domingo, 31 de diciembre de 2023


No existe una partícula física común a toda realidad física ni un principio físico común a toda interacción física. La unidad del universo sólo puede sostenerse metafísicamente, ya sea mediante la estructura matemática subyacente a la realidad, ya mediante su causa primera.

Supóngase que se concede que la estructura matemática del universo es su realidad fundamental. Si se afirma que también es su causa primera, se dará a los números el poder infinito de crear algo de la nada o de mover los cuerpos por toda la eternidad. Y si se niega que aquéllos sean causa de todo cuanto existe, no postulándose ninguna otra causa en su lugar, será forzoso concluir que el universo es causa de sí mismo, por lo que en modo alguno resultará ser cierto que los números sean su fundamento, ya que nada puede fundamentar aquello que posee una existencia necesaria.

En consecuencia, la tesis panteísta y la pitagórica son incompatibles: si el número es fundamento de la realidad, la realidad no es fundamento de sí misma; y si la realidad es fundamento de sí misma, el número no es fundamento de la realidad. La primera alternativa, una vez hemos excluido conferir a los números un poder infinito, nos conduce a Dios; la segunda al caos y a la desmesura de un universo anumérico. Luego, si no hay Dios, hay caos; y si no hay caos, hay Dios.

No hallamos nada fuera de las matemáticas que explique la realidad, en tanto no hay explicación posible que no recurra a la igualdad y a la semejanza, las cuales dependen del número. Si todo es siempre distinto y el discurso es infinitamente líquido, sin que la razón coagule en ningún punto, no habrá afirmación o negación, mayor o menor, y todo será absolutamente ininteligible para cualquier inteligencia. En tal escenario la inteligencia no sólo no podrá inteligir, sino que ni siquiera podrá llegar a ser. Por tanto, dándose la inteligencia y lo inteligido, se da el número como fundamento de la realidad y no se da la realidad como fundamento de sí misma.   

Con todo, el número es incapaz de educir la realidad de la nada o causar el movimiento en una realidad preexistente. Pues, si el número obrase por sí solo, obraría sin orden, toda vez que no hay motivo intrínseco para preferir un número a otro. Por tanto, dándose el orden, se da un obrar numérico no atribuible al número, que es el instrumento del obrar, ni a la realidad, que es su fin. Este obrar debe atribuirse a Dios.


El islam toma del judaísmo la noción de que los merecimientos del hombre son suficientes para hacerlo salvo. Pero es superior al judaísmo en tanto sus Escrituras prevén explícitamente recompensas ultraterrenas para quien se haga merecedor de ellas, mientras que la vida futura sólo se vislumbra en algunos pasajes del Antiguo Testamento (Isaías, Daniel, 2 Macabeos), sin formar parte del pacto de Dios con el pueblo elegido. 

No es comprensible que si el Talmud y la Mishná son autoridades inferiores a la Torá contengan revelaciones muy superiores, como lo es la promesa de la vida futura respecto a la promesa de una descendencia numerosa y una tierra habitable. Los judíos, que se habían afanado en introducir la esperanza de la resurrección mediante la literatura rabínica, consideraron hipócritamente que la revelación estaba ya cerrada en tiempos de Mahoma, por lo que lo tuvieron por falso profeta. Ahora bien, si estaba cerrada para Mahoma ¿por qué no debía estarlo para ellos cuando innovaron al estipular algo que no figuraba en la antigua alianza?


El cristianismo sostiene que la gracia santificante es necesaria para alcanzar la salvación, no bastando la mera justicia del hombre. El judaísmo cree que la inmortalidad y salvación del alma es una consecuencia de su naturaleza simple y la justicia del hombre.

Concuerdo respecto a la inmortalidad, pero discrepo respecto a la salvación. Si el hombre pudiera exigir su salvación a Dios, como obligándolo por un contrato, debería darse una declaración de voluntad de Dios en este sentido, pues obligar a alguien sin mediar su consentimiento o una falta por su parte es injusto. Ahora bien, no hay falta alguna en Dios; luego sólo su voluntad puede obligarle. Sin embargo, como observó Pedro Abelardo, no encontramos en todo el Antiguo Testamento una sola promesa de inmortalidad hecha por Dios a su pueblo. Se promete a Abraham una gran descendencia y una tierra en la que habitar, mas nada se dice de la resurrección de la carne ni de las moradas celestes. La consecuencia de este razonamiento es que Dios no está obligado a salvar al hombre debido a que el alma humana sea naturalmente inmortal y obre con justicia, esto es, crea en en Dios y le rinda el culto que le corresponde.

