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viernes, 7 de septiembre de 2012

Proton pseudos




Nadie puede pecar por mí, y nadie puede ser virtuoso por mí. Pero, si el fuego es siempre caliente y el hielo es siempre frío, la prueba de que yo no soy la causa intrínseca de mi virtud es que no soy siempre virtuoso; y la de que no estoy hecho sólo de pecado, que no siempre peco.

Es necesario que el bien y el mal me irradien, pero no es imposible que los pueda resistir. Sería un pretencioso quien afirmase que se ha hecho bueno a sí mismo. Es más justo decir: "he consentido en hacerme bueno". Y lo mismo para la maldad, que nace con nosotros y no necesita ni trabajo ni maestros.

La causa necesaria del bien es Dios. La causa necesaria del mal algunos la atribuyen a la mera carencia de las criaturas (es decir, el mal metafísico o la imperfección necesaria por no ser Dios), y otros a un agente externo tentador.

En mi opinión aciertan los segundos: alguien no es moralmente malo por no ser Dios; lo es por querer ser malo aun contra su conciencia. Ahora bien, un ser consciente sólo puede renunciar a su conciencia por un engaño, y ese engaño sólo puede proceder de una causa inteligente, pues no es un engaño en las apariencias, sino en los fines. Con todo, engañarse a uno mismo es imposible, porque el agente y el paciente no pueden ser idénticos en las operaciones intelectuales (no cabe pensar y pensarme al mismo tiempo, ni refutar y refutarme); por tanto, hay un engañador. Luego, si Dios no engaña y ha de haber un primer hombre engañado, es el Diablo quien engaña a todo hombre.

martes, 24 de febrero de 2009

Satanás




El Diablo es el numen más incomprensible de cuantos se conocen, no obstante ser aquel que mejor se compadece con lo oscuro de nuestra naturaleza. Falaz y, con todo, portador de cierta gnosis, no está falto de bellos apellidos que denotan su esplendor, como el de lucero del alba, aunque sean más los que señalan su repulsiva afinidad con las tinieblas.

Siendo rebelde a la autoridad suprema, se lo ha nombrado dios y príncipe de este mundo, en el que, en lugar de reinar, parece estar en un exilio perpetuo. El poeta Prudencio lo compara a las Furias, que tienden trampas crueles a los hombres. San Antonio el ermitaño, despectivo, dijo que era como un perro encadenado, carente de peligro para quienes no se le acercaban. Cristo lo vio descender como un relámpago y le da el nombre terrible de adversario, si bien Lutero creía poder espantarlo con una simple lira.

Así como los rasgos que hacen de él una paradoja viviente, mezcla de debilidad y omnipotencia, sorprende en su figura la ausencia de genealogía y de fin. Está en lo más alto sin ser el más alto; su destino no es ni la obediencia perfecta de los espíritus superiores, ni la salvación hipotética de los espíritus medios, ni la mera pasividad de los espíritus inferiores. ¿Para qué fue creado? Ni siquiera los ateos saben dar cuenta de él como placebo, puesto que su función es la de atormentar a las criaturas, mas no para conducirlas al orden, sino a la perdición.

No hay nada igual en la mitología clásica. Los Titanes, con los que a menudo lo ha equiparado el burdo deísmo, fueron convertidos, encerrados o confinados tras su derrota. Él es, en cambio, un caos persistente y preeminente, sin resultar por ello una amenaza para la Providencia.

Odia la religión y se oculta en los ídolos para ser adorado en vano. Cree en Dios, pero con fe falsa, en la desesperación, siendo la auténtica fe la de esperar lo inesperado. Anonada a la generación perversa que lo conoce, y extravía al erudito que lo ignora. Sucumbe, sin embargo, ante el hombre íntegro, en el que no encuentra pliegues en los que adherirse y por el que no puede más que resbalar.

