martes, 23 de agosto de 2022


Si los números no existieran, el mundo podría existir como fenómeno y ser objeto de experiencia, pero no de conocimiento. Es lo que antes he llamado semiexistencia, ya que cumpliría el requisito de condicionar otros seres (esto es, a los elementos del mundo entre sí o a la mente que observara al mundo) e incumpliría el de ser igual a sí mismo.

Sin los números no podría medirse el movimiento y quedaría abolida la ciencia física. Como no cabría dar razón alguna por la que se cuantificara el paso de un estado a otro ni dispondríamos de referencias invariables para comparar el número de hechos en uno y otro estado, lo anterior y lo posterior se confundirían, alternándose en nuestra imaginación sin orden ni claridad.

Con todo, no creo que la hipótesis de una realidad anumérica sea siquiera posible. Si, suprimidos los números, todo cuanto acontece es inestable, al menos el "es" de la proposición debe ser estable para que la inestabilidad se mantenga congruente consigo misma, pues de lo contrario habría en ella intervalos de estabilidad y, por tanto, de cuantificabilidad y numeralidad. Luego el ser debe ser estable para que quepa la inestabilidad en lo fenoménico. Ahora bien, decir que el ser es estable equivale a decir que el ser es; y esto es lo mismo que afirmar que el ser es uno. Luego, en cualquier caso, los números son indestructibles, ya que al intentar destruir la pluralidad emerge el Uno, que es su fuente.

lunes, 22 de agosto de 2022


El ser infinito es indeficiente, es decir, está todo por igual en todas partes por razón de ser causa primera y absoluta de cuanto existe. Pues si algo estuviera en parte en cada parte del todo, no sería todo en todo, sino parte en todo. Así, lo inextenso creador está íntegro en cada ápice de su creación, aunque cada ápice no esté en su creador inextenso, al estar mezclado con la nada.

El universo es la suma de lo que es extenso y temporal. Ahora bien, ni toda la extensión está en cada parte de lo extenso ni todo el tiempo en cada parte de lo temporal. Luego el universo es un ser finito y deficiente.


Habida cuenta de que lo extenso finito presupone la existencia de lo inextenso finito, se dan las siguientes posibilidades: o bien ambos son sin causa, o bien alguno de ellos es sin causa, o bien ambos tienen una causa distinta, o bien ambos tienen una causa común.

- Si ambos son sin causa, ambos serán causa de sí mismos y necesarios. Siendo necesarios, serán infinitos, esto es, serán en todas partes y no podrán no ser. Ahora bien, puesto que lo extenso y lo inextenso son finitos, esto es imposible.

- Si alguno de ellos es sin causa, alguno de ellos será infinito, lo que hemos convenido ser imposible.

- Si ambos tienen una causa distinta, deberán ser causa el uno del otro, lo que es absurdo. Pues, si nada es causa de sí mismo y nada es causado por la nada, sólo lo inextenso puede ser causa de lo extenso y sólo lo extenso puede ser causa de lo inextenso.

- Por exclusión de las anteriores, ha de afirmarse que lo extenso e inextenso finitos tienen una causa común infinita y trascendente, más allá de la extensión y de la inextensión.

domingo, 21 de agosto de 2022


Todo lo que es tiende a ser infinitamente mientras no se le oponga su contrario. Ningún ser tiende a su propia nada. Si el fuego no encontrara resistencia y tuviera qué quemar, lo quemaría todo; si ningún impedimento detuviera al agua, lo anegaría todo. De la misma manera, si el universo careciera de opuesto se expandiría en una extensión de tiempo infinita. Por ello perpetúa su existencia en el futuro, pues desde que empieza a existir nada se le opone. Sin embargo, del hecho de que el universo no retroceda en el pasado infinitamente, dado que el intervalo de tiempo transcurrido desde que dio comienzo hasta ahora es finito, debemos inferir que tiene un opuesto. Si el mundo es extenso y temporal, su opuesto es lo inextenso e intemporal.


