sábado, 27 de agosto de 2022


Que existe una materia común a todos los seres sensibles se infiere de la impotencia de la nada para originar o destruir el ser. Así, los seres que se generan y corrompen en la naturaleza no surgen de la nada ni van a la nada. Luego hay algo común entre el ser corrompido y el ser originado a partir de él.

Dicha materia común, al ser sede de todos los opuestos que se dan en los seres sensibles, carece de cualidad y de magnitud. Su existir es su obrar, esto es, su permanecer igual a sí misma y posibilitar el cambio en todo lo material.

La materia primera así definida, estando desprovista de cualidades materiales y siendo el presupuesto de todas ellas, no puede ser causada por un ente material determinado, ya que lo posterior no es causa de lo anterior. Tampoco por un ente indeterminado, toda vez que no hay materia indeterminada fuera de ella y no cabe que se cause a sí misma. Luego o bien es incausada, o bien causada por un ser inmaterial.

Si la materia primera es incausada será por ello necesaria e infinita, pues no tendrá nada que preceda a su existencia ni nada que se le oponga. Además, si es siempre y en todas partes, debe ser homogénea, es decir, igual a sí misma en cualquiera de sus extremos. Ahora bien, al no tener cualidades y ser igual a sí misma, no será causa de las cualidades opuestas que le sobreyacen, que deberán atribuirse a las formas o números. No siendo la causa de dichas cualidades ni de las formas, síguese que no es infinita, ya que a su suma indeterminación se opone la determinación de las formas. Ahora bien, si la materia primera no es infinita, entonces no es siempre y en todas partes (no es en las formas), por lo que no es necesaria. Tampoco es causada por la nada, de la que ya hemos afirmado su impotencia. Por tanto, es causada por un ser inmaterial.


Dios es totalmente incomprensible y no es comprensivo de nada. En efecto, Dios nada comprende porque su Segundo, la Inteligencia, es incomprensible. Sin embargo, ésta no es totalmente incomprensible, ya que por su cualidad intelectiva debe medir lo susceptible de ser medido, siendo así que la medida es comprensible o asimilable a la unidad, sin ser la unidad misma. Luego Dios no piensa y por Dios todo es pensado.


Toda cualidad simple finita existente conlleva la existencia de la cualidad opuesta.

Lo inestable, la materia continua y sin medida, existe. Luego lo estable, el número discreto, existe.

La existencia de todo número radica en ser inmutable y comprensible.

Lo comprensible presupone a lo comprensivo. Luego, si lo comprensible existe, existe lo comprensivo.

Lo totalmente incomprensible o bien es una nada y no existe en absoluto, o bien es infinito y existe por sí mismo.

La suma de todos los seres inmutables y comprensibles es inmutable, incomprensible y comprensiva. Si fuera comprensible estaría dentro de sí misma y sería mayor y menor a sí misma, lo que es absurdo. Si no fuera comprensiva, no comprendería todos los seres inmutables comprensibles, lo que va contra su definición. Por otro lado, al contar con la cualidad de ser comprensiva, no podemos afirmar que sea totalmente incomprensible, ya que la comprendemos como comprensiva.

En consecuencia, en tanto es incomprensible, esto es, no comparable a la unidad, no es un número. Pero en tanto es comprensiva de todo cuanto es comprensible, esto es, mayor que lo comprensible y por ello comparable a la unidad, es un número. 

De lo anterior se sigue que la suma de todos los seres inmutables y comprensibles no es y es un número. No lo es por su propia naturaleza, que entraña la adición al infinito de todos los seres finitos, pero lo es por participación en el Uno, es decir, en el inmutable infinito.

En otros términos, la suma de todos los seres discretos existentes no existe como número y existe como número. No existe por su propia naturaleza anumérica, pero existe por participación en el Uno. Luego el Uno, que le da la existencia, existe; y dado que existe allende los límites de la suma de todos los seres comprensibles, que como tales son finitos, existe infinitamente.

viernes, 26 de agosto de 2022


Plotino deduce la existencia de Dios, el ser inmutable e infinito, a partir de las ideas en tanto seres inmutables y finitos:

- Todo lo compuesto puede reducirse a lo simple, así como reducimos los cuerpos materiales y continuos a números inmateriales y discretos.

- Lo simple y definido es la medida de lo compuesto e indefinido, esto es, su forma.

- Las formas también tienen forma, ya que pueden ser abarcadas por una definición común a todas ellas, a saber, la de ser entes inmutables y comprensibles.

- Ahora bien, siendo necesariamente comprensibles, las formas están comprendidas por algo que es informe, ya que no puede ser una forma el que es la suma de todas ellas.

- Sin embargo, este ser está a la vez dotado de forma, dado que nada que carezca de forma o medida puede ser comprensivo de otra cosa.

- En consecuencia, el sustrato de las formas no tiene y tiene forma. No la tiene por naturaleza y la tiene por participación.

- Por tanto, el ser que comprende todas las formas inmutables, siendo finito (pues lo infinito es incomprensible) y no siendo formal en sí sino por otro, obtiene su forma de un ser anterior, el cual es inmutable e infinito. Este Ser Primero, el Uno, no es mutable, ya que, de serlo, no podría dar a la forma su carácter formal, esto es, simple y siempre igual en medida, por cuanto nadie da lo que no tiene; y no es finito, pues si fuera finito sería comprensible y estaría necesariamente comprendido por el sustrato de todas las formas, participando en él en lugar de ser participado por él.


Las formas inteligibles tienen algo común entre ellas por lo que reciben la misma denominación, y algo distinto en base a lo cual se separan la una de la otra. Son formas inteligibles por ser inmutables y estar comprendidas en la Inteligencia; y son tal o cual forma inteligible por su relación entre ellas, como el número siete es tal por ser siete veces uno.

