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jueves, 4 de noviembre de 2010

La navaja contra Mill




No puede haber un discurso científico sobre el mal.

Hablar del bien o el mal del hombre, esto es, del bien o el mal relativos a la especie humana o a cualquier otro concepto universal, que suponga una multiplicidad de seres, conlleva pronunciarse sobre los fines comunes a todos los elementos implicados. Pues, si no hay comunidad de fines, bien y mal no son sino palabras vacías más allá de las singularidades subjetivas que denotan, como quiere el psicologismo. Bajo estas coordenadas, nos está vetado el juicio sobre lo bueno y lo malo en términos colectivos, ya que de una relación de semejanza no se deduce una de identidad. Así será mientras no sepamos discernir los deberes -idénticos para quienes están sujetos a ellos- de las meras pulsiones.

Con más razón, por cierto, nos abstendremos de calificar la bondad o maldad del universo, siendo éste la mayor colectividad existente y el conjunto más amplio de todas las cosas conocidas. Por tanto, queda Dios absuelto de responsabilidad y se torna inmune a las extravagantes críticas que, emulando a los maniqueos, los ateos formulan cuando pretenden ocuparse del problema del mal.

Mas, si se quisiera sobrepasar los propios límites metodológicos y establecer una definición del bien como general happiness o el máximo bienestar del mayor número de individuos, al modo de Stuart Mill, sería fácil mostrar que jamás se dan ni este máximo ni esta mayoría, salvo tal vez en la imaginación de utilitaristas y socialistas. En efecto, la felicidad así entendida -a la que con más finura cabría llamar simplemente alegría, como hicieron algunos estoicos- no tiene un objeto fijo, al carecer de fin estable, y por tanto tampoco una medida. De suerte que, mientras que la felicidad strictu sensu se realiza e incrementa cuando alcanza su meta, la alegría, que es sucedáneo de aquélla para las bestias y los estúpidos, se extingue y revierte en su opuesto tras la náusea que experimentamos al saciarnos.

Por otro lado, tampoco procede hablar de una sola mayoría de bienaventurados a la que dirigir lo bueno, sea lo que sea esto. Hay, por el contrario, infinitas combinaciones concebibles en las que el mayor número de hombres esté satisfecho en detrimento de la menor parte de ellos. Sin embargo, sólo unas pocas resultan compatibles entre sí. Verbigracia, casi todos aprecian los honores recibidos, muy particularmente cuando se consideran dignos de los mismos. Sin embargo, también la mayoría suele ceder, si se sabe impune, a placeres poco honorables y peligrosos para su reputación. ¿Cuál es, pues, la mayoría universal de hombres felices a la que se refiere Mill: la primera o la segunda? Ambas son posibles y se excluyen mutuamente.

No cabe, entonces, que haya moral sin una idea de deber válida objetivamente considerada. Ésta no dependerá ni de nuestro placer ni, en ocasiones, de nuestra conveniencia o conservación; por tanto, tampoco de nuestro cerebro ni del azar genético. Lo bueno y lo malo se establecerán en función de los fines asignados a determinadas colectividades, puesto que, haciendo abstracción del mundo, es tan imposible cometer una inmoralidad contra uno mismo como robarse la cartera. Estos fines se valorarán a su vez en atención a fines supremos, estimados buenos por su propia virtud, a saber: ser benéfico, evitar la ingratitud, no perjudicar a nadie y dar a cada cual lo suyo.

jueves, 14 de octubre de 2010

Distopías




La necesidad orwelliana de reeducar al vulgo sólo es sentida por los ideólogos de la democracia. Los talantes más conservadores se conforman con contenerlo en los límites de la sensatez y el orden, lo cual pasa por negar su soberanía y, por ende, su sabiduría y autotutela intelectual.

