lunes, 30 de noviembre de 2009

El paganismo cristiano -y III




¡Oh amigos! No conviene que sean únicamente uno o dos quienes conozcan los vaticinios que me reveló Circe, la divina entre las diosas; y os los voy a referir para que, sabedores de ellos, o muramos o nos salvemos, librándonos de la muerte y de la Moira. Nos ordena lo primero rehuir la voz de las divinales sirenas y el florido prado en que éstas moran. Manifestóme que tan solo yo debo oírlas; pero atadme con fuertes lazos, de pie y arrimado a la parte inferior del mástil -para que me esté allí sin moverme-, y las sogas láguense al mismo. Y en el caso de que os ruegue o mande que me soltéis, atadme con mas lazos todavía.

(...)

Hicimos andar la nave muy rápidamente. Y, al hallarnos tan cerca de la orilla que allá pudieran llegar nuestras voces, no se les encubrió a las sirenas que la ligera embarcación navegaba a poca distancia y empezaron un sonoro canto:

¡Ea, célebre Odiseo, gloria insigne de los aqueos! Acércate y detén la nave para que oigas nuestra voz. Nadie ha pasado en su negro bajel sin que oyera la suave voz que fluye de nuestra boca; sino que se van todos después de recrearse con ella, sabiendo más que antes; pues sabemos cuántas fatigas padecieron en la vasta Troya argivos y teucros, por la voluntad de los dioses, y conocemos también todo cuanto ocurre en la fértil tierra.

Esto dijeron con su hermosa voz. Sintióse mi corazón con ganas de oírlas, y moví las cejas, mandando a los compañeros que me desatasen; pero todos se inclinaron y se pusieron a remar. Y, levantándose al punto Perimedes y Euríloco, atáronme con nuevos lazos, que me sujetaban más reciamente. Cuando dejamos atrás las sirenas y ni su voz ni su canto se oían ya, quitáronse mis fieles compañeros la cera con que había yo tapado sus oídos y me soltaron las ligaduras.


Homero

***




Pero el demonio, que odia y envidia lo bueno, no podía ver tal resolución en un hombre joven, sino que se puso a emplear sus viejas tácticas contra él. Primero trató de hacerlo desertar de la vida ascética recordándole su propiedad, el cuidado de su hermana, los apegos de su parentela, el amor al dinero, el amor a la gloria, los innumerables placeres de la mesa y de todas las cosas agradables de la vida. Finalmente le hizo presente la austeridad de todo lo que va junto con esta virtud, despertó en su mente toda una nube de argumentos, tratando de hacerlo abandonar su firme propósito.

El enemigo vio, sin embargo, que era impotente ante la determinación de Antonio, y que más bien era él que estaba siendo vencido por la firmeza del hombre, derrotado por su sólida fe y su constante oración. Puso entonces toda su confianza en las armas que están "en los músculos de su vientre" (Job 40,16). Jactándose de ellas, pues son su artimaña preferida contra los jóvenes, atacó al joven molestándolo de noche y hostigándolo de día, de tal modo que hasta los que lo veían a Antonio podían darse cuenta de la lucha que se libraba entre los dos. El enemigo quería sugerirle pensamientos inmundos, pero él los disipaba con sus oraciones; trataba de incitarlo al placer, pero Antonio, sintiendo vergüenza, ceñía su cuerpo con su fe, con sus oraciones y su ayuno. El perverso demonio entonces se atrevió a disfrazarse de mujer y hacerse pasar por ella en todas sus formas posibles durante la noche, sólo para engañar a Antonio. Pero él llenó sus pensamientos de Cristo, reflexionó sobre la nobleza del alma creada por El, y sobre la espiritualidad, y así apagó el carbón ardiente de la tentación. Y cuando de nuevo el enemigo le sugirió el encanto seductor del placer, Antonio, enfadado, con razón, y apesadumbrado, mantuvo sus propósitos con la amenaza del fuego y del tormento de los gusanos (Js 16,21; Sir 7,19; Is 66,24; Mc 9,48). Sosteniendo esto en alto como escudo, pasó a través de todo sin ser doblegado.


Vida de San Antonio Abad

Purcell, Orpheus Britannicus




El paganismo cristiano-II




Pintan a Hércules desnudo o vestido una sola piel, con una maza en la mano derecha y tres manzanas de oro en la izquierda.

Fue tenido por la excelencia de sus virtudes en vida como héroe, y después de muerto, como dios, y en tanta veneración, que juraban por él para ser creídos, diciendo: "Hercle, Hercules." "Me Hercule. Me Hercules." Que son adverbios de jurar, que quiere decir: Por Hércules, que es verdad.

Decir que Iúpiter para engendrar a Hércules tomó forma de Amphitrión es porque el hombre es para engendrar como instrumento; empero la voluntad divina, entendida por Iúpiter, y la fuerza de las estrellas, como causa segunda, son como instrumento para procrear varones claros.

Ser Hércules hijo de Iúpiter y de Alcmena no es otra cosa sino la bondad y fortaleza y excelencia de las fuerzas del ánima y del cuerpo, que alanza y desbarata la batalla de todos los vicios del ánima, como se da a entender por sus nombres, porque primero fue llamado Alcides, de alce en griego, que significa fuerza; luego Hércules, que quiere decir fortaleza y prudencia, y la razón que está en el hombre, y constancia, sin la divina bondad, y sin buen subjeto de ánimo no acontece.

Algunos dicen que la fortaleza de Hércules fue del ánimo y no del cuerpo, con la cual venció todos aquellos apetitos desordenados, los cuales siendo rebeldes a la razón, como ferocísimos monstruos turban al hombre de contino, y le molestan y fatigan. Escribe a este propósito Suidas que por demostrar los antiguos que Hércules fue grande amador de la virtud le pusieron vestido de una piel de león; y por significar la grandeza y generosidad del ánimo, la maza en la mano derecha, que denota el deseo de la prudencia y del saber, por lo cual fingieron la fábula que amansó el fiero dragón y sacó las tres pomas de oro que guardaba, porque sobrepujó el apetito sensual, en lo cual libró las tres potencias del ánima, ornándolas de virtud y de justas y honestas obras. O las tres manzanas son la virtud y la fama en esta vida y la inmortalidad de la gloria en la otra, o denotan tres virtudes que Hércules tuvo. La primera, nunca enojarse; la segunda, no ser avaro; la tercera, ser enemigo de regalos. Éstas son las tres manzanas excelentes de oro finísimo de inestimable valor y admirable hermosura; mas hay un dragón que trabaja por no dejar a ninguno cogerlas, y ésta es la tentación de la engañosa blandura y pestífera vanidad con que el demonio trabaja de engañarnos para impedirnos el llegar a estas tres cosas, significadas por las tres manzanas de oro; píntanle desnudo, para denotar su virtud, porque la virtud la pintan desnuda, sin ningún cuidado de riquezas.

Macrobio quiere entender que Hércules sea el Sol y que las doce hazañas más celebradas suyas sean los doce signos del Zodíaco, sobrepujados del Sol, pasando por ellos en un año. Otros quisieron que por Hércules se entienda el tiempo, el cual vence y doma y consume todas las cosas. Coronábanlo con ramos de olmo blanco, y a esta corona la llamaban los poetas Hercúlea Fronde, y denotaban por las dos colores que tienen las hojas deste árbol dos partes del tiempo: el uno, blanco, que denota el día; y el otro obscuro, que denota la noche. Y fingen ser la causa destas dos colores destas dos hojas, que cuando Hércules descendió al infierno a sacar el Cancerbero se rodeó la cabeza con hojas deste árbol, y que por la parte que les daba el humo infernal en las hojas quedaron pardas o escuras, y la parte que tocaba a la cabeza de Hércules quedaron blancas. El descender Hércules al infierno denota el poner del Sol. El perseguir Iuno a Hércules denota que en naturaleza todo es contrariedad, o que los buenos siempre son atribulados y perseguidos.

(...)

Andando Hércules por diversas partes del mundo, vino a tierra de Libia, donde moraba Antheo, hijo de la Tierra, nacido sin padre; era gran luchador, que con cuantos probaba sus fuerzas derribaba; y tenía tal propiedad que si caía alguna vez o se dejaba de industria caer en la tierra se levantaba con dos tanta fuerza, y así al fin no podía quedar vencido; y a los que vencía, tomaba él, como era Gigante, y bajaba los grandes árboles, y poníalos allí, y luego dejaba el árbol, y lanzábalos muy lejos. Con éste quiso Hércules probarse; y venidos a la lucha, como Hércules fuese más valiente, derribábalo en tierra, y el Antheo luego más fuerte que primero se levantaba, porque la Tierra su madre le daba nuevas y dobladas fuerzas, lo cual tantas veces hizo que ya Hércules enflaquecía, y sintió que no podía mucho sufrirlo, y advirtiendo el engaño de Antheo, en que fuerzas de la tierra recobraba, levantólo en alto de tierra y tanto así en el aire lo apretó con los brazos que lo mató; y éste fue el vencimiento de la lucha y uno de los trabajos o hazañas de Hércules.

(...)

Hércules significa el varón virtuoso que desea vencer el deseo de su carne, con quien tiene gran combate y lucha de ordinario. La cobdicia o deseo carnal se dice ser hija de la tierra, entendida por Antheo, porque esta cobdicia no nace del espíritu, sino de la carne, como dice el Apóstol, y cuando el varón virtuoso, que es Hércules, pelea con el deseo carnal, véncelo algunas veces, mas como Antheo, cayendo en tierra, recobraba fuerzas, así la carnal cobdicia ya mortificada o pacificada, una vez se suele levantar más recia con la ocasión; y así para que Hércules venza a Antheo es necesario apartarle de su tierra. Quiere decir, apartar ocasiones y conversaciones, y viandas cálidas, y del vino, y camas regaladas, y otras muchas cosas que incitan a lujuria.