Por tanto, la inmutabilidad y la comprensibilidad son condiciones necesarias de la existencia de las formas o ideas. Así, algo meramente inmutable no es una idea salvo que sea también comprensible, ya que de no verificarse este extremo habrá que caracterizarlo como un ser infinito, exento de límites; ni algo meramente comprensible lo será tampoco si no es a la vez inmutable, pues de no darse el caso será un fenómeno en el perpetuo flujo del continuo. Ahora bien, mientras que un ente es inmutable respecto a sí mismo, al carecer de devenir, será en cambio comprensible en relación a otro en el que se halle comprendido. En consecuencia, el sustrato común de las ideas es el ente que las comprende.

Este sustrato, al que Plotino se refería como la materia de las formas, no admite escisión espacial o temporal, pues es escindido en virtud de la alteridad de las formas entre sí. Dicha materia intelectual será por ello informe, al ser previa a las formas y estar capacitada para recibirlas, y mayor que las formas, al comprenderlas a todas. Es decir, la Inteligencia de todas las formas será informe y, sin embargo, tendrá forma, en atención a que lo que carece de forma no puede ser mayor ni comprender aquello que es menor. Por lo que es forzoso admitir que será informe en sí y tendrá la forma por otro, a saber, por el Uno, que está más allá de la Inteligencia. Luego el Uno es la Forma que informa a la forma de todas las formas.

jueves, 25 de agosto de 2022

La emanación del Ser en Plotino discurre a través de tres estratos:

BIEN EXENTO DE MAL (BIEN EN SÍ): 


- Uno: indivisible trascendente, ser absoluto, ni inmóvil ni móvil, ni inteligente ni inteligido, orden, fuente de todo bien.

- Inteligencia: indivisible inmanente primero, imagen inmediata del Uno, inmóvil, inteligente en sí e inteligido en sí, ni ordenador de otro ni ordenado por otro, suma autopensante de todas las formas.

- Providencia: indivisible inmanente segundo, imagen inmediata de la Inteligencia, inmóvil, no inteligente en sí e inteligido en sí, ordenador de otro pero no ordenado por otro, causa primera heteropensante y autoordenada de todos los entes materiales.

PARTICIPANTE DEL BIEN Y DEL MAL:

- Mundo (materia determinada): divisible y causado, efecto inmediato de la Providencia, móvil, ni inteligente ni inteligido en sí (inteligente por la Inteligencia, inteligido por la Providencia), ordenador de nada y ordenado por otro, suma de todas las causas segundas.

1) Astros: Móviles, ordenados por otro e impasibles.
2) Almas racionales: Móviles, ordenadas por otro y pasibles. Se conforman con el Uno y la Inteligencia.
3) Almas sensitivas: Móviles, ordenadas por otro y pasibles. Se conforman con la Providencia.
4) Almas vegetativas: Móviles, ordenadas por otro y pasibles. Se conforman con la Providencia.
5) Materia inerte: Inmóvil, ordenada por otro y pasible. Se conforma con la Providencia.

MAL EXENTO DE BIEN (MAL EN SÍ): 

- Materia indeterminada: indivisible e incausada, causa deficiente del mundo, inmóvil, ininteligible, inordenable, caos y fuente de todo mal.


El ser del Uno es para Plotino un conservarse a sí mismo y un emanar lo inferior a sí mismo. Al no admitir ningún tipo de multiplicidad no puede pensarse a sí mismo, ya que en ese caso sería junto con el producto de su pensamiento, esto es, sería inteligente e inteligible.

El ser de Dios es para Lulio un conservarse a sí mismo infinitamente bueno, grande, etc. y un crear lo inferior a sí mismo. La conservación de sí por parte de Dios conlleva en Lulio un acción no reflexiva, toda vez que el bonificar, el magnificar, etc. requieren un objeto distinto a sí mismo, pues el que es todo no puede recibir nada. Y dado que Dios es máximamente bueno porque bonifica máximamente, máximamente grande porque magnifica máximamente, etc., Dios necesita a otro Dios para ser Dios, pues si bonificara, magnificara, etc. a un ser inferior a Dios, no obraría máximamente ni existiría máximamente; y, dado que su existir es su obrar, no sería Dios.

Puede parecer que Lulio resuelve mejor que Plotino la cuestión sobre la naturaleza de Dios. Así, no bastaría para Dios con conservarse a sí mismo, ya que éste es un obrar mínimo, sino que requeriría un obrar máximo por el que irradie eterna y necesariamente todas sus perfecciones. Ahora bien, si Plotino entendió que el autoconservarse de Dios es un autobonificarse, automagnificarse, etc. sin añadir nada a su ser ni salir de su irreductible unidad, del mismo modo a como el Dios trinitario no se escinde ni se degrada en la procesión de sus distintas personas, se estaría diciendo lo mismo con palabras diferentes.


La paradoja de Plotino es que entiende al Uno como acto puro que es al mismo tiempo potencia de toda realidad segunda. Siendo acto sin potencia es potencia de lo que es potencia sin acto. Así pues, en el orden de lo creado todo acto es asimismo potencia de un acto ulterior, por lo que no es acto en sentido eminente. De modo semejante, todos los seres creados son uno en tanto individuos y son a su vez parte de un ser mayor, por lo que no son uno en sentido eminente.

Dios es la posibilidad de que el ser se concrete en la nada.


El Ser total no es el Uno absoluto, pues contiene a todos los seres y es por esta razón múltiple. Por tanto, el Uno no es el Ser total, sino que el Ser total es uno por participación en aquél y por la comunión de los seres que el Ser total contiene.

La Inteligencia tampoco es el Uno, ya que se piensa a sí misma, siendo a la vez pensante y pensado. Por tanto, el Uno no es la Inteligencia, sino que la Inteligencia es una por participación en aquél y por la comunión de las formas que la Inteligencia contiene.

Por consiguiente, el Uno está más allá del Ser y de la Inteligencia. No es parte del conjunto de los seres o de las formas, ni la suma de todos ellos. No es ni ser ni inteligencia, mientras que toda inteligencia y todo ser penden de él.

