domingo, 22 de noviembre de 2009

Sobre la fe en el Evangelio




El pagano quema la grasa de sus víctimas para obtener recompensas terrenas. Nosotros nos inmolamos en el altar de lo intangible para honrar lo bueno.

Morir por algo de lo que no se está seguro no sólo es correcto, sino un signo inequívoco de nobleza de espíritu. Quien muere por su patria no sabe qué eficacia alcanzará su sacrificio; quien entrega su vida por su hijo pequeño no tiene ni idea de la clase de ser que devendrá en el futuro. Si obramos así con lo porvenir, que se nos oculta irremediablemente, ¿por qué hacer otro tanto iba a ser erróneo respecto a lo pretérito, que el tiempo también ha hurtado a nuestros ojos?

Lo que es a todas luces insensato es morir por aquello que sabemos que es falso, pues o bien es de nuestra invención, o bien no hay ni un solo indicio que lo refrende de entre los que cabría esperar (por ejemplo, si hace sol y creemos que llueve). Pero que no haya datos concluyentes de un hecho sobrenatural pasado, revelado a unos pocos, entra dentro de lo creíble. Por tanto, aquí pesará exclusivamente la fiabilidad de los testimonios y la honestidad que transmita lo relatado. Y si los testimonios murieron por lo que dijeron ser verdadero, entonces son fiables.

Un mentiroso difícilmente muere para que su mentira parezca verosímil. Caso de no contemplar con sus ojos los primeros discípulos a Jesús resucitado, que estos se dejen matar por causa de Jesús resucitado no es fanatismo, sino simple y llana estupidez. El colegio apostólico, que pudo y debió ver, es el que menos fe necesitó.

2 comentarios:

irichc dijo...

En mi opinión, puesto que la Biblia carecería de unidad intelectual y estaría inconclusa sin la creencia en la inmortalidad del alma, el pecado de origen y la Trinidad, el milagro principal del Evangelio es la doctrina de la predicación de Jesús, demasiado rica en consecuencias escriturísticas, morales y antropológicas para ser una invención humana. Los antiguos se han referido a esta clase de hombres inspirados como divinos (”el divino Platón”), sin atisbo de metáfora. En Jesús a la inspiración se le añade la santidad y los milagros que de él se narran, lo que lo equipara a los profetas. Pero, por último, son los profetas del pueblo elegido quienes hablan de Él siglos antes en términos enigmáticos y sobrenaturales. Por consiguiente, la cuestión no es si creo en Jesús por los profetas o en los profetas por Jesús; es que ambos hechos son compatibles como un todo y se refuerzan mutuamente.

Respecto a los prodigios, parto de que hubo quien los presenció y los creyó. En este sentido, y asumiendo la calidad de los testimonios, son hechos históricos, sea como milagros verdaderos o como engaños. Sucede con el Evangelio que no hay término medio moral posible: o Jesús fue Dios hecho hombre y, entregado a la caridad y al sacrificio, curó a enfermos, resucitó a muertos, etc., o fue un farsante perverso, ególatra y vividor como Alejandro de Abonuteico. Pero nada me inclina a creer lo último -en tanto que ninguna noticia transmitida apunta hacia ello, ni mucho menos el conjunto de las mismas- y todo me da que pensar lo primero, pues la suma bondad y la suma entereza no son reconciliables con la locura y el fingimiento sumos. Tampoco es reconciliable con la mentira un relato en el que hay muchos rasgos de sinceridad y espontaneidad, y por el que ningún embustero desearía morir en caso contrario.

Äriastóteles Lumínico dijo...

Muy bien, he leído los dos elementos de una misma idea.

¡Saludos!