viernes, 9 de noviembre de 2007

Recelo y finitud


Quien escruta razones últimas para la injusticia la dignifica. Ésta no tiene otra causa que la inconsciencia, la ceguera, el olvido de sí. Mal moral al que son proclives aquellos que en lo positivo niegan esas mismas razones últimas y todo lo cifran en un obrar práctico y despreocupado. Se expresan de esta guisa: lo que llena el mundo es azaroso o ignoto, no regido por principios racionales, y lo que lo destruye es consecuencia geométrica de ese azar; luego nadie obra bien ni mal, sino que simplemente obra más o menos. Destruyen, pues, la conservación de las cosas, la espontaneidad del albedrío y la universal armonía.

La confianza en el orden es condición necesaria del sentido de una investigación científica. Un orden plasmado en el mundo y que ninguna mirada agota. En contra de lo que suele pensarse, el creyente y el escéptico no son figuras antagónicas. Véase, por ejemplo, a Lessing:


Si Dios contuviera toda la verdad en su diestra y la incansable búsqueda de la verdad en la zurda y, a la vista de que estoy condenado a errar por siempre, me ordenase: 'Escoge', escogería humildemente la izquierda, respondiendo: 'Dame, Padre. La verdad pura sólo a ti te pertenece'.

Se aspira a la verdad porque se tiene fe en ella más allá de toda hesitación; una verdad cuyo contenido particular no importa tanto como su carácter vinculante, envolvente y eterno. Si el escéptico resuelve los motivos de sus dudas, se convertirá en teísta o en deísta; si los olvida, en ateo. Pero nadie -creyente o descreído- tiene derecho a combatir la certeza ajena con la incertidumbre propia. La duda puede redundar en acicate para la acción (la moral de Descartes) o la experimentación, y sin embargo es incapaz de persuadir, pues se ha proscrito del ámbito de lo teórico.

El darwiniano Nietzsche atribuía la tendencia escéptica al mestizaje de razas en Europa. Así, el más célebre entre los incrédulos, lejos de ver el enquistamiento de la duda como un rasgo de racionalidad, lo contempla como un claro signo de corrupción de los instintos y decadencia de las costumbres.