Baudelaire dijo que es más difícil amar a Dios que creer en él, mientras que es más fácil amar al Diablo que darle crédito. Su poder, inmune al conocimiento, está circunscrito a nuestra miseria como una sombra.

domingo, 21 de diciembre de 2008

Imitatio diaboli




Existe en la moral un axioma del que cabe dudar tan poco como de cualesquiera de entre los que contempla la geometría: Siempre hacemos lo que creemos más conveniente para nosotros. Así, nadie obra sin unos elementos de convicción mínimos, determinantes a la hora de decantarse por un curso de acontecimientos sujeto a la contingencia. Por imperfecta que sea nuestra información y el modo de procesarla, nada que emane de nuestra voluntad, desde la mayor empresa hasta el menor movimiento, se hace sin una reflexión previa en la que las alternativas son consciente o inconscientemente descartadas.

A esta conclusión se suele oponer cierto irracionalismo emergentista, que -destruyendo la diferencia entre acciones y pasiones- sostiene que primero actuamos y luego decidimos actuar, por lo que participaríamos en una ilusión decisoria "ex post" sin capacidad efectiva para influir en el primer eslabón causal. Si fuera de este modo, tan válido sería decir que obramos como que hemos sufrido una convulsión, y la psicología iba a quedar reducida a una difusa reflexología.

Afianzado el axioma frente a estas débiles objeciones, procede preguntarse por qué tan a menudo accedemos a realizar lo que a todas luces nos resulta perjudicial. Sólo hay dos respuestas posibles, a saber: porque creemos, a pesar de todo, que nos conviene, o por emulación inconsciente. Lo emulado, siendo voluntario, carece de razonamiento. Podemos hablar de nuestra voluntad cuando hay una conexión entre lo razonado y lo deseado. En caso contrario somos ejecutores de una voluntad ajena a la que ni siquiera hemos asentido, pero de la que se han contagiado nuestros actos por una especie de impregnación por solapamiento.

Ambas respuestas son muy poco satisfactorias si se aplican a seres reflexivos. Por lo que todavía cabe imaginar una tercera, resultado de combinar las anteriores: que se dé en nosotros una emulación inconsciente seguida de su aprobación moral. La aprobación vendría más por razón del sujeto que del objeto. El acto no sería bueno por lo que se hace, sino por quien lo hace. Aunque no lo hayamos hecho nosotros, y pese a creerlo así.

Esto es más plausible psicológicamente, al basarse en el amor natural a las propias acciones o a aquellas que pasan por tales, pero deja sin resolver el problema ontológico del origen del mal moral. ¿De quién aprende el mal el hombre? ¿Hay una cadena de hombres o de discursos malos a cuya imitación sucesiva se debe el mal perpetrado en el presente? ¿Dónde empieza a trenzarse? ¿Quién es el primer malvado y por qué?

miércoles, 9 de julio de 2008

Frente a una apología del diablo


Querido amigo Irich, en primer lugar decirte que no es habitual encontrar un católico que dialogue con respeto, autoridad y argumentos sólidos; lo cual me congratula doblemente. A cambio te rogaré paciencia con mi intolerancia y agresividad (ya sabes que Asmodeo es el diablillo colérico, pero no hay que hacerme demasiado caso).


Sé que para ti esto es un juego. Si fueras realmente un adorador de Satán no dialogaría contigo. Acepto el juego porque para eso estamos, y porque, en palabras de Nietzsche, nada hay más serio.


Volviendo al Génesis, creo que Yahveh les miente, puesto que comiendo del árbol de la Ciencia no morirían. Mueren cuando les prohíbe comer del árbol de la Vida, represalia divina por haberle desobedecido y, sobre todo, porque "el hombre ha llegado a ser como uno de nosotros, conocedor del bien y del mal.


Dios dijo que si comían del primer árbol morirían. No indicó en ningún momento que la causa directa de esa muerte fuese que el fruto estuviera envenenado. Como se ve aquí, el mismo Dios es reacio a interpretaciones literales de su Palabra.


El hombre quería ambas cosas, ser dios y vivir eternamente; no contaba con la sucia jugada del Creador: "no consentiré que seáis iguales a Mí, podréis igualarme en sabiduría, pero os mataré".


