martes, 3 de febrero de 2009

Más allá de la moral cartesiana-II


No estoy seguro de si J.Z. es un escéptico moral o un defensor de lo que podríamos llamar la "moral naturalista". Me inclino por lo segundo, dado el peso que da al deseo individual en la formación de los principios morales. Un deseo que, como buen determinista, no atribuye a la libre consciencia, sino a la programación genética.

En esta particular genealogía darwiniana de la moral se nos intenta convencer de que los juicios morales genéricos son abstracciones de preferencias individuales, que a su vez estarían en función de variables supraindividuales como las que mueven la selección natural. Sin embargo, es incorrecto argumentar así:

No quiero ser perjudicado.
Por tanto, no perjudicaré a nadie.


Y lo es porque de un acto de voluntad no puede seguirse el límite a la voluntad que todo deber implica. Lo correcto es apelar a valores objetivos:

No tengo derecho a perjudicar ilegítimamente a nadie.
Por tanto, no perjudicaré a nadie.


La legitimidad del perjuicio ajeno no se sigue de la valoración que me merezcan mis propios perjuicios, sino del grado en que un tercero superior (el Estado) los tolere en vistas a la consecución de un fin común (la óptima conservación de la sociedad). De modo que, aunque pueda cuestionarse el medio, esto es, la idoneidad de la norma, cosa que se hará siempre según la razón, nadie cuestionará el fin, so pena de ser expulsado del grupo y con ello devuelto al estado natural.

Más allá de la moral cartesiana-I


Para determinar la distinción entre acciones morales e inmorales he ofrecido un criterio, el de la no contradicción lógica, que es regla universal de honestidad y condición necesaria de la justicia. La injusticia, sin embargo, se caracteriza únicamente por causar un daño gratuito, sea coherente o no el discurso que lo respalda.

Observa que sostener que no es injusto ni justo causar un daño arbitrariamente se aproxima a afirmar que recibir un daño inmerecido no es ni dañino ni beneficioso. Ante esto puede que cuestiones el punto de vista del juicio: dañar será bueno para el agresor y malo para la víctima. Pero ya he señalado desde el comienzo que la perspectiva adecuada para enjuiciar hechos morales es la del tercero superior, la del poder (legislativo o consuetudinario, es lo de menos) que confiere valor o desvalor a acciones que en caso contrario formarían parte del estado de naturaleza. Dicho poder será tanto más sólido cuanto más lógico resulte, decantándose hacia la anarquía en la medida en que renuncie a la razón.

Te queda la escapatoria de negar que haya merecimientos objetivos. No te la recomiendo, como comprobarás. En un contrato no es sólo la voluntad de las partes la que fija las reglas de justicia, sino que se limita a concretarlas para un caso particular. Lo que causa la sujeción de los contratantes a su voluntad no es la voluntad misma, mudable de un día para otro, mas el valor de la promesa dada. Este valor es anterior a la formalización y radica en el principio según el cual no está permitido mentir en perjuicio de un interés legítimo, que es aquel conseguido sin dañar a nadie.

En resumidas cuentas, si estás en contra de la mentira en cualquier disciplina científica (esto es, en contra de la ocultación y el engaño conscientes), ¿qué argumento tienes para no oponerte a la falsedad y al fraude en Derecho? Y si te opones porque quieres, aunque crees que nada te obliga a ello, ¿por qué quieres oponerte?

domingo, 1 de febrero de 2009

Piedra de fundación




La moral no se genera sólo en función de las directrices que conducen a la supervivencia de la especie, y que sus miembros memorizarían hasta integrarlas en la costumbre. Es posible sobrevivir sin justicia, pero difícilmente se abandonará la barbarie en ese estado.

