sábado, 1 de septiembre de 2012

Teodicea escatológica-I




Existen dos formas de crear un universo sin mal: excluir en él o bien la libertad, o bien la maldad. Si se quiere excluir la libertad, se prescindirá del hombre. Si se opta por excluir la maldad, se eliminarán sus causas y, con ellas, las de la imperfección. Sin causas para la imperfección, se suprimirá la existencia de lo imperfecto. Hecho esto, se prescindirá del universo.

Suprímase el mundo y se acabará con el sufrimiento. Mas el sufrimiento no es malo en sí, sino por la opinión que de él albergamos. Así, mientras el placer se aviene con la belleza, la adversidad es el mejor escenario para la virtud. Y si la virtud es un bien mayor que la belleza, entonces el dolor ha de ser saludado como su más eficaz garante.

Suprímase, pues, el hombre y se acabará con el mal. Pero sería mejor acabar con los malvados, y mejor aun no haberlos creado nunca. Dios permite su existencia y tolera sus yerros por algún oscuro motivo. La respuesta que me atrevo a aventurar es que sólo las acciones libres merecen una evaluación moral. Un mundo moralmente perfecto desde el inicio sería también moralmente indiferente, como lo es el que una esfera ruede en un plano inclinado, al seguirse tal efecto de la naturaleza de las cosas. En última instancia en un escenario así todo bien moral sería atribuible a Dios, el sumo bien perfectamente libre. Esto no sucede en el mundo concebido por el cristianismo, en el que, contra la hipótesis panpsiquista, hay tantos sujetos morales como individuos, lo que propicia que el bien tenga múltiples fuentes no reducibles a una. Es ésta una ganancia que no se ve dificultada por la proliferación de los malvados y la escasez de los buenos, ya que ontológicamente el mal tiende a cero y el bien a infinito.

Ser libre es obrar con razón, ya sea para bien o para mal. Obrar sin razón, azarosamente, es un acto moralmente neutro. Ahora bien, donde no hay razones para el mal, tampoco hay libertad para el mal. Y si sólo hay libertad para el bien, no hay libertad en sentido moral. Un examen cuyas respuestas posibles fueran todas correctas calificaría sólo al examinador, que tendría que ser reputado pésimo, pero no nos aportaría información sobre el examinando. De modo análogo, una vida donde el error no fuera posible sería un espectáculo moral indiferente.

Sin embargo, un mundo moral, en el que se da la posibilidad de errar y es, por tanto, imperfecto por definición, resulta compatible con un futuro estado de bienaventuranza eterna. Hay perfecciones que no pueden perderse, como la de ser el autor de una gran obra o el artífice de una gran victoria. Éstas ya no dependen del sujeto al que se atribuyen, que siempre puede malograrse, sino de unos hechos consumados e irreversibles. El hecho consumado en el santo es haber triunfado sobre la vida, contemplada como el intervalo de tiempo durante el cual la virtud es probada y, a pesar de su debilidad, logra permanecer igual a sí misma. Ahora bien, en el Cielo -que se obtiene sobrenaturalmente en recompensa de lo anterior- esta debilidad desaparece, al regirse por las leyes de la gracia y de la incorrupción o, si se prefiere, del intelecto puro. Así, una persona buena y perfectamente instruida no dejará de elegir lo mejor, salvo que haya algún defecto en su voluntad (en cuyo caso no será buena) o en su entendimiento (es decir, no estará perfectamente instruida). Estos defectos son o bien limitaciones y accidentes de la materia, o bien limitaciones y accidentes del alma; y, en suma, no son acciones que pertenezcan a la esfera de la libertad, sino pasiones o carencias. Luego, dado que dichos obstáculos no pueden darse en el Cielo, donde las causas eficientes no contradicen a las finales, al identificarse con ellas, el bueno no tiene razón alguna para apartarse de su bondad, por lo que, no habiendo razón para ello, la maldad nunca acontece.

Todo malvado es el primero en padecer el mal del que participa. Este padecimiento no forma parte de la libertad, sino de un defecto de su naturaleza que el cristianismo entiende connatural a la especie humana: la caída. No obstante, asentir al mismo y no oponerle resistencia es el mal moral objeto de reproche. Visto así, el Cielo es una inversión del mundo: aquí todo tiende al mal, salvo que se corrija, obrando las causas finales sobre las eficientes, las acciones sobre las pasiones; allí todo tiende al bien, sin variación posible.