Juan Pérez de Moya

domingo, 29 de noviembre de 2009

El paganismo cristiano-I




Hay que compartir, pues, los bienes con todos los hombres, pero con los buenos de forma más liberal, y con los faltos de recursos y los pobres lo que baste para su necesidad; yo afirmaría incluso, aunque diga una paradoja, que sería santo hacer partícipes de vestidos y alimentos también a los enemigos, porque damos al ser humano y no a un carácter determinado.

(...)

El que quiere sacrificar a Zeus hospitalario, ¿cómo va a su templo, con qué conciencia, si se olvida de que

"en efecto, de Zeus son todos los mendigos y extranjeros, ración pequeña, pero querida" (Od. XIV, 57)?

¿Cómo el que venera al Zeus de la Camaradería, viendo a sus vecinos necesitados de dinero y sin hacerles partícipes siquiera de una dracma, cree que venera rectamente a Zeus?

(...)

Porque todo hombre es para el hombre, quiera o no quiera, un familiar, ya sea, como dicen algunos, porque todos venimos de un solo hombre y una sola mujer, ya sea que de cualquier otra forma nos hayan colocado los dioses a un tiempo junto con el mundo desde el origen, no a un solo hombre y a una sola mujer, sino a muchos hombres y mujeres a un tiempo. (...)

(...)

Partiendo cada uno de nosotros de tales costumbres y disposiciones, la piedad hacia los dioses, la bondad hacia los hombres, la pureza del cuerpo, cúmplanse los actos de piedad intentando siempre pensar piadosamente acerca de los dioses y mirando sus templos e imágenes con cierta consideración y santidad, venerándolos como si viese a los dioses presentes.

(...)

Conviene adorar no sólo las imágenes de los dioses, sino también sus templos, recintos y altares. Es lógico también honrar a los sacerdotes, como ministros y servidores de los dioses, que cumplen para nosotros los oficios de los dioses ayudando a la dosis de bienes que los dioses nos otorgan, pues sacrifican y suplican en nombre de todos. Es justo, pues, retribuir a todos ellos honores no menores, si es que no mayores, que los magistrados civiles.

(...)

Debemos comenzar por la piedad hacia los dioses. Así, conviene que oficiemos a los dioses en la idea de que están presentes y nos ven sin ser vistos por nosotros y de que extienden su vista, más poderosa que cualquier resplandor, hasta nuestros más ocultos pensamientos.

(...)

En todo caso, ¿no levantará también nuestras almas de las tinieblas y del Tártaro si nos acercamos a él con piedad? Porque también conoce a los que están encerrados en el Tártaro, pues ni siquiera eso cae fuera del poder de los dioses, y promete a los piadosos el Olimpo en lugar del Tártaro. Por ello, es preciso atenerse sobre todo a las obras de la piedad, acercándonos a los dioses con veneración, sin decir ni oír nada vergonzoso.

Es preciso que los sacerdotes estén limpios no sólo de obras impuras y de impúdicas acciones, sino también de decir o escuchar palabras semejantes. Debemos rechazar en consecuencia todas las bromas pesadas, toda conversación impúdica. Y para que puedas saber lo que quiero decir, que cualquier persona dedicada al sacerdocio no lea ni a Arquíloco, ni a Hiponacte, ni a ningún otro de los escritores semejantes. Declínese también todo aquello de la antigua comedia, que es del mismo género, y mejor, toda ella. La filosofía es lo único que puede convenirnos (...), los que ponen al frente de su educación a los dioses como guías, como Pitágoras, Platón, Aristóteles y los de la escuela de Crisipo y Zenón. No hay que prestar atención ni a todos ni a las doctrinas de todos, sino sólo a aquéllos y a aquellas doctrinas creadoras de piedad y que sobre los dioses enseñan, en primer lugar, que existen y, después, que atienden con su providencia los asuntos de aquí (...).

Nos convendría leer obras de historia, cuantas fueron escritas sobre hechos reales, pero aquellas que son ficciones narradas en forma de historia por los antiguos debemos rechazarlas, como las de temática erótica y, en una palabra, todas las semejantes. Pues de la misma manera que no todo camino se adapta a los consagrados al sacerdocio, sino que también hay que clasificarlos, así tampoco cualquier lectura conviene al consagrado al sacerdocio, porque los discursos producen en el alma una cierta disposición y poco a poco despiertan las pasiones y luego, de repente, encienden una llama terrible de la que pienso que es necesario mantenerse a distancia. No se permita la entrada ni a los tratados de Epicuro ni a los de Pirrón, aunque ya los dioses, obrando rectamente, los han destruido hasta el punto de que faltan la mayoría de sus libros (...).

Hay que aprender de memoria los himnos de los dioses: hay muchos bellamente compuestos por los antiguos y por los modernos, pero al menos hay que intentar saber los que se cantan en los templos, pues la mayoría fueron dados por los propios dioses al recibir nuestras súplicas, mientras que unos pocos fueron compuestos también por los hombres, imaginados en honor de los dioses por un espíritu inspirado por la divinidad y un alma inaccesible al mal.

Esto es lo que debe hacerse, y hay que orar a menudo a los dioses en privado y en público, mejor tres veces al día, pero si no, en todo caso, por la mañana y por la tarde, pues no es lógico que el sacerdote pase el día o la noche sin sacrificar.

(...)

Creo que es necesario que el sacerdote... permanezca todos esos días [de purificación] filosofando en los templos, y que ni vaya a su casa, ni al ágora, ni vea a un magistrado excepto en los templos, que se ocupe del servicio a la divinidad supervisando y ordenando personalmente todo y, cuando se hayan cumplido los días, ceda luego a otro el servicio. (...)

(...)

Que ninguno de los sacerdotes, de ninguna manera, asista a esos espectáculos indecentes ni los introduzca en su propia casa: no es en absoluto inconveniente. Si hubiera sido capaz de desterrar absolutamente de los teatros esos espectáculos, de forma que se le devolviesen a Dionisio purificados, lo hubiera intentado con todas mis fuerzas, pero creo que esto no es hoy posible y, por otra parte, aunque pareciese posible, no sería conveniente, por lo que me aparté totalmente de esta ambición; pero los sacerdotes deben apartarse y dejar al pueblo la indecencia de los teatros. Ningún sacerdote, pues, penetre en un teatro ni se haga amigo de un hombre de teatro, ni de un conductor de carros, y que ni un bailarín ni un actor de mimos se acerque a su puerta. Sólo les permito que quien quiera asista a los juegos sagrados, cuya participación está prohibida a las mujeres no sólo en la competición, sino también en el espectáculo. (...)


Juliano el Apóstata

jueves, 26 de noviembre de 2009

Felix mutatio




El cristianismo fue la vanguardia monoteísta que reformó el paganismo, despojándolo de su corrupta exterioridad poética y de su vinculación al poder político. No supuso una total desnaturalización del sustrato grecolatino, sino su purificación de toda suerte de supersticiones y su emancipación de la tiranía sacerdotal. Concebida la Iglesia como pueblo elegido, en vez de como casta de religiosos, destruye el poder omnímodo de éstos. El misterio impenetrable de los arúspices se objetiva en el texto inteligible, la revelación cerrada. En contrapartida, una tal liberación genera disensiones, proliferando como nunca hasta aquel momento los herejes, esto es, los que se apartan de la comunidad por su particular comprensión de lo revelado. Ahora bien, quienes contemplan la persecución de la herejía como una facultad despótica desconocida por aquel pueblo ignoran que sólo puede emerger lo herético donde existe la posibilidad de cuestionamiento de la tradición. Al carecer la Antigüedad clásica de ortodoxia, no había apenas límites a la fe y los supuestos de impiedad eran escasos y tasados. Pero tampoco se daba una auténtica elección en consciencia. Del mismo modo en que los esclavos no se someten a la ley, que rige para los hombres libres, sino que son dichos hombres quienes los someten a ellos según su voluntad, estaban a salvo los paganos de censura por su conducta religiosa, pero debían obediencia ciega a innúmeros maestros de la religión. Los cuales, a su vez, prescindían de la razón y daban rienda suelta a crueles arbitrariedades, al haberse divorciado el logos de los mitos y supercherías en que creía la plebe.

No hay, fuera de esto, fuera de la libertad, novedad esencial en el cristianismo ni término fundamental de esta creencia que los paganos no conocieran y aceptaran ya de un modo u otro.

1. La noción de Dios todopoderoso está en Homero. Zeus en la Ilíada sostiene la cadena áurea que atraviesa el universo:


Y si queréis, haced esta prueba, oh dioses, para que os convenzáis. Suspended del cielo áurea cadena, asíos todos, dioses y diosas, de la misma, y no os será posible arrastrar del cielo a la tierra a Zeus, árbitro supremo, por mucho que os fatiguéis. Mas si yo me resolviese a tirar de aquella, os levantaría con la tierra y el mar; ataría un cabo de la cadena en la cumbre del Olimpo y todo quedaría en el aire. Tan superior soy a los dioses y a los hombres.


2. Existen, además, conexiones entre el mito hesiódico de Perséfone y el relato de Adán y Eva: la caída en lo femenino, la subordinación de la fuerza a la materia, la maldición de la tierra y el advenimiento de la muerte. Lo que prueba que al menos aquél proviene de una tradición muy anterior.

3. Por otro lado, filósofos de todas las épocas, sin contarse entre los escépticos, rechazan el craso antropomorfismo teológico y se burlan de las creencias populares: Jenófanes, Heráclito, Parménides, Sócrates, Epicuro y Evémero.

4. La doctrina platónica, continuadora de la pitagórica, introduce la consideración ontológica de la verdad (como ser y no sólo como saber), la creación racional del mundo, la inmortalidad del alma, la superioridad de la virtud respecto al placer, la encarnación del espíritu (el descenso de las almas a los cuerpos en el Fedro) e incluso vestigios de la Trinidad y el pecado original. La relación entre Dios y sus criaturas es, como en el Génesis, de semejanza relativa, según leemos en el Timeo:

Digamos ahora por qué causa el Hacedor hizo el devenir y este universo. Es bueno y el bueno nunca anida ninguna mezquindad acerca de nada. Al carecer de ésta, quería que todo llegara a ser lo más semejante posible a él mismo.