En el cristianismo la trascendencia del Uno se refleja en el misterio de la Trinidad, aunque a diferencia de lo que sucede en la metafísica plotiniana no se establece una jerarquía entre el Uno, la Inteligencia y el Ser total, sino que las tres personas divinas son la misma realidad suprema: El absoluto indivisible, acto puro y fuente de todo bien (el Padre), la reflexión intelectual de éste sobre sí mismo (el Hijo) y el vínculo entre ambos (el Espíritu Santo). 

Tanto en Plotino como en la teología cristiana lo múltiple no se da en la mente de Dios y, por consiguiente, tampoco la pluralidad de ideas. Ésta es una consecuencia de la creación, la cual supone la disgregación del ser mediante su mezcla con la nada. De ahí que no se llegue a Dios con la sola ayuda de abstracciones y razonamientos, siendo éstos parte de la vía purgativa y la iluminativa. Es preciso vaciarse por completo para imitar en la medida en que la naturaleza lo permita la suma simplicidad de Dios a fin de provocar que el alma, regresando a su origen, rememore la unidad con su creador.


Prosigue Plotino: Si lo continuo (la materia) es cantidad, lo discontinuo (las formas separadas, los números) también lo es, pues lo continuo se vale de lo discontinuo como de medida. Es decir, puesto que la materia es cuanta por los números y los números son cuantos por el Uno, no cabe sostener que la materia sea más real que los números, sino más bien todo lo contrario.



Y si alguno dijera que aun el uno, sin padecer nada y por el hecho de sumársele otro, ya no sería uno, sino dos, no hablaría acertadamente. Porque no es el uno el que se hizo dos -ni el uno al que se le sumó el otro ni el uno que se sumó-, sino que cada uno de los dos permanece tan uno como era, sólo que el dos se predica de ambos juntos, mientras que el uno se predica de cada uno de los dos en cuanto siguen separados. El dos y la díada no consisten, pues, por naturaleza en una relación. Si el dos resultara de la unión y la unión se identificara esencialmente con la producción de dos, el dos y la díada consistirían sin duda en la tal relación. Pero, de hecho, el dos reaparece en el fenómeno contrario, ya que, al partirse una cosa una, se hace dos. El dos no es, pues, ni unión ni partición, como para poder ser relación. Y el mismo razonamiento es valedero para todo número. Porque cuando es la relación la que produce una cosa, es imposible que la relación contraria produzca la misma cosa de tal manera que esta cosa se identifique con la relación.

Plotino

martes, 23 de agosto de 2022

 

¿Un mundo sin números sería uno, múltiple, ambos o ninguno de los dos? Si es uno, no excluirá al número. Si es múltiple, será más de uno y tampoco será anumérico. Si es ambos, será igualmente numérico. Y si no es ninguno de los dos, será no uno y no múltiple, es decir, no uno y no más de uno; luego será menos de uno y no será nada. En consecuencia, un universo anumérico es imposible. Por tanto, si este universo o cualquier universo existen necesariamente, los números existen necesariamente; y si este universo o cualquier universo existen contingentemente, los números existen necesariamente, ya que carecen de causa y son siempre y en todo.

No es cierto que uno y ente sean términos mutuamente convertibles. El ente puede ser múltiple y el uno no ser ente. Pero, de ser el caso, el ente no será estable ni pensable. Ya he señalado a qué aporías nos conduce una aseveración de este tipo, puesto que incluso la inestabilidad necesita de la estabilidad del ser para ser siempre inestable.

Ahora bien, si el uno existe, todo número existe, ya que la unidad contiene virtualmente todos los números. En la proposición Pedro, Pablo y Juan son tres hay cuatro seres: Pedro, Pablo y Juan, que son uno una vez, y el tres, que es uno tres veces. Si admitimos que los números son seres necesarios (éste es, en efecto, el quid de la cuestión), tal no conllevará multiplicar los entes sin necesidad, sino que se hará por necesidad.

Además, si los números dependen de la existencia de los particulares y significan sus relaciones, no será posible establecer relaciones numéricas entre particulares que no existan ni puedan existir. Pero esto es evidentemente falso. Puedo establecer relaciones entre conceptos cuya misma noción excluye la existencia, como el concepto de ser inexistente, y decir que dos seres inexistentes representan una cantidad mayor que un ser inexistente. La existencia o inexistencia de lo numerado es irrelevante en este sentido.

Si, por el contrario, la existencia fuera un factor determinante, sería conveniente definirla de algún modo. No por cierto como el ser extenso o el ser temporal, ya que una relación no es extensa, puesto que no se ve incrementada cuando aumentan de tamaño los términos que relaciona; ni sufre afectación según el movimiento de éstos, suponiendo que tal relación nada tenga que ver con el movimiento. En fin, tampoco podrá decirse que el existir de la relación consiste en establecer vínculos lógicos entre seres existentes, pues en este caso no se estará dando una definición unívoca de existencia, habida cuenta que los seres existentes no tienen las mismas propiedades que sus relaciones.

Entonces, salvo que el realista logre dar con esta definición, tal vez será más fácil para él concluir que las relaciones nunca son existentes, considerando que no ocupan espacio ni están sujetas al devenir. Pero esto lo aboca a la dificultad insuperable de que exista un universo anumérico que no sea ni uno ni más de uno y, sin embargo, sea algo y sea más que cero.



Si no hay "uno", tampoco hay "otro". Nada es uno ni otro, nada es hombre ni no-hombre, y nada existe verdaderamente o, por mejor decir, nada existe en absoluto. Puesto que lo que existe aparentemente lo hace gracias a lo que existe verdaderamente.


Según Plotino, el número no puede ser negado con el pensamiento, ya que subyace a todo pensamiento:

Si, pues, ni siquiera es posible pensar algo sin el uno, o sin el dos, o sin algún número, ¿cómo puede dejar de existir aquello sin lo que no es posible pensar o decir algo? Porque decir que no existe lo que, si no existe, ni siquiera puedes pensar o decir una cosa cualquiera, no es posible, antes bien lo que se precisa en cada caso, para la formación de todo pensamiento o lenguaje debe existir previamente al lenguaje y al pensamiento, porque así es como puede ser utilizado para la formación de los mismos.

 


Hay que admitir, por tanto, que, en general, todo atributo que se predique de una cosa o le viene a esa cosa de otro o es un acto de esa cosa. Y si es de tal naturaleza que no esté unas veces presente y otras ausente, sino que esté siempre con aquella cosa, si aquella es sustancia, también el atributo será sustancia, y no menos sustancia que aquella. Pero si no se nos concede que sea sustancia, en todo caso será del número de los entes y será ente. Y si aquella cosa puede ser concebida sin su acto, no por eso el acto dejará de ser simultáneo con aquélla, aunque colocado por nuestra mente como posterior a ella. Pero si la cosa no puede ser concebida sin aquel atributo -por ejemplo el hombre no puede ser concebido sin su unidad- entonces el atributo o no es posterior a la cosa, sino simultáneo, o es anterior a ella, para que por él pueda existir ella. Pues bien, nosotros decimos que la Unidad y el Número son anteriores a los Seres.

Plotino razona así:

- Todo atributo de un ente es o bien acto del ente o bien acto de otro ente.

- Si un ente no puede ser concebido sin dicho atributo, como el hombre no es concebible sin su unidad, el atributo será el acto de otro ente, pues el ente no puede obrar antes de ser. Asimismo, tal atributo será simultáneo o anterior al ente.

- Puesto que múltiples entes no pueden ser concebidos sin su unidad y existen en tiempos distintos, se sigue que la unidad es anterior y preexiste a todos ellos.


Si los números no existieran, el mundo podría existir como fenómeno y ser objeto de experiencia, pero no de conocimiento. Es lo que antes he llamado semiexistencia, ya que cumpliría el requisito de condicionar otros seres (esto es, a los elementos del mundo entre sí o a la mente que observara al mundo) e incumpliría el de ser igual a sí mismo.

Sin los números no podría medirse el movimiento y quedaría abolida la ciencia física. Como no cabría dar razón alguna por la que se cuantificara el paso de un estado a otro ni dispondríamos de referencias invariables para comparar el número de hechos en uno y otro estado, lo anterior y lo posterior se confundirían, alternándose en nuestra imaginación sin orden ni claridad.

Con todo, no creo que la hipótesis de una realidad anumérica sea siquiera posible. Si, suprimidos los números, todo cuanto acontece es inestable, al menos el "es" de la proposición debe ser estable para que la inestabilidad se mantenga congruente consigo misma, pues de lo contrario habría en ella intervalos de estabilidad y, por tanto, de cuantificabilidad y numeralidad. Luego el ser debe ser estable para que quepa la inestabilidad en lo fenoménico. Ahora bien, decir que el ser es estable equivale a decir que el ser es; y esto es lo mismo que afirmar que el ser es uno. Luego, en cualquier caso, los números son indestructibles, ya que al intentar destruir la pluralidad emerge el Uno, que es su fuente.

lunes, 22 de agosto de 2022


El ser infinito es indeficiente, es decir, está todo por igual en todas partes por razón de ser causa primera y absoluta de cuanto existe. Pues si algo estuviera en parte en cada parte del todo, no sería todo en todo, sino parte en todo. Así, lo inextenso creador está íntegro en cada ápice de su creación, aunque cada ápice no esté en su creador inextenso, al estar mezclado con la nada.

El universo es la suma de lo que es extenso y temporal. Ahora bien, ni toda la extensión está en cada parte de lo extenso ni todo el tiempo en cada parte de lo temporal. Luego el universo es un ser finito y deficiente.


Habida cuenta de que lo extenso finito presupone la existencia de lo inextenso finito, se dan las siguientes posibilidades: o bien ambos son sin causa, o bien alguno de ellos es sin causa, o bien ambos tienen una causa distinta, o bien ambos tienen una causa común.

- Si ambos son sin causa, ambos serán causa de sí mismos y necesarios. Siendo necesarios, serán infinitos, esto es, serán en todas partes y no podrán no ser. Ahora bien, puesto que lo extenso y lo inextenso son finitos, esto es imposible.

- Si alguno de ellos es sin causa, alguno de ellos será infinito, lo que hemos convenido ser imposible.

- Si ambos tienen una causa distinta, deberán ser causa el uno del otro, lo que es absurdo. Pues, si nada es causa de sí mismo y nada es causado por la nada, sólo lo inextenso puede ser causa de lo extenso y sólo lo extenso puede ser causa de lo inextenso.

- Por exclusión de las anteriores, ha de afirmarse que lo extenso e inextenso finitos tienen una causa común infinita y trascendente, más allá de la extensión y de la inextensión.

domingo, 21 de agosto de 2022


Todo lo que es tiende a ser infinitamente mientras no se le oponga su contrario. Ningún ser tiende a su propia nada. Si el fuego no encontrara resistencia y tuviera qué quemar, lo quemaría todo; si ningún impedimento detuviera al agua, lo anegaría todo. De la misma manera, si el universo careciera de opuesto se expandiría en una extensión de tiempo infinita. Por ello perpetúa su existencia en el futuro, pues desde que empieza a existir nada se le opone. Sin embargo, del hecho de que el universo no retroceda en el pasado infinitamente, dado que el intervalo de tiempo transcurrido desde que dio comienzo hasta ahora es finito, debemos inferir que tiene un opuesto. Si el mundo es extenso y temporal, su opuesto es lo inextenso e intemporal.


Si existir fuera ser extenso y temporal, entonces existir sería extenderse y devenir. Pero para extenderse y devenir, o para obrar en cualquier modo, hay que ser, esto es, hay que existir como sujeto. Observa que mientras que el extenderse y el devenir son cuantitativos, admitiendo un más y un menos, el ser o el no ser son cualitativos, admitiendo sólo un sí o un no. De lo que cabe inferir que el ser o -lo que es lo mismo- el existir como sujeto no pueden reducirse al extenderse o al devenir, sino que comprenden la esfera de todo lo que el sujeto hace, esto es, de todo lo que obra, entendiendo por obrar el conservar el propio ser o condicionar el ser de otro. En consecuencia, el ser y el obrar son simultáneos, y nada existe si no obra, a saber, si no se conserva a sí mismo y si no condiciona a aquello con lo que coexiste. Por consiguiente, obrar es existir y existir es obrar.

Sentado lo anterior, habría que examinar si sólo los particulares obran, entendiendo por tales los seres que son en el espacio y en el tiempo. Y es obvio que éste no es el caso, ya que si lo extenso es finito diremos que está limitado por lo inextenso; y si lo temporal es finito, fuerza será conceder que lo limita lo intemporal. El limitar de lo inextenso y de lo intemporal es un obrar, y de ahí se sigue que lo inextenso y lo intemporal existen en la medida en que se conservan a sí mismos y condicionan a los coexistentes. Pues, de lo contrario, éstos, al carecer de oposición, lo serían todo y no tendrían límites.

Además, si el pensar es un obrar y lo pensado es una parte del pensar, va de suyo que lo pensado es una parte del obrar. Ahora bien, si el obrar es existir, lo pensado será también una parte del existir. En el ejemplo anterior, los límites de lo extenso son conceptuales, es decir, no son límites que estén en lo extenso y que puedan ser objeto de experiencia sensorial. Sin embargo, he concluido que son límites existentes, pues de no serlo lo extenso sería infinito, y no lo es, o estaría limitado por un no-ser, lo que conlleva admitir el siguiente absurdo: que lo que no es obra algo en lo que es. Por tanto, no es cierto que lo meramente pensado o pensable sea inerte y fantasmagórico. 

Para poder pensar cualquier número se precisa que éste sea idéntico a sí mismo y distinto a otros, esto es, que conserve el propio ser y condicione el ser ajeno. Así pues, lo numérico estaría en las coordenadas de lo que he definido como existente. La materia y los seres compuestos por ella, en cambio, se diría que no están perfectamente comprendidos en esta definición, ya que, aunque se condicionen recíprocamente, nunca son iguales a sí mismos. ¿Afirmaremos entonces que lo material conforma un género híbrido de semiexistencia en el que la apariencia y la realidad se entremezclan? No lo afirmaremos precisamente porque los números existen y son el fundamento de la existencia de lo material. Sería legítimo afirmar que la materia es inexistente si fuera absolutamente desigual a sí misma, como lo es en figura, tamaño y lugar, al estar en perpetuo flujo. Pero la materia es igual a sí misma en el sentido de que nunca es más o menos que ella misma, puesto que se mantiene en su número.


Si la pluralidad es causa de la pluralidad -sostiene Damascio- se procederá en círculo y todo será causa de sí mismo, mas nada será causa de la pluralidad. Ya que, si cada parte de la pluralidad se causa a sí misma circularmente, ninguna parte de la pluralidad necesitará de otra para ser causada, por lo que el todo carecerá de la causa total que le otorgue coordinación. Ahora bien, existe coordinación en el todo, según observamos en el orden presente en la naturaleza. Por tanto, la pluralidad no es causa de la pluralidad, sino que lo es Dios, la unidad trascendente.

viernes, 19 de agosto de 2022


Plotino defendía que nada simple puede ser sujeto y objeto de una misma acción. Tal se desprende del hecho de que el sujeto es causa de su acción y, por tanto, superior a ella, pero no superior a sí mismo. Así, una parte del hombre puede concebir a las demás, pero no a sí misma. Semejantemente, si a un ser le fuera dado el poder devorar todo su cuerpo, debería detenerse en aquel órgano que le permite devorar, no siendo posible que sus fauces entraran en sus mismas fauces.

Por lo anterior, en la teología plotiniana el alma, por ser simple y carecer de partes, no puede pensarse a sí misma por sí misma. Sólo puede lograrlo mediante la Inteligencia, en una suerte de arrebato místico por el cual su parte no discursiva asciende hasta aquélla y deposita en su propio conocimiento lo que allí ha visto. Y esto es así porque en la Inteligencia la intelección y lo inteligible son lo mismo, la suma de todas las formas, sin que se dé una escisión entre el contemplante y el contemplado, ya que la autocontemplación de la Inteligencia no le viene de sí misma, sino del Uno. De ello resulta la siguiente paradoja: el Uno, que por su suma simplicidad no puede contemplarse, es la fuente de toda contemplación, trascendiendo el contemplar y el no contemplar.


Si en la proposición Todo es inestable el es fuera inestable, se seguiría que Todo es inestable y todo no es inestable, lo que es absurdo. Luego, para que la proposición Todo es inestable sea verdadera el es debe ser estable en su enunciación afirmativa y aquélla ha de circunscribirse a un todo que excluya al ser que es por sí. Por tanto, para que algo pueda ser inestable el ser debe ser estable. De donde se infiere que lo inestable no es el todo y participa del no-ser. Ahora bien, si la materia es inestable, nadie podrá afirmar que la materia es el todo o el ser.

Si, por el contrario, quisiera sostenerse que Todo es estable y todo es materia, será preciso examinar si un aserto de esta índole resulta congruente. La materia, incluso tomada en su conjunto en toda la extensión del universo, nunca es igual a sí misma en sus cualidades materiales, puesto que cambia de forma, tamaño y lugar. En cambio, sí es igual a sí misma en sus cualidades ónticas, pues nunca es superior o inferior a sí misma. En consecuencia, quien tal pretendiera debería afirmar que la materia, que lo es todo, es estable e inestable, refutando su propia tesis e incurriendo en contradicción, toda vez que nada es superior a sí mismo y, sin embargo, lo estable es superior a lo inestable en atención a que tiene más ser, al ser más duradero y estar menos condicionado. 

En suma, cualquier sistema filosófico basado en que la materia es el todo, ya se conciba ésta como estable o como inestable, es falso.

Spinoza intentó resolver estas aporías postulando una materia estable (la sustancia) como fundamento de una materia inestable (los modos). Lo que es tanto como postular una materia inmaterial y una materia material, o como afirmar que la materia es estable e inestable, superior e inferior a sí misma al mismo tiempo.


En la teología de Plotino las emanaciones proceden descendentemente desde el primer principio.

El Bien (Urano, Dios) es absolutamente Uno, trascendente e ininteligible. Engendra a la Inteligencia a partir de sí mismo y la materia a partir de la nada.

La Inteligencia (Crono, el Demiurgo) es Unimúltiple, o la esfera mental que contiene todas las ideas, sustancial e inteligible. Es una por ser inmaterial, el denominador común de todas las ideas (la verdad), y múltiple por comprender una pluralidad de esencias. Engendra al Alma a partir de sí misma y contiene el ser formal de todo lo que es.

El Alma (Zeus, la Providencia) es Una y Múltiple, o el principio rector del universo, sustancial y suprasensible. Es una por ser inmaterial, el denominador común de todas las cosas (el nexo causal), y múltiple por comprender una pluralidad de entes. Engendra las realidades inferiores a partir de la Inteligencia y la materia.

El razonamiento de Plotino es el siguiente:

- Nada procede de sí mismo ni de la nada.
- Por tanto, lo inferior procede de lo superior.
- Lo permanente es superior a lo inestable.
- Por tanto, lo inestable procede de lo permanente.
- Por tanto, lo absolutamente superior es permanente; no procede de nada y todo procede de él.

Lo superior a todo -el Uno- no procede de nada ni puede ser objeto de ciencia, al no participar de las ideas contenidas en la Inteligencia ni estar vinculado a la materia regida por el Alma.

Esta conclusión parte de la misma premisa que la metafísica de Heráclito: Si todo fluye, entonces todo es con todo; y este ser del todo consigo mismo es invariable, es decir, no fluye a fin de que lo múltiple fluya. Por tanto, el ser es superior al fluir.

La demostración de la existencia de Dios se seguiría con suma sencillez de estos principios: Si hay entes superiores e inferiores comprendidos los unos en los otros, esto es, entes más y menos estables o más y menos unitarios, debe postularse la existencia de un ser sumamente estable, unitario e incomprensible de cuyo obrar emana todo.

miércoles, 17 de agosto de 2022


Decir que el mundo es finito pero ilimitado es creer una fábula. El mundo es finito porque está limitado por la inextensión, como el círculo por su circunferencia. Sólo puede negarlo quien se empeñe en afirmar que la inextensión es una nada. Pero la nada no existe ni obra, mientras que la inextensión obra al poner límites al mundo y, por tanto, existe. Por otro lado, si el mundo fuera su propio límite y nada hubiera más allá del mundo, éste carecería de contrario y existiría infinitamente, esto es, existiría siempre, máxima y necesariamente, lo cual no sucede en el mundo que conocemos.


Existir es obrar. Lo que no obra no hace absolutamente nada y no es nada.

Todo ser obra sobre sí mismo o sobre otro.
 
Todo lo que existe finitamente conlleva la existencia finita de su contrario.
 
Todo lo que carece de contrario existe infinitamente.

Si la inextensión no existiera, la extensión existiría infinitamente; y si la extensión no existiera, la inextensión existiría infinitamente. Por tanto, si la extensión del mundo es finita, como es el caso, la inextensión también lo será, ya que ambos se limitan.
 
El limitar de la extensión con la inextensión es un obrar. Lo extenso obra la limitación en lo inextenso, y lo inextenso obra la limitación en lo extenso.

Por tanto, la conjunción de lo extenso y lo inextenso será infinita, al carecer de contrario y, por ello, de límite.
 
Supongamos que lo inextenso es nada. Si es así, afirmaremos absurdamente que de la conjunción de lo extenso finito y la nada resulta el infinito. En consecuencia, debemos sostener que lo inextenso es algo.

Supongamos ahora que lo inextenso es finito. No es menos absurdo aseverar que de la conjunción de dos entes finitos se sigue la infinidad. Ahora bien, si lo inextenso fuera infinito, lo extenso no existiría, como ya hemos visto. Luego, existiendo lo extenso, se sigue que lo inextenso es finito, pues sin él lo extenso no puede ser engendrado. A su vez, al existir infinitamente con lo extenso, ha de inferirse que lo inextenso es infinito, ya que nada obra en ellos como límite y la infinidad no puede dividirse en partes finitas, habiéndose convenido por lo demás en que la extensión es finita.

Al ser finito e infinito, lo inextenso carece de contrario y existe infinitamente, es decir, existe máxima y necesariamente. Así, al engendrar el mundo, lo inextenso obra explicándose; y cuando el mundo no existe, lo inextenso obra complicándose, esto es, pensándose a sí mismo.

Si el ser inextenso que existe máxima y necesariamente es, Dios es. Dado que el existir y el obrar se equiparan, Dios obra máximamente y es el creador del mundo.


Cuanto es inherente al ser de Dios y concierne a su naturaleza ad intra, como su eternidad o infinita perfección, está afectado por la necesidad, al ser su objeto necesario.

Cuanto es inherente al ser de Dios y concierne a su naturaleza ad extra, como su voluntad de obrar siempre lo mejor, está afectado por la contingencia, al ser su objeto contingente.

Por tanto, Dios es necesariamente Dios, pero no obra necesariamente al crear, aunque deba crear según su naturaleza por ser mejor la difusión de la bondad que su retención en el seno divino.
 
En consecuencia, la concatenación de causas en el mundo no supone un hado que anule el libre albedrío. Más bien ha de decirse que somos libres gracias a la naturaleza causal del mundo, en virtud de la cual nuestros actos pueden dirigirse a fines y ser sopesados racionalmente antes de efectuarse, lo que no sucedería si todo estuviera regido por el azar.


Todo ser que muere está vivo en un tiempo 1 y muerto en un tiempo 2. Pero el morir, que es el acaecer del cambio, no se da en ninguno de estos dos tiempos, sino en un instante entre ambos, fuera del tiempo. Otro tanto puede decirse de cualquier mutación, por lo que el hecho mismo del cambio, aun dándose en el tiempo mediante causas segundas temporales, tiene una causa primera atemporal.

Si aplicamos este razonamiento a la participación de lo múltiple en lo uno, vemos que cuando lo uno produce lo múltiple en el acto de la creación, existe un tiempo 1 en el que lo uno es solamente uno, y un tiempo 2 en el que lo uno es uno con lo múltiple. Mas el multiplicarse, que es el acaecer del cambio, no se da en ninguno de estos dos tiempos, sino en un instante entre ambos, fuera del tiempo.

Así pues, si se admite la existencia de lo uno y lo múltiple, debe darse, por un lado, la creación del mundo fuera del tiempo, lo que exige que el uno creador sea eterno; y, por otro lado, la creación continua de todas las partes del mundo en el tiempo, lo que conlleva que sea asimismo providente.

 

Lo que es verdaderamente uno no puede cambiar jamás, dado que el cambio es el paso de lo uno a lo otro.
 
Ahora bien, el mundo cambia en el espacio y en el tiempo, pues al estar todas sus partes en continuo movimiento no permanecen en el mismo sitio, ni el mundo tomado como todo conserva la misma forma y extensión o tiene la misma antigüedad hoy que ayer.

Por tanto, el mundo no es verdaderamente uno. Por tanto, el mundo es múltiple.

Lo múltiple presupone a lo uno, ya que la multiplicidad debe participar necesariamente de la unidad. En caso contrario, no participaría de nada (pues algo es uno o múltiple, sin que se dé una tercera especie) y lo múltiple no sería nada.

Por tanto, lo uno es, pero no es el mundo, es decir, no es material ni pertenece al espacio o al tiempo, sino que la materia, el espacio y el tiempo le pertenecen.

Decir que lo múltiple existe por lo uno conlleva afirmar que lo uno existe, en la medida en que la existencia corresponde al ser del mundo y no puede haber en la parte nada que no esté en el todo. Por tanto, lo uno existe en sí mismo y en el mundo.

Sin embargo, el uno no se convierte en lo otro al existir en el mundo, toda vez que al estar en sus partes está igualmente en sí mismo, no en otro. Mientras que las partes, al verterse y mezclarse en otras partes distintas entre sí, están en lo otro y no en sí mismas.


Participar es ser parte de un todo. Así, el hombre participa de la animalidad en tanto es animal, del calor en tanto es caliente y de la vida en tanto está vivo.

La participación no puede consistir en que el todo esté entero en sus partes, ya que en ese caso cada parte sería igual al todo. Sin embargo, el todo tampoco puede estar parcialmente en sus partes, pues si la multiplicidad participa de la unidad y lo uno es múltiple en lo múltiple, se sigue que lo uno es uno y múltiple, cosa de todo punto absurda.

De ahí que la solución de Campanella sea la siguiente: la multiplicidad participa de la unidad, puesto que lo múltiple es una fracción de lo uno, y participa asimismo de la nada, toda vez que lo múltiple es negación de lo uno. El mundo es en parte Dios, porque es, y en parte nada, porque no es infinitamente, es decir, no es necesaria ni máximamente.

Dios como unidad absoluta y el mundo como el conjunto de todo lo múltiple están metafísicamente separados por la nada. Dios crea al mundo mediante la nada. Luego Dios no es el mundo ni el mundo es Dios.


Decir "Es imposible que lo imposible sea" entraña una contradicción, ya que si nada es imposible, entonces es posible que lo imposible sea. Y si algo es imposible, entonces es posible que lo imposible sea. Por tanto, es posible que lo imposible sea.

El ser de lo imposible consiste en no existir.
 
La nada es imposible, esto es, nunca alcanza el ser.
 
Por tanto, es posible que la nada sea y que su ser consista en no existir.

Luego la nada no es el no-ser de Parménides, que no puede ser pensado ni pronunciado.

La proposición "Es imposible que lo imposible sea pensable" entraña un absurdo, ya que o es ininteligible o es falsa.

Lo imposible no puede existir; lo impensable no puede ser. Si lo imposible es impensable, lo posible es impensable, ya que ningún término lógico puede concebirse sin su opuesto. De ahí que deba concluirse que lo imposible es pensable.

Éste es un argumento auxiliar contra quienes opinan que la nada no es nada. Suelen coincidir con quienes creen que no hay privación en el ser, esto es, que todo cuanto puede existir existe y es todo el ser, y que lo que no existe es imposible.

La substancia de Spinoza, siendo infinita, no puede privarse de nada. Pero si el mundo es finito, hay privación. La privación en el ente total es un hecho bruto para el naturalismo (el que el universo tenga tal cantidad de extensión y energía y no más o infinita). El teísmo la explica como emanación del ser contingente por el ser necesario. Esta emanación exige que la nada sea un concepto legítimo, ya que sin ella Dios sólo podría crearse a sí mismo.


Campanella prueba la existencia de Dios y la inmortalidad del alma mediante este razonamiento:

- La parte no puede superar al todo.
- La mente puede concebir el universo finito y el mismo infinito. Por tanto, la mente supera al universo.
- Por consiguiente, la mente no es parte del universo, sino que participa de Dios.

Si consideramos el mero hecho de que es capaz de concebir lo infinito, debemos concluir que la mente ya supera al universo material, que es finito y se compone de partes finitas. Por concebir algo entiendo poder representar dicho ente y su contrario. Así, concebimos lo oscuro porque contamos con la noción de lo claro. Semejantemente, alcanzamos noticia de lo inmóvil por lo móvil, de lo injusto por lo justo, etc. Por ello es legítimo afirmar que nuestras concepciones de la claridad, el movimiento y la justicia son perfectas aunque no tengamos un conocimiento actual de todos los modos en que la luz refracta, de todos los movimientos que acaecen o de todos los juicios morales que han sido, son y serán. De estos fenómenos innumerables e indeterminados poseemos un conocimiento potencial, contenido en su concepto, por lo que sostengo que concebir equivale a contener lo que es racional en un ente. De ahí que la experiencia no nos enseñe nada nuevo, limitándose a concretar lo que ya sabemos.

Sin embargo, la mente no puede concebir a Dios siquiera de un modo imperfecto, ya que Dios es la unidad trascendente sobre la que nada positivo puede afirmarse, salvo que es el que es, al serlo todo y carecer de contrarios.

Podemos decir de Dios que es bueno, grande, eterno, etc., pero todas éstas son cualidades derivadas de su ser Uno, esto es, de su carecer de contrarios. Así, puesto que Dios es Uno, es uno y múltiple, porque es uno en lo múltiple.

De modo semejante, decir que Dios es creador en sentido absoluto es falso, pues Dios es creador en el tiempo y no es creador en la eternidad. Si Dios fuera siempre creador, la creación sería eterna. Siendo ésta temporal, se sigue que Dios no es siempre creador, por lo que tan cierto -y tan falso- es afirmar que es creador como lo contrario.

Ahora bien, si un ser es bueno y malo (porque contiene y causa toda la bondad y toda la maldad), grande y pequeño (porque contiene y causa toda grandeza y toda exigüidad), eterno y temporal, etc., ¿no concluiremos que es mejor no decir nada de él en sentido absoluto, ya que trasciende todos estos conceptos? ¿Acaso diremos que sabemos qué es Dios sin tener una noción de qué no es Dios?

Afirmar que el contrario de Dios es la nada equivale filosófica y gramaticalmente a aseverar que nada es el contrario de Dios.


Si alguien pretendiera que las partes del universo no son reales, negaría el movimiento y la misma filosofía natural, pues sin movimiento no puede haber ciencia física. Bajo esta premisa no habría que dar valor de verdad al hecho de que lo anterior preceda a lo posterior, razón por la cual todo cuanto acaece en el universo sería un fenómeno absolutamente inexplicable. Por tanto, una de estas dos es una ilusión: o que el universo es explicable o que el universo es necesariamente uno.

Asumir la multiplicidad del universo conlleva la admisión de que todas sus partes causan y son causadas, lo que a su vez implica que ninguna de sus partes es necesaria. La contingencia del universo se sigue de la incapacidad de sus partes de ser sin las demás y de la incapacidad de aquél de ser sin sus partes.


Campanella concuerda con Parménides en que el universo es uno en cuanto ente, toda vez que emana de Dios, que es Uno, y el efecto del Uno sólo puede ser la unidad. Pero, al mismo tiempo, el universo es múltiple en cuanto participa de Dios en su entidad y de la nada en su nihilidad. Así, todo ente particular participa de Dios porque es ente, y de la nada porque es este ente y no todo ente. Por tal razón, Dios también es uno en cuanto ente y múltiple en la medida en que es participado por este y aquel ente.

La multiplicidad no nace para Campanella de la división de la unidad, ya que el ente cuando se divide o bien pierde el ser (lo que sucede al partir un hombre en dos) o bien lo multiplica nominalmente sin que se dé una diferencia real (como el agua dividida en dos gotas). Es la nada la que hace que lo múltiple sea múltiple.

El platonismo de Campanella concibe la realidad finita y múltiple participando del ente infinito y uno, que es Dios. Las ideas, afirma, no son ni unitarias ni múltiples, ya que si la idea de hombre fuera verdaderamente una, no podría realizarse en muchos hombres, pues todos ellos tomarían parte en la misma y, constando aquélla de partes, perdería la unidad; y si fuera múltiple, no podría plasmarse en un solo hombre, por lo que la especie humana debería constar necesariamente de más de un individuo, lo que es falso. Por tanto, lo múltiple participa de la nada en cuanto no es y del Uno en cuanto es, y éste trasciende toda unidad y toda multiplicidad.


Según Campanella, todo lo finito participa de la nada, es decir, puede no ser. Por tanto, nada finito es ab aeterno, ya que lo eterno no puede no ser. Ahora bien, el universo es finito. Luego no es eterno, ni existe el eterno retorno de lo mismo.

Si el universo no es eterno, lo que como hemos visto se desprende de su finitud, debe afirmarse que o bien es creado por un ser inmaterial (ya que toda materia forma parte del universo), o bien surge de la nada, o bien se crea a sí mismo.

Ningún ente surge de la nada, pues ésta carece de todo poder y, en consecuencia, carece de poder creador.
Ningún ente puede crearse a sí mismo, habida cuenta que ningún ente es antes de ser.

Por tanto, el universo es creado por un ser inmaterial al que cabe llamar ACTO PURO, el cual obra todo en todos y nada recibe de nadie. De este ser han de predicarse todas las perfecciones en grado sumo, puesto que todas las virtudes y dignidades emanan de él. Siendo infinitamente amable, despreciarlo constituye el mayor crimen.


Si el mundo es infinitamente viejo, no puede existir en él nada nuevo, pues todo lo que podía ser ha tenido infinitas oportunidades para ser y, por tanto, es o ha sido. Ahora bien, dado que el hombre y las demás especies son nuevos y no han existido siempre, se sigue que el mundo también lo es, ya que de lo contrario sería preciso sostener que la vida ha existido durante un tiempo finito y no ha existido durante un tiempo infinito, lo que es contradictorio. Luego el mundo no es eterno.


Conviene al fuego iluminar y calentar, porque ello pertenece a su naturaleza, pero tal no implica que el fuego carezca de aquello a lo que tiende su obrar, pues es obvio que el fuego en sí no carece ni de luz ni de calor. Del mismo modo, conviene a Dios crear el mundo aunque Dios no carezca de nada. Así como una esfera no es más esférica cuando su radio se multiplica por cincuenta, la divinidad no es más divina cuando crea.