Por tanto, el judío se engaña y mide sus propias fuerzas con las de Dios cuando cree merecer ser salvo, mas no por ello vincula a Dios más allá de sus palabras. El nombre de Israel significa proféticamente "el que contiende con Dios". Y si bien Jacob obtuvo del ángel la bendición de su existencia terrena, quedó cojo a resultas de la lucha, es decir, omitió la salvación eterna. Su astucia triunfó sobre la decrepitud de Isaac, que había oscurecido sus ojos, y fracasó ante el Padre de las Luces. La cojera de Jacob simboliza el pecado original de la humanidad y su dependencia de Dios a resultas de él, en contra de lo que cree el judaísmo.

El judío cree asimismo que no hay nexo entre el alma pecadora de Adán y el alma de los justos que de él descienden. Así, no obstante hereden la mortalidad y debilidad de los primeros padres, pues ésta procede del cuerpo, no heredan su culpa, que sólo al alma se debe.

Esta consideración es también errónea. Aunque Dios cree el alma en cada cuerpo, Dios no recrea la humanidad en cada individuo humano. De lo contrario, todo hombre constituiría una especie única, como sucede con los ángeles, lo que es absurdo. Por consiguiente, cuando Dios crea el alma humana lo hace según la especie preexistente, reproduciendo en ella todo lo que en la especie es universal e invariable: por un lado, los dones que liberalmente recibe en su naturaleza, a saber, su racionalidad y semejanza con Dios, que son dones infinitos, pues no se agotan en el tiempo; por otro lado, la deuda que ha contraído con Dios por su desobediencia, que es asimismo una deuda infinita por la dignidad del acreedor y la gravedad de la ofensa.

Quien hereda pura y simplemente adquiere tanto los bienes como las deudas del causahabiente. Adquirir los activos y rechazar los pasivos exigiría un acto de voluntad que no puede darse en quien todavía no existe ni tiene uso de razón. Pues bien, el ingreso del hombre en la existencia es su heredad, a saber, la suma de bienes y deudas transmitidos por sus padres, sin que el asenso del que es engendrado tome parte en esta transmisión. De ello se sigue que a todo hombre que empieza a existir puedan imputársele los dones infinitos y la deuda infinita de sus padres, adquiridos en un mismo lote indivisible.

martes, 26 de diciembre de 2023


El islam cree que los hombres vienen al mundo en una condición prístina, como perfectos musulmanes capaces de reconocer y adorar a Dios sin contaminación (Sahih Muslim 2658b):

No hay nadie nacido que no sea creado según su verdadera naturaleza (fitrah). Son sus padres quienes lo hacen judío, cristiano o mago, así como las bestias producen a sus crías con sus miembros perfectos. ¿Ves algo deficiente en ellos? Luego citó el Corán (30:30): "La naturaleza hecha por Alá en la que Él ha creado a los hombres no puede reemplazarse. Ésa es la religión correcta".

No obstante, leemos también en la Sunna (Sahih al-Bukhari 3431):

Abu Huraira dijo: "Escuché al Mensajero de Alá decir: 'No hay nadie nacido entre la descendencia de Adán a quien Satanás no toque. Por lo tanto, un niño llora fuertemente al momento de nacer debido al roce de Satanás, excepto María y su hijo'".

Pese a que el islam no reconoce el pecado original, este hadiz parece admitir lo contrario, concordando con la doctrina católica según la cual aquél no tocó a Jesús ni a María. Pues ¿cómo podemos nacer en un estado impoluto si el hombre está expuesto a la influencia de Satanás desde su nacimiento? Y si la labor de zapa del Enemigo conlleva una mácula presente en el corazón del hombre desde que viene al mundo hasta que muere, ¿qué sentido tiene insistir en que nuestra estirpe tiene una predisposición natural hacia la bondad? Sería lícito decir que el agua de un arroyo contaminado posee una predisposición natural a la pureza. Pero si toda agua está permanentemente contaminada excepto en dos casos únicos y milagrosos o salvo que expresamente se la depure, no cabrá mantener esta predisposición natural en el agua como especie.