El malvado es libre y, dado que es libre, puede ser juzgado. El bueno es más libre, en tanto que no se somete a sus pasiones, pero esto no debe conducirnos a negar la libertad del primero. Por el mismo motivo, el bueno sólo merece ser elogiado si tiene la posibilidad de errar y la rechaza; si nunca la tuvo, sólo debe ser elogiado su Creador, de cuya virtud el es un receptáculo pasivo. Con todo, el que es salvo no tiene ya esa posibilidad, pero la tuvo y supo resistirla, por lo que es merecedor de elogios y digno destinatario del premio de la incorrupción. No ser libre para hacer el mal no es en él una carencia, sino una perfección, como lo es en Dios. Pero es una perfección que depende de su libertad ya consumada e inalienable, esto es, de la que ejerció en su vida terrena, en lugar de depender de la sola bondad de Dios, lo que convertiría a éste en el único sujeto moral del universo.

La libertad no es un bien en sí. Ella es sólo la posibilidad del bien y del mal morales. Una libertad que alcanza su fin, que es la bondad perpetua, no tiene necesidad de perdurar, dado que deviene inútil. La gracia no anula la libertad, sino que la dirige. En el Cielo, que es el Reino de la Gracia, ya no tiene dónde dirigirla: ha llegado a su destino. No creo siquiera que el Cielo permita un aumento de la virtud ante la contemplación de Dios, pues la virtud es ciertamente una facultad libre del hombre. Dependiendo en alguna medida de nosotros, que somos imperfectos, no tiene que tender necesariamente a la perfección, lo que conllevaría el escándalo de que pudiera errarse en el Cielo. Y si depende sólo de Dios, entonces este crecimiento carece de relevancia moral para la criatura.

La bondad es el amor del bien absoluto. Este amor sólo debe ser libre al menos una vez en el tiempo para confirmarse fuera del tiempo, tornándose constante y eterno. Es inconmovible porque está sujeto a dos extremos que también lo son. Por un lado, al pasado, cuya naturaleza es inalterable, del que procede; por el otro, a Dios, a quien se encamina.

Decimos de Dios que es libre en sentido metafísico, porque nada lo condiciona, pero no en sentido moral, porque no puede obrar mal. Dios es digno de todo encomio por ser el bien en sí, no por hacer el bien, pues es imposible que obre de otra manera. 

El santo está más allá de la humanidad, ya que la ha superado. Tiene el pasado de un hombre y el presente de un dios.

viernes, 24 de agosto de 2012

Sacrificio vicario





En términos morales el hombre es un culpable absoluto, pues yerra por su propia iniciativa, sin que nadie le enseñe, y lo hace a sabiendas de su error, hallando en él satisfacción. Desafío a cualquiera a encontrar a un solo ser humano con uso de razón que sea ajeno a estas pasiones o esté permanentemente por encima de ellas. Por tanto, siendo el hombre culpable en su totalidad, se sigue que el hombre no puede perdonar al hombre. Debe perdonarlo Dios. Ahora bien, perdonarlo sin humillarlo sería injusto, porque quien yerra merece ser humillado. Así, puesto que el hombre no quiso humillarse por sí mismo, se humilló Dios al asumir la humanidad y avergonzó al hombre cargando con sus vergüenzas.

