sábado, 14 de marzo de 2009
jueves, 12 de marzo de 2009
Monstruo incomprensible
Savater cree que el salto cualitativo de nuestra especie respecto a las demás se da en cierta capacidad simbólica, aptitud que no explica ni describe en qué consiste, como si resultara obvio.
Ahora bien, si tratamos de imaginar cómo procedería un raciocinio no simbólico, estrictamente empírico, veremos que el más cercano a este esquema es el modo de operar de las máquinas, para las que cada estímulo tiene asociados determinados cálculos, en cuyo origen radica geométricamente cualquier resultado obtenido desde éstos.
Pocos defenderían hoy la maquinalidad de los animales, como pocos la defendieron en el pasado, pese a la hinchada autoridad de Descartes. El símbolo es en cierto sentido inherente a todo pensamiento, que procede siempre por analogía respecto al fenómeno percibido, del cual nunca descubrimos nada que no estuviera compuesto por nociones primitivas ya conocidas por nosotros. En el hombre, además, alcanza dimensiones religiosas o místicas, al ser consciente de la contingencia de lo que le rodea, por lo que se diría que para él lo mudable ante los ojos es siempre símbolo de lo inmutable y latente.
Para el animal, en cambio, lo mutable remite a lo mutable en sucesión confusa e indefinida. Y aunque se den en su mente elementos innatos e irreducibles, pues de lo contrario su pensamiento sería un perpetuo fluir donde la certeza práctica iba a resultar imposible, no los conoce; con lo que, ser ateórico, tampoco los posee verdaderamente.
Tengo buenos motivos para sospechar que Savater no sabe lo que se dice cuando centra nuestra primacía en el reino de los vivientes en facultades que todos ellos comparten. La abstracción intelectual que intenta patrimonializar para el género humano es sólo una forma refinada de la discriminación perceptiva en la que todo organismo basa su conducta y su supervivencia. A mayor conocimiento, mayor aptitud para el dominio. Pero es del mismo dominio del que intentamos defendernos invocando un derecho natural predicable de nuestra condición singular.
Por tanto, salvo que concedamos a lo abstracto una virtud positiva y propia, de la que estaríamos singularmente irradiados, en nada nos beneficia o dignifica la posibilidad de representárnoslo con mayor claridad y distinción que el resto de especies. Pero para tales inferencias precisamos de la religión.
Romper el círculo
José Ramón Mazaira, un buen amigo del que hace bastante que no tengo más que noticias vagas y telegráficas, escribió hace ocho años un sagaz conato de crítica al sistema de Kant. Por entonces teníamos sólo veintiún años, lo cual dice mucho de su mérito intelectual, como se verá. Los azares del destino han hecho que vuelva a dar con el texto después de haber pasado mucho tiempo desde la última vez que lo leí.
El hilo conductor de la Crítica de la razón pura puede resumirse en una pregunta: ¿cómo son posibles los juicios sintéticos a priori?. Este problema se plantea después de haber clasificado los juicios en analíticos y sintéticos. Los analíticos son siempre a priori y se caracterizan por ser verdaderos de forma necesaria, si bien no permiten avanzar en nada al conocimiento. En este sentido, el juicio analítico por excelencia sería éste: X es X. ¿Qué sucedería, sin embargo, si se demostrara que este juicio no es necesariamente verdadero?. Se debería replantear por completo la problemática kantiana (especialmente la división en el seno de las ciencias entre ciencias puras y ciencias empíricas, que se corresponde con la división entre juicios analíticos y juicios sintéticos).
Podemos transcribir así el principio de identidad: Jxx, donde J = "es idéntico a". Este principio (x es idéntico a x) es uno de los dos axiomas sobre los que se puede constituir la "teoría de la identidad"; el otro es: CJxyC*x*y, es decir, "si x es idéntico a y, entonces si x satisface *, y satisface *" (C denota implicación). Si, como se ha dicho antes, todas las proposiciones analíticas son necesarias, también lo será Jxx; de ahí que obtengamos este principio apodíctico: LJxx, es decir, "es necesario que x sea idéntico a x" (L significa: "es necesario que"). Pero este principio conduce a consecuencias absurdas. Podemos derivar, a partir de CJxyC*x*y, sustituyendo (1) "*" por LJx ("es necesario que x sea idéntico a...") esta proposición: CJxyCLJxxLJxy ("si x es idéntico a y, entonces, si es necesario que x sea idéntico a x, entonces es necesario que x sea idéntico a y"). Aplicamos la regla de conmutación (2) y obtenemos: CLJxxCJxyLJxy ("si es necesario que x sea idéntico a x, entonces, si x es idéntico a y, entonces es necesario que x sea idéntico a y"). De aquí se sigue la proposición: CJxyLJxy. Esto significa: 2 individuos cualesquiera son necesariamente idénticos si es que son idénticos. Esto es falso. Quine da el siguiente ejemplo: que "x" denote el número de planetas del sistema solar y que "y" denote el número 9. ¿Qué sucede entonces?. Aunque de hecho sea cierto que el número de planetas del sistema solar es 9 NO POR ELLO ES NECESARIO que sean 9 los planetas del sistema solar.
