Que toda la verdad, toda la realidad, toda la bondad y toda la belleza se concentran en un solo punto: tal es Dios en pocas palabras.
No hay nada que pueda basarse en el ateísmo: ninguna verdad, ningún principio moral o estético. Como no pueden ser la raíz de nada, los ateos presumen de ser el fruto de todo: de la ciencia, de la historia, de la ética. No ven que lo que no está en la raíz tampoco puede estar en el fruto.
Todo el que crea en Dios y reconozca sus perfecciones debe admitir al menos dos cosas:
1) Que si fue un Creador perfecto, no ha lugar a que intervenga en el mundo para corregir los efectos naturales derivados del primer acto de Creación, pues tal implicaría que su obra es mejorable.
2) Que si es un perfecto soberano, no deja que nada ocurra sin que se dirija al mejor fin moral, logrando que de los males puedan extraerse bienes.
Un castigo es bueno si hostiga a los malos o si pone a prueba y enseña a los buenos, mientras que sólo es malo si retribuye a los buenos con un mal del que ningún bien pueden extraer, eliminándolos. Sin embargo, nuestra condición mortal hace que todos, buenos y malos, estemos sujetos en última instancia a este castigo carente de finalidad y de enseñanza, que es consecuencia de una culpa primigenia. Los miles de millones de hombres que pueblan el planeta serán previsiblemente reducidos a la nada en los próximos cien años, con azares distintos, y nadie que no atente contra sí mismo podrá elegir su muerte. Visto así, los desastres naturales sólo son un mal para los malos, que reciben pago anticipado por su maldad y pierden toda posibilidad de reconciliación con Dios, pero no para los buenos, que o bien son fortalecidos en la tribulación, o bien son puestos a salvo de la condenación eterna y encuentran antes un destino que de todos modos no podían evitar.
¡Absurdos ateos! No abrís la boca por la desaparición inevitable de todo el género humano, a la que tenéis por natural, y os rasgáis las vestiduras por un caso particular de mortalidad que afecta a una ínfima parte de los hombres, debida a la misma naturaleza a la que poco antes dabais vuestro beneplácito.
Protestar por los desastres y la muerte muestra falta de fe en quien cree en la justicia eterna, y falta de razón en quien estima que todo obedece a una ciega necesidad.
¡Cuántos ríos tuvimos que pasar hasta encontrar... nuestro camino!
¿Nuestro camino hacia qué Tierra Prometida?
Si nuestro fin es reproducirnos y poblar el universo ("creced y multiplicaos..."), quienes no se reproduzcan o escatimen miembros a su especie en base a consideraciones egoístas cometerán una falta no pequeña.
Si es dominar la naturaleza y someterla a nuestra utilidad ("llenad la tierra, y sojuzgadla..."), los intereses de las demás especies deberán ser absolutamente despreciados en vistas a la consecución del bienestar humano.
Si es adquirir conocimiento y preservarlo, a saber, lo que entendemos por cultura, es un fin que se ha alcanzado desde que el hombre es hombre. Y ello sin ningún esfuerzo merecedor de épica, ya que se seguía de su naturaleza el emplear la memoria y la reflexión en lugar del instinto.
Si es ser racionales y virtuosos en mayor medida que nuestros ancestros, los milenios pasan en vano para los individuos, que nacen tan bárbaros hoy como en el albor de los tiempos.
Si, al cabo, es la civilización en su conjunto la que progresa y se depura, lo debemos a antiguos ideales capaces de trascender los intereses pasajeros y la fascinación por las novedades. Habría, pues, que entonar un cántico reaccionario en lugar de esta balada posmoderna.
Pero, además, ¿de dónde deduce Sagan que nuestro fin sea uno u otro? De la evolución no, ya que se nos ha dicho que es mecánica e indiferente a toda teleología. Luego ¿de qué disciplina o descubrimiento científicos nos llega la buena nueva?
