sábado, 27 de septiembre de 2008

Predicadores de lo obvio


Es una suerte que el cristianismo contenga elementos que tomados aisladamente son inverosímiles, y que hayan mediado hombres en la transmisión de su doctrina para que podamos temer el fraude. Es de agradecer, digo, porque si el contenido del credo fuera tan claro como una fórmula matemática sencilla (o tan claro como el del Islam), se salvarían muchos desgraciados que no se habrían tomado la menor molestia en examinar las cosas de Dios, en indagar las causas de la virtud o en preguntarse por los fundamentos de la moral. La fe constituye una auténtica frontera cerrada para los que son insensibles a este tipo de cuestiones, y así debe seguir siendo por el bien de la religión, aunque ésta no ha de renunciar jamás a su inteligibilidad última.

1 comentario:

Abulafia dijo...

Todo el mundo tiene fe. Tienen fe el creyente y el ateo. Incluso puede pasar que ateo tenga fe en dios, o el agnóstico. La diferencia se encuentra en el crédito que la gente da a sus anhelos o a su fe. Cada dia tenemos fe en muchas cosas, pero sabemos que nuestra fe en nada va alterar la existencia o no de esas cosas.
Los solipsismos colectivos una vez destruidos continúan en la mente de los que usan su fe como ariete. Nada puede destruir la fe, sólo podemos limitar su alcance.

Yo soy sensible a la fe (como todos), yo puedo creer en dios, pero sería un gran error vital, para mi, creerme mis propias mentiras, por sujestivas que sean a veces.

El ateísmo crece precisamente por el fraude continuo de la religión. Pero en realidad todos (creyente y ateos) somos agnósticos menos los locos.