Tu vida y la mía no valen nada fuera de una sociedad que las ampare. Esto es, están sujetas al mismo estado de naturaleza que la de cualquier animal. Instaurar un sistema de valores es someterse a un poder que da o reconoce el valor. Si lo hace de un modo arbitrario, y por tal entiendo un modo falso o infundado, pronto perderá su autoridad, como la perdería el Estado que acuñase una moneda distinta cada trimestre. Mientras que si los basa en la razón (el patrón oro de todas las legislaciones), podrá dirigirse en términos racionales hasta al más irracional de sus súbditos, recurriendo a la fuerza sólo cuando ello sea imprescindible para restaurar el equilibrio.

Ahora bien, si nuestros juicios morales son tan antojadizos como las más inmorales de nuestras pulsiones, y no nos engañamos al respecto, entonces no hay ninguna razón interna para que prefiramos los unos a las otras. Tendremos que movernos en el ámbito de la simple coacción, sin importarnos siquiera su justicia, puesto que no damos a ésta un valor objetivo.

En tal escenario de barbarie el hombre queda reducido a la animalidad, con el añadido de ser una animalidad degenerada, esto es, anárquica. Pero incluso si se llega a un consenso respecto a qué es lo más favorable para la mayoría (lo cual no es necesario mientras los fuertes imperen), será un consenso indocto, con la imprevisión propia de los salvajes, ya que ninguno de quienes han contribuido a formarlo cree en el bien común y duradero.

No hay valor humano que pueda hacerse efectivo al margen del poder estatal. El principio tácito de toda civilización es que ningún inocente puede ser vejado jamás: Cabe obligarle a trabajar o a luchar, pero nunca a morir o a soportar un mal gratuito. Sin este presupuesto, que no admite ni condiciones ni matices, somos bestias viles o demonios, se cancela todo orden y cae toda prerrogativa que el hábito ciego o el terror no respalden. En breve, el derecho a la vida es absolutamente o no es en absoluto.

sábado, 31 de enero de 2009

Schelle






Bendice al Señor, alma mía,
que todo mi ser bendiga a su santo Nombre;
bendice al Señor, alma mía,
y nunca olvides sus beneficios.
Él perdona todas tus culpas
y cura todas tus dolencias;
rescata tu vida del sepulcro,
te corona de amor y de ternura;
Él colma tu vida de bienes,
y tu juventud se renueva como el águila.
Aleluya.

Admonición a un homicida




El relativismo comete al menos tres equivocaciones, que dan para otras tantas falacias concatenadas en cada razonamiento que parta de dichas premisas.

El primer error es considerar que una proposición moral debe ser verdadera siempre y en toda circunstancia. De ser así, vano habría sido el minucioso trabajo de clasificación y distinción conceptual de los jurisconsultos romanos, lo más aproximado que ha tenido nuestra cultura al derecho natural. Caiga o no la moral del cielo, son los mortales quienes deben aplicarla.

El segundo error es creer que renunciando a la objetividad de los hechos morales éstos siguen siendo efectivos por lo que tienen de innatos. Yo digo que el mal y las pulsiones sádicas no son menos innatos que el sentido de justicia o el respeto a la autoridad. Ahora bien, mientras que los primeros son irracionales, los segundos dependen de juicios (no de emociones), de modo que negarles la objetividad es tanto como refutarlos. Nietzsche habló mucho de ello a propósito de la "muerte de Dios".

El tercer error es tomar por fruto del capricho personal o del azar evolutivo hechos de los que depende no la supervivencia, pero sí la prosperidad de la especie. Al asesino in nuce hay que argumentarle del siguiente modo: "Como la moneda, que nada vale sin quien la respalde, ninguna vida tiene valor por sí misma, sino según aquello a lo que sirve. Nada es más útil a la sociedad de los hombres que mantener este sistema de valores. Ahora bien, tu vida no es más valiosa que aquella que te dispones a sacrificar. Si lo haces, dejarás de ser un súbdito leal y te mataremos. Pero tú no quieres morir. Por tanto, no lo hagas".

