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sábado, 19 de diciembre de 2009

Reflexiones sobre la decadencia




"Más Estados han perecido por la depravación de las costumbres que por la violación de las leyes", escribió Montesquieu. La Alemania nazi es el ejemplo más a mano, que si bien no pereció como Estado anduvo cerca de ello. La URSS es otro, por no salir del siglo XX. Cualquier país que permita la independencia de parte de su territorio es un país débil y degenerado. E converso, todos los que aceptan anexionarse voluntariamente a una nación mayor suelen ser también países que han perdido su papel en la Historia. Quisiera equivocarme, pero España va por un camino similar, esto es, el de convertirse en una mísera provincia de Europa, o en un lugar de paso entre ésta y África.

No creo que la democracia sea reformable más de lo que ya la ha reformado el constitucionalismo moderno. La democracia directa me parece por lo demás una distopía y algo que muy pocos desean. Hay que aceptar que no todas las épocas ni todos los entornos son propicios al rendimiento óptimo de regímenes democráticos, como mencioné de pasada en otro escrito. Y, en concreto, hay que rechazar la idea de un progreso político unidireccional y acumulativo con puntos de no retorno. En la Historia nada se repite, pero todo es reversible, y en ocasiones lo es para mejor, pues rectificar es de sabios. No se conseguirá salir del atolladero sin una mayor importancia de la religión, que debe recuperar el protagonismo perdido. La Iglesia, por su poder e influencia, fue la artífice principal de que una sociedad en ruinas tras la caída del Imperio sobreviviera a las invasiones, consolidara una razonable libertad burguesa, anduviese a la cabeza del progreso científico y alcanzara una unidad espiritual que no se encuentra en Asia ni en ningún otro lugar del mundo fuera de las fronteras de un determinado país. Sólo la autoridad superior, y por decirlo así, genética de los antepasados puede reconducir el tiempo presente, aprisionado entre la Escila de la teocracia y la Caribdis de la anarquía. Los logros de Europa son en buena parte los de la Iglesia, y viceversa. La Cristiandad o Europa, decía Novalis. Fueron sinónimos durante mucho tiempo, marca indeleble de nuestra excepcionalidad.

Si logramos abandonar la absurda idea de que aquello que no pase por "la decisión del pueblo" es tiránico (con mayor motivo si tal "decisión" no existe en realidad), tendremos la cura de humildad necesaria para una regeneración moral. De lo contrario nosotros mismos nos daremos muerte. Al cabo, son muchas falsas concepciones históricas las que habrá que desterrar de nuestra mitología política para salir del paso. La primera es que heredamos el concepto de democracia del paganismo y de la cultura grecolatina, sin más, en lugar de ser una reliquia histórica de un periodo de la historia de Atenas -una democracia esclavista, para mayores señas. Esta especie de arquetipo colectivo oculta que nada hay en el paganismo que conduzca a una ideología igualitaria, como demuestra abrumadoramente la historia de las culturas paganas. Ni siquiera en Occidente. El entrañable Homero era un elitista extremo, amén de misógino.

Porque si bien una cierta igualdad natural entre los miembros del género humano es indudable (nadie es tan fuerte como para someter a todos, ni nadie renuncia a su interés más que por la fuerza o por un interés mayor), ésta desaparece en el momento mismo en que se constituye la sociedad de los iguales. Escribe Spinoza:


Pues aunque cada uno de ellos considere justo tener el mismo derecho sobre el otro que el que éste se arroga sobre él, no obstante cree injusto que los forasteros que transitan por su país deban tener el mismo derecho a su gobierno que aquellos que lo han procurado con su trabajo, conquistándolo y manteniéndolo al precio de su sangre.


El censo, pues, no es democrático. No es el pueblo quien decide qué sea pueblo, sino el poder soberano, mediante la regulación de las formas de adquirir la nacionalidad. Bastante tendrá el foráneo con que no se le moleste y se le conceda la libertad de abandonar el país. En él vemos sólo la igualdad remota del hombre, no la del ciudadano que comparte con nosotros intereses comunes de manera permanente.

La igualdad del género humano es el meollo de la revelación cristiana y uno de los exponentes de su triunfo. La libertad de conciencia se alcanzó también entre cristianos, siendo una reivindicación sostenida por buena parte de humanistas tras la Reforma. Voltaire era un caricato anticlerical que vivió de rentas, como todo su siglo. Los hitos principales ya estaban marcados cuando él empezó a escribir: Suárez, Grocio, Locke, Pufendorf, entre otros. Ninguno de ellos fue demócrata, y todos fueron cristianos. Por centrarnos sólo en lo estrictamente jurídico, debemos a la civilización cristiana la pervivencia del Derecho romano, compilado por el emperador Justiniano, así como su estudio y difusión durante el Renacimiento. Sin él Occidente no sería lo que es. También se le debe la doctrina iusnaturalista, enormemente desarrollada durante la Ilustración.