jueves, 23 de agosto de 2012

Si debe combatirse al injusto con injusticia







Dado que no son acciones de la misma persona, sino de personas distintas, y el bueno no es igual que el malvado, ¿cuál asignaremos a cada cuál? ¿Cometer injusticia al malvado y sufrirla al bueno? ¿O cometerla al malvado y sufrirla no está claro a quién de los dos? Veámoslo así. La injusticia es la sustracción del bien, y el bien, ¿qué puede ser sino la virtud? Pero la virtud es algo inalienable. Así pues, no sufrirá injusticia quien esté en posesión de la virtud, o bien la injusticia no era la sustracción del bien. Nada que sea un bien puede sustraerse, arrebatarse, quitarse o saquearse. Sea: el hombre bueno no sufre injusticia ni a manos del bueno ni a manos del malvado, pues no se le puede quitar su virtud. Queda, pues, que o bien nadie sufre injusticia en absoluto o bien el malvado la sufre de un semejante. Pero el malvado en nada participa del bien, y la injusticia era la sustracción del bien: quien no posee nada que se le pueda sustraer tampoco tiene nada en lo que sufrir injusticia. 
En consecuencia, tal vez no se define la injusticia en función de la sustracción de quien la sufre, sino de la intención de quien la comete. Y el malvado sufre injusticia del malvado, por más que carezca del bien, y el bueno del malvado, por más que su bien sea inalienable. Acepto el argumento que asigna la injusticia al que tiene una intención equivocada más que al éxito de la acción; pues, ciertamente, la ley castiga como adúltero no sólo al que lo comete, sino también al que lo pretende, y como ladrón perforador de muros al que lo intenta, aunque no lo consiga, y como traidor al que va a hacerlo, aunque finalmente no lo lleve a cabo. Y de este modo llegará el argumento en su totalidad donde debe: el bueno ni comete injusticia ni la sufre: no la comete por voluntad propia y no la sufre por su virtud. El hombre malvado comete injusticia, pero no la sufre: la comete por vileza, pero no la sufre por ausencia del bien. Más aún, si sólo la virtud es un bien y no otra cosa, el hombre malvado, que no posee la virtud, tampoco tiene en qué sufrir injusticia. Pero si, además de la virtud, también son bienes los del cuerpo, la fortuna externa y sus adláteres, en ausencia de la virtud es preferible que falten también éstos a que no. De modo que ni siquiera así sufriría injusticia el malvado, privado de algo de lo que hace mal uso. Por lo tanto, comete injusticia, pero no la sufre, desde el momento en que hemos asignado lo injusto a la intención. 
Así hablaré ahora de los perversos. El malvado quiere cometer injusticia, pero no es capaz. Pero, como quiere, la proyecta hacia un semejante o hacia alguien mejor. ¿Y qué habrá de hacer quien es mejor? ¿Responder al malvado con otra injusticia? Pero éste no tiene en qué sufrir injusticia, pues es malvado por la ausencia de bien. De modo que el hombre inteligente no devolverá la injusticia al malvado ni de hecho, pues no tiene en qué sufrir injusticia, ni en su intención, pues, como es bueno, no quiere cometer injusticia, no más que el flautista tocar la flauta desafinadamente.

Máximo de Tiro

sábado, 21 de julio de 2012

La mansedumbre del sabio



Será mejor que pienses que no hay que airarse por los errores. ¿Pues qué, si alguien se aíra con los que en la oscuridad dan pies en falso? ¿Qué, si otro con los sordos que no escuchan sus órdenes? ¿Qué, si con los niños porque, descuidando el estudio de sus deberes, atienden a los juegos y bromas bobas de sus compañeros? ¿Qué, si quieres airarte con los que enferman, envejecen, se fatigan? Entre los demás inconvenientes de la condición mortal está también éste, la obnubilación de la mente, y no sólo la inevitabilidad del error, sino el amor a los errores. Para no airarte con cada uno, hay que perdonar a todo el mundo, hay que conceder el indulto al género humano. Si te aíras con los jóvenes y los viejos porque han cometido errores, aírate con los que aún no hablan: van a cometer errores. ¿Es que alguien se aíra con los niños, cuya edad aún no sabe las diferencias entre las cosas? Ser hombre es más grande excusa y más justa que ser niño. Con esta condición hemos nacido, animales sometidos a no menos enfermedades del espíritu que del cuerpo, no, de hecho, obtusos y lentos, sino que nos servimos mal de nuestra agudeza, modelos de vicios los unos para los otros. Cualquiera que sigue a los que por delante han tomado el camino equivocadamente, ¿cómo no va a tener excusa, puesto que se extravía por una senda concurrida? Contra los individuos se esgrime la severidad del general, por el contrario es imprescindible el indulto cuando ha desertado entero el ejército. ¿Qué acaba con la ira del sabio? La multitud de los que cometen errores. Comprende que injusto y también peligroso es airarse con un vicio universal.

Séneca

domingo, 17 de junio de 2012

Omnia mea mecum porto





Había tomado Mégara Demetrio, el que recibió el sobrenombre de Poliorcetes; el filósofo Estilpón, al que preguntó si había perdido algo, le dijo: "Nada, todo lo mío lo llevo conmigo." Y sin embargo su hacienda había ido a parar al botín y a sus hijos los había raptado el enemigo y su patria había caído en manos extranjeras y el rey en persona, rodeado de las armas de su victorioso ejército, lo interrogaba desde su posición superior. Pero él le echó por tierra su victoria y demostró que él, a pesar de haber sido tomada su ciudad, quedaba no sólo invicto sino indemne; pues tenía consigo sus verdaderos bienes, de los que otro no puede tomar posesión; por el contrario, los que se llevaban desbaratados y despedazados no los consideraba suyos, sino accidentales y sujetos al imperio de la suerte. Por eso no los había apreciado como propios; pues la posesión de todo lo que se concentra en nosotros desde fuera es escurridiza e insegura.

