domingo, 28 de diciembre de 2008

Ramón Llull, el Ars y la Edad del Espíritu


Tengo la costumbre de reeditar este viejo post, publicado por primera vez en 2005. En los años que han transcurrido desde entonces lo he hecho invariablemente o bien en la agónica extensión de los últimos días de diciembre, o bien en la despejada llanura de los primeros de enero. Hasta hoy no fue premeditado, es algo que compruebo retrospectivamente. Y me hace gracia, puesto que demuestra que el milenarismo actúa inconscientemente en mí en su versión miniada.

Dicho queda. Creo que es un texto ameno, pese a que no vaya muy al fondo -o quizá por este motivo. Intento compensar así al lector por lo árida y aburrida que puede haberle resultado la lectura de los anteriores esbozos teológicos.

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Ramón Llull es el primer filósofo cristiano que utilizó la razón para convertir infieles desde presupuestos no estrictamente catequéticos. Es cierto que los Padres de la Iglesia se habían servido para la misma tarea de los grandes filósofos del paganismo. Especialmente de Platón, al que llamaban "el amigo de la verdad". Ahora bien, ¿qué sucedía si no se era platónico, o si no se asociaba necesariamente el platonismo con el dogma de fe cristiano, que al fin y al cabo es filosóficamente indemostrable, por más que probable?

Los dogmas fundamentales del cristianismo son la Trinidad y la Encarnación. La apologética cristiana, pues, no puede conformarse con difundir sólo el monoteísmo, y los Padres, al combatir las creencias panteístas de los paganos, se centraron exclusivamente en ese propósito. Frente a los judíos, por contra, alegaban sus propias Escrituras, de las que resultaron ser sus mejores intérpretes. Ahora bien, una vez tuvieron que acometer la empresa de disputar con los musulmanes, que no admitían las Escrituras judías y que, por lo demás, ya eran monoteístas, se quedaron sin armas efectivas. Sólo podían atacar los presupuestos de esa religión, esto es, su dudoso carácter revelado y su novedad, pero no así defender la propia por contraste, de manera que todo solía terminar en tablas.

Y esto, que puede parecer trivial, se convirtió en un verdadero problema político a medida que el Islam fue tomando fuerza en el mediterráneo. Destaco que la teología era entonces lo que ahora es la ideología, con la misma capacidad de movilización política, ya sea para unir, ya para separar. Pues bien, en ese contexto de choque de civilizaciones, cuya estampa más o menos distorsionada nos ha llegado con el relato de las cruzadas, surge Llull, un filósofo laico, converso de una vida disoluta (era trovador), el cual, como decía, fue también el primer filósofo cristiano y el primer filósofo creyente -hasta donde he podido averiguar- que utilizó los principios universales de la razón para demostrar los dogmas particulares de su fe.

Su propósito era que los segundos se siguiesen necesariamente de los primeros en forma demostrativa. Llull, entonces, era muy poco partidario de una fe sin examen, de una creencia insensata y carente de razones de peso, pues había ya demasiadas fes y era necesario decantarse por la verdadera.

Los tiempos apostólicos, la que ha venido llamándose "la edad del Hijo", que siguió a la del Padre (el judaísmo, de los patriarcas hasta los profetas), dejaba paso a una nueva etapa histórica, también de inspiración trinitaria, a saber, "la edad del Espíritu". Huelga decir que veo la impronta de Joaquín de Fiore en Llull.

El hecho de no asociar el reino a la Iglesia presente, sino a la que ha de venir, la Iglesia universal en la que todos los seres racionales creerán y todos los creyentes serán racionales confiere al pensamiento de Llull cierto aire milenarista, emparentándolo con el abad calabrés.

No sé si habías observado antes algún manuscrito joaquinita. Están llenos de árboles conceptuales, con sus enigmáticas ramificaciones, que evocan misterios aún por desplegarse.



Curiosamente, Llull también sentía predilección por los esquemas arbóreos a la hora de exponer su Ars, o lo que es lo mismo, el sistema lógico que debía articular toda su filosofía.

Llull, que, como se ha leído ya, fue el primero en asentar sus predicaciones sobre bases lógicas universales, es decir, auténticamente católicas, se desmarcó del argumento de autoridad de los escolásticos, que apoyaban sus razonamientos en la Biblia, Platón o Aristóteles. El filósofo mallorquín realiza una crítica a la dialéctica del momento, todavía hegemónica. No es una crítica tan destructiva como la que lanzará Descartes siglos a venir, pero es un proyecto alternativo que da a aquélla por superada, aunque eso no implique su cancelación, como en el caso de Descartes, que parte de un nuevo fundamento: el "yo pienso".

Platón era, hay que insistir en ello, un buen aliado contra los paganos y los ateos, pues él mismo era una gran autoridad pagana y parecía dar fundamento metafísico a las creencias de los cristianos: no sólo al monoteísmo, también -aunque más difusamente- a la Trinidad. Pero que no fue un arma suficiente para lo segundo lo prueban la multitud de herejías que, sirviéndose del platonismo, pervirtieron la ortodoxia. Sin ir más lejos, los valentinianos, los más platónicos entre todos los herejes.

Y es que se oponían a la Encarnación, que es ciertamente un dogma poco platónico. La "carne" en Platón es algo más parecido al mal absoluto de los maniqueos que a la noción cristiana, aunque Platón no fuese para nada un dualista radical. Sin embargo, al situar muy por debajo de las inteligibles a las realidades sensibles, resultaba de una plausibilidad menguada, según su filosofía, que el primer principio intelectual descendiese a la materia crasa y aparente, a la realidad sublunar y caída, para adoptar un cuerpo.

