Mostrando entradas con la etiqueta Cudworth. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Cudworth. Mostrar todas las entradas

domingo, 18 de septiembre de 2016


Leo en Cudworth una demostración de la existencia de Dios. En primer lugar se sientan las bases de una gnoseología platónica, estableciéndose:

1. Que las verdades necesarias, como las que predican las propiedades de los objetos de la geometría, se adquieren por prolepsis y no por inducción desde los objetos singulares (i.e., la equivalencia entre los ángulos de un triángulo y dos ángulos rectos).

2. Que las verdades necesarias no caen en cuanto tales bajo el dominio de los sentidos, ni se dan en la naturaleza, pese a ser posibles (i.e., las líneas rectas puras).

3. Que las verdades necesarias son arquetípicas y no se multiplican en las mentes donde son reflejadas ectípicamente.

4. Que lo inteligible no existe en sí, sino sólo en lo inteligente, esto es, arquetípicamente en Dios y ectípicamente en las criaturas.


Acto seguido se fijan los axiomas:

Axioma 1

Los entes abstractos y universales son verdades necesarias, pues toman parte en la verdad, que es necesaria ("aunque no se dé una necesidad absoluta de que haya materia o cuerpos, se da una necesidad absoluta de que haya verdad").

Axioma 2

Las verdades necesarias carecen de tiempo, lugar o modificación de ningún tipo; es decir, son siempre y son invariables.

Axioma 3 (implícito)

Lo que no es un ser extenso ni un ser inextenso es un accidente de un ser extenso o de un ser inextenso.


Para finalmente extraer las proposiciones:

Proposición 1 (implícita)

Las verdades necesarias son un accidente de un ser inextenso.

Demostración: Las verdades necesarias no son ni extensas (carecen de lugar o corporeidad) ni inextensas (no son mentes o mónadas, ya que pueden descomponerse en partes), sino una suerte de tertium genus. Luego sólo pueden ser accidentes de lo extenso o de lo inextenso (por el Axioma 3). Ahora bien, lo extenso o material no puede ser modificado por vías naturales por aquello que carece de lugar o de cuerpo. Sin embargo, lo inextenso o mental sí puede ser modificado por aquello que carece de mente, ya que no hay pensamiento sin mente ni mente sin pensamiento.

Proposición 2

Las verdades necesarias sólo son siempre si son pensadas siempre.

Demostración: Los entes de pensamiento obtienen su ser al constituirse en objetos pensados (por la Proposición 1). Si las verdades necesarias fueran siempre pensables pero no siempre pensadas, no serían siempre ni serían invariables, ni por ende necesarias, al depender de seres contingentes que les darían el ser a intervalos con su pensamiento.

Proposición 3

Las verdades necesarias son siempre pensadas por Dios.

Demostración: Un objeto eterno del pensamiento sólo es concebible en un sujeto pensante eterno (por las Proposiciones 1 y 2). Al ser tales objetos necesariamente (por el Axioma 1) y carecer de tiempo y lugar (por el Axioma 2), sólo pueden ser en una mente necesaria y eterna a la que llamamos Dios.

