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martes, 27 de octubre de 2009

El mayor error de los cristianos: asentir ante los poderosos


El laicismo imperante, que fructifica en bodrios cinematográficos y demás morralla propagandística, insiste en su doctrina política y última eclosión democrática, a la que podríamos llamar doctrina del silencio: Todo lo que no sea institucional no es político; todo lo que no sea político es irrelevante; todo lo irrelevante no debe ser escuchado ni atendido. No es una doctrina nueva, sino que viene siendo la consecuencia natural de los planteamientos revolucionarios que dieron lugar al liberalismo en la Europa continental. El pueblo a sí mismo determinado contra sus opresores fácticos. La moral como el consenso que el pueblo decide y vota. La sociedad como cuerpo autónomo que se constituye a sí mismo ("la nación"), elige soberanamente a sus representantes y los depone llegada la hora. Esa mentira.

Para lograr su cometido, nada mejor que avergonzar a los creyentes, ya que la vergüenza resulta el punto flaco de todo hombre que todavía no se haya convertido en animal. Es, por cierto, muy difícil avergonzar a un ateo cínico. Haced la prueba. Pero ello no obsta para que empleen bien estudiados espantajos a fin de paralizar el ánimo de los humildes y cargarlos con las culpas que nadie más estaría dispuesto a reconocer. Su éxito ha resultado hasta la fecha notable. Han conseguido en buena medida lo que pretendían: Christiani in consilio taceant. Han lanzado sobre nosotros las fieras de la crítica, pero también las de el embuste y la calumnia; han empleado malas artes en Historia y han hecho acopio de todos los medios al alcance para difundir sus delirios, dándoles la consistencia de un ideario finalmente compartido hasta por sus propios enemigos.

Así, ¿no hubo cristianos hipócritas y criminales? Evidentemente los hubo. El cristianismo se prostituyó por el poder en la última fase del Imperio, en parte como consecuencia de la descomposición institucional. San Isidoro, en su correspondencia con San Braulio, es muy duro narrando los hechos:


Acilius Severus fue el primero que utilizó los ideales cristianos, pervirtiéndoles previamente, para frenar los deseos y anhelos de justicia de los hermanos más pobres y necesitados, para santificar la propiedad privada y para justificar y acreditar la abominable desigualdad que reina en este Mundo.

El notario Paulus fue el primer cristiano hispánico que se convirtió de forma vesánica en un cruel y despiadado perseguidor de los hermanos paganos. Sus persecuciones hacen que sean juegos de niños las que llevaron a cabo Domiciano, Decio y Diocleciano contra los discípulos de Cristo. Por su habilidad en torturar y atormentar las carnes a los sospechosos paganos, se le dio el cognomen de Catena. Debido a su morbosa pericia y constancia, se le encargó de localizar a los partidarios de Majencio, a los que desolló y despellejó vivos; luego intervino en los procesos posteriores a la ejecución de Galo y, más tarde, con sus habilidades probadas de torturador ducho trató de sacar a la luz a los partidarios de Silvano.

Con Teodosio la corrupción y putrefacción se extienden por toda la sangre del cuerpo del cristianismo hispano. Su esposa Flacila colocaba en el poder a los miembros de su familia, muy piadosos todos, más que Eneas, envenenando previamente a los que estaban en él. No obstante su sabiduría excelsa de famoso veneficiis mulier, fue una gran protectora de los obispos y presbíteros hispanos, a los que su pietas regaló grandes sumas de dinero, oceánicas fortunas. Materno Cinegio, el mayor simoniaco del que yo tenga noticia, fue comes sacrarum largitionum en los años de Nuestro Señor Jesucristo que van del CCCLXXXI al CCCLXXXIII. Al cesar en este cargo pasó a ser quaestor sacri palatii, y luego, hasta su muerte, prefecto del pretorio de Oriente. Su esposa Acantia trasladó a Hispania sus restos, que en el Año de Nuestro Señor Jesucristo de CCCLXXXVIII habían sido enterrados en la Iglesia de los Santos Apóstoles con la mayor pompa y solemnidad.