El Creador hizo al hombre a su semejanza antes de que éste probase el fruto prohibido (Gn. 1:27). Es el diablo el que promete más de lo que puede dar y, en definitiva, quien engaña. Miente por partida triple al afirmar que:

1) No morirán.

2) Conocerán el bien y el mal.

y 3) Serán como Dios.

Con todo, murieron, se confundieron sus nociones morales y su instinto de conservación y pasaron a ser bestias degeneradas, subanimales.


Otro asunto, cuando "se les abren los ojos", se dan cuenta que están desnudos, o sea, son conscientes de su animalidad. Rápidamente se tejen unos vestido con hojas, se adornan, van "contra natura", deciden dejar de ser y vivir como animales, ahora son dioses.


Se avergüenzan de su cuerpo porque acaban de adquirir consciencia de él como instrumento para el mal. En términos freudianos, el "super yo" arremete contra el "yo". Ir desvestido, por cierto, no es sólo propio de animales: tampoco los ángeles se adornan con ropa, más que por deferencia hacia los hombres.


Entonces oyen la llamada de Dios, y como "saben", como distinguen el bien del mal, saben que bueno y malo son conceptos relativos que los impone el poderoso.


Luego Dios sería relativamente bueno, sabio, justo, etc. Pero dado que su poder es absoluto, ¿cómo salvar la aporía?


También descubren, gracias a su conocimiento recién estrenado, que Dios no es ese padre bueno que busca su felicidad, sino un juez tiránico que exige se cumplan ciegamente sus caprichos.


Dios pidió muy poco ofreciendo mucho a cambio. Es lógico que el castigo fuese proporcional a la deslealtad.


Saben que les espera el castigo, y tienen miedo. Y se comportan con cobardía, otro resultado de ser inteligente; buscan excusas, buscan atenuantes que les libre del desastre, se culpan unos a otros.


La verdadera culpable es Eva, el eslabón débil. Adán confía en un semejante; Eva se entrega al caos, se deja someter por una fiera salvaje, por lo más indigno, bajo promesa de obtener de este modo la sabiduría. Las pitonisas paganas, amigas de demonios, entraban en trance para adivinar el futuro. Así Eva.


En eso no han tenido la valentía de los demonios, que se rebelaron y jamás han pedido clemencia.


¿En qué se distingue esta valentía de la locura?


Creo que el arrepentimiento es una cobardía, pero insisto la vergüenza de Adán y Eva no fue por haber pecado, sino porque querían perder todo rastro de animalidad.


Quizá por eso obedecieron a un animal y desobedecieron a un dios. Se da la paradoja de que, pese a ser esta desobediencia voluntaria, no lo es la salida de la animalidad, que se experimenta con gran frustración. Lo he repetido muchas veces, pero fue pensando en ello que di con el título de mi blog.


Fíjate que no piden perdón a Dios en ningún momento, tan sólo se echan las culpas unos a otros: me han engañado. Su dolor es de atrición, no de contrición.


Posiblemente pedir perdón no procediera, ya que habían contado con una ayuda sobrenatural para conocer las consecuencias de sus actos. ¿Qué excusa iban a alegar?


Ahí radica la grandeza del Diablo, él nos abrió los ojos. De lo contrario ni se lo habrían planteado. Hasta entonces hacían lo que Dios les mandaba sin cuestionarse nada.


No. De haber desoído al diablo habrían podido acceder al árbol de la vida eterna, que era Cristo. Entonces los ojos se habrían abierto, mas sin dolor y sin vergüenza.


La Serpiente los convence, mejor dicho, convence a la mujer; un homenaje del autor veterotestamentario a la inteligencia femenina. La serpiente les dice que ese fruto los hará mejores y creen en ella. Lo curioso es que tenía razón.


En ningún lugar de la Biblia se nos dice que tras el pecado se adquieran cualidades. Antes al contrario, éstas quedan sepultadas y debilitadas.


