miércoles 18 de noviembre de 2009

Maestros de la sospecha




Los dos principios fundamentales de la llamada crítica histórica son el postulado de la vulgaridad y el axioma de la mediocridad. Postulado de la vulgaridad: todo lo auténticamente grande, bueno y verdadero es improbable, pues es extraordinario y, como poco, sospechoso. Axioma de la mediocridad: tal y como son las cosas entre nosotros y alrededor de nosotros deben haber sido en todas partes, pues todo es así verdaderamente tan natural...


Schlegel

martes 17 de noviembre de 2009

Compelle exire




El cristianismo, doblegado ante el progreso, capitula y acepta integrarse paulatinamente en un entorno plural de tolerancia. Es ésta una tesis odiosa, la de la maldad intrínseca del poder religioso y la bondad del secular, en virtud de la cual el uno debe subordinarse al otro. Creo justo lo opuesto, a saber, que el poder político tiende a la tiranía y el sacerdotal es su único límite posible. El regalismo se ha mostrado inoperante a lo largo de la historia.

Es falso, para empezar, que la Iglesia fuera tiránica cuando tuvo al Estado completamente de su parte. En el siglo XVIII, estando vigente en Europa la monarquía absoluta, mereció a d'Alembert estas palabras en la Enciclopedia:

La religión, cada día más esclarecida, nos enseña que no hay que odiar a los que no piensan como nosotros; se sabe distinguir hoy el espíritu sublime de la religión de las supersticiones de sus ministros; hemos visto en nuestra época a las potencias protestantes en guerra contra las potencias católicas, y ninguna insistir en el empeño de inspirar a sus pueblos ese odio brutal y feroz, que se tenían en otras épocas, incluso durante la paz, entre pueblos de diferentes sectas.


Esta cita, esta confesión de un enemigo en su obra más importante y monumental tendría que callar muchas bocas.

Pero, por otro lado, es falso también que la Iglesia se fuera deshinchando como un globo en la medida en que perdió apoyo institucional. ¡La verdad es justo la contraria! En época de d'Alembert, narra Tocqueville, la Iglesia apenas contaba con defensores en la intelectualidad. Cedía cada vez más al mísero papel de guardiana de las buenas costumbres, lo que provocó su identificación por mímesis con el orden que vino a caer con el Antiguo Régimen. Fue hasta entonces un cliente más del Estado, una vieja aya de cuyo consejo se acabó prescindiendo. Ahora bien, cuando la Iglesia fue maestra de Europa, se enfrentó a los soberanos; cuando Europa era una bajo la misma fe, la Inquisición moderna en colaboración con el brazo temporal no existía: todas las condenas eran espirituales, y por cierto muy escasas en número. No se hizo la Sede Petrina más molesta al aumentar su autoridad, sino al verse ésta cuestionada y dividida, esto es, tras la Reforma protestante.

Otro tanto sucedió con la Revolución francesa. Por su causa surgió la gran reacción antiliberal de De Maistres, Chateaubriands y Corteses. Lejos de dejarse arrastrar por los acontecimientos, la Iglesia vio, pasada la zozobra, confirmarse su influencia, lo que haría a Marx considerarla a mediados del siglo XIX el opio del pueblo. ¡En plena ebullición liberal!

¿Cómo creer, entonces, que ha sido la erosión causada por las súbitas mudanzas históricas lo que la ha debilitado y paralizado? Es, en cambio, el quietismo de la paz y los privilegios su mayor enemigo.

Endebles puentes




Antes del Concilio Vaticano II la Iglesia y la sociedad nacida a su sombra ya eran muy distintas al islam. En la Iglesia no hay revoluciones; toda transición es en ella lenta en medida de decenios y de siglos. Marcar, pues, en su historia un hito revolucionario y supuestamente autonegador es algo que sólo puede venir de progresistas (por hegelianos: sólo hay avance si hay contradicción) y lefebvristas (por parmenideanos: sólo hay coherencia si no hay avance).

Dicho esto, y reformulando la capciosa pregunta de J.Zamora, ¿es posible un islam tolerante? Posible es, y prefiero pensar que vale la pena promoverlo. Pero, si somos realistas, resulta poco probable. ¿Qué modulación puede haber en lo que se concibe a sí mismo como estático, sin Espíritu Santo que hable en todos a través del tiempo, y donde no cabe más que una incuestionable autoridad eterna y singular? No es sólo que la revelación esté cerrada, como lo está la cristiana, sino que fue transmitida de una vez a una sola persona y en escasos días, sin precursores, sin testimonios, en sueños. Por la misma naturaleza excepcionalísima de la revelación coránica se impone una exégesis literal en la que no existe más razón que la que emana de "la palabra". No puede haber en el islam concilio alguno porque tampoco hay magisterio unitario, sólo ciega sumisión. Es un tropel de sectas cohesionadas por la ortopraxis y un proyecto político imperial y teocrático.