El demócrata cree que el pueblo ha de estar a la altura de su propio arquetipo, por lo que confiere al poder público una facultad omnímoda para reformarlo y amoldarlo según determinadas expectativas. Paradójicamente, el Estado democrático acaba descubriendo en la instrucción de los ciudadanos una facultad de control mucho mayor que la que el déspota obtenía de la ignorancia de los súbditos. Y así, el gobierno que menos debía injerirse en la vida de sus administrados es el más insolente celador de su conciencia; al tiempo que la república que más debía estar sujeta al constante escrutinio de sus miembros pende del ligero azar de cómo sea concebido el ideal de la educación por parte de la elite dirigente.

Lo que sostenía de los gobernantes el sofista Trasímaco, a saber, que sólo procuran por su interés, es más cierto en democracia que en cualquier otro régimen, ya que incluso los ideales están sujetos a definición por la potestad política, en lugar de ser ésta el medio para realizarlos. Es distópico, pues, que lo racional, que es perseguir un fin fijo con medios variables, se invierta para justificar un sistema de gobierno en el que fines variables son perseguidos con medios fijos.

sábado, 14 de noviembre de 2009

Marxismo vaginal




El feminismo en España ha dado los frutos que cabía esperar, y todavía promete nuevas conquistas. Parte éste de la gran mentira según la cual la irrelevancia histórica de la mujer se debe a una conspiración a escala universal. Mentira ante la que demasiados idiotas, sintiéndose culpables por la mediocridad ajena, han asentido mansamente. La feminista Mary Wollstonecraft no la creyó. Suyas son estas palabras:

No se concluya que quiero invertir el orden de las cosas; ya he asegurado que, por su constitución, los hombres parecen diseñados por la Providencia para lograr un mayor grado de virtud.


Pero "el orden de las cosas" es una expresión prohibida para esta ideología, que sólo puede concebir lo ordenado como el efecto de una voluntad sojuzgante, propia o extraña. Es el odio a la naturaleza dispar, a lo excesivo y a lo permanente lo que mueve al feminismo a fomentar la plasticidad moral, la mutación acelerada de las costumbres, la castración lingüística, la ingeniería jurídica y la aberración médica. Se lucha contra el patriarcado y el falocentrismo, que representan la violencia, la represión, la sordidez y todo lo que una mente maniquea puede suponer al otro lado de la frontera del Bien. Ante tan colosal enemigo imaginario, las medidas para combatirlo han de ser proporcionadas y emplear sin demora todos los medios al alcance. Deben, además, cumplir con cierta justicia poética por la que los papeles queden intercambiados al contragolpe. Hace falta un nuevo hombre, unas nuevas leyes, una nueva sociedad. Quien se oponga a esto será inhumano, estará proscrito, devendrá antisocial.

Sin embargo, la sociología no lo es todo. Por supuesto que la biología tampoco. Ni siquiera de la combinación de las dos disciplinas obtenemos un conocimiento cierto, determinista, de las cualidades de los hombres. Ahora bien, quienes ensalzan el método experimental sobre las cábalas racionalistas deberían predicar con el ejemplo y conferir a la Historia la máxima autoridad, pues ésta es un experimento continuo. Camille Paglia escribe:

Incluso sin restricciones, no habría existido una Pascal, una Milton o una Kant. El genio no se detiene ante los obstáculos sociales: triunfa de todos modos. El egocentrismo masculino, repugnante en los carentes de talento, es la fuente de su grandeza como sexo.


El individuo, no obstante, podrá a pesar de su sexo alcanzar la virtud, pues ésta no es de naturaleza sexual, sino intelectual. Pero ignorar las condiciones iniciales o querer hacer tabula rasa con ellas es ceguera y empecinamiento.

