitativos, infinitamente potente, no estaría sujeto a leyes ni a constantes; sería al mismo tiempo todo lo concebible, mientras fuera composible, y tanto el propio universo como cuanto participase de él, si no existiera ya en grado sumo, podrían verse aumentados ilimitadamente.


Nada de esto tiene ejemplo en la naturaleza que conocemos.
 

El acosmismo spinoziano es claro si se lo compara con el sistema de Campanella, quien defiende el panenteísmo. Para ello parte de la noción del ser que es totalmente (y, por tanto, también es cielo, hombre, asno y piedra), Dios, y llega a las causas segundas por composición del ser creado y la nada.

Campanella justifica del siguiente modo la postulación de la nada como ente de razón:
 
La pura nada no puede ser pensada [positivamente], y nunca ha existido ni existirá excepto en el intelecto, que la aprehende mediante la idea opuesta del ente y su sustracción. Su ser no es el ser de las otras cosas, ni tiene un ser propio, ya que, si tuviera el ser no sería un puro no-ente. No obstante, tampoco su naturaleza es tal que no exista, pues de lo contrario no se daría un ente que no fuera al mismo tiempo otro ente, y las cosas todavía no producidas ya existirían, y el mundo existiría antes de existir”.

Ahora bien, la nada es absolutamente excluida por Spinoza, quien se ve forzado a identificar a Dios y el universo. De lo que resulta que todo en el universo es totalmente, sin negación ni privación de ningún género. Ello conlleva que un ente es al mismo tiempo todos los entes, por lo que no existe una distinción ni un orden reales, y que nada ha empezado a existir.
 

Qué significa crear de la nada


En Dios, en un plano trascendental, las ideas están unidas de un modo indisoluble por la cadena de la verdad (como sucede con los números, que están todos en todos), por lo que no puede tomarse ningún elemento separadamente. Sin embargo, en un plano físico, las ideas materializadas en las causas segundas se oponen entre sí y están efectivamente separadas, siguiéndose de ello que el hombre no puede ser piedra, la piedra no puede ser cielo, etc.

Campanella se pregunta de dónde procede esta separación necesaria en el ámbito físico, ya que no está en la mente de Dios. Y concluye que tal distinción procede del no-ente, puesto que la esencia de lo finito sólo es inteligible si se considera todo lo que no es. No viene dada por el no-ente como realidad física, ya que éste no existe ni en Dios ni fuera de Dios, sino como realidad metafísica o privación trascendental de los entes finitos.

Así pues, cuando se dice que Dios crea el mundo de la nada, debe entenderse que Dios da el ser a las criaturas que no son por sí y que por su propia condición finita están rodeadas de nada e infinitamente penetradas por la nada.
 

Nos parece que todas las cosas se componen de la afirmación y de la negación: finita la primera, infinita la segunda. La afirmación indica el ser, la negación el no-ser. El hombre, en efecto, es por sí y necesariamente animal racional, y por sí y necesariamente no asno, no buey, no piedra, no cielo; y está rodeado, como decíamos, de una negación infinita. Si fuera contingente la siguiente proposición: “el hombre no es asno”, entonces el hombre podría ser o no ser asno, como ser o no ser blanco; y esto es igualmente claro en las demás cosas.

En verdad Dios con su palabra ha creado todo, diciendo que fuera y dando el ser, como enseña el sapientísimo Moisés; antes, por tanto, fue la nada. Cuando las cosas recibieron el ser no perdieron totalmente la propia nada, porque no recibieron todo el ser; de donde proviene que todas las cosas por su naturaleza tiendan a la nada, como dice San Agustín en el De cognitione vera vitae; por ello dejan de existir y se mudan. Dios, en efecto, no permite que su entidad, que él ha dado, se extinga en la nada y sea rebasada por el no-ente; y por este motivo, cuando las cosas tienden al no-ente, no son recibidas por él, sino que vienen a mudarse en otro ente. De hecho, la esfera del ente es infinita y no permite que nada salga de ella. Dios puede permitir la mudanza en pos de lo mejor, a fin de que su idea sea representada y comunicada de innumerables modos, pues nada es más perfecto que esto.

Campanella
 

miércoles, 17 de junio de 2020

Campanella como antídoto de Spinoza




La ontología de Campanella se fundamenta en la distinción entre los seres parciales (el universo), el ser total (Dios) y el no-ser (la nada). Véase:

1. Todo ser parcial participa de Dios y de la nada, porque es un número finito de cosas y no es un número infinito de cosas.

2. Dios no participa de la nada, pues es totalmente. Tampoco participa de ningún ser distinto a sí mismo, ya que ello conllevaría participar del no-ser que impregna a los seres parciales y, en consecuencia, entraría en contradicción con su ser total.

Nótese que en este punto Campanella se separa del panteísmo, toda vez que, al participar el universo de Dios pero no Dios del universo, quiebra la relación de equivalencia y se elimina la confusión entre ambos.