lunes, 15 de octubre de 2012

Verdad de verdades



Los triángulos y círculos, esferas y cubos de Euclides, Arquímedes, Pappus, Apolonio y todos los demás geómetras antiguos y modernos, en todos los distantes lugares y tiempos del mundo, fueron a la vez indivisiblemente uno y el mismo, perfectamente inmutables e incorruptibles, siendo de esta índole la ciencia geométrica. Por cuya causa Aristóteles ha afirmado también de estos objetos matemáticos que no se encontraban en ninguna parte como en un lugar, al modo en que se encuentran todos los cuerpos singulares: "Es absurdo hacer que los objetos matemáticos estén en un lugar, como lo están los cuerpos sólidos; pues el lugar pertenece sólo a los singulares, que son por consiguiente separables unos de los otros mediante el lugar; pero las entidades matemáticas no están en parte alguna." Puesto que, siendo universales y abstractas, están sólo en las mentes. No obstante, por la misma razón, están en todas partes, hallándose en toda mente que las aprehende. Por último, estas esencias inteligibles son llamadas también por Filón "las esencias más necesarias", al ser no sólo eternas, sino poseyendo igualmente como propia la existencia necesaria. Pues, aunque no se da una necesidad absoluta por la que deba haber materia o cuerpo, con todo se da una necesidad absoluta de que haya verdad. 
Si, por consiguiente, hay inteligibles o ideas eternos y verdades eternas, y les pertenece la existencia necesaria, entonces debe haber una mente eterna necesariamente existente, dado que estas verdades y esencias inteligibles de las cosas no pueden estar en parte alguna excepto en una mente. (...) Debe haber una mente previa al mundo y a todas las cosas sensibles tal que se comprendan en ella las ideas de todos los inteligibles, sus vínculos necesarios y relaciones recíprocas, y todas sus verdades inmutables. Una mente que no deba (como al respecto escribió Aristóteles) entender algunas veces y otras veces no entender, como si estuviera en ocasiones despierta y en ocasiones dormida, o como un ojo, a veces abierto y a veces cerrado, sino una mente que sea esencialmente acto y energía y en la que no haya ningún defecto. Y ésta, como hemos declarado ya, no puede ser otra que la mente de un Ser omnipotente e infinitamente perfecto, comprendiéndose a sí mismo y el alcance de su poder, en la medida en que es comunicable, esto es, todas las posibilidades de las cosas que pueden ser hechas por él y sus respectivas verdades. 
(...) 
Las verdades no se ven multiplicadas por la diversidad de mentes que las aprehenden, puesto que son participaciones ectípicas de una y la misma mente y verdad arquetípica. Así como la misma cara puede ser reflejada en varios cristales, y la imagen del mismo sol puede estar en mil ojos que lo contemplen a la vez, y una y la misma voz puede estar en mil oídos que la escuchen, semejantemente cuando
innumerables mentes creadas tienen las mismas ideas de las cosas y entienden las mismas verdades no es sino una y la misma luz eterna la que se ha reflejado en todas ellas ("la luz verdadera que, al venir a este mundo, ilumina a todo hombre" [Jn. 1:9]), o la misma voz de esa Palabra imperecedera, que jamás calla, resonando en ellas.

Cudworth

domingo, 22 de enero de 2012

Nihil est in sensu quod non prius fuerit in intellectu




Habiendo mostrado hasta aquí que el sentido o pasión de las cosas corpóreas existentes sin el alma no es intelección o conocimiento, de manera que los propios cuerpos no son conocidos o entendidos sensiblemente, debe seguirse necesariamente de ello que el conocimiento es una energía interior y activa de la propia mente, y el despliegue de su propio vigor innato desde el interior, por el cual debe conquistar (krateín), dominar y dirigir sus objetos, engendrando en consecuencia un sentido interior claro, sereno, victorioso y satisfactorio.

Así pues, aunque vulgarmente se piense que el conocimiento surge de la fuerza del objeto conocido operando desde el exterior sobre el sujeto cognoscente, no obstante es por el contrario más cierto, por emplear la expresión de Boecio,

que la intelección y el conocimiento no surgen de la fuerza y actividad exterior del objeto conocido sobre el sujeto cognoscente, sino de la fuerza interior, vigor y actividad de la mente que conoce de una forma activa, esto es, conteniendo el objeto en sí misma, dominándolo e imponiéndose a él.

De modo que el conocimiento no es una pasión procedente de algo extraño a la mente, sino un ejercicio activo de la fuerza interior, vigor y poder de la mente, desarrollándose desde dentro, y las formas inteligibles por las cuales los objetos son entendidos o conocidos no son sellos o estampas impresas pasivamente en el alma desde el exterior, sino ideas vitalmente desplegadas o activamente ejercidas desde el interior de sí misma.

