La concepción científica actual está sesgada por estos tres enormes errores:
1) La materia prima aristotélica.
2) El dualismo maquinal cartesiano.
3) La cosa en sí kantiana.
Es decir, por la abstracción, amputación y, al fin, negación de las formas substanciales. De ahí que en cualquier ciencia que no sea puramente deductiva haya que tomar todo resultado con graves reparos lingüísticos antes de proceder a su decantación ideológica.
viernes, 9 de noviembre de 2007
Nadie ha hecho más daño
Recelo y finitud
Quien escruta razones últimas para la injusticia la dignifica. Ésta no tiene otra causa que la inconsciencia, la ceguera, el olvido de sí. Mal moral al que son proclives aquellos que en lo positivo niegan esas mismas razones últimas y todo lo cifran en un obrar práctico y despreocupado. Se expresan de esta guisa: lo que llena el mundo es azaroso o ignoto, no regido por principios racionales, y lo que lo destruye es consecuencia geométrica de ese azar; luego nadie obra bien ni mal, sino que simplemente obra más o menos. Destruyen, pues, la conservación de las cosas, la espontaneidad del albedrío y la universal armonía.
La confianza en el orden es condición necesaria del sentido de una investigación científica. Un orden plasmado en el mundo y que ninguna mirada agota. En contra de lo que suele pensarse, el creyente y el escéptico no son figuras antagónicas. Véase, por ejemplo, a Lessing:
Si Dios contuviera toda la verdad en su diestra y la incansable búsqueda de la verdad en la zurda y, a la vista de que estoy condenado a errar por siempre, me ordenase: 'Escoge', escogería humildemente la izquierda, respondiendo: 'Dame, Padre. La verdad pura sólo a ti te pertenece'.
Se aspira a la verdad porque se tiene fe en ella más allá de toda hesitación; una verdad cuyo contenido particular no importa tanto como su carácter vinculante, envolvente y eterno. Si el escéptico resuelve los motivos de sus dudas, se convertirá en teísta o en deísta; si los olvida, en ateo. Pero nadie -creyente o descreído- tiene derecho a combatir la certeza ajena con la incertidumbre propia. La duda puede redundar en acicate para la acción (la moral de Descartes) o la experimentación, y sin embargo es incapaz de persuadir, pues se ha proscrito del ámbito de lo teórico.
El darwiniano Nietzsche atribuía la tendencia escéptica al mestizaje de razas en Europa. Así, el más célebre entre los incrédulos, lejos de ver el enquistamiento de la duda como un rasgo de racionalidad, lo contempla como un claro signo de corrupción de los instintos y decadencia de las costumbres.
jueves, 8 de noviembre de 2007
Cómo escapar

El bien es el amor espontáneo hacia lo representado, y amar es voluntad de retener o ser retenido. Así, la miseria del mal reside en no requerir justificación racional. Pero ésa misma es la grandeza del bien.
La razón, suma de predicados, no agota la naturaleza expansiva de la verdad, directamente emparentada con la de la consciencia. Ser consciente y amar ¿de quién depende? No puede depender del alma, cuyo obrar depende a su vez de la consciencia. Tampoco del cuerpo, que nos predetermina a la oscuridad y a la mentira. ¿De quién, pues?
miércoles, 7 de noviembre de 2007
Cuando fuimos inocentes