Así, Jesús y María pueden ser tentados por Satanás, si bien éste no mora en sus corazones como sucede con los hombres ordinarios. En tal caso puede hablarse de influencia externa y eventual, mientras que en todos los demás hombres, que representan a la especie en su conjunto, la influencia es interna y constante.

Puesto que la sugestión nociva de Satanás opera en todos desde que nacen hasta que mueren, aunque no sea irresistible, es ciertamente un influjo inevitable que determina la inclinación al mal del hombre. Es decir, el hombre tiende naturalmente al mal, pues forma parte del orden establecido el que Satanás lo debilite en todo momento, y sólo mediante su esfuerzo, que es moral y contrario a su inclinación primigenia, puede imponerse a esta maldad latente. 

Pero quien desee la Última Vida y se afane en su esfuerzo hacia ella siendo creyente... A ésos se les agradecerá su esfuerzo (Corán 17: 19).

Mas, si no hubiera pecado original, no se requeriría esfuerzo para creer ni para hacer el bien. Las tentaciones serían completamente ineficaces contra nosotros y la virtud triunfaría necesariamente, como el agua pura prevalece sobre los sedimentos en el arroyo cuya fuente mana incesante y en abundancia. No siendo éste el caso, y atestiguándolo el propio Corán y el hadiz citado, debe concluirse que el dogma islámico de la fitrah o naturaleza inmaculada es inconsistente con la verdad y no puede sostenerse siquiera con las propias autoridades creídas por los musulmanes.


En este hadiz (Sahih Muslim 2652 c) Mahoma explica que Adán desobedeció a Dios por haberlo decretado Dios mismo antes de su nacimiento, negando con ello cualquier margen de libertad en su albedrío:

Hubo una discusión entre Adán y Moisés (la paz sea con ambos) en presencia de su Señor. Adán salió mejor parado que Moisés. Moisés dijo: ¿Eres tú ese Adán a quien Alá creó con Su Mano, sopló en él Su espíritu, ordenó a los ángeles que se postraran ante él y le hizo vivir en el Paraíso con comodidad y facilidad? Más tarde provocaste que la gente descendiera a la tierra debido a tu error. Adán dijo: ¿Eres tú ese Moisés a quien Alá eligió para ser Su Mensajero y para conversar con él, a quien le entregó las tablas en las que todo estaba claramente explicado y a quien concedió audiencia para tener una conversación a solas? Pues ¿qué opinas? ¿Cuánto tiempo antes de que yo fuera creado habría sido escrita la Torá? Moisés dijo: Cuarenta años antes. Adán dijo: ¿No viste estas palabras: "Adán cometió un error y fue incitado a hacerlo"? Él (Moisés) dijo: Sí. A lo que él (Adán) dijo: ¿Entonces me culpas por un acto que Alá había ordenado para mí cuarenta años antes de crearme? El Mensajero de Alá (la paz sea con él) dijo: Así es como Adán salió mejor parado que Moisés.

En suma, Moisés reprocha a Adán que, teniendo la gracia de Dios de su parte, pecara miserablemente. Y Adán ridiculiza a Moisés objetándole su ignorancia de la Escritura, pese a haberle sido revelada por el mismo Dios, y recordándole que en ésta ya estaba decretada su desobediencia, por lo que su tentación por Satanás conllevó forzosamente su caída.


El islam se autopercibe como la forma más pura y perfecta de monoteísmo. Sin embargo, examinando lo transmitido en uno de sus hadices, comprobamos que Mahoma creyó que Dios tenía un rostro parecido al humano, incurriendo en la crasa torpeza de los antropomorfitas (Mishkat al-Masabih 3525):

Refirió que el Mensajero de Dios había dicho: 'Cuando alguno de vosotros luche debe evitar el rostro, pues Dios creó a Adán a su propia imagen'.

La exégesis ortodoxa ha querido interpretar esta identificación de Dios con el rostro del hombre entendiendo que en él se encuentran los sentidos, y así la imagen no consistiría en poseer un semblante similar al de Dios, sino en ver y oír como Él. Pero esto es forzar las hechuras del pasaje, ya que mientras que todos los golpes dirigidos al rostro lo dañan y afean, casi ninguno merma gravemente los sentidos, y si lo hace poco le falta para ser mortal. La lectura más natural es que, del mismo modo en que San Pablo llamaba al cuerpo el templo del Espíritu Santo, Mahoma veía en la faz de sus congéneres una suerte de espejo de la efigie de Dios, al que por tanto concebía corporalmente.