Si algo fuera meramente pasivo respecto a lo exterior, y sólo recibiera formas ajenas y adventicias, no podría en absoluto conocer, entender o juzgar lo que recibiera, sino que forzosamente sería extraño a ellas, al no tener nada en su interior por cuyo medio pudiera conocerlas. La mente no puede conocer nada, sino a través de lo que le es propio, esto es, lo innato, doméstico y familiar a sí misma. Cuando, en un gran tropel o muchedumbre de gente, un hombre mirando en derredor suyo se encontrase con innumerables caras desconocidas a las que no hubiera visto antes en su vida y, al fin, lograse divisar la cara de un viejo amigo o conocido, al que no hubiera visto o en el que no hubiera pensado en muchos años, se diría en este caso que conoció a ésa, y solo a esa cara en toda aquella compañía, porque no tenía en su interior una forma previa o anticipada de cualquier otra cara, entre las que examinó en su mente. Pero tan pronto como observó aquella cara, inmediatamente revivió y remozó una forma o idea anterior anticipada de ella que atesoraba en su mente, la cual, como si estuviese trabando conocimiento con esa forma nuevamente recibida, se la hizo conocer o recordar. De manera que cuando formas ajenas, extrañas y adventicias son exhibidas a nuestra mente por el sentido, el alma no puede conocerlas o entenderlas de ningún otro modo que no sea mediante algo doméstico y de su propiedad, alguna anticipación activa o prolepsis desde su interior, que reviviendo ocasionalmente y encontrándose con ellas, la mueva a comprenderlas o a trabar conocimiento de las mismas. Y es éste el único significado verdadero y permisible de ese viejo aserto, que el conocimiento es reminiscencia, y no por cierto porque sea el recuerdo de algo que el alma poseyese en un estado preexistente algún tiempo antes de conocerlo, sino porque es la comprensión de las cosas por la mente mediante ciertas anticipaciones interiores que le son propias, algo innato y doméstico a ella, o algo activamente ejercido desde el interior de sí. Y así Plotino, cuando intenta probar que los objetos inmediatos del conocimiento y la intelección no son cosas exteriores a la mente que operen sobre ella a distancia, sino contenidas y comprendidas en la mente misma,

¿Cómo podría la mente de otro modo conocer o juzgar cuándo ha aprehendido realmente que algo sea bueno, que sea honesto o justo, siendo todas estas cosas extrañas a la mente, y llegando a ella desde el exterior? De manera que la mente no podría tener principios o juicio algunos en sí misma en tal caso, sino que éstos serían sin la mente, y la verdad, entonces, también sería sin ella.

(...)

Pues resulta imposible que cualquier conocimiento pueda darse sin una idea objetiva o un concepto de algo conocido incluido en él, o que la intelección (nóesis) deba estar en una facultad, y el concepto (nóema) en otra, una en el intelecto, y el otro en la imaginación. Que el conocimiento deba ser producido activamente desde el interior, y el concepto o idea objetiva recibida lo sea pasivamente desde el exterior; que la mente deba ejercer un acto de conocimiento o intelección sin un objeto, o sobre un objeto sin ella misma, y no comprendido por ella; que la idea del objeto conocido no deba estar comprendida en el conocimiento del mismo. Mientras que, como el propio Aristóteles observó, "El conocimiento actual es en realidad lo mismo que el objeto conocido, o la idea de él", y por tanto inseparable de él. No siendo, pues, nada más que la mente adquiriendo consciencia de alguna idea inteligible en ella.

(...)

Así, puesto que la intelección y el conocimiento no son pasiones originadas en el exterior, sino un ejercicio activo de la mente desde sí misma, de ello se sigue, como Aristóteles observó, que la mente al conocer lo que es inteligible en sumo grado (sfódra noetón), las más radiantes e ilustres verdades, no es por este motivo debilitada o abrumada, como lo es el sentido al percibir lo que es sensible en sumo grado (sfódra aisthetón), como el brillo del sol; sino, contrariamente, gracias a esto resulta fortalecida y más capacitada para comprender verdades menores y de un orden inferior. Puesto que aunque el sentido es pasivo y orgánico, no obstante el conocimiento es un poder inorgánico y activo, un vigor de la mente que cuanto más es ejercitado, más se robustece y extiende.


Ralph Cudworth