jueves, 25 de marzo de 2010

Más sobre la prueba de Dios




No tiene sentido afirmar que quizá el universo es necesario. Si lo es, ha de serlo por razones a la vista; no puede asumirse sin más ni dudarse al respecto. Y la única razón para que podamos considerarlo necesario es que resulte imposible pensar en otro universo como existente en su lugar, o en éste y cualquier otro como inexistentes, cosa que a todas luces no sucede. Si yo digo "Es necesario que DV sea el más listo", estoy diciendo que carece de lógica conjugar siquiera como mera posibilidad a alguien más listo que DV; pues, de no ser así, me habría bastado con afirmar que DV es el más listo actualmente.

Por tanto, si algo puede negarse mediante análoga operación mental, nos hallamos ante un objeto contingente y no necesario, o lo que es lo mismo: superfluo, dependiente, casual, perecedero. Y todo ello sin considerar la complejidad o inmensidad de dicho objeto, que en nada afectan a esta conclusión.

Acostumbrados a la realidad, la creemos necesaria. Tendemos a pensar al estilo materialista, esto es, de forma imaginativa. Ciertamente es imposible imaginar la inexistencia del universo o la de una simple manzana, pues el vacío carece de representación visual, pero es por completo posible el concebirla. Ergo, el universo es tan contingente como las manzanas.

Lo necesario es aquello de cuya no existencia se sigue una contradicción. Del hecho de que el universo sea contingente y no haya Dios se sigue la contradicción de que el universo i) se cree a sí mismo, o ii) sea creado sin creador. Por tanto, hay Dios.

La necesidad de Dios se prueba por el argumento de la contingencia, que es metafísico, mientras que el universo sólo nos permite argumentos físicos. Postular que algo físico es lógicamente necesario implica un salto ontológico injustificable. ¿Qué características susceptibles de ser observadas ha de tener un objeto para ser necesario? Acaso alguien sepa contestarlo.

Algo es necesario o contingente no por sus características mensurables o por su inteligibilidad, sino por su relación con el todo.

El teísta hace bien no dando por bueno que algo contingente haya existido y vaya a existir siempre, por más que no podamos ver más allá de ese objeto y lo consideremos único o uni-verso. Esta excepcionalidad metafísica va contra la propia definición de contingente y resulta en extremo sospechosa. Puede que de hecho suceda que X sea eterno, sin darse ninguna necesidad de que ocurra así. Pero la pregunta se repite, devolviéndonos al lugar del que partíamos: ¿En base a qué se produciría un fenómeno tal, ya que no en base a sí mismo?

Cuando te pregunto si el universo es necesario, sólo cabe una respuesta afirmativa o negativa. Si es afirmativa, debes compaginar la definición de necesario con la de este universo. Si es negativa, debes buscar una razón por la que el universo sea de este modo y no de otro, razón que no puede estar en el universo mismo. Aunque no sepas por cuál de las dos posibilidades optar, eres consciente de que no hay otras. Y si entiendes el término necesario igual que yo, a saber, como lo que posee en sí su propia razón de ser y sus modos de ser, en exclusión de todos los demás, te sentirás inclinado a admitir que nada hay en el universo que no pueda ser de otra manera.

El ateo se ve obligado a negar a Dios al tiempo que fabula un alma inmutable del universo que es completamente extraña a la pluralidad y cambio que contemplan nuestros sentidos. El mismo filósofo que por afán reduccionista no cree en las substancias debe creer ahora en la substancia de substancias, identificándola con la materia para colmo de los ridículos y fingiendo que algo contingente pueda ser substancia de sí.

viernes, 19 de marzo de 2010

Objeciones a una moral natural




En cierta manera es imposible el tener una gran opinión de la felicidad de la virtud sin haber concebido elevados pensamientos sobre la satisfacción que producen la admiración generosa y el amor a la virtud. Nada más que la experiencia de tal amor es capaz de dar crédito a dicha satisfacción. En consecuencia, la razón y apoyo principales de la opinión que dice que "la virtud hace feliz" habrá de surgir del poderoso sentimiento de esta generosa afección moral y del conocimiento de su poderío y fuerza. Mas, una cosa es cierta, y es que la suposición de que en el UNIVERSO mismo no existen ni bondad ni belleza ni ejemplo o precedente alguno de una afección buena en un Ser Superior, esa suposición no puede representar un gran robustecimiento de nuestras afecciones morales ni prestar gran ayuda al puro amor a la bondad y a la virtud. Semejante creencia tenderá más bien a enajenar las afecciones respecto a todo lo amable y estimable por sí mismo y a suprimir el mismísimo hábito y la familiar costumbre de admirar las bellezas naturales, o sea todo lo que en el orden de las cosas está de acuerdo con un plan justo, con la armonía y con la proporción. Ya que una persona que piense que el Universo mismo es un dechado de desorden, estará poco dispuesta a amar o admirar cualquier cosa como ordenada en el Universo. ¿Cómo no va a ser inepta para venerar o respetar alguna belleza particular subordinada de una parte del Universo, cuando AL TODO se lo piensa como desprovisto de perfección como vasta deformación infinita?

Ciertamente, nada puede haber más triste que el pensamiento de que se vive en un Universo perturbado del que cabe esperar muchos males y donde no hay nada bueno y hermoso que se haga presente, nada cuya contemplación pueda satisfacer o suscitar una pasión que no sea el desprecio, el odio o el desagrado. Semejante opinión puede llegar a amargar gradualmente la índole de uno, y hacer no sólo que se sienta menos el amor a la virtud, sino ayudar además a perjudicar y arruinar el mismísimo principio de la virtud, a saber la afección natural y amable.


Shaftesbury

jueves, 11 de marzo de 2010

Bifurcación de la naturaleza



El error capital que, transmitiéndose desde Aristóteles, ha viciado la mayoría de las filosofías de la vida es ver en la vida vegetativa, la vida instintiva y la vida razonable tres grados sucesivos de una misma tendencia que se desarrolla, cuando son tres direcciones divergentes de una actividad que se ha dividido al desarrollarse. La diferencia entre ellas no es de grado, sino de naturaleza.

Como la vida animal y la vegetal, así la inteligencia y el instinto se oponen y complementan. No hay entre ellas sucesión ni diferencia de rango. Veamos por qué se considera, sin embargo, a la inteligencia como superior al instinto en el orden del desarrollo y en jerarquía.

Inteligencia e instinto conservan algo de su común origen. Varían las proporciones, pero no hay inteligencia donde no se descubran huellas del instinto, ni instinto que no esté rodeado como de una franja de inteligencia. Del hecho de que el instinto es más o menos inteligente se ha deducido que entre ambos no hay más que una diferencia de complicación o perfección. En realidad no se acompañan más que porque se completan, y no se completan más porque son diferentes y hasta opuestos. Para aprehender lo esencial de cada uno tenemos que recurrir a distinciones demasiado tajantes, pero la definición obliga al esquema, a una acentuación de contornos y límites que no puede reflejar la fluidez de la vida. Por eso, una vez trazada la separación, será preciso volver a difuminar la línea divisoria.

Cuando buscamos el momento inicial de la inteligencia sobre la superficie de la tierra, lo señalamos en el instante en que el hombre fabrica por primera vez armas o útiles. Asimismo reputamos más inteligentes a los animales que, como los monos y elefantes, emplean un instrumento artificial, fabricado groseramente por ellos, o proporcionado por el hombre. Si examinamos la historia humana, advertimos que la invención mecánica es el paso esencial de la inteligencia humana y que todavía hoy nuestra vida social gravita en torno de la fabricación y utilización de instrumentos artificiales, que las invenciones que jalonan el camino del progreso han trazado también su dirección. Aunque las costumbres de una época se prolonguen por inercia en la siguiente, cada nuevo instrumento modifica las relaciones entre los hombres, levanta nuevas ideas, suscita nuevos sentimientos. El hombre no es "homo sapiens", sino "homo faber".

(...)

El animal posee también útiles, pero estos forman parte del cuerpo que los utiliza y a ellos corresponde un instinto que sabe emplearlos. Observemos que la mayor parte de los instintos son la prolongación, más aún, el término del mismo trabajo de organización de la materia viva. Para su metamorfosis la larva ejecuta actos apropiados que pueden considerarse tanto iniciativas del instinto como continuación del trabajo organizador de la materia. Adviértese también que cuando el trabajo se divide y el instinto se especializa en las colonias de insectos sociales -abejas, hormigas, etc.- a diferentes instintos corresponden estructuras orgánicas diferentes. Puede, pues, decirse que en su grado de máxima perfección el instinto es la facultad de utilizar e incluso de construir instrumentos organizados y la inteligencia es la facultad de fabricar y emplear instrumentos inorganizados.

Ambos modos tienen sus ventajas y sus inconvenientes. El instinto emplea instrumentos tan adaptados a su función que lo que está llamado a hacer lo hace maravillosamente, sin ninguna dificultad, en el momento apetecido. Pero, justamente por la invariabilidad de su forma, queda preso por su propia función y no puede ejercer otra. El instinto está, pues, ineludiblemente especializado por ser sólo la utilización de un instrumento determinado para un fin determinado. Por el contrario, el objeto fabricado por la inteligencia es un instrumento imperfecto; fabricarlo y manejarlo requiere esfuerzo, pero al estar constituido por materia inorganizada puede tomar cualquier forma, servir para cualquier uso, superar toda nueva dificultad, prestar al ser que lo usa un número ilimitado de poderes, proveyéndole de una organización artificial más rica, que amplía el organismo natural y lleva su actividad cada vez más lejos y la hace cada vez más libre. Pero para las necesidades inmediatas el instrumento natural y el instinto son más perfectos y certeros. Obtienen la perfección a cambio de la limitación, mientras que la inteligencia y el instrumento artificial consiguen la ilimitación a cambio de la imperfección. La vida podía elegir entre dos maneras de actuar sobre la materia bruta: inmediatamente creando un instrumento organizado, mediatamente dotando al organismo de la facultad de fabricar un instrumento con materia inorganizada. Ha elegido las dos: unidas primero, el instinto toma vuelo enseguida en los artrópodos, mientras que en la línea de los vertebrados sólo en el hombre la inteligencia se despide definitivamente del instinto. Instinto e inteligencia son, pues, dos soluciones divergentes, igualmente elegantes, para un solo y mismo problema.


Bergson

miércoles, 10 de marzo de 2010

Campanella: Monismo animista




Que ningún ente puede dar al otro lo que no tiene en sí mismo fue ya probado (Metaphysica, pars II, 1), y resulta conocido por muchos, demostrándolo por doquier la experiencia, pues nunca se ha visto a la luz causar oscuridad, ni al calor frío, ni a la púa alisar, ni a lo pesado aligerar, cosa que se advierte en todas partes. Cierto es que una masa caliente puede enfriarse, pero el frío no puede ser producido por el calor, ni el calor convertirse en frío. Es por accidente, al estar entre lo frío, que lo caliente incluso se reaviva y crece, no porque el frío le dé un mayor calor, sino que por sí mismo aumenta, siendo de naturaleza difusiva y multiplicativa; lo que no sucede en las cosas de por sí estériles.

Ahora bien, si los animales tienen por consenso universal sensibilidad, y el sentido no nace de la nada, es forzoso decir que los elementos, su causa, sienten; y también todo lo demás, como se mostrará en base a la afinidad de las cosas. Sienten, pues, el cielo, la tierra y el mundo, y están en su interior los animales como gusanos dentro del vientre del hombre, los cuales ignoran el sentido de éste, porque es desproporcionado a su exiguo conocimiento.

Mas se dice: el sol no es ni animal ni planta, y hace animales y plantas; y es sutil y móvil y blanco, y no obstante endurece y condensa el fango, e inmoviliza y ennegrece a los etíopes bajo Cáncer y Capricornio, donde más tiempo mora; y el fuego calienta, y la fría nieve calienta la mano y engrasa la tierra; y el salitre caliente enfría las bebidas; y el miedo, que no es frío, enfría al hombre; y el vivo da muerte a otro vivo; y muchos entre sí semejantes producen cosas a ellos desemejantes; y todo se hace de lo que no es. Por lo que lo sensible podría nacer de cosas no sintientes.

Respondo que las cosas que se hacen en el cielo y en la tierra participan de estos dos elementos. Mas el animal no es sol, sino tierra en la que el sol, obrando, produce una tal dureza que, no pudiendo ser exalada, organiza a la masa y hace que la vida en ella actúe, como se dirá después. Es así que el animal y la planta poseen espíritu, calor, sutileza y movimiento del sol, y materia de la tierra formada con el arte del sentido solar; mas no tienen nada, empero, que no esté en su causa, aunque no en el mismo modo que en la causa.

(...)

Semejantemente, el sol no endurece el fango produciendo dureza y sequedad, sino descubriendo la dureza terrena que estaba escondida y mezclada en la blandura del agua, pues de tierra, dura por sí, y de agua blanda se compone el fango. Y el fuego, actuando, primero convierte en humo y aire, y luego en cielo, el agua que le es más semejante y menos resistente a su acción, de manera que la tierra queda sola con su sequedad propia, la cual puede licuar un gran fuego y producir humo, como se observa en las calderas y en las minas de sal y de metales.

(...)

Si esta carta ardiese, siendo blanca, verás exalar la llama blanca, que es la parte tenue de la carta, quedando la materia negra y grosera. Pero si el fuego obra más en ella la hará vidrio; y si más todavía, aire tenue y blanco, y aunque toda materia sea negra, como probamos en nuestra Filosofía, es negra de negrura inerte y no activa como la del frío.

(...)

La nieve no escalda la mano, sino que es el calor natural del hombre que, sintiendo que el frío arruina su morada, se une, crece y sale de la mano para ahuyentarlo.

(...)

Por tanto, cuando uno mata al otro, la muerte es semejante a la mente del asesino, no a su ser; y la herida es larga y grande a semejanza de la espada; y cuando lo hace por azar, se asemeja al pensamiento del primer moviente, en el que el azar no cabe.

(...)

Se rebela Lucrecio el epicúreo mostrando con su Demócrito que de las cosas no sintientes nace el sentido, porque de elementos indiferentes a la risa o al llanto se hacen hombres que ríen: y muchos ejemplos semejantes aporta contra Anaxágoras. A lo que respondo lo mismo, que aunque así sean la risa y el llanto en los elementos, no son del mismo modo en el hombre, porque la risa es dilatación del espíritu, dilatarse que es extraño a las cosas; y el fuego, cuando siente la ocasión de conservarse, se dilata y se alegra a su modo. El llanto es a su vez un constreñimiento de los espíritus, que expulsan el agua que está entre las membranas y el cráneo, como cuando se exprime la tierra húmeda y suelta agua.

Es preciso no olvidar que Lucrecio no sólo niega sensibilidad a los elementos, sino que dice, con Demócrito y Epicuro, que toda cosa se forma del concurso de los átomos que vemos en las espirales del sol; y, en segundo lugar, las distintas configuraciones que aquéllos toman agitándose y acoplándose dan lugar a distintas formas y apariencias.

(...)

Esta opinión, reprobada por nosotros en la Física y en la Metafísica, debe ser examinada. Diré sólo que si los hombres tienen razón y juicio, en los árboles la razón hace que las hojas, las flores y las espinas se vean, y el gran sentido de las abejas, hormigas y otros animales; y es necesario decir que así es la primera sabiduría llamada Dios, de la que éstos participan, y que el azar no puede, arrojando estas letras infinitas veces, unirlas para hacer este libro, por citar su ejemplo; mas el arte de una vez lo hace. Así, no debe atribuirse la ordenada fábrica del mundo sino al arte en primer lugar.


Campanella

lunes, 8 de marzo de 2010

Aborto




Se confía al perpetuo mejoramiento de la raza humana, es decir, a un futuro vago e incierto, aquello que afecta a nuestra conciencia pero no a nuestra vida. Delegamos en la multitud informe lo que individualmente preferimos soslayar acogiéndonos a la prerrogativa del olvido. El vulgo reclama más educación para evitar lo que sin duda considera un mal, y de ahí que desee enmendarlo, aunque lo atribuya a la ignorancia y crea así eludir la responsabilidad, o aplazarla acaso, como si los ignorantes fuesen menos criminales que los doctos.

Nuestras normas no están a la altura de nuestros ideales, parecen decirnos. Y acto seguido añaden: mas lo estarán al debido tiempo, vencidos los obstáculos en la larga marcha hacia la virtud. Es ésta una promesa que no están en disposición de garantizar. No sólo eso: es una promesa en la que no creen. Rousseaunianos de pacotilla, no reparan siquiera en que la educación ha de ser coherente. Si se da una escapatoria legal a la inmoralidad, disminuyen los incentivos para obrar bien desde el comienzo y el arrepentimiento es autoabsolución. Pues, ¿cómo va a estar mal lo que yo quiero y la ley me permite? Y lo permite prácticamente sin límites, en la medida en que sus buenas intenciones son un pagaré sin plazo y sin fondos.

Así, no hay equilibrio de intereses cuando se tolera que el mismo ser al que se deja vivir si nace y al que debe prestarse auxilio desde ese instante, se le niegue tal derecho si su madre lo repudia mientras permanece en el útero. ¿No es esto admitir que todo depende de la voluntad de aquélla, y que no hay más obligación que el que la misma se autoimponga? Una ley que defienda la autarquía moral del individuo en determinada área y sólo procure por guardar las apariencias de un cierto orden moral externo, al tiempo que le ofrece toda clase de recursos y argucias para maximizar su función de placer, es una ley equívoca y una ley inútil. Una ley falsaria, que contiene en sí su propia violación. Una ley cobarde, que evita pronunciarse sobre los principios, que los contradice "de facto" y que ratifica a ciegas la costumbre por miedo a mirarse en el frío espejo de la lógica.

Ni siquiera hay que plantear el supuesto del aborto como un problema de compasión y ternura de los afectos. Es la justicia la que debe evaluarse, no la lástima. Es, en fin, el respeto a la vida humana como noción indisponible, y no la simpatía hacia determinado fenómeno antrópico, la que ha de determinar que una acción libre desde un punto de vista moral devenga ilícita desde el prisma jurídico. ¿No sabemos qué es el hombre? Entonces no sabemos qué es la vergüenza, esto es, la certeza de estar por debajo del Hombre, ni dónde detener nuestros actos. El obrar sólo puede tener un fin recto si el que obra se identifica con él, y lo hace hasta el punto de no reconocerse derecho alguno cuando de él se aparta. Lo contrario es orbitar en torno a fantasmas y evaporar la realidad mediante las palabras. La potestad del individuo es nula tras traicionar a la especie.

jueves, 4 de marzo de 2010

Moral y ética


El sufrimiento voluntario se reputa meritorio si persigue un fin noble; el involuntario se tiene por censurable si lo dirige indigno fin, y por justo si el mismo es digno. El crimen y el castigo, igual que la herida y su cura, sólo se distinguen teleológicamente. Por ello quien niega los fines que trascienden el deseo se ve obligado a negar la justicia. El sacrificio, en cambio, se separa de los anteriores no por la naturaleza del fin, sino por la presencia espontánea y autónoma de la voluntad. Quien niega el carácter libre de ésta, desecha la moral.

Sólo procede moralmente quien, exponiendo sus bienes actuales por un bien mayor y futuro, desea aquello a lo que no se siente naturalmente inclinado
. La naturaleza ha procurado que los demás seres vivos busquen sin repugnancia la consecución de sus fines, esto es, que la bestia prefiera comer a desnutrirse y huir a ser apresada. Sólo al hombre puede resultarle desagradable lo que le conviene, aun a sabiendas de que así es. De ahí el mérito, innecesario e inexistente en el animal, de violentar el propio gusto y desdeñar los placeres inútiles.

Ahora bien, la sola capacidad de sufrir no añade nada positivo en términos morales, ni por supuesto genera derecho alguno. A los delincuentes se los castiga de ordinario dado que poseen la capacidad de padecer, y se los condena porque, extraños a la sociedad humana, se conducen como las bestias, aunque a diferencia de éstas podrían haberlo hecho de otro modo. Por esto el castigo de un criminal es ejemplar, mientras que la inmolación de un animal es mística. En el primer caso se restablece la moral, y en el segundo se establecen sus límites.

lunes, 22 de febrero de 2010

Schopenhauer sobre los nuevos naturalistas




El impulso vigoroso y sin ejemplo que han cobrado las ramas todas de las Ciencias Naturales, cultivadas en gran parte por gentes que fuera de ellas nada han aprendido, amenaza llevarnos a un grosero y torpe materialismo, en que no es lo más escandaloso la bestialidad moral de los últimos resultados, sino la increíble ignorancia de los primeros principios, ya que se niega la fuerza moral y se rebaja la naturaleza orgánica a ser un juego casual de fuerzas químicas. No sería malo que se enterasen estos señores del crisol y la retorta de que la simple química les capacita para boticarios, pero no para filósofos; así como tampoco les vendría mal a ciertos otros señores, que se dedican a Ciencias Naturales, el caer en la cuenta de que se puede ser un consumado zoólogo y tener al dedillo hasta sesenta especies de monos, y sin embargo, si es que no se ha aprendido fuera de eso nada más que el catecismo tomado en bruto, no pasar de ser ignorante, uno de tantos del vulgo. Y esto ocurre con mucha frecuencia hoy. Métense a lumbreras gentes que fuera de su química, su física, su mineralogía, su zoología o su fisiología, nada han aprendido acerca del mundo y sin otro conocimiento alguno que no sea lo que les quede de lo que en sus años juveniles aprendieron del catecismo, si no ajustan bien esos dos fragmentos, vuélvense mofadores de la religión y, en su consecuencia, materialistas groseros. Es fácil que hayan oído alguna vez en la escuela que existieron un Platón, un Aristóteles, un Locke y un Kant; pero como estos señores no manejaron crisoles ni retortas, ni embalsamaron monos, no merecen que se les conozca de más cerca. Echando por la ventana el trabajo mental de dos siglos, filosófase ante el público con medios propios, sobre la base del catecismo de una parte, y de los crisoles, retortas, y registros de monos de la otra. Deberían saber que son unos ignorantes a quienes les queda aún mucho que aprender antes de poderse meter a hablar de ciertas cosas. Todo aquel que se meta hoy a dogmatizar acerca del alma, de Dios, del origen del mundo, de los átomos, etc., con un realismo tan infantil e ingenuo como si no se hubiese escrito la Crítica de la Razón Pura, o no quedase ejemplar alguno de ello, es uno que pertenece al vulgo: despachadle con los criados a que emplee con ellos su sabiduría.

Schopenhauer

jueves, 18 de febrero de 2010

Homo miser




Las bestias, irritadas, se dejan llevar del ímpetu y satisfacen al momento pasional, cuando sus fuerzas lo permiten; pero cuando pasa aquella emoción, olvidan al mismo tiempo que ella la ofensa y el ansia de venganza.

En cambio, el hombre, como para demostrar que no sólo se coloca por debajo del hombre, sino de la bestia, no se contenta con ceder a la pasión del momento: conserva en la memoria la ofensa, al que la infirió, a los amigos de éste y a sus familiares. Y eso no por un día, o un mes, o un año: sino por muchos años y aún generaciones.

Porque la ira, como dice un refrán antiguo, es la que envejece más tarde: traspasa las enemistades de padres a hijos, como en herencia: induce a la venganza: excita todas las fuerzas y propone todos los procedimientos para realizarla.

Parece que el hombre no ha recibido esas dotes sublimes por las que se diferencia de las fieras, sino para hacerse peor que ellas en lo mismo que las aventaja.

Por eso, a algunos les pareció que Cota, el personaje de Cicerón, iba acertado cuando culpaba a la razón de ser el instrumento de todos los crímenes y maldades. Sin embargo, bien pudo deducir que nuestra naturaleza se había apartado de su perfección.

Pues ¿y aquello de que la venganza no se limita al que ofendió, sino que se extiende a otros? Uno es el que peca y son muchos los castigados.

(...)

Y lo mismo que extendemos el campo de la venganza, extendemos el de las personas a quienes tenemos que vengar. No sólo perseguimos las ofensas propias, sino las de todos nuestros parientes, amigos, clientes, conocidos, amigos de los amigos y conocidos de los amigos. Y esto no para evitar que la ofensa se perpetre, o para que no se extienda (lo cual tal vez fuera excusable), sino para que perpetrada ya y casi olvidada se renueve y se vengue. Así, con una nueva ofensa, no curamos la primera, porque es imposible, y exacerbamos las dos.

(...)

Los hombres se unen en apretado haz para vengar lo que estiman injuria, o por lo que favorece una causa, o por una esperanza: se toman las armas; se forma un bando. Y si no es de temer la ley, o un poder superior, estalla una guerra civil dentro de los mismos muros entre conciudadanos, o fuera entre dos pueblos o naciones. Y lo que dentro de un orden legal merecería la horca y demás suplicios, pasando sobre la ley, no sólo queda impune, sino que es lícito y honroso.

Festo, el gran escritor latino, hace derivar la palabra "bellum" (guerra) de "bellua" (bestia).

Y en efecto: la guerra es más propia de las bestias que de hombres, ya que éste fue conformado por su naturaleza para la bondad y humanidad y las fieras para la lucha. Pero nuestros delitos han conseguido que el mal, propio de las bestias, éstas no lo hagan y que nosotros hagamos lo más ajeno y más contrario a nuestra naturaleza.

¿Decíamos que la guerra es propia de las bestias? Pues ninguna siente esa rabia feroz del hombre, como escribió Plinio.

A los demás animales los vemos vivir tranquilos, cada uno en su orden: se congregan: se defienden contra los de otra especie. La fiereza del león no se ejerce contra el león: la serpiente no ataca a otra serpiente... Solamente el hombre (quien menos debía) lucha contra el hombre.

Así se ve que todo permanece dentro de su orden natural, mientras el hombre ha caído del suyo, degenerando en algo peor, como los frutos, que jamás cambian mejorando.

Fácilmente se comprenderá que la guerra es antinatural al hombre estudiando las causas de aquélla.

Se ve que es natural saciar el hambre y la sed, por lo que muchas veces atacan las fieras; rechazar la fuerza; evitar las inclemencias del calor, el frío, las lluvias, la nieve; satisfacer las necesidades naturales...

La guerra no se hace por eso.

En la antigüedad los galos traspasan los Alpes con grandes ejércitos y entran en Italia: los helvecios, en la Galia; los cimbrios, en Italia; los godos en España. Pues ninguno iba tras los alimentos o necesidades naturales: todos tras los placeres. Unos buscaban el vino; otros, el aceite; otros, la amenidad de la región.

Hace siete años hubo una escasez terrible de cosechas, sobre todo en Andalucía, de tal modo que murieron muchas personas de hambre tiradas por las calles y dentro de sus propias casas, y perecieron todas las yuntas, hasta el punto de que al año siguiente tuvieron los hombres que uncirse el arado, si quisieron cultivar los campos. ¿Quién salió entonces de su casa? ¿Quién tomó las armas para luchar contra la desgracia? Sin embargo, una palabreja, una ambición, un deseo, pone el hierro en las manos y lanza pueblos enteros a la guerra.

Es que sobrellevamos más fácilmente lo que hiere a nuestra naturaleza que a nuestra soberbia; es decir, renunciamos a aquélla por ésta.


Juan Luis Vives

miércoles, 10 de febrero de 2010

Entre lo razonable y lo racional




Ciertas acciones no dependen, se nos dice, ni del hábito ni del instinto, y por tanto contienen un razonamiento. Resulta embarazoso; pues, en fin, hete aquí razonamientos tan claros como si hubieran sido expresados con palabras, sin que se los pueda contemplar como el resultado de un orden preestablecido. ¿De dónde podrían nacer más que de una razón particular en el bruto, que lo determina respecto a algo, tras haber deliberado, y que se acomoda sobre la marcha a las coyunturas, sin contar con leyes generales que pueda seguir?

(...)

Nuestra imaginación, predispuesta en favor de las bestias, les presta siempre el espíritu. Vincula en sus acciones cosas que debería considerar separadamente. Lo que depende de causas simples, lo atribuimos a una complicación de vías alejadas; y si lo que el animal hace tiene algunas consecuencias, jamás dejamos de suponer que las ha previsto.

(...)

Dejando a un lado la ventaja de la palabra que distingue al hombre de las bestias, aún así sostengo que no se aprecia nada en los movimientos de éstas que merezca ser comparado con una secuencia de acciones razonadas como se aprecia en el hombre. No sé si alguna vez se ha prestado suficiente atención a lo que voy a decir. Por un pequeño número de hechos que nos dan lugar a creer que la bestia razona, ¿cuántos otros hay que desmienten esta suposición? En cierta ocasión vuestro perro presentó, decís, un razonamiento admirable, mostró su espíritu, y por cierto del modo más refinado. Ya veo: pero decidme, ¿por qué en otro caso en todo semejante no ha hecho uso alguno de esas pretendidas cualidades, conduciéndose como una auténtica bestia que no razona en absoluto? ¿Qué ha sido de todos esos bellos talentos? ¿Qué hechizo pudo suspender su ejercicio? Por un ejemplo que cuadre bastante con vuestra suposición, y que os dé lugar a decir que si esta bestia no razonase no sería nunca capaz de eso que le veis hacer, se hallarán miles, si uno se digna a tomarlos en cuenta, que me den derecho a responder a mi vez que si dicha bestia razonase se conduciría de una manera completamente distinta. La mayor verosimilitud está, pues, por entero de mi lado. Pues podemos decir que la razón en un alma que la posee no puede ser concebida como un mero rayo pasajero que atraviesa la nube y se extingue acto seguido. Es una esfera luminosa, cuyo fin es iluminar determinado entendimiento. Si conduce al animal en ciertos casos, es natural que lo dirija en todos los casos similares; en todos aquellos que no son ni más difíciles, ni más complicados, ni menos previsibles. Un principio de razón en absoluto se contenta con aparecer por intervalos, a fogonazos, en rasgos singulares y detallados. Anima la conducta toda, y si hay excepciones que deroguen dicha regla, siempre constituyen un número exiguo.


Boullier

sábado, 6 de febrero de 2010

Lo sobrenatural en lo animal




Recuerdo a Bacon:


Quienes niegan a Dios destruyen la nobleza del hombre, pues sin duda el hombre es de la estirpe de las bestias por razón de su cuerpo, y si no fuera de la de Dios por su espíritu, sería una criatura baja y mezquina. Destruye asimismo la magnanimidad y la naturaleza humana emergente. Por tomar el ejemplo de un perro, baste señalar qué generosidad y coraje empleará cuando es sustentado por un hombre, quien ocupa para él el lugar de un dios o "melior natura"; coraje que no demostraría si no tuviese la certeza de una naturaleza mejor que la suya jamás pudiese adquirir.


Lo evoco tras leer a Konrad Lorenz:

Ningún instinto prefijado inclina al perro a recostar la cabeza en la rodilla de su dueño, y es por este motivo que tal acción guarda una relación más estrecha con nuestro lenguaje humano que lo que los animales salvajes "se digan" entre ellos.


El perro, en su relación con el amo, adopta un lenguaje que es en cierto modo creativo, abierto a la experiencia y a la inteligencia, y no una mera rémora en su ADN. Lorenz sostiene que si estos resultados no pueden repetirse en un entorno científico en el caso del perro es por la falta de incentivos de éste fuera del espacio cotidiano de sumisión al dueño, muy difícilmente traducible a las condiciones artificiales del laboratorio. En particular, escribe:

Todavía es demasiado temprano para comparar al perro con los simios antropoides, pero creo que el perro demostrará ser más apto para la comprensión del habla humana, no obstante lo mucho que el simio pueda adelantarlo en otras habilidades intelectuales.


Pero el perro no es un simio y no parece merecer ni una cienmilésima parte de la atención que éstos copan hoy. Lo que para el darwinista es simple determinismo por parentesco, a saber, la sensibilidad, la empatía y cierta capacidad de abstracción, para este etólogo es una irrupción cultural en una mente embrutecida a la que el trato continuado con una melior natura transforma con el paso de las generaciones. El énfasis en el chimpancé y el sofocante protagonismo que el mandarinato científico parece concederle se debe, entonces, a la falacia genética, al materialismo militante y al desprecio que los sacerdotes de la evolución profesan hacia el espíritu.

jueves, 4 de febrero de 2010

Washoe





El lenguaje se ha considerado el último bastión de la singularidad humana.


Mentira. Una multitud de animales tiene lenguajes de signos con los que emitir señales reconocibles por el grupo. Estos chimpancés y sus gracietas no van más allá de lo que cabría esperar de un perro espabilado. No veo la novedad por ninguna parte. Me parece una pérdida de tiempo establecer vínculos "genéticos" entre ellos y nosotros cuando es obvio que estos seres no pasan de experimentar triviales sentimientos de glotonería y excitación que ni entienden ni dominan. La humanidad no es una cuestión cuantitativa, como esta torpe investigación presupone.

En apoyo de esta tesis, Reid, que también negaba la analogía entre hombres y brutos:




lunes, 1 de febrero de 2010

Génesis interrupta




Entre el nacimiento de Dios y su muerte se desarrolla la historia del hombre.

La humanidad ensambla con la espesa animalidad que la precede y el acto humano se acompaña de un gesto animal que lo anticipa: himenópteros humillan nuestras ambiciosas burocracias, la astucia de un felino avergüenza estrategas, un gorila enjaulado resuelve problemas de mecánica práctica.

Pero el antropoide carnívoro, que se prepara a erguir un torso burdo sobre piernas combas, no abandona su arbórea morada porque catástrofes geológicas o rebeldías genéticas lo constriñen a un ingenioso vivir donde su humanidad despierta. La aparición del hombre supone la renitencia de un organismo a su recta actividad animal.

Una experiencia insólita arrancó vagos lemuroides al torpor placentero de la sumisión al instinto.

Si las causas que diversifican las grandes familias animales explicaran la aparición del hombre, la especie humana diferiría de otras especies como difieren éstas entre sí; pero el hombre patentiza contra la agresiva penumbra animal de su ser una diferencia irreductible. La presencia del hombre rompe la continuidad biológica. Escondidas escolleras tuercen el homogéneo flujo de la vida. La suma de las contestaciones animales al universo circundante se corona con una interrogación angustiada.

La evidente diferencia no es invención de nuestra vanidad, redactando en cuerpo autónomo una ciencia antropológica que sería mero capítulo postrero de un manual de zoología; la sola existencia de una zoología es la confirmación de su diferencia, y su prueba.

Pero lo que distingue al hombre no es el arma que talla o el fuego que enciende. El empleo astucioso de objetos materiales complica, sin alterar, viejos empeños animales. Entre los selacios, un priste o un torpedo anexan electricidad o mecánica a sus reflejos defensivos. Por lo demás, basta el protozoario más humilde para ilustrar cómo toda estructura orgánica es transitoria solución formal al problema que a sí misma se plantea la ávida tenacidad de la vida.

Sin duda la riqueza de sus circunvoluciones encefálicas facilitaba al hombre, con un más amplio repertorio de gestos, un más seguro dominio de su universo inmediato; pero ni la victoria de los grandes saurios secundarios, ni los monstruosos hormigueros de las selvas tropicales prefiguran los anhelos colmados de nuestro ser inconforme.

Aun cuando el hecho de que sus herramientas de dominio no sean meras excrecencias de su carne haya concedido al hombre la utilización de materias infinitas, el ejercicio de una inteligencia escuetamente ceñida a sus funciones primigenias no hubiera impetrado de una tierra indiferente una rxistencia menos mísera que la del ser que abrigaron las grutas de Tcheu-k'eu-tien. Aun el hombre robustamente adaptado a su ámbito ecológico sólo repetiría rutinas familiares a un paleontólogo bisoño. En las técnicas empíricas cristalizan gestos orgánicos.

La inteligencia prolonga potencias biológicas, y sólo traspasa la frontera del reino animal cuando presencias axiológicas desquilatan sus metas naturales y la someten a esa noble servidumbre donde la razón se engendra.

Los animales ingeniosos y triunfantes no son los auténticos precursores del hombre, sino los perros que aullan a las sombras.

El hombre aparece cuando al terror, que invade toda vida ante la incertidumbre o la amenaza, se sustituye el horror sagrado. Una inexplicable ruptura en la homogénea substancia de las cosas revela una presencia ajena al mundo y distinta de las presencias terrestres. El hombre es un animal posesor de una insólita evidencia.

Ni su organización física ni su constitución mental distinguen al hombre de sus genitores animales. Sus modificaciones estructurales, sus atributos inéditos, sus particularidades nuevas, no alteran sus características zoológicas, ni varían su pertenencia taxonómica. No lo aisla de la serie animal, para crearlo en su calidad de hombre, una mera acumulación de rasgos animales, en cuya totalización repentina emergiera su ordenación humana. Aquí no asistimos a la realización de una virtualidad inmanente y necesaria, ni contemplamos una conformación casual de comportamientos anteriores. Pero tampoco una ajena, extraña y heterogénea potencia se suma a las potencias animales. El aparato mental del hombre no difiere del aparato mental del hominida. El hombre es un animal que la percepción, misteriosamente concedida, de un nuevo objeto coloca en un universo bruscamente invadido por una presencia que lo agrieta.

En el silencio de los bosques, en el murmullo de una fuente, en la erguida soledad de un árbol, en la extravagancia de un peñasco, el hombre descubre la presencia de una interrogación que lo confunde.

Dios nace en el misterio de las cosas.

Esa percepción de lo sagrado, que despierta terror, veneración, amor, es el acto en que el alma se afirma.

El hombre aparece cuando Dios nace, en el momento en que nace, y porque Dios ha nacido.

El Dios que nace no es la deidad que una teología erudita elabora en la substancia de experiencias religiosas milenarias. Es un Dios personal e impersonal, inmediato y lejano, inmanente y transcendente; indistinto como el viento de las ramas. Es una presencia oscura y luminosa, terrible y favorable, amigable y hostil; satánica penumbra en que madura una espiga divina.

Una luminosidad extraña impregna la íntima substancia de las cosas. Las piedras sagradas señalan la carne sensual del mundo.

Detrás del universo inerte se revela su auténtica esencia de horror, de majestad, de esplendor y de peligro. En ese universo húmedo de un rocío sagrado que chorrea sobre las superficies, penetra en las llanuras y llena la concavidad de los objetos, urge asumir actitudes que organizan el comportamiento humano ante las nuevas evidencias.

Nada más equívoco, así, que imaginar al hombre afrontando solamente las amenazas del ámbito inmediato que lo encierra. La ambigüedad del universo le planteó más insólitos enigmas.

Si el hambre, el frío, o el golpe vertical de una zarpa lo despertaban de su natural inercia, no es tanto para multiplicar los productos de su caza o la ubertad de sus campos, ni tampoco para aplacar un cielo inclemente, ni aun para afianzar una solidaridad que lo defiende, que el hombre inventa ritos, templos, mitos, instituciones y éticas.

Más allá de ese mundo, cuya crueldad conoce y que su inteligencia lentamente subyuga, no se eleva la bóveda cerrada de una pura oquedad donde naufraga su ignorancia. El horizonte total de su acomodación biológica no es una vacuidad incógnita que su inteligencia, sometida a terrestres tareas, puebla con celestes faunas. Aquellas construcciones de su espíritu, que exceden sus evidencias materiales, no son las pálidas proyecciones de su interés o de su angustia sobre la muelle blancura de las nubes.