De la proposición CJxyLJxy todavía podría derivarse esta otra (aplicando la definición de L y la regla de transposición): CMNJxyNJxy (donde M = "es posible que"; luego, "si es posible que x no sea idéntico a y, entonces x no es idéntico a y").
La verdad es, pues, más que una tautología. Es una tautología necesaria, o una necesidad tautológica. ¿Y qué significa ser necesario? Ser inteligible y contenerlo todo. Termina Mazaira:
El psicologismo trata de reducir esta necesidad a una compulsión a que se vería sometido todo sujeto para admitir la verdad de una cierta proposición. Es cierto que Aristóteles utiliza un "debe ser" en las proposiciones derivadas de forma necesaria de ciertas premisas. Pero el significado de esta expresión no es el que le querría dar el psicologismo. La famosa "necesidad silogística" no significa más que esto: que la implicación es verdadera para todos los valores de las variables que aparecen en la implicación (Lukasiewicz, #5). Este "para todos los valores de las variables" remite a lo que en lógica se denominan cuantificadores universales. Suelen expresarse así: (x)Fx, que equivaldría, si el conjunto de valores de x fuera (a, b, c), a: KFaFbFc (K, que denota conjunción, puede también sustituirse por un punto ".", así: Fa.Fb.Fc). El texto de Kant citado antes (#36) habla de "certeza". Desconozco la palabra utilizada por Kant en el original alemán para designar "certeza" (¿Gewissheit?). Puedo equivocarme (quedo a merced del traductor); aún así, que Kant utilice, en el contexto de las proposiciones analíticas, el término "certeza", en relación con la necesidad que caracteriza a estos juicios, me parece muy importante. En el primer apartado de la introducción de LL se dice: "Es verdad que algunos lógicos presuponen principios psicológicos en la lógica. Introducir semejantes principios en la lógica es tan absurdo, sin embargo, como derivar la moral de la vida. Si tomásemos los principios de la psicología, es decir, de la observación de nuestro entendimiento, veríamos simplemente CÓMO acontece el pensamiento y CÓMO ES bajo los diversos impedimentos y condiciones subjetivas; esto conduciría por tanto al conocimiento de meras leyes CONTINGENTES. La cuestión en la lógica no es, sin embargo, relativa a leyes CONTINGENTES, sino NECESARIAS -no cómo pensamos, sino cómo debemos pensar. Las leyes de la lógica han de ser derivadas, por lo tanto, no del uso CONTINGENTE del entendimiento, sino del NECESARIO, que uno encuentra en sí mismo al margen de toda psicología. En la lógica no querremos saber cómo es y cómo piensa el entendimiento y cómo ha procedido hasta ahora en el pensamiento, sino cómo debería proceder. Debe instruirnos acerca del uso correcto del entendimiento, es decir, acerca del uso del entendimiento en concordancia consigo mismo". A lo largo de LL se observa un doble movimiento: crítica, por un lado, del psicologismo; pero, por otro lado, definición de la lógica como "ciencia [...] de la mera FORMA del pensamiento en general" (...).
Lex aeterna

Los gobernantes, aun indignos, son todos vicarios de Dios. Como criados suyos pueden hacer bien o mal su tarea mientras el dueño se encuentra ausente. De esta manera Sócrates creía en la misión providencial de las leyes, pese a que fueran interpretadas por malvados. Antes que él escribió Heráclito que es menester que el pueblo luche por la ley como por sus muros. Es la ley la que contiene al pueblo y lo defiende (de sí mismo, en gran medida), no el pueblo el que refleja su voluntad en ella como en un espejo. Los muros de una república democrática son de cristal.