Cristo proclamó solemnemente que se perdonarían las ofensas contra el Hijo, pero no aquellas emitidas contra el Espíritu; esto es, que se eximiría de culpa a quienes no creyeran en la letra, pero compartiesen en cambio el ideal. En el islam sucede lo contrario: el platonismo queda anulado y no hay más que mandatos divinos, infalibles e inapelables.

Creo que el acercamiento del Papa al islam es sólo una estrategia de propaganda de la fe cristiana, pretendiendo así fomentar un clima de diálogo y recabar conversos que acaben renegando de la fe de Mahoma. Siempre que ha habido debate teológico, la Iglesia católica ha triunfado: sucedió contra Arrio y contra la Reforma. ¿Y qué es el islam sino un arrianismo con libre examen?

La opinión genuina de Benedicto XVI al respecto es la que ya expresó en Ratisbona a través de Manuel II Paleólogo, que es también la de San Juan Damasceno y la de todos los Padres que se han ocupado en mayor o menor medida de dialogar con esta religión. El islam debe su origen a la violencia "ad extra" y su mantenimiento a la coacción "ad intra". Sus escrituras son eclécticas, su caridad es árida, su teología es bárbara y sus profecías son falsas. Pero también posee elementos en común con el cristianismo y parte de una misma tradición monoteísta. De ahí la necesaria y calculada ambigüedad de este pontificado.

Veremos.

lunes 16 de noviembre de 2009

Uccellini




domingo 15 de noviembre de 2009

De Grecia, la democracia




SOLUS SAPIT HIC HOMO
RELIQUI VERO UMBRAE MOVENTUR

Sólo este hombre sabe
Los otros son sombras que revolotean
(Od. X, 494-495).

sábado 14 de noviembre de 2009

Marxismo vaginal




El feminismo en España ha dado los frutos que cabía esperar, y todavía promete nuevas conquistas. Parte éste de la gran mentira según la cual la irrelevancia histórica de la mujer se debe a una conspiración a escala universal. Mentira ante la que demasiados idiotas, sintiéndose culpables por la mediocridad ajena, han asentido mansamente. La feminista Mary Wollstonecraft no la creyó. Suyas son estas palabras:

No se concluya que quiero invertir el orden de las cosas; ya he asegurado que, por su constitución, los hombres parecen diseñados por la Providencia para lograr un mayor grado de virtud.


Pero "el orden de las cosas" es una expresión prohibida para esta ideología, que sólo puede concebir lo ordenado como el efecto de una voluntad sojuzgante, propia o extraña. Es el odio a la naturaleza dispar, a lo excesivo y a lo permanente lo que mueve al feminismo a fomentar la plasticidad moral, la mutación acelerada de las costumbres, la castración lingüística, la ingeniería jurídica y la aberración médica. Se lucha contra el patriarcado y el falocentrismo, que representan la violencia, la represión, la sordidez y todo lo que una mente maniquea puede suponer al otro lado de la frontera del Bien. Ante tan colosal enemigo imaginario, las medidas para combatirlo han de ser proporcionadas y emplear sin demora todos los medios al alcance. Deben, además, cumplir con cierta justicia poética por la que los papeles queden intercambiados al contragolpe. Hace falta un nuevo hombre, unas nuevas leyes, una nueva sociedad. Quien se oponga a esto será inhumano, estará proscrito, devendrá antisocial.

Sin embargo, la sociología no lo es todo. Por supuesto que la biología tampoco. Ni siquiera de la combinación de las dos disciplinas obtenemos un conocimiento cierto, determinista, de las cualidades de los hombres. Ahora bien, quienes ensalzan el método experimental sobre las cábalas racionalistas deberían predicar con el ejemplo y conferir a la Historia la máxima autoridad, pues ésta es un experimento continuo. Camille Paglia escribe:

Incluso sin restricciones, no habría existido una Pascal, una Milton o una Kant. El genio no se detiene ante los obstáculos sociales: triunfa de todos modos. El egocentrismo masculino, repugnante en los carentes de talento, es la fuente de su grandeza como sexo.