Más griegos que los griegos




De lo que existe, unas cosas dependen de nosotros, otras no. De nosotros dependen juicio, impulso, deseo, aversión y, en una palabra, cuantas son nuestras propias acciones; mientras que no dependen de nosotros el cuerpo, la riqueza, honras, puestos de mando y, en una palabra, todo cuanto no son nuestras propias acciones.

Y las cosas que dependen de nosotros son por naturaleza libres, sin impedimento, sin trabas; mientras que las que no dependen de nosotros son inconsistentes, serviles, sujetas a impedimento, ajenas.

Recuerda, pues, que si las cosas por naturaleza esclavas las creyeres libres y las ajenas propias, andarás obstaculizado, afligido, lleno de turbación e increparás a los dioses y a los hombres; en cambio, si sólo lo tuyo juzgas que es tuyo y lo ajeno, como realmente es, ajeno, nadie te coaccionará nunca, nadie te pondrá impedimento, no increparás a nadie, no acusarás a ser alguno, nada harás que no quieras, nadie te perjudicará: no tendrás enemigo, pues ni te dejarás persuadir de que haya algo perjudicial.


Epicteto


1:18 Todavía estaba hablando, cuando llegó otro y le dijo: "Tus hijos y tus hijas comían y bebían en la casa de su hermano mayor,
1:19 y de pronto sopló un fuerte viento del lado del desierto, que sacudió los cuatro ángulos de la casa. Esta se desplomó sobre los jóvenes, y ellos murieron. Yo solo pude escapar para traerte la noticia.
1:20 Entonces Job se levantó y rasgó su manto; se rapó la cabeza, se postró con el rostro en tierra
1:21 y exclamó:
"Desnudo salí del vientre de mi madre,
y desnudo volveré allí.
El Señor me lo dio y el Señor me lo quitó:
¡bendito sea el nombre del Señor!"
1:22 En todo esto, Job no pecó ni dijo nada indigno contra Dios.


Libro de Job



* * *



A nadie se niega la virtud: está abierta a todos, admite a todos, invita a todos. Al nacido libre y al liberto, al esclavo y al rey, así como al exiliado. Ni la familia ni la fortuna la determinan, se contenta con el hombre desnudo.


Séneca


10:34 Entonces Pedro, abriendo la boca, dijo: En verdad comprendo que Dios no hace acepción de personas,
10:35 sino que en toda nación se agrada del que le teme y hace justicia.


Hechos de los apóstoles


* * *




Por esta ley, hermano, te honré a ti mas que a nadie, pero a Creonte esto le parece mala acción y terrible atrevimiento. Y ahora me ha cogido, así, entre sus manos, y me lleva, sin boda, sin himeneo, sin parte haber tenido en esponsales, sin hijos que criar; no, que así, sin amigos que me ayuden, desgraciada, viva voy a las tumbas de los muertos: ¿por haber transgredido una ley divina?, ¿y cuál? ¿De qué puede servirme, pobre, mirar a los dioses? ¿A cuál puedo llamar que me auxilie? El caso es que mi piedad me ha ganado el título de impía (...).


Sófocles, Antígona


15:18 Si el mundo os aborrece, sabed que a mí me ha aborrecido antes que a vosotros.
15:19 Si fuerais del mundo, el mundo amaría lo suyo; pero porque no sois del mundo, antes yo os elegí del mundo, por eso el mundo os aborrece.
15:20 Acordaos de la palabra que yo os he dicho: El siervo no es mayor que su señor. Si a mí me han perseguido, también a vosotros os perseguirán; si han guardado mi palabra, también guardarán la vuestra.
15:21 Mas todo esto os harán por causa de mi nombre, porque no conocen al que me ha enviado.


Evangelio según Juan


* * *



POLO: ¿Preferirías tú sufrir una injusticia a cometerla?

SÓCRATES: No deseo lo uno ni lo otro; pero si fuese forzoso cometerla o sufrirla, yo preferiría sufrirla a cometerla.


