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lunes, 18 de enero de 2010

Materialistas y pedantes




Y ahora, Señora, creo que no necesitaré emplear muchas palabras para mostrar que así como el conocimiento es situado en cosas tales que no resultan perceptivas para el intelecto, es por este motivo generalmente indagado con métodos erróneos. Baste para ello comparar los métodos de uso común con aquellos que hemos fundamentado y demostrado, y se percibirá inmediatamente la falsedad y la irregularidad de aquéllos. En primer lugar, consistiendo el primer método general de la sabiduría en consultar el divino λόγος o Mundo Ideal, el Mundo de la Luz, la Luz que ilumina a todo hombre que viene a este mundo, la generalidad de los estudiantes apenas si sueña algo así, o efectúa algún postulado de este jaez, sino que se aplican por completo al Mundo Ectípico, el Mundo de la Oscuridad y las Tinieblas. Certifican de este modo la protesta de Dios por el profeta: "Mi pueblo me ha abandonado a mí, fuente de aguas vivas, y cavado para sí cisternas, cisternas agrietadas que no retienen el agua."

De nuevo, mientras que otro medio particular consiste en la Atención y el Pensamiento, es en general tan poco observado, que no hay las más de las veces especie de hombres menos dada a pensar que la mayor parte de quienes están dedicados al estudio de la Ciencia y el Conocimiento. Es así que no consideran ningún área de estudio ni progreso alguno en las etapas del aprendizaje sino como un modo más grave de estar ociosos. Así, sólo estudian cuando hacen pender sus cabezas de un viejo pliego con moho, mientras componen gigantescos lugares comunes y rellenan sus recuerdos con frases grises y dichos venerables. En tal manera gastan su tiempo y su tinta, y habiéndose embarullado con la compañía de libros (la mayoría de los cuales tal vez fueron escritos con tan escaso criterio como aquel con el que son leídos) se tienen por hombres cultos, siendo el mundo a menudo de su misma opinión, pese a no haberse convertido en maestros de ningún sentido o noción, ni ser capaces de demostrar una sola verdad sobre firmes principios en un razonamiento lógico.


John Norris

miércoles, 21 de octubre de 2009

Vieja nueva raza de bárbaros




Paro al primer americano con el que me topo, ya sea en su país o en otra parte, y le pregunto si cree la religión útil a la estabilidad de las leyes y al buen orden de la sociedad; me responde sin vacilar que una sociedad civilizada, mas sobre todo una sociedad libre, no puede subsistir sin religión. El respeto a la religión es, a sus ojos, la mayor garantía de la estabilidad del Estado y de la seguridad de los particulares. Los menos versados en la ciencia del gobierno saben, al menos, eso. No obstante, no hay en el mundo país en el que las doctrinas más atrevidas de los filósofos del siglo XVIII, en materia de política, se apliquen más que en América; sólo sus doctrinas antirreligiosas nunca lograron hacerse camino, y ello pese a la libertad ilimitada de prensa.

(...)

Mas ¿por qué buscar ejemplos fuera de Francia? ¿A qué francés le pasaría por la cabeza escribir hoy los libros de Diderot o de Helvétius? ¿Quién querría leerlos? Casi diría, ¿quién conoce sus títulos? La experiencia incompleta que hemos adquirido tras sesenta años de vida pública ha bastado para que sintamos rechazo ante esa peligrosa literatura. Ved cómo el respeto hacia la religión ha retomado gradualmente su imperio en las diferentes clases de la nación, a medida que cada una de ellas iba adquiriendo dicha experiencia en la escuela de las revoluciones. La antigua nobleza, que era la clase más irreligiosa antes del 89, se volvió la más fervorosa a partir del 93; agredida la primera, se convirtió la primera. Cuando la burguesía sintió también ella el golpe en su triunfo, se la vio a su vez aproximarse a la fe. El respeto a la religión penetró paulatinamente doquiera los hombres tenían algo que perder en los desórdenes populares, y la incredulidad desapareció, o al menos se escondió, a medida que el miedo a las revoluciones se hacía visible.

No era así a finales del Antiguo Régimen. Habíamos perdido tan completamente la práctica de los grandes asuntos humanos, e ignorábamos hasta tal punto la parte que tiene la religión en el gobierno de los imperios, que la incredulidad se estableció en primer lugar en el espíritu de quienes, precisamente, tenían un interés más personal y apremiante en preservar el orden del Estado y la obediencia del pueblo. No sólo la acogieron, sino que en su ceguera la propagaron por debajo de ellos; hicieron de la impiedad una especie de pasatiempo de su ociosa vida.