El individuo, no obstante, podrá a pesar de su sexo alcanzar la virtud, pues ésta no es de naturaleza sexual, sino intelectual. Pero ignorar las condiciones iniciales o querer hacer tabula rasa con ellas es ceguera y empecinamiento.

Donoso Cortés escribió que la Historia es más fiable que las teorías. La Historia dice que el hombre -independientemente de su condición social- ha superado en genio a la mujer en todas partes y en todo tiempo, sin ir ello en detrimento de su mutua colaboración y del interés de la sociedad en su conjunto. Si una teoría (digamos, el feminismo) rechaza radicalmente tal estado de cosas, sólo podrá ser desde el engaño, el poder y el abuso. Así ha sucedido con el comunismo, que no aceptó la desigualdad natural y emprendió una reforma de nuestra especie bajo presupuestos economicistas. Caído el muro, la ideología totalitaria da sus últimos y más desesperados coletazos a través de estos marxistas vaginales.

viernes 13 de noviembre de 2009

Neopaganos, involucionistas




¿Cuántas veces escucharemos contraponer la brillante, escéptica y expansiva cultura grecolatina, germen de la Ilustración, a la arcaica, provinciana y cruel literatura religiosa del pueblo hebreo, Hidra de todos los fanatismos? Existe, sin embargo, un sesgo fundamental en esta apreciación, consistente en tomar la parte por el todo y considerar a los filósofos y moralistas clásicos como índices de la sociedad en que vivían. Lejos de serlo, fueron sus críticos más feroces, semejantes a los profetas entre los judíos. Demócrito reía; Heráclito lloraba; Pitágoras se escondía; Empédocles se deificaba; Sócrates escarnecía; Epicuro despreciaba; Séneca condenaba. No eran los representantes del vulgo, ni siquiera las más de las veces se los tuvo por prohombres. Marginados, cuando no perseguidos, escribieron para un tiempo que no era el suyo.

La moral pagana no debe buscarse en Platón, sino en Homero. Su Ilíada y su Odisea fueron lo más parecido a un texto sagrado para los antiguos griegos. Ahí estaban codificados poéticamente sus valores patrióticos y sus nociones de heroísmo, de autoridad, de honor, de astucia, de piedad hacia los dioses y de compasión hacia el hombre. Los poetas eran para los helenos el equivalente a los teólogos para los cristianos. Así, los dioses homéricos no cuidan menos de los hombres que la divina providencia monoteísta:



Los dioses, semejantes a huéspedes extranjeros bajo toda clase de formas, recorren las ciudades y vigilan la soberbia de los hombres y su rectitud (Od. XVII, 485-487).


Ni se abstienen de juzgarlos:

Zeus, que en su irritación se enoja contra los hombres que por la fuerza en el ágora dan sentencias torcidas (Il. XVI, 386-387).


Con todo, el dios pagano es sobornable. La diferencia entre el sacrificio abrahámico y el de Agamenón de su hija Ifigenia es clara: en éste el hombre busca tentar a Dios para obtener una recompensa; en aquél Dios pretende tentar al hombre para honrarlo.

La caridad, además, es en Homero una excepción. Aquiles sólo muestra misericordia ante las conmovedoras súplicas de un anciano padre derrotado; magnanimidad consistente en permitir un sepelio. En las jornadas siguientes, Troya es asaltada y arde hasta los cimientos. Odiseo, a su vez, no profesa apego más que por compañeros y familiares, y concluye su itinerario vital en una venganza sangrienta y premeditada.

En cambio, la paciencia divina recorre la Biblia del uno al otro confín, culminando en el Evangelio, en que aquélla se torna pasión. Desde siempre, Dios detiene su ira ante los buenos: los aparta de la sociedad corrompida, o incluso promete salvar a ésta por ellos. Tuerce el destino para premiar el arrepentimiento, mientras que el hado inflexible predomina en las creencias de los idólatras. Envía Yahvéh a sus emisarios para transmitir amenazas y dar al pecador ocasión de convertirse, al tiempo que la divinidad pagana hiere de lejos y fulmina.

La Biblia es un estupendo fresco donde se aprecia cómo el mal opera a través del bien y el bien a través del mal. No es un discurso moralizante bien estructurado donde nada es áspero, donde lo correcto y lo incorrecto están nítidamente separados por una línea racional por todos visible. Es el campo de juego del destino, el sendero hacia la perfección desde la imperfección, y el rechazo frontal de la idea de progreso. En realidad, se nos dice, el hombre degenera y su moral envejece si no es continuamente renovada desde lo alto.