En cualquier caso, tampoco merece la pena dar a la Biblia más valor que el que tiene una vieja tradición mitológica, y que en definitiva no hace sino recoger el viejo mito Mediterráneo del conocimiento iniciático, donde la manzana representa el conocimiento, la serpiente (el dragón) es el monstruo que las guarda y Adán debiera ser el héroe solar que mata al dragón y obtiene la iluminación.


Lástima que el relato del pecado original dé la vuelta a ese mito como si de un calcetín se tratase.

lunes, 7 de julio de 2008

Escala de la miseria


Plenitud. Lo anhelado es objeto directo de contemplación, queda al alcance de saborearse. Está permitida la interacción, la escucha, el tacto. El deseo se sacia.

Añoranza. La presencia se desprende de su esencia. Permanece lo ideal en sordina, a lo lejos, pero la autopercepción es, al fin, nítida. El mundo es estrecho y hay que huír de él.

Decepción. Lo arquetípico y lo mundano se disponen como opuestos. El bien y el mal luchan entre sí. La verdad se paga a precio de la vida.

Desesperación. Vence el caos y el universo se hunde en una existencia frustrada. Todo atisbo de virtud es falso, toda certidumbre es vana, salvo la de la muerte.

He descrito en pocas palabras aquello que los poetas clásicos llamaron las Edades del Hombre, a saber, Edad de Oro, de Plata, de Bronce y de Hierro.

En la Biblia, no obstante, no existe Edad de Oro duradera, pues lo anhelado para la plenitud toma una forma dual, disyuntiva: o la vida o el conocimiento. Tampoco existen estadios intermedios de degradación progresiva, y es la segunda generación de hombres una estirpe de asesinos.

La caída tiene dos momentos, la toma de consciencia y el olvido de sí.

Cuando el mortal muerde el fruto del saber, esto es, la subjetividad, disocia al noúmeno del fenómeno y empieza a vivir verdaderamente. La vergüenza conlleva el no reconocimiento en uno mismo, la inutilidad del conocer separado de la verdad. Perplejo y narciso, el hombre corre a esconderse: De Dios, mintiendo; del mundo, cubriéndose.

El diablo se declara enemigo de cualquier aspiración que arranque al hombre de su condición de animal humillado. Se enseñorea de la realidad y dispone el Reino de Dios sin Dios, fomenta la razón sin fines, difunde la vida sin sentido y extiende la muerte sin gloria. A la postre, sumido en la derrota, el hombre adora al diablo. Pero nada hay en su interior que le empuje a adorarlo, pues la seducción ha sido externa. Y puede salvarse.

sábado, 21 de junio de 2008

Initio sapientiae


Defínase el bien como la verdad (la suma de lo pensable) y el amor como la mutua correspondencia que ambos tienen (nada malo es verdadero, nada verdadero es malo). Una suerte de Trinidad.

Considérese la belleza como forma, y otro tanto la vida, estando en contraposición con la hylé aristotélica. La belleza sería la multiplicación del bien, que los cristianos asocian a la Creación.

Visto esto, amar la vida me parece una expresión vaga en exceso, premisa compartida de Nietzsche, el budismo y el new age. Ahora bien, el amor es el fundamento del orden, no el de la moral. La moral humana no puede erigirse sólo sobre la verdad, tarea que acometió Sócrates tan heroica como inútilmente. Ha de tomar pie en la vergüenza, que es el miedo de sí mismo.

Nadie que se tema a sí mismo puede confiar en otro igual, de donde deriva la propensión hombre a divinizar su entorno. El pecado original está en la raíz del de idolatría. Al contrarrestarse en la historia esta tendencia, abogando por la igualdad a modo de capa basal de toda política y de toda ética (democracia), se diviniza a la especie de la que formamos parte. Es a fuerza de obviar nuestra falibilidad de individuos o de grupo que nos condenamos a postrarnos de nuevo.