Platón, Gorgias


29 Al que te hiera en una mejilla, preséntale también la otra; y al que te quite el manto, no le niegues la túnica.
30 A todo el que te pida, da, y al que tome lo tuyo, no se lo reclames.
31 Y lo que queráis que os hagan los hombres, hacédselo vosotros igualmente.
32 Si amáis a los que os aman, ¿qué mérito tenéis? Pues también los pecadores aman a los que les aman.


Evangelio según Lucas

miércoles, 28 de enero de 2009

Te Deum, de Purcell




Una vieja verdad




Ved, pues, lo que creo sobre los puntos principales, cuya simple consecuencia ha llamado vuestra atención. La esencia de todo ser inteligente es el conocer y el amar. Los límites de su esencia son los de la naturaleza; el ser inmortal no aprende nada; sabe por su propia esencia todo lo que debe saber. Por otra parte: ningún ser inteligente puede desear el mal por su naturaleza o en virtud de su esencia; sería necesario para ello que Dios lo hubiese hecho malvado, lo que es imposible. Si el hombre, pues, está sujeto a la ignorancia y al mal, esto no puede ser sino en virtud de una degradación accidental que no podría ser sino consecuencia de un crimen. Esta necesidad, esta sed de ciencia que agita al hombre, no es sino la tendencia natural de su ser que le lleva hacia su estado primitivo y le anuncia lo que es.

Se dirige continuamente hacia las regiones de la luz. Ningún castor, ninguna alondra, ninguna abeja sabe más que sus antepasados. Todos los seres permanecen tranquilos en el lugar que ocupan. Todos son degradados pero lo ignoran; sólo el hombre posee el conocimiento de su propia existencia, y ese sentimiento es a la vez la prueba de su grandeza y de su miseria, de sus sublimes derechos y de su increíble degradación. En el estado a que se halla reducido, no tiene ni aun la triste felicidad de ignorarlo: se contempla sin cesar, y no puede hacerlo sin avergonzarse; su misma grandeza le humilla, pues sus luces, que le elevan hasta la región de los ángeles, no sirven más que para demostrarle inclinaciones abominables que le hacen descender a la región de los brutos. Busca en las profundidades de su ser alguna parte sana, sin poderla encontrar: el mal lo ha corrompido todo, y el hombre entero es una enfermedad. Agregado inconcebible de dos poderes diferentes e incompatibles, centauro monstruoso, conoce que es resultado de alguna prevaricación desconocida, de algún injerto detestable que ha viciado al hombre hasta en su esencia más íntima. La inteligencia es por su misma naturaleza resultado, a la vez ternario y único, de una percepción que siente, de una razón que afirma y de una voluntad que obra. Las dos primeras potencias están debilitadas en el hombre; pero la tercera está suelta, y, semejante a la serpiente del Tasso, se arrastra a sí misma, avergonzada de su dolorosa impotencia. En esta tercera potencia es donde el hombre se siente herido de muerte. No sabe lo que quiere; quiere lo que no quiere, y no quiere lo que quiere; quisiera querer. Ve en sí mismo cierta cosa que no es él, y que es más fuerte que él. El sabio resiste y exclama: “¿Quién me librará?” (Rom. VII, 24); el insensato obedece, y llama felicidad a su cobardía; pero no puede deshacerse de esa otra voluntad incorruptible en su esencia, aunque haya perdido su imperio; e hiriéndole el corazón, el remordimiento no cesa de exclamar: Haciendo lo que tú no quieres obedeces a la ley (ibid., 16). ¿Quién puede creer que tal haya salido en este estado de las manos del Criador? Esta idea es tan repugnante, que aun la filosofía, por sí sola (hablo de la filosofía pagana), ha adivinado el pecado original. ¿No decía el viejo Timeo de Locres, de acuerdo con su maestro Pitágoras, “que nuestros vicios provienen menos de nosotros mismos que de nuestros padres y de los elementos que nos constituyen”? ¿No dice también Platón “que debemos atender más al generador que al engendrado”? Y en otro punto, ¿no ha añadido que “el Señor Dios de los dioses, viendo que los seres sometidos a la generación habían perdido (o destruido en ellos) el don inestimable, había determinado someterlos a un tratamiento propio eternamente para castigarles y regenerarles”? Cicerón no se separa del sentir de estos filósofos, y de los iniciados que habían pensado que estábamos en este mundo para expiar algún crimen cometido en otro mundo. Ha citado, y aun adoptado en cierta parte, la comparación de Aristóteles, a quien la contemplación de la naturaleza humana le traía a la memoria el espantoso suplido de un desgraciado atado a un caballo y condenado a pudrirse con él.