Si existir fuera ser extenso y temporal, entonces existir sería extenderse y devenir. Pero para extenderse y devenir, o para obrar en cualquier modo, hay que ser, esto es, hay que existir como sujeto. Observa que mientras que el extenderse y el devenir son cuantitativos, admitiendo un más y un menos, el ser o el no ser son cualitativos, admitiendo sólo un sí o un no. De lo que cabe inferir que el ser o -lo que es lo mismo- el existir como sujeto no pueden reducirse al extenderse o al devenir, sino que comprenden la esfera de todo lo que el sujeto hace, esto es, de todo lo que obra, entendiendo por obrar el conservar el propio ser o condicionar el ser de otro. En consecuencia, el ser y el obrar son simultáneos, y nada existe si no obra, a saber, si no se conserva a sí mismo y si no condiciona a aquello con lo que coexiste. Por consiguiente, obrar es existir y existir es obrar.

Sentado lo anterior, habría que examinar si sólo los particulares obran, entendiendo por tales los seres que son en el espacio y en el tiempo. Y es obvio que éste no es el caso, ya que si lo extenso es finito diremos que está limitado por lo inextenso; y si lo temporal es finito, fuerza será conceder que lo limita lo intemporal. El limitar de lo inextenso y de lo intemporal es un obrar, y de ahí se sigue que lo inextenso y lo intemporal existen en la medida en que se conservan a sí mismos y condicionan a los coexistentes. Pues, de lo contrario, éstos, al carecer de oposición, lo serían todo y no tendrían límites.

Además, si el pensar es un obrar y lo pensado es una parte del pensar, va de suyo que lo pensado es una parte del obrar. Ahora bien, si el obrar es existir, lo pensado será también una parte del existir. En el ejemplo anterior, los límites de lo extenso son conceptuales, es decir, no son límites que estén en lo extenso y que puedan ser objeto de experiencia sensorial. Sin embargo, he concluido que son límites existentes, pues de no serlo lo extenso sería infinito, y no lo es, o estaría limitado por un no-ser, lo que conlleva admitir el siguiente absurdo: que lo que no es obra algo en lo que es. Por tanto, no es cierto que lo meramente pensado o pensable sea inerte y fantasmagórico. 

Para poder pensar cualquier número se precisa que éste sea idéntico a sí mismo y distinto a otros, esto es, que conserve el propio ser y condicione el ser ajeno. Así pues, lo numérico estaría en las coordenadas de lo que he definido como existente. La materia y los seres compuestos por ella, en cambio, se diría que no están perfectamente comprendidos en esta definición, ya que, aunque se condicionen recíprocamente, nunca son iguales a sí mismos. ¿Afirmaremos entonces que lo material conforma un género híbrido de semiexistencia en el que la apariencia y la realidad se entremezclan? No lo afirmaremos precisamente porque los números existen y son el fundamento de la existencia de lo material. Sería legítimo afirmar que la materia es inexistente si fuera absolutamente desigual a sí misma, como lo es en figura, tamaño y lugar, al estar en perpetuo flujo. Pero la materia es igual a sí misma en el sentido de que nunca es más o menos que ella misma, puesto que se mantiene en su número.


Si la pluralidad es causa de la pluralidad -sostiene Damascio- se procederá en círculo y todo será causa de sí mismo, mas nada será causa de la pluralidad. Ya que, si cada parte de la pluralidad se causa a sí misma circularmente, ninguna parte de la pluralidad necesitará de otra para ser causada, por lo que el todo carecerá de la causa total que le otorgue coordinación. Ahora bien, existe coordinación en el todo, según observamos en el orden presente en la naturaleza. Por tanto, la pluralidad no es causa de la pluralidad, sino que lo es Dios, la unidad trascendente.

viernes, 19 de agosto de 2022


Plotino defendía que nada simple puede ser sujeto y objeto de una misma acción. Tal se desprende del hecho de que el sujeto es causa de su acción y, por tanto, superior a ella, pero no superior a sí mismo. Así, una parte del hombre puede concebir a las demás, pero no a sí misma. Semejantemente, si a un ser le fuera dado el poder devorar todo su cuerpo, debería detenerse en aquel órgano que le permite devorar, no siendo posible que sus fauces entraran en sus mismas fauces.

