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sábado, 14 de noviembre de 2009

Marxismo vaginal




El feminismo en España ha dado los frutos que cabía esperar, y todavía promete nuevas conquistas. Parte éste de la gran mentira según la cual la irrelevancia histórica de la mujer se debe a una conspiración a escala universal. Mentira ante la que demasiados idiotas, sintiéndose culpables por la mediocridad ajena, han asentido mansamente. La feminista Mary Wollstonecraft no la creyó. Suyas son estas palabras:

No se concluya que quiero invertir el orden de las cosas; ya he asegurado que, por su constitución, los hombres parecen diseñados por la Providencia para lograr un mayor grado de virtud.


Pero "el orden de las cosas" es una expresión prohibida para esta ideología, que sólo puede concebir lo ordenado como el efecto de una voluntad sojuzgante, propia o extraña. Es el odio a la naturaleza dispar, a lo excesivo y a lo permanente lo que mueve al feminismo a fomentar la plasticidad moral, la mutación acelerada de las costumbres, la castración lingüística, la ingeniería jurídica y la aberración médica. Se lucha contra el patriarcado y el falocentrismo, que representan la violencia, la represión, la sordidez y todo lo que una mente maniquea puede suponer al otro lado de la frontera del Bien. Ante tan colosal enemigo imaginario, las medidas para combatirlo han de ser proporcionadas y emplear sin demora todos los medios al alcance. Deben, además, cumplir con cierta justicia poética por la que los papeles queden intercambiados al contragolpe. Hace falta un nuevo hombre, unas nuevas leyes, una nueva sociedad. Quien se oponga a esto será inhumano, estará proscrito, devendrá antisocial.

Sin embargo, la sociología no lo es todo. Por supuesto que la biología tampoco. Ni siquiera de la combinación de las dos disciplinas obtenemos un conocimiento cierto, determinista, de las cualidades de los hombres. Ahora bien, quienes ensalzan el método experimental sobre las cábalas racionalistas deberían predicar con el ejemplo y conferir a la Historia la máxima autoridad, pues ésta es un experimento continuo. Camille Paglia escribe:

Incluso sin restricciones, no habría existido una Pascal, una Milton o una Kant. El genio no se detiene ante los obstáculos sociales: triunfa de todos modos. El egocentrismo masculino, repugnante en los carentes de talento, es la fuente de su grandeza como sexo.


El individuo, no obstante, podrá a pesar de su sexo alcanzar la virtud, pues ésta no es de naturaleza sexual, sino intelectual. Pero ignorar las condiciones iniciales o querer hacer tabula rasa con ellas es ceguera y empecinamiento.

Donoso Cortés escribió que la Historia es más fiable que las teorías. La Historia dice que el hombre -independientemente de su condición social- ha superado en genio a la mujer en todas partes y en todo tiempo, sin ir ello en detrimento de su mutua colaboración y del interés de la sociedad en su conjunto. Si una teoría (digamos, el feminismo) rechaza radicalmente tal estado de cosas, sólo podrá ser desde el engaño, el poder y el abuso. Así ha sucedido con el comunismo, que no aceptó la desigualdad natural y emprendió una reforma de nuestra especie bajo presupuestos economicistas. Caído el muro, la ideología totalitaria da sus últimos y más desesperados coletazos a través de estos marxistas vaginales.

viernes, 6 de noviembre de 2009

El conservador que anunció el fascismo




Señores, tremenda es la palabra; pero no debemos retraernos de pronunciar palabras tremendas si dicen la verdad, y yo estoy resuelto a decirla. ¡La libertad acabó! No resucitará, señores, ni al tercer día, ni al tercer año, ni al tercer siglo quizá. ¿Os asusta, señores, la tiranía que sufrimos? De poco os asustáis; veréis cosas mayores. Y aquí os ruego, señores, que guardéis en vuestra memoria mis palabras, porque lo que voy a decir, los sucesos que voy a anunciar en un porvenir más próximo o más lejano, pero muy lejano nunca, se han de cumplir a la letra.

El fundamento, señores, de todos vuestros errores (dirigiéndose a los bancos de la izquierda) consiste en no saber cuál es la dirección de la civilización y del mundo. Vosotros creéis que la civilización y el mundo van, cuando la civilización y el mundo vuelven. El mundo, señores, camina con pasos rapidísimos a la constitución de un despotismo, el más gigantesco y asolador de que hay memoria en los hombres. A esto camina la civilización, y a esto camina el mundo. Para anunciar estas cosas no necesito ser Profeta. Me basta considerar la combinación pavorosa de los acontecimientos humanos desde su único punto de vista verdadero, desde las alturas católicas.

Señores, no hay mas que dos represiones posibles, una interior y otra exterior; la religiosa y la política. Estas son de tal naturaleza, que cuando el termómetro religioso está subido, el termómetro de la represión política está bajo; y cuando el termómetro religioso está bajo, el termómetro político, la represión política, la tiranía está alta. Esta es una ley de la humanidad, una ley de la historia. Y si no, señores , ved lo que era el mundo, ved lo que era la sociedad que cae al otro lado de la Cruz, decid lo que era cuando no había represión interior, cuando no había represión religiosa. Entonces aquella era una sociedad de tiranías y de esclavos. Citadme un solo pueblo donde no haya esclavos y donde no haya tiranía. Este es un hecho incontrovertible, este es un hecho incontrovertido, este es un hecho evidente. La libertad, la libertad verdadera, la libertad de todos y para todos no vino al mundo sino con el Salvador del mundo. Este también es un hecho incontrovertido, es un hecho confesado hasta por los mismos socialistas que lo confiesan. Los socialistas llaman a Jesús un hombre divino, y los socialistas hacen más, se llaman sus continuadores. ¡Sus continuadores, Santo Dios! ¿Ellos, los hombres de sangre y de venganzas, continuadores del que no vivió sino para hacer bien; del que no abrió la boca sino para bendecir; del que no hizo prodigios sino para librar a los pecadores del pecado, a los muertos de la muerte; el que en el espacio de tres años hizo la revolución mas grande que han presenciado los siglos, y la llevó a cabo sin haber derramado mas sangre que la suya?

Señores, os ruego me prestéis atención; voy a poneros en presencia del paralelismo más maravilloso que ofrece la historia. Vosotros habéis visto que en el mundo antiguo, cuando la represión religiosa no podía bajar mas porque no existía ninguna, la represión política subió hasta no poder más, porque subió hasta la tiranía. Pues bien, con Jesucristo, donde nace la represión religiosa, desaparece completamente la represión política. Es esto tan cierto, que habiendo fundado Jesucristo una sociedad con sus discípulos, fue aquella la única sociedad que ha existido sin gobierno. Entre Jesús y sus discípulos no había más gobierno que el amor del Maestro a los discípulos y el amor de los discípulos al Maestro. Es decir, que cuando la represión era completa, la libertad era absoluta.

Sigamos el paralelismo. Llegan los tiempos apostólicos, que los estenderé, porque así conviene ahora a mi propósito, desde los tiempos apostólicos propiamente dichos, hasta la subida del cristianismo al Capitolio en tiempo de Constantino el Grande. En este tiempo, señores, la religión cristiana, es decir la represión religiosa interior, estaba en todo su apogeo; pero aunque estaba en todo su apogeo, sucedió lo que sucede en todas las sociedades compuestas de hombres, que comenzó a desarrollarse un germen, nada más que un germen de licencia y de libertad religiosa. Pues bien, señores, observad el paralelismo: a este principio de descenso en el termómetro religioso corresponde un principio de subida en el termómetro politico. No hay todavía gobierno, no es necesario el gobierno, pero es necesario ya un germen de gobierno. Así en la sociedad cristiana entonces no habia de hecho verdaderos magistrados, sino jueces árbitros y amigables componedores, que son el embrión del gobierno. Realmente no había mas que eso; los cristianos de los tiempos apostólicos no tuvieron pleitos, no iban a los tribunales, decidían sus contiendas por medio de árbitros. Obsérvese, señores, cómo con la corrupción va creciendo el gobierno.

Llegan los tiempos feudales, y en estos la religión se encuentra todavía en su apogeo, pero hasta cierto punto viciada por las pasiones humanas. ¿Qué es lo que sucede, señores, en este tiempo en el mundo político? Que ya es necesario un gobierno real y efectivo, pero que basta el mas débil de todos, y así se establece la monarquía feudal, la mas débil de las monarquías.

Seguid observando el paralelismo. Llega, señores, el siglo XVI. En este siglo, con la gran reforma luterana, con ese grande escándalo político y social, tanto como religioso, con ese acto de emancipación intelectual y moral de los pueblos, coinciden las siguientes instituciones. En primer lugar, en el instante, las monarquías, de feudales, se hacen absolutas. Vosotros creeréis, señores, que más que absoluta no puede ser una monarquía: un gobierno, ¿qué puede ser mas que absoluto? Pero era necesario, señores, que el termómetro de la represión política subiera más, porque el termómetro religioso seguía bajando; y con efecto subió mas. ¿Y qué nueva institución se creó? La de los ejércitos permanentes. ¿Y sabéis, señores, lo que son ejércitos permanentes? Para saberlo, basta saber lo que es un soldado: un soldado es un esclavo con uniforme. Así, pues, veis que en el momento en que la represión religiosa baja, la represión política sube al absolutismo, y pasa más allá. No bastaba a los gobiernos ser absolutos; pidieron y obtuvieron el privilegio de ser absolutos y tener un millón de brazos.

A pesar de esto, señores, era necesario que el termómetro político subiera más, porque el termómetro religioso seguía bajando; y subió más. ¿Qué nueva institución, señores, se creó entonces? Los gobiernos dijeron: tenemos un millón de brazos y no nos bastan; necesitamos más, necesitamos un millón de ojos; y tuvieron la policía, y con la policía un millón de ojos. A pesar de esto, señores, todavía el termómetro político y la represión política debían subir, porque a pesar de todo, el termómetro religioso seguía bajando; y subieron.

A los gobiernos, señores, no les bastó tener un millón de brazos; no les bastó tener un millón de ojos; quisieron tener un millón de oídos, y los tuvieron con la centralización administrativa, por la cual vienen a parar al gobierno todas las reclamaciones y todas las quejas.

Y bien, señores; no bastaba esto, porque el termómetro religioso siguió bajando, y era necesario que el termómetro político subiera más. ¡Señores, hasta dónde! Pues subió más.

Los gobiernos dijeron: no me bastan para reprimir, un millón de brazos; no me bastan para reprimir, un millón de ojos; no me bastan para reprimir, un millón de oídos; necesitamos más: necesitamos tener el privilegio de hallarnos a un mismo tiempo en todas partes. Y lo tuvieron; y se inventó el telégrafo.

Señores, tal era el estado de la Europa y del mundo cuando el primer estallido de la última revolución vino a anunciarnos, a anunciarnos a todos, que no habia bastante despotismo en el mundo; porque el termómetro religioso estaba por bajo de cero. Ahora bien, señores, una de dos...

Yo he prometido, y cumpliré mi palabra, hablar hoy con toda franqueza.

Pues bien, una de dos: o la reacción religiosa viene o no: si hay reacción religiosa, ya veréis, señores, como subiendo el termómetro religioso comienza a bajar natural, espontáneamente, sin esfuerzo ninguno de los pueblos, ni de los gobiernos, ni de los hombres, el termómetro político, hasta señalar el día templado de la libertad de los pueblos: pero si por el contrario, señores, y esto es grave (no hay la costumbre de llamar la atención de las asambleas deliberantes sobre las cuestiones hacia donde yo la he llamado hoy; pero la gravedad de los acontecimientos del mundo me dispensa, y yo creo que vuestra benevolencia sabrá también dispensarme); pues bien, señores, yo digo que si el termómetro religioso continúa bajando, no sé a dónde hemos de parar. Yo, señores, no lo sé, y tiemblo cuando lo pienso. Contemplad las analogías que he puesto a vuestros ojos; y si cuando la represión religiosa estaba en su apogeo no era necesario ni gobierno ninguno siquiera, cuando la represión religiosa no exista, no habrá bastante con ningún género de gobierno, todos los despotismos serán pocos.

Señores, esto es poner el dedo en la llaga, esta es la cuestión de España, la cuestión de Europa, la cuestión de la humanidad, la cuestión del mundo.


Donoso Cortés


Ver también Leibniz.

viernes, 25 de septiembre de 2009

Perspectivas sobre la paz perpetua




Poco importa que la primacía del Papa sobre los Reyes haya tenido su origen en el derecho divino o en el humano, si es una cosa puesta fuera de duda que los Pontífices han ejercido esta autoridad durante muchos siglos con asentimiento universal y con universal aplauso.

(...)

Yo sería del parecer que se estableciese en Roma un Tribunal para fallar los pleitos de los Príncipes, y que fuera su Presidente el Pontífice Romano, recobrando aquella potestad judicial que ejerció en otro tiempo con los Reyes. Pero para esto sería necesario antes que el sacerdocio recobrara el prestigio que ha perdido, y que un entredicho o una excomunión bastaran para hacer temblar a los Príncipes en sus Tronos, como en tiempo de Nicolás I o Gregorio VII. Todo bien considerado, este proyecto me parece más hacedero que el del abate Saint-Pierre. Y supuesto que a todos es permitido entregarse a sus imaginaciones, ¿por qué no se me permitiría a mí entregarme a una que, si se realizara, restauraría la edad de oro en la tierra?

Leibniz


El proyecto del abad de Saint-Pierre, Charles-Irénée Castel, es el de la paz perpetua entre naciones, que luego adoptaría Kant. Ambos postulan que la concordia debe obtenerse mediante un multilateralismo de corte federalista, basado en el mutuo reconocimiento del derecho a la paz y en los vínculos que proporcionan el comercio y los intereses comunes. Un proyecto que fracasó estrepitosamente el pasado siglo, pero que goza todavía de crédito en la medida en que se lo considera el único posible.

Leibniz, sin embargo, creyó ser más sencillo lograr la unión religiosa de los pueblos desde una instancia única y ortodoxa que conseguir el continuo entendimiento de los gobernantes coyuntura tras coyuntura, lo que conlleva la pretensión de que éstos no hagan valer las ventajas derivadas de una situación hegemónica respecto a sus competidores. Más sencillo porque parece realista en mayor medida aspirar a la unión de los gobiernos por la unión de los pueblos que a la inversa. Algo así pareció indicar Montesquieu (discípulo de Castel, irónicamente) cuando en su obra Grandeza y decadencia de los romanos escribió a propósito de la extensión del derecho de ciudadanía a la Península Itálica:

Para ellos Roma dejó de ser la ciudad en la que el pueblo poseía un mismo espíritu, un mismo amor por la libertad, un mismo odio por la tiranía; o el celo por el poder del Senado y las prerrogativas de los Grandes, siempre unidas al respeto y al amor por la igualdad. Habiéndose convertido en sus ciudadanos los pueblos de Italia, cada ciudad aportó su genio, sus intereses particulares y su dependencia de algún gran protector. La Urbe, desgarrada, dejó de formar un todo unitario, y puesto que se era ciudadano por una especie de ficción, dejaron de tenerse los mismos magistrados, las mismas murallas, los mismos Dioses, los mismos templos, las mismas sepulturas; no volvió a contemplarse Roma con los mismos ojos, no se volvió a sentir el mismo amor por la Patria, y los sentimientos romanos dejaron de existir.