La religión pagana honró a Homero para acabar divinizando los vicios. Hizo a los dioses dichosos y a los hombres esclavos de mil supersticiones. El cristianismo sacrificó a Dios en la cruz para liberarlos.

Un criminal verá en la Biblia una enciclopedia de la delincuencia. Cristo vio en ella el Nuevo Testamento. No hay una sola forma de leerla. Por este motivo, entre otros, existen la Iglesia y su magisterio.

jueves 12 de noviembre de 2009

Lo que se quiere decir




Es difícil encontrar a una persona que quiera comer cosas que no sean alimento, o hacer con ellas algo que no sea comérselas. En otras palabras, es raro encontrar perversiones en relación con la comida. Pero las perversiones del instinto sexual son abundantes, difíciles de curar y aterradoras. Siento tener que descender a tal nivel de detalle, pero es necesario, porque durante los últimos veinte años se nos han contado día sí día también muchas mentiras acerca del sexo. Se ha repetido hasta la saciedad que el deseo sexual es igual que todos los demás deseos naturales, y que, si pudiéramos olvidar tabúes obsoletos sobre su represión, todo sería perfecto. Esto es totalmente falso. Al mirar los hechos y dejar a un lado la propaganda, se advierte el engaño.

Se dice que el sexo ha caído en un estado caótico porque ha sido reprimido. Pero en los últimos veinte años ha dejado de reprimirse, se ha parloteado al respecto hasta el agotamiento. Y, sin embargo, el desorden continúa. Si reprimir el sexo hubiera sido la verdadera causa del problema, éste hubiera desaparecido una vez salvado aquel escollo. Pero no ha sido así. Más bien pienso que ha sucedido todo lo contrario. A mi entender, la humanidad reprimió el sexo en el pasado para evitar precisamente que se convirtiera en un caos.

Hoy se repite a menudo que «el sexo no es algo de lo que haya que avergonzarse». Esta afirmación puede querer decir dos cosas. La primera interpretación sería la siguiente: «no hay por qué avergonzarse del hecho de que la especie humana se reproduzca de una determinada manera, ni del hecho de que obtenga placer en ello». Si es esto lo que se quiere decir, me parece razonable. Los cristianos dicen exactamente lo mismo. El problema no está en el sexo en sí, ni en el placer que conlleva. De hecho los Padres de la Iglesia afirman que si el hombre no hubiera caído por el pecado original, el placer sexual, en lugar de verse disminuido, sería aún mayor. Soy consciente de que ciertos cristianos despistados han podido decir que para la religión cristiana el sexo, el cuerpo, o el placer eran malos per se. Pero se equivocaban. El cristianismo es prácticamente la única gran religión que defiende el valor del cuerpo; que cree que la materia es buena, la cual Dios mismo tomó en su forma humana; que en la vida eterna recibiremos un cuerpo que será parte esencial de nuestro gozo y de nuestra belleza y energía. El cristianismo ha glorificado el matrimonio más que cualquier otra religión. Y casi toda la mejor poesía amorosa del mundo ha sido escrita por autores cristianos. Si alguien afirma que el sexo es malo en sí, el cristianismo lo refuta. Pero, desde luego, cuando se dice que «el sexo no es algo de lo que haya que avergonzarse», se quiere decir que «el estado en el que el instinto sexual ha caído no es nada de lo que haya que avergonzarse».


C.S. Lewis

miércoles 11 de noviembre de 2009

Autoescisión




El buen autor, el que de veras se compromete con su causa, quiere que aparezca otro y lo eclipse sosteniendo la misma causa de modo más claro y resolviendo exhaustivamente los problemas contenidos en ella. La muchacha que ama desea descubrir, en la infidelidad del amado, la devota fidelidad de su propio amor. El soldado desea caer en el campo de batalla por su patria victoriosa: pues en la victoria de su patria triunfan al mismo tiempo sus más altos deseos. La madre da al hijo lo que se quita a sí misma, el sueño, la mejor comida, en algunos casos la salud y los bienes. ¿Pero son, todos éstos, estados altruistas? ¿Son, estas acciones de la moral milagros, en tanto que son, según expresión de Schopenhauer, "imposibles y con todo reales"? ¿No es evidente que en todos estos casos el hombre ama algo propio, un pensamiento, una aspiración, una criatura, más que otra cosa propia, es decir, que escinde su ser y sacrifica una parte de éste a la otra? ¿Acaso sucede algo esencialmente distinto cuando un testarudo dice: "Prefiero que me maten a ceder un palmo ante este hombre"? En todos estos casos existe la inclinación hacia algo (deseo, instinto, aspiración); secundarla con todas las consecuencias, no es, en ningún caso "altruista". En la moral el hombre se trata a sí mismo, no como individuum, sino como dividuum.