Ante la hipocresía de los sofistas, que le acusaron de corromper a la juventud, Sócrates dio por buena la mayor -que la juventud es corrompible y el corruptor debe ser castigado- al tiempo que negaba la menor -haber sido reo de tal delito. Acusando a Sócrates, pues, los malvados se acusaban a sí mismos. Aquél, a su vez, siendo inocente se entregó a Dios como al juez supremo de su causa, con lo que la justicia humana quedó turbada y mejorada por el sacrificio de un hombre. El sabio filósofo, a semejanza de Cristo, aceptó la trampa que le habían tendido para dar con ella eterna y definitiva caza a los emboscadores.
miércoles, 11 de marzo de 2009
La marcha silenciosa
Todas las religiones y sectas tienen su ciclo, como las repúblicas, de monarquía vienen a república popular, y de ésta a uno pasa, luego a muchos y más tarde a todos, por la misma y diversas vías. Así, cuando las sectas llegan al ateísmo, nace la última malparanza del pueblo y el extremo de la ira de Dios, y retornan al bien penosamente. Cuando llégase a negar la providencia divina o la inmortalidad del alma, se padece reforma o cambio necesariamente, porque los pueblos y los príncipes pierden el freno de la conciencia, y aquéllos tórnanse sediciosos, y éstos, tiranos, y entonces cualquier legislador bueno o no bueno reciben fácilmente con avidez, etc.
Campanella
lunes, 9 de marzo de 2009
Entusiasmo e hipocresía
La inclinación natural goza de otra ventaja: y es que arrastra consigo todo el ingenio y la agudeza de la mente; y cuando llega el momento de enfrentarse a los principios religiosos, busca todos los métodos y formas de eludirlos, alcanzando el éxito casi siempre. ¿Quién puede dilucidar los sentimientos del hombre y dar una explicación a esos extraños ataques y excusas con los que la gente se satisface cuando defiende sus inclinaciones naturales contra sus deberes religiosos? Esto es algo que el mundo entiende muy bien; y nadie que no sea un insensato dejará de fiarse de un hombre porque ha oído que dicho hombre, mediante el estudio y la filosofía, alberga una serie de dudas especulativas acerca de los asuntos teológicos. Y al tratar con una persona que hace grandes profesiones de religión y devoción, ¿no es verdad que muchos que son considerados prudentes se ponen en guardia porque temen que esa persona los engañe y defraude?
Además, hemos de tener en consideración que los filósofos que cultivan la razón y la reflexión necesitan menos de esa clase de motivaciones religiosas para mantenerse dentro de los límites de la moral; y que los hombres vulgares, que quizá tengan necesidad de ellas, son absolutamente incapaces de darse cuenta de que la religión pura nos dice que Dios está satisfecho con que nos limitemos a practicar la virtud dentro de la conducta humana. Las recomendaciones de la Divinidad son interpretadas generalmente como si se tratase de cumplir con preceptos superficiales, o de experimentar arrebatos de éxtasis, o de mostrar una credulidad fanática. No necesitamos retroceder a los tiempos antiguos, ni visitar regiones remotas para encontrar ejemplos de esta degeneración. Hay algunos entre nosotros que son culpables de esa atrocidad, una atrocidad que no fue conocida en las supersticiones griegas y egipcias, y que consiste en atacar expresamente la moralidad y decir que, cuando nos apoyamos en ella, somos irremisiblemente abandonados del favor divino.
Pero aunque la superstición o fanatismo no estuviese en oposición directa con la moralidad, siempre dará lugar a consecuencias desastrosas, ya que distrae nuestra atención de lo realmente importante, da lugar a nuevas y superficiales clases de mérito e introduce una distribución absurda de alabanzas y censuras; además, debilita extraordinariamente esos compromisos que el hombre tiene con los motivos naturales de la justicia y el humanitarismo. Del mismo modo, un principio de acción que no pertenezca a los motivos familiares que animan la conducta humana sólo tendrá fuerza sobre el temperamento en contadas ocasiones, y será necesario sacarlo a flote mediante un constante esfuerzo, a fin de que el fanático piadoso pueda estar satisfecho con su propia conducta y pueda llevar a cabo sus devotas tareas. Con aparente fervor, se ponen en práctica muchos ejercicios religiosos en momentos en los que el corazón se siente frío e indiferente. Y de esta forma, se va adquiriendo poco a poco un hábito de disimulo, y el fraude y la hipocresía se convierten en los principios dominantes. De aquí proviene la explicación de esa observación común que afirma que el máximo celo religioso y la más profunda hipocresía, lejos de ser incompatibles, suelen estar unidos en un mismo individuo.
