jueves, 19 de febrero de 2009

Locke y su posteridad-I


En Las veladas de San Petersburgo el conde de Maistre -al que cito por tercera vez en pocas semanas- combate contra las bestias negras que en su opinión han sentado las bases intelectuales del caos revolucionario en Francia y el resto de Europa. Mediante una original teoría lingüística se critica muy severamente al buen salvaje de Rousseau, puesto que el salvaje es siempre malo y una rama degenerada de una civilización anterior, nunca un estado inicial ni un fin ideal al que deba tenderse. Voltaire es también sentenciado por la prostitución de su talento y, en particular, por su escarnio de la teodicea ante el terremoto de Lisboa, argumentándose por el contrario que todo mal es un castigo y todo castigo es merecido. Por último, y tras rendir cuentas con otras figuras menores, De Maistre vapulea a Locke en un largo discurso en el que se entremezclan el desdén más rotundo por su mediocridad y la ironía por lo mucho que esperaba de él la Ilustración materialista, que es hoy la Ilustración por antonomasia.

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EL CONDE.- Ahora, mi querido caballero, principiemos, si os place, por un acto de franqueza. Habladme en conciencia: ¿Habéis leído a Locke?

EL CABALLERO.- No, nunca; ninguna razón tengo para ocultároslo; únicamente me acuerdo de haberlo abierto un día en el campo, un día de lluvia; pero me limité a eso, a abrirlo.

EL CONDE.- No quiero estar siempre riñéndoos; tenéis algunas veces ciertas expresiones sumamente felices. En efecto; el libro de Locke se toma y se abre casi siempre sin leerlo. Entre todos los libros serios no hay uno menos leído. Una de mis mayores curiosidades, pero que no puede satisfacerse, es la de saber cuántas personas hay en París que hayan leído de cabo a rabo el Ensayo sobre el entendimiento humano. Se habla de él y se le cita mucho, pero siempre de oídas; yo mismo he hablado osadamente, como tantos otros, sin haberlo leído. No obstante, al fin, queriendo adquirir el derecho de hablar en conciencia, es decir, con pleno y entero conocimiento de causa, lo he leído pausadamente desde la primera palabra hasta la última, y con la pluma en la mano. Más: cincuenta años tenía yo cuando esto me sucedió, y no creo haber sufrido en mi vida un fastidio igual. Bien conocéis mi valor en este punto.

EL CABALLERO.- ¿Si lo conozco? ¿Pues no os he visto el año pasado leer un mortal "in octavo" alemán sobre el Apocalipsis? Me acuerdo que, al contemplaros al concluir esa lectura lleno de vida y salud, os dije que después de tal prueba se os podía comparar con un cañón que ha sufrido carga doble.

EL CONDE.- Y, no obstante, puedo aseguraros que la obra alemana, comparada con el Ensayo sobre el entendimiento humano, es un libro ameno, ligero; un libro de adorno literalmente, y, al menos, se leen en él cosas muy interesantes. Se aprende, por ejemplo, "que la púrpura de que la abominable Babilonia proveía o surtía entonces a las naciones extranjeras significa evidentemente el vestido encarnado de los cardenales; que en Roma las estatuas antiguas de los dioses falsos están expuestas o de manifiesto en las iglesias", y mil otras cosas a este tenor tan útiles como recreativas. Pero en el Ensayo no hay nada que os consuele; es preciso recorrer ese libro como las arenas de la Libia, sin encontrar el más pequeño punto de verdor en donde poder respirar. Hay libros de los que se dice: enseñadme el defecto que tienen. Por lo que respecta al Ensayo, me atrevo muy bien a deciros: "Mostradme cuál es el que no tiene". Nombrad el que queráis entre los que juzguéis más propios para desestimar un libro, y yo me encargo, acto continuo, de citaros un ejemplo sin buscarle. El mismo prefacio es chocante en grado sumo: "Espero -dice Locke- que el lector que compre mi libro no sentirá el dinero que ha gastado". ¡Cómo huele esto a negocio!