Donoso Cortés escribió que la Historia es más fiable que las teorías. La Historia dice que el hombre -independientemente de su condición social- ha superado en genio a la mujer en todas partes y en todo tiempo, sin ir ello en detrimento de su mutua colaboración y del interés de la sociedad en su conjunto. Si una teoría (digamos, el feminismo) rechaza radicalmente tal estado de cosas, sólo podrá ser desde el engaño, el poder y el abuso. Así ha sucedido con el comunismo, que no aceptó la desigualdad natural y emprendió una reforma de nuestra especie bajo presupuestos economicistas. Caído el muro, la ideología totalitaria da sus últimos y más desesperados coletazos a través de estos marxistas vaginales.

viernes, 6 de noviembre de 2009

El conservador que anunció el fascismo




Señores, tremenda es la palabra; pero no debemos retraernos de pronunciar palabras tremendas si dicen la verdad, y yo estoy resuelto a decirla. ¡La libertad acabó! No resucitará, señores, ni al tercer día, ni al tercer año, ni al tercer siglo quizá. ¿Os asusta, señores, la tiranía que sufrimos? De poco os asustáis; veréis cosas mayores. Y aquí os ruego, señores, que guardéis en vuestra memoria mis palabras, porque lo que voy a decir, los sucesos que voy a anunciar en un porvenir más próximo o más lejano, pero muy lejano nunca, se han de cumplir a la letra.

El fundamento, señores, de todos vuestros errores (dirigiéndose a los bancos de la izquierda) consiste en no saber cuál es la dirección de la civilización y del mundo. Vosotros creéis que la civilización y el mundo van, cuando la civilización y el mundo vuelven. El mundo, señores, camina con pasos rapidísimos a la constitución de un despotismo, el más gigantesco y asolador de que hay memoria en los hombres. A esto camina la civilización, y a esto camina el mundo. Para anunciar estas cosas no necesito ser Profeta. Me basta considerar la combinación pavorosa de los acontecimientos humanos desde su único punto de vista verdadero, desde las alturas católicas.

Señores, no hay mas que dos represiones posibles, una interior y otra exterior; la religiosa y la política. Estas son de tal naturaleza, que cuando el termómetro religioso está subido, el termómetro de la represión política está bajo; y cuando el termómetro religioso está bajo, el termómetro político, la represión política, la tiranía está alta. Esta es una ley de la humanidad, una ley de la historia. Y si no, señores , ved lo que era el mundo, ved lo que era la sociedad que cae al otro lado de la Cruz, decid lo que era cuando no había represión interior, cuando no había represión religiosa. Entonces aquella era una sociedad de tiranías y de esclavos. Citadme un solo pueblo donde no haya esclavos y donde no haya tiranía. Este es un hecho incontrovertible, este es un hecho incontrovertido, este es un hecho evidente. La libertad, la libertad verdadera, la libertad de todos y para todos no vino al mundo sino con el Salvador del mundo. Este también es un hecho incontrovertido, es un hecho confesado hasta por los mismos socialistas que lo confiesan. Los socialistas llaman a Jesús un hombre divino, y los socialistas hacen más, se llaman sus continuadores. ¡Sus continuadores, Santo Dios! ¿Ellos, los hombres de sangre y de venganzas, continuadores del que no vivió sino para hacer bien; del que no abrió la boca sino para bendecir; del que no hizo prodigios sino para librar a los pecadores del pecado, a los muertos de la muerte; el que en el espacio de tres años hizo la revolución mas grande que han presenciado los siglos, y la llevó a cabo sin haber derramado mas sangre que la suya?

Señores, os ruego me prestéis atención; voy a poneros en presencia del paralelismo más maravilloso que ofrece la historia. Vosotros habéis visto que en el mundo antiguo, cuando la represión religiosa no podía bajar mas porque no existía ninguna, la represión política subió hasta no poder más, porque subió hasta la tiranía. Pues bien, con Jesucristo, donde nace la represión religiosa, desaparece completamente la represión política. Es esto tan cierto, que habiendo fundado Jesucristo una sociedad con sus discípulos, fue aquella la única sociedad que ha existido sin gobierno. Entre Jesús y sus discípulos no había más gobierno que el amor del Maestro a los discípulos y el amor de los discípulos al Maestro. Es decir, que cuando la represión era completa, la libertad era absoluta.