Hume

Como la falsa piedad y la verdadera tienen qué sé cuántas acciones que les son comunes; como el exterior de una y otra son casi idénticos, no es solamente fácil, sino a la vez necesario, que la misma mofa que ataca a una beneficie a la otra, y que los rasgos con los que uno describe a ésta desfiguren a aquélla, a menos que se apliquen todas las precauciones de una caridad prudente, exacta y bien intencionada, lo que el libertinaje no está en disposición de hacer. Y hete aquí, cristianos, lo que de ello resulta, puesto que los espíritus profanos, muy lejos de querer participar de los intereses de Dios, han emprendido el censurar la hipocresía, no para reformar su abuso, lo que no es en absoluto su cometido, sino para hacer del caso una especie de diversión de la que el libertinaje pueda aprovecharse, concibiendo y haciendo concebir sospechas injustas hacia la verdadera piedad mediante malignas representaciones de la falsa. Hete aquí lo que han pretendido, exponiendo en el teatro y a la risa pública a un hipócrita imaginario, o lo mismo, si queréis, a un hipócrita real, y convirtiendo en su persona las cosas más santas en ridículas, el temor por los juicios de Dios, el horror del pecado, las prácticas más loables en sí mismas y las más cristianas. Hete aquí lo que han fingido, poniendo en boca de este hipócrita las máximas de la religión débilmente sostenidas, al mismo tiempo que las suponían rudamente atacadas; haciéndole censurar los escándalos del siglo de un modo extravagante; representándolo concienzudo sólo para la fineza y para el escrúpulo sobre los puntos menos relevantes, que sin embargo debía cumplir, mientras cargaba por lo demás con los crímenes más enormes; mostrándolo bajo un rostro de penitente que no servía más que para cubrir sus infamias; dándole, según su capricho, el carácter de la piedad más austera, que diríais la más ejemplar, aunque fuera en el fondo la más mercenaria y la más laxa.
¡Reprobables invenciones para humillar a las gentes de bien, para volverlas a todas sospechosas, para despojarlas de la libertad de declararse en favor de la virtud!
Bourdaloue
sábado, 7 de marzo de 2009
viernes, 6 de marzo de 2009
Cuarto poder vacante

El periodismo ha muerto con la verdad, pero sólo la segunda resurgirá. La metáfora del "Ancien Régime" y su caída no es idónea, sin embargo, pues si existe una profesión emblemática del liberalismo global, nacida con él, ésta es la de periodista. Para ser verdaderamente libre internet debe ser feudal: comunidad de intereses, trama de afectos, choque de fuerzas fácticas y autoridades del espíritu, sin poderes centrales.
jueves, 5 de marzo de 2009
Enemigo del comercio
Algunos legisladores han aprovechado el progreso de las luces que desde hace unos cincuenta años se desarrolla rápidamente de un extremo a otro de Europa; han investigado todos los sectores de la administración, los medios para favorecer la población, para promover la industria, para conservar las ventajas de una determinada situación y procurar otras nuevas. Se puede asegurar que los conocimientos conservados por la imprenta no van a extinguirse y que aún aumentarán. Si algún déspota quiere sumir a su nación en las tinieblas siempre habrá naciones libres que la volverán a la luz.
En épocas ilustradas es imposible fundamentar una normativa sobre errores; la propia charlatanería y mala fe de los ministros son apercibidas rápidamente excitando la indignación. Es igualmente difícil volver a un fanatismo destructor como el de los discípulos de Odín o de Mahoma; no se podrían aceptar hoy en ningún pueblo prejuicios contrarios al derecho de gentes y a las leyes de la naturaleza.
(...)
La religión, cada día más esclarecida, nos enseña que no hay que odiar a los que no piensan como nosotros; se sabe distinguir hoy el espíritu sublime de la religión de las supersticiones de sus ministros; hemos visto en nuestra época a las potencias protestantes en guerra contra las potencias católicas, y ninguna insistir en el empeño de inspirar a sus pueblos ese odio brutal y feroz, que se tenían en otras épocas, incluso durante la paz, entre pueblos de diferentes sectas.
(...)
El comercio, como las luces, disminuye la agresividad, pero igual que aquélla limita el entusiasmo de la estima, éste limita quizá el entusiasmo por la virtud: restringe poco a poco el espíritu de altruismo reemplazándolo por el de justicia, suaviza las costumbres civilizadas por la ilustración; pero al inclinar los espíritus más hacia lo útil que hacia lo bello, hacia lo grande más que hacia lo sabio, altera quizá la fuerza, la generosidad y la nobleza de las costumbres.