¿Qué nos han legado sus enemigos, apóstoles del resentimiento y agentes del odio? La lucha de clases, la discriminación positiva, los sistemas piramidales. Los vicios principales del Antiguo Régimen, si observamos sólo su última fase en Europa central (lo cual ya es un sesgo considerable), fueron la dispersión normativa, el desconocimiento del Derecho por los magistrados, la arbitrariedad procesal, el deficiente aprovechamiento de las tierras y los excesivos gravámenes del sistema tributario. Pero los revolucionarios franceses -de quienes los comunistas son continuadores ideológicos- aprovecharon la coyuntura de crisis para cuestionar la legitimidad misma del poder soberano y extender su demagogia igualitarista.

¿Qué les debemos? La única libertad que instauraron, y que era hasta la fecha inaudita, fue la libertad de prensa, pero sólo en la medida en que fue un elemento indispensable de agitación para fines sediciosos y no fueron capaces de ahogarla después. Por otro lado, sus primeras y más importantes acciones para asegurar la libertad religiosa en un país eminentemente católico consistieron en perseguir sacerdotes y castigar o ridiculizar la devoción. La libertad que alzaron por bandera era sólo otro nombre para la ley del más fuerte, y la Iglesia hizo muy bien en atacarla.

Procuremos no ser epílogos de un error.

sábado, 24 de octubre de 2009

El monoteísmo salvó la ciencia antigua


Ved en Plutarco, Vida de Nicias, cómo los físicos que explicaban por causas naturales los eclipses de luna resultaron sospechosos al pueblo. Se los llamó "meteoreros", persuadidos de que reducían toda divinidad a causas naturales y físicas, hasta que Sócrates cortó de raíz con todo, al someter la necesidad de las causas naturales a un principio divino e inteligente. La doctrina de un ser inteligente fue hallada por Platón como un preservativo y defensa contra las calumnias de los celosos paganos.


Montesquieu

viernes, 25 de septiembre de 2009

Perspectivas sobre la paz perpetua




Poco importa que la primacía del Papa sobre los Reyes haya tenido su origen en el derecho divino o en el humano, si es una cosa puesta fuera de duda que los Pontífices han ejercido esta autoridad durante muchos siglos con asentimiento universal y con universal aplauso.

(...)

Yo sería del parecer que se estableciese en Roma un Tribunal para fallar los pleitos de los Príncipes, y que fuera su Presidente el Pontífice Romano, recobrando aquella potestad judicial que ejerció en otro tiempo con los Reyes. Pero para esto sería necesario antes que el sacerdocio recobrara el prestigio que ha perdido, y que un entredicho o una excomunión bastaran para hacer temblar a los Príncipes en sus Tronos, como en tiempo de Nicolás I o Gregorio VII. Todo bien considerado, este proyecto me parece más hacedero que el del abate Saint-Pierre. Y supuesto que a todos es permitido entregarse a sus imaginaciones, ¿por qué no se me permitiría a mí entregarme a una que, si se realizara, restauraría la edad de oro en la tierra?

Leibniz


El proyecto del abad de Saint-Pierre, Charles-Irénée Castel, es el de la paz perpetua entre naciones, que luego adoptaría Kant. Ambos postulan que la concordia debe obtenerse mediante un multilateralismo de corte federalista, basado en el mutuo reconocimiento del derecho a la paz y en los vínculos que proporcionan el comercio y los intereses comunes. Un proyecto que fracasó estrepitosamente el pasado siglo, pero que goza todavía de crédito en la medida en que se lo considera el único posible.

Leibniz, sin embargo, creyó ser más sencillo lograr la unión religiosa de los pueblos desde una instancia única y ortodoxa que conseguir el continuo entendimiento de los gobernantes coyuntura tras coyuntura, lo que conlleva la pretensión de que éstos no hagan valer las ventajas derivadas de una situación hegemónica respecto a sus competidores. Más sencillo porque parece realista en mayor medida aspirar a la unión de los gobiernos por la unión de los pueblos que a la inversa. Algo así pareció indicar Montesquieu (discípulo de Castel, irónicamente) cuando en su obra Grandeza y decadencia de los romanos escribió a propósito de la extensión del derecho de ciudadanía a la Península Itálica:

Para ellos Roma dejó de ser la ciudad en la que el pueblo poseía un mismo espíritu, un mismo amor por la libertad, un mismo odio por la tiranía; o el celo por el poder del Senado y las prerrogativas de los Grandes, siempre unidas al respeto y al amor por la igualdad. Habiéndose convertido en sus ciudadanos los pueblos de Italia, cada ciudad aportó su genio, sus intereses particulares y su dependencia de algún gran protector. La Urbe, desgarrada, dejó de formar un todo unitario, y puesto que se era ciudadano por una especie de ficción, dejaron de tenerse los mismos magistrados, las mismas murallas, los mismos Dioses, los mismos templos, las mismas sepulturas; no volvió a contemplarse Roma con los mismos ojos, no se volvió a sentir el mismo amor por la Patria, y los sentimientos romanos dejaron de existir.

lunes, 21 de septiembre de 2009

Lo que el neoconservadurismo puede aprender de Montesquieu


Ainsi Rome n'était pas proprement une monarchie ou une république, mais la tête du corps formé par tous les peuples du Monde.