3. La nada no participa ni de Dios ni de los seres parciales, pues no existe ni en Dios ni fuera de Dios, ni en la mente ni fuera de la mente. Es el límite de lo que existe de un modo parcial y debe postularse porque, si los seres parciales no participaran de la nada, participarían sólo de Dios; de donde se seguría necesariamente que TODO ES DIOS, lo que es falso, siendo cierto en cambio que DIOS ES TODO.

De las anteriores definiciones Campanella extrae ciertas tesis:

El hombre es no-piedra, no-asno, etc. Luego el no-ser forma composición en el hombre y en cualquier ser finito. Ahora bien, al no participar de la nada, Dios no es no-piedra. Por ello, Dios es piedra, no en tanto piedra (que es no siendo infinitas cosas), sino en grado eminente en tanto ser total (que es siendo infinitas cosas). Luego el no-ser no forma composición en Dios.

Así, del mismo modo que conocemos a Dios, el ser total, como esencia del ser de los seres parciales, también conocemos el no-ser, la nada absoluta, como esencia del no-ser de los seres parciales. Es decir, el conocimiento de lo que es participado y no participante (Dios y la nada) es un conocimiento indirecto que no pertenece a la realidad sensible pero se desprende de ella, como la metafísica de la física.

lunes, 8 de junio de 2020

Campanella: Que Dios es totalmente, y todas las perfecciones de todos los seres son en Dios, y todo lo finito participa de Dios y de la nada




Lo que es totalmente, es necesariamente siempre; en efecto, su esencia consiste sólo en el ser, absolutamente; luego no puede disminuir ni por sí mismo, porque puede ser, sabe ser y quiere ser siempre, ni por otro, porque lo que es totalmente no admite al otro; si, en efecto, existiera el otro, entonces lo que es totalmente ente no sería tal, sino más bien ente en cierto modo, ya que le faltaría la entidad del otro, por cuya causa podría disminuir; así, al calor le falta la entidad del frío, por cuya causa puede acontecerle no ser.

Por el contrario, lo que es en cierto modo no necesariamente es siempre, sino más bien por un cierto tiempo y de un modo particular, ya que su esencia no es ser absolutamente, sino además no ser; si, en efecto, su quididad o naturaleza o esencia fuera el mismo ser, siempre sería. Así, dado que la naturaleza de la luz es resplandecer, resplandece siempre. 

Por tanto, lo que es en cierto modo es finito y limitado a un cierto género de ente; en efecto, es o sustancia o forma o color u operación o animal o piedra, etc.; luego carece de la entidad de los otros géneros de ser; luego no es el primero; luego depende del primero, siendo posterior a él; luego alguna vez no fue; luego alguna vez podrá no ser. Semejantemente, es necesario que esté rodeado de otros entes y esté limitado por los seres o por los no-entes; por tanto, su esencia no es ser totalmente, sino más bien de un cierto modo; de donde se sigue que lo que es totalmente contiene y abraza la entidad de todos los géneros; a su vez, no puede ser abrazado por la nada, puesto que la nada no existe ni en la mente ni fuera de la mente. En consecuencia es necesario que el ente sea sin medida; en consecuencia, infinito; en consecuencia, inmortal, como decíamos, e inmenso.

En el mismo sentido, tal ser es ingénito. En efecto, ¿de qué podría ser generado, si nada hay fuera de él, y es todo, y su naturaleza es ser, y por tanto nunca no ha sido? Ahora bien, además de lo que es totalmente existen muchos entes que son de un cierto modo, esto es, además de Dios existen el cielo, la tierra, el calor, el animal, etc., los cuales no son el mismo Dios, ni el uno es la esencia del otro; sin embargo, el mismo Dios es todas estas cosas, porque su naturaleza es toda naturaleza, y su nombre es todo nombre, como atestigua Trismegisto, es decir, cielo, tierra, calor, piedra, etc. en cuanto estas cosas tienen ser y perfecciones; pero vienen negadas por Dios en cuanto conllevan no-ser e imperfección, como afirma San Dionisio.

Asimismo, es propio del ente particular no ser ningún otro, siendo por ello constituido por un ser finito y un no-ser infinito. El hombre, en efecto, es animal racional por no ser al mismo tiempo asno, etc.; por su naturaleza el hombre no es tal cosa, como por su naturaleza es animal racional; no es accidental para el hombre no ser blancura o no ser asno o no ser cielo; sino más bien le es esencial no ser tales cosas, y no accidental; de lo contrario, podría ser y no ser asno, como ser y no ser blanco. Otro tanto debe decirse de todas las cosas particulares. 