Nietzsche

lunes 9 de noviembre de 2009

La moral ciega




"Mis amigos me han ayudado a vivir. Por tanto, moriré por ellos". He aquí el principio de la imbecilidad. Si vivir es bueno, y por eso tenemos por buenos a nuestros amigos, que nos hacen la vida más llevadera, ¿no deberíamos tenerlos por malos si por su causa hemos de morir? Por definición, todo lo que exija nuestra muerte gratuita es malo, a menos que admitamos que existen ideas superiores a nosotros, dignas de tal renuncia. No seres superiores, pues esto es obvio, y aun así nadie se sacrifica voluntariamente por los más sabios o los más fuertes que él. Luego, salvando el caso de que seamos imbéciles, nos sacrificamos prescindiendo de los sentidos, de los afectos y de los recuerdos, siempre por ideas descarnadas.

Morir por un hijo se nos antoja adecuado, puesto que respeta nuestro ideal de supervivencia. Pero ¿merece la pena morir en un incendio por no querer abandonar la morada con la que uno se identifica? No, porque no hay razón para identificarse con algo así, tan disímil e inferior a nosotros, en tanto que creado por nosotros. Luego no es la empatía, sino otra cosa, la que nos mueve a aprobar ciertas actitudes llamadas empáticas y morales. Esta cosa sólo puede ser un ideal, del que el edificio en llamas quizá sea símbolo para el que por él se inmola.

Veamos ahora una objeción. Se dirá que hay ideales que no merecen sacrificio. Ahora bien, sólo puede sostenerse tal según un particular ideal de lo digno de sacrificio. Pitágoras ofreció una hecatombe, esto es, sacrificó cien bueyes tras descubrir su famoso teorema. A ti te parecerá una imbecilidad; a él no se lo pareció.

Unidos por la nada




Un símbolo no puede atentar contra la libertad religiosa, salvo que sea un símbolo objetiva e intencionadamente insultante. Unas caricaturas en un periódico, pongamos por caso. Ahora bien, si el problema es la financiación pública de iconos, podríamos empezar la criba con la bandera de Europa, de inspiración mariana, o con el tema de la Unión europea de radiotelevisión, el preludio del "Te Deum" de Charpentier, que también deberían molestarnos por las reminiscencias que conllevan.

Pero divago. Asumamos que algunos símbolos son ofensivos para determinadas personas por razón de su fe o falta de ella, y que ello, cuando viene respaldado por el poder público, logra un efecto excluyente en las mismas. En este caso puede irse un poco más allá y exigir la retirada de todo monumento u homenaje a cualquier figura histórica que no compagine con nuestra idiosincrasia. Pues, a no ser que se crea que el estatus de las religiones es superior al de las ideologías o merece más protección que éste, nadie negará, siguiendo el mismo razonamiento, que algunas expresiones artísticas también vulneran la libertad ideológica. La efigie de un rey no es menos aberrante para muchos republicanos que la de Cristo para ciertos ateos.

Propongo, entonces, lo siguiente: que todo símbolo público sea abstracto, ahistórico y no figurativo. Y lo mismo para los discursos institucionales, símbolos al fin y al cabo. Que cada cual vea en ellos lo que desee; que sean todo en todos. Y si a alguien se le ocurre decir que esos símbolos son nada, corra el séquito del emperador desnudo a desmentirlo.

domingo 8 de noviembre de 2009

Domenico Obizzi




sábado 7 de noviembre de 2009

Princeps pacis




I.

La sociedad sólo puede ser un fin absoluto para sí misma. Para otra sociedad es siempre un medio o un obstáculo. La idea de humanidad resulta apolítica y esencialmente religiosa.

II.

En una guerra, donde no se da arbitraje ni policía posible entre los bandos, no hay nada, fuera de la caridad o el propio interés, que se interponga entre el vencedor y el exterminio total del vencido.

III.


