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jueves, 14 de mayo de 2009

Vindicación de la sociedad natural




Cuán lejos la mera naturaleza podría llevarnos es algo que podemos juzgar por el ejemplo de esos animales que aún siguen sus leyes, e incluso de aquellos a los que ha otorgado una disposición más fiera y armas más terribles que las que la naturaleza ha pretendido que usáramos nosotros. Es una verdad incontestable que los hombres han causado más estragos entre los hombres, en un año, que el que han causado todos los leones, tigres, panteras, onzas, leopardos, hienas, rinocerontes, elefantes, osos y lobos en sus varias especies desde el comienzo del mundo, aunque se lleven muy mal entre sí y tienen una proporción mucho mayor de rabia y furia en su naturaleza que nosotros. ¡Pero qué decir de vosotros, legisladores, civilizadores de la humanidad, de Orfeo, Moisés, Minos, Solón, Teseo, Licurgo, Numa! ¡Si hablamos de vosotros, vuestras regulaciones han causado más perjuicio a sangre fría que el que ha causado o podría causar toda la rabia de los más fieros animales en sus mayores terrores o furias!


Burke, parodiando a los defensores de una moral instintiva extraña a la idea de pecado. En ella la culpa jamás es del hombre natural, sino de la cultura.

miércoles, 3 de diciembre de 2008

Atisbo del superhombre


Escribe Nietzsche:

La irresponsabilidad total del hombre respecto de sus actos y a su ser es la gota más amarga que ha de tragar el hombre del conocimiento, una vez habituado a considerar que la responsabilidad y el dolor son los títulos de nobleza de la humanidad. Todas sus valoraciones, atracciones y aversiones se convierten por ello en algo falso y carente de valor: su sentimiento más hondo, el que le acercaba al mártir y al héroe, ha adquirido a causa de eso el valor de un error; ya no tiene derecho alabar ni a censurar, pues no tiene sentido alabar ni censurar a la naturaleza y a la necesidad. Ante los actos propios y ajenos debe proceder como cuando le gusta una obra bella pero no la alaba, porque ésta no puede hacer nada por sí misma, o como cuando se encuentra delante de una planta. Puede admirar su fuerza, su belleza, su plenitud, pero no le es lícito atribuirles mérito: el fenómeno químico, la lucha de los elementos o los tormentos de quien ansia curarse tienen tanto mérito como esas luchas y angustias del alma en las que nos sentimos atenazados por diversos motivos y en diferentes sentidos, hasta que al final nos decidimos por el más poderoso (como suele decirse, aunque en realidad habría que decir: hasta que el más poderoso decide por nosotros). Pero por elevados que sean los nombres que demos a esos motivos, proceden de las mismas raíces en las que creemos que se encuentran los malignos venenos: entre los actos buenos y los actos malos no hay una diferencia de especie, sino a lo sumo de grado. Los actos buenos son la sublimación de actos malos; y los actos malos son actos buenos, pero realizados de una forma tosca y estúpida. Cualquiera que sea el modo como puede obrar el hombre, es decir, como debe hacerlo, éste no desea más que autocomplacerse (unido esto al miedo que tiene a la frustración), ya sea mediante actos de vanidad, venganza, concupiscencia, interés, maldad o perfidia; o mediante actos de sacrificio, de compasión, de entendimiento. (...) Si la voluptuosidad, el egoísmo y la vanidad son necesarios para la producción de los fenómenos morales y para que alcancen su más elevada floración, el sentido de la verdad y de la justicia del conocimiento: si el error, el extravío de la imaginación ha sido el único medio por el que ha podido ir elevándose paulatinamente la humanidad hasta este grado de claridad y de autoliberación, ¿quién iría a entristecerse al divisar la meta adonde llevan estos caminos? Es cierto que en el terreno de la moral todo se modifica y cambia, que es incierto y está en constante fluctuación, pero también es verdad que todo fluye y que se dirige a un único fin. Aunque siga actuando en nosotros el hábito hereditario de juzgar, amar y odiar erróneamente, cada vez se irá debitando más por el creciente influjo del conocimiento: en este mismo terreno nuestro se va implantando insensiblemente un nuevo hábito: el de comprender, el de no amar ni odiar, el de ver desde lo alto, y dentro de miles de años será tal vez lo bastante poderoso para dar a la humanidad la fuerza de producir al hombre sabio, inocente (consciente de su inocencia), de un modo tan regular como hoy produce al hombre necio, injusto, que se siente culpable, es decir, su antecedente necesario, no lo opuesto a aquél.


La antropología del superhombre no sería posible sin la convicción de que el individuo carece de substancia, no siendo más que voluntad de poder. De ahí nace un ideal darwinista diáfanamente expresado por Nietzsche con la famosa metáfora de la "cuerda tendida", en la que la ateleología radical de su pensamiento se permite una excepción lírica muy significativa. La voluntad toma control de sí misma, pues, y se promete confiar en el instinto como fuente segura de una felicidad y una justicia inmanentes. Todo fracaso particular es ignorado en atención a la marcha general de la especie, en la que los mejores no pueden más que acabar imponiéndose.