Continuad y veréis: "Que su libro es el fruto de algunas horas pasadas sin saber en qué emplearlas: que se ha divertido mucho componiendo esta obra, por la razón de que tanto gusta cazar alondras o gorriones como rendir a las zorras y a los ciervos". En fin: "Que principió su libro por casualidad, que lo continuó por complacencia, que lo escribió en párrafos incoherentes, dejándolo y volviéndolo a tomar según sus caprichos u ocasiones". Preciso es confesar que esta es una manera de expresarse bien rara para un autor que va a hablarnos del entendimiento humano, de la espiritualidad del alma, de la libertad y, finalmente, de Dios. ¡Qué no dirían nuestros pasados ideólogos si viesen estas necedades en un prefacio de Malebranche! Pero no podéis figuraros, señores, antes de pasar a otra cosa más esencial, hasta qué punto el libro de Locke da margen al ridículo propiamente dicho por las expresiones groseras u ordinarias de que tanto gustaba y que acudían a él con placentera facilidad.

Tan pronto os dirá Locke en la segunda y tercera edición, y después de haber discurrido con todas sus facultades: "Que una idea clara es un objeto que el espíritu humano tiene ante sus ojos"; imaginad si puede haber otra cosa más maciza. Tan presto os hablará de la memoria como de una caja en donde se encierran las ideas para las necesidades; y que está separada del espíritu, como si pudiese haber en él otra cosa más que él. Por otra parte, hace de la memoria un secretario que lleva los registros. Nos presenta la inteligencia humana como un cuarto oscuro agujereado con algunas ventanas por las que penetra la luz, y allí se queja "de cierta especie de gentes que hacen tragar a los hombres principios innatos sobre los que no se puede discutir ya". Precisado a pasar de un vuelo por tantos asuntos distintos, os ruego que supongáis siempre que a cada cita que mi memoria os puede mencionar pudiera añadir ciento si escribiese una disertación. Sólo el capítulo de los descubrimientos de Locke podría entreteneros durante dos días.

Él es quien ha descubierto "que para que pueda haber confusión en las ideas es preciso que haya dos, al menos". De suerte que, en mil años enteros, mientras que una idea esté sola, no podrá confundirse con otra. Él es quien ha descubierto que si los hombres no han pensado en transmitir a las especies animales los nombres de parentesco admitidos entre ellos, por ejemplo: que si no se dice "con frecuencia" ese toro es abuelo de ese becerro, esos dos pichones son primos hermanos, es porque esos nombres nos son inútiles respecto a los animales, así como son neesarios de hombre a hombre para arreglar las sucesiones en los tribunales, o por otras razones.

También es él quien ha descubierto que si no se encuentran en las lenguas modernas nombres nacionales para explicar, por ejemplo, "ostracismo" o "proscripción", es porque no hay en los pueblos que hablan estas lenguas ni ostracismo ni proscripción, y esta reflexión le lleva a un teorema general, que da la mayor claridad a toda la metafísica del lenguaje: "Es que los hombres no hablan sino muy raras veces a sí mismos, y nunca a los demás, de las cosas que no tienen nombre"; de suerte (os ruego que reparéis en esto, porque es un axioma) "que lo que no tiene nombre no se dirá en la conversación". Igualmente él es quien ha descubierto "que las relaciones pueden cambiar sin que la materia cambie". Sois, por ejemplo, padre; muere vuestro hijo; Locke ve que cesáis de ser padre en el momento, aun cuando vuestro hijo hubiera muerto en América; "sin embargo, no se ha verificado en vos cambio alguno, y por cualquier lado que os miren, siempre verán el mismo".

EL CABALLERO.- ¡Ah! ¡Esto es bellísimo! Sabed que si aún viviera, iría expresamente a Londres para darle un abrazo.

EL CONDE.- Pero yo no os dejaría marchar sin explicaros antes la doctrina de las ideas negativas. Locke os enseñará, desde luego, "que hay expresiones negativas que no producen directamente ideas positivas" ["indeed we have negative names which stand not directly for positive ideas"], lo que creeréis de buena gana. En seguida aprenderíais que una idea negativa no es otra cosa que una idea positiva, "con más" la de carecer la cosa; lo que es evidente, como os lo demuestra acto seguido por la idea del silencio. Efectivamente: "¿Qué es el silencio? Es el ruido, con más, el no haber ruido".

