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domingo, 13 de enero de 2013

La virtud huérfana


Mas, una cosa es cierta, y es que la suposición de que en el UNIVERSO mismo no existen ni bondad ni belleza ni ejemplo o precedente alguno de una afección buena en un Ser Superior, esa suposición no puede representar un gran robustecimiento de nuestras afecciones morales ni prestar gran ayuda al puro amor a la bondad y a la virtud. Semejante creencia tenderá más bien a enajenar las afecciones respecto a todo lo amable y estimable por sí mismo y a suprimir el mismísimo hábito y la familiar costumbre de admirar las bellezas naturales, o sea todo lo que en el orden de las cosas está de acuerdo con un plan justo, con la armonía y con la proporción. Ya que una persona que piense que el Universo mismo es un dechado de desorden, estará poco dispuesta a amar o admirar cualquier cosa como ordenada en el Universo. ¿Cómo no va a ser inepta para venerar o respetar alguna belleza particular subordinada de una parte del Universo, cuando AL TODO se lo piensa como desprovisto de perfección como vasta deformación infinita? 
Ciertamente, nada puede haber más triste que el pensamiento de que se vive en un Universo perturbado del que cabe esperar muchos males y donde no hay nada bueno y hermoso que se haga presente, nada cuya contemplación pueda satisfacer o suscitar una pasión que no sea el desprecio, el odio o el desagrado. Semejante opinión puede llegar gradualmente a amargar la índole de uno, y hacer no sólo que se sienta menos el amor a la virtud, sino ayudar además a perjudicar y arruinar el mismísimo principio de la virtud, a saber la afección natural y amable. 
(...) 
En el caso de la religión, sin embargo, hay que tener en cuenta que si, por esperanza de premio, se entiende el amor y el deseo de un gozo virtuoso o de la pura práctica y ejercicio de la virtud en otra vida; expectativa o esperanza de tal clase están tan lejos de ser desdeñosas de la virtud que más bien son prueba de nuestro más sincero amor a la virtud por sí misma. Y no se puede llamar cabalmente 'egoísta' a este principio; pues, si el amor a la virtud no es meramente interés privado, el amor y deseo de vida por mor de la virtud tampoco puede considerarse tal. Mas, si el deseo de vida fuese sólo a causa de la violencia que produce la aversión natural a la muerte; si fuese por amor a algo diferente de la afección virtuosa, o por la renuencia a partir de esta vida presente sin nada más que con cosas del tipo de la virtud, entonces no sería ya señal o prenda de verdadera virtud.

Shaftesbury

viernes, 19 de marzo de 2010

Objeciones a una moral natural




En cierta manera es imposible el tener una gran opinión de la felicidad de la virtud sin haber concebido elevados pensamientos sobre la satisfacción que producen la admiración generosa y el amor a la virtud. Nada más que la experiencia de tal amor es capaz de dar crédito a dicha satisfacción. En consecuencia, la razón y apoyo principales de la opinión que dice que "la virtud hace feliz" habrá de surgir del poderoso sentimiento de esta generosa afección moral y del conocimiento de su poderío y fuerza. Mas, una cosa es cierta, y es que la suposición de que en el UNIVERSO mismo no existen ni bondad ni belleza ni ejemplo o precedente alguno de una afección buena en un Ser Superior, esa suposición no puede representar un gran robustecimiento de nuestras afecciones morales ni prestar gran ayuda al puro amor a la bondad y a la virtud. Semejante creencia tenderá más bien a enajenar las afecciones respecto a todo lo amable y estimable por sí mismo y a suprimir el mismísimo hábito y la familiar costumbre de admirar las bellezas naturales, o sea todo lo que en el orden de las cosas está de acuerdo con un plan justo, con la armonía y con la proporción. Ya que una persona que piense que el Universo mismo es un dechado de desorden, estará poco dispuesta a amar o admirar cualquier cosa como ordenada en el Universo. ¿Cómo no va a ser inepta para venerar o respetar alguna belleza particular subordinada de una parte del Universo, cuando AL TODO se lo piensa como desprovisto de perfección como vasta deformación infinita?