El proceso inverso sí es aceptable para un platónico, a saber, la ascensión de lo sensible a lo inteligible, que es lo que vemos en Plotino y en todo el neoplatonismo pagano, y no sólo en el cristiano: Porfirio y Jámblico, por ejemplo.

El dogma de la Encarnación, pues, era una "crux" de la apologética. Pero al ir en el mismo lote de la fe monoteísta y católica, se aceptaba sin análisis, por un acto de fe y de piedad hacia el sacrificio de Cristo. Entiéndase, se tomaba más como un relato al que se debía asentir por sus enormes consecuencias prácticas (la salvación de la Humanidad) que porque fuese claro y distinto en el entendimiento de cualquiera. De hecho Tertuliano dijo al respecto, o se le atribuye el haber dicho: "credo quia absurdum est". O sea, lo creo porque es increíble, ya que, si fuese creíble, ¿por qué iba a necesitar que lo creyese? Y eso era increíble tanto para un platónico que profesara una divinidad inmaterial e inmutable, como para un estoico que creyera en una providencia impersonal. Era "escándalo para los judíos y necedad para los gentiles".

Esa carencia se vio agravada, como decía, con la irrupción y posterior florecimiento del Islam, heredero de la tradición clásica desde dogmas distintos, más simples que los del cristianismo, y, por ello, también en apariencia más racionales.

Retomemos el hilo para terminar. Llull parte de nociones mucho menos metafísicas con respecto a la tradición cristiana anterior, es decir, desciende un peldaño en la abstracción, y se sitúa en un plano meramente lógico, en el plano de los universales. Según Llull, la tarea de la escolástica resultaba insuficiente por muchos motivos. El primero, quizá, era su defectividad apologética, su incapacidad de proceder demostrativamente desde principios indudables para justificar todos y cada uno de los dogmas fundamentales del cristianismo, asentando, al mismo tiempo, las bases de las ciencias particulares. La metafísica de Aristóteles no es el tronco común de las demás ciencias antiguas, sino una especie de cantera de la que éstas extraen ciertos materiales útiles. Es más una cúpula, en resumen, que un sistema de pilares. Y, en fin, la lógica aristotélica no dejaba de ser un procedimiento para razonar desde premisas que se tenían por ciertas, pero no debían serlo necesariamente, apriorísticamente.

Cuando digo, por ejemplo, que "Sócrates es un hombre" (como término medio de un silogismo clásico), no estoy expresando ninguna verdad necesaria, ya que bien podría ser un gato. Ergo, si no hay acuerdo en los hechos, la lógica no puede hacer nada para enmendarlos desde fuera. Pero la lógica del Ars luliana se plantea como un sistema racionalista cerrado, ajeno a toda ampliación por parte de la experiencia: una lógica sin "a posteriori". En este sentido anticipa la distinción leibniziana de "verdades de razón" y "verdades de hecho", por la que las últimas eran siempre reducibles a las primeras.

El Ars de Llull, y con este vocablo se refiere siempre a su sistema de lógica combinatoria, precursora de la moderna informática, tiene ciertas características. La primera es que es inventiva, esto es, que ayuda a encontrar. ¿A encontrar qué?: La verdad. Eso implica que desde principios generales se procede hasta casos particulares y, viceversa, desde los casos particulares se asciende a los universales que muestran su conexión necesaria. Remarco que lo posible y lo necesario son lo mismo en un plano ideal.

La segunda es que es compendiosa o, en términos más actuales, resumida, lo cual viene a decir que desde un número finito de principios se cubre un número infinito de supuestos. La tercera, en definitiva, es que es demostrativa. Esto es: procede necesariamente, sin dejar resquicios a la duda o a la creencia. Queda una cuarta, y es que es universal.

Llull creía, y me parece que con buen criterio, que si memorizábamos los caracteres del Ars, que resultan universales, así como su proceder combinatorio, no tendríamos más remedio que aceptar los dogmas del cristianismo, so pena de incurrir en un contrasentido lógico. Fue, pues, un precedente de la característica universal de Leibniz, compartiendo con el de Leipzig una ambición epistemológica equivalente.



Pero, para ir anticipando algo que disipe un poco la oscuridad de la exposición, diré que los universales de Llull son tales como bondad, grandeza, eternidad, poder, sabiduría, voluntad, virtud, verdad y gloria, cada uno representado por un tipo del alfabeto, que, al ser polisémico, también albergaba otros significados. Así, en el Arte breve, leemos: "B significa bondad, diferencia, ¿si?, Dios, justicia y avaricia", y otro tanto para el resto de letras hasta llegar a la K. Luego se forman distintas "figuras" en las que se ponen en relación las letras, todas con todas y según principios distintos cada vez más complejos, hasta formar tablas con cápsulas de tres y cuatro letras, del tipo: "la bondad es grande", o "el poder es eterno", "la sabiduría es buena", "la verdad es inteligible", "la eternidad es gloriosa", etc.

Ésas serían las combinaciones más simples, pero sólo ofrecen un atisbo de la potencia demostrativa de este método. Método que, como adelantaba al principio, es capaz de probar casos particulares y no sólo tautologías más o menos obvias.

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