Es evidente que si Dios existe nada puede causarle menoscabo, al trascender todo lugar, todo tiempo y todo poder. Asimismo, siendo Dios el sumo bien, no es posible atribuirle maldad o ignorancia en ningún grado. De ello el islam deduce falsamente que Dios no puede rebajarse a la condición humana ni padecer. La inferencia es incorrecta, puesto que del padecimiento no se sigue ignorancia o maldad si no va acompañado de alguna suerte de negligencia o culpa. Quien sufre un mal injusto no comete por ello ninguna injusticia ni queda en una posición vergonzosa. Tampoco es signo de impotencia. Aquel que ordena su propio padecimiento no está bajo el poder de otro ni cae en él por estupidez o por ser reo de un crimen, sino que se subyuga voluntariamente.

Decir que Dios al sufrir experimenta erosión o desdoro en su divinidad es dar por hecho que Dios sólo es capaz de lo grande y lo brillante, pero se arredra y queda intimidado ante lo pequeño y mísero, que estima indigno de su majestad. Esta concepción de Dios es tan estrecha y sacrílega como la del pagano que lo confina a cierto templo, cierta ciudad o cierta región del aire. Dios, que puede lo más, también puede lo menos. Y aunque ciertamente no puede ser humillado, puede humillarse. Por tanto, se humillará si ello permite a su bondad manifestarse eficaz y universalmente, y pecará si se abstiene de hacer tal cosa por una fatua consideración de sus prerrogativas.

El dios del islam es un dios enclaustrado en la esfera de la sublimidad inaccesible. Observa a los mortales con desdén y los amenaza con calamidades sin cuento si dudan de él y no se someten por completo a su poder. Ser despreciado en este mundo es para el musulmán un indicio de ser despreciado por Dios y relegado al bando de los perdedores, por cuya razón el Corán se escandaliza ante la crucifixión de Jesús y niega que haya sucedido. Comparte con quienes lo crucificaron la creencia de que una muerte ignominiosa, aun exenta de dolo, desposee de todo honor. Lo que le fue revelado a Sócrates le fue ocultado a Mahoma: el mal brota del corazón pero resbala por las llagas. Nadie es malo por lo que padece, ni padece necesariamente por ser malo. El prurito del islam de abatir, sojuzgar o deshonrar al enemigo es por ello teológico, pues juzga propio de quien está alejado de Dios el vivir postrado y ser siervo de los creyentes.

lunes, 25 de diciembre de 2023


Cuando el hombre muere, muere su cuerpo y su alma se mantiene con vida para recibir las recompensas o los castigos ultraterrenos. A pesar de que su mejor parte le sobrevive, decimos que el hombre ha muerto. Muere la unión metafísica de cuerpo y alma, a la que llamamos hombre, pero pervive lo substancial de su humanidad. Por el mismo motivo podemos decir que Dios ha muerto por nuestros pecados, aunque sólo la naturaleza humana de Cristo muriera al expiar por ellos. Murió la unión metafísica de Dios y el hombre, que llamamos Verbo Encarnado, a la cual con justicia teníamos por divina, si bien pervivió la substancia de la divinidad, a la que nombramos del mismo modo. Vive el Verbo Encarnado porque Aquel que se encarnó sin ser carne vive; y ha muerto porque la carne en que se encarnó, que era humana por naturaleza y divina por participación, ha fenecido. Cuando Hércules mató al león de Nemea perdió el objeto de su hazaña pero conservó su fruto, cubriéndose con su piel la cabeza. Así como el héroe no necesita serlo siempre para mantener su condición, y es héroe también cuando duerme, quien ha asumido la carne conserva el título que le otorga su obrar aun tras separarse del objeto en el que éste recaía. Cuando la heroicidad deja de ser, el héroe sigue siéndolo. Por ello el Verbo Encarnado siguió existiendo espiritualmente cuando la carne le fue cercenada; y, sin embargo, murió carnalmente. Luego, aunque Dios supersubstancial nunca muera, es lícito afirmar en este sentido que murió por nuestros pecados, pues inmoló su carne heroica para cubrirse con ella por todos los siglos.  