Ciertamente, nada puede haber más triste que el pensamiento de que se vive en un Universo perturbado del que cabe esperar muchos males y donde no hay nada bueno y hermoso que se haga presente, nada cuya contemplación pueda satisfacer o suscitar una pasión que no sea el desprecio, el odio o el desagrado. Semejante opinión puede llegar a amargar gradualmente la índole de uno, y hacer no sólo que se sienta menos el amor a la virtud, sino ayudar además a perjudicar y arruinar el mismísimo principio de la virtud, a saber la afección natural y amable.


Shaftesbury

lunes, 15 de junio de 2009

Fe y virtud




Mas pasemos desde lo que se considera meramente bondad y está al alcance y capacidad de todas las criaturas sensibles, a lo que se llama virtud o mérito y es solamente accesible al hombre.

En una criatura capaz de formarse nociones generales de las cosas, son objeto de afección no sólo los seres exteriores que se presentan a los sentidos, sino que las mismísimas acciones y las afecciones de piedad, benevolencia, gratitud y sus contrarios, trasladados por reflexión a la inteligencia, se convierten en objetos. De suerte que, con la ayuda de este sentido reflejo, brota otro tipo de afección que tiene por objeto las afecciones mismas, sentidas desde siempre, pero que ahora vienen a ser objeto de un nuevo gusto o disgusto.

Sucede aquí en los objetos mentales o morales lo mismo que en los cuerpos ordinarios u objetos comunes de los sentidos. Las figuras, movimientos, colores y formas de estos últimos, al presentarse ante nuestros ojos, dan necesariamente como resultado la belleza o deformidad según la diferente medida, colocación y disposición de sus diversas partes. Lo mismo sucede con la conducta y con las acciones: al presentarse a nuestro entendimiento, hay que encontrar por necesidad manifiestas diferencias según la regularidad o irregularidad de los asuntos.

La mente, espectadora u oyente de otras mentes, no puede estar sin que sus ojos y oídos vayan discerniendo proporciones, distinguiendo sonidos y probando todo sentimiento o pensamiento que se le ponga delante. No puede dejar que escape nada a su censura. Siente lo áspero y lo suave, lo agradable y lo desagradable en las afecciones y encuentra en estas cosas de la mente lo inconveniente y lo adecuado, lo armonioso y lo disonante, tan real y verdaderamente como en cualquier acorde musical o en las formas y representaciones exteriores de las cosas sensibles.

(...)

También esto es cierto: que la admiración y el amor del orden, de la armonía y de la proporción, en cualquiera de sus aspectos, es naturalmente beneficioso para la índole de la persona, favorable a la afección social y de gran ayuda para la virtud, la cual, en sí misma, no es más que amor al orden y a la belleza en sociedad. Ya en las cosas más humildes de este mundo, el aspecto ordenado ejerce influjo en el alma y atrae hacia sí la afección. Mas, si es el orden del mundo entero lo que se presenta justo y bello, la admiración y aprecio del orden puede llegar muy alto, y la pasión elegante o amor de la belleza, que tan ventajosa es para la virtud, resultará la más fomentada por su ejercicio en asunto tan amplio y magnífico. Pues es imposible que semejante orden divino sea contemplado sin éxtasis y rapto, dado que en las materias ordinarias que son las ciencias y las artes liberales, cuanto es acorde con la armonía y la proporción justas, produce tanto arrebato en quienes poseen un conocimiento o práctica de ese tipo.

Ahora bien, si el objeto y fundamento de esta pasión divina no estuviera efectivamente fundamentado y no fuese adecuado (caso de ser falsa la hipótesis del teísmo), la pasión en sí misma sería, no obstante, natural y buena en cuanto resulta ventajosa para la virtud y la bondad, según lo demostrado más arriba. Pero si, por la otra parte, el objeto de dicha pasión es verdaderamente adecuado y está fundamentado (siendo como es real, y no imaginaria, la hipótesis del teísmo), entonces la pasión estará también fundamentada y resultará absolutamente conveniente e indispensable en toda criatura racional.