1) Llamo concreto a aquello que no se compone de significados parciales (i.e., la subjetividad).
2) Entiendo por existir el ser inteligible sin referencias externas.
3) Si algo no es concreto, no existe.
4) Amar es voluntad de retener o de ser retenido.
5) Ser consciente es retener lo concreto mediante la inteligencia.
6) Es imposible ser consciente si no se ama algo concreto.
7) Luego, un cuerpo no puede amarse conscientemente.
8) La atracción hacia un cuerpo no es intelectiva, sino instintiva y asimilativa, radicando en someterlo o sometérsele.
9) Luego, para amar carnalmente algo distinto a sí mismo, debe sometérselo o sometérsele.
10) Someter es destruir una resistencia.
11) Quien no puede someter ni se somete sólo sabe resistir con el engaño.
12) Llamo engaño a la apariencia presente de un bien futuro.
13) La belleza caduca de los cuerpos es un engaño.
14) Ergo, amar carnalmente es destruir la falsa belleza de los cuerpos.
15) Ahora bien, los cuerpos no son más que su apariencia.
16) Por otro lado, odiar es voluntad de destruir o de ser destruido.
17) Consecuentemente, el amor carnal es el odio del cuerpo del otro o de uno mismo.
18) El mal es el odio espontáneo hacia lo representado.
19) Por lo que el sexo y el mal tienen una e idéntica raíz.
20) Y la raíz nos es desconocida.
Prudencia del más viejo
He estado pensando cuál podría ser la diferencia entre religión e ideología. He aquí mi respuesta: la ideología da una explicación (equivocada) del origen del mal; la religión no la da.
Retiro
Separarse del mundo no es desertar de él. La religión, no menos que la política, pretende el gobierno de las almas. Ahora bien, si el mando de los hombres sólo quiere subyugar voluntades, el de Dios aspira a transformarlas más allá de todo condicionamiento previo.
Que la familia no sea un obstáculo en la fe, como no lo fue para Abraham. Este precepto resulta afrentoso para el pueblo judío, que proclama el respeto a los padres entre sus mandamientos más sagrados; o para los gentiles, que divinizan a sus manes. Pero es la esencia de la fidelidad la que determina tan radical proceder: despreciar las ataduras de la carne, las añoranzas mundanas.
martes, 6 de noviembre de 2007
Panteístas
El amor como voluntad de conservación, el odio como voluntad de destrucción. Sólo se ama lo que puede perderse en vida. Imposible amar al universo.
lunes, 5 de noviembre de 2007
Leibniz y el aborto pragmático
Filaletes: Antes de abandonar la consideración de las relaciones, haré notar que de ordinario poseemos una noción tan clara o más clara de la relación que de su fundamento. Si yo creyese que Sempronia encontró a Tito debajo de una col, como se acostumbra a decir a los niños, y que a continuación tuvo a Cayo de la misma manera, tendría una noción tan clara de la relación de hermano entre Tito y Cayo como si poseyese todo el saber de las comadronas.
Teófilo: No obstante, cuando un día se le dijo a un niño que su hermanito que acababa de nacer había sido sacado de un pozo (respuesta que se utiliza en Alemania para satisfacer la curiosidad de los niños al respecto), el niño se asombró de que no se le volviese a tirar al pozo cuando gritaba tanto y molestaba a su madre. Y es que esa explicación no le permitía conocer ninguno de los motivos por los cuales la madre amaba al pequeño. Por lo tanto, se puede afirmar que aquellos que no conocen el fundamento de las relaciones sólo pueden tener sobre ellas lo que yo llamo pensamientos sordos en parte e insuficientes, aun cuando dichos pensamientos puedan ser suficientes en determinadas ocasiones y para determinados aspectos de la cuestión.
Leibniz
sábado, 3 de noviembre de 2007
Insisto

No creo que sean la libertad o la consciencia las que nos hacen humanos (al ser cuestión de grado: se tienen más o menos), sino la vergüenza o capacidad de avergonzarse (que es cuestión de naturaleza: o se tiene o no se tiene). Apelar a la vergüenza y apelar a la humanidad es exactamente lo mismo: lo humano y lo inmoral son elementos objetivos.
Ya definimos la vergüenza como el sentimiento de estar por debajo de sí, y en este sentido como función del ser consciente. Ahora bien, el orgullo en cualquiera de sus variantes es el afecto contrario al descrito, esto es, juzgarse por encima de uno mismo, considerar que ningún halago nos colma. Quien así vive hace de la palabra ajena su sustento y, aunque humano, carece de alma.
Reversión del milagro
-Precisamente porque no soy crédulo quiero ver con mis ojos la aniquilación y la resurrección de la rosa.
Paracelso la había tomado, y al hablar jugaba con ella.
-Eres crédulo -dijo-. ¿Dices que soy capaz de destruirla?
-Nadie es incapaz de destruirla -dijo el discípulo.
-Estás equivocado. ¿Crees, por ventura, que algo puede ser devuelto a la nada? ¿Crees que el primer Adán en el Paraíso pudo haber destruido una sola flor o una brizna de hierba?
-No estamos en el Paraíso -dijo tercamente el muchacho-; aquí, bajo la luna, todo es mortal.
Paracelso se había puesto en pie.
-¿En qué otro sitio estamos? ¿Crees que la divinidad puede crear un sitio que no sea el Paraíso? ¿Crees que la Caída es otra cosa que ignorar que estamos en el Paraíso?
Borges*
* Al que acabo de resarcir de la injuria.
jueves, 1 de noviembre de 2007
La compasión según Kafka