El impulso vigoroso y sin ejemplo que han cobrado las ramas todas de las Ciencias Naturales, cultivadas en gran parte por gentes que fuera de ellas nada han aprendido, amenaza llevarnos a un grosero y torpe materialismo, en que no es lo más escandaloso la bestialidad moral de los últimos resultados, sino la increíble ignorancia de los primeros principios, ya que se niega la fuerza moral y se rebaja la naturaleza orgánica a ser un juego casual de fuerzas químicas. No sería malo que se enterasen estos señores del crisol y la retorta de que la simple química les capacita para boticarios, pero no para filósofos; así como tampoco les vendría mal a ciertos otros señores, que se dedican a Ciencias Naturales, el caer en la cuenta de que se puede ser un consumado zoólogo y tener al dedillo hasta sesenta especies de monos, y sin embargo, si es que no se ha aprendido fuera de eso nada más que el catecismo tomado en bruto, no pasar de ser ignorante, uno de tantos del vulgo. Y esto ocurre con mucha frecuencia hoy. Métense a lumbreras gentes que fuera de su química, su física, su mineralogía, su zoología o su fisiología, nada han aprendido acerca del mundo y sin otro conocimiento alguno que no sea lo que les quede de lo que en sus años juveniles aprendieron del catecismo, si no ajustan bien esos dos fragmentos, vuélvense mofadores de la religión y, en su consecuencia, materialistas groseros. Es fácil que hayan oído alguna vez en la escuela que existieron un Platón, un Aristóteles, un Locke y un Kant; pero como estos señores no manejaron crisoles ni retortas, ni embalsamaron monos, no merecen que se les conozca de más cerca. Echando por la ventana el trabajo mental de dos siglos, filosófase ante el público con medios propios, sobre la base del catecismo de una parte, y de los crisoles, retortas, y registros de monos de la otra. Deberían saber que son unos ignorantes a quienes les queda aún mucho que aprender antes de poderse meter a hablar de ciertas cosas. Todo aquel que se meta hoy a dogmatizar acerca del alma, de Dios, del origen del mundo, de los átomos, etc., con un realismo tan infantil e ingenuo como si no se hubiese escrito la Crítica de la Razón Pura, o no quedase ejemplar alguno de ello, es uno que pertenece al vulgo: despachadle con los criados a que emplee con ellos su sabiduría.
El lenguaje se ha considerado el último bastión de la singularidad humana.
Mentira. Una multitud de animales tiene lenguajes de signos con los que emitir señales reconocibles por el grupo. Estos chimpancés y sus gracietas no van más allá de lo que cabría esperar de un perro espabilado. No veo la novedad por ninguna parte. Me parece una pérdida de tiempo establecer vínculos "genéticos" entre ellos y nosotros cuando es obvio que estos seres no pasan de experimentar triviales sentimientos de glotonería y excitación que ni entienden ni dominan. La humanidad no es una cuestión cuantitativa, como esta torpe investigación presupone.
En apoyo de esta tesis, Reid, que también negaba la analogía entre hombres y brutos:
Siendo las leyes voluntad del pueblo, al obedecerlas se obedece a sí mismo. Luego no obedece a nadie que no sea él. Y, sin embargo, el pueblo es el único soberano absoluto al que se exime de toda responsabilidad política no por su grandeza y sabiduría, sino por su pequeñez y necedad.
Actuar de modo que podamos asegurarnos la aprobación y el reconocimiento de nuestros sucesores en los siglos venideros: he aquí la meta ilusoria del progresismo. Es imposible saber cómo nos juzgará el hombre del futuro, pero sí cabe averiguar cómo nos juzgaría el del pasado, dado que se pronunció claramente sobre asuntos similares. Otorgamos en aras de la modernidad más importancia al hombre imaginario y por venir -al cabo una marioneta y proyección de nuestros deseos- que al hombre real del que procedemos.
Un símbolo no puede atentar contra la libertad religiosa, salvo que sea un símbolo objetiva e intencionadamente insultante. Unas caricaturas en un periódico, pongamos por caso. Ahora bien, si el problema es la financiación pública de iconos, podríamos empezar la criba con la bandera de Europa, de inspiración mariana, o con el tema de la Unión europea de radiotelevisión, el preludio del "Te Deum" de Charpentier, que también deberían molestarnos por las reminiscencias que conllevan.
Pero divago. Asumamos que algunos símbolos son ofensivos para determinadas personas por razón de su fe o falta de ella, y que ello, cuando viene respaldado por el poder público, logra un efecto excluyente en las mismas. En este caso puede irse un poco más allá y exigir la retirada de todo monumento u homenaje a cualquier figura histórica que no compagine con nuestra idiosincrasia. Pues, a no ser que se crea que el estatus de las religiones es superior al de las ideologías o merece más protección que éste, nadie negará, siguiendo el mismo razonamiento, que algunas expresiones artísticas también vulneran la libertad ideológica. La efigie de un rey no es menos aberrante para muchos republicanos que la de Cristo para ciertos ateos.
Propongo, entonces, lo siguiente: que todo símbolo público sea abstracto, ahistórico y no figurativo. Y lo mismo para los discursos institucionales, símbolos al fin y al cabo. Que cada cual vea en ellos lo que desee; que sean todo en todos. Y si a alguien se le ocurre decir que esos símbolos son nada, corra el séquito del emperador desnudo a desmentirlo.