¿Y qué es la nada? (Esto es importante por ser la expresión más general de las ideas negativas). Locke responde con una profundidad que no hay con qué ponderarla: Es "la idea del ser", a la que solamente se añade, para mayor seguridad, la de la "ausencia del ser". Pero la misma nada no es nada si se compara con todas las bellas cosas que tendría que deciros acerca del talento de Locke para las definiciones en general. Os recomiendo este punto como muy esencial, por ser uno de los más divertidos o graciosos. Acaso sepáis que Voltaire, con aquella ligereza que nunca le abandonó, nos ha dicho "que Locke es el primer filósofo que ha enseñado a los hombres a definir las palabras de que se sirven, y que con su gran inteligencia no cesa de decir: ¡Definid!". Pues esto en particular; porque justamente sucede que Locke es el primer filósofo que ha dicho: "¡No defináis!" Y que, sin embargo, no ha dejado de definir, y de un modo que sobrepasa el ridículo.

¿Desearíais saber, por ejemplo, qué cosa es el poder? Locke tendrá la bondad de deciros: "Que es la sucesión de las ideas sencillas, de las que unas nacen y las otras mueren". Sin duda estáis deslumbrado con esta claridad; pero aún puedo citaros cosas que son más preciosas. En vano todos los metafísicos nos advierten de común acuerdo que no se intente la definición de esas nociones elevadas o encumbradas, que sirven ellas mismas para definir a las demás. El genio de Locke domina esas alturas, y se halla en estado de darnos, por ejemplo, una definición de la existencia mucho más clara que la idea suscitada en nuestro espíritu por la simple enunciación de esa palabra. Os enseña que la existencia es la idea que está en nuestro espíritu, "y que consideramos como si estuviera actualmente allí, o el objeto que consdieramos como estando actualmente fuera de nosotros".

No se creyera que fuese posible elevarse más alto, a no hallarse en seguida la dificultad de la unidad. Tal vez no ignoréis cómo el preceptor de Alejandro la definió en aquel tiempo en su acepción más general. "La unidad -dijo- es el ser; y la unidad numérica en particular es el principio y la medida de toda cantidad". Ya veis que esto no es del todo malo; pero ahora veréis donde brilla el progreso de las luces. "La unidad -dice Locke- es todo aquello que puede considerarse como una cosa, sea real, sea idea". A esta definición, que hubiera causado fogosos celos a Mr. de la Palice [Perogrullo], añade Locke con la mayor seriedad del mundo: "Así es como el entendimiento adquiere la idea de la unidad".

(...)

¿Desearíais ahora conocer lo que sabía Locke de las ciencias naturales? Os ruego que escuchéis bien esto. Sabéis que cuando se quiere conocer la velocidad en el recorrido de determinada distancia deben conocerse dos términos, a saber: la distancia recorrida y el tiempo empleado en recorrerla. Para apreciar, por ejemplo, la velocidad de dos caballos, no digo que el uno haya ido de aquí a Strelna en cuarenta minutos, y el otro a Caminiostroff en diez, conminándoos a que saquéis vuestro lapicero y a que hagáis una operación aritmética para saber en qué consiste, sino que os diré que ambos caballos han ido, por ejemplo, desde San Petersburgo a Strelna, el uno en cuarenta minutos y el otro en cincuenta; luego es claro que en tales casos, esando la velocidad sencillamente proporcionada al tiempo, no hay espacio que comparar. Pues bien, señores, estas profundas matemáticas no estaban al alcance de Locke. Creía él que sus hermanos los hombres no habían reparado hasta entonces en que en el valor de la celeridad el espacio ha de tomarse en consideración; se queja muy gravemente de "que los hombres, después de haber medido el tiempo por el movimiento de los cuerpos celestes, hayan pensado en medir el movimiento por el tiempo, siendo claro, por poco que se reflexione, que el espacio ha de tomarse en consideración lo mismo que el tiempo".