La ignorancia de estas sutilezas teológicas aleja a los musulmanes de la correcta comprensión de la Trinidad.


miércoles, 20 de diciembre de 2023


El estatuto de la yihad es particular en el islam. Pese a ser obligatoria para el creyente, su no observancia no es motivo de excomunión, a diferencia de lo que sucede con los cinco pilares. Esto es así porque no todo musulmán que no toma las armas contra el infiel obra de este modo por hipocresía. Cabe también que se abstenga de ello por ser demasiado arriesgado o inoportuno. Por tanto, para evitar la condena eterna basta con que esté dispuesto a tomarlas y lo haga cuando es debido. Pero si otros lo hacen por él, queda temporalmente relevado.

Todo musulmán es un combatiente en potencia y todo infiel es un enemigo latente.

lunes, 18 de diciembre de 2023


Algazel creyó, con al-Ash'ari y otros, en un dios sin logos, pura voluntad omnipotente. Según esta doctrina, Dios es absolutamente libre e independiente de las categorías de lo bueno y lo malo. Si lo desea puede decretar que no creer en Él sea la condición para convertirse en musulmán, y que creer en Él sea la condición para devenir infiel. Esta tesis está en concordancia con el ethos islámico que ordena la castidad en la tierra y permite orgías eternas en el cielo. Si Dios lo manda, es justo; y si Dios lo dice, es verdadero. Por este motivo, este autor tampoco acepta que quepa atribuir mentiras a Mahoma, de modo que todas las recompensas del Paraíso (la comida, la bebida, los vestidos y las huríes) deben tomarse a la letra, no como símbolos de realidades superiores. Clasifica como herejes a los que ofrecen interpretaciones espirituales de las recompensas ultraterrenas.

Algazel no fue sólo un gran teólogo del islam; también fue un eminente jurista. Como tal, sostuvo que la vida y la propiedad del infiel no son inviolables (cfr. Jami at-Tirmidhi 2606), y que en atención a esto el musulmán debe guardarse de imputar infidelidad a quien ha hecho la profesión de fe. Sobre este punto dictaminó que "errar por dejar con vida a mil infieles es mejor que errar vertiendo siquiera una jícara de la sangre de un musulmán". Afirmó asimismo que el creyente sólo debe aceptar la revelación del Corán para serlo, aunque pueda interpretarlo erróneamente en algún aspecto. Entre los infieles incluyó a la Gente del Libro, compartiendo rango con los idólatras.


El Corán no recomienda explícitamente a los creyentes mentir sobre su fe en aras de obtener una ventaja frente al infiel, una forma de engaño conocida como taqiyya. Sin embargo, lo recomienda implícitamente mediante el ejemplo del Mensajero de Alá. El hecho de que Mahoma predicara aleyas pacíficas en el periodo mecano (Corán 2:256) y mantuviera una reserva mental respecto a las aleyas completamente opuestas y violentas que las abrogarían años más tarde, como la aleya de la espada (Corán 9:5), las cuales fueron reveladas sólo tras obtener un número suficiente de seguidores leales en Medina, muestra que practicó la taqqiya. Luego, siendo el fundador del islam el más ilustre entre los musulmanes, va de suyo que los creyentes deben seguir su ejemplo también en este punto, fingiendo tolerar al infiel mientras éste es más fuerte para mejor medrar y hostigarlo cuando cambien las tornas.

sábado, 16 de diciembre de 2023


Escribe Algazel:

La segunda clase es un grupo de personas que se desvían de creer en la verdad, como los infieles y los herejes. El látigo y la espada son los únicos medios útiles para tratar con aquellos de ellos que son duros y toscos, de mente débil, rígidos en seguir una tradición y criados en la falsedad desde la infancia hasta la madurez. La mayoría de los infieles se convirtieron al islam a la sombra de las espadas, pues Dios hace por medio de la espada y la lanza lo que no hace por medio de la demostración. Es por eso que, si examinas las historias, no hallarás una batalla entre los musulmanes y los infieles que no haya resultado en un grupo de seguidores del error inclinándose hacia la sumisión, y no hallarás una sesión de debate y argumentación que no haya resultado en más insistencia y obstinación.
 
No pienses que lo que acabamos de mencionar menosprecia el estatus de la inteligencia y sus demostraciones; pero la luz de la inteligencia es una gracia con la que Dios distingue a pocos entre sus devotos siervos. Lo que caracteriza en su mayor parte a la humanidad es la insuficiencia y la ignorancia. Debido a su insuficiencia no comprenden las demostraciones del intelecto, así como los ojos de los murciélagos no perciben la luz del sol. Las ciencias les perjudican como la brisa floral al escarabajo del estiércol. Al-Shafii (que Dios tenga misericordia de él) dijo sobre tales personas:

Aquel que da conocimiento al ignorante lo derrocha
Y aquel que lo retiene respecto a aquellos que lo merecen obra injustamente.