Si les Espagnols, après la conquête du Mexique et du Pérou, avaient suivi ce plan, ils n'auraient pas été obligés de tout détruire pour tout conserver.

C'est la folie des conquérants de vouloir donner à toutes les peuples leurs lois et leurs coutumes; cela n'est bon à rien; car, dans toute sorte de gouvernement, on est capable d'obéir.

Mais, Rome n'imposant aucunes lois génerales, les peuples n'avaient point entre eux de liaisons dangereuses; ils ne faisaient un corps que par une obéissance commune, et, sans être compatriotes, ils étaient tous romains.

On objectera peut-être que les empires fondés sur les lois des fiefs n'ont jamais été durables, ni puissants. Mais il n'y a rien au Monde de si contradictoire que le plan des Romans et celui des Barbares: et, pour n'en dire qu'un mot: le premier était l'ouvrage de la force; l'autre, de la faiblesse; dans l'un, la sujétion était extréme; dans l'autre, l'indépendance. Dans les pays conquis par les nations germaniques, le pouvoir était dans la main des vassaux; le droit seulement, dans la main du Prince. C'était tout le contraire chez les Romains.


Montesquieu

miércoles, 25 de marzo de 2009

Religión y libre mercado




Ya sabes, Mirza, que varios ministros de Cha-Solimán habían proyectado obligar a todos los armenios de Persia a salir del reino o a que se hicieran mahometanos, creyendo que siempre estaría profanado nuestro imperio mientras conservase estos infieles en su seno.

Allí hubiera dado fin la grandeza de Persia si se hubieran escuchado en este lance los consejos de una ciega devoción. No sabemos cómo no se llevó el plan a efecto; que ni los que hicieron la propuesta, ni los que la desecharon, conocieron las consecuencias que acarreaba: valió el azar por la razón y la política y se libró el imperio de más grave riesgo que el que con la pérdida de una batalla y de dos ciudades hubiera corrido.

La proscripción de los armenios hubiera destruido en solo un día a todos los negociantes y casi todos los artesanos del reino. Cierto estoy de que más hubiera querido el gran Cha-Abás cortarse ambos brazos que firmar semejante decreto; y que hubiera creído que cedía la mitad de sus dominios al Mogol y a los demás soberanos de la India enviándoles sus más industriosos vasallos.

Las persecuciones que a los gauros han suscitado nuestros más fervorosos mahometanos, han precisado a aquellos a que se pasaran en ejércitos a la India, privando a Persia de un pueblo tan dado a la labranza y que a esfuerzos de su ímprobo trabajo podía él solo triunfar de la esterilidad de nuestro suelo. Otro golpe más quería darnos la devoción, que era acabar con la industria: así se desplomaba el imperio por su propio peso y, con él, por consecuencia necesaria, se venía a tierra esa misma religión que querían que floreciera.

Discurriendo, Mirza, sin preocupación, no sé si no fuera útil que hubiese en un estado muchas religiones. Los sectarios de las religiones toleradas se nota que por lo común son más útiles a su patria que los que profesan la dominante, porque lejos de los cargos, y no pudiendo hacerse lugar como no sea por su opulencia y riquezas, se esfuerzan a granjearlas con el sudor de su frente y abrazan las más duras profesiones de la sociedad.

Como por otra parte contienen todas las religiones preceptos provechosos para la sociedad, conviene que sean puntualmente observadas. ¿Pues qué cosa hay más propicia para animar su fervor que la muchedumbre? Unas competidoras son que nada perdonan; descienden los celos hasta los particulares; cada uno está alerta, temeroso de hacer cosas que redunden en desdoro de su partido y le expongan a los denuestos y a la aspereza de los baldones del contrario. Por eso siempre se ha notado que la introducción de una nueva secta en un país era el medio más eficaz de enmendar todos los abusos de la antigua.

Vano es alegar que tiene interés el príncipe en no consentir muchas religiones en sus dominios; que cuando se reunieran en ellos todas las sectas del mundo, no le traerían perjuicio ninguno, porque ninguna hay que no mande la obediencia y predique la sumisión.

Confieso que están llenas las historias de guerras de religión; pero mirándolo bien, no ha sido la muchedumbre de religiones lo que estas guerras ha ocasionado, sino el espíritu de intolerancia que animaba la que se creía dominante.

Las ha ocasionado el espíritu de proselitismo que se pegó a los judíos de los egipcios, y que de aquéllos, como una enfermedad epidémica y popular, ha cundido a los mahometanos y a los cristianos.

Las ha ocasionado en fin aquel espíritu de demencia, cuyos progresos sólo a un eclipse total de la humana razón se pueden atribuir. Porque, finalmente, aun cuando no fuera cosa inhumana atormentar la conciencia ajena, aun cuando no resultase de aquí ninguno de los fatales efectos que a millares acarrean, menester fuera estar loco para obrar así. El que quiere que mude yo de religión, sin duda lo quiere así porque no dejaría él la suya si pretendieran violentarle a ello; ¿pues, por qué extraña que no haga yo lo que acaso no hiciera él si le dieran el imperio del mundo?


Montesquieu