jueves, 18 de septiembre de 2008

Amartigenia




Cuando se frustra un fin objetivamente deseable hablamos de error. Pero si esa frustración es voluntaria es más lógico emplear el término pecado. Dicho lo cual, respóndase: ¿Por qué los viejos errores de raigambre instintiva son depurados en la medida de lo posible por las nuevas generaciones, y no lo son en absoluto los errores de raigambre moral, que siempre se repiten, como si estuvieran enquistados en nuestra especie?

El instinto provoca la pulsión, pero su aceptación no es instintiva, sino libre (en tanto que evitable a voluntad). Así, el instinto animal es recto instinto, dirigido a un fin racional, mientras que en el hombre -salvando instintos vitales- es desviación.

No deberíamos ser libres para errar de manera tan reiterada y consciente, aunque la ocasión se presentara de continuo. Nietzsche diría que la libertad es un instinto más, instinto de instintos, pero ¿cuál es su función? ¿Por qué desarrollamos la capacidad de poder elegir, si tan a menudo escogemos lo que no nos conviene? ¿Acaso no era posible una inteligencia inmanente, sin vacilaciones ni tentaciones -o no más allá de las que se originan por la estricta debilidad y finitud de todo ser? Los que, como Nietzsche, reclaman la inmanencia de la moralidad ¿saben que el hombre es contradictorio?

Del instinto de muerte no me sorprende su pervivencia animal en nosotros, sino su pervivencia racional. No me extraña que sintamos el impulso de hacer el mal, como sentimos a veces el impulso de vomitar. Mi perplejidad procede de que, pese a los indicadores de la naturaleza y de la consciencia, ese mal y ese impulso nos resulten dulces.