domingo, 24 de mayo de 2009

Moral fundada y moral supérstite




La moralidad y la religión son una sola cosa. Ambas son una intelección de lo suprasensible, la primera por el modo de actuar, la segunda por la creencia. (...) La religión sin moralidad es superstición, que extravía a los infelices mediante una vana esperanza, y los vuelve incapaces de toda enmienda. Es posible, cierto, que una pretendida moralidad sin religión conlleve un modo de vida exterior honorable, puesto que se hace lo que es justo y se evita el mal por miedo a sus efectos en el mundo sensible, pero jamás se ama al Bien, y tampoco se lleva a término por sí mismo. (...) Los que dicen: "aunque alguien dude de la existencia de Dios y de la inmortalidad deberá cumplir con su deber" conjugan dos cosas absolutamente incompatibles. Haz solamente que nazca en ti la intención conforme al deber, y entonces conocerás a Dios, y mientras que para nosotros aparecerás todavía en el mundo sensible, para ti mismo estarás, desde aquí abajo, en la vida eterna. Pero tienen algo más de razón si quieren decir que la intención conforme al deber no se funda en la creencia en Dios ni en la inmortalidad, sino que, al contrario, la creencia en Dios y en la inmortalidad se fundan en la intención conforme al deber.


Fichte

4 comentarios:

Alejandro Martín Navarro dijo...

En el fragmento 132 de sus Ideas, dice Schlegel: "Si separáis completamente la religión de la moral, os encontráis con la verdadera energía del mal en el hombre, el horrible, cruel, airado e inhumano principio que yace originariamente en su espíritu. Es aquí donde la división de lo inseparable se paga de la manera más espantosa".

irichc dijo...

Los ateos suelen zafarse por dos vías del cuestionamiento de su moral: la del imperativo categórico, que es absurdo en iuspositivistas, y la de las pulsiones simpáticas, cuyas limitaciones ya he examinado en otros posts.

El hombre mundano sólo se mueve por incentivos y recompensas que han de rendírsele con el tiempo; el religioso, en cambio, aspira a que sea el propio tiempo el que se le conceda, es decir, la preservación del ser en su condición de bueno. Así, la heroicidad misma carece de sentido sin un orden superior inmutable que la avale (al que podríamos llamar "el Reino de la Verdad"), salvo que se acometa por razones vanas como la estima y el reconocimiento públicos.

Coincido con Schlegel en que quienes más presumen de hacer "el bien por el bien", sin tener en ello ningún asidero trascendente que los sujete, acaban haciendo el mal por el mal más fácilmente y con gran tranquilidad de consciencia, pues estarán prestos a engañarse, ya que su naturaleza los inclina a ello (Ad fallendum nosmetipsos ingeniosissimi sumus).

Sonrisas dijo...

"La moralidad y la religión son una sola cosa. Ambas son una intelección de lo suprasensible, la primera por el modo de actuar, la segunda por la creencia."


Las avestruces y las codornices son una sola cosa. Ambas son oviparos alados de la familia de las aves. La primera es grande, y la segunda pequeña.


Por esa regla de tres...


La moralidad, unida a la religion o no, es solo una busqueda de la felicidad. El hombre religioso TAMBIEN se mueve por incentivos y recompensas: la vida y la felicidad eternas.

El asidero tracendente es que el bien proporciona la felicidad, practica y metafisicamente hablando. Todas las demas motivaciones para hacer el bien hunden sus raices en esta misma.


Un saludo y disculpad por la falta de acentuacion: este teclado no tiene tildes.

Sonrisas.

irichc dijo...

Por esa regla de tres...La regla de tres es que la teoría y la práctica son el anverso y el reverso de lo mismo en los seres no escindidos, es decir, en los individuos no hipócritas y no inconscientes.


La moralidad, unida a la religion o no, es solo una busqueda de la felicidad.Eso es como sostener que el que canta también da gritos, y que el que toca música también hace ruido. Sin embargo, aunque ambas clases de actos compartan la misma naturaleza sonora, tienen muy poco que ver en cuanto a armonía, orden e inteligibilidad. Nos gustan más las melodías concertadas y las alternancias rítmicas de las voces que el caótico barullo y los alaridos. Ello no es subjetivo, ni evolutivo, ni cultural, ni está sometido a premisas materialistas o utilitarias: es un fenómeno de cuya universalidad nadie duda. Si con la moral sucede algo distinto y todos dudan del alcance de su vigencia es porque se cree entender que en ella nos va mucho más en juego que en la música, a la que erróneamente se toma por una cuestión de mero gusto, cuando no es otra cosa que un juicio moral expresado desde el plano estético.

Yendo al texto, lo que Fichte está intentando decir es que toda moral que prescinda de Dios explícitamente, en realidad, lo presupone implícitamente; y en la medida en que no viene respaldada por la coacción o por la esperanza de la recompensa, pero tampoco por la fe en una bondad suprema, es una moral supersticiosa. Esto es, que sobrevive a la vieja moral bien fundada, como un manco que intentase rascarse una prolongación imaginaria de su muñón.

El bien por el bien es el amor de la existencia conjugado con el amor a la rectitud, que en el caso del hombre son amores opuestos. Sin una ética del dolor la humanidad oscila entre el placer inmoderado y el suicidio inducido; sin una fenomenología de la culpa la civilización se instala en el desconcierto moral y la paranoia sociológica.