miércoles, 10 de diciembre de 2008

Lo empático y lo maligno




Tal vez podamos ponernos más radicalmente aún en guardia contra este sentimiento de compasión, si en lugar de concebir esta necesidad de los desdichados, no como una estupidez y una falta de inteligencia, como una especie de perturbación espiritual que la desgracia lleva consigo (y así es como La Rouchefoucauld parece concebirla), viésemos en ella algo completamente distinto y más digno de reflexión. Obsérvese más bien a los niños que lloran y gritan a fin de ser objeto de compasión, y para ello acechan el momento más propicio; observemos a los que rodean a los enfermos y a las personas de espíritu deprimido, y preguntémosles si las quejas y las frases de lamentación, la exhibición de su infortunio, no persiguen en el fondo otro fin que hacer mal a los espectadores; la compasión que estos expresan entonces es un consuelo para los débiles y los que sufren en cuanto reconocen tener allí al menos un poder, a pesar de su debilidad: el poder de hacer mal. El desdichado tiene una especie de placer en este sentimiento de superioridad de que le da conciencia el testimonio de compasión; su imaginación se exalta, todavía es bastante poderoso para causar sufrimiento en el mundo. Así, la sed de compasión es una sed de goce de sí mismo, y esto a costa de nuestros semejantes; muestra al hombre en toda la brutalidad de su querido yo, pero no precisamente en su "estupidez", como piensa La Rouchefoucauld. En las reuniones de sociedad las tres cuartas partes de las preguntas se plantean y las tres cuartas partes de las preguntas se dan para causar un pequeño mal al interlocutor; por eso muchos hombres tienen sed de sociedad: les proporciona el sentimiento de su fuerza. A dosis infinitas en número, pero muy pequeñas, en que la malignidad se hace sentir, es un poderoso medio de excitación de la vida, así como la benevolencia, difundida en la sociedad humana en una forma análoga, es el medio de salvación siempre a mano. Pero ¿habrá muchas gentes honradas para confesar que existe placer en hacer mal, que no es raro que vivamos -y que vivamos bien- de causar disgustos a los demás, al menos en pensamiento, y acribillarles con esta metralla de menudas malignidades? La mayoría son poco honrados y algunos son demasiado buenos para saber algo de este pudendum; éstos negarán siempre que Prosper Mérimée tenga razón cuando dice: "Sabed, por último, que no hay nada más frecuente que hacer el mal por el placer de hacerlo".


Nietzsche escribe en este pasaje de "Humano, demasiado humano" a propósito de las causas naturales del pecado original, donde la causa eficiente sería la búsqueda de la compasión en los distintos miembros de la sociedad (en vistas a la propia supervivencia), la causa ocasional la pérdida de instinto (dado que ningún otro animal padece semejantes pulsiones), y la causa final el aumento de la voluntad de poder, que actuaría como motor oculto.

La tesis es seductora, pero no logra explicar la correlación entre el decrecimiento del instinto y el crecimiento de la voluntad. Si la voluntad de poder es instinto o inercia y nada más, puesto que según Nietzsche se encuentra en toda la naturaleza, ¿por qué iba a imponerse como un rasgo característico en la medida en que lo instintivo decae, esto es, cuando el hombre pasa a depender más de la aceptación del grupo que de sus propias fuerzas? Y si es una estrategia evolutiva particular, ¿por qué resulta tan perjudicial para una especie socialmente organizada, al obrar sólo en favor de la satisfacción del individuo y de su afán de dominio?

7 comentarios:

Herodoto dijo...

Creo que Nietzsche respondería a tu primera pregunta diciendo algo así como que quien así actua ha degenerado parcialmente sus instintos, pero no todos. También habría, por cierto, quien habría degenerado completamente en todos sus instintos: el anacoreta (persona que, siendo igualmente digna de compasión, evidentamente no la busca)

Respecto a la segunda pregunta, sí puedo responder por mí mismo. Las estrategias evolutivas particulares no necesitan ser beneficiosas para todos los individuos de una especie, puede perfectamente ser beneficiosa para algunos y perjudicial para otros. De hecho, cabe la posibilidad de que sean perjudiciales para la especie como conjunto.