Leemos en el Corán (9:5): 

“Y cuando hayan pasado los meses inviolables, matad a los asociadores dondequiera que los halléis. Capturadlos, sitiadlos y tendedles toda clase de emboscadas. Pero si se retractan, establecen la oración y entregan el azaque, dejad que sigan su camino. Verdaderamente Alá es Perdonador y Compasivo”.


Leemos en Mateo 10:11-15: 

“En cualquier ciudad o aldea en que entréis, informaos de quién hay en ella digno, y quedaos allí hasta que partáis, y entrando en la casa saludadla. Si la casa fuere digna, venga sobre ella vuestra paz; si no lo fuere, vuestra paz vuelva a vosotros. Si no os reciben o no escuchan vuestras palabras, saliendo de aquella casa o de aquella ciudad, sacudid el polvo de vuestros pies. En verdad os digo que más tolerable suerte tendrán la tierra de Sodoma y Gomorra en el día del juicio que aquella ciudad”.

 

Asimismo, escribe San Bernardo de Claraval:

Ocultaron miserable y tenazmente la impiedad, pero atribuyéndose abiertamente la piedad proclamaron que estaban dispuestos a morir por ella; mientras los presentes no estaban menos decididos a darles muerte. Y así el pueblo se lanzó sobre ellos dándoles ocasión a los herejes para ser mártires de su propia perfidia. Aprobamos este celo, pero no aconsejamos este proceder, porque la fe no se impone, se propone. Aunque es mucho mejor sin duda que sean castigados por la espada de aquel que la lleva a cuestas no sin motivo, antes de permitirles que engañen a muchos con su error. Porque es el ministro de Dios, ejecutor de su reprobación contra el delincuente.

En el cristianismo la regla es proponer la fe y la excepción imponerla ("Quia fides suadenda est, non imponenda"). Se propone a todo aquel que está dotado de razón, y se impone sólo en casos extremos, cuando la herejía amenaza con acabar con la religión. Por este motivo la Iglesia empleó las armas excepcionalmente contra el cátaro.

En el islam la regla es imponer la fe y la excepción proponerla ("La mayoría de los infieles se convirtieron al islam a la sombra de las espadas, pues Dios hace por medio de la espada y la lanza lo que no hace por medio de la demostración"). Se impone al común de la humanidad, demasiado embrutecida para dejarse conducir por la persuasión, y se propone sólo a los hombres perspicaces, que son los menos, a fin de disipar toda duda en sus corazones y afianzar en ellos la verdad.

El cristianismo en Europa, el norte de África y Asia Menor se difundió por la predicación y el ejemplo evangélico, no por la espada. A pesar de ser la religión del Imperio desde el siglo IV, éste nunca intentó imponerla fuera de sus fronteras. El islam no puede decir lo mismo, pues todos sus avances desde Arabia hasta España se debieron a guerras de conquista, y su propio fundador fue un líder militar que prescribió la lucha contra el infiel como el modo más seguro y excelso de obtener la salvación.

miércoles, 13 de diciembre de 2023


El Corán (5:59-60) afirma que entre la Gente del Libro, a saber, judíos y cristianos, los más están extraviados y no son del agrado de Alá, el cual, si perseveran en su error, los maldecirá en el fin de los tiempos, convirtiéndolos en monos y en cerdos adoradores de Satanás:

"Di: ¡Gente del Libro! ¿Qué es lo que nos reprocháis? ¿Que creamos en Alá, en lo que se nos ha revelado y en lo que fue revelado anteriormente? La mayoría de vosotros estáis extraviados.
Di: ¿Queréis que os diga algo peor que eso? El pago que tiene reservado Alá para aquellos a quienes maldijo, ésos sobre los que cayó Su ira y de los cuales, hubo unos a los que convirtió en monos y en cerdos y adoraron al Rebelde. Esos tienen un mal lugar y son los que más se han extraviado del camino llano".

El fundador del islam llegó a detestar tanto a los judíos que los identificó con una de las principales fuentes del pecado, a la par de Eva (Sahih Bukhari 3399):

"El Profeta dijo: 'Si no fuera por los hijos de Israel, la carne no se pudriría; y si no fuera por Eva, ninguna mujer traicionaría a su marido'".