Sigamos el paralelismo. Llegan los tiempos apostólicos, que los estenderé, porque así conviene ahora a mi propósito, desde los tiempos apostólicos propiamente dichos, hasta la subida del cristianismo al Capitolio en tiempo de Constantino el Grande. En este tiempo, señores, la religión cristiana, es decir la represión religiosa interior, estaba en todo su apogeo; pero aunque estaba en todo su apogeo, sucedió lo que sucede en todas las sociedades compuestas de hombres, que comenzó a desarrollarse un germen, nada más que un germen de licencia y de libertad religiosa. Pues bien, señores, observad el paralelismo: a este principio de descenso en el termómetro religioso corresponde un principio de subida en el termómetro politico. No hay todavía gobierno, no es necesario el gobierno, pero es necesario ya un germen de gobierno. Así en la sociedad cristiana entonces no habia de hecho verdaderos magistrados, sino jueces árbitros y amigables componedores, que son el embrión del gobierno. Realmente no había mas que eso; los cristianos de los tiempos apostólicos no tuvieron pleitos, no iban a los tribunales, decidían sus contiendas por medio de árbitros. Obsérvese, señores, cómo con la corrupción va creciendo el gobierno.

Llegan los tiempos feudales, y en estos la religión se encuentra todavía en su apogeo, pero hasta cierto punto viciada por las pasiones humanas. ¿Qué es lo que sucede, señores, en este tiempo en el mundo político? Que ya es necesario un gobierno real y efectivo, pero que basta el mas débil de todos, y así se establece la monarquía feudal, la mas débil de las monarquías.

Seguid observando el paralelismo. Llega, señores, el siglo XVI. En este siglo, con la gran reforma luterana, con ese grande escándalo político y social, tanto como religioso, con ese acto de emancipación intelectual y moral de los pueblos, coinciden las siguientes instituciones. En primer lugar, en el instante, las monarquías, de feudales, se hacen absolutas. Vosotros creeréis, señores, que más que absoluta no puede ser una monarquía: un gobierno, ¿qué puede ser mas que absoluto? Pero era necesario, señores, que el termómetro de la represión política subiera más, porque el termómetro religioso seguía bajando; y con efecto subió mas. ¿Y qué nueva institución se creó? La de los ejércitos permanentes. ¿Y sabéis, señores, lo que son ejércitos permanentes? Para saberlo, basta saber lo que es un soldado: un soldado es un esclavo con uniforme. Así, pues, veis que en el momento en que la represión religiosa baja, la represión política sube al absolutismo, y pasa más allá. No bastaba a los gobiernos ser absolutos; pidieron y obtuvieron el privilegio de ser absolutos y tener un millón de brazos.

A pesar de esto, señores, era necesario que el termómetro político subiera más, porque el termómetro religioso seguía bajando; y subió más. ¿Qué nueva institución, señores, se creó entonces? Los gobiernos dijeron: tenemos un millón de brazos y no nos bastan; necesitamos más, necesitamos un millón de ojos; y tuvieron la policía, y con la policía un millón de ojos. A pesar de esto, señores, todavía el termómetro político y la represión política debían subir, porque a pesar de todo, el termómetro religioso seguía bajando; y subieron.

A los gobiernos, señores, no les bastó tener un millón de brazos; no les bastó tener un millón de ojos; quisieron tener un millón de oídos, y los tuvieron con la centralización administrativa, por la cual vienen a parar al gobierno todas las reclamaciones y todas las quejas.

Y bien, señores; no bastaba esto, porque el termómetro religioso siguió bajando, y era necesario que el termómetro político subiera más. ¡Señores, hasta dónde! Pues subió más.

Los gobiernos dijeron: no me bastan para reprimir, un millón de brazos; no me bastan para reprimir, un millón de ojos; no me bastan para reprimir, un millón de oídos; necesitamos más: necesitamos tener el privilegio de hallarnos a un mismo tiempo en todas partes. Y lo tuvieron; y se inventó el telégrafo.

Señores, tal era el estado de la Europa y del mundo cuando el primer estallido de la última revolución vino a anunciarnos, a anunciarnos a todos, que no habia bastante despotismo en el mundo; porque el termómetro religioso estaba por bajo de cero. Ahora bien, señores, una de dos...

Yo he prometido, y cumpliré mi palabra, hablar hoy con toda franqueza.