5. La resurrección de los muertos figura en los mitos de Esculapio, Alceste y Orfeo, por lo que no es cierto que los griegos la tuvieran por imposible, como alguien ha querido deducir del discurso de Pablo en el Areópago.

6. El infierno aparece vivamente retratado en la Eneida de Virgilio, no sólo como un Hades sombrío, última morada del olvido y la disolución, sino como un lugar de males eternos:

En el mismo vestíbulo y en las primeras gargantas del Orco tienen sus guaridas el Dolor y los vengadores Afanes; allí moran también las pálidas Enfermedades, y la triste Vejez, y el Miedo, y el Hambre, mala consejera, y la horrible Pobreza, figuras espantosas de ver, y la Muerte, y su hermano el Sueño, y el Trabajo, los malos Goces del alma. Vense en el fondo del zaguán la mortífera Guerra, los férreos Tálamos de las Euménides y la insensata Discordia, ceñida de sangrientas ínfulas la serpentina cabellera.


7. El derecho romano contempla desde Augusto la figura del Pontifex Maximus, cuya potestad ordenatoria presupone una cierta unidad doctrinal, aunque vaga y sincrética.

8. La unión entre religión y ética, y por tanto las ideas de derecho natural, Providencia y salvación se imponen progresivamente por influencia del platonismo medio, el neoplatonismo y el estoicismo: Plutarco, Máximo de Tiro, Séneca, Filón de Alejandría, el Corpus Hermeticum, los Oráculos Caldeos, Plotino, etc.

9. Los mismos emperadores paganos adoptan cultos monoteístas: Marco Aurelio, Juliano. Se abandona al fin la literalidad de los mitos, ya meros envoltorios de una realidad más profunda y una moral más alta.

Por tanto, no vino Cristo a atosigar las almas con doctrinas bárbaras, mas las desembarazó de sus ataduras a los hombres y, desbrozándolas de sus errores, sujetólas a Dios solo (Mt. 11:30):


Porque mi yugo es suave y mi carga ligera.


Cimentó la autoridad en el amor antes que en la obediencia (Mt. 10:35):

Porque he venido para enfrentar al hombre contra su padre, a la hija contra su madre, y a la nuera contra su suegra.


Y rechazó la compulsión sobre los increyentes (Jn. 8:32):

Si vosotros permaneciereis en mi palabra, seréis verdaderamente mis discípulos; conoceréis la verdad, y la verdad os hará libres.

miércoles, 25 de noviembre de 2009

La verdad o el contagio de la religión




S'il était facile de renverser l'idolâtrie, porquoi tous ces philosophes, que la Grèce a nourris dans son sein pendant tant de siècles, et qui étaient dans une si haute considération parmi leurs concitoyens, n'ont-ils jamais tenté de le faire? D'où vient qu'au contraire, ils ont lâchement encensé avec le peuple ces dieux qu'ils méprisaient dans leur coeur? Pourquoi Socrate, que l'oracle de Delphes avait declaré le plus sage des hommes, fut-il puni de mort pour avoir dit quelques mots contre les divinités d'Athènes, quoiqu'il les eût publiquement honorées pendant tout le cours de sa vie?

(...)

Si les hommes étaient lassés des chimères et des extravagances de l'idolâtrie, ils devaient applaudir aux apôtres et à leurs disciples; il n'en a pas été ainsi. On s'est déchaîné universellement contre eux; on les a regardés comme des impies; on les a persécutés pendant trois cents ans avec fureur; et leur attentat a paru si attroce, qu'on a inventé des nouveaux supplices pour les punir.

Dans l'établissement du christianisme, il ne s'agissait pas seulement de montrer le ridicule de l'idolâtrie, et de faire adorer un seul Dieu; mais il fallait faire adorer un homme crucifié, persuader une doctrine incomprehensible, faire pratiquer une morale révoltante, déraciner des habitudes vicieuses, non-seulement inveterés dans l'homme, mais aussi anciennes, pour ainsi dire, que les nations mêmes; il fallait changer tout l'homme, il fallait changer tous les hommes. Si l'on trouve cela aisé, que l'on me dise ce qui peut être difficile.

Selon nos adversaires, on a engagé les hommes à faire les sacrifices que le christianisme demandait d'eux, par la trompeuse espérance d'une felicité éternelle après leur mort. Ne voit-on pas tous les jours, disent-ils, des marchands exposer les biens dont ils jouissent, et essuyer des travaux sans nombre, pour courir, a travers mille hasards et mille dangers, à une fortune incertaine?

Il est vrai; mais l'esperance des commerçants est appuyée sur les succès de ceux qui les ont précedés dans ce même dessein, succès dont ils sont les témoins, succès qu'ils envient; et les hommes ne voient point ces couronnes immortelles que les chrétiens achetaient par tant de supplices. D'ailleurs la religion païenne promettait aussi après la mort, dans les Champs Elysées, un bonheur éternel, formé par la réunion de tous les plaisirs dont on avait fait sa félicité pendant la vie; elle promettait ce bonheur aux gens de bien; et, selon ses maximes, il en coûtat très-peu pour l'être. Le christianisme ne faisait espérer qu'un bonheur tout spirituel, et il exigeait pour cela les plus grands sacrifices. Promesse pour promesse, le bonheur que proposait le paganisme était bien plus propre à se faire désirer des hommes dont il était connu, qu'une felicité spirituelle qu'ils ne pouvaient se figurer. Promesse pour promesse, il était bien plus naturel de choisir celle qui coûtait peu, que celle qui coûtait tout. Que nos adversaires nous donnent, s'ils le peuvent, le dénoûment du choix incompréhensible des chrétiens.

(...)

Sous le règne de Lysimachus, les habitants de la ville d'Abdère furent tourmentés d'une fièvre chaude très-violente, qui finissait le septième jour par une perte de sang o une sueur. Ce qu'il y avait de singulier dans cette maladie, c'est que tous ceux qui en étaient atteints déclamaient avec véhémence des tragédies, et particulièrement l'Andromède d'Euripide. Toute la ville était pleine de ces acteurs d'une semaine, qui tous, pâles et décharnés, s'écriaient à haute voix: O Amour, tyran des dieux et des hommes! et continuaient ce qui suit dans le rôle de Persée. Cela dura jusqu'à la venue de l'hiver, dont le grand froid fit cesser cette maladie. Elle venait, à ce que croit Lucien, de qui nous tenons cette histoire, de ce qu'Archélaus, acteur très célèbre, avait représenté, au milieu d'un été fort chaud, cette tragédie d'Euripide d'una manière si véhémente, que plusieurs sortirent du théâtre avec la fièvre, et tout hors d'eux-mêmes se mirent à déclamer la tragédie dont ils venaient d'être les spectateurs.

(...)

Ne pourrait-on pas, diront nos adversaires, se servir de ce dénoûment pour expliquer le progrès de l'Evangile? Les apôtres ayant l'imagination échauffée des prodiges qu'ils croyaient avoir vu faire à leur maître, les auront racontés avec enthousiasme, et auront ainsi communiqué leurs sentiments à des cerveaux faibles, qui les ont transmis à d'autres par la même voie; ainsi le christianisme ne serait qu'un fanatisme ou une manie contagieuse, qui se serait étendue de proche en proche, et perpetuée d'âge en âge.

Accordons qu'il est des maladies épidémiques sur les esprits comme sur les corps: pourra-t-on nous montrer dans l'histoire quelque peste qui ait constamment ravagé l'univers pendant trois cents ans, et qui n'ait pas encore été éteinte après dix-sept siècles. La manie des Abdéritains, qui ne sortit point de l'enceinte de leur ville, et que l'hiver suivant fit cesser, peut-elle établir la possibilité d'une frénésie universelle, qui dure depuis si longtemps? (...) Les païens n'ont pas regardé les chrétiens comme des fous; ils tâchaient, à force de tortures, de leur faire abandonner leur religion. Punit-on les insensés? on les plaint. Cherche-t-on par la violence des tourments à leur faire quitter leur manie? en sont-ils les mâitres? Ajoutons que les ont reconnu la régularité des moeurs des chrétiens: bien plus, ils se sont proposé leur conduite pour modèle. Voilà ceux que nos adversaires voudraient nous donner pour des insensés.

On n'oserait supposer assez d'ignorance dans nos adversaires pour leur faire opposer les progrès du mahométisme à celui du christianisme; car chacun sait que la première de ces religions s'est répandue par les armes, et qu'elle ne doit ses succès qu'aux victoires de Mahomet et des califes ses successeurs.


Jean-Baptiste Bullet

lunes, 23 de noviembre de 2009

Naturaleza de las persecuciones antipaganas




En el Bajo Imperio los obispos cedieron al poder temporal para ver afianzados sus privilegios. Todos los Padres, de San Agustín a San Isidoro, se lamentan por lo mismo: tras transformarse el cristianismo en una religión de masas, la Iglesia se ha corrompido y está llena de cizaña, de falsos fieles con la sola voluntad de medrar. No es aventurado pensar que si Roma no hubiera caído, su evolución natural la habría conducido al césaro-papismo y al despotismo de tipo asiático, no a la anarquía alejandrina con reminiscencias jomeinianas que algunos se ven en la necesidad de inventar y convertir en paradigma, expresándose en el lenguaje histérico y falsario que su indocto público mejor comprende.

Hubo dos motivos principales para perseguir eventualmente a los paganos: excluirlos de las elites gobernantes (desde Teodosio) y lo que podríamos llamar razón de Estado, por identificarse la obediencia a la autoridad política con determinada fidelidad religiosa (Justiniano y su obsesión antipersa). Ninguno de ellos proviene de una exigencia eclesiástica. En especial si por persecución entendemos asesinato y conversión forzosa, no las políticas generales de prohibición de las prácticas adivinatorias, sacrificios y similares. Así, por ejemplo, Joviano, Valentiniano y Valente fueron muy tolerantes, mientras que Graciano, bajo la influencia de San Ambrosio, tuvo que enfrentarse a la elite pagana y al usurpador Máximo por la cuestión del altar de la Victoria, lo que prueba sobradamente que la cuestión no era sólo religiosa, sino política y de primer orden.