La sociedad es un cuerpo solidario, por lo que cuando se guerrea contra ella es lícito herir cualquiera de sus flancos. Dos púgiles no tienen que golpearse sólo en brazos y puños, por ser éstos los artífices directos del daño recibido, sino donde se tercie y sea adecuado al fin de abatirse. Son lícitos, pues, los castigos colectivos cuando se guerrea, y es lícito atacar antes de ser atacado, si se tienen motivos para creer que es menor el riesgo de emprender una contienda que el de esperarla.

IV.

En la Antigüedad los reinos eran pequeños y apenas estaban comunicados por el comercio, por lo que la conveniencia estratégica y económica de mantener con vida al enemigo solía ser escasa, salvo que se lo redujera a la esclavitud; nula si mostraba signos de belicosidad o desafío. Los límites que el derecho de gentes impone a la violencia de los Estados entre sí fueron ganando paulatinamente el consenso entre las naciones sólo cuando las guerras empezaron a ser demasiado peligrosas, por implicar cada vez a ejércitos mayores, con mucha más movilidad y más igualados en fuerzas.

V.

Pero también fue menester una base teórica, consolidada en la Historia, que amparase esta transformación. No hay derecho de gentes lógicamente consistente sin la separación radical entre Iglesia y Estado. Puesto que aquél es metafísico y asume a la especie humana como un continuo con independencia de sus escisiones políticas, la identificación de la creencia con el poder terreno ("cujus regio, ejus religio") sólo puede implicar la asimilación del enemigo al extranjero, al que se negaría la condición de hombre.

viernes 6 de noviembre de 2009

Justicia divina




Los juicios de Dios son internos y se dirigen a nuestra consciencia antes que a nuestras obras. A diferencia de lo que pueda creer un psicólogo materialista, el ser consciente no es una superestructura de lo obrado o reprimido. Cuando nos juzgamos culpables también consideramos lo padecido como parte esencial de nuestro destino, no siendo tal hado más que la línea acotada por dos pasiones absolutas: el engendramiento y la muerte. El nacer, no menos que el morir, puede ser honroso o infame. Pero nadie elige morir, salvo el suicida, y nadie, salvo el nacido, desea nacer.

Si no nos dejamos obnubilar por el igualitarismo y la sensiblería, confesaremos que secretas razones nos convierten en abyectos sin que en ellas tome parte la libertad. Uno tiene tantos motivos para enorgullecerse de sus orígenes como para verse humillado por ellos. Pese al dicho de Platón, según el cual todos descendemos por igual de reyes y esclavos, causa placer a los hombres encontrar pequeños vestigios de nobleza en su linaje, mientras que los ofende una mala reputación familiar, incluso si ésta es remota o desconocida. Así, aunque de nada sirva jactarse de la buena vista de los antepasados si se es ciego, no es menos gratuito concebir al individuo como un hecho aislado y ahistórico del que brotan espontánea y autónomamente cada una de las acciones que le son atribuibles. Como a todo lo que es en el mundo, al hombre se lo puede perseguir por sus causas, siendo las más próximas e inmediatas las que constituyen los lazos de sangre.

Por tanto, la responsabilidad de un individuo nunca se ciñe sólo a sí mismo: se extiende a los que lo toleraron y a quienes obtuvieron de él alguna ventaja, ya obrando conscientemente, ya porque la mantuvieron una vez apercibidos de su procedencia. Se imputa un delito al que pudo realizar la acción castigada; merece un castigo, sin embargo, todo aquel que debe algo al mal. Y todo lo debe al mal quien nace de malvados o mora entre ellos. La vergüenza por la pertenencia sería aquí autoincriminatoria, pues avergonzarse implica admitir que se es digno del castigo. Este sentimiento es racional, aunque en justicia -si hay Dios- ningún hombre pudiera castigar al que lo padece, ya que nuestra jurisdicción es exterior y no penetra en las almas. Debería sufrir, marcado por la ignominia, pero nadie debería hacerlo sufrir. Tal es la condición humana, la de la culpa infinita y la expiación imposible.

El conservador que anunció el fascismo




Señores, tremenda es la palabra; pero no debemos retraernos de pronunciar palabras tremendas si dicen la verdad, y yo estoy resuelto a decirla. ¡La libertad acabó! No resucitará, señores, ni al tercer día, ni al tercer año, ni al tercer siglo quizá. ¿Os asusta, señores, la tiranía que sufrimos? De poco os asustáis; veréis cosas mayores. Y aquí os ruego, señores, que guardéis en vuestra memoria mis palabras, porque lo que voy a decir, los sucesos que voy a anunciar en un porvenir más próximo o más lejano, pero muy lejano nunca, se han de cumplir a la letra.