Saludos

irichc dijo...

No entiendo bien tu primera respuesta. ¿Es la malignidad una degeneración del instinto? Para mí lo es, puesto que contemplo fines morales inteligibles en la acción, pero en absoluto lo iba a ser para Nietzsche.

En relación a las estrategias evolutivas, niego la mayor. La maldad no beneficia al malhechor en términos generales, ya que o bien será reprimida por el grupo (salvo que se trate de un infractor muy poderoso o muy afortunado), o bien lo obtenido con ella resultará insignificante.

Parafraseando a Schiller, contra la estupidez la evolución lucha en vano.

Herodoto dijo...

Me refiero a la persona que pretende manifestar su poder a través de la compasión que provoca en los demás, esa es la que ha degenerado parcialmente sus instintos. No ha degenerado por ser maligno, sino por buscar el poder por vias torcidas.

En cuanto al segundo punto, concederás que robar es un mal. Y en el reino animal no es excepcional el caso del robo entre congéneres. Si este comportamiento no fuera evolutivamente estable, habría sido erradicado hace muchas generaciones.

irichc dijo...

Te refieres, entonces, a lo que Nietzsche consideraba la maldad de los débiles y que le llevó a considerar un acto altruísta el eliminarlos, dado que corrompía la maldad de los fuertes, generadora de valores afirmativos (la única "bondad" posible según Nietzsche). Se trataría por tanto de una degeneración del instinto, como la de los animales domesticados, que alternan ira y sumisión esquizofrénicamente. Pero un instinto degenerado sigue siendo un instinto, con más razón si se mantiene durante milenios. ¿Cómo lo logra? ¿De qué modo se propaga?

Por otro lado, robar es un mal en las sociedades organizadas donde existe el trabajo y la retribución por el producto. Entre animales, sin embargo, la rapiña es completamente legítima y obedece a la ley del más fuerte.

Herodoto dijo...

Si, a algo así me refiero. A esas preguntas que haces ya no sé cómo respondería Nietzsche. Puedo especular por mi cuenta de todos modos: insisto en mi segunda idea: una estrategia evolutivamente estable puede ser perjudicial para el conjunto de la especie. Que la consideres legítima o no en realidad es indiferente.

Un punto se me ocurre aquí a tu favor: entre otros animales nunca se da esta estrategia, ningún animal trata de inspirar lástima en sus congéneres para obtener un beneficio. O puede que sí se dé, la zoología no es uno de mis campos. ¿Tal vez entre otros simios?

Se me ocurre entonces otra explicación: la voluntad de poder así entendida no sería de origen genético, sino un meme. Pero esta idea sospecho que no la compartiría Nietzsche.

irichc dijo...

1. Insistiré yo también, pues: una estrategia evolutiva sólo es estable si es exitosa, y hacer el mal en sociedades moralmente organizadas no suele serlo. Por tanto, la evolución poco o nada ayuda a consolidar la irracionalidad. Los parámetros que usamos con los brutos no sirven para el hombre, que a diferencia de aquéllos goza de libre albedrío y padece una inexplicable tendencia al mal. Pero estas dos variables -libertad y mal- son metafísicas, por lo que la ciencia está condenada a no verlas, a no ser que esté respaldada por la filosofía y trabajen juntas.

2. ¿Existe el resentimiento entre los animales? Probablemente. Ahora bien, ¿existen el odio gratuito, el sadismo desvinculado de la utilidad, el masoquismo y el desprecio de sí? En absoluto.

3. Que el hombre no es ni siquiera voluntad de poder, sólo una percha en la que ir colgando "memes", es algo que ni el mismo Dawkins suscribiría, me temo.

Heracles dijo...