Pues bien, una de dos: o la reacción religiosa viene o no: si hay reacción religiosa, ya veréis, señores, como subiendo el termómetro religioso comienza a bajar natural, espontáneamente, sin esfuerzo ninguno de los pueblos, ni de los gobiernos, ni de los hombres, el termómetro político, hasta señalar el día templado de la libertad de los pueblos: pero si por el contrario, señores, y esto es grave (no hay la costumbre de llamar la atención de las asambleas deliberantes sobre las cuestiones hacia donde yo la he llamado hoy; pero la gravedad de los acontecimientos del mundo me dispensa, y yo creo que vuestra benevolencia sabrá también dispensarme); pues bien, señores, yo digo que si el termómetro religioso continúa bajando, no sé a dónde hemos de parar. Yo, señores, no lo sé, y tiemblo cuando lo pienso. Contemplad las analogías que he puesto a vuestros ojos; y si cuando la represión religiosa estaba en su apogeo no era necesario ni gobierno ninguno siquiera, cuando la represión religiosa no exista, no habrá bastante con ningún género de gobierno, todos los despotismos serán pocos.

Señores, esto es poner el dedo en la llaga, esta es la cuestión de España, la cuestión de Europa, la cuestión de la humanidad, la cuestión del mundo.


Donoso Cortés


Ver también Leibniz.

viernes, 28 de agosto de 2009

¿Sive Natura?




Cualquier cosa natural puede ser concebida adecuadamente, tanto si existe como si no existe. De ahí que, así como no se puede deducir de la definición de las cosas naturales que comiencen a existir, tampoco se puede deducir que continúen existiendo, puesto que su esencia natural es la misma después que comenzaron a existir que antes. Por consiguiente, así como de su esencia no se puede derivar el comienzo de su existencia, tampoco se puede derivar la perseverancia en la misma, sino que el mismo poder que necesitan para comenzar a existir, lo necesitan también para continuar existiendo. De donde se sigue que el poder por el que existen y, por tanto, actúan las cosas naturales, no es distinto del mismo poder eterno de Dios. Pues, si fuera algún otro poder creado, no podría conservarse a sí mismo ni tampoco, por tanto, a las cosas naturales, sino que el mismo poder que necesitaría para ser creado él mismo, lo necesitaría también para continuar existiendo.

A partir del hecho de que el poder por el que existen y actúan las cosas naturales, es el mismísimo poder de Dios, comprendemos, pues, con facilidad qué es el derecho natural. Pues, como Dios tiene derecho a todo y el derecho de Dios no es otra cosa que su mismo poder, considerado en cuanto absolutamente libre, se sigue que cada cosa natural tiene por naturaleza tanto derecho como poder para existir y para actuar. Ya que el poder por el que existe y actúa cada cosa natural, no es sino el mismo poder de Dios, el cual es absolutamente libre.


Spinoza, al que no leen las juventudes socialistas. Si bien no faltará ateo lo bastante tonto, superficial e ignorante como para invocarlo en su favor.

Sobre la soberanía y el pueblo, me remito a un comentario pasado.

domingo, 23 de noviembre de 2008

A modo de meme: El fundamento de la izquierda


Muy a menudo basta un nombre para encubrir una mentira. Estamos de acuerdo en que todo lo que carece de fundamento es falso, místico o simplemente arbitrario. Luego, ¿cuál es el verdadero fundamento de la izquierda? ¿Es un fundamento negativo (es decir, un no-fundamento) y hay que buscarlo en la antiglobalización, el antiamericanismo, el antielitismo, el anticlericalismo, el antiteísmo, el antimilitarismo, el antinacionalismo y el antifascismo? Si es el caso, estamos ante una corriente política más reactiva que poseedora de un proyecto propio. En el supuesto de ser relevantes a los efectos de la distinción que nos ocupa, faltaría saber si dichas oposiciones son de un tenor irrenunciable y absoluto -para lo que se exigiría demostrar que resultan congruentes entre sí- o están condicionadas por la circunstancia y el cálculo maquiavélico.