Lo que no entendemos no lo poseemos. Sin consciencia de la sinrazón, la razón es instrumento del diablo. De nada nos sirve llamarnos hombres cuando nos atribuimos lo que no nos atañe y olvidamos lo que nos pertenece. No hay camino medio, pues, entre someterse a la verdad y someterse a la mentira.

sábado, 12 de abril de 2008

Hipnosis diabólica




Hay una razón más baja que la razón (hipognosis), capaz de persuadirnos en tanto que se corresponde con nuestra naturaleza racional, al tiempo que nos engaña por estar dirigida a fines no racionales, es decir, no libres. Es la razón orientada a los sentidos.

Toda mala acción, pues, presupone al menos un pensamiento sensual. Ahora bien, puesto que el objeto de los sentidos no es racional (en tanto que sensible), y nadie puede engañarse a sí mismo conscientemente, debemos presuponer también una fuerza inconsciente en el origen del engaño.

Sin embargo, nada irracional es capaz de influir en los seres racionales (en tanto que racionales, esto es, conscientes). Luego la mencionada fuerza inconsciente es racional. Lo cual colisiona con la definición de lo inconsciente, asociada de un modo invariable a lo irracional en el hombre. Por tanto, concluimos que es una fuerza no humana.

De la misma manera que toda buena obra requiere la gracia que inspira la intención y buena voluntad para llevarla a cabo, toda mala obra exige el acto hipnótico que nubla el intelecto y la voluntad viciada que la ejecuta.

miércoles, 7 de noviembre de 2007

Cuando fuimos inocentes




1) Llamo concreto a aquello que no se compone de significados parciales (i.e., la subjetividad).

2)
Entiendo por existir el ser inteligible sin referencias externas.

3) Si algo no es concreto, no existe.

4) Amar es voluntad de retener o de ser retenido.

5) Ser consciente es retener lo concreto mediante la inteligencia.

6) Es imposible ser consciente si no se ama algo concreto.

7) Luego, un cuerpo no puede amarse conscientemente.

8)
La atracción hacia un cuerpo no es intelectiva, sino instintiva y asimilativa, radicando en someterlo o sometérsele.

9) Luego, para amar carnalmente algo distinto a sí mismo, debe sometérselo o sometérsele.

10) Someter es destruir una resistencia.

11)
Quien no puede someter ni se somete sólo sabe resistir con el engaño.

12) Llamo engaño a la apariencia presente de un bien futuro.

13)
La belleza caduca de los cuerpos es un engaño.

14)
Ergo, amar carnalmente es destruir la falsa belleza de los cuerpos.

15) Ahora bien, los cuerpos no son más que su apariencia.

16) Por otro lado, odiar es voluntad de destruir o de ser destruido.

17) Consecuentemente, el amor carnal es el odio del cuerpo del otro o de uno mismo.

18) El mal es el odio espontáneo hacia lo representado.

19) Por lo que el sexo y el mal tienen una e idéntica raíz.

20)
Y la raíz nos es desconocida.

martes, 11 de septiembre de 2007

Ciencia y creencia


Sé que hay infinidad de blogs y páginas hispanos dedicados a combatir lo paranormal o sobrenatural, a diseccionar fenómenos que se analizan como aberraciones del intelecto y a clasificarlos a modo de embustes velados o patentes. Ahora bien, confiando en su buen hacer podríamos incurrir en un autoengaño no menos grave, que es la falacia cartesiana de considerar inexistente todo lo que no es analizable por mí aquí y ahora. Quien así actúa no sólo contraria a la fe, sino al avance del conocimiento objetivo. De manera semejante, erraba por negligencia el astrónomo ptolemaico al despreciar todas las observaciones que contradecían su sistema; y desbarraba con cierto dolo intelectual al torturar y desfigurar a éste para hacerlo acorde con la realidad.

Hablaré a propósito de la demonología y de los casos de exorcismo, presentes en algunos medios de comunicación y piedra de escándalo para los escépticos más sectarios, que lo son sólo de nombre. Porque, antes de enfrentar este tipo de supuestos, lo primero que debe preguntarse uno es si cree o no en los demonios. Si no cree en ellos, es racionalmente imposible que encaje en una cadena de fácticos una interpretación que los presuponga: la excluirá por sistema. Sin embargo, nadie puede demostrar que los demonios no existan, tal y como están definidos, a saber, como agentes psíquicos sin cuerpo craso. Luego la actitud pretendidamente escéptica no está bien fundamentada si no abandona o justifica el apriorismo.

