viernes, 25 de septiembre de 2009

Perspectivas sobre la paz perpetua




Poco importa que la primacía del Papa sobre los Reyes haya tenido su origen en el derecho divino o en el humano, si es una cosa puesta fuera de duda que los Pontífices han ejercido esta autoridad durante muchos siglos con asentimiento universal y con universal aplauso.

(...)

Yo sería del parecer que se estableciese en Roma un Tribunal para fallar los pleitos de los Príncipes, y que fuera su Presidente el Pontífice Romano, recobrando aquella potestad judicial que ejerció en otro tiempo con los Reyes. Pero para esto sería necesario antes que el sacerdocio recobrara el prestigio que ha perdido, y que un entredicho o una excomunión bastaran para hacer temblar a los Príncipes en sus Tronos, como en tiempo de Nicolás I o Gregorio VII. Todo bien considerado, este proyecto me parece más hacedero que el del abate Saint-Pierre. Y supuesto que a todos es permitido entregarse a sus imaginaciones, ¿por qué no se me permitiría a mí entregarme a una que, si se realizara, restauraría la edad de oro en la tierra?

Leibniz


El proyecto del abad de Saint-Pierre, Charles-Irénée Castel, es el de la paz perpetua entre naciones, que luego adoptaría Kant. Ambos postulan que la concordia debe obtenerse mediante un multilateralismo de corte federalista, basado en el mutuo reconocimiento del derecho a la paz y en los vínculos que proporcionan el comercio y los intereses comunes. Un proyecto que fracasó estrepitosamente el pasado siglo, pero que goza todavía de crédito en la medida en que se lo considera el único posible.

Leibniz, sin embargo, creyó ser más sencillo lograr la unión religiosa de los pueblos desde una instancia única y ortodoxa que conseguir el continuo entendimiento de los gobernantes coyuntura tras coyuntura, lo que conlleva la pretensión de que éstos no hagan valer las ventajas derivadas de una situación hegemónica respecto a sus competidores. Más sencillo porque parece realista en mayor medida aspirar a la unión de los gobiernos por la unión de los pueblos que a la inversa. Algo así pareció indicar Montesquieu (discípulo de Castel, irónicamente) cuando en su obra Grandeza y decadencia de los romanos escribió a propósito de la extensión del derecho de ciudadanía a la Península Itálica:

Para ellos Roma dejó de ser la ciudad en la que el pueblo poseía un mismo espíritu, un mismo amor por la libertad, un mismo odio por la tiranía; o el celo por el poder del Senado y las prerrogativas de los Grandes, siempre unidas al respeto y al amor por la igualdad. Habiéndose convertido en sus ciudadanos los pueblos de Italia, cada ciudad aportó su genio, sus intereses particulares y su dependencia de algún gran protector. La Urbe, desgarrada, dejó de formar un todo unitario, y puesto que se era ciudadano por una especie de ficción, dejaron de tenerse los mismos magistrados, las mismas murallas, los mismos Dioses, los mismos templos, las mismas sepulturas; no volvió a contemplarse Roma con los mismos ojos, no se volvió a sentir el mismo amor por la Patria, y los sentimientos romanos dejaron de existir.

2 comentarios:

Alejandro Martín Navarro dijo...

Qué interesante. Últimamente estoy estudiando el origen religioso de muchos conceptos de los autores que escribieron a finales del siglo XVIII: ideas pietistas en Kant, rosacrucistas en los románticos, etc. Esta línea promete: ¿sabes si Kant cita al abad o la conexión es meramente casual?

irichc dijo...

Es una genealogía difícil de seguir las más de las veces, pero en este caso está clara. Kant conocía a Saint-Pierre, que fue famoso en su época, no muy lejana de la suya. Tal vez el contacto con su obra fue a través de Rousseau, de quien es sabido que Kant era un gran admirador. Aquél, sin embargo, no avalaba el optimismo del abad en la práctica, ya que los incentivos para romper un consenso de paz eran demasiado elevados en los soberanos ambiciosos. Si Kant se unió a las tesis irenistas e ingenuas de Castel fue, intuyo, por dos motivos: 1) el entusiasmo revolucionario tras los hechos de Francia, vistos por él en términos emancipatorios como un triunfo de la razón; y 2) el hecho de contar con más de 70 años cuando redactó su tratado sobre la paz perpetua, fruto tardío de un ingenio ya senil.

De Maistre escribió un párrafo memorable sobre la necesidad metafísica de la guerra, que ya cité en su momento.

En fin, a Kant le habría gustado el proyecto de la Unión Europea, mientras que Montesquieu y no digamos ya Leibniz habrían abominado de él, por ser una abstracción burocrática sin alma, ajena a la debilidad humana y situada fuera de la historia.