domingo, 30 de noviembre de 2008

Iuro, iuro, pater...


El cuestionamiento del conglomerado ideológico, metafísico y científico naturalista, para el que -en contra de lo que se nos dice- el método empírico está en función de sus conclusiones provisionales y no a la inversa, es hoy una herida abierta en el narcisismo de la intelectualidad atea. Vemos que el naturalismo todo lo explica y no es explicado por nada. Filosofía primera, razón última y culminación del espíritu, no admite más contradictores que sus propios procesos de revisión, ni más jueces que sus padrinos.

Pero ¿cómo pasar por alto que el mismo que nos aconseja deshacernos de los libros de filosofía pre o antidarwiniana, que en otra parte confesará no haber leído ni interesarle, está traficando con antiguallas? Leemos:

Somos máquinas de supervivencia, autómatas programados a ciegas con el fin de perpetuar la existencia de los egoístas genes que albergamos en nuestras células.


Da la impresión de que Dawkins, reacio a una solución reduccionista, distingue cual Descartes redivivo entre una "res genetica" y una "res cogitans et operans". Y ello es así porque su materialismo le impide considerar al individuo como una unidad real de percepción y acción. En su lugar, lo concibe escindido en dos mitades contrapuestas, esto es, en relación de amo y esclavo, de infraestructura y superestructura, de espectro maquinal y máquina espectral. Lo que para un spinoziano era deseo, para un marxista lucha de clases y para un nietzscheano voluntad de poder, es para el darwinista pugna ciega por la supervivencia. Pugna acaso redimible por una cultura extranatural que no la tiene en cuenta y que -precisamente por ello- está desbocada.

No hay comentarios: