
En el amor no puede mostrarse el deseo cuando se siente, si no se quiere precipitar uno hacia su propia destrucción. Porque la mujer es deseo, y vive del deseo ajeno como del sol y del agua viven las plantas. Pero los hombres no somos soles ni manantiales: nuestro ardor tiene un fin, mientras que el suyo no lo conoce. Una mujer, aunque jamás arde por sí misma, agostará a quien a ella se acerque con intención de tomarla. Quebrará vuestra firmeza, tanto más penosamente cuanto más firmes seáis. Suya es la ley de la escasez y de la nostalgia.
Es preciso, entonces, contener el deseo en la facticidad o en la imposibilidad. Así, sólo se debe halagar a la esposa que ya se tiene o a la que no se tendrá nunca: la amiga. Las pretendidas han de ser engañadas y vejadas por sistema, hasta que se derrumben ellas y no nosotros.
miércoles, 31 de octubre de 2007
Curarse de espantos
martes, 30 de octubre de 2007
Guerra justa

El mal y la violencia (entiéndase: una violencia malvada) no se pueden justificar. Pero ¿la guerra justa? Por supuesto que sí. Está de más hacer notar que el concepto de guerra justa en el cristianismo es muy distinto al de guerra santa en el islam. Entre nosotros puede leerse esto en un Bernardo de Claraval:
Si tú deseas matar al otro y él te mata a ti, mueres como si fueras un homicida. Si ganas la batalla, pero matas a otro con el deseo de humillarle o de vengarte, seguirás viviendo, pero quedas como un homicida, y ni muerto ni vivo, ni vencedor ni vencido, merece la pena ser un homicida. Mezquina victoria la que, para vencer a otro hombre, te exige que sucumbas antes frente a una inmoralidad; porque si te ha vencido la soberbia o la ira, tontamente te ufanas de haber vencido a un hombre. Puede ser que haya que matar a otro por pura autodefensa, no por el ansia de vengarse ni por la arrogancia del triunfo. Pero yo diría que ni en ese caso sería perfecta la victoria, pues entre dos males, es preferible morir corporalmente y no espiritualmente. No porque maten al cuerpo muere también el alma: “sólo el alma que peca morirá” (Ez 18,4).
Y más adelante:
Si sucumbe, él sale ganador; y si vence, Cristo. “Por algo lleva la espada; es el agente de Dios (Rom 13,4), el ejecutor de su reprobación contra el delincuente” (1Pet 2,14). No peca como homicida, sino –diría yo- como malicida, el que mata al pecador para defender a los buenos. Es considerado como defensor de los cristianos y vengador de Cristo en los malhechores. Y cuando le matan, sabemos que no ha perecido, sino que ha llegado a su meta. La muerte que él causa es un beneficio para Cristo. Y cuando se la infieren a él, lo es para sí mismo.
Todas estas consideraciones de justicia y caballerosidad, que he destacado en negrita, no se encuentran en la yihad por más que se busque.
Las analogías no siempre sirven. Usad lentes de aumento si queréis examinar la historia. Se os escapan los detalles, y en ello nos va mucho.
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Enlace externo.
Ensayo de prueba (II)

¿Soy más complejo que hace 28 años? Empíricamente lo soy, ya que represento el producto de 28 años de trabajo sobre mí mismo. Pero analicemos la expresión "trabajar sobre uno mismo".
Ser a la vez objeto y sujeto de una acción ¿es posible? Si lo fuera, tendríamos que hablar de autodeterminación, o incluso de autocreación: yo actúo y yo soy el resultado de este actuar. No puedo decir que ese actuar es sólo parte de mí, pues un yo no tiene partes. Por tanto, dado el absurdo, yo no soy ni la parte ni la totalidad de mi propio actuar.
Mi argumento es distinto. El que actúa es porque podía actuar, existiendo en él una razón suficiente para obrar de un modo antes que de otro. Ahora bien, por definición, las pasiones nunca incrementan mi capacidad de obrar. En consecuencia, ni el actuar ni el padecer agregan nada a nuestra noción de ser.
Parto del axioma "el sujeto es siempre mayor que el objeto". Si el objeto fuera igual que el sujeto, el objeto sería el sujeto, que se quedaría sin predicado. Y si fuese mayor, jamás podría ser hecho por aquél ni integraría su noción.
domingo, 28 de octubre de 2007
Licencia poética
Creer en Dios tiene una secuela directa sobre nuestras percepciones: no creer en la casualidad. En el mundo todo lo que no es tentación es milagro: o tinieblas o luz. El milagro (lo admirable), al igual que la tentación, posee una función simbólica que es hasta cierto punto subjetiva. El corsé científico no tiene que ser necesariamente adoptado en todos los ámbitos de la vida humana, así sea en la religión o en el arte.
Convergencia mitológica
Considera el progresismo que los avances morales se deben a la inteligencia, y a la fuerza los retrocesos. El hombre natural, todo inteligencia y mansedumbre, viviría al margen de las corruptelas de la sociedad, que es para quienes nacen en ella un pacto forzoso y a propósito de la fuerza. Si en la compulsión está el mal, óptese por el mal menor: que sólo uno disponga de ella según normas aceptadas por todos. ¿Cómo se decidirían estas normas? Mediante un consenso inteligente. La democracia sería así la reconciliación del hombre embrutecido con sus orígenes de buen salvaje.
El fatalismo cree que la fuerza y no la planificación racional es la madre y partera de todas las cosas. Por tanto, hágase lo posible para multiplicarla y no se dé el monopolio de la violencia a nadie. Actúe cada cual según le parezca y ello redundará en lo más parecido a un orden inteligente, aunque no intencional. El tiempo y la propia dinámica de los acontecimientos se encargarán de separar el grano de la paja. ¿Cómo se reproduce y optimiza este ímpetu creador? A través del choque constante del máximo número de informaciones e iniciativas. La democracia vendría a ser el régimen donde la libertad individual alcanza un mayor desarrollo.
Fatalismo y progresismo tienen un punto en común: aceptar que la inteligencia está en función de la libertad. Cuando dos ideologías opuestas coinciden en la valoración de un hecho nos encontramos, según el diccionario relativista, ante una verdad contrastable. Según la historia, ante una componenda.
sábado, 27 de octubre de 2007
Mónadas, materia
Exceptuando el instante de la concepción del ser racional, las mónadas no experimentan ningún aumento cualitativo. Así, ser es "ser capaz de", entendiendo por capacidad una facultad inmediata, o lo que es lo mismo, mediada sólo por el propio pensamiento, raíz de la acción. Toda mónada es lo que es y nunca deja de serlo; ni más ni menos.
Por otro lado, si ser fuera "ser en acto", nunca seríamos, ya que nuestro ser en acto difiere de sí con el transcurso del tiempo. Sólo la materia es en acto, y por ello no es más que un agregado carente de substancia (si la concebimos de forma separada). Por ende, lo que es en acto sin ser sólo en acto es inmaterial.
Todo sistema orgánico tiende a la unidad. Esta tendencia no es emergente, sino preexistente.
Pasen y vean
Doctrinas abstractas

Existe un dualismo débil en el lenguaje. Para formar una oración con sentido son imprescindibles el sujeto y el predicado. Un sujeto sin predicados es una abstracción (siempre se hace algo), como lo es un predicado donde el sujeto falte.
El materialismo reduce el sentido a la dimensión de los sujetos; a la corporeidad, cuyas leyes son externas. El idealismo solipsista hace lo propio acotándolo a la articulación de predicados inmanentes e incomunicables, dada la ausencia de una pluralidad de sujetos.
No hay cuerpo que no actúe, ni curso de acción que cese. Nada emerge y nada se sumerge, salvo en las apariencias.
Toda desviación filosófica pasa por una desviación gramatical previa.
viernes, 26 de octubre de 2007
El régimen de la neurona-masa
¿Cómo puede ser el efecto más complejo que la causa? ¿Habéis hecho alguna vez algo que os supere en complejidad? Y, si os superaba, ¿cómo es que lo habéis hecho? No hay manera.
¿Es la sociedad más compleja que la suma de sus individuos y sus respectivas relaciones? Si no lo es, ¿cuándo podemos hablar de sociedad? ¿Cuando hay al menos dos individuos asociados? Por supuesto. ¿O diremos que para que haya sociedad tiene que darse un régimen político complejo y representativo? No lo diremos. Entonces, ¿por qué nos limitamos a hablar de consciencia cuando ésta es tan clara como nuestra consciencia humana? ¿No existen también consciencias disminuidas, apopléjicas o en germen, que no por ello son no-consciencias?
Lo complejo puede dar lugar a lo complejo en su natural desarrollo. Pero lo complejo no es capaz de generar lo simple más que por descomposición. Ahora bien, la consciencia es simple (tiene percepciones irreducibles a procesos físicos) y se da en cuerpos organizados, no en los descompuestos. Por tanto, la consciencia o su germen existen de forma independiente al cuerpo y en un distinto grado de desenvolvimiento, paralelo al de éste.
Pequeño homenaje (II)
Johann Hermann Schein
| Zion sprich.mp3 |