Por lo anterior, en la teología plotiniana el alma, por ser simple y carecer de partes, no puede pensarse a sí misma por sí misma. Sólo puede lograrlo mediante la Inteligencia, en una suerte de arrebato místico por el cual su parte no discursiva asciende hasta aquélla y deposita en su propio conocimiento lo que allí ha visto. Y esto es así porque en la Inteligencia la intelección y lo inteligible son lo mismo, la suma de todas las formas, sin que se dé una escisión entre el contemplante y el contemplado, ya que la autocontemplación de la Inteligencia no le viene de sí misma, sino del Uno. De ello resulta la siguiente paradoja: el Uno, que por su suma simplicidad no puede contemplarse, es la fuente de toda contemplación, trascendiendo el contemplar y el no contemplar.


Si en la proposición Todo es inestable el es fuera inestable, se seguiría que Todo es inestable y todo no es inestable, lo que es absurdo. Luego, para que la proposición Todo es inestable sea verdadera el es debe ser estable en su enunciación afirmativa y aquélla ha de circunscribirse a un todo que excluya al ser que es por sí. Por tanto, para que algo pueda ser inestable el ser debe ser estable. De donde se infiere que lo inestable no es el todo y participa del no-ser. Ahora bien, si la materia es inestable, nadie podrá afirmar que la materia es el todo o el ser.

Si, por el contrario, quisiera sostenerse que Todo es estable y todo es materia, será preciso examinar si un aserto de esta índole resulta congruente. La materia, incluso tomada en su conjunto en toda la extensión del universo, nunca es igual a sí misma en sus cualidades materiales, puesto que cambia de forma, tamaño y lugar. En cambio, sí es igual a sí misma en sus cualidades ónticas, pues nunca es superior o inferior a sí misma. En consecuencia, quien tal pretendiera debería afirmar que la materia, que lo es todo, es estable e inestable, refutando su propia tesis e incurriendo en contradicción, toda vez que nada es superior a sí mismo y, sin embargo, lo estable es superior a lo inestable en atención a que tiene más ser, al ser más duradero y estar menos condicionado. 

En suma, cualquier sistema filosófico basado en que la materia es el todo, ya se conciba ésta como estable o como inestable, es falso.

Spinoza intentó resolver estas aporías postulando una materia estable (la sustancia) como fundamento de una materia inestable (los modos). Lo que es tanto como postular una materia inmaterial y una materia material, o como afirmar que la materia es estable e inestable, superior e inferior a sí misma al mismo tiempo.


En la teología de Plotino las emanaciones proceden descendentemente desde el primer principio.

El Bien (Urano, Dios) es absolutamente Uno, trascendente e ininteligible. Engendra a la Inteligencia a partir de sí mismo y la materia a partir de la nada.

La Inteligencia (Crono, el Demiurgo) es Unimúltiple, o la esfera mental que contiene todas las ideas, sustancial e inteligible. Es una por ser inmaterial, el denominador común de todas las ideas (la verdad), y múltiple por comprender una pluralidad de esencias. Engendra al Alma a partir de sí misma y contiene el ser formal de todo lo que es.

El Alma (Zeus, la Providencia) es Una y Múltiple, o el principio rector del universo, sustancial y suprasensible. Es una por ser inmaterial, el denominador común de todas las cosas (el nexo causal), y múltiple por comprender una pluralidad de entes. Engendra las realidades inferiores a partir de la Inteligencia y la materia.

El razonamiento de Plotino es el siguiente:

- Nada procede de sí mismo ni de la nada.
- Por tanto, lo inferior procede de lo superior.
- Lo permanente es superior a lo inestable.
- Por tanto, lo inestable procede de lo permanente.
- Por tanto, lo absolutamente superior es permanente; no procede de nada y todo procede de él.