Detrás del esquemático universo que sus actos elaboran, interrogaciones más urgentes que las que inquietan su carne acechan sin compasión sus vigilias y sus sueños. El hombre ha descubierto un mundo que el gesto del labriego, del artesano, o del guerrero no somete; un mundo que no conquuista sino que lo conquista; un mundo a cuya interrogación solamente responde, si calla; y en el que impera quien se inclina y se postra.

En la naturaleza; en su alma misma; y en ese más allá que yace tanto en el más íntimo corazón de cada cosa, como en los más remotos confines de los más lejanos horizontes, el hombre desenmascara la impasible presencia de una realidad rebelde a su violencia y compasiva sólo a la paciencia de su espíritu.

El hombre nació allí, el hombre disímil del animal que lo engendra, el hombre víctima sacrificada a un destino más augusto.

La elaboración tenaz de su experiencia religiosa ha sido la empresa milenaria del hombre.

Tarea nunca concluída y aparentemente susceptible de infinitas soluciones, pero tarea que nos somete a implacables e impertérritas normas. Todas las altas afirmaciones del hombre convergen hacia un arcano centro.

Toda grandeza es secretamente fraternal.

La experiencia religiosa es la matriz de las constataciones axiológicas. En los duros y opacos bloques de evidencia que les entrega la experiencia religiosa, estética, ética y lógica labra sus afirmaciones perentorias.

A la luz de esas exigencias de su razón el hombre lentamente procede a la postrera creación del mundo. El recinto limitado que trazaban sus apetitos materiales se ensancha y se transforma en el universo que la verdad explica, el bien ordena y la belleza ilumina.

Verdad, que sólo cumple sus propósitos al realizar una coherencia interna que refleja la inmutabilidad divina. Toda proposición, toda ley, como todo gesto y todo paso, son fe en un atributo de Dios. Ni el principio de contradicción, ni el principio de causalidad, ni ese principio de uniformidad que más hondamente los soporta, pueden separarse de la raíz axiológica que los ata al terruño mismo de la divinidad. Todo empirismo científico es alboroto de ave que anhela volar en el vacío.

Bien, a que sólo obedecemos porque una irresistible exigencia nos subyuga. Bien que impera sobre la rebeldía de nuestro ser, y desprovisto de amenazas, carente de sanciones, inerme y soberano, erige en la intimidad de la conciencia una obligación absoluta que ordena sin promesas y exige sin premios. Bien que las necesidades de vivir no explican, porque entorpece la vida; y que la sociedad no construye, porque ninguna soledad nos exime de acatarlo.

Belleza, en fin, que es aparición momentánea de un objeto liberado de las servidumbres de nuestra propia vida y que, en el fugaz silencio de nuestro espíritu absorto en una contemplación desinteresada, revela su esencia autónoma, es decir su manera de existir en lo absoluto. Efímera experiencia que el arte inmoviliza, y levanta en simulacro de estela conmemoratoria del itinerario divino del hombre.

Que pueda Dios morir no es, luego, una vana amenaza. El hombre puede perder lo que habia recibido. Un hombre eterno en un mundo inmóvil garantizaría sólo la permanencia de Dios. Pero el hombre surgido de las lontananzas pliocenas puede sumergirse en el vasto océano animal. Sólo lo separa de la bestia tenebrosa la frágil evidencia que su orgullo olvida.

¿No vacila ya la estructura incomparable que erigió su paciencia atenta y sometida? Su espíritu sospecha un capricho irreductible en el corazón de las cosas e intenta velar su fracaso con un ademán que rechaza, como vanas, las certidumbres mismas que anhela.

Recorre con voracidad la tierra para amontonar en cámaras mortuorias los nobles despojos de sus sueños, e imagina fecundar su esterilidad con el vigor de estirpes sepultadas.

Desorbitado, en fin, perdido, ebrio, las empresas que inventa su soberbia culminan en sangrientas hecatombes; y si humillado inclina hacia la placidez de ocupaciones subalternas, una vida mezquina, baja y vil, lo sofoca en su tedio.

Las cicatrices de su industria sobre un suelo paciente insultan la belleza de la tierra, pero su necia temeridad se vanagloria de todo lo que hiere y mutila sus victorias inermes. Sus empresas coronadas lo hinchan con ventoso orgullo, y su incauta osadía cree haber asegurao la promesa de ascensos infinitos porque una lábil luz golpeó su frente. Confiado en hipotéticos derechos desdeña los viejos instrumentos de su triunfo; y avergonzado por la servidumbre en que germina la virilidad de su espíritu, cercena, como lazos que lo ataran, los secretos canales de su savia.

El hombre morirá, si Dios ha muerto, porque el hombre no es más que el opaco esplendor de su reflejo, no es más que su abyecta y noble semejanza.

Un animal astuto e ingenioso sucederá, tal vez, mañana al hombre. Cuando se derrumben sus yertos edificios, la bestia satisfecha se internará en la penumbra primitiva, donde sus pasos, confundidos con otros pasos silenciosos, huirán de nuevo ante el ruido de hambres milenarias.


Nicolás Gómez Dávila

sábado, 30 de enero de 2010

Coincidencias




Humanity is shocked at the recital of the horrid cruelties which [the Jews] committed in the cities of Egypt, of Cyprus, and of Cyrene, where they dwelt in treacherous friendship with the unsuspecting natives; and we are tempted to applaud the severe retaliation which was exercised by the arms of legions against a race of fanatics, whose dire and credulous superstition seemed to render them the implacable enemies not only of the Roman government, but also of humankind.




On ne voit, au contraire, dans toutes les annales du peuple hébreu, aucune action généreuse. Ils ne connaissent ni l’hospitalité, ni la libéralité, ni la clémence. Leur souverain bonheur est d’exercer l’usure avec les étrangers; et cet esprit d’usure, principe de toute lâcheté, est tellement enraciné dans leurs cœurs, que c’est l’objet continuel des figures qu’ils emploient dans l’espèce d’éloquence qui leur est propre. Leur gloire est de mettre à feu et à sang les petits villages dont ils peuvent s’emparer. Ils égorgent les vieillards et les enfants; ils ne réservent que les filles nubiles; ils assassinent leurs maîtres quand ils sont esclaves; ils ne savent jamais pardonner quand ils sont vainqueurs; ils sont les ennemis du genre humain. Nulle politesse, nulle science, nul art perfectionné dans aucun temps chez cette nation atroce.

sábado, 23 de enero de 2010

Darwin, moralista inepto




Darwin escribe:


Entre los salvajes, los individuos física o mentalmente débiles son eliminados con presteza, mientras que los que sobreviven muestran por lo común una salud vigorosa. Nosotros, hombres civilizados, por nuestra parte, tenemos sumo cuidado en contener este proceso de eliminación. Construimos residencias para los imbéciles, los tullidos y los enfermos; instituimos leyes de beneficencia, y nuestros médicos emplean su habilidad en extremo para salvar la vida de todos hasta el último momento. Hay motivos para creer que la vacunación ha librado de la muerte a millares, quienes por su débil constitución habrían sucumbido a la viruela en otro tiempo. De este modo los miembros débiles de la sociedades civilizadas propagan su estirpe. Nadie que se haya ocupado en la crianza de animales domésticos dudará que algo así ha de ser altamente gravoso a la raza humana. Es sorprendente con qué rapidez una demanda de cuidados, o cuidados incorrectamente dirigidos, conduce a la degeneración de una raza doméstica. Mas, con la excepción del propio hombre, a duras penas hay alguien tan ignorante que permita la reproducción de sus peores animales.