(...) 

Más potente debe ser lo que hiere que lo que es herido; ahora bien, no es más fuerte la maldad que la virtud; luego el sabio no puede ser herido. Un ultraje contra los buenos no lo intentan sino los malvados: para los buenos hay paz entre ellos, los malvados son para los buenos tan perniciosos como entre ellos. Y si no puede ser herido sino el más endeble y de otro lado el malvado es más endeble que el bueno y los buenos no deben temer un ultraje más que por parte de sus contrarios, el ultraje no cae sobre el hombre sabio. Pues ya no tengo que recordarte que nadie hay bueno sino el sabio. "Si Sócrates", dice, "fue condenado injustamente, recibió un ultraje". En esta cuestión conviene darnos cuenta de que puede ocurrir que alguien me haga un ultraje y yo no lo reciba: igual que si uno pusiera en mi casa de la ciudad algo que hubiera robado de mi villa: él habrá cometido un hurto, yo no habré perdido nada. Puede alguien hacerse dañino por más que no haya causado ningún daño. Si uno se acuesta con su esposa igual que con la de otro, será adúltero, por más que ella no sea adúltera. Alguien me ha administrado veneno, pero al mezclarse con la comida ha perdido su poder: él se ha comprometido con el crimen por administrarme el veneno, aunque no me ha causado daño. No es menos asesino aquél cuya puñalada se evitó porque se interpuso la ropa. Todos los crímenes, incluso antes de su ejecución, quedan consumados por cuanto hay culpabilidad suficiente. Ciertas cosas son de esta naturaleza y se relacionan según la alternativa siguiente: la una puede existir sin la otra, la otra no puede sin la una. Intentaré dejar claro lo que digo. Puedo mover los pies aunque no corra: correr no puedo sin que mueva los pies; puedo, por más que esté en el agua, no nadar; si nado, no puedo no estar en el agua. De la misma suerte es también esto de que se trata: si he recibido un ultraje, es preciso que se me haya hecho; si me ha sido hecho, no es preciso que yo lo haya recibido. Pues pueden sobrevenir muchos accidentes que rechacen el ultraje: como alguna casualidad puede abatir la mano amenazadora y desviar los dardos arrojados, igual alguna circunstancia puede repeler cualquier ultraje y eliminarlo en pleno curso, de modo que haya sido hecho tanto como no recibido.

Séneca

martes, 12 de junio de 2012









En novus Elysiis succedit sedibus hospes
Dux Saxo, Romani Ensifer Imperii.
Ut ferat optae Regioni munera pacis
Caesaris inque fidem subdita membra liget.
Hostibus ut pulsis omni florescat in urbe
Religionis opus iustitiaeque decus.
O tibi fortunam gratare Silesia tantam
Et pia ventanti concine vota Duci:
Salve pacis amor, salve Dux Iane Georgi:
Tu nobis praestas, nos veneramur opem.


Teodicea estoica






¿Por qué el dios molesta a los mejores con una mala salud o con un luto o con otros inconvenientes? Porque en el campamento también las misiones peligrosas se encargan a los más esforzados: el comandante envía a los más selectos a que acometan al enemigo en una emboscada nocturna o exploren el camino o desalojen de su posición a una guarnición. Ninguno de los que salen dice: "Mal me ha considerado el general", sino "Bien me ha juzgado." Que digan lo mismo cuantos reciben la orden de sufrir casos que hacen llorar a los miedosos y cobardes. "Hemos parecido al dios dignos de ser en quienes se experimentara cuánto sabía sufrir la naturaleza humana."  

(...)  
 
Hace tiempo quedó establecido de qué disfrutas, de qué te lamentas y, a pesar de que las vidas de los individuos parezcan ser variadas con grandes diferencias, el total viene a ser sólo esto: perecederos nosotros, recibimos bienes perecederos. 

(...)