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Ya veis, señores, lo que sabía Locke sobre los elementos de las ciencias naturales. ¿Desearíais saber o conocer su condición? Aquí tenéis una muestra maravillosa. Nada hay más célebre en la historia de las opiniones humanas que la disputa de los antiguos filósofos sobre los verdaderos manantiales de la felicidad, o sobre el "summum bonum". Pues, ¿sabéis de qué manera comprendió Locke la cuestión? Creía que los antiguos filósofos disputaban, no acerca del derecho, sino del hecho; cambia una cuestión de moral y de alta filosofía en otra cuestión sencilla de gusto o de capricho, y sobre este bello descubrimiento decide con una profundidad asombrosa: "Que tanto valdría disputar para saber si el mejor sabor está en las manzanas, en las ciruelas o en las nueces". Es, como ya veis, tan sabio como moral, o encumbrado, o magnífico.

¿Querríais saber ahora hasta qué punto estaba Locke dominado por las preocupaciones más groseras de la secta, y hasta dónde había hundido o aplanado aquella cabeza el protestantismo? Quiso, no sé en qué capítulo de su libro, hablar de la presencia real. Nada tengo que decir sobre esto. Era reformado y podía dedicarse a ese pasatiempo; pero debiera haber hablado al menos como quien tiene una cabeza regular, en lugar de decirnos, como lo ha hecho, que los partidarios de ese dogma lo creen porque han asociado en su espíritu la idea de la presencia simultánea de un cuerpo en varios lugares con la infalibilidad de cierta persona. ¿Qué diremos de un hombre que era dueño de leer a Belarmino; de un hombre que fue contemporáneo de Petau y de Bossuet; que podía, desde Dover, oír las campanas de Calais; que, por otra parte, había viajado y aun residido en Francia; que había pasado su vida entre el ruido de las controversias, y que escribe formalmente que la Iglesia católica creía en la presencia real bajo la fe de cierta persona que da su palabra de honor?

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Habéis oído a Voltaire que nos dice: "Locke, con su gran entendimiento, no cesa de repetirnos: ¡Definid!". Pero yo os pregunto: ¿hubiera hecho este elogio del filósofo inglés de haber sabido que Locke es eminentemente ridículo, sobre todo en sus definiciones, que no definen nada? Ese mismo Voltaire también nos dice, en una obra que es un sacrilegio, que "Locke es el Pascal de Inglaterra".

Ya sabéis que no siento una ciega estimación por Francisco Arouet; aunque lo juzgue tan ligero, tan malintencionado y, sobre todo, tan mal francés como queráis, nunca, sin embargo, podría yo creer que un hombre de tan buen tacto y de tanto gusto hubiera hecho esa extravagante comparación después de haber juzgado por sí mismo. ¡Cómo! ¿El fastidioso autor del Ensayo sobre el entendimiento humano, cuyo mérito se reduce en la filosofía racional a vendernos o publicarnos, con la elocuencia de un almanaque, lo que todo el mundo sabe o lo que nadie tiene necesidad de saber, y que por otra parte, sería enteramente desconocido en las ciencias a no haber descubierto que "la verdad se mide por el volumen", a un hombre de ese tenor se le compara con Pascal? ¡A Pascal, hombre célebre antes de los treinta años; físico, matemático distinguido, apologista sublime, polemista superior, hasta el punto de transformar la calumnia en entretenimiento; filósofo profundo, hombre singular, en una palabra, y en el que todos los defectos imaginables no serían capaces de eclipsar sus cualidades extraordinarias! Tal paralelo no da lugar ni siquiera a sospechar que Voltaire se hubiera enterado por sí mismo del Ensayo sobre el entendimiento humano. Añadid a esto que los literatos leían muy poco en el siglo último; ante todo, porque llevaban una vida disipada; después, porque escribían mucho, y, por último, porque el orgullo no les permitía suponer que tuviesen necesidad de las ideas de los demás. Hombres de esta clase tienen otras cosas en qué ocuparse, y no en leer a Locke. Tengo motivos para sospechar que, en general, no le han leído los que le ensalzan, le citan y aun quieren explicarlo.


De Maistre