En consecuencia, podemos determinar con precisión la relación que tiene la virtud con la piedad, es a saber: la primera no se completa sino en la segunda; puesto que, si falta ésta, no puede darse la misma buena voluntad, firmeza o constancia, la misma tranquilidad de las afecciones, o uniformidad de mente.

Y así, la perfección y eminencia de la virtud tiene que darse a causa de la fe en un Dios.


Shaftesbury

lunes, 26 de marzo de 2007

La religión y el buen humor, según Leibniz


Lord Shaftesbury expone la opinión de que la autoridad limita excesivamente la libertad de criticar, mostrando su deseo de que nada estuviere exento de poder ser sometido a crítica. Por mi parte, me inclino a creer que no comprende en ello los dogmas, y que no negará que ciertas personas son muy dignas de respeto. Ocurre con frecuencia que los dogmas están ligados a esas personas; y cuando los dogmas son ciertos, y encierran verdades muy útiles y de gran alcance, no veo de qué pueda servir la libertad de criticar esas verdades, y ponerlas en duda.

Aún tiene menos razón cuando quiere esté permitido ridiculizarlo todo. Dícese que el ridículo no puede resistir a la razón. Eso sería cierto si los hombres gustasen más de razonar que de reír. Pero el falso ridículo, se dice por añadidura, solamente deslumbrará al vulgo. A lo cual he de alegar que el vulgo es más numeroso de lo que se cree; porque hay infinidad de gente instruida que es vulgo en lo referente al razonamiento. Es frecuente observar que los más razonables se dejan arrastrar por el placer de la risa más de lo conveniente. El hombre muestra indulgencia para con aquello que le proporciona placer, sin que le agrade estudiarlo con rigor; además, no es razonable abandonar al vulgo al error, ni permitir fácilmente que sea deslumbrado por él.

Puede decirse con razón que la gravedad conviene a la impostura; pero lo que no quisiere es que se entendiera que ella le es esencial; no por eso deja de convenirle menos la chacota; todo lo que divierte y desvía la vista del punto de que se trate, sirve para embaucar. Sin embargo, se reconoce que el hombre nunca mostrará gravedad suficiente cuando el asunto de que se trate sea realmente grave o importante; pero al mismo tiempo se tiene la pretensión de que cuando haya lugar a dudar, puede uno permitirse la burla. No todo el mundo sustenta esta misma opinión; hay que decidirse por el partido más seguro y, como no hay que ofender al disfrazado, únicamente podremos ridiculizar aquellas doctrinas cuya falta de solidez esté suficientemente reconocida; además, mientras dudemos, bueno será mostrarnos reservados. Porque creer con Lord Shaftesbury que, para descubrir si una cosa es consistente o no, precisa emplear la piedra de toque del ridículo, y ver si el sujeto es suspicaz o no, no equivale ciertamente a recomendar un medio para cerciorarnos; porque nada existe en el mundo que no pueda ridiculizarse, al menos mediante algo tomado de prestado, que el azar o la costumbre pueden proporcionar. Confucio fue el Sócrates de los chinos; no obstante, los alemanes, lo mismo que los franceses, al oír pronunciar su nombre, tienen que esforzarse para no dar rienda suelta a la risotada, cada uno con referencia a su lengua.

(...)

Hay quien elogia a los antiguos porque toleraban a los visionarios, y por conceder entera libertad a los filósofos para que bromeasen sobre la religión establecida. Pero esos antiguos tenían excusa, pues el paganismo casi no tenía dogmas fijos. Al chancear sobre aquella religión podían decir siempre que la verdadera no sufría nada con ello, y los visionarios podían siempre ponerse a cubierto amparándose en alguna divinidad. Sin embargo, esa tolerancia de los antiguos no dejaba de tener excepciones; Sócrates puede servirnos de ejemplo. Lo notable, por cierto, es que los antiguos no conocieron las guerras de religión, plaga que quedó reservada a épocas posteriores.

