domingo, 8 de junio de 2008

Sobre si ha de permitirse la sátira en todo caso




Bienvenido sea el humor, cuya función ha sido siempre despertarnos del sueño narcisista. Pero cuando el precio de su azote es la frivolidad perpetua, hay que reflexionar respecto a la conveniencia de una actitud así. Tratar al fenómeno religioso desde la caricatura no es lo más apropiado en una sociedad multicultural que, pese a la propaganda, anda lejos de estar secularizada y de ver la fe como un producto de consumo más.

La política de masas genera en democracia un vacío necesario, una incertidumbre recurrente en las consciencias, espacio que por fuerza acaba llenándose de convicciones parapolíticas, si bien no siempre irracionales o utópicas. Ese vacío no puede ser ocupado por algo tan disolvente y sin fuste como el humor o la simple crítica. Tampoco por una religión de Estado, que nadie en su sano juicio aceptaría hoy, ni por el proyecto insensato de una ciudadanía sin ética. Con lo que sólo nos queda ser tolerantes con las religiones tradicionales que respeten las leyes y, antes que éstas, los principios jurídicos básicos.

Pretendéis, sin embargo, combatir nuestras certezas con vuestras dudas, y de ahí que empleéis la arrogancia para compensar lo asimétrico de la pugna, cuando no el poder ejecutivo "ad hoc". El ateísmo es una fuente de discordia donde resulta imposible encontrar un mínimo denominador común en sede metafísica. Aunáis el espíritu de los cruzados, la ceguera de los inquisidores y la ignorancia de los salvajes. El error en esta actitud -capaz de precipitarnos a la tragedia- es que carecéis de fuerza moral y administrativa para hacer prosélitos para la causa atea, que en su vertiente militante oscila entre el elitismo académico y el cinismo chocarrero. Especulación, pues, y provocación, siendo todo lo demás pensamiento débil. Por desgracia, lo que menos nos conviene actualmente es la debilidad.

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