La Iglesia de Francia, hasta entonces tan fértil en grandes oradores, sintiéndose así abandonada por todos aquellos a los que el interés común debía unir a su causa, se volvió muda. Por un momento hasta se llegó a creer que, con tal de ver confirmados sus riquezas y su rango, habría estado dispuesta a condenar su propia fe.

A quienes negaban el cristianismo elevando la voz, y a quienes todavía continuaban creyendo en silencio, sucedió lo que tan a menudo ha sucedido entre nosotros, y no sólo en materia de religión, sino en cualquier otra. Los hombres que conservaban la antigua fe temieron ser los únicos en serle fieles, y asustándoles más el aislamiento que el error, se unieron a la multitud aun sin pensar como ella. Lo que aún no era más que el sentir de una parte de la nación pareció así la opinión de todos, pareciendo desde entonces irresistible aun a los ojos de quienes le dieron esa falsa apariencia.

El descrédito universal en el que cayeron todas las creencias religiosas a fines del último siglo ejerció sin lugar a dudas la mayor influencia en toda nuestra Revolución, marcando su carácter. Nada contribuyó más a dar su fisonomía esa expresión terrible que se le ha visto.

(...)

En la mayoría de las grandes revoluciones políticas aparecidas hasta ese momento en el mundo, quienes atacaban las leyes establecidas habían respetado las creencias y, en la mayoría de las revoluciones religiosas, quienes atacaban la religión no habían emprendido cambiar con un mismo golpe la naturaleza y el orden de todos los poderes, y abolir de cabo a rabo la antigua constitución del gobierno. Es decir, que en los mayores trastornos de la sociedad hubo siempre un punto que permanecía sólido.

Pero en la Revolución Francesa, con las leyes religiosas abolidas al mismo tiempo que se trastocaban las civiles, el espíritu humano perdió por completo su equilibrio; no supo ni a qué atenerse ni dónde detenerse, y se vieron aparecer revolucionarios de una especie desconocida que llevaron la audacia hasta la locura, a los que ninguna novedad pudo sorprender, ningún escrúpulo frenar, y a los que la ejecución de ningún deseo hizo vacilar. Y no vaya a creerse que estos seres nuevos hayan sido la creación aislada y efímera de un momento, destinada a pasar con él; en efecto, llegaron a formar una raza que se ha perpetuado y expandido en todos los lugares civilizados de la tierra, conservando por doquier la misma fisonomía, las mismas pasiones, el mismo carácter. La encontramos en el mundo al nacer: la tenemos ante los ojos.


Tocqueville

lunes, 8 de junio de 2009

No sé nada




Cualquier criterio que se elija para definir a un ser vivo a efectos jurídicos errará si no toma la misma vida individual como base. El de no avanzar o hundirse en el fango es un falso dilema, existiendo la posibilidad de desecar el pantano. En caso contrario, no es pequeño peligro el de establecer falsas fronteras. Situando la humanidad en la facultad intelectiva se defiende la inteligencia (y su opuesto es digno de muerte); ubicándola en la sensitiva, se protege socialmente la sensibilidad (y su opuesto es digno de muerte); vinculándola a la apariencia antropomorfa, es una cierta estructura ósea la que queda al amparo de la ley (y su opuesto es digno de muerte). En todas estas variantes de una misma actitud arbitraria la categoría de lo humano queda difuminada en consideraciones adyacentes y superfluas.

Tal opinión no es nueva, y ni siquiera debe considerarse una "superestructura" de los cambios acaecidos respecto a los roles sexuales en Occidente. Es pura ideología. Descansa sobre el nihilismo, que tiene al hombre por una mera superposición de capas sin núcleo, un constructo del tiempo y del entorno o un artilugio hermenéutico; un ser amorfo y fáustico, que nunca llega a ser porque nunca es, que trueca el alma por la avidez de experiencias y conquistas; un espiral, pues, que gira sobre su propio vacío y se expande indefinidamente, sin cerrarse nunca sobre sí. La burguesía romántica no va a abandonar esta idea, dado que integra su mito fundacional de la autodeterminación y la infinita potencia. No es, entonces, una cuestión de derechos sujetos al consenso, sino de la visión del mundo por la cual el derecho debe ser consensuado -esto es, imaginado- y no natural -impuesto o asumido. En este sentido, la alternativa teocrática, que toma al cuerpo por lo que es y no por lo que puede ser, coincide, como se verá, con la materialista.