'Pero nos caen encima muchas penalidades horrorosas, difíciles de tolerar'. Puesto que no podía yo sustraeros a ellas, armé vuestros ánimos contra todas ellas: soportadlas serenamente. Esto es en lo que aventajáis al dios: él está más allá del sufrimiento de las desgracias, vosotros por encima del sufrimiento. Menospreciad la pobreza: nadie vive tan pobre como ha nacido. Menospreciad el dolor: o se destruye o destruye. Menospreciad la muerte: o bien os da fin o bien os cambia de lugar. Menospreciad la suerte: no le he dado ningún venablo con el que pudiera malherir el espíritu.



Séneca


sábado, 2 de junio de 2012









O tu vita felicissima! O regnum vere beatum, carens morte, vacans fine! Cui nulla tempora succedent per aevum: ubi continuus sine nocte dies nescit habere tempus; ubi victor miles illis hymnidicis angelorum sociatus choris cantat Deo sine cessatione canticum de canticis Sion, nobile perpetua caput amplectente corona. Utinam concessa mihi peccatorum venia, moxque hac carnis sarcina deposita, in tua gaudia veram requiem habiturus intrare. Utinam tuae civitatis praeclara et speciosa moenia coronam vitae de manu Domini accepturus ingrederer, ut illis sanctissimis choris interessem, ut cum beatissimis spiritibus gloriae Conditoris adsisterem, ut praesentem Christi vultum cernere, ut illud summum et ineffabile et in circumscriptum lumen semper adspicerem; sicque nullo metum mortis affici, sed de incorruptionis perpetuae munere laetari possum sine fine.

¡O tú, vida felicísima! ¡O reino verdaderamente bienaventurado, al que la muerte no alcanza, carente de todo término, donde no hay sucesión de tiempo ni de siglos: donde el día perpetuo sin noche no sabe lo que es el tiempo; donde incorporado en los coros angélicos el que acá ha militado y vencido, adornada su cabeza noble de corona eterna, le canta a Dios sin cesar el cántico de los cánticos de Sión! ¡Ojalá que yo, conseguido el perdón de mis pecados, luego que dejase esta carga de mi cuerpo, lograse entrar en tus gozos para descansar de veras! ¡Ojalá pudiera entrar en las excelentes y hermosas murallas de tu ciudad para recibir allí la corona de vida eterna de mano de mi Dios y Señor! E incorporarme en esos santísimos coros, y en compañía de los bienaventurados espíritus asistir a la gloria del Creador, mirar presente el rostro de Cristo, ver continuamente aquella suma inefable e inmensa luz; y de este modo no vivir angustiado con el temor de la muerte, sino poder alegrarme eternamente con el gracioso don de la incorrupción perpetua.


San Agustín

domingo, 27 de mayo de 2012

La inmortalidad en Séneca




Di, más bien, cuán natural es ensanchar el pensamiento hacia el infinito. El alma humana es una realidad grande y noble, no admite que se le pongan otros límites que los que tiene de común con la divinidad. En primer lugar, no acepta una patria terrena, Éfeso o Alejandría, o cualquier otro suelo aún más populoso en habitantes o más abundante en edificios; su patria es todo el espacio que rodea con su perímetro al cielo y al universo entero, toda esta bóveda celeste bajo la cual se encuentran los mares y las tierras, bajo la cual el aire, aun delimitando las cosas divinas y las humanas, las une al propio tiempo, donde están distribuidos tantos dioses que vigilan su propio cometido. 

En segundo lugar, no permite que se le asigne a su vida una duración limitada: "Todos los años -dice- me pertenecen, ningún siglo queda cerrado para los grandes genios, ningún tiempo es inaccesible al pensamiento. Cuando llegue el día que disuelva esta mezcolanza de lo humano y lo divino, dejaré el cuerpo en esta tierra donde lo encontré y yo mismo me restituiré a los dioses. Tampoco ahora vivo separado de ellos, pero me veo retenido por esta envoltura pesada y terrena."

Por medio de estas dilaciones de la vida mortal nos ejercitamos para aquella vida mejor y más larga. Pues como el claustro materno nos retiene durante diez meses y nos prepara no para sí, sino para aquel lugar al que parece que somos lanzados cuando ya somos aptos para respirar y resistir al aire libre, así también a través del tiempo que se extiende de la infancia a la vejez, vamos madurando para un nuevo parto. Nos aguarda otro origen, una situación distinta.

Todavía no podemos soportar la visión del cielo sino a distancia. Por lo tanto contempla con valor aquella hora decisiva; no es la última para el alma sino para el cuerpo. Todas cuantas cosas te rodean considéralas como el mobiliario de un albergue, pues hemos de marchar a otro lugar. La naturaleza despoja al que sale de la vida, como al que entra en ella. 

