jueves, 12 de noviembre de 2009

Lo que se quiere decir




Es difícil encontrar a una persona que quiera comer cosas que no sean alimento, o hacer con ellas algo que no sea comérselas. En otras palabras, es raro encontrar perversiones en relación con la comida. Pero las perversiones del instinto sexual son abundantes, difíciles de curar y aterradoras. Siento tener que descender a tal nivel de detalle, pero es necesario, porque durante los últimos veinte años se nos han contado día sí día también muchas mentiras acerca del sexo. Se ha repetido hasta la saciedad que el deseo sexual es igual que todos los demás deseos naturales, y que, si pudiéramos olvidar tabúes obsoletos sobre su represión, todo sería perfecto. Esto es totalmente falso. Al mirar los hechos y dejar a un lado la propaganda, se advierte el engaño.

Se dice que el sexo ha caído en un estado caótico porque ha sido reprimido. Pero en los últimos veinte años ha dejado de reprimirse, se ha parloteado al respecto hasta el agotamiento. Y, sin embargo, el desorden continúa. Si reprimir el sexo hubiera sido la verdadera causa del problema, éste hubiera desaparecido una vez salvado aquel escollo. Pero no ha sido así. Más bien pienso que ha sucedido todo lo contrario. A mi entender, la humanidad reprimió el sexo en el pasado para evitar precisamente que se convirtiera en un caos.

Hoy se repite a menudo que «el sexo no es algo de lo que haya que avergonzarse». Esta afirmación puede querer decir dos cosas. La primera interpretación sería la siguiente: «no hay por qué avergonzarse del hecho de que la especie humana se reproduzca de una determinada manera, ni del hecho de que obtenga placer en ello». Si es esto lo que se quiere decir, me parece razonable. Los cristianos dicen exactamente lo mismo. El problema no está en el sexo en sí, ni en el placer que conlleva. De hecho los Padres de la Iglesia afirman que si el hombre no hubiera caído por el pecado original, el placer sexual, en lugar de verse disminuido, sería aún mayor. Soy consciente de que ciertos cristianos despistados han podido decir que para la religión cristiana el sexo, el cuerpo, o el placer eran malos per se. Pero se equivocaban. El cristianismo es prácticamente la única gran religión que defiende el valor del cuerpo; que cree que la materia es buena, la cual Dios mismo tomó en su forma humana; que en la vida eterna recibiremos un cuerpo que será parte esencial de nuestro gozo y de nuestra belleza y energía. El cristianismo ha glorificado el matrimonio más que cualquier otra religión. Y casi toda la mejor poesía amorosa del mundo ha sido escrita por autores cristianos. Si alguien afirma que el sexo es malo en sí, el cristianismo lo refuta. Pero, desde luego, cuando se dice que «el sexo no es algo de lo que haya que avergonzarse», se quiere decir que «el estado en el que el instinto sexual ha caído no es nada de lo que haya que avergonzarse».


C.S. Lewis

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