Bien dice quien asevera que la coacción es enemiga de la verdad, y que nuestros filósofos y matemáticos serían muy malos si las leyes interviniesen en la regulación de las ciencias. Esto ya se dejó sentir cuando la filosofía aristotélica fue adoptada por la religión y la magistratura; mas cuando se afirma que, para evitar que el ingenio sea desterrado de este mundo, precisa concederle plena libertad, aun para que pueda chancearse, se saca las cosas de quicio. Eso ni es posible ni se debe hacer, sobre todo en los escritos destinados a ver la luz pública y que versan sobre cosas sagradas y reverenciadas; no puede afirmarse destruimos el ingenio a causa de que evitemos tienda al mal.

Buena observación es la que dice que, de haber un tribunal constituido contra la licencia poética, todo el mundo querría ser poeta, y se dedicaría a escribir romances. Hubo en cierta ocasión un papa lo bastante terco que quiso establecer una especie de inquisición contra los poetas, en tiempos en que las bellas letras comenzaron a resurgir; fue Pablo II. Este papa creyó que lo que se proponían era restablecer el paganismo, y sus sospechas fueron objeto de chacota. Lord Shaftesbury no quiere que se trate con seriedad ciertos males, y juzga con razón al declarar que el ridículo es el verdadero medio para curar a las personas atacadas por el mal romántico; pero como los románticos no forman partido, siendo pocos los individuos que lo padecen, no es posible deducir consecuencia; pero no ocurre lo propio en cuanto a los sentimientos religiosos. No obstante, diremos de paso que el caballero Temple creía que Don Quijote perjudicó a su nación, y que al curar a sus compatriotas de su testarudez romántica, llevada hasta la exageración, los condujo al otro extremo, haciéndoles caer en la molicie. No puedo decir si aquel caballero estaba en lo cierto; lo que temo es no ocurriera lo mismo con quien quisiere alejar a la gente de la superstición empleando las burlas, pues creo que, de conseguirlo, caerían en la impiedad.

Lord Shaftesbury continúa diciendo: "Prefiero arriesgar el todo por el todo adhiriéndome a la religión, a procurar librarme de mis escrúpulos haciendo que mi espíritu se preocupe de tonterías". Mas eso no está de conformidad con el deseo de burlarse; pues parece que el lord vuelva ahora sobre sus pasos y se limite al regocijo, puesto que exclama: "Lo único que pretendo es que nos entreguemos al buen humor cuando queramos pensar en la religión". Si el buen humor significa entregarse a sentimientos de gozo, nada hay más razonable.

Lo que sigue es excelente, saber que el buen humor, es decir, el contentamiento o el gozo, es la base más segura de la religión y de la piedad; que este estado de alma nos aleja de la opinión de aquellos [los maniqueos] que creen que el mundo está gobernado por un mal principio, y que casi lo único que puede hacernos caer en el ateísmo es el mal humor; porque el hombre que siente mal humor siempre encuentra algo que alegar contra lo existente en el universo, y tiene tendencia a negar a Dios, o a verse asaltado por los malos pensamientos. "Porque -dice el lord- solamente nuestro mal humor es capaz de atribuir a Dios acritud, soberbia y orgullo". Esto último encierra gran cordura.

(...)

Se cree que si Roma y los paganos se hubieran contentado con poner en ridículo a los protestantes y cristianos, el Cristianismo no hubiera progresado gran cosa, y que no hubiera sobrevenido la Reforma. Quizás se tenga parte de razón; pero es posible que sin el obstáculo del rigor, el Cristianismo y la Reforma hubieren andado su camino mucho antes; además, es difícil determinar estas cuestiones de la ciencia que los teólogos denominan "media", es decir, lo que tal vez hubiere ocurrido en cierto caso dado.

Leibniz


[03] Of old, when ...