Ahora bien, contra el apostolado del progresismo bastaría constatar que no sólo el hombre no encuentra siempre su satisfacción, sino que no la busca casi nunca de un modo coherente. Y que, en lugar de una voluntad de poder, poseemos una voluntad de frustración que es la antítesis de la inocencia nietzscheana, según él mismo reconoce. Es curioso que Nietzsche se olvide de su propio dictum, en base al cual "si la humanidad tuviese un fin, ya lo habría alcanzado" (El ocaso de los ídolos). O que confiera a la cultura un doble papel de engañadora y salvadora de la especie, de envilecedora y purificadora de su inercia hacia la emancipación. O que ceda -¡él!- a un intelectualismo socrático en el que sólo quepa "comprender", "no amar ni odiar".

Este exceso de atribuciones a lo artificial parte de una sobrevaloración de lo natural y lo objetivo, en detrimento de lo subjetivo e irrepetible: es su consecuencia lógica.

* * *

Coda:

Pretendemos impulsar eventos, presentaciones, conferencias y publicaciones atractivos para el entorno social que comparte los valores del pensamiento crítico y el naturalismo positivo, con el fin de poder combatir conjuntamente el pensamiento fláccido y las malas prácticas que erosionan nuestro potencial evolutivo como sociedad.

Tercera Cultura.

sábado, 3 de mayo de 2008

No es cultura


Los videojuegos sólo pueden llamarse cultura en un sentido muy laxo y discutible, en tanto que recreo gratuito del espíritu. Si arte es aquello que se hace para ser admirado, los videojuegos son arte, indudablemente. Ahora bien, la cultura exige que lo que la integra sea socialmente transmisible, y el videojuego no cumple este requisito. No lo cumple porque no hay videojuegos “en sí”, siendo cada uno de ellos un producto abierto a la interacción individualizada. Para entendernos, ninguna partida es la misma. Los elementos comunes a todas las partidas y apreciables por el jugador (gráficos, música, diálogos, etc.) no son el videojuego, sólo sus elementos constitutivos, que ni lo explican ni lo agotan.

Eso no quita que uno pueda divertirse muy legítimamente con videojuegos. Y con los toros. Y lanzando piedras a un lago. Pero de estos tres sólo uno es cultura, y está vetado en Público.

Así pues, aunque en base a lo ya argumentado niego que el videojuego sea cultura, opino como muchos que ésta, dada su dimensión ética y su ánimo de perdurabilidad, no puede estar más allá de la moral (cuestión aparte es que matar animales por placer estético sea aberrante, tesis que no acepto). Ahora bien, en este caso, ¿por qué Escolar, que en todo lo demás sigue la agenda del feminismo radical, promociona un juego que él mismo no duda en calificar como sexista? La ficción no es en absoluto una excusa. Yo como cristiano jamás avalaría ninguna manifestación artística que se burlase de la cruz.

Esta actitud hipócrita puede venir dada por la misma personalidad de Escolar, o bien por las exageraciones mojigatas de las feministas, o finalmente por el hecho de que al no ser cultura, el juego es puro entretenimiento inane y, por tanto, está más allá de la moral.

miércoles, 30 de abril de 2008

Cultura


Concedo que la idea de una cultura primigenia, particular y venerable es falsa, un trasunto sofisticado de los dioses lares. La auténtica cultura está por encima de la ideología y del narcisismo, pertenece al progreso de la humanidad. Es un fruto de la civilización y, por tanto, de la razón común. No actúa como fundamento, sino como techumbre: pueden existir civilizaciones bárbaras, pero tienen sus días contados.

De todos modos diría que Eduardo ha querido ir más allá de la mera crítica al folklore al plantear esta reflexión. Y no creo aventurar mucho si asumo que el rechazo del concepto "objetivo" de cultura se dirige en realidad contra las que vendrían a conocerse por el nombre de ciencias del espíritu, que él imagina reductibles a procesos evolutivos. La denuncia de esta supuesta hipóstasis ilegítima llamada "cultura" tiene, pues, una clara intencionalidad autoapologética para el materialista.

La cultura, empero, es substancial como substancial es la razón, si bien ambas se expresan por canales sesgados -canales humanos. La misma palabra "formación" (Bildung) apela a la forma, un concepto platónico, intersubjetivo y hasta cierto punto místico. Cultura, que es trabajo en latín, refiere a su vez a aquello por lo que es digno esforzarse, al sufrimiento que ennoblece al industrioso, incluso al animal industrioso; al sacrificio, en fin, que libera al hombre de su destino miserable, según Hesíodo y más tarde Virgilio en sus Geórgicas.