En otra parte dice explícitamente que la Naturaleza nos ha tratado como madrastra más que como madre, y que el espíritu divino que existe en nosotros está como sofocado por la inclinación que ella nos ha imbuido hacia todos los vicios. Y ¿no es cosa singular que haya hablado Ovidio en los mismos términos que San Pablo? El poeta crítico ha dicho: “Yo veo el bien, y lo amo; y el mal, sin embargo, me seduce”; y el Apóstol, tan elegantemente traducido por Racine, ha dicho: “Yo no hago el bien que amo, / y hago el bien que aborrezco”. Finalmente, cuando los filósofos que acabo de citaros nos aseguran que los vicios de la naturaleza humana pertenecen más bien a los padres que a los hijos, es claro que no hablan de ninguna generación en particular. Si la proposición permanece vaga, es porque no tiene sentido; de manera que la naturaleza misma de las cosas la relaciona a una corrupción de origen y, por consiguiente, universal. Platón nos dice: “Que al contemplarse a sí mismo, no sabe si ve un monstruo mayor, más malvado que Tifón, o bien un ser moral, dulce y bienhechor, que participa de la naturaleza divina” (el veía lo uno y lo otro). Añade que el hombre, llevado así por sentimientos contrarios, no puede obrar bien y vivir dichoso “sin reducir a esclavitud aquel poder del alma en donde reside el mal, y sin poner en libertad aquel en el que está la mansión y el órgano de la virtud”. Esta es precisamente la doctrina cristiana, y no puede confesarse con más claridad el pecado original. ¿Qué importan las palabras? El hombre es malo, horriblemente malo. ¿Lo ha creado Dios tal? Ciertamente que no; y el mismo Platón se apresura a responder: “Que el ser bueno no quiere ni hace mal a nadie”. Somos degenerados, y ¿de qué manera? Esta corrupción que Platón veía en él no era evidentemente cosa particular a su persona, y seguramente no se creía peor que sus semejantes.

(…)

En fin, señores, nada hay más confirmado, nada tan universalmente creído bajo una u otra forma; nada, en fin, tan intrínsecamente admisible como la teoría del pecado original.


Joseph De Maistre.

lunes, 26 de enero de 2009

Brunelli




Mal presagio




Cada uno toma de EEUU lo que le interesa: la religiosidad omnipresente o el republicanismo espontáneo; el melting pot multicultural o la sociedad de consumo. Visto lo cual, ser "proamericano" o "antiamericano" es una tontería esteticista. A efectos prácticos, basta con saber dónde está el imperio y dónde los bárbaros dentro y fuera de las fronteras.

Obama puede ser el hombre que haga bueno a Bush. El anterior presidente hablaba con Dios; éste es ya la Segunda Persona. Si de veras se cree un nuevo Redentor, Obama es un loco peligroso que acumula un gran poder en una coyuntura en extremo delicada. Pero si sólo explota esta fe para atraerse la benevolencia de las masas, entonces es un malvado del que cabe esperar cualquier traición.