Heinrich Schütz
| Herr-Der-Du-Bist.mp3 |

Dietrich Buxtehude
| Act-3-Soli-Terzett.mp3 |
jueves, 25 de octubre de 2007
Buena salud de la metafísica
Para ilustrar este problema Chalmers plantea un viejo experimento mental: imaginemos a la neurocientífica María, que es la mayor experta en visión en color del mundo pero que nunca ha experimentado el color por haber estado siempre en una habitación blanca y negra. Ella puede explicar perfectamente cómo se produce la percepción del color, qué áreas se activan en el cerebro ante la visión en color, cómo esa percepción puede verbalizarse e incluso es capaz de distinguir los diferentes colores en función de la longitud de onda de la luz. Hasta aquí los “problemas fáciles”, pero a María, por mucho que conozca a la perfección esos procesos físicos, se le escapará siempre la percepción subjetiva de los colores. Lo que Chalmers afirma es que este experimento mental muestra que se dan hechos relativos a la experiencia consciente que no se deducen de los hechos físicos concernientes al funcionamiento del cerebro (veremos en futuros apuntes qué es lo que él propone para solucionar este supuesto dilema).
Leído aquí.

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Es forzoso, además, confesar que la percepción, y lo que de ella depende, es inexplicable por razones mecánicas, es decir, por las figuras y los movimientos. Si se finge una máquina cuya estructura la haga pensar, sentir, tener percepción, podrá concebirse aumentada, conservando las mismas proporciones, de suerte que pueda entrarse en ella como en un molino. Supuesta tal máquina, no hallaremos, si la visitamos por dentro, más que piezas empujándose unas a otras; pero nunca nada que explique una percepción.
Así pues, habrá que buscar esa explicación en la substancia simple y no en lo compuesto o máquina. Por eso, en la substancia simple no puede hallarse nada más que esto: las percepciones y sus cambios. Y sólo en esto pueden consistir también todas las acciones internas de las substancias simples.
Leibniz. Monadología.

miércoles, 24 de octubre de 2007
Filosofar
Asir el concepto; acorrarlarlo. Clavar en él tu mirada, como si fuerais completos desconocidos. Asombrarse ante la arbitrariedad de sus bordes, ante la opacidad de su perímetro. Hacer de la palabra un monstruo intratable, pero jamás un fetiche. Destruir toda familiaridad con ella, reducir sus ecos al extrañamiento.
domingo, 21 de octubre de 2007
Fines naturales

El fin de la música, como el de todas las artes plásticas, es la proporción. No se diga que este fin se lo da el hombre, pues bien podría haberle dado otro. El cerebro humano no es condición necesaria ni, por supuesto, suficiente para que una melodía alcance su fin armónico. Porque, si el mecanismo ateleológico de la selección natural ha podido generar nuestros complejísimos cerebros, según creen los darwinistas, ¿cómo no iba a poder crear la naturaleza un sonido bello, semejante a la armonía de las esferas de los pitagóricos?
De lo que se siembra
No matéis al mensajero. No es condenable que se designe a una raza humana como estadísticamente menos inteligente que otra. Sí lo es el creer que un mayor grado de inteligencia nos hace más humanos; que la humanidad depende de algo gradual y potencial como las luces, el dolor o la apariencia antropomorfa.



