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viernes, 28 de diciembre de 2007

Tercera cultura




Los ateos pueden comportarse moralmente, mas no está en su mano el justificarlo, en tanto que niegan que el universo pueda tener un sentido, malo o bueno. Explicar por qué en ocasiones somos morales no supone haber esclarecido por qué debemos serlo siempre. Así, pese a tratarse en la práctica de individuos dentro de los límites de la moralidad (hasta alcanzar cotas excelsas, si se quiere), los irreligiosos carecen de su propia moral, esto es, aquella aceptada por los principios racionales que postulan como ciertos. Y ello salvo que den crédito a cualquier suerte de ley innata cuya validez y grado de vinculación se extiendan más allá de las pautas estadísticas, cosa imposible para quienes han forjado su increencia en el nihilismo darwiniano.

No soy de la opinión de Moa, que ve en la ideología atea la causa de la extensión del maquiavelismo político. Pienso que sucede al revés, y es aquélla la que depende del éxito histórico de las revoluciones burguesas, que a fin de instaurarse en el poder emplearon el derecho natural "ad hoc" y en frentes contradictorios, pervirtiéndolo. El sentimiento de la ausencia de justicia engendra la convicción de que la frontera que separa al orden del desorden es sólo subjetiva. Ahora bien, el sujeto no puede ser límite de nada, pues él mismo debe limitarse a su noción -aquella a la que se sujeta. Por tanto, la muerte del individuo es también la muerte de Dios, que al quedar desprovisto de su imagen y semejanza se convierte en sombra proyectada en las cosas, espectro o espejismo.