Tras tan bellas caracterizaciones de los monoteísmos no islámicos, un hadiz (Sahih Bukhari 2476) nos revela que Jesús en su segunda venida destruirá el cristianismo (simbolizado mediante la cruz), aniquilará a los malditos que se oponen al islam (esto es, a judíos y cristianos que no se sometan, representados como cerdos) y pondrá fin al impuesto sobre los dimmíes, pues ya no habrá infieles a los que proteger y la religión será toda para Alá:

"No será fijada la hora final hasta que el hijo de María descenderá entre vosotros como un juez justo, romperá la cruz, matará a los cerdos y abolirá la yizia".

Esta epifanía escatológica se completa con la visión de Mahoma en la que la naturaleza misma clama contra los incrédulos, en particular contra los judíos, alentando a los creyentes a eliminarlos sin piedad (Sahih Muslim 2922):

"La hora final no llegará a no ser que los musulmanes luchen contra los judíos y los maten. Entonces, los judíos se esconderán detrás de piedras y árboles, y las piedras y los árboles dirán: 'Oh musulmán, oh siervo de Alá, hay un judío detrás de mí, ven y mátalo'".

Repárese en que el descrito no es un escenario sobrenatural o una visión mística sin trasunto real, sino que forma parte de un plan militar forjado durante siglos que concluye con la conquista de Jerusalén por los musulmanes del este (Jami At-Tirmidhi 2269):

"Negros estandartes saldrán de Jorasán, y nada los detendrá hasta que estén plantados en Jerusalén".

Por ello, no debe entenderse que el fin del mundo conducirá al fin de los judíos y cristianos que no se hayan convertido al islam, sino por el contrario que el fin de dichos judíos y cristianos conducirá al fin del mundo y al cumplimiento de las promesas divinas, lo que es un aliciente más que notable para ajusticiarlos. 

sábado, 9 de diciembre de 2023


Choca que el islam obligue a los musulmanes a abstenerse del vino como una inmundicia de Satán (5:90), y sin embargo describa que habrá ríos de vino en el Paraíso (47:15). Esta aparente contradicción se resuelve afirmando que el vino celestial no tendrá los efectos tóxicos que lo hacen pecaminoso en la tierra (37:45-47), por lo que no volverá a los hombres inmoderados ni los apartará de la devoción. Tal recompensa es común a todos los creyentes.

En lo que respecta a la lujuria, que es también un placer codiciado por la enajenación que produce, sus efectos en el Paraíso, lejos de templarse o anularse, se multiplican en un goce sexual perpetuo si los méritos en la tierra permiten que uno sea acreedor de esta gracia. Así, la promesa de obtener esposas puras en la otra vida (2:25, 3:15, 4:57, 43:69-70), es decir, las mismas esposas que se tuvieron en la tierra, limpias de menstruación, es para el creyente que hace la profesión de fe y observa los cinco pilares del islam. Es éste un placer morigerado, semejante al del vino que no embriaga. Para los mártires que mueren haciendo guerra al infiel sin haber contraído matrimonio, a los que el Corán llama "los que tienen proximidad" o "los adelantados" (56:10-12), el premio es mucho mayor y es descrito con los rasgos inequívocos de la pasión erótica, pues les esperan 72 bellas huríes de grandes ojos, piel blanca y turgentes senos, de perenne juventud, creadas expresamente para ellos, no tocadas por hombre ni genio (44:54, 52:20, 55:56, 56:35, 78:31-33, Jami At-Tirmidhi 1663). No hay galardón equiparable para la mujer creyente, incapaz de tomar las armas e imponerse con su fuerza.

Por consiguiente, la templanza y el placer moderado es en el islam una recompensa menor para el creyente raso, accesible incluso al que nunca participa en la yihad y, según Mahoma, "muere en una de las ramas de la hipocresía". En cambio, el placer extasiante y orgiástico se reserva al musulmán que, obedeciendo a un piadoso ímpetu, ha derramado su sangre gloriosamente en su empeño en someter o aniquilar al infiel (4:95).