Lo superior a todo -el Uno- no procede de nada ni puede ser objeto de ciencia, al no participar de las ideas contenidas en la Inteligencia ni estar vinculado a la materia regida por el Alma.

Esta conclusión parte de la misma premisa que la metafísica de Heráclito: Si todo fluye, entonces todo es con todo; y este ser del todo consigo mismo es invariable, es decir, no fluye a fin de que lo múltiple fluya. Por tanto, el ser es superior al fluir.

La demostración de la existencia de Dios se seguiría con suma sencillez de estos principios: Si hay entes superiores e inferiores comprendidos los unos en los otros, esto es, entes más y menos estables o más y menos unitarios, debe postularse la existencia de un ser sumamente estable, unitario e incomprensible de cuyo obrar emana todo.

miércoles, 17 de agosto de 2022


Decir que el mundo es finito pero ilimitado es creer una fábula. El mundo es finito porque está limitado por la inextensión, como el círculo por su circunferencia. Sólo puede negarlo quien se empeñe en afirmar que la inextensión es una nada. Pero la nada no existe ni obra, mientras que la inextensión obra al poner límites al mundo y, por tanto, existe. Por otro lado, si el mundo fuera su propio límite y nada hubiera más allá del mundo, éste carecería de contrario y existiría infinitamente, esto es, existiría siempre, máxima y necesariamente, lo cual no sucede en el mundo que conocemos.


Existir es obrar. Lo que no obra no hace absolutamente nada y no es nada.

Todo ser obra sobre sí mismo o sobre otro.
 
Todo lo que existe finitamente conlleva la existencia finita de su contrario.
 
Todo lo que carece de contrario existe infinitamente.

Si la inextensión no existiera, la extensión existiría infinitamente; y si la extensión no existiera, la inextensión existiría infinitamente. Por tanto, si la extensión del mundo es finita, como es el caso, la inextensión también lo será, ya que ambos se limitan.
 
El limitar de la extensión con la inextensión es un obrar. Lo extenso obra la limitación en lo inextenso, y lo inextenso obra la limitación en lo extenso.

Por tanto, la conjunción de lo extenso y lo inextenso será infinita, al carecer de contrario y, por ello, de límite.
 
Supongamos que lo inextenso es nada. Si es así, afirmaremos absurdamente que de la conjunción de lo extenso finito y la nada resulta el infinito. En consecuencia, debemos sostener que lo inextenso es algo.

Supongamos ahora que lo inextenso es finito. No es menos absurdo aseverar que de la conjunción de dos entes finitos se sigue la infinidad. Ahora bien, si lo inextenso fuera infinito, lo extenso no existiría, como ya hemos visto. Luego, existiendo lo extenso, se sigue que lo inextenso es finito, pues sin él lo extenso no puede ser engendrado. A su vez, al existir infinitamente con lo extenso, ha de inferirse que lo inextenso es infinito, ya que nada obra en ellos como límite y la infinidad no puede dividirse en partes finitas, habiéndose convenido por lo demás en que la extensión es finita.

Al ser finito e infinito, lo inextenso carece de contrario y existe infinitamente, es decir, existe máxima y necesariamente. Así, al engendrar el mundo, lo inextenso obra explicándose; y cuando el mundo no existe, lo inextenso obra complicándose, esto es, pensándose a sí mismo.

Si el ser inextenso que existe máxima y necesariamente es, Dios es. Dado que el existir y el obrar se equiparan, Dios obra máximamente y es el creador del mundo.


Cuanto es inherente al ser de Dios y concierne a su naturaleza ad intra, como su eternidad o infinita perfección, está afectado por la necesidad, al ser su objeto necesario.

Cuanto es inherente al ser de Dios y concierne a su naturaleza ad extra, como su voluntad de obrar siempre lo mejor, está afectado por la contingencia, al ser su objeto contingente.

Por tanto, Dios es necesariamente Dios, pero no obra necesariamente al crear, aunque deba crear según su naturaleza por ser mejor la difusión de la bondad que su retención en el seno divino.
 
