lunes, 24 de noviembre de 2008

Procusto sabe más




Para conciliar ciencias y letras no tenemos que transigir necesariamente con los dictados del materialismo. La integridad de sentido del universo que escinden los dualistas, a menudo por influjo cartesiano, puede recuperarse desde la metafísica (Spinoza, Leibniz) y ha venido siendo desde antaño un proyecto romántico. Lessing vio en la Ilustración la fase madura de una Providencia para la instrucción del género humano; Hölderlin hablaba de la huida de los dioses; Weber, discípulo de Dilthey, constató el desencantamiento del mundo, y sin embargo quiso desentrañar el espíritu del capitalismo.

Una observación precisa y empíricamente contrastable no es siempre signo de un análisis inteligente. Reducir lo vivo a lo inerte, el movimiento a sus estadios intermedios (Zenón de Elea), la percepción al automatismo, la moral al instinto, etc. son tentaciones fatalistas a las que sólo se sucumbe tras una prolongada decadencia de las humanidades.

PS: Respecto a la socorrida cita de Laplace, que leo en uno de los blogs enlazados, conviene contrastarla con la polémica Newton-Leibniz sobre la naturaleza del espacio, candente por aquel entonces. No es en absoluto una declaración veladamente atea, como se ha pretendido con cierta ligereza, sino una toma de posición en favor de la solución leibniziana.

4 comentarios:

Pepe dijo...

Lo cierto es que ese materialismo ramplón, no busca, al menos en el ámbito de la biología evolucionista, observaciones precisas y empíricamente contrastables, muy al contrario se basa en fantasías cada vez más inverosímiles.

irichc dijo...

Aunque el proyecto es interesante, el ideario que lo mueve no goza de mis simpatías. Empezando por ese tesón deshonesto en intentar hacer pasar por vanguardista -siempre mediante rebautizos sucesivos: "tercera cultura", "consiliencia", "revolución naturalista", etc.- lo que no son más que escolios a Hume. Se da una retórica de la superación donde lo infinitamente nuevo (el avance tecnológico, el descubrimiento científico, las neodisciplinas) se opone de un modo dramático a lo infinitamente viejo (lo ancestral, lo animista, lo obsoleto) a fin de desacreditarlo y de evitar un enfrentamiento directo con la tradición que lo sustenta, contra la que tendrían muy poco que decir. Profesan un hegelianismo invertido, donde el espíritu absoluto va progresando hacia formas más materiales hasta la reducción total de las ideas a impulsos nerviosos y, por ende, de la conducta a estadística y de la verdad a método o a consenso. Como el arrogante bachiller del Fausto, creen, a pesar de su endeblez, que todas las auroras nacen en sus párpados.

Pepe dijo...

No suelo hacer la pelota, muy al contrario, cuando algo me gusta me callo y cuando algo me desagrada me revuelvo agresivo, pero voy a hacer una excepción: ¡Que gran comentario!

irichc dijo...

Gracias, Pepe. Pero el mérito no es mío: es de mis genes y de lo que he merendado.