En suma, la intemperancia, el desenfreno y la desmesura no son depravados si Alá los permite, y sólo resultan deshonestos cuando pueden apartar al musulmán del culto debido a Dios. No ha de reputarse cruel lo que el musulmán haga al incrédulo rebelde, ya que tiene plena autoridad sobre él (4:91) como la tiene sobre las huríes, en retribución de su piedad hacia Alá. Él hace legítimos los placeres licenciosos a los que creen, así como oculta sus malas obras y echa a perder las buenas de los que no creen. El bien y el mal no son realidades objetivas, sino figuras de arcilla que el Eterno hace y deshace a voluntad.


El islam promete a sus fieles en este mundo el señorío terreno y el disfrute del botín tomado al enemigo, y en el otro ríos de leche, miel y vino, amenos jardines y manantiales, nobles vestidos y bellas esposas. Todo ello con la única condición de que se sometan a Alá sin reservas.

Cristo advirtió a sus discípulos que serían despreciados, que no son del mundo y el mundo los odia. Y asimismo, que la carne esclaviza y la verdad libera, por lo que hay que negarse y morir en la carne para renacer en la verdad.

La divisa del islam es: somete tu espíritu y liberarás tu cuerpo; obedece al Único y hará que todos tus deseos sean legítimos. La del cristianismo es diametralmente opuesta: somete tu cuerpo y liberarás tu espíritu; obedece al Único y no desearás nada distinto de Él.

El cristianismo y el islam son tan radicalmente contrarios que Nietzsche pudo vilipendiar el primero y elogiar el último, evidenciando con ello que nada tenía contra la religión que adora a un solo dios, pues toda su contienda se dirigía contra Cristo.


Musulmán es aquel cuyo espíritu se somete a la ley del islam. Infiel es aquel cuyo cuerpo y obediencia deben ser sometidos como contrapartida a su rebeldía espiritual. De este modo se alcanza el orden perfecto, en el que el creyente está sometido a Dios como el espíritu a la ley, y el incrédulo al creyente como el cuerpo al espíritu.

El musulmán que somete al infiel poniendo en riesgo su propia vida y sus bienes adquiere como botín la vida y los bienes del infiel que no se le ha sometido voluntariamente. Si, por el contrario, pierde su vida en la batalla, lo que es el sumo mal desde una óptica mundana, obtiene el sumo bien en la vida eterna por haberse inmolado en la causa de la religión. Tal es el juego de opuestos y la promesa de ganancia en que se funda la yihad.

Caben varias actitudes ante el islam: someterse a él en espíritu, que es lo que se espera de los creyentes; someterse a él en cuerpo, que es el pago a los infieles que han resistido con las armas a los creyentes; o someterse a él en sociedad, que es la protección debida al infiel que acata la autoridad de los creyentes sin resistírseles. Por tanto, sometimiento o guerra.


martes, 5 de diciembre de 2023


Deben verificarse cinco criterios para que se dé un derecho a la reconquista:

1) Que haya habido una conquista previa del mismo territorio.

2) Que los conquistados no hayan abandonado el territorio.

3) Que los conquistados sufran opresión por los conquistadores.

4) Que exista una continuidad jurídica o política entre los conquistadores de antaño y los reconquistados de hoy.

5) Que quienes son hoy reconquistadores no hayan sido antes conquistadores del mismo territorio, si éste pertenecía a los que hoy son reconquistados.

Si los indígenas americanos estuvieran hoy oprimidos en la que fue su tierra, tendrían derecho a reconquistarla según esta doctrina. La opresión, ejercida por los conquistadores, debería consistir en una negación de la igualdad de los conquistados o en cercenar arbitrariamente su libertad como hombres. Ello no conllevaría que tienen derecho a que se les devuelvan sus tierras pacíficamente, dado que no hay que esperar tal cosa de quien oprime, sino que poseen un justo título para arrebatárselas por la fuerza, como en mi opinión (pues por algo la doctrina es mía) lo poseyeron ayer los cristianos en Al-Andalus y hoy los judíos en Israel.  

También los cristianos que queden en cualquiera de sus antiguos territorios tendrían derecho a alzarse en armas contra el islam si fueran oprimidos por él. Hay, en efecto, una continuidad jurídica, plasmada en la Sharía, entre los conquistadores de antaño y los gobernantes actuales. Sin embargo, el islam no tiene derecho a recuperar estas tierras si llegara a perderlas a manos de los dimmíes, y ello en virtud del quinto criterio de la citada doctrina: quien ya ha conquistado no puede reconquistar sin perpetuar la injusticia originaria.