¿Es, en cambio, un fundamento positivo, que postula una doctrina? Asumamos que sea esto último. De ser así, ¿de cuál o cuáles doctrinas se trata? ¿Es la lucha de clases, la negación de la propiedad privada y el materialismo histórico marxistas (aquí habría que concretar en qué vertiente)? ¿Tal vez algo más moderado, como los impuestos progresivos y la redistribución de riqueza así efectuada (con lo cual se excluiría de la izquierda a los marxistas, al carecer de dicho fundamento y, además, contradecirlo)? ¿O más difuso, como el utilitarismo (en este punto podría ser que los liberales se vieran incluidos)? ¿Será quizá el buen salvaje? ¿El relativismo cultural? ¿La regla de oro? ¿El intelectualismo moral? ¿El velo de Rawls, variable según la persona? ¿La eficiencia económica, diferente en cada país? ¿Las pulsiones simpáticas y compasivas, atribuibles a la especie?

También cabe que la izquierda no esté en el mundo de las ideas arquetípicas, en la abstrusa especulación, sino en los textos legales e instituciones, pasados o presentes. ¿Qué documentos históricos plasman mejor dicha ideología? ¿El Código Napoleón? ¿O puede que sea la Declaración Universal de Derechos Humanos, ya íntegra, ya convenientemente expurgada del veneno liberal? ¿Es la ONU en su conjunto, en sentido orgánico, como sociedad de naciones? ¿O bien hay que tomar a la misma en un sentido estático respecto al cumplimiento del derecho internacional vigente? ¿Es el Estado del bienestar en particular, quedando sin legitimidad el resto de Estados? ¿O, por el contrario, es el cuestionamiento de todo Estado, es decir, la democracia directa y la autogestión?

Por cierto, ¿formará parte de ese fundamento el cientificismo? ¿O el feminismo antes de Madonna? ¿O la ideología de género? ¿O las profecías del calentamiento global? ¿O el proyecto Gran Simio? ¿O todos a la vez?

viernes, 14 de noviembre de 2008

El valle de los huesos secos




Dios, que fue providente en tantos aspectos de nuestra salvación, se ocupó poco o nada de definir un pensamiento político para su pueblo. Encontramos en la Biblia, no obstante, una defensa tenaz del derecho natural y, más allá de éste, recurrentes alegatos en favor de la igualdad, así como una clara preferencia por las monarquías, dado que "el género humano se asemeja más a Dios, sobre todo, cuando es más uno, porque la verdadera razón de la unidad se encuentra solamente en Él" (Dante).

De la religión cristiana se ha dicho que es enajenante por diluir el dinamismo del sujeto en un horizonte de esperanzas inciertas. O que promueve un solipsismo exacerbado, hasta el punto de que ningún cristiano obraría más que para su propia salvación. La primera crítica es propia de los espíritus fuertes como Marx, mientras que la segunda suele provenir de espíritus generosos como Rousseau. Pero también pueden darse juntas, al modo de Escila y Caribdis.

Piensa así quien obvia la dimensión "ad extra" de la moral criticada para reducirla a su fundamento escatológico. Y no es muy aventurado hallar un poso de sentimiento culpable en esta acusación, puesto que si la ideología socialista peca de algo es de poco fundamentada. No es la idea la que, mediante sus abanderados, engendrará realidad (Hegel), sino ésta la que se encargará de formar al nuevo hombre, el cual no dispondrá de otro fin vital que el sacrificio por la república que lo sustenta. Ahora bien, frente al altruísmo exigido en los regímenes autoritarios, dictado por las leyes de la escasez, la caridad es enseñada por los cristianos como una efusión generosa y espontánea.

La diferencia entre Jesús y la izquierda es, pues, tan grande como la que separa la moral de la ética. Jesús invita a sus discípulos a ser perfectos, mientras que la izquierda obliga a la totalidad a someterse al llamado bien común; las recompensas de Jesús son trascendentes y espirituales, las de la izquierda meramente materiales; Jesús apela al individuo y al temor de Dios, la izquierda al colectivo y a la consciencia de clase.