D'Alembert
El tiro errado
Se nos presentó al salvaje lleno de temor ante los fenómenos de la naturaleza a menudo maléficos, y que convertía en dioses, sin el menor temor, las piedras, los troncos de los árboles, la piel de los animales salvajes, en una palabra, cuantos objetos se presentaban ante sus ojos. Se concluyó de ello que el temor era la única fuente de la religión. Pero, al razonar así, se dejaba de lado la cuestión fundamental. No se explicaba de dónde procedía este temor del hombre a la idea de poderes ocultos que actúan sobre él. No se explicaba la necesidad que el hombre tiene de descubrir y adorar a estos poderes ocultos.
Cuanto más se acerca uno a los sistemas contrarios a cualquier idea religiosa, más difícil de explicar se hace esta disposición. Si el hombre no difiere de los animales más que porque posee, en un grado superior, las facultades de las que está dotado; si su inteligencia es de la misma naturaleza que la suya, y sólo más ejercitada y más comprensiva, todo cuanto esta inteligencia produce en él, debería producirlo en ellos, en un grado, sin duda, inferior, pero en algún grado.
Si la religión proviene del miedo, ¿por qué los animales, algunos de los cuales son más tímidos que nosotros, no son religiosos? Si proviene del reconocimiento, al ser tanto las ventajas como los rigores de la naturaleza física los mismos para todos los seres vivos, ¿por qué la religión sólo pertenece a la especie humana? Si se indica como fuente de la religión la ignorancia de las causas, estamos obligados a reproducir continuamente el mismo razonamiento. La ignorancia de las causas existe para los animales más que para el hombre; ¿de dónde procede que sólo el hombre intente descubrir las causas desconocidas? Por otra parte, al otro extremo de la civilización, en una época en la que la ignorancia de las causas físicas ya no existe, y en la que el hombre ya no tiene miedo ante la naturaleza, ¿no veis que se reproduce la misma necesidad de una correspondencia misteriosa con un mundo y con seres invisibles?
Benjamin Constant
martes, 3 de marzo de 2009
Fantasmal hedonismo

Es falso el axioma según el cual el mayor placer es el mayor bien. Si un hombre delinque y es por ello castigado, cabe preguntarse qué mal es peor: ¿La culpa que lo ha hecho malo? ¿o el justo castigo que ha recibido a raíz de la misma? Siendo el castigo inevitable, es peor la culpa, al ser evitable y causa de todo lo demás. Ahora bien, el delincuente encontró placer en su delito, pues si no no lo habría cometido. Por tanto, el mayor placer no es el mayor bien.
El placer sensible tampoco cuenta con un baremo con el que ser medido. En primer lugar, porque carece de objetividad. Así, para algunos será preferible un placer intenso y breve a otro prolongado y difuso, y a la inversa; o dividirán mentalmente en momentos una sensación que, de hecho, no tiene solución de continuidad. En segundo lugar, porque no integra nociones claras y distintas. Nadie puede decir de veras (esto es, nadie puede probarse a sí mismo) que el vino de Borgoña es superior al arte de la Contrarreforma.
Además, puesto que se asume que la buena política debe aumentar las funciones de utilidad de todos, ¿puedo preguntar cuál es límite? Es decir, si el fin es el placer de todos en todo momento, ¿cuándo se da este fin por cumplido y cuándo se tiene por frustrado? Del mismo modo que la riqueza deja de ser útil llegados a un punto, igualmente el placer no puede ir más allá de la saciedad. Ello implica que el placer no es un fin en sí.
Por último, si el placer es una pasión, ha de darse con cierta independencia de mi capacidad de obrar y de pensar. Luego no depende por completo de lo que haga o piense, sino en gran parte de lo que sienta. El hombre de sentimiento será así más feliz que el hombre de pensamiento o que el de acción. Pero, dado que todos sentimos, ¿qué debo sentir para sentir más y mejor?
domingo, 1 de marzo de 2009
De Maistre contra el libertinismo

Las veladas de San Petersburgo son una Teodicea dramatizada, casi romántica. Aunque no se lo mencione jamás, también son un anti-Sade, quien -no apartándose en esto de los progresistas seculares- hizo de la inmoralidad universal la mejor tabula rasa para la futura emancipación humana. Si el autor de Justine alega que no hay más ley natural que la de la violencia y la opresión, De Maistre se revuelve en contra de la tesis metafísica que sustenta a dicha ley, a saber, la acusación contra la Providencia que comparten deístas y ateos, de Spinoza a Voltaire: que Dios no se ocupa de los hombres.