No deja de sorprenderme el grotesco bizantinismo del debate que, a propósito del rigor de las penas, se pregunta si hay formas más humanas de matar que otras. Pues ¿ejecutar a alguien es menos grave que mortificarlo? Quiero decir, si se acepta que matar es correcto como castigo de determinados crímenes, ¿por qué se iba a rechazar el padecimiento de los reos, tanto el físico como el moral? ¿Se trata solo de eliminarlos porque son peligrosos, pero no de que paguen por sus ofensas?
No. Si tengo derecho a matarte, también te podré atormentar de mil maneras. Tu dignidad desaparece en el momento de pronunciarse la condena. Con la muerte pagas por la transgresión; con el dolor por haber consentido a la misma.
Sin riesgo de sufrimiento no hay libertad, y sin libertad no hay vida. Por ello, sin voluntad de castigar no hay justicia, sólo una prolongación burocrática y mortal de la policía.
Placebos

Este post es excelente como prueba de lo contrario de lo que pretende demostrar, a saber, que Dios es un "flatus voci". Porque si hay algo que impide considerar a Yahveh un super-hombre proyectado por el anhelo colectivo es lo paradójicamente duro e inhumano que resulta. Es un dios que no sujeta su voluntad a la obediencia de los hombres (obediente a su obediencia), sino que tiene un plan para ellos, el cual conocen sólo en parte; un dios que no admite ser representado y prefiere permanecer en la penumbra; que, odiando la pompa y lo aparente, amenaza con la destrucción eterna a quienes lo loan sólo con la lengua; que es, en fin, insobornable frente a la humana debilidad.
A esto, como a todo, se le puede dar una explicación política, antropológica o psicológica. Pero -al exigir un experimento irrepetible y una neutralidad que no se tiene- es una explicación placebo, tranquilizadora; que no ilustra nada.
miércoles, 31 de octubre de 2007
Curarse de espantos

En el amor no puede mostrarse el deseo cuando se siente, si no se quiere precipitar uno hacia su propia destrucción. Porque la mujer es deseo, y vive del deseo ajeno como del sol y del agua viven las plantas. Pero los hombres no somos soles ni manantiales: nuestro ardor tiene un fin, mientras que el suyo no lo conoce. Una mujer, aunque jamás arde por sí misma, agostará a quien a ella se acerque con intención de tomarla. Quebrará vuestra firmeza, tanto más penosamente cuanto más firmes seáis. Suya es la ley de la escasez y de la nostalgia.
Es preciso, entonces, contener el deseo en la facticidad o en la imposibilidad. Así, sólo se debe halagar a la esposa que ya se tiene o a la que no se tendrá nunca: la amiga. Las pretendidas han de ser engañadas y vejadas por sistema, hasta que se derrumben ellas y no nosotros.
martes, 30 de octubre de 2007
Guerra justa

El mal y la violencia (entiéndase: una violencia malvada) no se pueden justificar. Pero ¿la guerra justa? Por supuesto que sí. Está de más hacer notar que el concepto de guerra justa en el cristianismo es muy distinto al de guerra santa en el islam. Entre nosotros puede leerse esto en un Bernardo de Claraval:
Si tú deseas matar al otro y él te mata a ti, mueres como si fueras un homicida. Si ganas la batalla, pero matas a otro con el deseo de humillarle o de vengarte, seguirás viviendo, pero quedas como un homicida, y ni muerto ni vivo, ni vencedor ni vencido, merece la pena ser un homicida. Mezquina victoria la que, para vencer a otro hombre, te exige que sucumbas antes frente a una inmoralidad; porque si te ha vencido la soberbia o la ira, tontamente te ufanas de haber vencido a un hombre. Puede ser que haya que matar a otro por pura autodefensa, no por el ansia de vengarse ni por la arrogancia del triunfo. Pero yo diría que ni en ese caso sería perfecta la victoria, pues entre dos males, es preferible morir corporalmente y no espiritualmente. No porque maten al cuerpo muere también el alma: “sólo el alma que peca morirá” (Ez 18,4).
Y más adelante:
Si sucumbe, él sale ganador; y si vence, Cristo. “Por algo lleva la espada; es el agente de Dios (Rom 13,4), el ejecutor de su reprobación contra el delincuente” (1Pet 2,14). No peca como homicida, sino –diría yo- como malicida, el que mata al pecador para defender a los buenos. Es considerado como defensor de los cristianos y vengador de Cristo en los malhechores. Y cuando le matan, sabemos que no ha perecido, sino que ha llegado a su meta. La muerte que él causa es un beneficio para Cristo. Y cuando se la infieren a él, lo es para sí mismo.
Todas estas consideraciones de justicia y caballerosidad, que he destacado en negrita, no se encuentran en la yihad por más que se busque.
Las analogías no siempre sirven. Usad lentes de aumento si queréis examinar la historia. Se os escapan los detalles, y en ello nos va mucho.
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