Un cuerpo es un agregado de partes lo bastante homogéneas como para formar unión duradera. El cuerpo según el teólogo es el ser-hecho en virtud del acto irrepetible de la Creación, mientras que para el ateo es bien el no-ser-haciéndose (nihilismo), bien el ser-haciéndose (panteísmo). El conocido "no sabemos lo que puede un cuerpo" (Spinoza) puede leerse también como "no sabemos lo que es un cuerpo". No lo sabemos desde el momento en que renunciamos a la ruptura que implica el individuo para sumergirnos en el abismo del continuo, donde todo remite a todo y la ciencia es virtualmente imposible.

La sabiduría no nace con el conocimiento, sino con la prudente abstención de exceder la propia medida. Ahora bien, la medida del hombre es la vergüenza, y nada hay más allá de ella que pueda llamarse humano. La vergüenza, a su vez, es la contención del ser frente a su falsa conciencia, al tiempo que conlleva el despliegue del reverso sociable y reactivo de la vida inocente. Resulta hasta cierto punto lógico -y con ello sólo quiero decir que no es casual- el que los enemigos de la vergüenza lo sean de la inocencia, y viceversa. Creer que la vergüenza misma es vergonzosa es la pirueta sofística de los libertinos, que encierra una autocontradicción obvia y, en términos hegelianos, una negación de la negación. Tal es la mentira, paralela a aquélla, que sostiene que la inocencia es culpable, habida cuenta que no sabe y no juzga. Con todo, saber no fue nunca una liberación, mas el inicio del largo trabajo que toma el desengaño. Es por ello, según Sócrates, que el alma comprende el mundo sin comprenderlo y el mundo no comprende al alma comprendiéndola.

jueves, 12 de marzo de 2009

Lex aeterna




Los gobernantes, aun indignos, son todos vicarios de Dios. Como criados suyos pueden hacer bien o mal su tarea mientras el dueño se encuentra ausente. De esta manera Sócrates creía en la misión providencial de las leyes, pese a que fueran interpretadas por malvados. Antes que él escribió Heráclito que es menester que el pueblo luche por la ley como por sus muros. Es la ley la que contiene al pueblo y lo defiende (de sí mismo, en gran medida), no el pueblo el que refleja su voluntad en ella como en un espejo. Los muros de una república democrática son de cristal.

Ante la hipocresía de los sofistas, que le acusaron de corromper a la juventud, Sócrates dio por buena la mayor -que la juventud es corrompible y el corruptor debe ser castigado- al tiempo que negaba la menor -haber sido reo de tal delito. Acusando a Sócrates, pues, los malvados se acusaban a sí mismos. Aquél, a su vez, siendo inocente se entregó a Dios como al juez supremo de su causa, con lo que la justicia humana quedó turbada y mejorada por el sacrificio de un hombre. El sabio filósofo, a semejanza de Cristo, aceptó la trampa que le habían tendido para dar con ella eterna y definitiva caza a los emboscadores.

miércoles, 11 de marzo de 2009

La marcha silenciosa


Todas las religiones y sectas tienen su ciclo, como las repúblicas, de monarquía vienen a república popular, y de ésta a uno pasa, luego a muchos y más tarde a todos, por la misma y diversas vías. Así, cuando las sectas llegan al ateísmo, nace la última malparanza del pueblo y el extremo de la ira de Dios, y retornan al bien penosamente. Cuando llégase a negar la providencia divina o la inmortalidad del alma, se padece reforma o cambio necesariamente, porque los pueblos y los príncipes pierden el freno de la conciencia, y aquéllos tórnanse sediciosos, y éstos, tiranos, y entonces cualquier legislador bueno o no bueno reciben fácilmente con avidez, etc.


Campanella


lunes, 26 de enero de 2009

Mal presagio




Cada uno toma de EEUU lo que le interesa: la religiosidad omnipresente o el republicanismo espontáneo; el melting pot multicultural o la sociedad de consumo. Visto lo cual, ser "proamericano" o "antiamericano" es una tontería esteticista. A efectos prácticos, basta con saber dónde está el imperio y dónde los bárbaros dentro y fuera de las fronteras.

Obama puede ser el hombre que haga bueno a Bush. El anterior presidente hablaba con Dios; éste es ya la Segunda Persona. Si de veras se cree un nuevo Redentor, Obama es un loco peligroso que acumula un gran poder en una coyuntura en extremo delicada. Pero si sólo explota esta fe para atraerse la benevolencia de las masas, entonces es un malvado del que cabe esperar cualquier traición.

Decepcionará a la izquierda europea y a la llamada antiimperialista, no me cabe duda. Ojalá las decepcione, por nuestro bien. A la izquierda americana le insuflará poesía, consciente de que la lírica crea división social. No creo en consecuencia que éste vaya a ser el mandato de la concordia y de la transversalidad, como parecen presagiar las buenas palabras y las amplias sonrisas. Veremos, sin embargo.