No te está permitido sacar más de lo que has aportado, mas aun gran parte de cuanto has llevado a la vida tendrás que dejarlo: se te arrancará esta piel que te rodea como la más externa de las envolturas; se quitará la carne y la sangre que penetra y discurre por todo el cuerpo; se te quitarán los huesos y los músculos que son el apoyo de las partes muelles y débiles. 

Ese día que temes como el último es el del nacimiento para la eternidad. Deja el peso: ¿por qué te detienes como si no hubieras salido ya otra vez, después de abandonar el cuerpo donde estabas encerrado? Estás apegado a la vida, te resistes: también entonces fuiste empujado hacia afuera con gran esfuerzo de la madre. Gimes y lloras: también el llorar es propio de quien nace, pero entonces se te debía perdonar, pues habías venido a la vida ignorante e inexperto en todo. Salido del refugio, cálido y suave, de las entrañas maternas, te acogió un soplo de aire más libre; luego te hizo daño el tacto de una mano dura, y todavía delicado, sin experiencia de nada, te quedaste atónito en un mundo desconocido. 

Ahora no te resulta nuevo verte separado de aquel compuesto del que formabas parte. Renuncia con ecuanimidad a estos miembros ya inútiles, abandona este cuerpo en el que has habitado tanto tiempo: será desgarrado, sepultado, aniquilado. ¿Por qué te entristeces? Así suele suceder: se pierden siempre las membranas que envuelven a los que van a nacer. ¿Por qué te aferras a estas cosas como si te pertenecieran? Con ellas has sido cubierto: llegará el día que te arrancará de estos despojos y te sacará del contubernio inmundo y fétido del cuerpo. 

Tú, desde ahora, substráete ya a éste cuanto puedas, y, hostil a todo placer, a menos que esté estrechamente ligado a las necesidades naturales, ajeno a él medita desde este momento en algo más elevado y sublime. Un día se te revelarán los secretos de la naturaleza, se disipará esta oscuridad, y una luz deslumbrante te envolverá por todas partes. Imagínate cuán grande es el brillo de tantos astros que entremezclan su luz. Ninguna sombra perturbará esta serenidad; resplandecerán por igual todas las regiones del cielo: pues el día y la noche alternan sólo en las capas más bajas de la atmósfera. Reconocerás que has vivido en tinieblas cuando tú, pleno de vida, percibas la plenitud de la luz que ahora contemplas oscuramente a través de los conductos muy limitados de tus ojos y que, no obstante, admiras ya, aunque de lejos. ¿Qué impresión te producirá la luz divina cuando la contemples en su propia sede? 

Este pensamiento no permite que subsista en el ánimo nada sórdido, nada rastrero, nada cruel. Afirma que los dioses son los testigos de todos nuestros actos, nos ordena que nos sometamos a su aprobación, que nos aprestemos para ellos en vistas a la vida futura y que tengamos en consideración la eternidad. Quien medita en ella no se espanta ante ejército alguno, no le aterra el sonido de la trompeta, ni amenaza alguna le impulsa al temor.

¿Por qué deberá temer quien tiene la esperanza de morir? Incluso quien juzga que el alma subsiste sólo mientras está aprisionada en la cárcel del cuerpo y que, una vez liberada, al punto se desvanece, trata de poder ser útil aun después de la muerte. En efecto, aunque haya sido arrebatado a nuestra vista, sin embargo 

"se recuerda a menudo la gran virtud del héroe y el gran brillo de su estirpe." 

Considera cuánto nos aprovechan los buenos ejemplos: comprenderás que la presencia de los grandes hombres no es menos útil que su recuerdo.

Séneca

miércoles, 23 de mayo de 2012

Solipsistas


Si no hubiera inteligencia a escala suprahumana, el objeto más elevado al que podría aspirar la inteligencia del hombre sería ella misma. De hecho, ella constituiría su único objeto, puesto que un universo inteligible surgido de la no inteligencia carecería de valor cognoscitivo, como un poema absurdo o una melodía tocada al azar.

El solipsismo ateo consiste en asumir que no hay fines ni propósito en el universo, ni plan, ni diseño, ni orden, ni inteligencia a escala suprahumana, sólo porque no es capaz de imaginarlos.