La destrucción de templos y su sustitución por iglesias fue una práctica generalizada, no así la conversión forzosa de gentiles. Todo indica en Sócrates Escolástico y otros historiadores que el bautismo era voluntario y no se concedía fácilmente, sino tras instrucción y ayunos. Por otro lado, el paganismo ya agonizaba en tiempos del emperador Juliano, pese a sus muchos esfuerzos por restaurarlo. La eliminación de sus símbolos por parte del cristianismo condujo a su total desprestigio, pues para el pueblo idólatra era difícilmente concebible que el dios que moraba en la estatua o templo no se vengara de los ofensores (los neoplatónicos, que intentaron refinar estas creencias crasas, llegaron tarde y tuvieron escaso predicamento). La prohibición de la magia y del sacrificio público hicieron el resto.

Niego, pues, que haya conexión ideológica o dogmática entre la destrucción de templos, que fue exhaustiva y a instancias de la religión cristiana, y la eliminación de los paganos, selectiva y perpetrada en interés del poder temporal de los emperadores, no siempre con la misma intensidad. Ahora bien, puesto que el paralelismo que Ágora, Piñero y otros productos de la propaganda establecen es entre la persecución de cristianos antes de Constantino y la de paganos en torno a Teodosio, como si ésta fuera una revancha sectaria por aquélla, digo que se equivocan o que gustan de engañarse a sí mismos.

Antes del 313 bastaba con una denuncia anónima para procesar a un cristiano, que irremediablemente moría si no injuriaba a Cristo y quemaba incienso en honor de los dioses. Las pesquisas y presiones en esta clase de interrogatorios violaban a menudo el derecho procesal romano y condenaban un crimen inexistente, pues se ofrecía la absolución al apóstata. Nada de esto sucede con los paganos perseguidos. No hay un "rescripto de Teodosio" en términos equiparables al de Trajano. Teodosio II se expresaba así mediante una de sus leyes sobre la unidad religiosa del Imperio:


Si ni los mil terrores ya promulgados en las leyes ni la pena de exilio pronunciada contra ellos disuaden a estos hombres, si no pueden reformarse, al menos deberían abstenerse de su misa criminal y de la multitud de sus sacrificios.


Esto implica que por aquel entonces todavía se celebraban a la vista de todos ritos teóricamente prohibidos, situación que se asemeja bastante poco a la de unas catacumbas ("pero su loca audacia transgrede nuestra voluntad continuamente", se queja el legislador). Por tanto, se les da a esos hombres la posibilidad de ser paganos, con tal de que no causen escándalo público. Obsérvese el contraste: El cristiano simplemente no tenía derecho a existir como tal, ya que era acusado de "odio al género humano" y desafección hacia el emperador. Podía ser denunciado por cualquiera y en cualquier momento, y ni siquiera las garantías formales ordinarias regían para él. Salvo que se convirtiese a la fe sincrética oficial, perecería sin lugar a dudas.

Es muy poco probable que el paganismo hubiera mantenido su influencia hasta tan tarde en las altas esferas de la política romana de aplicarse contra la idolatría una suerte de venganza cainita, o si se pudiese hablar de una agenda para borrar de la faz de la tierra a sus seguidores, como existió en el lado anticristiano de la Historia. Se censuró el culto y sus signos externos, por ser incompatibles con la nueva religión y reputarse supersticiosos y dañinos (esto último con excelente criterio en mi opinión). Es cierto que se promovieron eventualmente en algunos lugares y de manera crepuscular conversiones masivas de dudosa sinceridad -y constan en alguna Crónica porque son excepcionales-, si bien respondían a desórdenes de tipo puntual o a intereses políticos fácilmente detectables y que van más allá del mero celo religioso y el odio programático.

domingo, 22 de noviembre de 2009

Patrullas de la fe




Antonio Piñero, con la erudición a la que nos tiene acostumbrados, escribe en su blog:


La existencia de “patrullas de la fe” a principios del siglo V en Alejandría -en defensa de la fe cristiana y para hostigamiento de paganos que aún no se habían convertido- eran cosa corriente en la ciudad desde el momento en el que el cristianismo fue de facto declarado religión oficial del Imperio en el 380 por Teodosio I en su famoso decreto en el se prohibían además los sacrificios paganos. E incluso existían antes; el decreto de Teodosio I hizo que tales patrullas cobraran fuerza. Los miembros de tales grupos se reclutaban entre cristianos fanáticos coptos (indígenas egipcios cristianos) y sobre todo entre los monjes, poco helenizados. No dudaría en compararlas con las patrullas de “guardianes de la revolución (de la fe islámica)” que circulan hoy por Irán.


Párrafo que requiere el aval de las fuentes para alcanzar alguna credibilidad. ¿Durante cuánto tiempo y en cuántos lugares del Imperio existió una policía de estas características? Sócrates escribe en la Historia Eclesiástica:

Algunos monjes que habitaban las montañas de Nitria, de muy fiera disposición, y a los cuales Teófilo algún tiempo antes armó injustamente contra Dioscoro y sus hermanos, transportados de nuevo por un celo ardiente, resolvieron luchar en nombre de Cirilo. Unos quinientos de ellos, pues, abandonando sus monasterios, llegaron a la ciudad.


Que quinientos monjes pudieran ser policía suficiente para una ciudad que rondaba, según creo, el medio millón de habitantes se me antoja bastante improbable, por fieros que resultasen. La intepretación correcta es que vinieron a ser una especie de guardia personal de Cirilo en un momento de tensión y abusos contra los cristianos.

Capítulos antes Sócrates explica cuáles fueron los antecedentes de este nuevo empleo de la violencia por parte de los monjes:

Habiéndose generado tal división, ambas facciones se acusaron de impías mutuamente. Y algunas, prestando oídos a Teófilo, llamaron a sus hermanos "origenistas" e "impíos" y los otros calificaron de "antropomorfitas" a los convencidos por Teófilo. A resultas de esto surgieron altercados violentos y una guerra inextinguible entre los monjes. Teófilo, al tener indicios del éxito de su estratagema, fue a Nitria donde se encuentran los monasterios, acompañado por una mutitud de personas, y armó a los monjes contra Dioscoro y sus hermanos, quienes viéndose en peligro de perder sus vidas escaparon con gran dificultad.


Es decir, los monjes actuaron en el desierto contra Dioscoro y los suyos, también monjes, en una situación excepcional. Por tanto, estaban muy lejos de ser una policía urbana permanente.

Por si hubiera alguna duda, sobre Nitria escribe el autor anónimo de la Historia Monachorum Aegypto:

Luego llegamos a Nitria, el más conocido de los monasterios de Egipto, a unas cuarenta millas de Alejandría. Toma su nombre de la ciudad próxima en la que se obtiene el nitro... En este lugar hay unas cincuenta moradas, o no muchas menos, situadas cerca y bajo un mismo padre. En algunas de ellas muchos viven juntos, en otras unos pocos y en algunas hay hermanos que viven solos.


Hablamos, pues, de un lugar desértico y prácticamente deshabitado a 60 kilómetros de Alejandría. Nada parecido a la gran urbe a la que los ascetas de Nitria acudieron en tiempos de Cirilo, no para luchar contra los paganos (que existían desde siempre), sino para apoyar a aquél frente a los judíos y el prefecto Orestes.

Piñero debería en consecuencia refutar mi argumentación o rectificar la suya.

*

ACTUALIZACIÓN:
Piñero me ha contestado de dos modos. En primer lugar borrando mis réplicas en su blog, cuyo contenido no era otro que el de este post. En segundo lugar, aludiendo al comienzo de su última entrega al pasaje citado por mí (los quinientos monjes de Nitria), y sin mencionarme por supuesto. Por toda respuesta, un fragmento de la Vida de San Antonio de San Atanasio, donde se nos explica cómo el ermitaño apoyaba moralmente a los cristianos condenados al martirio. Aquí el señor Piñero ve algo parecido a los "guardianes de la revolución" en Irán. Sobran comentarios.

La democracia en compendio




Si quieres contener algo, deja que se expanda;
Si quieres debilitar algo, déjalo crecer;
si quieres que algo sucumba, deja que ascienda;
si quieres expulsar algo, déjalo entrar.

Para reducir la influencia de alguien, auméntala antes;
Para menguar la fuerza de alguien, increméntala en primer lugar;
Para hacer caer a alguien, haz que se eleve;
Para tomar algo de alguien, dale algo primero.


Lao Tse

Sobre la fe en el Evangelio




El pagano quema la grasa de sus víctimas para obtener recompensas terrenas. Nosotros nos inmolamos en el altar de lo intangible para honrar lo bueno.

Morir por algo de lo que no se está seguro no sólo es correcto, sino un signo inequívoco de nobleza de espíritu. Quien muere por su patria no sabe qué eficacia alcanzará su sacrificio; quien entrega su vida por su hijo pequeño no tiene ni idea de la clase de ser que devendrá en el futuro. Si obramos así con lo porvenir, que se nos oculta irremediablemente, ¿por qué hacer otro tanto iba a ser erróneo respecto a lo pretérito, que el tiempo también ha hurtado a nuestros ojos?

Lo que es a todas luces insensato es morir por aquello que sabemos que es falso, pues o bien es de nuestra invención, o bien no hay ni un solo indicio que lo refrende de entre los que cabría esperar (por ejemplo, si hace sol y creemos que llueve). Pero que no haya datos concluyentes de un hecho sobrenatural pasado, revelado a unos pocos, entra dentro de lo creíble. Por tanto, aquí pesará exclusivamente la fiabilidad de los testimonios y la honestidad que transmita lo relatado. Y si los testimonios murieron por lo que dijeron ser verdadero, entonces son fiables.