• Nietzsche no se considera por encima los esclavos, o los débiles, entendiendo que todos nosotros somos esclavos; reducirlo de esa manera es arriesgado; hay que matizar un poco. Los esclavos y bébiles según opinión común son los que obedecen; es muy curioso lo que Nietzsche dice al respecto; en “de la superación de sí mismo” del Zaratustra, después de comparar al pueblo, a los que obedecen, según opinión común, con un río sobre el que va flotando una barca con las valoraciones que ha puesto en ella la especie que llama “sapientísimos” (la voluntad dominadora), y que el río es el que “tiene que” llevar la barca, dice que “en todo lugar en que encontré seres vivientes oí también hablar de obediencia”; todo ser viviente es un ser obediente, dice. La cuestión de obedecer, y de estar o no dentro de esos “esclavos”, se decide en el “obedecerse a sí mismo”; el que no sabe obedecerse a sí, es al que se le dan órdenes; con esto Nietzsche convierte al que manda y da órdenes a los demás en juez, vengador, y víctima de su propia ley, por eso el que manda ejerce obediencia incluso cuando manda, se arriesga a sí mismo al hacerlo; lo que se llama libertad de la voluntad, como si realmente pudiéramos actuar libremente(véase “mas allá del bien y del mal” aforismo 19), es el afecto de superioridad con respecto a quien tiene que obedecer; por eso si existe el espíritu libre, este es el que se obedece a sí mismo, y la superioridad, no es superioridad ante nadie (manipulación hitleriana-nazi de Nietzsche), sino ante uno mismo, y se utiliza en Nietzsche para destruir la moral (pero para nada más); sólo el fuerte, el que sabe entrar en esa dialéctica de la voluntad puede acabar con los prejuicios, no el que ha aprendido a dar órdenes, creyendo que la volición basta para la acción. Es la procedencia de la acción lo que dejamos que decida sobre el valor de ésta, procedencia derivada de una intención; se acordó creer que el valor de una acción reside en el valor de su intención, cuando para Nietzsche el valor decisivo de una acción está en aquello que en ella es no-intencionado; y dice más adelante que si alguien no se siente igual o si se siente excluido, en verdad lo está, puesto que se excluye de obedecerse a sí mismo, renuncia ahí a su voluntad de poder, pero en cambio no renuncia a la voluntad de ser señor; su acto de obedecer, no deja de ser un acto de voluntad en donde hay un pensamiento que manda; además de sentir y pensar (sólo una máquina puede obedecer sin sentir), en la voluntad como he dicho se da el afecto de superioridad, porque si no, no podríamos imponernos a nosotros mismos reglas, o simples costumbres, como la de frotarse los ojos al levantarte. Y ese afecto, guía al que obedece a otro a adueñarse de lo que es más débil todavía, “a ese sólo placer no le gusta renunciar”. Nietzsche es ya un superhombre por pensar esto, pero lo puede ser cualquiera que se atreva a pensarlo-.
Cuando el pueblo se burla de Zaratustra al explicarles lo que es el superhombre, descubre una nueva verdad: no se debe hablar al pueblo; entonces es cuando revela sólo a unos pocos lo que es la muerte de dios y la voluntad de poder; la primera es la conquista del mundo propio, que no es de ninguna manera obrar en favor del individuo placentero, sino que el retirado del mundo, tras la muerte de dios, conquista ahora su mundo que, desconocía; esto se refiere al conocimiento no la la política ni a la satisfacción pornográfica; tras la muerte de dios el hombre debe convertirse en el creador de su libertad, es el que planta su semilla. ¿Acaso esto no se puede hacer en el grupo? Precisamente las tres transformaciones se llevan a cabo en el grupo. Los compasivos, sacerdotes viejos y demás, han contribuido siempre a ocultar la muerte de dios; la voluntad para ellos no dejaba de ser algo maligno que debía ponerse en manos de dios, es decir, que dios mismo tenía que imitar, no como medio de activar el conocimiento, sino como espíritu de venganza.