Entonces, para el ateo lo único inteligible es la inteligencia, lo que equivale a decir que el pensamiento se piensa.

lunes, 14 de mayo de 2012

Nietzsche y Leibniz, sobre moral y ateísmo


El ateo está culturalmente imbuido de religión. Es decir, ha heredado o imitado los escrúpulos de sus padres y sus abuelos, que fueron religiosos. Con todo, halla un grato entretenimiento ganando batallas a la teoría para acto seguido rendirse en la práctica. Nietzsche vio eso: "Por cada paso que los ingleses hacen retroceder a la teología, obligan a la moral a avanzar otro", escribió. Se reía de ello, porque es verdaderamente inconsecuente. 

Leibniz, de sentir muy contrario al anterior, era en esto sin embargo del mismo parecer. Por ello rubricó las siguientes palabras, a propósito de los negadores de Dios y de la inmortalidad del alma, y del tópico del ateo virtuoso:

Sé que personas eminentes y bien intencionadas defienden que esas opiniones teóricas tienen una influencia en la práctica menor de lo que se cree, y sé también que hay personas de natural excelente, a las cuales las opiniones nunca podrán arrastrarles a hacer algo indigno; por otra parte, los que han llegado a tales errores por medio de la especulación, acostumbran a estar naturalmente más apartados de los vicios de lo que puede estarlo el común de los mortales, aparte de que tienen que tener cuidado con la dignidad de la secta de la cual son como jefes; se puede decir, por ejemplo, que Epicuro y Spinoza han llevado una vida absolutamente ejemplar. Pero esas razones dejan de ser válidas de ordinario en sus discípulos e imitadores, los cuales, al sentirse liberados del importuno temor a una providencia vigilante y a un futuro amenazador, dan rienda suelta a sus brutales pasiones, y orientan su espíritu a seducir y a corromper a los demás; y si resultan ser ambiciosos y de natural un tanto duro, pueden llegar a ser capaces, por su placer o medro, de pegar fuego a la tierra por los cuatro costados: yo he conocido algunos de este temperamento, a los cuales la muerte se los llevó. Pienso incluso que opiniones cercanas a éstas que vayan insinuándose poco a poco en el gran mundo, regido por otro tipo de gentes, de las cuales dependen los negocios, dispondrán todo para la revolución general que amenaza a Europa, y acabarán por aniquilar lo que todavía queda en el mundo de los sentimientos generosos de los antiguos griegos y romanos, los cuales preferían el amor a la patria y el bien público, y el interés por la posteridad, a la fortuna e incluso a la vida.

El filósofo previó con casi un siglo de antelación la Revolución francesa, que partió de la corrupción de las ideas de Rousseau, un deista, incubadas por su discípulo el Marqués de Sade, un ateo congruente para el cual la moral y la teología debían retroceder juntas.

martes, 8 de mayo de 2012

Fumus est







Tómese un guarismo y multiplíquese por cero. No importa lo grande que aquél sea, o el tiempo que haya permanecido: una vez se lo asocia a su nada, es nada.

Tómese a un hombre y póngase ante su muerte.

sábado, 5 de mayo de 2012

Virtud y escatología



En primer lugar, no soy de la opinión de que el infierno sea para aquellos que no han creído en el evangelio. Si se ha llevado a cabo una búsqueda diligente de Dios, aunque se haya errado en ella, y se ha obrado con recta intención, esto es, de forma sincera y constante, el no creer en la literalidad del dogma cristiano no me parece determinante para ser salvado o condenado. Pues el propio evangelio lo establece:

Entonces comenzaréis a decir: 'Delante de ti hemos comido y bebido, y en nuestras plazas enseñaste'; Y os dirá: 'Os digo que no sé de dónde sois; apartaos de mí todos vosotros, obradores de iniquidad.' Allí será el llanto y el crujir de dientes. (Lucas 13:26-28).

Y también:

No todo el que me dice: 'Señor, Señor', entrará en el reino de los cielos, sino el que hace la voluntad de mi Padre que está en los cielos. (Mateo 7:21).