El mismo ente primero no es propiamente Dios si no es piedra y leño y color, etc.; así, precisamente porque es Dios, es al mismo tiempo todas estas cosas, pero en grado eminente y en tanto expresan perfección y entidad; y puesto que es totalmente, no sólo es estos entes conocidos, sino también aquellos desconocidos y posibles e imaginables al infinito. Toda pequeña entidad que la mente pueda imaginar no iguala lo que puede imaginar la mente angélica; y tampoco la imaginación angélica se eleva al pensamiento divino. Si nosotros, por tanto, imaginamos infinitas entidades y un infinito número de entes, lo que es totalmente no será inferior a nuestra imaginación, porque de lo contrario no sería totalmente, ya que no sería las entidades que pensamos. Por tanto, es absolutamente infinito; luego no admite en sí ninguna nada; luego posee una entidad inmensa, inmortal, infinita. Por tanto, no es un todo, porque tendría partes, ya que todas las partes son finitas y, por consiguiente, no pueden ser componentes del infinito. No saben lo que dicen quienes hacen infinita alguna de las partes del infinito, de modo que en un número infinito se encuentren infinitos ternarios y una igualdad infinita; las partes, en efecto, no pueden ser iguales al todo, ni puede darse un infinito más grande que el infinito, ni más de un infinito, ni un infinito divisible, ya que nada falta al infinito; por consiguiente, no puede tener crecimiento ni disminución; por consiguiente, no es cuerpo ni potencia del cuerpo; está constituido por una entidad infinita y por ninguna nada, tampoco por una nada infinita. El hombre, en efecto, es animal racional por no ser por ello mismo infinitas cosas, siendo no-asno, no-piedra, no-rojo, y así al infinito; por consiguiente, sólo Dios es inmortal y no sucumbe a la nada, de donde se sigue que las criaturas son mortales, como afirma el Apóstol en la primera epístola a Timoteo, porque están rodeadas y esenciadas por la nada infinita. Si hay criaturas inmortales, subsisten por el beneficio de la inmortalidad de Dios, no por su naturaleza y por sí mismas, como advirtieron los antiguos teólogos, sino más bien por obra de Dios y por Dios.

Campanella 

martes, 2 de junio de 2020

Divinae leges natura, humanae moribus constant


El derecho natural parte de una definición del sujeto de derechos. El hombre no tiene derecho a hacer nada que sea impropio del hombre. Por tanto, si ser racional y social es propio del hombre, éste no tiene derecho a ser irracional y dañino para sus semejantes. 

Esta noción de derecho está vinculada al poder (porque ser racional y ser social son facultades humanas), pero también al deber y a un orden superior, que es lo que los estoicos entendían por naturaleza.

La naturaleza no es el reino de la permisión. A la piedra no le está permitido dejar de ser piedra, ni al agua dejar de ser agua, ni al carnero dejar de ser carnero. La permisión es algo más imaginario aue efectivo, porque todo está sometido a reglas no escritas mucho más inexorables que las que promulgamos los hombres. La propia constitución natural señala el deber.

Si el fuego arde necesariamente, porque de no ser así no sería fuego, escapa a nuestro poder prohibir al fuego que arda mientras sea fuego. Todo evento irresistible excluye lógicamente el permiso y la prohibición por igual.

La permisión y la prohibición pueden depender de un legislador que las sancione o, en defecto de éste, deben tener condiciones objetivas de posibilidad, dándose tres casos:

- Es posible que A esté permitido o prohibido.

- Es necesario que A esté permitido y es imposible que A esté prohibido.

- Es necesario que A esté prohibido y es imposible que A esté permitido.

Se afirma que es necesario que A esté prohibido cuando no está permitido, y que es imposible que A esté prohibido cuando está permitido. Tal es lo mismo que decir que “no permitido” y “prohibido” son sinónimos, mientras que “permitido” y “prohibido” son antónimos. Por tanto, nunca es meramente posible que algo esté permitido o prohibido, pues siempre nos encontramos ante un caso necesario o un caso imposible.

Ahora bien, si algo no está permitido por ausencia de permisión expresa, y asumimos que lo que no está expresamente permitido está prohibido, tal cosa estará prohibida. Y si es así, dado que en la naturaleza no hay reglas expresas, se sigue que todo en ella está prohibido, lo que es una afirmación gratuita. Si se quiere, tanto como la afirmación contraria, que también se seguiría del principio que sostuviera que todo lo que no está expresamente prohibido está permitido. Estos dos principios son incompatibles, ya que si no consta nada expreso, todo estaría permitido y prohibido al mismo tiempo.

En cambio, si lo permitido y lo prohibido dependen de la voluntad del legislador, nada explica por qué al legislador le está permitido legislar, o por qué a éste antes que a aquél.

Por esta razón no es aceptable que las condiciones de posibilidad de lo permitido o lo prohibido vengan dadas por las expresiones de un legislador cualquiera, sino sólo por las que vemos en la naturaleza, las cuales son expresiones de Dios en tanto que la crea mediante su palabra.