El pensamiento izquierdista es, en la práctica, la traducción maquinal y decimonónica de la eclesiología inquisitorial cristiana, que podría resumirse en el lema a la virtud por la fuerza.

martes, 11 de noviembre de 2008

Las tres caras de la moneda


Lo interesante del reto de citoyen, además del reto en sí, es la posibilidad de ver los distintos desarrollos sofísticos a favor o en contra de una misma tesis. Uso el término sofísticos en la menos denigrante de las acepciones. El hecho de que de las tres exposiciones que llevo leídas hasta el momento (la de Esplugas, la de Robredo y la mía) todas defiendan tesis contrapuestas (respectivamente: la moralidad del mercado, su amoralidad y su inmoralidad) es algo que no deja de fascinarme.

viernes, 7 de noviembre de 2008

Gente exquisita




Los republicanos españoles han tenido desde antiguo una extraña fijación con los cadáveres y las exhumaciones, una actitud que yo calificaría de atávica. No hace tanto, fieles a su peculiar justicia poética de ultratumba, saqueaban conventos, profanaban las sepulturas de las monjas difuntas y bailaban a plena luz del día con los despojos de esas envenenadoras del pueblo. También es destacable la ocurrencia de algunos terroristas, digo milicianos, de fusilar simbólicamente a Cristo, instrumento de enajenación presuntamente incompatible con el nuevo hombre liberado de sus ataduras.

Todo esto, mutatis mutandi, se repite hoy bajo el incruento manto del Derecho, por aquello de la revolución desde dentro. ¿O será que el espíritu del estalinismo necrófilo ha poseído al juez Garzón y a la adocenada familia de la izquierda hispana hasta volverlos más religiosos que Príamo?

domingo, 2 de noviembre de 2008

El trabajo como maldición




Los Padres de la Iglesia justificaban el derecho a la propiedad privada refiriéndose al estado de caída de la naturaleza humana. Es algo que no había entendido bien hasta hoy, pues no me había parado a meditarlo suficientemente.

Llamo caridad a la justicia consentida; derecho a la justicia impuesta. A su vez, llamo justicia a la deuda proporcional, y deuda a la obligación moral de dar o hacer, basada en la promesa o en la reciprocidad.

No existe un derecho originario al trabajo: ni al realizado en interés propio, que depende de la existencia previa de recursos, ni al asalariado, que debe ser demandado por una necesidad ajena y remunerado con un excedente. Luego el fundamento del derecho al trabajo es el derecho a la propiedad. Y como ésta no podría fundarse en el trabajo, al que fundamenta, no se funda en nada y es arbitraria.

Si el hombre fuese justo, renunciaría a apropiarse todo lo que no ha producido, limitándose a consumirlo en la medida de su necesidad. Ahora bien, puesto que es injusto, debe trabajar y producir. En consecuencia, faltando el intercambio recíproco entre quienes tienen y quienes piden, sólo la arbitrariedad o la justicia consentidas -el albedrío o la caridad- pueden restringir legítimamente la voluntad de poseer.

jueves, 29 de mayo de 2008

Idola theatri


El liberalismo es moralidad disfrazada de inmoralidad, es decir, un sistema de producción, y por tanto de organización y disciplina, amparado en una metafísica del sujeto sin ataduras.

El socialismo es inmoralidad disfrazada de moralidad, esto es, un sistema de control, y por tanto de organización y disciplina, amparado en una metafísica del sujeto sin culpa.

Culto a la técnica, culto a la educación. Creencia común: el individuo es asubstancial y, en base a ello, radicalmente maleable. De lo peor de ambas casas surge el progresismo.

jueves, 1 de mayo de 2008

Estilos distintos


Grandes aspavientos yo mismo sé hacerlos como cualquiera, pero el toque exquisito que muestra lugares comunes y personajes tópicos hasta hacerlos interesantes por lo auténtico de la descripción y el sentimiento puesto en ella, eso me ha sido negado.


Sir Walter Scott sobre Jane Austen.