El fundamento, señores, de todos vuestros errores (dirigiéndose a los bancos de la izquierda) consiste en no saber cuál es la dirección de la civilización y del mundo. Vosotros creéis que la civilización y el mundo van, cuando la civilización y el mundo vuelven. El mundo, señores, camina con pasos rapidísimos a la constitución de un despotismo, el más gigantesco y asolador de que hay memoria en los hombres. A esto camina la civilización, y a esto camina el mundo. Para anunciar estas cosas no necesito ser Profeta. Me basta considerar la combinación pavorosa de los acontecimientos humanos desde su único punto de vista verdadero, desde las alturas católicas.

Señores, no hay mas que dos represiones posibles, una interior y otra exterior; la religiosa y la política. Estas son de tal naturaleza, que cuando el termómetro religioso está subido, el termómetro de la represión política está bajo; y cuando el termómetro religioso está bajo, el termómetro político, la represión política, la tiranía está alta. Esta es una ley de la humanidad, una ley de la historia. Y si no, señores , ved lo que era el mundo, ved lo que era la sociedad que cae al otro lado de la Cruz, decid lo que era cuando no había represión interior, cuando no había represión religiosa. Entonces aquella era una sociedad de tiranías y de esclavos. Citadme un solo pueblo donde no haya esclavos y donde no haya tiranía. Este es un hecho incontrovertible, este es un hecho incontrovertido, este es un hecho evidente. La libertad, la libertad verdadera, la libertad de todos y para todos no vino al mundo sino con el Salvador del mundo. Este también es un hecho incontrovertido, es un hecho confesado hasta por los mismos socialistas que lo confiesan. Los socialistas llaman a Jesús un hombre divino, y los socialistas hacen más, se llaman sus continuadores. ¡Sus continuadores, Santo Dios! ¿Ellos, los hombres de sangre y de venganzas, continuadores del que no vivió sino para hacer bien; del que no abrió la boca sino para bendecir; del que no hizo prodigios sino para librar a los pecadores del pecado, a los muertos de la muerte; el que en el espacio de tres años hizo la revolución mas grande que han presenciado los siglos, y la llevó a cabo sin haber derramado mas sangre que la suya?

Señores, os ruego me prestéis atención; voy a poneros en presencia del paralelismo más maravilloso que ofrece la historia. Vosotros habéis visto que en el mundo antiguo, cuando la represión religiosa no podía bajar mas porque no existía ninguna, la represión política subió hasta no poder más, porque subió hasta la tiranía. Pues bien, con Jesucristo, donde nace la represión religiosa, desaparece completamente la represión política. Es esto tan cierto, que habiendo fundado Jesucristo una sociedad con sus discípulos, fue aquella la única sociedad que ha existido sin gobierno. Entre Jesús y sus discípulos no había más gobierno que el amor del Maestro a los discípulos y el amor de los discípulos al Maestro. Es decir, que cuando la represión era completa, la libertad era absoluta.

Sigamos el paralelismo. Llegan los tiempos apostólicos, que los estenderé, porque así conviene ahora a mi propósito, desde los tiempos apostólicos propiamente dichos, hasta la subida del cristianismo al Capitolio en tiempo de Constantino el Grande. En este tiempo, señores, la religión cristiana, es decir la represión religiosa interior, estaba en todo su apogeo; pero aunque estaba en todo su apogeo, sucedió lo que sucede en todas las sociedades compuestas de hombres, que comenzó a desarrollarse un germen, nada más que un germen de licencia y de libertad religiosa. Pues bien, señores, observad el paralelismo: a este principio de descenso en el termómetro religioso corresponde un principio de subida en el termómetro politico. No hay todavía gobierno, no es necesario el gobierno, pero es necesario ya un germen de gobierno. Así en la sociedad cristiana entonces no habia de hecho verdaderos magistrados, sino jueces árbitros y amigables componedores, que son el embrión del gobierno. Realmente no había mas que eso; los cristianos de los tiempos apostólicos no tuvieron pleitos, no iban a los tribunales, decidían sus contiendas por medio de árbitros. Obsérvese, señores, cómo con la corrupción va creciendo el gobierno.

