miércoles, 12 de noviembre de 2008

Sobre el carácter no inteligible del deber


Una idea jamás se nos somete, porque ni es maleable según el acto de comprensión ni acaba de comprenderse nunca, si es cierto que toda verdad remite a otra. Comprender una idea es en realidad ser comprendido por ella, tomar en ella parte (participar). Existe, pues, la satisfacción que nace de contemplar -someternos a algo- y la que surge del actuar -someter algo.

Se predica la inmanencia del deseo. Ahora bien, todo lo que está en nosotros y no empieza en nosotros no es deseado. Por tanto, es impuesto. Las ideas se nos imponen, en la medida en que nadie desea tenerlas, o dado que el hecho de desear tal cosa no es ni previo a ni determinante de la eventualidad de contar con ellas.

No somos más libres para entender de lo que lo somos para creer. Lo que creemos lo entendemos en parte, y lo que no entendemos no lo poseemos -ni lo creemos. ¿Es el creer un desear lo entendido cuando no se entiende por completo? ¿Es un semisaber, una categoría intermedia o fronteriza del intelecto? ¿O es un someterse a algo inmaterial, pero distinto de una idea?

De la comprensión no se sigue la acción, y viceversa. El principio del deber no deriva ni del juicio (Sócrates), ni de la apetencia (Nietzsche), ni de una imposición formal arbitraria (Kant). Creer es someterse de buen grado, sin coacción, a una voluntad extraña; una suerte de obediencia contemplativa. Pero también es la única forma de entendimiento que incide en el libre albedrío. El único acceso a una casa abandonada.