En segundo lugar, la acostumbrada objeción de que las recompensas y penas sobrenaturales son desproporcionadas a nuestros méritos y deméritos resulta inválida. Toda justicia humana ha de tener un término temporal. Supongamos que te hago un préstamo y me debes dinero; has de devolvérmelo en un año, pero transcurre el año y no lo haces. ¿Qué será necesario para que te conceda una prórroga? Que quieras pagarme y que puedas hacerlo algún día. Ese día ha de ser cierto para que la cláusula no sea vana. Si te concediese una prórroga sin condiciones, ¿no estaría permitiendo que te burlaras de mí? Por tanto, llegará el día en que, no habiéndome pagado, no puedas ya pagarme, porque esperé todo lo que razonablemente cabía esperar. Habrás incumplido tu obligación y no estará en tu mano enmendarlo; estará en la mía el forzarte a ello. Y aun si te permitiera que me dejaras a deber, acumulándote el interés, ¿qué ganaría si supiese que no puedo fijar el momento para exigirte el monto, dado que persistirás en tu morosidad?

Pues bien, otro tanto aplica en la existencia humana, que es vista por el cristianismo como un contrato con Dios por el que éste nos cede un bien en depósito (la vida) y nosotros nos obligamos a devolverlo sin menoscabo, es decir, sin haber sido indignos de ese don. El contrato carecería de causa si no contemplase plazo alguno; no habiendo fecha para la devolución, ni pudiéndose exigir, sería una donación encubierta. O lo que es lo mismo, el reconocimiento implícito de nuestra plena soberanía moral y del carácter absoluto de nuestra existencia, nociones contrarias no sólo a la religión, también a la sociedad. Así pues, Dios tiene fijado el día en que le entregaremos de vuelta la vida, momento tras el cual no cabrá que realicemos en ella mejora alguna, toda vez que habrá dejado de ser nuestra. 

Y caiga el árbol al sur o al norte, donde cae el árbol allí se queda. (Eclesiastés 11:3).

El pecado no es menos voluntario en esta vida que en la otra. Pero aquí puede corregirse, mientras que allí ha dejado atrás la posibilidad del perdón y del arrepentimiento. La gracia cesa de obrar, el hombre se curva sobre sí mismo y sólo puede aumentar su mal, al modo de quien se rasca padeciendo sarna. Como el hierro fundido, que es maleable mientras está al rojo y deja de serlo cuando se endurece, la vida del hombre sólo puede aspirar a la virtud ante la amenaza cierta del día en que habrá de rendir cuentas para siempre. La esperanza en un perdón infinito es corruptora, porque hace de la virtud no un fin voluntario, y como tal dependiente del propio esfuerzo, sino una fatal necesidad.





Los ateos virtuosos -amables hipócritas- objetan a los cristianos lo que Fénelon a Bossuet: que las buenas obras no se hagan por amor puro, gratuitamente y sin esperanza de una futura recompensa. Pero este reproche es en ellos fruto, si no de la mala fe, sí al menos de una confusión terminológica o de la ignorancia de los principios. Cuando Séneca escribe que debemos seguir a la virtud por la virtud misma, lo hace aduciendo que ésta es el bien más alto concebible y, por tanto, un fin final. Así, dicho bien para el cristianismo es Dios, el summum bonum, espiritual y eterno, lo que justifica que, por más que pueda pregustarse hoy, su perfecto disfrute se reserve para el futuro en otra vida. Puesto que, si circunscribiéramos la virtud sólo al presente y a las dudosas satisfacciones de esta breve existencia nuestra, como sintieron algunos paganos y están obligados a sentir todos los ateos, sería un bien finito, pasajero y comparable a otros quizá mayores, lo que refuta la vana presunción de ser ella lo más encumbrado. Por consiguiente, careciendo de esta cualidad que la hace preferible a todo lo demás, se seguiría a la virtud irreligiosamente, esto es, por interés, por costumbre o por capricho, y no por una razón insoslayable.


Hasta que el ateo no haya probado que la virtud es para todos el mayor de los bienes finitos no está en disposición de recomendársela a nadie más que a sí mismo. Dado que, incapaz de dotarla de un fundamento objetivo, la seguirá por fe ciega.


martes, 1 de mayo de 2012

Teoarquía




Iglesia y Estado deben permanecer separados: la Iglesia encima, el Estado debajo. La religión no debe descender a gobernar (teocracia) pero debe ser el fundamento último del sistema político (teoarquía). Si se concede, contra Maquiavelo, que hay fines políticos superiores a la conservación de la república y, contra Hobbes, que hay fines superiores a la paz social, se llega fácilmente a esta conclusión. Del mismo modo que admitimos que los derechos humanos preceden a los derechos nacionales, las matemáticas a la física y la lógica a la gramática, debemos conceder que el poder espiritual precede al temporal, porque se dirige a un fin más perfecto y más duradero que éste, que debe subordinársele. Tal fin es la felicidad del hombre.