Al comienzo de las veladas se formula la pregunta por la felicidad de los malos y la infelicidad de los justos. Ante un destino inicuo, donde la fuerza bruta hace valer sus derechos, la moral sería inútil o quimérica. En lo sucesivo y hasta el final de la obra se nos tratará de persuadir de lo capcioso de la asunción que da lugar al problema.
En primer lugar, se responde que no hay nada más probado que el padecimiento de los malos, tan sujetos a la contingencia del devenir como el resto de mortales. Su depravación tampoco es indiferente al fin que sus vidas alcanzan. Éstos sufren tanto penas físicas -por oponerse al orden natural y entregarse a la pasión- como psíquicas -pues atentan contra su propia conciencia- y jurídicas -ya que erosionan a la ciudad bien organizada, que los rechaza. Por otro lado, los bienes de los que disfrutan no siempre se deben a su maldad, sino que más bien existen a pesar de ella.
Se señala no obstante que puede haber excepciones, esto es, criminales que vivan y mueran felices. Pero es mejor que así suceda, lo que no resulta en absoluto injusto. Se esgrimen dos motivos: Porque tal estado de cosas depende de una ley general física (el leibniziano principio de razón suficiente), imparcial por tanto, que de destruirse sumiría al mundo en el caos y en la arbitrariedad; y porque la virtud y el vicio no pueden tener recompensas o castigos inmediatos, si se quiere que la moral sea sincera.
Por añadidura, no conocemos el resultado último de nuestras acciones. Lo que tenemos por un bien, si se ha logrado obrando contra la justicia, redundará en nuestra descomposición moral como individuos, llamando a nuevos males y desórdenes. No se da, además, sociedad corrompida que tolere estos actos y pueda sobrevivir demasiado tiempo.
De la sempiterna lucha entre el bien y el mal De Maistre deriva la necesidad de la guerra, vista más como una purificación divina que como un hado inevitable. Idénticos pecados a los que se predican del hombre pueden predicarse del agregado de ellos que es la nación. Ahora bien, no hay autoridad superior a la suma de las naciones, ni nación con derecho de tutela sobre las otras, por el mismo carácter absoluto e inviolable de la soberanía. Por consiguiente, sólo la moral universal y la obediencia a la majestad de Dios, de la que los gobernantes son vicarios, justifican el ejercicio efectivo de la autoridad humana; de ahí que se atormente a los pueblos impíos y degradados. La sociedad de las naciones, pretendido trasunto de Dios en la búsqueda de la paz perpetua, es imposible por el mismo motivo que lo es una sociedad sin criminales: la sed de sangre.
Si la ola de calamidades de la conflagración mundial envuelve a inocentes, como ha de suceder sin duda, no es menos cierto que los mismos han recibido igualmente las ventajas de la civilización que ha causado aquéllas. Además, nadie es completamente justo como para afirmar que no merece ser castigado, dada la doctrina del pecado original, que es fundamento de la necesidad de la ley (“la espada de la Justicia no tiene vaina, debe siempre amenazar o herir”). Los castigos en este mundo son signo de la bondad de Dios, que, si son aceptados, los descuenta de las penas eternas del purgatorio o el infierno. El hombre justo peca en tanto que hombre y acepta su punición en tanto que justo; Dios, a su vez, acepta esta aceptación y se cierra el círculo de la justicia.
Así, Dios es autor del mal metafísico, que castiga, y el Diablo es autor del mal moral, que tienta. Ni Dios castiga en vano, ya que todos somos culpables en acto o en potencia, ni el Diablo tienta ilegítimamente, pues de este modo revela a los malos confirmados en su culpa. Por ello, algunos castigos son lecciones, donde la parte mala se sacrifica en favor de la buena, reforzándola, y otros son sacrificios, por los que la parte buena se inmola en beneficio de la mala, humillándola. De Maistre concluye: Así que, cuando un culpable nos pregunte por qué sufre la inocencia en este mundo, no nos faltarán respuestas, como habéis visto; pero podemos elegir una directa y más eficaz acaso que todas las demás. Podremos responder: La inocencia sufre por vos, si así lo queréis.