Decepcionará a la izquierda europea y a la llamada antiimperialista, no me cabe duda. Ojalá las decepcione, por nuestro bien. A la izquierda americana le insuflará poesía, consciente de que la lírica crea división social. No creo en consecuencia que éste vaya a ser el mandato de la concordia y de la transversalidad, como parecen presagiar las buenas palabras y las amplias sonrisas. Veremos, sin embargo.

domingo, 25 de enero de 2009

Consideraciones sobre nuestra miseria




El placer por el mal, la pulsión sádica, no provienen ni de la naturaleza ni de la inteligencia. Esto es, ni los animales irracionales los poseen, al ignorar todo sufrimiento que no sea el propio, ni encuentran justificación según los fines perseguidos por un animal social. Tampoco son fruto del error intelectual pasivo. Es falso afirmar que nuestro alejamiento de la virtud se sigue de nuestra ignorancia de la misma. Los niños, para los que el bien se identifica con la autoridad de sus padres, los desobedecen no obstante, arrastrados por una pasión mayor.

Así, ¿es la vergüenza una virtud natural, fundada en la razón y en la intuición, o social, derivada de la costumbre? Toda sociedad debe fomentar la cooperación y disuadirnos de realizar actitudes dañinas si no quiere disolverse pronto. La vergüenza bien podría ser el resultado de interiorizar este mandato general mediante un súper-yo que combatiría nuestras pulsiones primarias. Sin embargo, esto no explicaría por qué nos sentimos inclinados a postular principios morales y adherirnos a ellos más allá de la amenaza (Antígona).

La pregunta anterior puede replantearse como sigue: ¿Amamos el bien de manera innata o aprendemos a identificarnos con cierto tipo de conductas sancionadas favorablemente por la autoridad o por la mayoría? Respondo con otra pregunta: Esta facultad de identificación ¿no es de por sí búsqueda del bien, cuyos rudimentos estarían ocultos en nuestra consciencia?

Nadie vive por sus propias reglas. Al buscar el bien fuera de nuestra voluntad primaria admitimos su existencia autónoma. Pero, resultándonos oscuro y contradictorio, necesitamos precisarlo a través del conocimiento. Y todo conocimiento es social. De ahí el éxito de la política y de la religión, que de otro modo tendrían que imponerse por la fuerza de manera invariable.

Puede replicarse que, dados unos comportamientos estándar, los imitamos por falta de instinto, como segundo recurso adaptativo de la especie. No obstante, esto no se opone a la búsqueda de un modelo trascendente a las necesidades pasajeras. Es la adecuación de nuestra conducta a un patrón fijo el signo externo más notable de nuestra individualidad. La lógica del honor explica más solventemente nuestras acciones públicas que el esquema conductista de la satisfacción de necesidades psico-fisiológicas.

Apelar a nuestra naturaleza de animal político es también referirse a nuestra facultad no adquirida de sentir vergüenza, que a su vez es resultado de nuestra tendencia al mal, puesto que nadie que obre bien siempre y esté seguro de ello debería avergonzarse. Por tanto, la sociabilidad depende de la maldad inercial del hombre y no de una suerte de altruísmo heredado, dada su utilidad a los efectos de garantizar la supervivencia del grupo.

Si la virtud fuera innata, en lugar de la vergüenza, no habría civilización, ni egoísmo insociable, ni opresión entre clases, ni guerras de conquista. En tal estado idílico, donde el orden puede considerarse originario e inmanente, la cultura habría de enmudecer una vez superada la barbarie, siendo en lo sucesivo ocasión para el extravío. Todo sistema de normas tendería a ser consuetudinario, los magistrados superfluos y la feliz anarquía el estado por defecto. Es por ello que la existencia universal de ciudades y leyes, antes que la de Dios, refuta la conclusión naturalista.

jueves, 22 de enero de 2009

Eterno femenino


El afán por la estadística, característico de nuestra época industrial y que la diferencia de las precedentes, se ha despertado por suponer que –seguramente por su estrecho parentesco con las matemáticas- refuerza el aspecto científico, pero en este caso, como en otros, ha paralizado el progreso del conocimiento. Se desea obtener el promedio, no el tipo. No se ha comprendido que en un sistema de ciencia pura (no aplicada) sólo éste es el que interesa.