En consecuencia, la concatenación de causas en el mundo no supone un hado que anule el libre albedrío. Más bien ha de decirse que somos libres gracias a la naturaleza causal del mundo, en virtud de la cual nuestros actos pueden dirigirse a fines y ser sopesados racionalmente antes de efectuarse, lo que no sucedería si todo estuviera regido por el azar.


Todo ser que muere está vivo en un tiempo 1 y muerto en un tiempo 2. Pero el morir, que es el acaecer del cambio, no se da en ninguno de estos dos tiempos, sino en un instante entre ambos, fuera del tiempo. Otro tanto puede decirse de cualquier mutación, por lo que el hecho mismo del cambio, aun dándose en el tiempo mediante causas segundas temporales, tiene una causa primera atemporal.

Si aplicamos este razonamiento a la participación de lo múltiple en lo uno, vemos que cuando lo uno produce lo múltiple en el acto de la creación, existe un tiempo 1 en el que lo uno es solamente uno, y un tiempo 2 en el que lo uno es uno con lo múltiple. Mas el multiplicarse, que es el acaecer del cambio, no se da en ninguno de estos dos tiempos, sino en un instante entre ambos, fuera del tiempo.

Así pues, si se admite la existencia de lo uno y lo múltiple, debe darse, por un lado, la creación del mundo fuera del tiempo, lo que exige que el uno creador sea eterno; y, por otro lado, la creación continua de todas las partes del mundo en el tiempo, lo que conlleva que sea asimismo providente.

 

Lo que es verdaderamente uno no puede cambiar jamás, dado que el cambio es el paso de lo uno a lo otro.
 
Ahora bien, el mundo cambia en el espacio y en el tiempo, pues al estar todas sus partes en continuo movimiento no permanecen en el mismo sitio, ni el mundo tomado como todo conserva la misma forma y extensión o tiene la misma antigüedad hoy que ayer.

Por tanto, el mundo no es verdaderamente uno. Por tanto, el mundo es múltiple.

Lo múltiple presupone a lo uno, ya que la multiplicidad debe participar necesariamente de la unidad. En caso contrario, no participaría de nada (pues algo es uno o múltiple, sin que se dé una tercera especie) y lo múltiple no sería nada.

Por tanto, lo uno es, pero no es el mundo, es decir, no es material ni pertenece al espacio o al tiempo, sino que la materia, el espacio y el tiempo le pertenecen.

Decir que lo múltiple existe por lo uno conlleva afirmar que lo uno existe, en la medida en que la existencia corresponde al ser del mundo y no puede haber en la parte nada que no esté en el todo. Por tanto, lo uno existe en sí mismo y en el mundo.

Sin embargo, el uno no se convierte en lo otro al existir en el mundo, toda vez que al estar en sus partes está igualmente en sí mismo, no en otro. Mientras que las partes, al verterse y mezclarse en otras partes distintas entre sí, están en lo otro y no en sí mismas.


Participar es ser parte de un todo. Así, el hombre participa de la animalidad en tanto es animal, del calor en tanto es caliente y de la vida en tanto está vivo.

La participación no puede consistir en que el todo esté entero en sus partes, ya que en ese caso cada parte sería igual al todo. Sin embargo, el todo tampoco puede estar parcialmente en sus partes, pues si la multiplicidad participa de la unidad y lo uno es múltiple en lo múltiple, se sigue que lo uno es uno y múltiple, cosa de todo punto absurda.

De ahí que la solución de Campanella sea la siguiente: la multiplicidad participa de la unidad, puesto que lo múltiple es una fracción de lo uno, y participa asimismo de la nada, toda vez que lo múltiple es negación de lo uno. El mundo es en parte Dios, porque es, y en parte nada, porque no es infinitamente, es decir, no es necesaria ni máximamente.

Dios como unidad absoluta y el mundo como el conjunto de todo lo múltiple están metafísicamente separados por la nada. Dios crea al mundo mediante la nada. Luego Dios no es el mundo ni el mundo es Dios.