Mi punto de vista, resumido en pocas palabras, es que, a partir de determinada cantidad de indicios ciertos, es más antieconómica y, por ende, más milagrosa la explicación ordinaria que la extraordinaria. Dejando al margen la Biblia (Mc. 16:17) y mi condición de creyente, aplicaría sin dudarlo la Navaja de Ockham en favor de los soi-disants escépticos si no hubiera posesiones, o si éstas pudieran explicarse mejor desde el aparato conceptual psiquiátrico. Pero el problema es que las hay y se explican de forma insatisfactoria.

Es preciso aclarar que una posesión no es un fenómeno religioso, esto es, cultural en sentido propio. Es -salvo que se presuponga fraude- un estado de consciencia alterado y destructivo. Lo religioso, en cambio, entra en la esfera de lo consciente no patológico; de lo moral y lo inmoral, si se quiere, aunque las inmoralidades recurrentes puedan presentar rasgos enfermizos. Lo dicho también vale para el caso límite. Los accesos místicos son potenciaciones momentáneas del intelecto, experimentadas con emoción dentro del orden; no espasmos de una psique amputada y fuera de madre.

Así pues, las facultades mentales y la experiencia religiosa pueden estudiarse sin solapamiento en sus respectivas disciplinas. Mas las posesiones, si son auténticas, no caen en el ámbito de investigación de ninguna de ellas. La cuestión, entonces, es: ¿se trata de ataques histéricos, de una sobreactuación histriónica? ¿O más bien de un endemoniamiento que obliga a presuponer la existencia de un agente psíquico extraño?

Creo que el modo más fácil de averiguarlo es interrogando a esa persona. Existen respuestas que un histérico no puede dar, o no es coherente que dé. Si bien uno puede plantarse y decir: "El poder de la mente nos es desconocido. Es posible para un ser humano trastornado el conocer el comportamiento típico de un demonio según la demonología y reproducirlo fielmente durante períodos muy dilatados en el tiempo; y es posible también que se deje sugestionar sólo ante símbolos religiosos, mostrando una mezcla de fobia y apaciguamiento alternativos, propios de personalidades desdobladas". Pero a mí este proceder típico, por lo demás asintomático e intratable desde la ortodoxia médica, me parece más increíble desde una perspectiva estrictamente psiquiátrica que el hecho mismo del endemoniamiento (el cual desborda a la psiquiatría por su mismo objeto). Es abusivo presuponer tanto poder en la mente, expresado en acto sin más a través de estímulos vulgares. Y es absurdo hablar de conspiración a esta escala.

Por este motivo, entre otros, creo en los demonios; igual que creo en los ángeles; igual que creo en los milagros; igual que creo en Dios. No atento contra la lógica en ninguno de estos puntos y, dentro de los datos que se me aportan, empleo la Navaja.

Es justo lo que hacen los exorcistas cuando rechazan casos que, bajo la apariencia de endemoniamientos, son meros trastornos explicables por vía psicoanalítica o desde cualquier otra forma de prospección neurológica. No actúan como el curandero que entra allí donde debería estar el médico, proponiendo remedios en su lugar, sino que van al caso perdido, al que excede a la metodología. No ya a la técnica, como curar un cáncer, algo que será posible en el futuro, sino -insisto- a la metodología, es decir, a los presupuestos mismos de aplicabilidad de una rama del saber.

jueves, 30 de agosto de 2007

La mordedura


Frustración es el estado psicológico por el cual se toma consciencia de no haber alcanzado un fin que se estima bueno y conveniente. Tal fin es contemplado como lejano e improbable, rasgo por el que se lo distingue del sentimiento de ambición.