(...)

Existen tantas imitaciones de la ética y tan engañosas copias de la moral, que la moralidad de las mujeres ha sido estimada por algunos como muy superior a la de los hombres.

(...)

El delincuente masculino se halla desde su nacimiento en relación con la idea del valor como cualquier otro hombre en el que falten casi completamente los impulsos delictivos que dominan al primero. La mujer, por el contrario, afirma muchas veces tener plena razón después de haber cometido las más reprobables bajezas. Mientras el verdadero delincuente enmudece ante los reproches, una mujer se rebela indignada de que se pueda poner en duda su derecho a obrar en la forma que lo hizo. (...) Por la misma razón se siente descubierto cuando es capturado otro delincuente; la mujer, por el contrario, está convencida de la mala voluntad de sus acusadores, y si ella no quiere, nadie le podrá probar que ha procedido mal. En ocasiones, cuando conversa con alguien, se deshace en lágrimas, pide perdón, “reconoce su falta” y cree que siente sinceramente su error, pero tal sucede cuando ella así lo quiere, pues este llanto le produce cierto placer sensual. (...) No quiero decir que la mujer sea mala y antimoral, lo que yo afirmo es que ni siquiera puede ser mala, pues únicamente es amoral, vulgar.

(...)

La compasión masculina es el "principum individuationis" que se sonroja de sí mismo; por ello, la compasión femenina es impertinente mientras que la masculina se oculta.

(...)

La confusión de la vida anímica masculina con la femenina (en el más amplio y profundo sentido), para crear una psicología general, debe ser considerada como el factor que ha conducido a los más grandes errores.

(...)

Muchos cargos, como la teneduría de libros, los servicios de correos, los telegráficos, los telefónicos, en los que se exige un trabajo siempre igual, son concedidos preferentemente a las mujeres, dado que están menos diferenciadas y por ello tienen menos necesidades que el hombre. El capitalismo, mucho antes que la ciencia, se dio cuenta de que las mujeres tienen un estándar de vida más bajo, por lo que pueden ser peor pagadas.

(...)

La primera diferencia entre la madre y la prostituta se encuentra en su relación con la prole. La prostituta absoluta sólo piensa en el hombre; la madre absoluta sólo se preocupa de los hijos. La piedra de toque más segura se encuentra en las relaciones con la hija: sólo puede decirse que sea verdadera madre aquélla que no envidia a su hija ni por su juventud ni por su mayor belleza, que no sufre por la admiración que ésta produce entre los hombres, sino que, por el contrario, se identifica completamente con ella, y está tan gozosa de los admiradores que tenga como si se tratara de los propios.

(...)

La estrecha relación de la madre con el mantenimiento de la especie aparece de modo aun más claro en la característica conducta que observa en lo que se refiere a la alimentación. Una madre no puede tolerar que se desperdicien ni los residuos más pequeños que todavía puedan ser aprovechables. Por el contrario, la prostituta, sin la menor justificación y por un simple capricho, se procura gran cantidad de alimentos y bebidas para después dejar que se estropeen inútilmente. La madre es ambiciosa y de miras estrechas, la prostituta es caprichosa y desprecia el ahorro. El mantenimiento de la especie es el objeto para el cual la madre vive; cuida celosamente de que sus protegidos se sacien, y nada le alegra tanto como el buen apetito que posean. De aquí su estrecha relación con el pan y con todo lo que signifique economía.

(...)

La prostitución es, pues, algo que únicamente se presenta en los seres humanos. Los animales y las plantas son tan sólo completamente amorales, sin ninguna afinidad con lo antimoral, y, por tanto, conocen únicamente la maternidad. Aquí se encuentra escondida una de las incógnitas más profundas respecto a la esencia y al origen de la especie humana.