Un mentiroso difícilmente muere para que su mentira parezca verosímil. Caso de no contemplar con sus ojos los primeros discípulos a Jesús resucitado, que estos se dejen matar por causa de Jesús resucitado no es fanatismo, sino simple y llana estupidez. El colegio apostólico, que pudo y debió ver, es el que menos fe necesitó.

sábado, 21 de noviembre de 2009

Noli me tangere




Todo en el hombre es incompleto. Nuestras percepciones son completadas por nuestra razón, y nuestra razón por la fe. Nadie posee un sistema racional cerrado y demostrable como única norma de vida. La certeza y la verosimilitud se alternan en un edificio siempre cambiante cuyos fundamentos están ocultos.

Así, quien no lo sabe todo en máximo grado, no sabe nada en realidad, puesto que no ha logrado la coherencia absoluta entre las partes objeto de su entendimiento, y todo es en él provisional e inseguro. Sócrates se confesó ignorante al apercibirse de la infinidad de ideas y de su infinita altura y profundidad. Platón, desarrollando lo paradójico de esta ignorancia docta, infirió que todo lo sabemos, aunque imperfectamente.

Ahora bien, quien tiene idea de lo imperfecto la tiene también de lo perfecto. Toda decisión moral, o es irracional (la moral cartesiana de la línea recta sin dirección) o presupone la perfección de los fines. La cadena de razonamientos tiene que detenerse en algún momento en un lugar llamado "lo bueno". ¿Bueno por qué y para quién? ¿Bueno hasta cuándo? No importa: bueno. Por ello, sabiendo que nuestra razón no es perfecta, nos determinamos a obrar como si lo fuese, confiando en que algo inasible al otro extremo de la misma lo es.

miércoles, 18 de noviembre de 2009

Maestros de la sospecha




Los dos principios fundamentales de la llamada crítica histórica son el postulado de la vulgaridad y el axioma de la mediocridad. Postulado de la vulgaridad: todo lo auténticamente grande, bueno y verdadero es improbable, pues es extraordinario y, como poco, sospechoso. Axioma de la mediocridad: tal y como son las cosas entre nosotros y alrededor de nosotros deben haber sido en todas partes, pues todo es así verdaderamente tan natural...


Schlegel

martes, 17 de noviembre de 2009

Compelle exire




El cristianismo, doblegado ante el progreso, capitula y acepta integrarse paulatinamente en un entorno plural de tolerancia. Es ésta una tesis odiosa, la de la maldad intrínseca del poder religioso y la bondad del secular, en virtud de la cual el uno debe subordinarse al otro. Creo justo lo opuesto, a saber, que el poder político tiende a la tiranía y el sacerdotal es su único límite posible. El regalismo se ha mostrado inoperante a lo largo de la historia.

Es falso, para empezar, que la Iglesia fuera tiránica cuando tuvo al Estado completamente de su parte. En el siglo XVIII, estando vigente en Europa la monarquía absoluta, mereció a d'Alembert estas palabras en la Enciclopedia:

La religión, cada día más esclarecida, nos enseña que no hay que odiar a los que no piensan como nosotros; se sabe distinguir hoy el espíritu sublime de la religión de las supersticiones de sus ministros; hemos visto en nuestra época a las potencias protestantes en guerra contra las potencias católicas, y ninguna insistir en el empeño de inspirar a sus pueblos ese odio brutal y feroz, que se tenían en otras épocas, incluso durante la paz, entre pueblos de diferentes sectas.


Esta cita, esta confesión de un enemigo en su obra más importante y monumental tendría que callar muchas bocas.

Pero, por otro lado, es falso también que la Iglesia se fuera deshinchando como un globo en la medida en que perdió apoyo institucional. ¡La verdad es justo la contraria! En época de d'Alembert, narra Tocqueville, la Iglesia apenas contaba con defensores en la intelectualidad. Cedía cada vez más al mísero papel de guardiana de las buenas costumbres, lo que provocó su identificación por mímesis con el orden que vino a caer con el Antiguo Régimen. Fue hasta entonces un cliente más del Estado, una vieja aya de cuyo consejo se acabó prescindiendo. Ahora bien, cuando la Iglesia fue maestra de Europa, se enfrentó a los soberanos; cuando Europa era una bajo la misma fe, la Inquisición moderna en colaboración con el brazo temporal no existía: todas las condenas eran espirituales, y por cierto muy escasas en número. No se hizo la Sede Petrina más molesta al aumentar su autoridad, sino al verse ésta cuestionada y dividida, esto es, tras la Reforma protestante.

Otro tanto sucedió con la Revolución francesa. Por su causa surgió la gran reacción antiliberal de De Maistres, Chateaubriands y Corteses. Lejos de dejarse arrastrar por los acontecimientos, la Iglesia vio, pasada la zozobra, confirmarse su influencia, lo que haría a Marx considerarla a mediados del siglo XIX el opio del pueblo. ¡En plena ebullición liberal!

¿Cómo creer, entonces, que ha sido la erosión causada por las súbitas mudanzas históricas lo que la ha debilitado y paralizado? Es, en cambio, el quietismo de la paz y los privilegios su mayor enemigo.

Endebles puentes




Antes del Concilio Vaticano II la Iglesia y la sociedad nacida a su sombra ya eran muy distintas al islam. En la Iglesia no hay revoluciones; toda transición es en ella lenta en medida de decenios y de siglos. Marcar, pues, en su historia un hito revolucionario y supuestamente autonegador es algo que sólo puede venir de progresistas (por hegelianos: sólo hay avance si hay contradicción) y lefebvristas (por parmenideanos: sólo hay coherencia si no hay avance).

Dicho esto, y reformulando la capciosa pregunta de J.Zamora, ¿es posible un islam tolerante? Posible es, y prefiero pensar que vale la pena promoverlo. Pero, si somos realistas, resulta poco probable. ¿Qué modulación puede haber en lo que se concibe a sí mismo como estático, sin Espíritu Santo que hable en todos a través del tiempo, y donde no cabe más que una incuestionable autoridad eterna y singular? No es sólo que la revelación esté cerrada, como lo está la cristiana, sino que fue transmitida de una vez a una sola persona y en escasos días, sin precursores, sin testimonios, en sueños. Por la misma naturaleza excepcionalísima de la revelación coránica se impone una exégesis literal en la que no existe más razón que la que emana de "la palabra". No puede haber en el islam concilio alguno porque tampoco hay magisterio unitario, sólo ciega sumisión. Es un tropel de sectas cohesionadas por la ortopraxis y un proyecto político imperial y teocrático.

Cristo proclamó solemnemente que se perdonarían las ofensas contra el Hijo, pero no aquellas emitidas contra el Espíritu; esto es, que se eximiría de culpa a quienes no creyeran en la letra, pero compartiesen en cambio el ideal. En el islam sucede lo contrario: el platonismo queda anulado y no hay más que mandatos divinos, infalibles e inapelables.

Creo que el acercamiento del Papa al islam es sólo una estrategia de propaganda de la fe cristiana, pretendiendo así fomentar un clima de diálogo y recabar conversos que acaben renegando de la fe de Mahoma. Siempre que ha habido debate teológico, la Iglesia católica ha triunfado: sucedió contra Arrio y contra la Reforma. ¿Y qué es el islam sino un arrianismo con libre examen?

La opinión genuina de Benedicto XVI al respecto es la que ya expresó en Ratisbona a través de Manuel II Paleólogo, que es también la de San Juan Damasceno y la de todos los Padres que se han ocupado en mayor o menor medida de dialogar con esta religión. El islam debe su origen a la violencia "ad extra" y su mantenimiento a la coacción "ad intra". Sus escrituras son eclécticas, su caridad es árida, su teología es bárbara y sus profecías son falsas. Pero también posee elementos en común con el cristianismo y parte de una misma tradición monoteísta. De ahí la necesaria y calculada ambigüedad de este pontificado.

Veremos.

domingo, 15 de noviembre de 2009

sábado, 14 de noviembre de 2009

Marxismo vaginal




El feminismo en España ha dado los frutos que cabía esperar, y todavía promete nuevas conquistas. Parte éste de la gran mentira según la cual la irrelevancia histórica de la mujer se debe a una conspiración a escala universal. Mentira ante la que demasiados idiotas, sintiéndose culpables por la mediocridad ajena, han asentido mansamente. La feminista Mary Wollstonecraft no la creyó. Suyas son estas palabras:

No se concluya que quiero invertir el orden de las cosas; ya he asegurado que, por su constitución, los hombres parecen diseñados por la Providencia para lograr un mayor grado de virtud.


Pero "el orden de las cosas" es una expresión prohibida para esta ideología, que sólo puede concebir lo ordenado como el efecto de una voluntad sojuzgante, propia o extraña. Es el odio a la naturaleza dispar, a lo excesivo y a lo permanente lo que mueve al feminismo a fomentar la plasticidad moral, la mutación acelerada de las costumbres, la castración lingüística, la ingeniería jurídica y la aberración médica. Se lucha contra el patriarcado y el falocentrismo, que representan la violencia, la represión, la sordidez y todo lo que una mente maniquea puede suponer al otro lado de la frontera del Bien. Ante tan colosal enemigo imaginario, las medidas para combatirlo han de ser proporcionadas y emplear sin demora todos los medios al alcance. Deben, además, cumplir con cierta justicia poética por la que los papeles queden intercambiados al contragolpe. Hace falta un nuevo hombre, unas nuevas leyes, una nueva sociedad. Quien se oponga a esto será inhumano, estará proscrito, devendrá antisocial.

Sin embargo, la sociología no lo es todo. Por supuesto que la biología tampoco. Ni siquiera de la combinación de las dos disciplinas obtenemos un conocimiento cierto, determinista, de las cualidades de los hombres. Ahora bien, quienes ensalzan el método experimental sobre las cábalas racionalistas deberían predicar con el ejemplo y conferir a la Historia la máxima autoridad, pues ésta es un experimento continuo. Camille Paglia escribe:

Incluso sin restricciones, no habría existido una Pascal, una Milton o una Kant. El genio no se detiene ante los obstáculos sociales: triunfa de todos modos. El egocentrismo masculino, repugnante en los carentes de talento, es la fuente de su grandeza como sexo.