Habida cuenta de que la frustración puede darse en la persecución de fines posibles y hasta sencillos a la vista de los medios de que disponemos, es preciso que nos preguntemos por qué nuestra inteligencia, cediendo ante la insensibilidad y el desánimo, obedece a nuestras pasiones en determinados supuestos y se ve subyugada por ellas. Esto es, a qué se debe el fracaso moral del hombre medio, cuya racionalidad se sobrentiende.

El fracaso puede ser:

1) Intencionado.

2) Desidioso.

Si fuera intencionado, nuestra inteligencia procuraría un fin no inteligente (contrario a los propios intereses del sujeto percibidos por él), lo que es absurdo dada su naturaleza. Deducimos que no es un fracaso intencionado o finalista, sino culpable, equivocado en los medios.

A su vez, el motivo de la culpabilidad puede deberse a que:

1) Nos engañamos.

2) Cesamos en nuestra facultad de juzgar.

Por la primera, realizaríamos algún razonamiento sofístico que nos conduciría a una conclusión errónea. Por la segunda, nos dejaríamos engañar por las apariencias como si viviéramos en un sueño donde no nos estuviera permitido reflexionar.

Ahora bien, si pecar consistiera en engañarse, siempre que nos arrepintiéramos de haber pecado seríamos capaces de aislar el error que extravió nuestras consideraciones pasadas. En ese caso el pecado carecería de mala intención, siendo más un defecto del entendimiento que de la voluntad. Corregido una vez, no volvería a repetirse en lo sucesivo. Sin embargo, por lo común esto no es así. En consecuencia, el pecado propiamente dicho no consiste en el autoengaño, sino en la suspensión del juicio.

Queda por examinar si la mencionada suspensión es:

1) Voluntaria.

2) Involuntaria.

Si fuera involuntaria, cabría atribuirla a una pasión, esto es, a una acción externa sobre nosotros o a una disminuición repentina de nuestro buen sentido. Pero, dado que no encontramos tales acciones ni causa alguna para que nuestro raciocinio se vea puntualmente impedido, se concluye que aquélla es voluntaria.

La voluntad es el brazo ejecutor del entendimiento. No existe una voluntad ciega, razón por la que cuando obramos algo sin propósito se habla de acción involuntaria. Con todo, vemos aquí un acto volitivo que procede sin influjo físico apreciable contra el entendimiento, prescindiendo de él por completo y a los solos efectos de anularlo. En estos casos es el Diablo quien opera en nosotros a través de la hipnosis, mecanismo por el que nos induce a desear lo que no comprendemos y tiende a destruirnos.

Es pecado originario el placer inicial que experimentamos inconscientemente al ser engañados en nuestro perjuicio, engaño que se presenta en forma de tentación.

lunes, 18 de junio de 2007

Demostración del Diablo


Que, como todos saben, no existe.

* * *

La intención es la raíz de todo acto;
no puede intentarse lo que no se entiende;
no puede entenderse lo que no es;
luego no puede hacerse lo que no es.
Se hace el mal,
ergo, el mal es antes de ser hecho;
el mal es antes de ser intentado;
el mal es antes de ser entendido.

De donde se sigue que el mal preexiste al pensamiento y, ya que el hombre es en tanto que piensa, también preexiste al hombre.

Con todo, el mal no puede subsistir por sí mismo, dado que siempre es relativo a un mayor bien o a un menor bien. Así que el mal es creado. Pero, si preexiste al hombre y a toda criatura, sólo puede ser creado por Dios.

Convenimos, pues, en que el mal es anterior al hombre y creado por Dios; en que el hombre no puede hacer nada que no intente, no puede intentar nada que no entienda y, en fin, no puede entender nada que no sea y que no se manifieste en su conciencia. Ahora bien, el mal puede manifestarse necesariamente o libremente. Necesariamente, si depende de causas segundas; libremente, si depende sólo de Dios. Al depender sólo de Dios (como hemos visto ya), el mal se manifiesta libremente y al margen de la voluntad del hombre.

Si el mal actúa y es libre, el mal no carece de intención;
si no carece de intención, no carece de entendimiento;
si no carece de entendimiento, el mal es un sujeto;
y, si es anterior al hombre y a toda criatura, es un sujeto no humano, el primero entre los ángeles: Satanás.

lunes, 1 de enero de 2007

Aporías en el naturalismo moral


¿Qué es el mal moral? La voluntad de destrucción, el aniquilar como un fin en sí.