Llegan los tiempos feudales, y en estos la religión se encuentra todavía en su apogeo, pero hasta cierto punto viciada por las pasiones humanas. ¿Qué es lo que sucede, señores, en este tiempo en el mundo político? Que ya es necesario un gobierno real y efectivo, pero que basta el mas débil de todos, y así se establece la monarquía feudal, la mas débil de las monarquías.

Seguid observando el paralelismo. Llega, señores, el siglo XVI. En este siglo, con la gran reforma luterana, con ese grande escándalo político y social, tanto como religioso, con ese acto de emancipación intelectual y moral de los pueblos, coinciden las siguientes instituciones. En primer lugar, en el instante, las monarquías, de feudales, se hacen absolutas. Vosotros creeréis, señores, que más que absoluta no puede ser una monarquía: un gobierno, ¿qué puede ser mas que absoluto? Pero era necesario, señores, que el termómetro de la represión política subiera más, porque el termómetro religioso seguía bajando; y con efecto subió mas. ¿Y qué nueva institución se creó? La de los ejércitos permanentes. ¿Y sabéis, señores, lo que son ejércitos permanentes? Para saberlo, basta saber lo que es un soldado: un soldado es un esclavo con uniforme. Así, pues, veis que en el momento en que la represión religiosa baja, la represión política sube al absolutismo, y pasa más allá. No bastaba a los gobiernos ser absolutos; pidieron y obtuvieron el privilegio de ser absolutos y tener un millón de brazos.

A pesar de esto, señores, era necesario que el termómetro político subiera más, porque el termómetro religioso seguía bajando; y subió más. ¿Qué nueva institución, señores, se creó entonces? Los gobiernos dijeron: tenemos un millón de brazos y no nos bastan; necesitamos más, necesitamos un millón de ojos; y tuvieron la policía, y con la policía un millón de ojos. A pesar de esto, señores, todavía el termómetro político y la represión política debían subir, porque a pesar de todo, el termómetro religioso seguía bajando; y subieron.

A los gobiernos, señores, no les bastó tener un millón de brazos; no les bastó tener un millón de ojos; quisieron tener un millón de oídos, y los tuvieron con la centralización administrativa, por la cual vienen a parar al gobierno todas las reclamaciones y todas las quejas.

Y bien, señores; no bastaba esto, porque el termómetro religioso siguió bajando, y era necesario que el termómetro político subiera más. ¡Señores, hasta dónde! Pues subió más.

Los gobiernos dijeron: no me bastan para reprimir, un millón de brazos; no me bastan para reprimir, un millón de ojos; no me bastan para reprimir, un millón de oídos; necesitamos más: necesitamos tener el privilegio de hallarnos a un mismo tiempo en todas partes. Y lo tuvieron; y se inventó el telégrafo.

Señores, tal era el estado de la Europa y del mundo cuando el primer estallido de la última revolución vino a anunciarnos, a anunciarnos a todos, que no habia bastante despotismo en el mundo; porque el termómetro religioso estaba por bajo de cero. Ahora bien, señores, una de dos...

Yo he prometido, y cumpliré mi palabra, hablar hoy con toda franqueza.

Pues bien, una de dos: o la reacción religiosa viene o no: si hay reacción religiosa, ya veréis, señores, como subiendo el termómetro religioso comienza a bajar natural, espontáneamente, sin esfuerzo ninguno de los pueblos, ni de los gobiernos, ni de los hombres, el termómetro político, hasta señalar el día templado de la libertad de los pueblos: pero si por el contrario, señores, y esto es grave (no hay la costumbre de llamar la atención de las asambleas deliberantes sobre las cuestiones hacia donde yo la he llamado hoy; pero la gravedad de los acontecimientos del mundo me dispensa, y yo creo que vuestra benevolencia sabrá también dispensarme); pues bien, señores, yo digo que si el termómetro religioso continúa bajando, no sé a dónde hemos de parar. Yo, señores, no lo sé, y tiemblo cuando lo pienso. Contemplad las analogías que he puesto a vuestros ojos; y si cuando la represión religiosa estaba en su apogeo no era necesario ni gobierno ninguno siquiera, cuando la represión religiosa no exista, no habrá bastante con ningún género de gobierno, todos los despotismos serán pocos.

Señores, esto es poner el dedo en la llaga, esta es la cuestión de España, la cuestión de Europa, la cuestión de la humanidad, la cuestión del mundo.


Donoso Cortés


Ver también Leibniz.