Flavio Euquerio, el tío salvaje de Teodosio I, Flavio Siagrio, hermano y amante de la emperatriz Flacila, Asturio, suegro del anterior. Leocadio, primicerius domesticorum, que gastó un millón de soldi para construirse su propio sarcófago o comedor de carne en Barcelona, Honorio, el hermano bastardo de Teodosio, el poeta Juvenco, Melania la Vieja y otros a los que me da asco y grima pronunciar sus nobles nombres, todos ellos cristianos poderosos, son los ejemplos más sobresalientes de feroces y desalmados perseguidores de hombres, hermanos nuestros, que se obstinaban en no conocer la Palabra de Cristo a consecuencia de los perversos ejemplos de que daban constancia con sus actos impuros los cristianos poderosos de esta Hispania nuestra. Todos ellos son responsables del tránsito moral que va de los principios de la vida de fe del cristianismo a lo práctico de la cobardía útil. Lo práctico es siempre un subterfugio con el que se intenta legitimar la traición a los principios morales que estableciese Nuestro Señor Jesucristo. Han convertido el cristianismo en una gigantesca liturgia que con su masa inercial de minucias escrupulosas, rito y rituelos lleva a los fieles por un camino en donde los principios están escritos en un vocabulario completamente degradado por falta de práctica. Han convertido el cristianismo en un código huero gracias al que se reconocen mutuamente los súbditos de un Estado hiperterrenal. Pero hay que decir que existió un pasado político romano no absolutista, así como un período cristiano no sacerdotalista. Ahora bien, la República romana y el Evangelismo sencillo debieron desaparecer tras la colosal bambalina del Sacerdocio y el Imperio. ¡Pero allá los que besan las cadenas y se arrodillan mentalmente ante príncipes absolutos y tiranos religiosos!


Ahora bien, si lees detenidamente verás que acusa a la Iglesia de pasividad ante el brazo secular y de cultivar el amiguismo, más que de conspirar contra el Estado y actuar al margen de éste. Amenábar, en cambio, toma a San Cirilo como símbolo de todo obispo y cargo eclesiástico, cuando sus circunstancias estuvieron muy acotadas por la situación de Alejandría en esa época, así como por la inacción de Orestes. El mal del cristianismo, según el director de Ágora, fue injerirse en política y coartar al "justo" poder laico (metáfora agradecida del poder que lo subvenciona y mima), si bien en opinión de Isidoro el error fue exactamente el contrario y además, añado, cesó con el Imperio, en lugar de agravarse en la Edad Media entrante, como de muy indocta manera insinúa la película. Así, una vez el cetro de Roma sucumbió en Occidente, la Iglesia empezó a construir Europa como soberana espiritual de una nueva nación de naciones, libre de las ataduras y los chantajes, lejos del despotismo asiático y del corrupto entramado funcionarial que fue la carcoma de los latinos como es hoy la nuestra.

miércoles, 21 de octubre de 2009

Vieja nueva raza de bárbaros




Paro al primer americano con el que me topo, ya sea en su país o en otra parte, y le pregunto si cree la religión útil a la estabilidad de las leyes y al buen orden de la sociedad; me responde sin vacilar que una sociedad civilizada, mas sobre todo una sociedad libre, no puede subsistir sin religión. El respeto a la religión es, a sus ojos, la mayor garantía de la estabilidad del Estado y de la seguridad de los particulares. Los menos versados en la ciencia del gobierno saben, al menos, eso. No obstante, no hay en el mundo país en el que las doctrinas más atrevidas de los filósofos del siglo XVIII, en materia de política, se apliquen más que en América; sólo sus doctrinas antirreligiosas nunca lograron hacerse camino, y ello pese a la libertad ilimitada de prensa.

(...)

Mas ¿por qué buscar ejemplos fuera de Francia? ¿A qué francés le pasaría por la cabeza escribir hoy los libros de Diderot o de Helvétius? ¿Quién querría leerlos? Casi diría, ¿quién conoce sus títulos? La experiencia incompleta que hemos adquirido tras sesenta años de vida pública ha bastado para que sintamos rechazo ante esa peligrosa literatura. Ved cómo el respeto hacia la religión ha retomado gradualmente su imperio en las diferentes clases de la nación, a medida que cada una de ellas iba adquiriendo dicha experiencia en la escuela de las revoluciones. La antigua nobleza, que era la clase más irreligiosa antes del 89, se volvió la más fervorosa a partir del 93; agredida la primera, se convirtió la primera. Cuando la burguesía sintió también ella el golpe en su triunfo, se la vio a su vez aproximarse a la fe. El respeto a la religión penetró paulatinamente doquiera los hombres tenían algo que perder en los desórdenes populares, y la incredulidad desapareció, o al menos se escondió, a medida que el miedo a las revoluciones se hacía visible.

No era así a finales del Antiguo Régimen. Habíamos perdido tan completamente la práctica de los grandes asuntos humanos, e ignorábamos hasta tal punto la parte que tiene la religión en el gobierno de los imperios, que la incredulidad se estableció en primer lugar en el espíritu de quienes, precisamente, tenían un interés más personal y apremiante en preservar el orden del Estado y la obediencia del pueblo. No sólo la acogieron, sino que en su ceguera la propagaron por debajo de ellos; hicieron de la impiedad una especie de pasatiempo de su ociosa vida.