¿Qué es la voluntad? Lo que me hace tener ideas en acto.

¿Y qué es la destrucción? Un cambio a menos.

Ahora bien, las ideas fueron definidas por Platón para solventar el problema del cambio, que es el mismo que torturaba a Parménides. Éstas son lo contrario de la mutabilidad universal. Pues, porque hay ideas, no hay cambio real, sólo apariencias y fenómenos. Como no hay verdadero movimiento –sino superposición de estados- en una proyección cinematográfica. Luego no existe una idea de cambio.

Si no existe una idea del cambio, y en consecuencia tampoco una idea de destrucción (o de crecimiento), ¿cómo podemos desear el mal? ¿Cómo puede mi voluntad actualizar en mi consciencia una idea que no es tal, que no es verdadera ni, por tanto, representable? Por engaño. ¿Y quién es el padre del engaño? Satanás.

Satanás es la anti-idea: no puede ser entendida, pero sí obedecida; no puede persuadir a la inteligencia, por lo que acecha a la voluntad. La voluntad me hace tener ideas en acto, mas la voluntad de destrucción –tanto como la voluntad de poder, de la que a menudo se acompaña- es la voluntad de carecer de ellas, de superarlas. Se comprende que muchos trances místicos de “vaciamiento espiritual” pasen por posesiones satánicas. Así, la inteligencia del mal es una pseudointeligencia guiada por una pseudoidea que, en lugar de dejarse participar, participa en nosotros como si de un parásito se tratara.

El mal es multiforme porque depende del bien y a él se amolda. Difiere por completo de la participación platónica, que es idéntica en cada individuo (todos tenemos la misma idea del proceder de una suma aritmética), porque depende del mal. Es decir, del mal metafísico: de nuestras limitaciones, de la incapacidad de pensar distintamente en acto (somos distintos porque somos imperfectos).

No hay ideas rectoras, ni siquiera confusas, en la voluntad destructiva. Todo el contingente de pensamientos es un medio para llegar al fin ininteligible. La voluntad sin ideas es voluntad teledirigida. ¿Quién dirige? Bien el instinto, bien la sugestión de un tercero. Pero el instinto no suele realizar actos superfluos, y el mal en estado puro es eminentemente superfluo, gratuito. Tampoco puede tratarse de un instinto pervertido por la inteligencia, ya que ésta es teleológica; ni de una inteligencia pervertida por el instinto, puesto que éste es mesurado. En resumen, no se concibe que ninguno de los dos, por ser demasiado débil, rija sobre el otro, o que alternen el mando en el tiempo. Luego el director es un tercero. Y, dado que toda la humanidad está sujeta al mal en cualquier circunstancia, y que ha de haber siempre un inicio en la cadena de manipulaciones, sólo un no humano puede hostigarnos de esta guisa: Satanás.

¿Es el hombre más cruel que las bestias, sí o no? Y, sin embargo, ¿no es más racional? Entonces, dime, evolucionista secular, qué nos hace ser peores y más crueles que las bestias si no es la racionalidad. Porque espero que no insinúes que, como especie, somos más irracionales que ellas.

No, no entiendo que el hombre pueda ser el más cruel y el más bondadoso; el más racional y el más inconsecuente. Acláramelo, descreído. A mí me parece una contradicción. Los ateos seguís atorados en el Edén de la ignorancia moral, al atribuir a la racionalidad los frutos sazonados del desacato a la razón: la inconsciencia, el furor, la muerte.

Pero el bien y el mal son sobrenaturales: el primero por no depender de la esfera del ente o de las leyes de la causalidad, sino de la lógica en vistas a un fin, cuyo fin final está fuera de este mundo; el segundo por no deberse ni a las características superiores del hombre -que tendrían que hacerlo mejor- ni a las inferiores -que comparte con los animales, a los que no obstante supera en malicia.