Weininger

miércoles, 21 de enero de 2009

Nada que discutir




El del aborto no es un debate milenario, como equivocadamente sostiene el relativismo, víctima de su propia propaganda. Hipócrates lo proscribió en su juramento, el Digesto de Justiniano habla de aplazar las sentencias de muerte hasta el parto y los Padres de la Iglesia han sido unánimes en condenar esta práctica. Incluso el Nuevo Testamento hace profetizar a Juan Bautista desde el vientre de su madre. Grecia, Roma y Jerusalén convergían en su respeto al inocente. ¿Por qué no vosotros?

Tengo la muy repugnante impresión de que si no hubiera colectivos religiosos en el bando antiabortista seríais más ecuánimes en este tema. Por lo demás, no os creo ni una palabra. Pedís matices y discusión, pero sólo para avanzar hacia la despenalización absoluta. Las brumas de la historia no pueden ocultar el origen bastardo de los valores que defendéis, ni las nebulosas retóricas vuestra falta de vergüenza.

Hubo en tiempos pasados doctores de la Iglesia que se propusieron la estéril tarea de determinar cuándo un infante dejaba de ser mera potencia para convertirse en un individuo en acto. Pero jamás fue objeto de disputa que matar a un individuo resultase pecaminoso. Era la cuestión del hecho (el momento de la constitución del individuo desde la materia informe) y no la del derecho (su dignidad inherente) la que se les consultaba, y a la que ellos daban respuesta según la ciencia aristotélica.

No ha lugar a hablar de tipos opuestos de animaciones, retardadas o inmediatas, en la antropología católica. La animación siempre es inmediata, apareciendo en la constitución del individuo. No hay individuos inanimados, no hay gradación en la humanidad en base a su desarrollo. Sin embargo, ¿cuándo hay un individuo? He aquí la cuestión tenida por polémica hasta hace un siglo. La disputa se plantea hoy en términos muy distintos. Nadie pregunta por el origen, sino por el límite. Pues bien, ese límite no existe, es arbitrario, imaginario, amoral.

Hoy sabemos que matar a un animal espermático no es matar a un hombre, mientras que sí lo es eliminar a un embrión de días. Ahora bien, ¿qué conocimiento podían poseer esos sabios cristianos de las realidades microscópicas o de la codificación genética? Tenían que guiarse por criterios que entonces parecían provisionalmente válidos, como el del automovimiento. Especulaban a ciegas, sin que ninguna experiencia les ayudara a resolver el arcano, y dictaminaban en atención a la prudencia general. Jamás reconocieron la libertad de la madre para disponer de la vida ajena, a la que otorgaban un valor supremo.

La cuestión de cuándo empieza el hombre a ser tal hace tiempo que devino anacrónica. Querer mantener hoy un supuesto debate milenario presentando prejuicios feministas, liberales o malthusianos como argumentos científicos es un fraude. Pretender que la historia fue partícipe de nuestra confusión irresponsable es, además, una farsa infame.

El derecho al infanticidio hasta los tres días en ciertos casos, como ejercicio efectivo del derecho al honor de la madre que hubiera dado a luz fuera del matrimonio, fue una estipulación novedosa e hipócrita impulsada por los movimientos secularizadores del siglo XIX y a la que prestaron su aplauso los Bentham y los Beccaria. A no dudar, éste es el precedente jurídico de la actual figura del aborto en el mundo civilizado.

lunes, 19 de enero de 2009

Andreas Hofer




Sócrates en Gaza




Si alguien hace un mal, es justo que se lo castigue. Si un militar israelí mata a un civil arbitrariamente, ¿no debemos imponerle una pena? Sí, no en vano Israel es un Estado de Derecho, por más dudas y reproches que os merezca.

Mi pregunta es, pues, quién debe castigar a Hamas por sus desmanes. Adelanto que en caso de que la respuesta sea “nadie”, o cualquier otra equivalente, se pierde toda autoridad moral para censurar a Israel en lo sucesivo.