La Iglesia de Francia, hasta entonces tan fértil en grandes oradores, sintiéndose así abandonada por todos aquellos a los que el interés común debía unir a su causa, se volvió muda. Por un momento hasta se llegó a creer que, con tal de ver confirmados sus riquezas y su rango, habría estado dispuesta a condenar su propia fe.

A quienes negaban el cristianismo elevando la voz, y a quienes todavía continuaban creyendo en silencio, sucedió lo que tan a menudo ha sucedido entre nosotros, y no sólo en materia de religión, sino en cualquier otra. Los hombres que conservaban la antigua fe temieron ser los únicos en serle fieles, y asustándoles más el aislamiento que el error, se unieron a la multitud aun sin pensar como ella. Lo que aún no era más que el sentir de una parte de la nación pareció así la opinión de todos, pareciendo desde entonces irresistible aun a los ojos de quienes le dieron esa falsa apariencia.

El descrédito universal en el que cayeron todas las creencias religiosas a fines del último siglo ejerció sin lugar a dudas la mayor influencia en toda nuestra Revolución, marcando su carácter. Nada contribuyó más a dar su fisonomía esa expresión terrible que se le ha visto.

(...)

En la mayoría de las grandes revoluciones políticas aparecidas hasta ese momento en el mundo, quienes atacaban las leyes establecidas habían respetado las creencias y, en la mayoría de las revoluciones religiosas, quienes atacaban la religión no habían emprendido cambiar con un mismo golpe la naturaleza y el orden de todos los poderes, y abolir de cabo a rabo la antigua constitución del gobierno. Es decir, que en los mayores trastornos de la sociedad hubo siempre un punto que permanecía sólido.

Pero en la Revolución Francesa, con las leyes religiosas abolidas al mismo tiempo que se trastocaban las civiles, el espíritu humano perdió por completo su equilibrio; no supo ni a qué atenerse ni dónde detenerse, y se vieron aparecer revolucionarios de una especie desconocida que llevaron la audacia hasta la locura, a los que ninguna novedad pudo sorprender, ningún escrúpulo frenar, y a los que la ejecución de ningún deseo hizo vacilar. Y no vaya a creerse que estos seres nuevos hayan sido la creación aislada y efímera de un momento, destinada a pasar con él; en efecto, llegaron a formar una raza que se ha perpetuado y expandido en todos los lugares civilizados de la tierra, conservando por doquier la misma fisonomía, las mismas pasiones, el mismo carácter. La encontramos en el mundo al nacer: la tenemos ante los ojos.


Tocqueville

martes, 13 de octubre de 2009

Mulier in ecclesia taceat




No hay atisbo de machismo en San Pablo, pues está más que documentada su colaboración con mujeres, fruto del impulso liberador e igualitario que supuso el cristianismo. Pero tampoco lo hay en pedir que las mujeres, por regla general, callaran una vez reunidas en la iglesia. No es necesario excluir una parte de sus cartas del canon por no guardar una lógica marmórea que, de hecho, no se da en todo el Evangelio.

Así pues, ¿por qué han de callar las mujeres? Porque su debilidad espiritual es mayor, y ante Dios el sacrificio debe ser perfecto, esto es, el mejor posible. En el oráculo de Apolo sólo la Pitia hablaba, por considerársela más dotada para contactar con las fuerzas telúricas (precisamente por su falta de espíritu y facilidad para ser poseída), cosa que no ha movido a nadie, salvo a algunas atolondradas y quizá al autor del Código Da Vinci, a ver en ello feminismo o misoandria. Por el mismo motivo, las mujeres cristianas podían excepcionalmente profetizar y predicar si estaban inspiradas por el Espíritu Santo. Doctoras tiene la Iglesia que lo atestiguan.

En breve, en todas aquellas manifestaciones religiosas paganas o cristianas donde prime el sometimiento (monjas y vestales), la mujer es preferida al hombre, mientras en las que prima la inteligencia y la energía es el hombre el preferido frente a la mujer. Ahora bien, al mismo tiempo, la religión cristiana promueve insólitamente el intercambio: que el hombre se someta (mediante el celibato masculino, inexistente hasta entonces) y la mujer dirija (a través de algún don carismático). Nuestros esquemas simétricos y el terco racionalismo jacobino nos impiden aceptar con facilidad esta justa compartimentación. Por ello vemos contradicciones donde no hay más que sabiduría.

viernes, 28 de agosto de 2009

Fundación


Es preciso que el hombre se dote de un remedo de demiurgo para devenir hombre. La sociedad es un conjunto de individuos que originariamente se reúne en torno a algo, sea un tótem o una hoguera. Hay en el hecho mismo de la reunión un elemento de suprapersonalidad implícito, se reconozca o no. No es concebible que la legitimación del poder político provenga de un poder menor, de un poder apolítico e inorgánico, así como la causa jamás es inferior al efecto que produce. Son zarandajas democráticas y narcisistas las que nos inclinan a creer lo contrario.