El individuo, no obstante, podrá a pesar de su sexo alcanzar la virtud, pues ésta no es de naturaleza sexual, sino intelectual. Pero ignorar las condiciones iniciales o querer hacer tabula rasa con ellas es ceguera y empecinamiento.

Donoso Cortés escribió que la Historia es más fiable que las teorías. La Historia dice que el hombre -independientemente de su condición social- ha superado en genio a la mujer en todas partes y en todo tiempo, sin ir ello en detrimento de su mutua colaboración y del interés de la sociedad en su conjunto. Si una teoría (digamos, el feminismo) rechaza radicalmente tal estado de cosas, sólo podrá ser desde el engaño, el poder y el abuso. Así ha sucedido con el comunismo, que no aceptó la desigualdad natural y emprendió una reforma de nuestra especie bajo presupuestos economicistas. Caído el muro, la ideología totalitaria da sus últimos y más desesperados coletazos a través de estos marxistas vaginales.

viernes, 13 de noviembre de 2009

Neopaganos, involucionistas




¿Cuántas veces escucharemos contraponer la brillante, escéptica y expansiva cultura grecolatina, germen de la Ilustración, a la arcaica, provinciana y cruel literatura religiosa del pueblo hebreo, Hidra de todos los fanatismos? Existe, sin embargo, un sesgo fundamental en esta apreciación, consistente en tomar la parte por el todo y considerar a los filósofos y moralistas clásicos como índices de la sociedad en que vivían. Lejos de serlo, fueron sus críticos más feroces, semejantes a los profetas entre los judíos. Demócrito reía; Heráclito lloraba; Pitágoras se escondía; Empédocles se deificaba; Sócrates escarnecía; Epicuro despreciaba; Séneca condenaba. No eran los representantes del vulgo, ni siquiera las más de las veces se los tuvo por prohombres. Marginados, cuando no perseguidos, escribieron para un tiempo que no era el suyo.

La moral pagana no debe buscarse en Platón, sino en Homero. Su Ilíada y su Odisea fueron lo más parecido a un texto sagrado para los antiguos griegos. Ahí estaban codificados poéticamente sus valores patrióticos y sus nociones de heroísmo, de autoridad, de honor, de astucia, de piedad hacia los dioses y de compasión hacia el hombre. Los poetas eran para los helenos el equivalente a los teólogos para los cristianos. Así, los dioses homéricos no cuidan menos de los hombres que la divina providencia monoteísta:



Los dioses, semejantes a huéspedes extranjeros bajo toda clase de formas, recorren las ciudades y vigilan la soberbia de los hombres y su rectitud (Od. XVII, 485-487).


Ni se abstienen de juzgarlos:

Zeus, que en su irritación se enoja contra los hombres que por la fuerza en el ágora dan sentencias torcidas (Il. XVI, 386-387).


Con todo, el dios pagano es sobornable. La diferencia entre el sacrificio abrahámico y el de Agamenón de su hija Ifigenia es clara: en éste el hombre busca tentar a Dios para obtener una recompensa; en aquél Dios pretende tentar al hombre para honrarlo.

La caridad, además, es en Homero una excepción. Aquiles sólo muestra misericordia ante las conmovedoras súplicas de un anciano padre derrotado; magnanimidad consistente en permitir un sepelio. En las jornadas siguientes, Troya es asaltada y arde hasta los cimientos. Odiseo, a su vez, no profesa apego más que por compañeros y familiares, y concluye su itinerario vital en una venganza sangrienta y premeditada.

En cambio, la paciencia divina recorre la Biblia del uno al otro confín, culminando en el Evangelio, en que aquélla se torna pasión. Desde siempre, Dios detiene su ira ante los buenos: los aparta de la sociedad corrompida, o incluso promete salvar a ésta por ellos. Tuerce el destino para premiar el arrepentimiento, mientras que el hado inflexible predomina en las creencias de los idólatras. Envía Yahvéh a sus emisarios para transmitir amenazas y dar al pecador ocasión de convertirse, al tiempo que la divinidad pagana hiere de lejos y fulmina.

La Biblia es un estupendo fresco donde se aprecia cómo el mal opera a través del bien y el bien a través del mal. No es un discurso moralizante bien estructurado donde nada es áspero, donde lo correcto y lo incorrecto están nítidamente separados por una línea racional por todos visible. Es el campo de juego del destino, el sendero hacia la perfección desde la imperfección, y el rechazo frontal de la idea de progreso. En realidad, se nos dice, el hombre degenera y su moral envejece si no es continuamente renovada desde lo alto.

La religión pagana honró a Homero para acabar divinizando los vicios. Hizo a los dioses dichosos y a los hombres esclavos de mil supersticiones. El cristianismo sacrificó a Dios en la cruz para liberarlos.

Un criminal verá en la Biblia una enciclopedia de la delincuencia. Cristo vio en ella el Nuevo Testamento. No hay una sola forma de leerla. Por este motivo, entre otros, existen la Iglesia y su magisterio.

jueves, 12 de noviembre de 2009

Lo que se quiere decir




Es difícil encontrar a una persona que quiera comer cosas que no sean alimento, o hacer con ellas algo que no sea comérselas. En otras palabras, es raro encontrar perversiones en relación con la comida. Pero las perversiones del instinto sexual son abundantes, difíciles de curar y aterradoras. Siento tener que descender a tal nivel de detalle, pero es necesario, porque durante los últimos veinte años se nos han contado día sí día también muchas mentiras acerca del sexo. Se ha repetido hasta la saciedad que el deseo sexual es igual que todos los demás deseos naturales, y que, si pudiéramos olvidar tabúes obsoletos sobre su represión, todo sería perfecto. Esto es totalmente falso. Al mirar los hechos y dejar a un lado la propaganda, se advierte el engaño.

Se dice que el sexo ha caído en un estado caótico porque ha sido reprimido. Pero en los últimos veinte años ha dejado de reprimirse, se ha parloteado al respecto hasta el agotamiento. Y, sin embargo, el desorden continúa. Si reprimir el sexo hubiera sido la verdadera causa del problema, éste hubiera desaparecido una vez salvado aquel escollo. Pero no ha sido así. Más bien pienso que ha sucedido todo lo contrario. A mi entender, la humanidad reprimió el sexo en el pasado para evitar precisamente que se convirtiera en un caos.

Hoy se repite a menudo que «el sexo no es algo de lo que haya que avergonzarse». Esta afirmación puede querer decir dos cosas. La primera interpretación sería la siguiente: «no hay por qué avergonzarse del hecho de que la especie humana se reproduzca de una determinada manera, ni del hecho de que obtenga placer en ello». Si es esto lo que se quiere decir, me parece razonable. Los cristianos dicen exactamente lo mismo. El problema no está en el sexo en sí, ni en el placer que conlleva. De hecho los Padres de la Iglesia afirman que si el hombre no hubiera caído por el pecado original, el placer sexual, en lugar de verse disminuido, sería aún mayor. Soy consciente de que ciertos cristianos despistados han podido decir que para la religión cristiana el sexo, el cuerpo, o el placer eran malos per se. Pero se equivocaban. El cristianismo es prácticamente la única gran religión que defiende el valor del cuerpo; que cree que la materia es buena, la cual Dios mismo tomó en su forma humana; que en la vida eterna recibiremos un cuerpo que será parte esencial de nuestro gozo y de nuestra belleza y energía. El cristianismo ha glorificado el matrimonio más que cualquier otra religión. Y casi toda la mejor poesía amorosa del mundo ha sido escrita por autores cristianos. Si alguien afirma que el sexo es malo en sí, el cristianismo lo refuta. Pero, desde luego, cuando se dice que «el sexo no es algo de lo que haya que avergonzarse», se quiere decir que «el estado en el que el instinto sexual ha caído no es nada de lo que haya que avergonzarse».


C.S. Lewis

miércoles, 11 de noviembre de 2009

Autoescisión




El buen autor, el que de veras se compromete con su causa, quiere que aparezca otro y lo eclipse sosteniendo la misma causa de modo más claro y resolviendo exhaustivamente los problemas contenidos en ella. La muchacha que ama desea descubrir, en la infidelidad del amado, la devota fidelidad de su propio amor. El soldado desea caer en el campo de batalla por su patria victoriosa: pues en la victoria de su patria triunfan al mismo tiempo sus más altos deseos. La madre da al hijo lo que se quita a sí misma, el sueño, la mejor comida, en algunos casos la salud y los bienes. ¿Pero son, todos éstos, estados altruistas? ¿Son, estas acciones de la moral milagros, en tanto que son, según expresión de Schopenhauer, "imposibles y con todo reales"? ¿No es evidente que en todos estos casos el hombre ama algo propio, un pensamiento, una aspiración, una criatura, más que otra cosa propia, es decir, que escinde su ser y sacrifica una parte de éste a la otra? ¿Acaso sucede algo esencialmente distinto cuando un testarudo dice: "Prefiero que me maten a ceder un palmo ante este hombre"? En todos estos casos existe la inclinación hacia algo (deseo, instinto, aspiración); secundarla con todas las consecuencias, no es, en ningún caso "altruista". En la moral el hombre se trata a sí mismo, no como individuum, sino como dividuum.


Nietzsche

lunes, 9 de noviembre de 2009

La moral ciega




"Mis amigos me han ayudado a vivir. Por tanto, moriré por ellos". He aquí el principio de la imbecilidad. Si vivir es bueno, y por eso tenemos por buenos a nuestros amigos, que nos hacen la vida más llevadera, ¿no deberíamos tenerlos por malos si por su causa hemos de morir? Por definición, todo lo que exija nuestra muerte gratuita es malo, a menos que admitamos que existen ideas superiores a nosotros, dignas de tal renuncia. No seres superiores, pues esto es obvio, y aun así nadie se sacrifica voluntariamente por los más sabios o los más fuertes que él. Luego, salvando el caso de que seamos imbéciles, nos sacrificamos prescindiendo de los sentidos, de los afectos y de los recuerdos, siempre por ideas descarnadas.