martes, 23 de junio de 2009

El prehombre




Cuando nazco soy pecador, a pesar de ser niño, porque soy Adán; lo soy, no porque peco, sino porque pequé actualmente cuando me llamaba Adán y era adulto, antes de tener el nombre que tengo y de ser niño. Cuando Adán salió de las manos de Dios, yo estaba en él, y él está en mí ahora que salgo del vientre de mi madre. No pudiendo separarme de su persona, no puedo separarme de su pecado, y, sin embargo, no soy Adán de tal manera que me confunda con él de una manera absoluta. Hay algo en mí que no es él, algo por lo que me distingo de él, algo que constituye mi unidad individual y que me distingue aun de aquello a que soy más semejante; y eso que me constituye variedad individual relativamente a la unidad común, es lo que he recibido y tengo del padre que me engendró y de la madre que me tuvo en sus entrañas. Ellos no me han dado la naturaleza humana, que me viene de Dios por Adán, pero han puesto en ella el sello de la familia y han estampado en ella su figura; no me han dado el ser, sino la manera en que soy, poniendo lo menos en lo más, es decir, aquello por lo que me distingo de los otros en aquello por lo que me asemejo a los demás, lo particular en lo común, lo individual en lo humano; y como quiera que eso que tiene del humano y que le asemeja a los otros es lo esencial en el hombre, y que lo que tiene de individual y de distinto no es más que un accidente, síguese de aquí que, teniendo de Dios por Adán lo que constituye su esencia y de Dios por su padre lo que constituye su forma, no hay hombre ninguno que, considerado en su conjunto, no se asemeje más a Adán que a su propio padre.

(...)

Por lo que dijimos antes, se ve cuán grande es el error de aquellos que, sin maravillarse de las misteriosas analogías y de las afinidades que pone Dios entre los padres y sus hijos, se maravilla de esas mismas afinidades y de esas analogías misteriosas puestas por Dios entre el rebelde Adán y sus míseros descendientes. No hay entendimiento que entienda, ni razón que alcance, ni imaginación que imagine lo fuerte del vínculo y lo estrecho de la lazada puesta por el mismo Dios entre todos los hombres y ese hombre único, a un tiempo mismo unidad y colección, singular y plural, individuo y especie, que muere y que sobrevive, que es real y simbólico, figura y esencia, cuerpo y sombra; que nos tuvo a todos en sí y que está en todos nosotros; pavorosa esfinge que desde cada nuevo punto de vista ofrece un nuevo misterio. Y así como el hombre no puede alcanzar ni con razón, ni con su imaginación, ni con su entendimiento lo que hay en su naturaleza de singularmente complejo y de misteriosamente oscuro, no puede tampoco alcanzar, aunque ponga en juego todas las potencias de su alma, la distancia inmensa que hay entre nuestros pecados y el pecado de aquel hombre, único, como él, por su profundísima malicia y por su grandeza incomparable. Después de Adán nadie ha pecado como Adán, y nadie pecará como él en toda la prolongación de los tiempos. Participando el pecado de la naturaleza del pecador, fue uno y vario a un tiempo mismo, porque fue un solo pecado en realidad y todos los pecados en potencia; con él puso Adán marcha en lo que ya no puede ponerla ningún hombre, en el puro albor de su inocencia purísima; poniendo unos pecados sobre otros, los que pecamos ahora no hacemos otra cosa sino poner manchas sobre manchas; sólo a Adán le fue dado oscurecer el ampo de la nieve; con ser nuestra naturaleza dañada un grave mal, y nuestros pecados un mal más grande, no carece ese compuesto de cierta belleza de relación, que nace de aquella armonía secreta que hay entre la fealdad propia del pecado y la fealdad propia de la naturaleza del hombre. Las cosas feas pueden armonizase entre sí como se armonizan las hermosas; y cuando esto sucede, no cabe duda sino que lo que hay en las cosas de esencialmente feo se templa en algún modo por la belleza que reside en lo que ellas hay de armónico y concertado. Ésta, sin duda, debe ser la razón de por qué la fealdad física parece que disminuye siempre con los años; la vejez no es cosa que sienta mal a la fealdad, como la fealdad pierde lo que tiene de repugnante cuando se armoniza con las arrugas. Nada, por el contrario, es más triste de ver y nada más horrible de imaginar que la vejez puesta en la cara de un ángel o la fealdad junta con la primavera de la vida. Las mujeres que, habiendo sido hermosas, conservan, siendo viejas, rastro de lo que fueron, me han parecido siempre horribles; hay algo en mí que me da voces y me dice: "¿Quién ha sido el gran culpable que juntó por primera vez las cosas que hizo Dios para que estuvieran separadas?". No; Dios no ha hecho la hermosura para la vejez ni la vejez para la hermosura. Luzbel es el único entre los ángeles, y Adán entre los hombres, que juntaron todo lo que hay de decrépito y de feo con todo lo que había de resplandeciente y hermoso.


Donoso Cortés