La ayuda que nos sentimos inclinados a ofrecer a los indefensos es en lo fundamental un resultado secundario del instinto de simpatía, el cual nos fue dado originariamente como parte de nuestros instintos sociales, volviéndose a continuación, en la forma antes indicada, más amable y más extendido. No podríamos contener nuestra simpatía, ni siquiera urgidos por poderosas razones, sin que la parte más noble de nuestra naturaleza se deteriorase con ello. El cirujano debe endurecerse mientras realiza una operación, pues sabe que obra así por el bien de su paciente. Pero si quisiéramos desatender a los débiles e indefensos, sólo obtendríamos un beneficio parcial con el resultado de un abrumador mal presente.

Esta cita bicéfala, donde se sostiene algo y su contrario, ha sido empleada tanto para mostrar el apoyo de Darwin a la eugenesia como para proveerse de un argumento de autoridad mediante el que se demuestra su rechazo. Lo cierto, sin embargo, es que en un viraje de escasas líneas de texto y tras referirse a la conocida tesis de la supervivencia de los más aptos, Darwin esboza una autoobjeción a las consecuencias morales más indeseables de su teoría, que sin lugar a dudas no se le escaparon ni fueron la elaboración interesada y posterior de algún siniestro sicofanta, como en muchas ocasiones se ha defendido. Que Darwin se viera en la obligación de estipular frente a la generalidad de sus asertos un matiz tan importante, y por cierto tan endeble, no hace más que confirmar los razonables vínculos entre el darwinismo y el socialdarwinismo, vistos y temidos por aquel que no en vano les dio nombre.

Llamo endeble a la respuesta que Darwin se ofrece a sí mismo porque toda apelación al sentimiento lo es, si alude al hombre. En la geometría de las pasiones humanas no hay una dirección invariable ni una corriente irresistible, propias de instintos automáticos e irreflexivos, sino el delicado equilibrio que corresponde a las razones entremezcladas por las que se determina cada juicio singular. Spinoza pudo escribir su Ética partiendo de este presupuesto y prescindiendo por completo de toda premisa experimental, pues la observación se emplea sólo como confirmación de sus deducciones. El filósofo judío, el cual como es sabido negaba la libertad humana, no negó con todo su racionalidad ni se amparó en causas abstractas y universales como la simpatía para determinar nuestro comportamiento. Supo encontrar según el caso una causa para determinado bien y otra para determinado mal, mientras que Darwin se conformó con exorcizar al mal apelando a un bien supuestamente irrenunciable, en tanto que innato y espontáneo. Ahora bien, la endeblez se hace todavía más patente si se observa que Darwin admite la posibilidad de que nos sustraigamos a las pulsiones empáticas, renunciando así a "la parte más noble de nuestra naturaleza". ¿Significa que a pesar de todo nuestra naturaleza no nos determina fatalmente, y que hay en ella una parte menos noble que Darwin olvidó mencionar?

En realidad, el autor de El origen del hombre, de donde la cita procede, no tiene una definición científica de lo simpático, sino que la toma prestada de su compatriota Adam Smith, y en particular de su obra sobre los sentimientos morales. Creyendo dotar a ésta de un respaldo biológico, no hace más que transferir a su propia formulación evolucionista un corolario antropológico errado (o excesivamente ambiguo) del que se sirve para salir al paso de las obvias dificultades morales que dicha formulación plantea. En efecto, no está probado que estas pulsiones empáticas funcionen siempre en la dirección de un acto compasivo (cfr. Sade), ni que se ciñan en exclusiva a la especie humana (cfr. Singer), ni que contemplen necesariamente a todos sus miembros y no sólo a aquella parte con la que nos identificamos de un modo estético o ideológico (cfr. Nietzsche). Por tanto, no existe ningún freno bioquímico científicamente demostrable, según el paradigma darwinista, que justifique la igualdad jurídica, las políticas asistenciales o la discriminación positiva ante la inercia de la fuerza depredadora. La civilización, en lugar de ser la arborescencia racional y paulatina de un proceso evolutivo inconsciente, sería su negación abrupta y su antítesis rotunda, en tanto que contrapeso espiritual de la animalidad que nos subyace.

jueves, 21 de enero de 2010

Apología de la conquista




¿Es justa la guerra contra quienes bajo ninguna circunstancia desean comerciar con nosotros y, por tanto, rechazan por completo los ideales y las comodidades de la civilización?

No existe un derecho natural del hombre a habitar y mucho menos a gobernar la tierra en la que ha nacido. Al no depender de un entorno determinado para la supervivencia, es posible y deseable que abandone su lugar de origen cuando lo desee y pase a habitar otro. Esto implica reconocer que todos los lugares pueden y deben ser habitados por cualquiera, en la medida en que se cumplan ciertos requisitos comunes de tránsito y establecimiento.

Por otro lado, no es a la tierra a la que se gobierna, ya que ésta no es capaz de obedecernos activamente, sino a los seres racionales que la pueblan. Todo ser irracional está de suyo excluido de la sociedad de los hombres, salvo que se prevea su futura integración según el orden de la naturaleza. A contrario sensu, todo ser racional ha de tomar parte en ella de un modo u otro, considerada en su globalidad.

No se da, en fin, una sacrosanta libertad individual o colectiva a la que debamos respetar a ultranza. La libertad misma está en función de un ideal civil supremo, a saber, la necesaria amistad de los hombres. Así, el único derecho inalienable, fundamento absoluto del resto, es formar sociedad con todos nuestros semejantes, contemplando reglas comunes de hospitalidad, realizando una actividad productiva y difundiéndola mediante el comercio.

La nación salvaje, esto es, hostil a las demás y planteada como una autarquía pura, al cortar todos los vínculos con la humanidad, libraría a ésta de todas sus obligaciones naturales para con ella. Aunque fuera pacífica, resultaría dañina, pues basta con denegar sin razón a sus vecinos el derecho de paso para serlo; y aunque fuera feliz según su propia percepción, sería enteramente inútil e indigna de amparo ante aquellos que no pudieran esperar nada de ella. Por tanto, su conquista estaría justificada.