Morir por un hijo se nos antoja adecuado, puesto que respeta nuestro ideal de supervivencia. Pero ¿merece la pena morir en un incendio por no querer abandonar la morada con la que uno se identifica? No, porque no hay razón para identificarse con algo así, tan disímil e inferior a nosotros, en tanto que creado por nosotros. Luego no es la empatía, sino otra cosa, la que nos mueve a aprobar ciertas actitudes llamadas empáticas y morales. Esta cosa sólo puede ser un ideal, del que el edificio en llamas quizá sea símbolo para el que por él se inmola.

Veamos ahora una objeción. Se dirá que hay ideales que no merecen sacrificio. Ahora bien, sólo puede sostenerse tal según un particular ideal de lo digno de sacrificio. Pitágoras ofreció una hecatombe, esto es, sacrificó cien bueyes tras descubrir su famoso teorema. A ti te parecerá una imbecilidad; a él no se lo pareció.

Unidos por la nada




Un símbolo no puede atentar contra la libertad religiosa, salvo que sea un símbolo objetiva e intencionadamente insultante. Unas caricaturas en un periódico, pongamos por caso. Ahora bien, si el problema es la financiación pública de iconos, podríamos empezar la criba con la bandera de Europa, de inspiración mariana, o con el tema de la Unión europea de radiotelevisión, el preludio del "Te Deum" de Charpentier, que también deberían molestarnos por las reminiscencias que conllevan.

Pero divago. Asumamos que algunos símbolos son ofensivos para determinadas personas por razón de su fe o falta de ella, y que ello, cuando viene respaldado por el poder público, logra un efecto excluyente en las mismas. En este caso puede irse un poco más allá y exigir la retirada de todo monumento u homenaje a cualquier figura histórica que no compagine con nuestra idiosincrasia. Pues, a no ser que se crea que el estatus de las religiones es superior al de las ideologías o merece más protección que éste, nadie negará, siguiendo el mismo razonamiento, que algunas expresiones artísticas también vulneran la libertad ideológica. La efigie de un rey no es menos aberrante para muchos republicanos que la de Cristo para ciertos ateos.

Propongo, entonces, lo siguiente: que todo símbolo público sea abstracto, ahistórico y no figurativo. Y lo mismo para los discursos institucionales, símbolos al fin y al cabo. Que cada cual vea en ellos lo que desee; que sean todo en todos. Y si a alguien se le ocurre decir que esos símbolos son nada, corra el séquito del emperador desnudo a desmentirlo.

sábado, 7 de noviembre de 2009

Princeps pacis




I.

La sociedad sólo puede ser un fin absoluto para sí misma. Para otra sociedad es siempre un medio o un obstáculo. La idea de humanidad resulta apolítica y esencialmente religiosa.

II.

En una guerra, donde no se da arbitraje ni policía posible entre los bandos, no hay nada, fuera de la caridad o el propio interés, que se interponga entre el vencedor y el exterminio total del vencido.

III.


La sociedad es un cuerpo solidario, por lo que cuando se guerrea contra ella es lícito herir cualquiera de sus flancos. Dos púgiles no tienen que golpearse sólo en brazos y puños, por ser éstos los artífices directos del daño recibido, sino donde se tercie y sea adecuado al fin de abatirse. Son lícitos, pues, los castigos colectivos cuando se guerrea, y es lícito atacar antes de ser atacado, si se tienen motivos para creer que es menor el riesgo de emprender una contienda que el de esperarla.

IV.

En la Antigüedad los reinos eran pequeños y apenas estaban comunicados por el comercio, por lo que la conveniencia estratégica y económica de mantener con vida al enemigo solía ser escasa, salvo que se lo redujera a la esclavitud; nula si mostraba signos de belicosidad o desafío. Los límites que el derecho de gentes impone a la violencia de los Estados entre sí fueron ganando paulatinamente el consenso entre las naciones sólo cuando las guerras empezaron a ser demasiado peligrosas, por implicar cada vez a ejércitos mayores, con mucha más movilidad y más igualados en fuerzas.

V.

Pero también fue menester una base teórica, consolidada en la Historia, que amparase esta transformación. No hay derecho de gentes lógicamente consistente sin la separación radical entre Iglesia y Estado. Puesto que aquél es metafísico y asume a la especie humana como un continuo con independencia de sus escisiones políticas, la identificación de la creencia con el poder terreno ("cujus regio, ejus religio") sólo puede implicar la asimilación del enemigo al extranjero, al que se negaría la condición de hombre.

viernes, 6 de noviembre de 2009

Justicia divina




Los juicios de Dios son internos y se dirigen a nuestra consciencia antes que a nuestras obras. A diferencia de lo que pueda creer un psicólogo materialista, el ser consciente no es una superestructura de lo obrado o reprimido. Cuando nos juzgamos culpables también consideramos lo padecido como parte esencial de nuestro destino, no siendo tal hado más que la línea acotada por dos pasiones absolutas: el engendramiento y la muerte. El nacer, no menos que el morir, puede ser honroso o infame. Pero nadie elige morir, salvo el suicida, y nadie, salvo el nacido, desea nacer.

Si no nos dejamos obnubilar por el igualitarismo y la sensiblería, confesaremos que secretas razones nos convierten en abyectos sin que en ellas tome parte la libertad. Uno tiene tantos motivos para enorgullecerse de sus orígenes como para verse humillado por ellos. Pese al dicho de Platón, según el cual todos descendemos por igual de reyes y esclavos, causa placer a los hombres encontrar pequeños vestigios de nobleza en su linaje, mientras que los ofende una mala reputación familiar, incluso si ésta es remota o desconocida. Así, aunque de nada sirva jactarse de la buena vista de los antepasados si se es ciego, no es menos gratuito concebir al individuo como un hecho aislado y ahistórico del que brotan espontánea y autónomamente cada una de las acciones que le son atribuibles. Como a todo lo que es en el mundo, al hombre se lo puede perseguir por sus causas, siendo las más próximas e inmediatas las que constituyen los lazos de sangre.

Por tanto, la responsabilidad de un individuo nunca se ciñe sólo a sí mismo: se extiende a los que lo toleraron y a quienes obtuvieron de él alguna ventaja, ya obrando conscientemente, ya porque la mantuvieron una vez apercibidos de su procedencia. Se imputa un delito al que pudo realizar la acción castigada; merece un castigo, sin embargo, todo aquel que debe algo al mal. Y todo lo debe al mal quien nace de malvados o mora entre ellos. La vergüenza por la pertenencia sería aquí autoincriminatoria, pues avergonzarse implica admitir que se es digno del castigo. Este sentimiento es racional, aunque en justicia -si hay Dios- ningún hombre pudiera castigar al que lo padece, ya que nuestra jurisdicción es exterior y no penetra en las almas. Debería sufrir, marcado por la ignominia, pero nadie debería hacerlo sufrir. Tal es la condición humana, la de la culpa infinita y la expiación imposible.

El conservador que anunció el fascismo




Señores, tremenda es la palabra; pero no debemos retraernos de pronunciar palabras tremendas si dicen la verdad, y yo estoy resuelto a decirla. ¡La libertad acabó! No resucitará, señores, ni al tercer día, ni al tercer año, ni al tercer siglo quizá. ¿Os asusta, señores, la tiranía que sufrimos? De poco os asustáis; veréis cosas mayores. Y aquí os ruego, señores, que guardéis en vuestra memoria mis palabras, porque lo que voy a decir, los sucesos que voy a anunciar en un porvenir más próximo o más lejano, pero muy lejano nunca, se han de cumplir a la letra.

El fundamento, señores, de todos vuestros errores (dirigiéndose a los bancos de la izquierda) consiste en no saber cuál es la dirección de la civilización y del mundo. Vosotros creéis que la civilización y el mundo van, cuando la civilización y el mundo vuelven. El mundo, señores, camina con pasos rapidísimos a la constitución de un despotismo, el más gigantesco y asolador de que hay memoria en los hombres. A esto camina la civilización, y a esto camina el mundo. Para anunciar estas cosas no necesito ser Profeta. Me basta considerar la combinación pavorosa de los acontecimientos humanos desde su único punto de vista verdadero, desde las alturas católicas.

Señores, no hay mas que dos represiones posibles, una interior y otra exterior; la religiosa y la política. Estas son de tal naturaleza, que cuando el termómetro religioso está subido, el termómetro de la represión política está bajo; y cuando el termómetro religioso está bajo, el termómetro político, la represión política, la tiranía está alta. Esta es una ley de la humanidad, una ley de la historia. Y si no, señores , ved lo que era el mundo, ved lo que era la sociedad que cae al otro lado de la Cruz, decid lo que era cuando no había represión interior, cuando no había represión religiosa. Entonces aquella era una sociedad de tiranías y de esclavos. Citadme un solo pueblo donde no haya esclavos y donde no haya tiranía. Este es un hecho incontrovertible, este es un hecho incontrovertido, este es un hecho evidente. La libertad, la libertad verdadera, la libertad de todos y para todos no vino al mundo sino con el Salvador del mundo. Este también es un hecho incontrovertido, es un hecho confesado hasta por los mismos socialistas que lo confiesan. Los socialistas llaman a Jesús un hombre divino, y los socialistas hacen más, se llaman sus continuadores. ¡Sus continuadores, Santo Dios! ¿Ellos, los hombres de sangre y de venganzas, continuadores del que no vivió sino para hacer bien; del que no abrió la boca sino para bendecir; del que no hizo prodigios sino para librar a los pecadores del pecado, a los muertos de la muerte; el que en el espacio de tres años hizo la revolución mas grande que han presenciado los siglos, y la llevó a cabo sin haber derramado mas sangre que la suya?

Señores, os ruego me prestéis atención; voy a poneros en presencia del paralelismo más maravilloso que ofrece la historia. Vosotros habéis visto que en el mundo antiguo, cuando la represión religiosa no podía bajar mas porque no existía ninguna, la represión política subió hasta no poder más, porque subió hasta la tiranía. Pues bien, con Jesucristo, donde nace la represión religiosa, desaparece completamente la represión política. Es esto tan cierto, que habiendo fundado Jesucristo una sociedad con sus discípulos, fue aquella la única sociedad que ha existido sin gobierno. Entre Jesús y sus discípulos no había más gobierno que el amor del Maestro a los discípulos y el amor de los discípulos al Maestro. Es decir, que cuando la represión era completa, la libertad era absoluta.