La propia noción de individuo libre e igual es abstracta, creada por una entidad institucional, mientras que el hombre natural se identifica por sus atributos efectivos: estirpe, lugar de nacimiento, ámbito de acción, etc. La libertad y la igualdad son potencias que se plasmarán según el poder disponga. Un hombre solo, fuera del recinto social, no es más que un bruto; y lo mismo vale para miles o millones de ellos, mera manada si no se organizan y someten en función de una idea que los supere.

Fundamentar el poder en la libertad (Rousseau) es contradictorio, ya que el primero es negación o límite de la segunda; fundarlo en la autoridad legitimada o en la norma suprema (Kelsen) es tautológico, dado que es el poder mismo quien, materializándose en ellos, los legitima; debe fundarse en la sumisión a la razón y a la verdad admitidas por todos los hombres de recto juicio.

sábado, 7 de junio de 2008

El trabajo de definir


Insisto, todo este debate quedaría zanjado si desde el comienzo se distinguiera claramente entre libertades, derechos y obligaciones. Libertad es lo que se permite por no ser en exceso dañino para terceros, compensándose con consecuencias deseables; derecho es lo que se promueve por ser provechoso para el conjunto; obligación, en fin, es lo que se nos compele a no hacer (delito) o a hacer (deber) por ser su acción u omisión inadmisibles.

La libertad es, pues, tolerancia social, mientras que el derecho implica reconocimiento social y la obligación intolerancia social. La izquierda se ha aficionado a subvencionar libertades, como los conciertos antiglobalización o el orgullo gay (justificables sólo a modo de propaganda de partido y entretenimiento de masas) y a relativizar derechos como el del matrimonio procreador o la vida. Por otro lado, ha convertido derechos en obligaciones (v. gr., la educación en adoctrinamiento), imponiendo su modelo político al resto de la sociedad a través del fingimiento totalitario de que cualquier sistema de creencias ajeno resultaría destructivo si se generalizase (laicismo).

miércoles, 28 de mayo de 2008

Sin principios


El punto débil de la argumentación anarquista es que, como el Trasímaco de la República, asimila el poder estatal a la explotación, cuando ello no es siempre así. Se llega a esta conclusión no por la observación de los hechos, sino por considerar que ningún poder supraindividual y coercitivo está suficientemente legitimado. Sin embargo, sólo el iuspositivismo identifica el derecho y la autoridad, que sería su condición suficiente. Quien no comparte esta premisa no verá a aquélla más que como condición necesaria.

El jacobinismo está en la raíz de los planteamientos de este jaez, por lo que debe ser rechazado. Acéptese la democracia como el sistema más eficiente en determinado tiempo y lugar, pero en absoluto ha de concederse que el pueblo sea soberano. Por dos motivos: 1) porque el ejercicio de la soberanía es orgánico, no pudiendo ser desempeñado por ningún ente que carezca de una personalidad definida y una voluntad única; y 2) porque los fines de una sociedad no se reducen a la suma de los fines de sus integrantes individuales, dado que el mantenimiento del vínculo de solidaridad que forman los miembros del grupo es ya un fin en sí.

El individuo sólo podría ser soberano si se rigiera a sí mismo, si bien es ésta una forma impropia de emplear el término. Hasta en el estado más salvaje el hombre entabla relaciones con sus iguales y limita su libertad en función de las expectativas del otro. En las sociedades más complejas, al enajenar parte de sus facultades, hay que suponer que recibe una utilidad proporcional al poder que delega. Si esta suposición no se verificase en un número significativo de casos, el Estado se disolvería naturalmente, o sobreviviría sólo con el empleo permanente de la violencia, anulando la libertad de quienes le están sometidos.

martes, 27 de mayo de 2008

Guardar al guardián


El laicismo no es una financiación alternativa ni una lección de historia a gusto del consumidor, amigo mío. El laicismo es un lema. Y el lema es que los partidos políticos son moralmente más fiables que las confesiones religiosas. Yo no lo creo, y puesto que soy favorable a la división de poderes, también lo soy respecto a la división de focos de influencia ideológica; "a fortiori" en regímenes democráticos, donde la ley y las costumbres sufren una erosión mayor.

El pensamiento jacobino establece al ciudadano como unidad política única y última. El estatismo que se desprende de esta falsa doctrina considera intrusiva toda moral no estatal desarrollada por una organización superior al ciudadano y distinta al partido. Entre el ámbito privado y la burocracia, pues, no hay nivel intermedio; nada políticamente relevante, según esta forma de pensar.