Sigamos el paralelismo. Llegan los tiempos apostólicos, que los estenderé, porque así conviene ahora a mi propósito, desde los tiempos apostólicos propiamente dichos, hasta la subida del cristianismo al Capitolio en tiempo de Constantino el Grande. En este tiempo, señores, la religión cristiana, es decir la represión religiosa interior, estaba en todo su apogeo; pero aunque estaba en todo su apogeo, sucedió lo que sucede en todas las sociedades compuestas de hombres, que comenzó a desarrollarse un germen, nada más que un germen de licencia y de libertad religiosa. Pues bien, señores, observad el paralelismo: a este principio de descenso en el termómetro religioso corresponde un principio de subida en el termómetro politico. No hay todavía gobierno, no es necesario el gobierno, pero es necesario ya un germen de gobierno. Así en la sociedad cristiana entonces no habia de hecho verdaderos magistrados, sino jueces árbitros y amigables componedores, que son el embrión del gobierno. Realmente no había mas que eso; los cristianos de los tiempos apostólicos no tuvieron pleitos, no iban a los tribunales, decidían sus contiendas por medio de árbitros. Obsérvese, señores, cómo con la corrupción va creciendo el gobierno.

Llegan los tiempos feudales, y en estos la religión se encuentra todavía en su apogeo, pero hasta cierto punto viciada por las pasiones humanas. ¿Qué es lo que sucede, señores, en este tiempo en el mundo político? Que ya es necesario un gobierno real y efectivo, pero que basta el mas débil de todos, y así se establece la monarquía feudal, la mas débil de las monarquías.

Seguid observando el paralelismo. Llega, señores, el siglo XVI. En este siglo, con la gran reforma luterana, con ese grande escándalo político y social, tanto como religioso, con ese acto de emancipación intelectual y moral de los pueblos, coinciden las siguientes instituciones. En primer lugar, en el instante, las monarquías, de feudales, se hacen absolutas. Vosotros creeréis, señores, que más que absoluta no puede ser una monarquía: un gobierno, ¿qué puede ser mas que absoluto? Pero era necesario, señores, que el termómetro de la represión política subiera más, porque el termómetro religioso seguía bajando; y con efecto subió mas. ¿Y qué nueva institución se creó? La de los ejércitos permanentes. ¿Y sabéis, señores, lo que son ejércitos permanentes? Para saberlo, basta saber lo que es un soldado: un soldado es un esclavo con uniforme. Así, pues, veis que en el momento en que la represión religiosa baja, la represión política sube al absolutismo, y pasa más allá. No bastaba a los gobiernos ser absolutos; pidieron y obtuvieron el privilegio de ser absolutos y tener un millón de brazos.

A pesar de esto, señores, era necesario que el termómetro político subiera más, porque el termómetro religioso seguía bajando; y subió más. ¿Qué nueva institución, señores, se creó entonces? Los gobiernos dijeron: tenemos un millón de brazos y no nos bastan; necesitamos más, necesitamos un millón de ojos; y tuvieron la policía, y con la policía un millón de ojos. A pesar de esto, señores, todavía el termómetro político y la represión política debían subir, porque a pesar de todo, el termómetro religioso seguía bajando; y subieron.

A los gobiernos, señores, no les bastó tener un millón de brazos; no les bastó tener un millón de ojos; quisieron tener un millón de oídos, y los tuvieron con la centralización administrativa, por la cual vienen a parar al gobierno todas las reclamaciones y todas las quejas.

Y bien, señores; no bastaba esto, porque el termómetro religioso siguió bajando, y era necesario que el termómetro político subiera más. ¡Señores, hasta dónde! Pues subió más.

Los gobiernos dijeron: no me bastan para reprimir, un millón de brazos; no me bastan para reprimir, un millón de ojos; no me bastan para reprimir, un millón de oídos; necesitamos más: necesitamos tener el privilegio de hallarnos a un mismo tiempo en todas partes. Y lo tuvieron; y se inventó el telégrafo.

Señores, tal era el estado de la Europa y del mundo cuando el primer estallido de la última revolución vino a anunciarnos, a anunciarnos a todos, que no habia bastante despotismo en el mundo; porque el termómetro religioso estaba por bajo de cero. Ahora bien, señores, una de dos...

Yo he prometido, y cumpliré mi palabra, hablar hoy con toda franqueza.

Pues bien, una de dos: o la reacción religiosa viene o no: si hay reacción religiosa, ya veréis, señores, como subiendo el termómetro religioso comienza a bajar natural, espontáneamente, sin esfuerzo ninguno de los pueblos, ni de los gobiernos, ni de los hombres, el termómetro político, hasta señalar el día templado de la libertad de los pueblos: pero si por el contrario, señores, y esto es grave (no hay la costumbre de llamar la atención de las asambleas deliberantes sobre las cuestiones hacia donde yo la he llamado hoy; pero la gravedad de los acontecimientos del mundo me dispensa, y yo creo que vuestra benevolencia sabrá también dispensarme); pues bien, señores, yo digo que si el termómetro religioso continúa bajando, no sé a dónde hemos de parar. Yo, señores, no lo sé, y tiemblo cuando lo pienso. Contemplad las analogías que he puesto a vuestros ojos; y si cuando la represión religiosa estaba en su apogeo no era necesario ni gobierno ninguno siquiera, cuando la represión religiosa no exista, no habrá bastante con ningún género de gobierno, todos los despotismos serán pocos.

Señores, esto es poner el dedo en la llaga, esta es la cuestión de España, la cuestión de Europa, la cuestión de la humanidad, la cuestión del mundo.


Donoso Cortés


Ver también Leibniz.

miércoles, 4 de noviembre de 2009

Corrosión del ideal




No es mal ejercicio preguntarse qué distingue al héroe del imbécil. Ambos se perjudican sin obtener nada tangible a cambio; sólo una satisfacción moral, que en el imbécil será imbécil y en el héroe también, salvo que se admita un valor objetivo y superior al interés individual. En el héroe, pues, lo individual y lo terreno se abstraen de lo moral. No muere sólo por la sociedad, como dejándose devorar pasivamente por ella (esto sería imbécil), sino que cree en una idea que sustenta a aquélla y por la que el sacrificio merece la pena.

Sin religiosidad no hay héroes ni altura moral de ninguna clase. A lo sumo, corrección y pudor. Si bien, al asociarse lo más elevado a lo más bajo, el sacrificio a la torpeza, la decencia misma ha de ir diluyéndose irremediablemente en la convención y, por último, en el absurdo.

martes, 3 de noviembre de 2009

Moralidad y ultramundo




Para creer en el infierno hay que creer antes en Dios y en la justicia eterna, que son los que nos vinculan moralmente y condicionan nuestro obrar. Así, el infierno no es una consecuencia necesaria de esta fe, sino una revelación añadida.

No todas las religiones, ni siquiera todas las monoteístas, tienen un equivalente al infierno cristiano. El judaísmo anterior a Jesús apenas supo algo de esta clase de castigos. Existía el Sheol (Job, Salmos, Jonás) como trasposición del Hades pagano, esto es, del lugar de descanso de los muertos. En el Libro de la vida (Sal. 69:28) se registran los nombres de los justos y los de los réprobos, y ello no dista mucho de la Fama de los gentiles. Recuérdese que para el paganismo no son la omnipotencia, la bondad o la sabiduría las que caracterizan a los dioses frente a los hombres, sino su inmortalidad. La perduración del buen nombre era para todo individuo de humana estirpe el único consuelo y el único modo de brillar más allá de la muerte (Non omnis moriar multaque pars mei uitabit Libitinam, escribe Horacio). Los mortales, cuyo destino es apagarse, viven en el Hades otra clase de vida que se extingue en el olvido sin guardar conexión moral con la anterior. Nunca acaba de perecer, ya que nada que haya sido regresa a la nada, pero jamás se levanta de nuevo.

El pueblo elegido, pueblo carnal al cabo, no fue ilustrado por Dios sobre este extremo. Por tanto, es imposible que el Antiguo Testamento contenga una revelación definitiva. Su doctrina escatológica es puramente pagana. La idea de resurrección y salvación o condenación no aparece en todas las Escrituras judías, exceptuando un solo pasaje profético de Daniel (12:2). Pero Daniel no es un profeta para el judaísmo, ya que ni habló directamente con Dios, ni se dirigió a la generación presente, ni instó a su reforma. Siendo materiales todas las recompensas y todos los castigos del Antiguo Testamento, donde la más terrible ignominia no va más allá de la cuarta generación, no es sino mucho más tarde cuando el concepto de Gehenna aparece a modo de metáfora popular del Valle de Hinom: el vertedero, el crematorio para los criminales, el lugar de la vergüenza y de la catástrofe. La noción del infierno sólo se integra con posterioridad a través de la tradición mística y rabínica, aunque más como un purgatorio que como un lugar de penas eternas.

Sin embargo, ¿fueron los judíos menos escrupulosos o se vio por ello afectada su piedad? ¿Deja de ser un acicate para la moral la religión sin infierno? No es el poder para castigar lo que se teme, sino la deshonra eterna; no el tormento físico, sino la vida en vano y carente de sentido; no la muerte, sino la desaparición sin gloria y sin honor. Las virtudes paganas y hebreas no necesitaron más para florecer, pues el miedo al infierno no puede mover a la virtud, y ni siquiera resulta imprescindible para contener el vicio. El temor de Dios (Gén. 22:12) precede al temor de las brasas y carbones ardiendo; el santo se angustia por la vanidad del mundo (Salomón), pero desprecia sus llamas (Is. 43:2). El cristiano no menos que el judío, salvo que sea un hipócrita, tampoco requiere dádivas o represalias ultraterrenas. Son éstas la perfección de una justicia que le está vedada y sobre la que no puede decidir, aunque asienta a ella y se alegre. Son la consecuencia de un corazón puro o corrompido, no su causa.